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domingo, 21 de abril de 2024

El cuarto mandamiento.- Booth Tarkington (1869-1946)


Booth Tarkington - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo primero


  «El comandante Amberson hizo su fortuna el año 1873, precisamente cuando otras gentes andaban perdiendo las suyas, y de entonces data el comienzo de la magnificencia de los Ambersons. Es la magnificencia, como la importancia de un caudal, relativa siempre, y así lo descubriría el mismísimo Lorenzo el Magnífico si su espíritu visitara el Nueva York contemporáneo; fueron magníficos los Ambersons para su época y para la ciudad en que vivían. Su esplendor subsistió durante todos los años que vieron a su ciudad del Midland extenderse y tornarse sombría hasta llegar a ser grande urbe, mas alcanzó su mayor brillo en aquella época en que todas las familias pudientes y con niños tenían un perro de Terranova.
 En aquella ciudad, y en aquellos tiempos, todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos conocían a todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos, y si alguna compraba un abrigo de piel de foca, hasta las inválidas eran llevadas a la ventana para que lo vieran pasar por la calle. En las tardes de invierno, briosos trotones corrían presurosos por National Avenue y Tennessee Street arrastrando trineos; caballos y conductores eran de todos conocidos; y también los conocían cuando llegado el verano eran los veloces y ligeros tílburis los que renovaban las competencias y carreras del invierno. Todo el mundo conocía los coches familiares de los demás y podía identificarlos en la calle a media milla de distancia, habilidad en extremo útil para asegurarse de quién iba de compras, quién a una fiesta, o a casa desde la oficina o tienda, ya fuera para el almuerzo, ya para la cena.
 Durante los primeros tiempos de esta época predominaba la opinión de que la elegancia personal debía juzgarse más bien por la calidad de las telas usadas que por la forma a éstas dada. No era preciso reformar un vestido de seda al cabo de un año, poco más o menos, de estrenado, pues tal vestido continuaría siendo elegante mientras continuase siendo de seda. Los ancianos y los gobernadores vestían de fino paño negro, de más de veintinueve pulgadas de ancho; el traje de etiqueta era del mismo paño, con pantalones de otro más fino que parecía ante; y no había ningún hombre, fuera su edad la que fuera, que creyese que un sombrero pudiera ser otra cosa que un objeto rígido, alto y sedoso, que los deslenguados conocían con el irreverente nombre de “tubo de chimenea”. Aquellos hombres no hubieran aceptado ninguna otra clase de sombrero ni para la ciudad ni para el campo, y eran capaces de remar en el río tocados con él, sin experimentar embarazo alguno.
 Llegó un día en el que la “última moda” derrocó la aristocracia de la buena calidad. Modistas, zapateros, sombrereras y sastres se hicieron más astutos, lograron mayor autoridad, y hallaron medios de convertir en vieja la ropa nueva. Apareció el sombrero hongo, y se extendió su uso de manera prodigiosa: un año parecía su copa un cubo; al siguiente, más se asemejaba a una cuchara. Aún había en todas las casas un sacabotas, pero las botas altas fueron suplantadas por zapatos y botines, y la forma de los primeros iba mudándose de año en año, siendo ahora sus puntas cuadradas y luego afiladas como la proa de un balandro.
 Los pantalones con raya planchada eran considerados cosa plebeya, pues indicaba aquel doblez que había estado la prenda almacenada en un estante, y por tanto que no fue cortada a la medida. Llamaban a estas prendas compradas hechas, “bajamés”, aludiendo al estante en que esperaron comprador. A principios de la década del 80, cuando privaban con las mujeres flequillos y tontillos, apareció en sociedad un nuevo tipo de petimetre, que recibió el nombre de “pisaverde”: vestía este pantalones ceñidos a la pierna, zapatos de punta afilada como la de un puñal, hongo de “cuchara”, chaqueta recta llamada “Chesterfield”, de faldellines cortos y amplios, cuello cilíndrico y torturador de tres pulgadas, planchado y replanchado hasta que brillaba como un espejo, y rodeaba a este ora con una gran corbata de “plastrón” o con un lacito que no desdijera en la trenza de una muñeca. Cuando de etiqueta se vestía, usaba un abrigo color cuero, tan desmedrado que asomaban por debajo los negros faldones del frac sus buenas cinco pulgadas; pero pasados un par de años se alargó este abrigo de tan desmesurada manera que llegaba a los talones del elegante, y al mismo tiempo aquellos ceñidos pantalones fueron desechados para dar lugar a otros que, de puro amplios, parecían sacos. Pasó el tiempo, y no se volvió a saber del “pisaverde”, aunque la palabra que para él fue inventada permaneció en uso, generalmente con significación peyorativa.
 Fueron aquellas épocas de más abundantes cabellos que la nuestra. Las barbas adoptaban extrañas formas, según el antojo de quienes las llevaban, y no era extraordinario contemplar cosas en verdad inusitadas y sorprendentes. Los bigotes crecían sobre la boca como descuidadas guardamalletas; y fue posible para un señor senador de los Estados Unidos dejarse una sotabarba que más bien parecía desplazado bigote, sin que ello se considerase lo bastante interesante para merecer de los periódicos una sola caricatura. Y esto último basta para demostrar que, no obstante los pocos años transcurridos, era aquella época bien distinta de la actual.
EL CUARTO MANDAMIENTO | BOOTH TARKINGTON | Comprar libro 9788420467351 Al principio de la gran época de los Ambersons, la mayoría de las casas en aquella ciudad del Midland eran de agradable arquitectura. Carecían de estilo, pero también carecían de pretensiones, y todo lo que no es presuntuoso ya de por sí tiene suficiente estilo. Se alzaban bien separadas entre sí, sombreadas por árboles que aún quedaban de los que en otros tiempos formaron bosques; olmos, hayas y nogales, y aquí y allá una alta fila de sicómoros crecían y medraban donde se había rellenado arenales y barrancas con tierra del monte. La casa del “Primer Contribuyente” daba a Military Square, a National Avenue o a Tennessee Street, y estaba edificada de ladrillo, con cimientos de piedra, o de madera con cimientos de ladrillo. Tenía, generalmente, un “porche principal” y un “porche trasero” (y algunas veces un “porche lateral”); tenía un “hall delantero”, un “hall lateral” (y algunas veces un “hall trasero”); del “hall delantero” se pasaba a tres habitaciones: “la salita”, “el cuarto de estar” y “la biblioteca”, y esta última pieza podía justificar su nombre, pues aquellas gentes, por algún motivo sería, acostumbraban comprar libros. Por lo general, la familia estaba más a menudo en la “biblioteca” que en el cuarto de estar, y las visitas, cuando eran de “cumplido”, eran llevadas a “la salita”, lugar éste de pulimento e incomodidad extraordinarios. La tapicería del mobiliario en la biblioteca estaba algo deslucida, pero las hostiles sillas y sofá de la “salita” siempre parecían nuevos. Y, verdaderamente, por lo que se usaban bien pudieran haber durado mil años.
 Las alcobas estaban arriba: el cuarto de los padres, el más espacioso; uno algo más reducido para uno o dos hijos varones; otro para una o dos hijas. Cada una de estas alcobas tenía una cama de matrimonio, un “palanganero”, un “buró”, un armario, una mesita, una mecedora y, algunas veces, un par de sillas ligeramente averiadas en el piso bajo, pero en buen uso, y no parecía justificado el gasto de repararlas, ni discreto arrinconarlas por tan poca cosa en el desván. También había siempre un cuarto para huéspedes, en el cual era acostumbrado guardar la máquina de coser. Alrededor de 1870 comenzó a desarrollarse la opinión de que era necesario un cuarto de baño. Esto determinó que los arquitectos colocasen cuartos de baño en las casas nuevas; y las antiguas procuraron no quedarse atrás, para lo cual se sacrificaban los espaciosos armarios roperos de pared, y en el hueco así dejado se instalaba una tina, y junto al fogón de la cocina un calentador de agua. Esa planta siempre viva de la flora americana, los tradicionales chistes acerca de los usos, costumbres y tardanzas de los fontaneros, fue plantada en la vida nacional por aquel entonces.
 En la parte trasera de la casa, arriba, había una triste y angosta cámara llamada “el cuarto de la chica”, y en la cuadra, junto al pajar, otra alcoba llamada “el cuarto del criado”, sirviente admirable que para todo valía.
 Casa y cuadra costaban de siete a ocho mil dólares, y la gente que podía invertir cantidades de esa importancia en tales comodidades era llamada Los Ricos. Pagaban éstos a la habitante de «el cuarto de la chica» dos dólares a la semana, ya adelantada la época de que hablamos, dos dólares y medio, y muy a finales, tres dólares. Era «la chica», por lo común, irlandesa o alemana, o quizá escandinava, pero jamás indígena, como no fuese negra. “El criado”, que vivía en la cuadra, gozaba de emolumentos semejantes, y aunque también él era a veces un emigrante recién llegado en la cala del barco, por lo general se trataba de un hombre de color.
 Cuando salía el sol y era amable la mañana, los corrales de detrás de la cuadra presentaban un aspecto bien alegre: risas y voces llenaban el aire a todo lo largo de los polvorientos cobertizos, acompañadas de sonoros golpes dados con las almohazas contra las cercas y muros de la cuadra, pues los “morenos” gustaban de almohazar sus caballos en el patio. Prefieren siempre los «morenos» chismorrear a voces mejor que cuchicheando, y opinan que una palabrota, para que satisfaga a quien la dice, ha de pronunciarse con voz recia y sonora, y que si no, más vale callar. Allí la gente menuda aprendía frases abominables que luego repetían ante sus mayores pidiendo cumplida exégesis de su contenido, con frecuencia en momentos muy inoportunos. Los niños de menos desarrollada curiosidad se limitaban a repetir las frases en ocasiones de apuro o agobio, lo que atraía sobre sus cabezas tales consecuencias que solían recordarlas hasta ya muy entrados en años.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2005, en traducción de Fernando Santos, pp.10-14. ISBN: 978-84-2046-735-1.]

domingo, 30 de octubre de 2022

El fin de un primitivo.- Chester B. Himes (1909-1984)


Chester Himes - Wikipedia
Capítulo cinco


   «Jesse ya estaba vestido a las seis en punto; así tendría tiempo de pararse en un bar chino para tomar algunos tragos de ginebra y algunas cervezas que le relajasen y pusieran a tono su estado de ánimo. Kriss no podía soportar una compañía tensa y silenciosa; quería que sus hombres negros fueran alegres, entretenidos, ardientes e incluso frenéticos.
 “¿Para qué otra condenada cosa quería ella a un negro? —pensó—. Por supuesto que no lo querría para su árbol genealógico.” Y él sabía que a veces acompañando a mujeres blancas le obsesionaba la futilidad de su posición, sumergiéndole en un estado de ánimo de oscura desesperación, durante la cual no podía decir ni una palabra, no podía sonreír, perdía el deseo y se retiraba en un hosco silencio. Si le sucediera esto, Kriss se pondría furiosa, y él lo sabía; probablemente lo echaría fuera de su casa.
 Se había puesto un traje nuevo de franela azul-Oxford, comprado la semana anterior en una tienda de empeños de la Avenida Columbus, que ofrecía saldos de fábrica y modelos con algún pequeño defecto a mitad de precio. Era un precioso traje de una tela muy suave, y con él, llevaba unos zapatos de fabricación inglesa lisos y negros, comprados en las rebajas de primavera de la casa Wanamaker, una camisa blanca enteramente abrochada de tela de Oxford y una corbata de seda gris y blanca con dibujo abstracto; ambas las había sacado de las gangas de Gimbel.
 “Todo lo que ahora necesitas es un paraguas, un sombrero hongo, una chuleta de cordero, un vaso de clarete, los cabellos algo más largos y una piel blanca, y estarías camino de civilizar al mundo, hijo —se dijo en un tono de indiferencia, y añadió después—: de todas maneras tienes buenas inclinaciones”.
 Dio una ojeada al tiempo. Caía una ligera llovizna. Se puso el sombrero y la descolorida trinchera que Kriss había admirado hacía siete años, cuando era nueva, y también ellos eran nuevos el uno para el otro; se puso una botella de bourbon bajo el brazo, preguntándose de pronto qué necesidad tenía de ir a los barrios bajos de la ciudad a buscar lo que abundaba en los barrios altos.
 Encontró su nombre, “Mrs. Kristina W. Cummings”, bajo el buzón del vestíbulo, y apretó el timbre que había a su lado. Al cabo de un momento Kriss desde su casa apretó el botón del lado del teléfono de la salita posterior, abriendo la puerta de entrada. Él entró rápidamente y caminó por el embaldosado pasillo, agradeciendo el encontrarlo vacío, y al llegar al fondo fue hacia la izquierda dirigiéndose a la puerta del apartamento de ella.
 Kriss abrió la puerta antes de que él tocara el timbre otra vez, y por un instante se quedaron mirándose el uno al otro con la sonrisa helada en un ligero estremecimiento. Vestida con un sencillo traje de cóctel negro, sin mangas, el escote cuadrado y adornado con un collar de plata y un par de magníficos brazaletes también de plata, pareció una hermosa mujer. Pero no era la mujer que él recordaba; no encontró ni rastro de la maliciosa muchacha que le había gustado tanto; en su lugar vio lo que a primera vista parecía una mujer segura, sin humor, ligeramente aburrida, arropada e impregnada de respetabilidad.
 Por su parte, ella no encontró nada en él del irresponsable cazador de mujeres, de atenta sonrisa y ojos brillantes, con el que pasó aquellos tres exquisitos días, que devoraron con frenética sexualidad, como una llama afrodisíaca; ni tampoco nada de aquel repulsivo borracho que tanto la había enfurecido cuatro años antes, pero que al menos poseía una cierta y amarga efervescencia que le hacía interesante. El hombre que tenía ante ella, vestido con la vieja trinchera que reconoció inmediatamente, estaba muerto; la humillación se había apoderado tan profundamente de su interior, que había llegado a formar parte de su metabolismo. Su aspecto exterior no había cambiado mucho, ni notó tanta diferencia como ella esperaba. Por fuera parecía el mismo; en su cara, las mismas facciones juveniles y su misma figura atlética quizá algo más delgada, pero su cabeza parecía mucho más pequeña, con los cabellos tan cortos y finos como una cebolla, y a ella le gustaban los hombres con pelo, montones de pelo, incluso aunque parecieran lanudos. Pero era su luz interior la que le había abandonado.
 Los dos se recobraron inmediatamente.
 —Estoy gorda —le saludó ella, sonriendo tentadora, mientras él le notó alrededor de sus ojos azules un vago borde rojo, como si hubiera llorado recientemente.
 —Yo estoy delgado —dijo devolviéndole la sonrisa. Y luego algo forzado, puesto que ella no se parecía al tipo que él había imaginado, añadió—: Traje bourbon en lugar de flores.
 Por primera vez ella sonrió a la manera de los viejos tiempos.
 —Bien, nos beberemos las flores.
 Entró en la salita, mientras ella preparaba las bebidas, escocés para ella y bourbon para él, y cuando las trajo dijo con sincera admiración:
 —Tienes una casa maravillosa, Kriss. Es realmente encantadora —y entonces añadió, mirándola francamente—: Ya sabes que tú también eres maravillosa.
 Se sentó en su silla favorita de tres patas, satisfecha momentáneamente por el cumplido.
 —Mi ayudante, Anne, me ayudó en la decoración. Está estudiando decoración interior y en los almacenes le hacen un descuento.
 —¿Tienes aún el mismo empleo?
 —Sí, todavía estoy en el Instituto —entonces su voz se llenó de orgullo—, pero ahora soy una personalidad, soy la ayudante del director.
 También había algo de venganza en el tono, y él se preguntó vagamente qué le habría sucedido.
 —¿Sigues viendo a Maud?
 —La vi por las Navidades en la fiesta de Ed Jones. Al principio intentó ignorarme, pero cuando vio lo amables que Ed y los demás se portaban conmigo, se me acercó mostrándose exageradamente efusiva, pretendiendo no haberme visto hasta entonces. Había oído hablar de que yo tenía algo que ver con el envío de personal a la India y quería utilizarme otra vez. Yo estuve fría como el hielo.
 —¿Qué tal Ed? —preguntó cortésmente. «No es que me importe un comino», pensó. Ed Jones era un artista negro con mucho éxito que había asistido a una escuela de arte privada.
El fin de un primitivo - Epub y PDF | Novelas, Primitivo —Bien, Julia me gusta mucho; ¡es tan dulce y sincera!
 —Es una chica estupenda —dijo, aunque nunca la había visto, sintiendo la necesidad de ser agradable.
 —Acudí a la fiesta mortalmente asustada —confesó Kriss—. Era la primera vez durante años que iba a una fiesta de negros, y no sabía la clase de historias que Maud habría contado de mí. Pero Ed fue muy amable y yo conocía a la mayoría de los asistentes. Y hasta Dinky Bloom dijo: “Oh, Kriss es como uno de nosotros. Ha estado entre negros tanto tiempo y ha convivido con nosotros lo suficiente como para ser medio negra”.
 Ella sonrió con su sonrisa sensual secreta, pensando en lo que implicaba tal declaración.
 Él, medio divertido, pensaba en lo mismo, pero no insistió en ello.
 —¿Qué sucedió entre tú y Maud? Yo no la he visto desde que tuvimos aquel encontronazo.
 —¡Dios, esa mujer me ofende! —la ofensa se traslució en su voz—. Viví con ellos cuando vine por primera vez a Nueva York.
 —No lo sabía.
 —Prácticamente les pagaba el alquiler y las cuentas de la bebida. Yo tenía la pequeña salita donde tú estuviste, y cuando ellos tenían invitados —que era en realidad cada noche— se bebían mi alcohol y no podía acostarme hasta que los invitados se iban, aunque Joe se fuera a su habitación dejándolos a todos por allí. Y yo tenía que levantarme antes que nadie. Luego, cuando rompí con Ted, Maud realmente me echó. Eso que habíamos sido como hermanas durante años.
 —Ya sé —dijo pensando—: amantes, querida, no hermanas. A Maud no le gusta nadie con quien no pueda acostarse, hombre o mujer. La conozco. —Al cabo de un momento preguntó—: ¿Por qué lo hizo? No era de su incumbencia, ¿verdad?
 —¡Oh, ella quería que me casara con Ted!, así podría acostarse con él cuando Joe y yo nos fuéramos a trabajar.
 Cogió su vaso vacío y cuando ella se dirigió a la cocina a buscar nuevas bebidas, él la siguió, preguntándose si la besaría entonces o era mejor esperar. Ella no parecía estar en situación de ánimo propicio para besos, de manera que le dijo:
 —Es una cocina muy bonita, todo está muy bien arreglado. —Y cuando volvieron a la salita—: Realmente me gusta tu casa —esta vez ella no contestó y él la miró pensativamente. “Lo malo —pensó— es que no recuerdo absolutamente nada de aquel fin de semana que estuve borracho todo el tiempo y que no puedo acordarme más que de cuando la besé por primera vez”.
 En voz alta preguntó:
 —¿Qué pasó entre tú y Ted? La última vez, y de hecho la única vez que os vi juntos fue en una fiesta de Brooklyn. Creo que es la única vez que he visto a Ted, por lo menos la única que recuerdo. Era un muchacho muy elegante.
 —Prácticamente siempre estuve soportando su bajeza —dijo con súbita inquina—, siempre andaba tras la gente blanca barata, con la esperanza de que le harían rico. Él creía que yo no sabía nada, y yo le estaba soportando.
 —¿Y ahora qué hace?
 —Espero que esté muerto.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Júcar, 1989, en traducción de S.I. González, pp. 59-62. ISBN: 978-8433490025.]

domingo, 8 de mayo de 2022

Flores para la señora Harris.- Paul Gallico (1897-1976)


Paul Gallico - Wikipedia, la enciclopedia libre
II


 «Todo había comenzado unos años antes, aquel día que, mientras cumplía con sus obligaciones en casa de lady Dant, la señora Harris había abierto un armario para ordenarlo y se había encontrado dos vestidos colgados en el interior. Uno de ellos era toda una monada de tonos crema y marfil, de raso y encaje; el otro, una explosión de satén y tafetán carmesí, adornado con grandes lazos rojos y una enorme flor también roja. Dejó de moverse, como si se hubiera quedado sin habla, porque en toda su vida nunca había visto algo tan emocionante ni tan bonito.
 Por muy anodina y gris que pareciera su existencia, la señora Harris siempre había deseado verse rodeada de belleza y color, algo que hasta el momento se había manifestado en una gran afición a las flores. Tenía muy buena mano para la jardinería, así como unos conocimientos nada desdeñables sobre la materia, y lograba que las plantas le florecieran allí donde le resultaba prácticamente imposible a otra persona.
 Delante de las ventanas de su semisótano se veían dos jardineras de geranios, su flor preferida, y, en el interior, donde quedaba sitio, había macetitas en las que se observaba algún geranio que intentaba por todos los medios conquistar ese entorno, o un único jacinto o un tulipán, comprados en un puesto ambulante a cambio de un chelín ganado con grandes sudores.
 Y, además, las personas para las que trabajaba le regalaban a veces las flores cortadas que descartaban, que, en un estado marchito, ella se llevaba a casa para tratar de que recuperaran la lozanía, y, de vez en cuando, sobre todo en primavera, se compraba una pequeña maceta de pensamientos, prímulas o anémonas. Mientras tuviera flores, la vida que llevaba no le inspiraba grandes quejas a la señora Harris. Constituían la vía de escape del desierto lúgubre y pedregoso en el que vivía. Esos intensos estallidos de color le daban alegría. Eran algo a lo que volver por la tarde, junto a lo que despertarse por las mañanas.
  Pero ahora, mientras estaba delante de las deslumbrantes creaciones que colgaban en el armario, se vio frente a un tipo nuevo de belleza: una belleza artificial, creada por la mano de un hombre y un artista, pero artera y directamente dirigida al corazón de la mujer. En ese mismo instante quedó bajo el influjo del artista; en ese mismo instante nació en su interior el deseo de tener un vestido semejante.
  Aquello no tenía ni pies ni cabeza, ella nunca iba a ponerse un traje así, que no encajaba en su vida. Su reacción fue puramente femenina. Lo vio y lo quiso con todas sus ganas. Algo dentro de ella lo deseaba, y trataba de alcanzarlo de forma tan instintiva como un niño en una cuna quiere alcanzar un objeto brillante. En ese momento, ni ella misma se dio cuenta de lo profundo que era ese deseo, de lo potente que resultaba. Sólo pudo quedarse embelesada, extasiada y hechizada, contemplando los vestidos, apoyada en la bayeta, con sus zapatos de vodevil, sucia de arriba abajo, mientras el cabello ralo le enmarcaba la cara: la clásica imagen de una señora de la limpieza.
  Así fue como la encontró lady Dant cuando pasó casualmente por allí, viniendo de su saloncito.
  —¡Oh —exclamó—, mis vestidos! —Y después, al fijarse en la actitud y en el gesto de la señora Harris, añadió—: ¿Le gustan? Todavía no he decidido cuál me voy a poner esta noche.
 La asistenta apenas fue consciente de que lady Dant estaba hablando: aún reclamaban toda su atención esas creaciones vivas de seda y tafetán y gasa, de colores que alegraban el corazón, de audaces cortes, rígidas gracias a una ingeniosa construcción interna por la que parecía que se sostenían en pie prácticamente solas, como si fueran criaturas dotadas de vida propia.
 —Madre mía —logró decir al fin—. Pero qué bonitos son. Seguro que cuestan un ojo de la cara.
  Lady Dant fue incapaz de resistirse a la tentación de impresionar a la señora Harris. Cuesta apabullar a una señora de la limpieza londinense: de hecho son las personas menos impresionables del mundo. La empleada siempre le había dado un poco de miedo y ahora se le presentaba la ocasión de anotarse un tanto. Soltó una de sus forzadas carcajadas y dijo:
  —La verdad es que sí, hasta cierto punto. Este de aquí, “Ivoire”, costó trescientas cincuenta libras, y ese largo, el rojo, que se llama “Deslumbrante”, salió por unas cuatrocientas cincuenta. Siempre voy a Dior, cómo no. Claro que así una siempre sabe que acierta.
  —Cuatrocientas cincuenta libras —repitió la señora Harris—. ¿De dónde saca la gente tanto dinero?
  Los estilos de París no le eran desconocidos, porque leía con asiduidad números atrasados de revistas de moda que a veces le daban sus clientas, y había oído hablar de Fath, Chanel y Balenciaga, Carpentier, Lanvin y Dior; este último nombre despertó ciertas ideas en su espíritu necesitado de belleza.
  Porque una cosa era encontrarse con fotografías de vestidos mientras iba pasando las páginas satinadas de Vogue o Elle en las que, y a en color o en blanco y negro, los trajes eran algo impersonal y tan ajeno a su mundo y fuera de su alcance como la luna o las estrellas; y otra muy distinta tener justo delante el vestido real y poder deleitarse la vista con cada una de las ingeniosas puntadas, tocarlo, olerlo, quererlo, y de pronto verse consumida por el fuego del deseo.
  La señora Harris no notó en absoluto que, al responder a lady Dant, ya había expresado la determinación de tener un vestido semejante. No había querido decir: “¿De dónde saca la gente tanto dinero?”, sino: “¿De dónde voy a sacar tanto dinero?” Evidentemente, esta pregunta no tenía respuesta, o, más bien, sólo tenía una. Había que ganárselo. Pero las probabilidades de conseguirlo eran tan remotas como los planetas.
 Lady Dant quedó absolutamente encantada con la impresión que le parecía haber causado, e incluso descolgó cada vestido y se lo enseñó a la señora Harris para que ésta pudiera hacerse una idea del efecto que creaba. Y, como las manos de la señora de la limpieza estaban impolutas gracias al agua con jabón en la que se hallaban inmersas casi todo el rato, la dama le permitió tocar los materiales, cosa que ella hizo como si éstos fueran el Santo Grial.
 —Pero qué preciosidad —musitó de nuevo.
Flores para la señorita harris - paul gallico - - Vendido en Venta ... Lady Dant no supo que en ese instante la señora Harris ya había decidido que lo que más anhelaba en esta vida, y también en la otra, era tener un vestido de Dior suyo y colgado en el armario.
 Con una sonrisa taimada, y muy pagada de sí misma, lady Dant cerró la puerta del ropero, pero no pudo quitarle de la cabeza a su empleada lo que ésta había visto dentro: belleza, perfección, el acicalamiento más insuperable que una mujer podía desear. Y la señora de la limpieza no era menos mujer que lady Dant, o que cualquier otra. Quería, quería, quería un vestido de la que indudablemente debía ser la tienda más cara del mundo, la del señor Dior en París.
 La señora Harris no era nada tonta. Ni se le pasó por la cabeza la idea de llegar a ponerse en público un vestido semejante. Si sabía algo, era cuál era su sitio. No lo compartía con nadie, y pobre de quien intentara meterse en él. Su sitio era un mundo de incesantes fatigas, pero su independencia lo iluminaba. En él no cabían los dispendios ni los vestidos bonitos.
  Pero lo que deseaba ahora era poseer uno, hacerlo de forma física y femenina; tenerlo colgado en el armario, saber que ahí se quedaba cuando ella se marchaba, abrir la puerta al volver y ver que la esperaba: algo que resultaba exquisito al tocarlo, al contemplarlo, al tenerlo. Le parecía que todo aquello de lo que se había visto desprovista en la vida por culpa de la pobreza, de las circunstancias en que había nacido y de su clase social podía compensarse si se convertía en dueña de aquel ejemplo glorioso de elegante moda femenina. La misma cantidad de dinero enorme e impensable podía verse también reflejada en una joya, en un único diamante que duraría para siempre. A la señora Harris no le interesaban los diamantes. El hecho mismo de que un solo vestido pudiera representar una cantidad tan grande de dinero aumentaba su carácter deseable y el deseo que le inspiraba. No se le escapaba que el hecho de que ella lo quisiera no tenía ni pies ni cabeza, pero eso no impedía en absoluto que así fuera.
  El resto de aquel día húmedo, triste y brumoso, le infundieron calor las imágenes de las creaciones que había visto, y, cuanto más pensaba en ellas, más crecía el deseo en su interior.
  Esa noche, mientras la densa niebla londinense se deshacía en gotas de lluvia, la señora Harris se acomodó en medio de la agradable calidez de la cocina de la señora Butterfield para llevar a cabo la importante ceremonia de rellenar los cupones de la quiniela de fútbol semanal.
  Desde que recordaba, le daba la impresión de que ninguna de las dos había dejado nunca de dedicarle tres peniques todas las semanas a esa fascinante lotería nacional. El precio no era caro: la esperanza, la ilusión y la intriga que podían adquirirse por apenas tres peniques por cabeza. Porque, cuando el cupón ya se había rellenado y se había echado al buzón de correos, representaba una opulencia incalculable hasta que llegaban los periódicos con los resultados y la desilusión, pero nunca se producía una auténtica decepción, porque la verdad era que no esperaban ganar. En una ocasión, la señora Harris había logrado un premio de treinta chelines, y a la señora Butterfield le había tocado el reintegro varias veces, o más bien la posibilidad de jugar gratis la semana siguiente, pero, evidentemente, nada más. Los fabulosos premios importantes nunca habían dejado de ser cuentos de hadas llenos de glamour que alimentaban ambiciones y que de vez en cuando llegaban a salir en los periódicos.
  Como la señora Harris no era aficionada a los deportes ni tenía tiempo para seguir las vicisitudes de los equipos de fútbol, y como además las combinaciones y permutaciones posibles se contaban por millones, se había acostumbrado a elegir recurriendo a la adivinación y a Dios. Había que predecir los resultados de unos treinta partidos (victoria, derrota o empate), y el método de la señora consistía en detenerse, con el lápiz preparado, en cada línea, y esperar a que le llegase un mensaje interior o exterior que le dijese qué anotar. Le daba la sensación de que la suerte era algo tangible que flotaba en el aire y que a veces se posaba en grandes cantidades sobre la gente. La suerte era algo que podía notarse, cogerse, morderse; la suerte podía rodear completamente a una persona en determinado momento y desaparecer al siguiente. Por eso, en el instante de atraer a la buena suerte en lo referente a las quinielas de fútbol, la señora Harris trataba de sintonizar con lo desconocido. Normalmente, mientras hacía esa pausa, si no notaba una violenta corazonada o si no sentía nada, marcaba la casilla del empate.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2015, en traducción de Ismael Attrache. ISBN: 9787-84-9065152-0.]