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domingo, 15 de febrero de 2026

La credibilidad de la ciencia.- John Ziman (1925-2005)

6.- El mundo de la ciencia
6.2.- Aprender la ciencia

 «El aspirante a científico debe aprender en primer lugar su "materia". No basta con tener pericia técnica en habilidades tales como la manipulación algebraica o circuitos electrónicos; es necesario estar plenamente enterado de los fundamentos conceptuales de la investigación actual y comprender los paradigmas contemporáneos de una disciplina.
 Aprender a "pensar científicamente" (i.e., como un físico, un químico o un paleontólogo) es un proceso largo y complicado. Por un lado, el estudiante no puede aprender simplemente ciencia mediante el "descubrimiento personal". Enfrentados a una colección de aparatos y fenómenos aparentemente asignificativos, no es en absoluto competente para reproducir los pasos científicos de innumerables predecesores con su propio esfuerzo y sin ayuda. Los conceptos científicos no surgen de los hechos experimentales ni la geometría tridimensional se sintetiza automáticamente a partir de los datos de los sentidos por inducción e inferencia. Es imposible adquirir una comprensión de los sofisticados lenguajes y patrones de conocimiento científico sin tener una firme guía procedente de un profesor plenamente cualificado o de libros que exponen el consenso actual.
 Por otro lado, no se puede acelerar el proceso de aprendizaje enseñando los hechos y las teorías maquinalmente para que se memoricen en grandes cantidades como si fuera el vocabulario de una lengua extranjera o el mapa de algún distante país. No es simplemente que este adoctrinamiento en la autoritaria tradición de la educación teológica o ideológica sea contrario a la ciencia y al escepticismo que son esenciales en la profesión investigadora. Es que los conceptos científicos sólo llegan a ser reales mediante el uso práctico.
 Para el filósofo, la ciencia es interesante en sus teorías abstractas; para el hombre de la calle tiene valor por sus logros prácticos; pero para el científico lo más apreciable es la unidad de la teoría y la práctica, e insiste en ésta en su enseñanza. En casi todas las disciplinas de las "Ciencias Naturales" hay una fuerte tradición de enseñar técnicas observacionales y experimentales: repetir famosos experimentos históricos, usar probetas y microscopios, observar las formaciones de rocas e identificar los minerales en el campo. En las matemáticas y demás disciplinas simbólicas cada estudiante debe mostrar que puede usar las teorías formales para resolver "ejemplos" y problemas aplicados. Muchos profesores de ciencias consideran que este tipo de enseñanza es el único medio de adquirir habilidad en las artes técnicas unidas a la investigación: incluso es más significativo como la fuente de experiencia personal que se combina con la teoría socialmente institucionalizada para producir ese sentido de realidad que siente todo científico sobre su propia materia.
  Dicho de otro modo, el científico aprende a hablar y a pensar científicamente del mismo modo que el niño aprende a hablar y a pensar sobre el mundo de la realidad cotidiana. Por otro lado, el estudiante de ciencias, al igual que el bebé, practica mediante la manipulación personal en los experimentos o en las operaciones simbólicas hasta que conoce la lógica natural, la "coordinación sensoriomotora" de los objetos y conceptos científicos de que dispone: por otro lado, se mantiene en contacto con el dominio noético, siendo alimentado continuamente, a través del medio social del lenguaje, de lecciones, lecturas y libros, con el análisis público o mapa de sus experiencias.
 En este proceso, el niño tiene la ventaja de que su experiencia sensoriomotora llega antes que su representación lingüística. El estudiante de ciencia encuentra, por lo general, una nueva entidad científica tal como un "campo magnético", primero como una abstracción teórica y luego tiene que manipular los imanes y las limaduras de hierro hasta que se convierte en algo real para él. A su debido tiempo se le puede empujar y forzar hasta el punto de que afirme que lo ve como parte de un "campo electromagnético" que luego se puede disolver misteriosamente en un gas de "fotones", o se puede deformar geométricamente en los "componentes exteriores a la diagonal de un tensor oblicuo en el espacio-tiempo". En su breve aprendizaje universitario, en raras ocasiones tiene tiempo u oportunidad de internalizar todo el paradigma en toda su riqueza y diversidad y es posible que deje la universidad con poco más que un adoctrinamiento incierto en los aspectos más avanzados de su materia.
 Con una buena educación y una experiencia investigadora adecuada, el científico puede proyectar el mapa científico sobre la realidad. Aunque se originó al margen de él, como una construcción social, llega a ser tan personal o individual como su propia casa. El profano, enfrentado a las incomprensibles sutilezas y complejidades de un cuerpo científico bien establecido, está dispuesto a creer en él como si fuera un mito maravilloso, una leyenda misteriosa cuyos caracteres tienen sin duda fundamento histórico, pero son irreales como personas. Por otro lado, para el científico estos caracteres adquieren la solidez y la complejidad de los amigos personales; recuerda las hazañas que han realizado juntos y trata de viajar con ellos a regiones desconocidas.
 Al principio, las formulaciones consensuales de la ciencia descansan muy firmemente en el conocimiento humano universal de un mundo real de cosas cotidianas. Éste es el punto de partida de toda educación científica. Pero la enseñanza especializada del aspirante a científico le introduce rápidamente en otros aspectos de la naturaleza en los que el "sentido común" elemental  es una guía inadecuada. Mediante procedimientos educativos que actúan probablemente sobre los mecanismos psicológicos que descubrieron el mundo cotidiano al niño -acción coherente, comunicación no contradictoria, predicciones verificables, conocimiento consensual y cogitación- se le hace ver el "mundo científico" en un álbum completo de mapas e imágenes extraídos de los archivos científicos. Para él, ese mundo no es extraño, misterioso, incierto ni irreal; lo asimila en su propio dominio mental como una mera elaboración y extensión del mundo del sentido común de las cosas cotidianas que comparte con toda la humanidad.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Prado, 1995, en traducción de Eulalia Pérez, pp. 188-192. ISBN: 84-7838-465-0.]
 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Lo que Sócrates diría a Woody Allen.- Juan Antonio Rivera (1958 - 2024)

5.- El aburrimiento como fuente de maldad. Calle Mayor.

 «Es algo que también les pasaba a Álex y sus "drugos" en La naranja mecánica: la infraestimulación mental puede convertirse en una terrible, y poco conocida, forma de sufrimiento, capaz de empujar a quien la padece a la comisión de atrocidades aparentemente inexplicables y gratuitas. Y aquí da lo mismo que nos movamos en el entorno psicodélico y futurista de La naranja mecánica o en la atmósfera de viscosas usanzas tradicionales que nos muestra Calle Mayor. Es un fenómeno ubicuo, universal; y para entenderlo mejor, le propongo repasar las nociones de placer y comodidad que están en el núcleo cordial de la película de Bardem.
 La distinción entre placer y comodidad se la debemos al economista de origen húngaro Tibor Scitovsky (1), aunque recuerda fuertemente la separación que ya hiciera en el siglo III a.C. el filósofo griego Epicuro entre placeres estáticos y placeres cinéticos. El placer y la comodidad, aunque son cambios que normalmente experimentan las terminaciones de nuestro sistema nervioso periférico avecindadas en los ojos, la nariz, la piel o las mucosas, se registran como tales en el cerebro. Podemos, como muestra la figura 1, trazar un segmento imaginario en que queden indicados los distintos niveles de activación general del cerebro. En algún punto intermedio de ese segmento se encuentra el óptimo de estimulación cerebral: a la izquierda de ese punto está la zona de infraestimulación y a la derecha, la de sobreestimulación.




 La comodidad (el placer estático, que diría Epicuro) se alcanza cuando estamos instalados en el óptimo y, por ello, libres tanto del dolor de la sobreestimulación (sed, hambre, frío, excitación sexual) como del de la infraestimulación (tedio); cuando estamos fuera de ese óptimo experimentamos displacer, incomodidad. Y el placer es un fenómeno cinético que consiste en el viaje desde la incomodidad hasta la comodidad. Como decía San Agustín: "No hay placer en comer y beber a menos que preceda el malestar del hambre y de la sed". Este viaje placentero lo conseguimos cuando aliviamos la sed bebiendo o la tensión sexual copulando; pero también cuando escapamos del frío calmo del aburrimiento y caldeamos nuestro desnutrido cerebro con alguna novedad que lo alimente. Esto último ha sido menos notado en general. Freud, por ejemplo, concebía el placer de una manera un tanto unilateral: como descarga de la sobreexcitación; descuidando con ello que también hay dolor (y, por lo tanto, posibilidad de escapar de él y, por ello, posibilidad de placer) en la infraestimulación, cuando estamos atrapados en una cierta atonía mental y conseguimos desplazarnos, gracias a alguna novedad benefactora, desde la infraestimulación al óptimo de activación o despertamiento cerebral.
 Como digo, esta última causa de sufrimiento basada en la infraestimulación ha sido menos advertida, y es probable que su primer reconocimiento científico ocurriera durante la Guerra de Corea, cuando los prisioneros de guerra estadounidenses sufrieron eficaces "vaciados de cerebro" sin más presión que la privación prolongada de estímulos mediante un confinamiento en solitario. (Recientemente, funcionarios estadounidenses han puesto en práctica este sofisticado método de tortura con prisioneros de Al Qaeda recluidos en la base de Guantánamo tras el atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York). Desde entonces, varios experimentos de laboratorio han confirmado plenamente el hecho de que la privación sensorial puede llegar a ser en extremo dolorosa. En una prueba llevada a cabo en 1957 se emplearon como sujetos experimentales a estudiantes universitarios bien pagados, bien alimentados y bien atendidos a lo largo de todas las sesiones de prueba; de hecho, sólo tenían que hacer algo tan anodino como reposar en un cuarto protegido de ruidos, usar lentes impenetrables y tener las manos enfundadas en guantes para evitar así toda percepción. Los voluntarios de este experimento pasaron por un período inicial de sueño o relajamiento, pero luego empezaron a padecer los efectos de la privación sensorial prolongada, muy difíciles de soportar: en el lapso de una a ocho horas acabaron teniendo jaqueca, náuseas, confusión, fatiga, alucinaciones y una afectación temporal de diversas facultades mentales. Los universitarios sintieron un deseo agudo de estímulos externos y, tras la experiencia, encontraron alivio y disfrute en cosas tan insípidas como un viejo informe del mercado de valores o una plática sobre los peligros del alcohol dirigida a niños de seis años.
 El sencillo esquema de la figura 1 nos permite sacar algunas interesantes y no muy intuitivas conclusiones. En primer lugar, para poder sentir el placer hay que estar fuera de la situación de comodidad; hay que volver a incurrir en el dolor, en la incomodidad, para poder revivir el placer. Lo malo del dolor no es tanto el dolor mismo cuanto que nos sintamos indefensos para escapar de él hacia la comodidad.» 

 (1) T. Scitovsky, The Joyless Economy, Oxford University Press, Nueva York, 1992.

[El texto pertenece a la edición en español de Espasa Calpe, 2003, pp. 84-86. ISBN: 84-670-1261-7.]

domingo, 21 de mayo de 2023

Y el cerebro creó al hombre.- Antonio Damasio (1944)


Antonio Damasio | Planeta de Libros
Parte IV: Mucho tiempo después de la conciencia

Capítulo 11: Vivir con una conciencia
Digresión sobre el inconsciente

    «Si los procesos cerebrales no conscientes están en condiciones de realizar las tareas que realizan por cuenta de las decisiones conscientes, es gracias a que nuestro cerebro logró combinar de manera eficaz la nueva forma de gobernar que la conciencia hizo posible, con la antigua forma basada en la regulación automatizada e inconsciente. Un destacado estudio dirigido por el psicólogo holandés Ap Dijksterhuis recoge algunas pruebas muy apropiadas. Pero para apreciar la importancia de los resultados a los que llegó, es preciso describir antes el marco y la configuración del experimento. A un grupo formado por sujetos normales, el doctor Dijksterhuis les pidió que tomaran unas decisiones de compra en dos condiciones. En la primera, los sujetos emplearon sobre todo la deliberación consciente; en la segunda, en cambio, a los sujetos no les fue posible deliberar conscientemente porque fueron sometidos a un proceso de distracción hábilmente manipulado.
 Había dos clases de artículos susceptibles de compra. De un lado, artículos triviales de menaje, como tostadoras y paños de cocina; del otro, lo que serían grandes compras como, por ejemplo, coches y casas. A cada sujeto se le dio un folleto con amplia información acerca de las ventajas y desventajas de cada uno de los artículos de aquellas dos clases. Se trataba de la habitual información destinada al consumidor en la que no faltaba la indicación del precio; es decir, la clase de información que les habría de ser muy útil cuando tuvieran que escoger el «mejor» artículo posible y comprarlo. Cuando llegó el momento de la decisión, sin embargo, Dijksterhuis sólo dejó que algunos sujetos estudiaran el folleto durante tres minutos antes de tomar una decisión, en tanto que privó a los demás de ello, distrayéndoles durante esos mismos tres minutos. El experimento evaluó a los sujetos participantes sometiéndolos, para ambas clases de artículos, a las dos condiciones, esto es, dejándoles estudiar atentamente la información durante tres minutos o distrayéndoles durante ese mismo período de tiempo.
 ¿Y cuál dirían que fue el resultado del experimento en cuanto a la calidad de las decisiones? Sería perfectamente razonable pensar, por ejemplo, que en cuanto a los artículos triviales de menaje, los sujetos iban a tomar decisiones acertadas tanto si la deliberación era consciente como inconsciente, dado el módico precio de los artículos y la escasa complejidad del problema que planteaba la elección. Decidirse entre dos tostadoras, por meticuloso que sea un sujeto, no es un problema intrincado. En cambio, en cuanto a las grandes compras —como, por ejemplo, con cuál de los coches monovolumen quedarse—, cabía esperar que los sujetos que pudieron estudiar la información fueran los que tomaran las decisiones más acertadas.
 Los resultados difirieron asombrosamente de estas previsiones. Las decisiones que se habían tomado sin mediar ninguna deliberación consciente resultaron más satisfactorias en ambas clases de artículos, pero sobre todo en la de las grandes compras. La conclusión aparente es que cuando vamos a comprar un coche o una casa, es preciso conocer al detalle los hechos, pero, una vez conocidos, no hay que preocuparse ni dar más vueltas a las minuciosas comparaciones de ventajas y desventajas posibles. Es mejor lanzarse. Para que luego hablen de las maravillas de la deliberación consciente. Estos interesantes resultados, ni que decir tiene, no deberían alejarnos de la deliberación consciente, pues lo que sugieren es que los procesos inconscientes son capaces de cierto razonamiento lógico, mucho más de lo que generalmente se creía, y que este razonamiento, una vez adecuadamente ejercitado a través de la experiencia, puede, cuando el tiempo escasea, llevarnos a tomar decisiones convenientes y ventajosas. En las circunstancias en que se llevó a cabo el experimento, la deliberación atenta y consciente, sobre todo en el caso de las grandes compras, no había llevado, sin embargo, a obtener el mejor resultado. El elevado número de variables a considerar, así como el restringido espacio de razonamiento consciente —restringido por el escaso número de cosas a las que se puede prestar atención en un momento determinado—, reducen la probabilidad de tomar la mejor decisión dado lo limitado de la ventana temporal disponible. El espacio inconsciente, en cambio, tiene una capacidad mucho mayor, ya que puede contener y manejar muchas variables que potencialmente ayudan a la mejor elección en una pequeña ventana de tiempo.
 Además de lo que nos dice acerca del procesamiento inconsciente en general, el estudio de Dijksterhuis señala otras cuestiones importantes. Una de ellas es la relacionada con la cantidad de tiempo necesaria para tomar una decisión. Quizá lleguemos, por ejemplo, a escoger el restaurante indiscutiblemente mejor para salir a cenar si disponemos, primero, de toda la tarde para examinar las últimas reseñas gastronómicas, y si luego podemos examinar el precio de los platos que componen la carta, si sabemos dónde queda el restaurante, y si comparamos todos estos datos con nuestras preferencias personales, nuestro estado de ánimo y las posibilidades de nuestra cuenta bancaria. Pero no tenemos toda la tarde para hacerlo. El tiempo cuenta, y sólo podemos dedicar una cantidad “razonable” de tiempo a tomar la decisión. Lo razonable de la cantidad dependerá, por supuesto, de la importancia del asunto a decidir. Dado que no disponemos de todo el tiempo del mundo, en lugar de hacer una gran inversión de tiempo en gigantescos cálculos, vale la pena aprovechar algunos atajos. Y algo que viene muy bien es que, por un lado, los registros emocionales pasados nos serán de utilidad al seguir esos atajos y, por otro, que nuestro inconsciente cognitivo es un buen proveedor de esa clase de registros.
 Todo ello hace que me resulte particularmente atractiva la idea de que nuestro inconsciente cognitivo es capaz de cierto razonamiento, y que dispone de un «espacio» mayor para las operaciones que el de su homólogo consciente. Pero un elemento de una importancia crítica para la explicación de estos resultados guarda una estrecha relación con la experiencia emocional anterior que el sujeto del experimento haya tenido con artículos similares a los que figuran en la clase de las grandes compras. El espacio inconsciente es claramente adecuado para esta manipulación encubierta, pero trabaja en nuestro beneficio en gran medida porque ciertas opciones vienen marcadas inconscientemente por medio de una predisposición vinculada a factores emocionales y afectivos previamente adquiridos. Si bien considero que las conclusiones acerca de las ventajas de la inconsciencia son sin lugar a dudas acertadas, creo, en cambio, que nuestra idea de lo que ocurre por debajo de la espejada superficie de la conciencia gana en riqueza cuando en los procesos inconscientes tomamos en cuenta las emociones y los sentimientos.
 El experimento de Dijksterhuis viene a ilustrar la combinación de facultades conscientes e inconscientes. El procesamiento inconsciente, por sí solo, no es suficiente. En estos experimentos, los procesos inconscientes realizan sin duda mucho trabajo, pero los sujetos se aprovechan de años de deliberación consciente, en cuyo transcurso han ejercitado y adiestrado repetidamente sus propios procesos inconscientes. Además, mientras los procesos inconscientes se realicen con la debida diligencia, los sujetos permanecen plenamente conscientes. Los pacientes inconscientes, ya sea debido a los efectos de la anestesia, o porque han entrado en coma, no toman decisiones sobre el mundo real, del mismo modo que tampoco disfrutan del sexo. Una vez más, la oportuna sinergia entre los niveles de lo implícito y lo explícito prevalece. Nos nutrimos del inconsciente cognitivo con bastante regularidad a lo largo del día, y discretamente le subcontratamos una serie de tareas a la habilidad de su competencia, entre otras, la ejecución de respuestas.
 Así, cuando pulimos una habilidad hasta un nivel en que ya no somos ni siquiera conscientes de los pasos técnicos necesarios para realizarla con destreza, en realidad subcontratamos esa destreza al espacio inconsciente. Cultivamos y ejercitamos nuestras habilidades detenidamente, con plena conciencia, pero luego dejamos que se escondan y pasen a las galerías subterráneas de nuestra mente, dejando libre el exiguo espacio de reflexión consciente.
Y EL CEREBRO CREO AL HOMBRE | ANTONIO DAMASIO | Comprar libro ... El experimento de Dijksterhuis ha significado un gran paso en una línea de investigación que sigue centrada en el papel que las influencias inconscientes ejercen en las tareas de toma de decisiones. En los primeros compases de esa línea de investigación, nuestro grupo presentó pruebas decisivas a este respecto. Demostramos, por ejemplo, que cuando sujetos normales participaban en un juego de cartas que comportaba incurrir en pérdidas o ganancias bajo condiciones de riesgo e incertidumbre, los jugadores empezaban a adoptar una estrategia ganadora ligeramente antes de que fueran capaces de expresar de manera razonada por qué lo hacían. Durante los minutos anteriores a que adoptaran la estrategia ventajosa, los cerebros de los sujetos de aquel experimento producían respuestas psicofisiológicas diferenciales cada vez que sopesaban la posibilidad de sacar una carta de un palo de la baraja que no fuera el principal, es decir, una carta cuyo palo hacía más factible que perdieran, en tanto que la perspectiva de sacar una carta del palo principal no generaba esa respuesta. La belleza del resultado alcanzado estribaba en que los jugadores no perciban, ni tampoco el observador a simple vista, las respuestas fisiológicas, que en el estudio original medimos a través de la conductancia de la piel. Las respuestas ocurrían por debajo del nivel de sensibilidad del radar de la conciencia del sujeto, y ocurrían tan sigilosamente como se producía la deriva del comportamiento hacia la estrategia ganadora.
 Si bien no queda del todo claro qué ocurre exactamente, sea lo que sea, la conciencia del momento no es una condición para que ocurra. Puede ser que el equivalente inconsciente de un presentimiento instintivo “agite” el proceso de toma de decisiones, sesgando, por así decirlo, el cálculo inconsciente, y al hacerlo evite la elección del artículo equivocado. Lo más probable es que un importante proceso de razonamiento discurra inconscientemente por las galerías subterráneas de la mente, y que ese razonamiento produzca resultados sin que ni siquiera lleguen a conocerse los pasos intermedios. Pero, con independencia de cuál sea ese proceso, lo cierto es que produce el equivalente de una intuición, aunque sin el “¡ajá!” que acompaña a la obtención de la solución, sólo como una callada y tranquila resolución.
 Las pruebas que corroboran la existencia de un procesamiento inconsciente no han dejado de acumularse. Las decisiones que tomamos en la vida económica, lejos de estar guiadas por la racionalidad pura, se hallan significativamente influidas por poderosas predisposiciones como, por ejemplo, la aversión a perder o el gozo de ganar. En el modo en que interactuamos con los demás influye asimismo una amplia gama de sesgos y predisposiciones relativas al sexo, la raza, la educación, las costumbres y la forma de hablar y de vestir, entre otras muchas cosas. El escenario de la interacción conlleva también su propio conjunto de predisposiciones vinculadas a la familiaridad y el diseño. Las preocupaciones y las emociones que sentimos antes de la interacción desempeñan un papel asimismo importante, al igual que es importante la hora del día en que ocurre: ¿tenemos hambre? ¿Estamos llenos, ahítos? Expresamos nuestras preferencias sobre la cara de alguien, y lo hacemos a la velocidad del rayo, sin haber tenido siquiera tiempo de procesar conscientemente los datos que habrían avalado la correspondiente deducción razonada, lo que es razón de más para poner mayor cuidado cuando se trata de decisiones importantes, tanto en la vida personal y como en la social. Dejar que la influencia de una emoción pasada guíe la elección de una casa está bien, siempre y cuando antes de firmar el correspondiente contrato nos tomemos un tiempo para reflexionar detenidamente acerca de lo que el inconsciente ofrece como opción. Puede que, entonces, lleguemos a la conclusión de que nuestra elección no es válida, basándonos en el nuevo análisis de los datos, con independencia de la manera en que intuitivamente hayamos juzgado la situación, pues quizá nuestras experiencias pasadas en ese ámbito resulten atípicas, sesgadas o insuficientes. Esto es tanto más importante cuando se trata de nuestro voto en unas elecciones o cuando somos miembros de un jurado popular. Los factores emocionales-inconscientes son uno de los principales problemas a los que se enfrentan los votantes en las elecciones políticas y los miembros de un jurado en los tribunales de justicia. El poder que ejercen los factores emocionales inconscientes es algo tan conocido que, en las últimas décadas, lo que era una maquinaria absolutamente monstruosa de influencia electoral se ha transformado en toda una industria, y lo mismo ha ocurrido con algunos métodos menos conocidos, aunque no por ello menos sofisticados, que permiten influir en la decisión que tomen los miembros de un jurado popular.
 La reflexión y la reevaluación, la comprobación y la verificación de los hechos, así como el recapacitar son aquí esenciales. Se trata de una ocasión extraordinaria para dedicar un tiempo adicional a la decisión, preferiblemente antes de que entremos en la cabina electoral o de que entreguemos nuestro voto al presidente de un jurado.
 Todos los hallazgos y resultados que hemos examinado hasta ahora son ejemplos de situaciones en las que influencias inconscientes, emocionales o de otra índole, así como los pasos de un razonamiento inconsciente inciden en el resultado de una tarea. Sin embargo, los sujetos son mucho más conscientes si se les explica cuáles son las premisas de la tarea que han de realizar, al igual que sucede cuando, una vez tomada la decisión, se les informa acerca de cuáles han sido las consecuencias de sus actos. Queda claro que se trata de ejemplos de componentes inconscientes de unas decisiones que, por lo demás, son conscientes. Si bien nos permiten vislumbrar la complejidad y la variedad de los mecanismos que operan detrás de la fachada supuestamente perfecta del control consciente, no por ello ponen en tela de juicio nuestras facultades deliberativas ni nos exoneran de la responsabilidad de nuestros actos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2010, en traducción de Ferrán Meler Orti, pp. 231-236. ISBN: 978-84-233-4305-8.]

domingo, 26 de febrero de 2023

Proceso al azar.- Jorge Wagensberg (1948-2018) y otros


Jorge Wagensberg | Planeta de Libros
Las reglas del juego


  «Las cosas, sencillamente, ocurren. Estas frescas y breves palabras dicen la verdad. La cuestión, ya lo advirtió Aristóteles, se centra en distinguir entre el antes y el después. Los sucesos que ya han ocurrido ahí están, escritos en el gran libro del universo. Es un libro en el que ninguna corrección es posible. Ni una coma. El lector de la historia, raro y minúsculo habitante de la última página, comprueba efectivamente que las cosas ocurren para tejer así un pretérito que existe y que es único. Mirar hacia atrás es una tarea plácida; ciertos, pasajes se han emborronado y, mientras no mejoren mucho las técnicas de lectura, ya no es posible saber cuántas coces dio el caballo de Napoleón; otros fragmentos, en cambio, como la Sinfonía Concertante de Mozart, permanecen claros y nítidos. Por tal facultad de lectura, este individuo —el pensador— se considera parte privilegiada del todo. El universo en su devenir es contemplado, sí, por una de sus partes: la inteligencia. Pero todo empieza cuando nuestro héroe vuelve el rostro hacia el después, hacia las páginas (se diría que) en blanco. En este momento su alma se agita. Existe un solo pasado, pero ¿cuántos futuros? Grande es entonces su inquietud, grande y fértil. Porque el tratamiento inmediato para calmar una inquietud suele consistir en su traducción en una o varias preguntas:

   Primera pregunta: De lo escrito y de lo que puedo leer ¿es posible conseguir alguna garantía para hacer apuestas sobre lo que está por escribir?
   Segunda pregunta: ¿Acaso no puedo incluso influir, por modestamente que sea, en la redacción de lo todavía no escrito?

   La primera pregunta es el punto de partida de un valioso producto de la inteligencia, el conocimiento científico. Y la segunda resume la esperanza de una de las funciones más notables del conocimiento, la capacidad para elegir nuestro devenir: ¿la libertad?
   La ciencia es una forma de conocer el mundo que empieza por separar el lector de lo escrito, el observador de lo observado, el sujeto del objeto. Es el primer principio del método científico: si el mundo es objetivo, el observador observa sin por ello alterar la observación; es la hipótesis realista. El segundo principio que el científico asume tácitamente para elaborar ciencia podría llamarse la hipótesis determinista y afecta de lleno a esta convocatoria de Figueres: los sucesos del mundo no son independientes entre sí, exhiben cierta regularidad, causas parecidas producen efectos parecidos… El mundo, sí, es inteligible. Se trata de un fuerte principio que hace que la afirmación “los sucesos ocurren” no sea, precisamente, una tautología cándida. Dicho de otro modo, en virtud del principio determinista, adquiere sentido nada menos que el concepto de ley de la naturaleza. Porque en la naturaleza no todo es posible; de todos los sucesos virtuales que podrían ser —sea el caos— no todos son. Existen conjuntos de sucesos prohibidos y, cuando el científico cree descubrir una limitación que restringe el caos, entonces dice haber descubierto una ley. Podemos atribuir la potencia de una ley a su capacidad para prohibir, de modo que las leyes muy potentes pueden llegar a dar la sensación de obligar más que de prohibir. Es, sin duda, el caso de la física, disciplina que presume de la colección más prestigiosa de leyes de la naturaleza. Los objetos que obedecen a tales leyes (el sistema planetario, por ejemplo) tienen en verdad un aspecto muy poco caótico. Su comportamiento es ordenado y armónico, decimos. El científico no afirma “éste es el mejor de los mundos posibles”, pero sí cree que, “de todos los mundos posibles, no es éste el de menor armonía”. Capacidad para prohibir, he aquí, al menos, una buena aproximación al grado de determinismo que contiene una ley científica. Pero una presunta ley que aspire al calificativo de científica debe someterse todavía a un tercer principio: el de la dialéctica entre su enunciado y la experiencia. Ello requiere la invención de un método de contraste, llámese verificar, corroborar o falsar, y de ciertos mecanismos de conexión con el mundo real, llámese percibir, observar, experimentar o simular. La esencia de la ciencia es, pues, la investigación con un método que empuñe estos tres principios: de la realidad, de la inteligibilidad y de la dialéctica.
  Pero la complejidad de los objetos de nuestro interés puede llegar a desanimarnos a la hora de una rigurosa observación de tales principios. ¿Cómo ser realistas al abordar, por ejemplo, el estudio de la propia mente?, es decir, ¿cómo separar la mente de sí misma? ¿Cómo ser determinista al estudiar el caprichoso comportamiento de un ser vivo? ¿Cómo experimentar cuando diseñamos un programa macroeconómico a largo plazo? En tales casos, y si mantenemos nuestra pretensión de elaborar conocimiento en forma de leyes, los principios del método científico deben forzosamente relajarse. Por este procedimiento, por el procedimiento de ablandar el método, la ciencia deriva hacia la ideología. La esencia de la ideología ya no es la investigación, sino la creencia. De este discurso se infiere que hay que rellenar con ideología todos aquellos agujeros que la ciencia deja vacíos. Si nuestro propósito no es afrontar la segunda pregunta, si no pretendemos utilizar el conocimiento para conducir nuestro futuro, entonces no hay problema. Si el conocimiento que buscamos no es de leyes, sino de imágenes del mundo, abandonar el método científico puede ser muy recomendable; incluso puede convenir tomar principios radicalmente opuestos. Es el caso del arte, una forma de conocimiento en la que el creador tiene muy poco interés por distanciarse de lo creado. El conocimiento científico como producto, como resultado, está, pues, exento de ideología; es, si se quiere, frío, inodoro e insípido. Pero todo científico tiene, como ser humano, una ideología. Y ningún científico puede evitar en algún momento de su trabajo la colisión entre sus creencias y la ciencia que elabora o manipula. No hace falta profundizar demasiado en la cuestión para percatarse de que la misión de los tres principios del método científico consiste precisamente en ahuyentar perturbaciones ideológicas. La mente del científico se excluye a sí misma durante el propio proceso de investigación, pero no esquiva las interferencias ideológicas en dos importantes fases de su trabajo: al principio, cuando encara la formulación de sus preguntas, y al final, cuando analiza e interpreta las respuestas obtenidas. El científico se obliga a sí mismo a ser realista, determinista y dialéctico, por método, por oficio, pero esto no quiere decir que su visión del mundo contenga tales ingredientes. Más aún, en ocasiones debe admitir que los objetos que describe exhiben propiedades contrarias. ¡El objeto se opone al método! Pero incluso en estos casos el científico se aferra con fuerza a su método y retrocede todo lo que sea necesario para poder aplicarlo de nuevo. Si, por ejemplo, un suceso parece aleatorio, inventa la noción de probabilidad e intenta encontrar una ecuación determinista que utilice tal magnitud como variable. La física cuántica nos muestra una naturaleza con falta (entre otras cosas) de realismo y determinismo, pero realistas y deterministas son sus ecuaciones. La heterodoxia en esta disciplina tiene su origen en la ideología que se destila del propio método científico. Y la existencia de esta heterodoxia (llegue o no llegue a triunfar un día) ha hecho ya correr ríos de literatura científica, ha propuesto ya experimentos. La ideología, por tanto, influye en la investigación durante su fase de planteamiento. Supongamos ahora que cierta teoría (sugerida quizás en origen por cierta ideología) es elaborada científicamente, como debe ser, sin ideología. Decir que tal teoría no puede favorecer, a su vez, cierta ideología se parece más a un deseo o a un consejo que a la realidad. En la intimidad, el salto de lo epistemológico a lo ontológico es inevitable. La física cuántica dice: “El observador no puede saber…”. El salto consiste en que cierto científico (por ejemplo, Richard Feynman) añada: “… ni tampoco la propia naturaleza”. Es la transición del azar de la ignorancia al azar absoluto. ¿Por qué no? Las creencias no son el producto de conclusiones, sino, en todo caso, de estímulos. Cuando hablamos del determinismo del mundo (todo está escrito, incluso las páginas aparentemente en blanco) parece como si el peso de la demostración deba recaer sobre los indeterministas, sobre aquellos que conceden un margen de contingencia a la naturaleza. La razón está probablemente en las raíces de los grandes monoteísmos occidentales y en el propio método científico. Sin embargo, la ideología de un científico no es independiente de la disciplina en la que trabaja. La disciplina «marca» ideología. No se suelen hacer encuestas ideológicas entre científicos, pero creo que puede afirmarse que un observador de los planetas tiende a ser más determinista que un estudioso de la evolución biológica. Las ideologías son sensibles a los estímulos científicos. Luego las ideologías pueden debatirse discutiendo sus respectivos estímulos científicos. Si las ideologías no se discuten es porque los científicos que discuten entre sí son, cada día más, de una misma disciplina. Éste es el sentido de la convocatoria de Figueres: pensadores provenientes de diferentes disciplinas debaten sus ciencias y creencias ante una audiencia que procede de distintas áreas del conocimiento. La intención es conseguir un fuego cruzado de estímulos sobre una cuestión a la que ningún científico, ningún pensador, ningún artista, ningún ser humano puede sustraerse: el determinismo (o indeterminismo) del mundo (o del conocimiento del mundo).
  El segundo principio del método científico nos invita a una actitud determinista. La idea es seductora si nuestra voluntad es la investigación, pero puede entrar en conflicto con nuestra creencia. A cada uno le toca, en la intimidad, sufrir o consolarse con su propia visión del mundo. Entre el determinismo duro (todo estado del universo es consecuencia necesaria de cualquier otro, todo lo que acontece —en el pasado o en el futuro— está escrito en alguna parte) y su negación (existe el azar, no todo lo que ocurre es necesario, tiene causa u obedece a una ley), la inteligencia busca una posición en la que acomodar sus creencias, digamos, humanistas (la libertad, la creatividad artística e intelectual, la responsabilidad, la ética…). La inteligencia se enreda en un espinoso barullo de preguntas: ¿qué es el azar? ¿Un producto de nuestra ignorancia o un derecho intrínseco de la naturaleza? Si el azar es ignorancia, ¿qué sentido tiene decir que en la evolución del mundo interviene el despiste de un eventual observador? Es el azar ontológico (el Azar) y el azar epistemológico (el azar). Ornar Kayyam, por ejemplo, experimentaba amargura con la conclusión determinista:
Proceso al azar (Metatemas): Amazon.es: AA. VV.: Libros 
     “La vida es tan sólo un tablero cuyos cuadros blancos
       son los días y los negros las noches
       con el que el Hado se divierte con los humanos.
      Como si fueran piezas de ajedrez nos mueve a su antojo.
      Y con penas humanas da sus jaques mate.
      Terminado el juego nos saca del encasillado
       para arrojarnos, uno tras otro, en el cajón de la nada”.
 
   Para otros, en cambio, la misma visión determinista del mundo supone la garantía de la verdadera libertad, paz interior, incluso el más alto sentido de la creatividad artística e intelectual. Es el citadísimo caso de Einstein que extraía un gran consuelo del determinismo. Ésta es una frase de la carta de condolencia que Einstein escribiera a la viuda de su íntimo amigo Michele Besso:
 “Michele se me ha adelantado en abandonar este extraño mundo. No tiene importancia. Para nosotros, físicos convencidos, la distinción entre pasado y futuro es una ilusión, aunque sea una ilusión tenaz”.
 Para Einstein, que moriría sólo tres semanas después de escribir estas líneas, las crueldades más absurdas se disolvían con su concepción determinista del mundo. Muchos artistas y escritores presumen también de determinismo: “Mi novela se escribe sola, tal cuadro, tal escultura tiene su propia dinámica, obedece a sus propias leyes, algo guía mi mano”. “Yo no busco, encuentro”, decía Picasso.
   En definitiva, distintos estímulos científicos favorecen actitudes distintas frente a la concepción del mundo, y una misma concepción del mundo puede producir muy diferentes inquietudes existenciales en el alma humana. He aquí, pues, la relación entre las reglas del juego en Figueres (los estímulos científicos de cada uno) y las reglas de juego del mundo (las leyes que producen tales estímulos y su interpretación). La ciencia es, en este caso, el anfitrión para prender la mecha de un diálogo: Peter T. Landsberg, por su protagonismo en tantos frentes de la ciencia actual, mecánica estadística, biofísica, pensamiento científico; Günther Ludwig, por su labor de fundamentación en la física cuántica; René Thom, creador de la teoría de las catástrofes, por su influencia en la evolución de las matemáticas; Evry Schatzman, por su penetración en la astrofísica y la cosmología; Ramón Margalef, por su contribución a las nuevas ideas en ecología y biología; e Ilya Prigogine, animador del concepto de autoorganización como paradigma interdisciplinar de la complejidad, por la teoría de los procesos irreversibles. Están, pues, representados el mundo abstracto, el imperceptible por pequeño, el imperceptible por grande y el imperceptible por complejo. En la historia del conocimiento existen momentos luminosos en los que el intercambio de estímulos se da espontáneamente. Ello era natural en Grecia, se dio durante el Renacimiento italiano, y basta abrir mentalmente la puerta de una cafetería de Viena de ciertos años de este siglo para encontrar el mismo fenómeno. En Figueres se intenta la experiencia de forzar esta clase de espontaneidad en un escenario que no en vano es la casa de Salvador Dalí. El intercambio de conocimientos es más difícil que el intercambio de estímulos porque, al fin y al cabo, uno no se alimenta sólo de lo que comprende profundamente. Es ésta, pues, una convocatoria para remover las investigaciones y las ideologías, las ciencias y las creencias, en torno al concepto del azar. No hay duda de que el marxismo contiene más ideología que el psicoanálisis; que el psicoanálisis contiene más ideología que la física atómica y que la física atómica contiene más ideología que la topología algebraica. No hay duda de que todas estas raciones de ideología tienen sus estímulos científicos. Por ello, las reglas del juego de Figueres se inventaron para que, sobre todo, circulara el aire fresco de los estímulos científicos bajo la cúpula geodésica del Teatro-Museo. Y así ocurrió, en una atmósfera polícroma y expectante, los días uno y dos de noviembre de mil novecientos ochenta y cinco. Cada uno se fue a su casa con su particular dosis de estímulos y acaso algún estímulo, en algún dominio, fructifique sin conciencia clara del momento y lugar de fecundación. El conocimiento elaborado olvida con frecuencia sus estímulos iniciales. No es grave. El conocimiento se nutre de la invención de reglas de juego para el mundo y también de reglas de juego para que los pensadores se encuentren en un mismo punto y se exciten con su mutua presencia. Este texto es el testimonio de uno de ellos.
   Mayo de 1986.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1986, pp. 10-18. ISBN: 978-84-7223457-4.]

domingo, 4 de septiembre de 2022

Historia de un amor maravilloso.- Carl-Johan Vallgren (1964)


Carl-Johan Vallgren
IV


 «—¡Pasen y vean, damas y caballeros, pasen y vean! ¡Un espectáculo aterrador por tan sólo dos céntimos! Tenemos todo lo que jamás pudieron soñar o, más bien, todo lo que jamás se atrevieron a soñar, pues supera con creces la imaginación humana. ¿Qué es la séptima maravilla del mundo comparada con la octava o la novena? Nadie quedará decepcionado con la compañía de variedades ambulante de Barnaby Wilson. Disculpe, respetable dama, ¿cuál ha sido su pregunta, qué tenemos que ofrecer? ¡Pregunte más bien qué no tenemos que ofrecer! Tenemos el puñal ensangrentado de Bruto, el traje de primera comunión de Napoleón, el auténtico paño de la Verónica, la bandeja de oro en la que, sobre una base de hielo picado, se sirvió la cabeza del Bautista; tenemos un buen número de bestias y de animales extinguidos, tenemos tres de los dientes de leche de Jesús, un frasco lleno de las lágrimas destiladas de la Madre de Dios al precio de diez liras la gota; una hidra, un dodo y un oso hormiguero de las selvas de Brasil que nadie ha penetrado jamás o, por lo menos, de las que nadie ha vuelto con vida. Damas y caballeros, si nada de esto es de su gusto, déjense al menos retratar por un procedimiento que es la última moda en el East End de Londres: la heliografía. En el estudio de Herman Bioly dibujarán sus retratos con luces, sus espíritus quedarán impresos en una placa de cristal de colodio y serán ustedes inmortales... ¿Aún tienen dudas? Bien, pues aquí hay algo para todo el mundo. ¿Sufren acaso alguna enfermedad? A la compañía circense de Barnaby Wilson se ha unido recientemente el físico moro Ibrahim, rey de los linimentos y emperador no coronado de las tinturas, cuyas mixturas son célebres en todo el mundo cristiano. El gran duque de Baden se hace curar con sus famosos ungüentos, el rey de Sajonia, que sufre en el pie un eczema que a punto estuvo de desencadenar una guerra contra los austriacos, quedó sanado como por arte de magia con su pomada sin parangón. El moro Ibrahim puede ofrecer en su botica píldoras de amor, píldoras para la invisibilidad, píldoras para la virtud, píldoras para la inmortalidad, píldoras para remediar penas sin nombre y píldoras contra males imaginarios; tenemos, asimismo, la cura de rejuvenecimiento del profesor Steinert y el celebérrimo tratamiento de los opuestos, de Brown, capaz de curar cualquier cosa, desde las callosidades hasta las inflamaciones del corazón... Bienvenidos a nuestro espectáculo, damas y caballeros, no lo duden, la próxima representación comienza dentro de un cuarto de hora...
 En este punto, Barnaby Wilson fingió perder la voz y empezó a toser exageradamente mientras que un vaso de agua colmado se materializaba en su mano. Lo apuró hasta el fondo a través de una muesca trazada en su máscara, y al tiempo que el líquido elemento desaparecía a pequeños sorbos, desaparecía también, sorprendentemente, el recipiente mismo, centímetro a centímetro, hasta que, tras un sonoro regüeldo del director de circo, se esfumó en una nube de humo.
 —¿Han oído en alguna ocasión hablar de la jirafa? —prosiguió impasible ante la reacción provocada en su público—. Seis metros de altura, llena de lunares como una amanita roja y un cuello de dragón... ¿Qué son el barco de vapor y la locomotora comparados con las sensaciones que los aguardan en el circo ambulante de Barnaby Wilson?
 El monólogo del director se vio abruptamente interrumpido por una fuerte explosión procedente de uno de los vagones cubiertos que estaban dispuestos junto al mercado en un círculo de cien varas de diámetro, que mantenía la zona del espectáculo invisible para la multitud curiosa. Con fingido terror, se llevó la mano al corazón.
 —Lo que acabamos de oír, damas y caballeros —susurró en tono de cómplice conspirador—, es un ejemplo de los sobrecogedores experimentos del flogistonista sajón Bruno von Salza realizados con azúcar de plomo, crema de arsénico y flor de zinc. Con la ayuda del aire flogistonizado, es capaz de hacer saltar por los aires una catedral, de convertir en oro cualquier metal vulgar y de poner la materia en movimiento hasta el punto de que los muertos se levantan de sus tumbas y, de puro miedo, huyen a todo correr... Permítanme, además, que les presente al salvaje Leopold, capturado con lazo en el interminable desierto de Namibia, a Gandalalfo Bonaparte, hijo ilegítimo del gran Napoleón, a Miranda Bellaflor, la muchacha de las cuatro lenguas o al omnívoro ligur Jean-Paul, capaz de tragarse monedas de distinto valor antes de escupirlas en el orden que ustedes manden... ¡Ofrécenos una demostración de lo que sabes hacer, Jean!
 Con una discreta reverencia, un caballero de elevada estatura y extremada delgadez, cuya deformidad consistía en una excrecencia velluda que le cubría la mitad del rostro, se colocó junto a Barnaby Wilson sobre la pequeña tarima desde la que el director del circo se dirigía al público. El hombre sostenía en la mano un frasco lleno de abejas vivas. Con no poca ceremonia, desenroscó el tapón y colocó la abertura contra su boca, unas fauces enormes con las que, según decían, podía tragarse balas de cañón, de modo que el público pudo ver claramente cómo los insectos entraban volando en su boca.
 El omnívoro ligur cerró los labios, puso la tapadera y, hecho esto, con la mayor calma imaginable, como si se tratase de una de las píldoras del físico Ibrahim contra males sin nombre, se tragó las abejas una a una, emitiendo un claro sonido.
 Acto seguido y a una señal de Barnaby Wilson, abrió una vez más su tremenda boca de par en par de modo que el público pudiese ver con sus propios ojos que los insectos habían desaparecido, y con una nueva reverencia para franco regocijo de los asistentes, se aclaró la garganta y escupió las abejas una a una y, entre ensordecedores aplausos, los pequeños seres alados partieron volando, llevados por la tramontana, hacia la bahía en que el ocaso teñía de rojo la ciudad de Niza.
 A través de su máscara, Barnaby Wilson envolvió satisfecho a la multitud con la mirada de su único ojo. Varios cientos de curiosos se habían congregado ya formando una media luna a su alrededor; mujeres, hombres, niños y ancianos.
 A unos metros de su lado derecho descubrió con no poco agrado a un caballero de edad, enfundado en una levita y con una ridícula melena gris que le caía rizada sobre un par de hombros bastante femeninos.
 —¿Querrá el caballero dar un paso adelante y, a cambio de una entrada gratuita, permitirme que haga una demostración de otra de las sensaciones del circo? —dijo meloso—; a saber, el último juguete del emperador de la China, ¡el magnetismo fluido con efecto de repelencia!
Historia de un amor maravilloso - Vallgren, Carl-Johan - 978-84 ... El hombre pareció halagado al haber sido elegido para un experimento con el último juguete del emperador de la China y, mientras se acercaba al estrado con pie ufano aunque algo inseguro, Barnaby Wilson sacó del bolsillo de su amplio sobretodo marinero una botella de Leiden, lo hizo detenerse en uno de los peldaños y lo electrificó con la rapidez del rayo.
 —¡Fluidos magnéticos, el summum de los secretos! —exclamó con un histriónico temblor en su voz infantil mientras que a hurtadillas, por detrás de su espalda, frotaba una vara de vidrio contra una gamuza. Y antes de que el tímido caballero ataviado con su levita tuviese tiempo de reaccionar, ya estaba el director del circo ante él nuevamente, y con los estudiados movimientos llenos de misterio de un mago medieval murmuró unas fórmulas en una lengua que nadie comprendía, pero que no era otra que el galés de las islas del golfo de Cardigan, pasó las manos sobre la cabeza del hombre para enseguida oír encantado los suspiros de entusiasmo del público. Sobre la levita del caballero, en efecto, quedaron adheridos todo tipo de objetos ligeros que flotaban en el aire: hojas, pelusas, trozos de papel y hasta un par de las abejas vivas que el omnívoro ligur acababa de expulsar de su boca. La levita empezó a despedir pequeños rayos, y a diez centímetros de la coronilla del caballero su peluca gris flotaba en el aire, como un halo ceniciento, chisporroteante y electrificada—. ¡Vean, damas y caballeros, la undécima maravilla del mundo! —gritó triunfante Barnaby Wilson—. El fluido magnético llamado electricidad, lo último en la corte del emperador de China. Con esta rara energía, las ciudades no tardarán en iluminarse de modo que la noche se convierta en día, los caballos serán sustituidos por carros eléctricos, se enviarán mensajes y, en un segundo, llegarán a su destino a cientos de kilómetros de distancia, y el rostro de Dios se iluminará en el firmamento, desde donde, atónito, observará la inventiva del ser que, en su día, creó con una costilla y un poco de barro.
 Con el rostro encendido hasta el cuero cabelludo, el hombre echó mano de su peluca flotante y se marchó del mercado a todo correr. El público vitoreaba sin cesar y, al abrigo del alboroto, Lucretius III encendió las lámparas de su compleja fantasmagoría en la tienda más próxima.
 En la penumbra de la tienda contigua a la ventanilla de venta de entradas, ante el pasmo sincero del público y fingido de Barnaby Wilson, se materializó entonces la llamada jirafa que el director acababa de describir de forma tan fantasiosa, un monstruo moteado de treinta pies de altura que expulsaba fuego al son de la relativamente bien entonada orquesta de viento de la compañía.
 El público retrocedió aterrado, mas en el preciso momento en que estaba a punto de desatarse el pánico, la escena cambió de carácter para convertirse en una fantasmagoría que representaba el tétrico baño de Marat, con el célebre revolucionario muerto flotando en una bañera esmaltada llena de agua.
 —¡Damas y caballeros! —gritó Barnaby Wilson—. Por tan sólo dos céntimos, resucitarán los muertos y los arcángeles se harán corpóreos...
 A otra fantasmagoría de Lucretius, un nuevo susurro recorrió el público. Se trataba en esta ocasión de una representación de Robespierre, que con el rostro lívido y sosteniendo en la mano una pistola dio un par de pasos hacia el director del circo con la intención, a juzgar por las apariencias, de dispararle por la espalda. Sin embargo, Robespierre se transformó, a un simple gesto de Barnaby Wilson, en un centauro que se precipitó hacia el interior de la tienda en una carrera acompañada de dos estruendosas explosiones procedentes de la tienda salpicada de pólvora del flogistonista Bruno von Salza.
 —Tranquilos, señores —prosiguió Barnaby Wilson con una sonrisa—. Por esos dos céntimos, prometemos ofrecer algo más, a saber: la máxima seguridad contra todo tipo de apariciones.»

    [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Anagrama, 2007, en traducción de Carmen Montes Cano, pp. 113-116. ISBN: 978-84-339-7443-3.]