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domingo, 26 de diciembre de 2021

Diarios de motocicleta. Notas de viaje.- Ernesto 'Ché' Guevara (1928-1967)


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Acaba Chile


 «Los largos kilómetros que median entre Iquique y Arica, transcurren entre subidas y bajadas continuas que nos llevaban desde mesetas áridas hasta valles en cuyo fondo corría un hilo de agua, apenas suficiente para permitir crecer a unos raquíticos arbolitos a su vera. En estas pampas de una aridez absoluta hace de día un calor bochornoso y refresca bastante al llegar la noche, característica de todo clima desértico, por otra parte; realmente impresiona el pensar que por estos lados cruzó Valdivia con su puñado de hombres, recorriendo cincuenta o sesenta kilómetros sin encontrar una gota de agua y ni siquiera un arbusto para guarecerse en las horas de más calor. El conocimiento del lugar por donde pasaran aquellos conquistadores, eleva automáticamente la hazaña de Valdivia y sus hombres para colocarla a la altura de las más notables de la colonización española, superior sin duda a aquellas que perduran en la historia de América, porque sus afortunados realizadores encontraron al fin de la aventura guerrera el dominio de reinos riquísimos que convirtieron en oro el sudor de la conquista. El acto de Valdivia representa el nunca desmentido afán del hombre por obtener un lugar donde ejercer su autoridad irrefutable. Aquella frase atribuida a César, en que manifiesta preferir ser el primero en la humilde aldea de los Alpes por la que pasaban, a ser el segundo en Roma, se repite con menos ampulosidad pero no menos efectivamente, en la epopeya de la conquista de Chile. Si en el momento en que el indómito arauco por el brazo de Caupolicán arrebatara la vida al conquistador, su último momento no hubiera sido rebasado por la furia del animal acosado, no dudo que en un examen de su vida pasada encontraría Valdivia la plena justificación de su muerte como gobernante omnímodo de un pueblo guerrero, ya que pertenecía a ese especial tipo de hombre, que las razas producen cada tanto tiempo, en los que la autoridad sin límites es el ansia inconsciente a veces que hace parecer natural todo lo que por alcanzarla sufran.
 Arica es un puertito simpático que todavía no ha perdido el recuerdo de sus anteriores dueños, los peruanos, formando una especie de transición entre los dos países, tan diferentes a pesar de su contacto geográfico y su ascendencia común.
 El morro, orgullo del pueblo, eleva su imponente masa de cien metros de altura cortada a pico. Las palmeras, el calor y los frutos subtropicales que se venden en los mercados le dan una especial fisonomía de pueblo del Caribe o algo así, totalmente diferente de sus colegas de algo más al sur.
 Un médico, que nos mostró todo el desprecio que un burgués afincado y económicamente sólido puede sentir por un par de vagos (aun con título), nos permitió dormir en el hospital del pueblo. Temprano huimos del poco hospitalario lugar para ir directamente hacia la frontera y entrar en Perú. Antes nos despedimos del Pacífico con el último baño (con jabón y todo), lo que sirvió para despertar un dormido anhelo de Alberto: comer algún marisco. Y allí iniciamos la paciente búsqueda de almejas y otras yerbas por las playas en unos acantilados. Algo baboso y salado comimos, pero no distrajo nuestra hambre, ni satisfizo el antojo de Alberto, ni nos dio ningún placer de grumete porque las babas eran bastante desagradables y así, sin nada que las acompañara, peor.
 Después de comer en la policía salimos a nuestra hora acostumbrada, a marcar el paso por la costa hasta la frontera; sin embargo, una chatita nos recogió y fuimos al puesto fronterizo cómodamente instalados. Allí nos encontramos con un aduanero que había trabajado en la frontera con la Argentina, de modo que conocía y comprendía nuestra pasión por el mate y nos dio agua caliente, bollitos y lo que es más, un vehículo que nos llevara hasta Tacna. Con el apretón de manos acompañado de una serie de ampulosos lugares comunes sobre los argentinos en Perú, con que nos recibió muy amablemente el jefe del destacamento, al llegar a la frontera, dimos el adiós a la hospitalaria tierra chilena.
      
Chile, ojeada de lejos

 Al hacer estas notas de viaje, en el calor de mi entusiasmo primero y escritas con la frescura de lo sentido, escribí algunas extravagancias y en general creo haber estado bastante lejos de lo que un espíritu científico podría aprobar. De todas maneras, no me es dado ahora, a más de un año de aquellas notas, dar la idea que en este momento tengo sobre Chile; prefiero hacer una síntesis de lo que escribí antes.
 Empecemos por nuestra especialidad médica: el panorama general de la sanidad chilena deja mucho que desear (después supe que era muy superior a la de otros países que fui conociendo). Los hospitales absolutamente gratuitos son muy escasos y en ellos hay carteles como el siguiente: “¿Por qué se queja de la atención si usted no contribuye al sostenimiento de este hospital?” A pesar de esto, en el norte suele haber atención gratuita pero el pensionado es lo que prima; pensionado que va desde cifras irrisorias, es cierto, hasta verdaderos monumentos al robo legal. En la mina de Chuquicamata los obreros accidentados o enfermos gozan de asistencia médica y socorro hospitalario por la suma de cinco escudos diarios (chilenos), pero los internados ajenos a la planta pagan entre trescientos y quinientos diarios. Los hospitales son pobres, carecen en general de medicamentos y salas adecuadas. Hemos visto salas de operaciones mal alumbradas y hasta sucias y no en puebluchos sino en el mismo Valparaíso. El instrumental es insuficiente. Los baños muy sucios. La conciencia sanitaria de la nación es escasa. Existe en Chile (después lo vi en toda América prácticamente) la costumbre de no tirar los papeles higiénicos usados a la letrina, sino fuera, en el suelo o en cajones puestos para eso.
Resultado de imagen de ernesto che guevara diarios de motocicleta alianzza El estado social del pueblo chileno es más bajo que el argentino. Sumado a los bajos salarios que se pagan en el sur, existen la escasez de trabajo y el poco amparo que las autoridades brindan al trabajador (muy superior, sin embargo, a la que brindan las del norte de América del Sur), hecho que provoca verdaderas olas de emigración chilena a la Argentina en busca del soñado país del oro que una hábil propaganda política se ha encargado de mostrar a los habitantes del lado oeste de los Andes. En el norte se paga mejor al obrero en las minas de cobre, salitre, azufre, oro, etc. pero la vida es mucho más cara, se carece en general de muchos artículos de consumo de primera necesidad y las condiciones climáticas son muy bravas en la montaña. Recuerdo el sugestivo encogimiento de hombros con que un jefe de la mina Chuquicamata contestó a mis preguntas sobre la indemnización pagada a la familia de los diez mil o más obreros sepultados en el cementerio de la localidad.
 El panorama político es confuso (esto fue escrito antes de las elecciones que dieran el triunfo a Ibáñez), hay cuatro aspirantes al mando, de los cuales Carlos Ibáñez del Campo parece ser el primer ganador; es un militar retirado con tendencias dictatoriales y miras políticas parecidas a las de Perón, que inspira al pueblo un entusiasmo de tipo caudillesco. Basa su acción en el Partido Socialista Popular, al que se unen fracciones menores. El segundo lugar, a mi manera de ver, estará ocupado por Pedro Enrique Alfonso, candidato del oficialismo, de política ambigua, al parecer amigo de los americanos y de coquetear con los demás partidos políticos. El abanderado del derechismo es Arturo Matte Larraín, potentado que es yerno del difunto presidente Alessandri y cuenta con el apoyo de todos los sectores reaccionarios de la población. En último término está Salvador Allende, candidato del Frente del Pueblo, que tiene el apoyo de los comunistas, los que han visto mermados sus cuadros en cuarenta mil votos, que es la cifra de las personas despojadas del derecho a votar por haber sido afiliados a dicho partido.
 Es probable que el señor Ibáñez haga una política de latinoamericanismo y se apoye en el odio a Estados Unidos para conseguir popularidad y la nacionalización de las minas de cobre y otros minerales (el conocimiento de los enormes yacimientos que los americanos tienen en el Perú, prácticamente listos para empezar la producción, disminuyó mucho mi confianza en que sea factible la nacionalización de estas minas, por lo menos en un plazo breve), completar la del ferrocarril, etc. y aumentar en gran proporción el intercambio argentino-chileno.
 Como país, Chile ofrece posibilidades económicas a cualquier persona de buena voluntad que no pertenezca al proletariado, vale decir, que acompañe su trabajo de cierta dosis de cultura o preparación técnica. Tiene en su territorio facilidad para sustentar la cantidad suficiente de ganado como para abastecerse (lanar sobre todo), cereales en cantidad aproximadamente necesaria y minerales como para convertirse en un poderoso país industrial, ya que tiene minas de hierro, cobre, hulla, estaño, oro, plata, manganeso, salitre. El esfuerzo mayor que debe hacer es sacudirse el incómodo amigo yanqui de las espaldas y esa tarea es, al menos por el momento, ciclópea, dada la cantidad de dólares invertidos por éstos y la facilidad con que pueden ejercer una eficaz presión económica en el momento en que sus intereses se vean amenazados.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones B, 2005, pp. 99-105. ISBN: 84-666-2476-7.]

jueves, 12 de noviembre de 2020

La expedición de Humphry Clinker.- Tobias Smollett (1721-1771)

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Tercer volumen
Para el Dr. Lewis

  «"Si la pobreza es motivo de censura, se deduce que la riqueza es objeto de estima y veneración. En ese caso, hay judíos y otras gentes en Amsterdam y Londres, enriquecidos mediante la usura, el desfalco y diversos tipos de fraude y extorsión, que son más respetables que los miembros más virtuosos e ilustres de la comunidad. Un absurdo que nadie que esté en sus cabales se atrevería a sostener. Las riquezas en absoluto son prueba de mérito alguno: es más, a menudo (si no por lo general) las consiguen personas de espíritu miserable y escaso talento; tampoco le confieren ninguna valía intrínseca al poseedor sino que, al contrario, tienden a pervertir su inteligencia y vuelven su conducta más depravada. Pero si admitiéramos que la pobreza fuese realmente un asunto reprochable, no se la puede imputar con justicia a Escocia. Ningún país es pobre si consigue abastecer a sus habitantes de lo indispensable para vivir e incluso dispone de artículos para exportar. Escocia es rica en privilegios naturales: produce todo tipo de víveres en abundancia, inmensas manadas de vacas y rebaños de ovejas, así como un gran número de caballos, cantidades ingentes de lana y lino, junto con abundante madera de soto y, en algunos lugares, vastos bosques de árboles de monte. La tierra aún es más rica bajo la superficie que encima de ella. Contiene reservas inagotables de carbón, piedra arenisca, mármol, plomo, hierro, cobre y plata, además de algo de oro. El mar abunda en pescado excelente y sal para curarlo de cara a la exportación; y hay calas y puertos a lo largo de todo el reino, que permiten una navegación cómoda y segura. La faz del país muestra un sorprendente número de ciudades grandes y pequeñas, villas y pueblos, que hierven de gente; y no parece haber escasez de arte, industria, gobierno y orden público; un reino así no puede nunca ser considerado pobre en sentido alguno del término, aunque haya otros mucho más poderosos y opulentos. Y, sin embargo, el uso apropiado de esas ventajas y la actual prosperidad de los escoceses ¡parece usted atribuirlos a la unión de los dos reinos!"
 Yo señalé que imaginaba que él no negaría que el país presentaba un aspecto muy mejorado, que la gente vivía mejor, tenía más comercio y una mayor cantidad de dinero circulando que antes de la unión. "Puedo aceptar sin problema esas premisas", contestó el teniente, "sin necesidad de suscribir su deducción. La diferencia que usted menciona considero que se debe a un proceso natural de mejora. Desde aquel período, otras naciones, tales como los suecos, los daneses y en particular los franceses, han visto incrementarse su comercio enormemente, sin que se atribuyera esto a una causa semejante. Antes de la unión, reinaba entre los escoceses un extraordinario espíritu comercial, como se pudo ver en el caso de su compañía Darien -en la cual habían invertido no menos de cuatrocientas mil libras esterlinas- y en el estado floreciente de las ciudades marítimas del distrito de Fife así como de la costa este, enriquecidas por sus relaciones mercantiles con Francia, que se interrumpieron a consecuencia de la unión. La única ventaja comercial sólida que se obtuvo de esa medida fue el privilegio de comerciar con las plantaciones inglesas; no obstante, exceptuando a Glasgow y Dumfries, no sé de ninguna ciudad escocesa involucrada en ese tráfico. En otros aspectos, considero que los escoceses salieron perdiendo con la unión. Perdieron la independencia de su estado, que es el mayor soporte del espíritu nacional; perdieron su parlamento; y sus tribunales de justicia fueron sometidos a la revisión y supremacía de un tribunal inglés".
 "Sin acritud, capitán", protesté, "no se puede decir que hayan ustedes perdido su parlamento, cuando están representados en el de Gran Bretaña". "Cierto", respondió él con una sonrisa sarcástica, "en los debates de rivalidad nacional, los dieciséis pares y cuarenta y cinco plebeyos de Escocia deben de constituir un número formidable en la proporción, frente al conjunto de la asamblea legislativa inglesa". "Sea como fuere", observé, "mientras tuve el honor de tener un escaño en la cámara baja, los miembros escoceses siempre tenían a la mayoría de su lado". "Le comprendo, señor", replicó él, "generalmente se alían con la mayoría; tanto peor para sus electores. Pero ni siquiera éste es el peor mal que han sufrido a causa de la unión. Su comercio ha tenido que cargar con tributos gravosos y cada artículo de la vida diaria se ha visto gravado con fuertes impuestos para pagar el interés de numerosas deudas contraídas por los ingleses, en apoyo de medidas y relaciones en las que los escoceses no tenían ni interés ni implicación". Le rogué que al menos concediera que con la unión los escoceses pasaban a disfrutar de todos los privilegios y exenciones de los súbditos ingleses, por medio de los cuales una multitud de ellos disponían de un medio de vida en el ejército y la marina, y ganaban una fortuna en diferentes partes de Inglaterra y sus dominios". "Todos esos", dijo él, "se convierten en súbditos ingleses a todos los efectos y en gran medida los pierde su madre patria. El espíritu explorador y aventurero siempre ha sido innato a los oriundos de Escocia. Si no hubieran encontrado el estímulo de Inglaterra, habrían servido y se habrían asentado, como hacían anteriormente, en otro países, tales como Moscovia, Suecia, Dinamarca, Polonia, Alemania, Francia, Piamonte e Italia, naciones en todas las cuales sus descendientes continúan prosperando hasta el día de hoy".
Resultado de imagen de tobias smollett la expedición de  A estas alturas mi paciencia empezaba a flaquear y exclamé: "¡Por Dios bendito! ¿Y qué ha obtenido Inglaterra de esta unión que, según usted, ha traído tantas desgracias a los escoceses?" "Grandes y múltiples son las ventajas que la unión le brinda a Inglaterra", dijo Lismahago en tono solemne; "en primer lugar, el establecimiento de la sucesión protestante, asunto que el gobierno inglés condujo con tal afán que no quedó piedra por mover para camelar y sobornar a unos cuantos hombres destacados, al objeto de embutir la unión en la nación escocesa, la cual sentía una increíble antipatía por dicho recurso. Los ingleses ganaron con ella una considerable ampliación de territorio, extendiendo sus dominios hasta el mar por todos los lados de la isla, cerrando así todas las puertas traseras a las iniciativas de sus enemigos. Consiguieron la adhesión de más de un millón de súbditos útiles, que constituían un plantel inagotable de marineros, soldados, jornaleros y mecánicos, valiosísima adquisición para un país comercial, expuesto a guerras exteriores y obligado a mantener numerosos asentamientos en las cuatro esquinas del planeta. En el curso de siete años, durante la última guerra, Escocia suministró al ejército y la marina  inglesas setenta mil hombres, además de los que emigraron a las colonias o se mezclaron con ellos en su tierra en las secciones civiles de la vida. Ésta fue una contribución muy considerable y oportuna para una nación cuya población había ido disminuyendo desde hacía años y cuyas tierras y fábricas sufrían de hecho una escasez de mano de obra. No necesito recordarle la trillada máxima de que, para un país en esa situación, la aportación de personas trabajadoras equivale a la provisión de riqueza; ni repetir la observación, que ahora ya se acepta como una verdad eterna incluso entre los propios ingleses, de que los escoceses que se establecen en el sur de Gran Bretaña son increíblemente sensatos, disciplinados y laboriosos".
 Reconocí la verdad de este comentario, añadiendo que por su laboriosidad, sentido del ahorro y cautela, muchos de ellos, en Inglaterra, al igual que en las colonias, amasaban grandes fortunas con las que regresaban a su propio país y esto se perdía para el sur de Gran Bretaña. "Permítame asegurarle, señor", dijo él, "que en los hechos está usted equivocado y que su deducción es errónea. Ni uno de cada doscientos de los que abandonan Escocia vuelve jamás a establecerse en su propio país; y los pocos que lo hacen no llevan consigo nada que pueda en absoluto disminuir el capital del sur de Gran Bretaña, pues ninguno de sus tesoros se queda estancado en Escocia. Hay una circulación continua, como la de la sangre en el cuerpo humano, e Inglaterra es el corazón al que vuelven a parar todos los flujos que distribuye".»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2013, en traducción de Marta Mateo Martínez-Bartolomé, pp. 726-733. ISBN: 978-84-8367-430-7.]
 

lunes, 31 de diciembre de 2018

Consejos de un aristócrata bizantino.- Cecaumeno (s. XI)


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IX.-Cómo debe actuar un terrateniente I

«IX.1.-Si eres un ciudadano sin obligaciones que vive en su hacienda, ocúpate de las tareas de tu hacienda para que ésta esté bien mantenida y no las descuides. Pues no dispones de otro medio de vida que no sea el trabajo de la tierra. Debes procurarte tus propios medios de subsistencia, tales como molinos, talleres, huertos y todo cuanto te rinda sus frutos anualmente, ya sea por arriendo, ya sea por el fruto obtenido. Planta todo tipo de árboles y cañaverales que te produzcan beneficios y no requieran cuidados todos los años, pues te facilitarán el descanso.
 IX.2.-En cuanto al ganado, debes disponer por ejemplo de bueyes para arar, cerdos y ovejas y cualquier otro tipo de animales que críen, crezcan y se multipliquen cada año. Gracias a ellos tu mesa estará abundantemente servida. Regocíjate por todo ello, por la abundancia de trigo, de vino y de todo lo demás, de frutos y de animales, de alimentos tanto como de mercancías. Si sigues esta norma de vida sin dejarte abatir ni descuidar tus propiedades, no perderás nada de todo esto. [...]
 IX.4.-No digas: "Mis hombres son de mi total confianza y no tengo sospecha alguna contra ellos". Si te ven, son de fiar, pero si no, todos hacen lo que a ellos les conviene, ya que por naturaleza se ha inculcado al hombre que busque su propio provecho y obtenga ganancia, sea espiritual o material. [...]
 IX.6.-Practica también la caridad, que no será en vano. Cornelio, que por ser heleno desconocía por completo no sólo los dogmas sino las enseñanzas más elementales de la religión, hizo el bien delante de Nuestro Señor movido por su recta conciencia y por ello oyó que le decía: "Cornelio, tus preces y obras de caridad serán recordadas, pues han ascendido hasta Dios".
 IX.7.1.-Que no se te ocurra intervenir en las recaudaciones abusivas de impuestos. No intervengas en absoluto en las tareas fiscales porque perderás tu pan y dejarás preocupaciones a tus herederos en vez de una buena herencia y así vivirán en constante agitación. [...]
 IX.8.1.-Si en el lugar vive alguna alta autoridad, preséntate ante ella, pero no con frecuencia sino sólo ocasionalmente. Cuando te presentes, debes hablar justo lo preciso y con sensatez y callar si no se te pregunta. Envíale a él y a sus hombres cuantas viandas y bebidas te sea posible, de entre aquellas con las que te favoreció Dios. [...]
 IX.10.-Si llega un impuesto extraordinario del emperador y todos reunidos acuden ante ti para que distribuyas tú las cargas de cada uno, no lo hagas, sino diles: "Distribuidlas vosotros como sepáis, que yo estaré presente". Y que las distribuyan otros. Pues de ese modo puedes eximir de ellas a tu amigo o a un servidor tuyo o al que te pida una rebaja en el impuesto. Nadie dirá nada y, aunque haya críticas en la comunidad, recaerán sobre los que hicieron la distribución y tú permanecerás al margen de toda censura. Pero si tú haces la distribución, no puedes aligerar la carga de ningún amigo o servidor tuyo, pues murmurarán contra ti por ser el que hiciste la distribución. Y si eximes a un servidor tuyo, contra ti dirigirán sus gritos de protesta, acusándote de aceptar regalos para borrar las cargas. Te conviene no tener negocios sucios con la comunidad, sino mostrar tu misericordia y ayudarlos en la medida de tus posibilidades. Pues aunque pasemos inadvertidos a los hombres, no podemos escapar al ojo insomne de Dios. [...]
 IX.12.-Me gustaría que quisieses a todos los hombres, pero pese a todo no reveles a nadie tus secretos, pues esto es algo muy peligroso. Desde el momento en que revelas tus secretos a alguien, pasas a ser desde entonces su esclavo y cometerá contigo las mayores injurias y ofensas sin que te atrevas a replicarle. ¿Por qué ibas a sacrificar tu libertad voluntariamente? Sin duda dirás: "Es un hombre virtuoso y no divulgará mis secretos". No te das cuenta de que tú mismo despreciaste tus secretos cuando hiciste que otros oídos los escucharan. Lo que entra por los oídos, por los labios se divulga. De ahí que no debas comunicar tus secretos a nadie. No en vano dice el profeta: "Guárdate de decir nada al que duerme contigo". [...]
 IX.17.1.-No te sientes donde tienen su plaza los jóvenes. Evítalos más bien, para no llegar a aborrecer tu propia alma. Por jóvenes entiendo aquellos que piensan y hacen cosas propias de los jóvenes, aunque sean ancianos.
 2.-Un ladrón no debe ser amigo tuyo. Pues aunque no estés compinchado con él, no te librarás de la censura.
 3.-No viajes nunca con tu enemigo. Si por un casual te encontrares con él en el camino sin esperarlo, sepárate de él enseguida. [...]
 IX.22.- No pretendas comer hasta saciarte.
 IX.23.-Que tus hijos sean educados en la lógica y la filosofía.
 IX.24.-No rechaces un puesto o mando de distrito, pues ten por cierto que una dignidad es una bendición divina, pero debes evitar hacer de él un uso indebido. Si te haces cargo de él, preocúpate también de tu casa, y le darás esplendor, pues una vez hayas cesado en el cargo, será tu casa la que te acogerá y será en tu casa donde descanses. [...]
 IX.29.1.- Lee mucho y mucho aprenderás. Aunque no comprendas, ten ánimo, pues si lees el libro muchas veces, Dios te dará entendimiento y lo comprenderás.
 2.-Pregunta lo que no sepas a los que tienen entendimiento y no seas orgulloso, pues precisamente por este motivo, por no querer preguntar y aprender, les falta a los hombres entendimiento.
 3.-Cada vez que alguien inicie una conversación, déjale que la termine, que si su saber es bueno te aprovechará y si es innoble, te aprovechará igualmente, pues lo podrás censurar.»
 
   [Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Alianza Editorial, 2000, en traducción de Juan Signes Codoñer. ISBN: 84-206-3594-4.]

domingo, 29 de enero de 2017

"La loca de Chaillot".- Jean Giraudoux (1882-1944)


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 Acto primero

«El presidente: ¡Excelente! Pague, agente. (El agente paga.) Y ahora, explíquese.
 El desconocido: Me llamo Rogelio van Hutten. Bueno, no es ése mi nombre; en realidad, no tengo nombre. Soy hijo de un fabricante de bragueros de Arras que se negó a reconocerme. Eso explica mi carrera. Tras decidir no mostrar a nadie mi acta de nacimiento, me alejé de esa vida en la que uno pasa exámenes, se casa, hace el servicio militar, hereda..., en dos palabras, de la vida que os exige el carnet de identidad, y me cambié al bando de los que pasan de todo eso. He hecho buenas migas con objetos que tampoco tienen carnet: cerillas belgas, puntillas y cocaína. También con libros porno. En la vida de un aventurero hay siempre una época en la que uno vive del desenfreno. En cierta ocasión me vi obligado a hacerle pasar a un aduanero la frontera que sólo se pasa una vez. Tras esto, creí conveniente embarcarme como pañolero de respeto y abordé en las costas de Malasia. En Malasia pude quitarme el disfraz y organizar el contrabando de cuernos de rinoceronte, base de la medicación china. Para la caza del rinoceronte, perseguida con la pena de muerte, armaba a los indígenas con trabucos de pólvora, y los dejaba así atados a los árboles para que vigilaran, mientras yo me llevaba las fieras. Perseguido por la policía (han de saber que tengo tatuada en la piel mi identidad) me largué a Sumatra donde mi habilidad con el ajedrez, juego nacional de la isla, me granjeó la simpatía del jefe y los dones de su hija, que me dio un niño. No tuve que reconocerlo. Allí es el hijo quien reconoce a su padre, si lo juzga digno, llegado a la mayoría de edad. Abusando de la confianza de mi esposa, descubrí un yacimiento petrolífero, tenido por sagrado y prohibido a la curiosidad de los blancos. Se lo comuniqué a Lloyd y éste me admitió entre el personal altamente considerado de sus prospectores. En cuanto a mi mujer, murió empalada por traidora.
 El presidente: ¡Prospector! ¡Es usted prospector!
 El prospector: Para servirle. Imagino que le basta ese nombre para identificarme.
 El agente: ¡Buena idea!
 El barón: ¿La prospección? ¡No entiendo nada!
 El presidente: ¡La prospección! Pero, mi querido barón, si es la reina actual del mundo... La que descubre en las entrañas de la tierra los depósitos de líquido o de metal sobre los que se alza el único agrupamiento humano tolerable por nuestra época, cansada de las fórmulas nacionales o patriarcales: la sociedad anónima. El señor prospector colma nuestros deseos. Nos está proponiendo que fijemos nuestra sociedad en un campo de prospección.
 El prospector: ¡Exacto!
 El presidente: ¿En Sumatra?
 El prospector: Más cerca todavía.
 El agente: ¿En Marruecos? Está ahora de moda.
 El prospector: Aún más cerca. Mi título lo canta... En París...
 El presidente: ¿En París? ¿Yacimientos debajo de París?
 El agente: ¿De oro?
 El barón: ¿De petróleo?
 El prospector: ¿Qué buscan ustedes, señores, un estrato, un filón o un título?
 El agente: Un título para nuestros accionistas... y un filón para nosotros.
 El presidente: No lo habrá dicho al azar, prospector. ¿Qué el subsuelo de París oculta millones?
 El prospector: Estoy convencido... Aunque nadie lo sospeche, pues París es el lugar menos prospeccionado del mundo.
 El barón: ¡Increíble! ¿Y cómo es eso?
 El prospector: Mi querido barón, los demonios o los genios que velan por los tesoros subterráneos son encarnizadamente activos. Quizá tengan razón. Cuando vaciemos nuestro planeta de sus equilibrios y sus bolsas internas, éste correrá el riesgo, libre de gravedad, de largarse por los caminos del cielo... Peor para nosotros. Puesto que el hombre ha elegido ser, no el habitante, sino el jinete de su globo, que corra los riesgos de su carrera. Pero la tarea del prospector es dura.
 El presidente: Lo sé: la chince azul en Tabriz, las desolladuras en Celeba.
 El prospector: Por ejemplo, en nuestro siglo, la fe y los mártires se encuentran en los carburantes. Pero la peor arma de nuestros enemigos es aún el chantaje. En la superficie de la tierra disponen, en forma de parajes o de ciudades, de bellezas que el respeto humano impide entregar a nuestra explotación, o a nuestro saqueo, si prefiere así, pues por donde pasemos ya no crecerá la hierba ni los monumentos. Convencen a los espíritus retrógrados de que esas mediocres reacciones de la memoria, la historia, la intimidad humana, deben prevalecer sobre las reacciones de los metales y los líquidos infernales. Hacen que jueguen aquí mismo, en las plazas, los niños más dotados para las excavaciones. El oro del Rin está peor guardado por sus gnomos que el oro de París por sus guardias de glorietas.
 El presidente: Indíquenos esa excavación, prospector. Tengo una idea para procurarnos un visado, aunque sea en el centro de las Tullerías.
 El prospector: No es fácil olfatear su emplazamiento en esta ciudad, convertida en un basurero del pasado. Para despistar a nuestros sabuesos, dejan que se amontonen en todos los puntos sensibles, en las encrucijadas, en las cimas de las colinas, en las terrazas de los cafés y de los jardines, junto a los cementerios... Dejan que se amontonen los estratos espirituales depositados allí durante siglos pro almas ilustres en el amor y en la guerra. Reconozco que todo eso me desorienta. En los barrios en los que olfateo el efluvio del alquitrán, del hierro, del platino, un efluvio más fuerte asciende desde las generaciones muertas, de los apasionados vivientes, y disipa y enturbia el anterior. La aventura humana se divierte despistándome por doquier de la aventura mineral... Aquí mismo.
 El Barón: ¿Aquí? ¿En Chaillot?»