Mostrando entradas con la etiqueta Ofensa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ofensa. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Libro de Buen Amor.- Juan Ruiz, Arcipreste de Hita (1283-1350)

Resultado de imagen de juan ruiz arcipreste de hita 

Propósito del Libro de Buen Amor

  «Palabras son del sabio y díjolo Catón: / el hombre, entre las penas que tiene el corazón,
debe mezclar placeres y alegrar su razón, / pues las muchas tristezas mucho pecado son.
 
 Como de cosas serias nadie puede reír, / algunos chistecillos tendré que introducir;
cada vez que los oigas no quieras discutir / a no ser en manera de trovar y decir.
 
 Entiende bien mis dichos y medita su esencia, / no me pase contigo lo que al doctor de Grecia
con el truhán romano de tan poca sapiencia, / cuando Roma pidió a los griegos su ciencia.
 
 Así ocurrió que Roma de leyes carecía; / pidióselas a Grecia, que buenas las tenía.
Respondieron los griegos que no las merecía / ni había de entenderlas, ya que nada sabía.
 
 Pero, si las quería para de ellas usar, / con los sabios de Grecia debería tratar,
mostrar si las comprende y merece lograr; / esta respuesta hermosa daban por se excusar.
 
 Los romanos mostraron enseguida su agrado; / la disputa aceptaron en contrato firmado,
mas, como no entendían idioma desusado, / pidieron dialogar por señas de letrado.
 
 Fijaron una fecha para ir a contender; / los romanos se afligen, no sabiendo qué hacer,
pues, al no ser letrados, no podrán entender / a los griegos doctores y su mucho saber.
 
 Estando en esta cuita, sugirió un ciudadano / tomar para el certamen a un bellaco romano
que, como Dios quisiera, señales con la mano / hiciese en la disputa y fue consejo sano.
 
 A un gran bellaco astuto se apresuran a ir / y le dicen: -"Con Grecia hemos de discutir;
por disputas por señas, lo que quieras pedir / te daremos, si sabes de este trance salir".
 
 Vistiéronle muy ricos paños de gran valía / cual si fuese doctor en la filosofía.
Dijo desde un sitial, con bravuconería: / -"Ya pueden venir griegos con su sabiduría".
 
 Entonces llegó un griego, doctor muy esmerado, / famoso entre los griegos, entre todos loado;
subió en otro sitial, todo el pueblo juntado. / Comenzaron sus señas, como era lo tratado.
 
 El griego, reposado, se levantó a mostrar / un dedo, el que tenemos más cerca del pulgar,
y luego se sentó en el mismo lugar. / Levantóse el bigardo, frunce el ceño al mirar.
 
 Mostró luego tres dedos hacia el griego tendidos, / el pulgar y otros dos con aquél recogidos
a manera de arpón, los otros encogidos. / Sentóse luego el necio, mirando sus vestidos.
 
 Levantándose el griego, tendió la palma llana / y volvióse a sentar, tranquila su alma sana;
levantóse el bellaco con fantasía vana, / mostró el puño cerrado, de pelea con gana.
 
 Ante todos los suyos opina el sabio griego: / -"Merecen los romanos la ley, no se la niego".
Levantáronse todos con paz y con sosiego, / ¡gran honra tuvo Roma por un vil andariego!
 
 Preguntaron al griego qué fue lo discutido / y lo que aquel romano le había respondido:
-"Afirmé que hay un Dios y el romano entendido, / tres en uno, me dijo, con su signo seguido.
 
 Yo: que en la mano tiene todo a su voluntad; / él: que domina al mundo su poder, y es verdad.
Si saben comprender la Santa Trinidad, / de las leyes merecen tener seguridad".
 
 Preguntan al bellaco por su interpretación: / -"Echarme un ojo fuera, tal era su intención
al enseñar un dedo, y con indignación / le respondí airado, con determinación,
 
 que yo le quebraría, delante de las gentes, / con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes.
Dijo él que si yo no paraba mientes, / a palmadas pondría mis orejas calientes.
 
 Entonces hice seña de darle una puñada / que ni en toda su vida la vería vengada;
cuando vio la pelea tan mal aparejada / no siguió amenazando a quien no teme nada".
 
 Por eso afirma el dicho de aquella vieja ardida / que no hay mala palabra si no es a mal tenida,
toda frase es bien dicha cuando es bien entendida. / Entiende bien  mi libro, tendrás buena guarida.
 
 La burla que escuchares no la tengas por vil, / la idea de este libro entiéndela, sutil;
pues del bien y del mal, ni un poeta entre mil / hallarás que hablar sepa con decoro gentil.
 
 Hallarás muchas garzas, sin encontrar un huevo, / remendar bien no es cosa de cualquier sastre nuevo:
a trovar locamente no creas que me muevo, / lo que Buen Amor dice, con razones te pruebo.
 
 En general, a todos dedico mi escritura; / los cuerdos, con buen seso, encontrarán cordura;
los mancebos livianos guárdense de locura, / escoja lo mejor el de buena ventura.
 
Resultado de imagen de el libro de buen amor odres nuevos Son, las de Buen Amor, razones encubiertas; / medita donde hallares señal y lección ciertas,
si la razón entiendes y la intención aciertas, / donde ahora maldades, quizá consejo adviertas.
 
 Donde creas que miente, dice mayor verdad, / en las coplas pulidas yace gran fealdad;
si el libro es bueno o malo por las notas juzgad, / las coplas y las notas load o denostad.
 
 De músico instrumento, yo, libro, soy pariente; / si tocas bien o mal te diré, ciertamente; 
en lo que te interese, con sosiego detente / y si sabes pulsarme, me tendrás en la mente.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1991, en versión de María Brey Mariño, pp. 43-47. ISBN: 84-7039-026-0.]
 

viernes, 10 de julio de 2020

El laberinto de las aceitunas.- Eduardo Mendoza (1943)

Resultado de imagen de eduardo mendoza 

Capítulo decimotercero
¿Quién no oculta un pasado? ¿Quién no un secreto?

  «Cerró don Plutarquete los ojos, unió las yemas de los dedos, respiró profundamente varias veces, echó hacia atrás la cabeza y nos refirió lo que sigue.
 -Hace poco más de veinte años conseguí en un instituto de enseñanza media de una ciudad de provincias cuyo nombre ocultaré, piadoso, una adjuntía interina en la cátedra de Historia Universal. Nunca había salido antes de Barcelona, siendo como soy timorato y poltrón, y aunque distaba de ser a la sazón un mozalbete, aquel cambio espectacular de circunstancias me tenía en un estado de excitación rayano en la demencia. Sea por esta causa, sea porque así estaba escrito en el libro de la vida, vine a conocer por esa época a una mujer mucho más joven que yo, de la que me enamoré como sólo se enamoran los niños, los viejos y algunos adolescentes mal informados. Se aproximaba la fecha de mi partida y comprendí que si no quería perder para siempre al objeto de mis delirios no me cabía otra alternativa que proponerla en matrimonio. Así lo hice, no sin rodeos, y ella, por razones que nunca he conseguido entender, me dio el sí.
 No debo de ser, como a veces mi conducta podría hacer pensar, un romántico impenitente, porque las aventuras sentimentales del viejo erudito, lejos de suscitar mi interés, me produjeron un sopor tan invencible que, recostando la nuca contra el respaldo de la silla, me quedé profundamente dormido. Cuando desperté sobresaltado comprendí que me había perdido una parte sustancial del relato, ya que el atropellado narrador tenía los ojos arrasados en lágrimas y decía con vivo sentimiento:
 -Clotildita en provincias se mustiaba. Tengo, en efecto, sobrada conciencia de no ser persona de verba amena, como aquí el amigo acaba de demostrar con sus ronquidos. Tampoco el lugar donde nos encontrábamos ofrecía a una mujer fogosa y ávida de novedades otros alicientes que la feria anual de ganado porcino y algún que otro Te Deum oficiado con más unción que brío. Y huelga decir que mis condiciones físicas no eran tales que pudiera la pobre pasarse los días embelesada en el recuerdo de las noches que los habían precedido. En vano traté de interesarla en mis estudios, que a la sazón versaban sobre las fluctuaciones del precio de la cebada en el siglo XVI. No acumularé detalles; básteles saber que nuestro primer año de matrimonio transcurrió con desesperante monotonía. Yo, sin embargo, era feliz...
 Aunque detesto la descortesía, hube por fuerza de levantarme a orinar y aproveché la incursión para echarme varias almuerzas de agua al rostro con objeto de soportar despierto el resto de aquella tabarra que amenazaba con monopolizar la noche. A mi regreso la historia había avanzado hasta este punto:
 -Mediada la segunda primavera, cuando las lluvias torrenciales habían convertido nuestra casa en un lodazal en el que se daban cita todos los sapos de la zona, el pregonero de la localidad, pues no justificaban los escasos eventos de la villa la edición de un periódico, siquiera mural, anunció la inminente llegada de una compañía teatral que, en gira por provincias y antes de debutar con todos los honores en Fernando Poo, iba a ofrecernos la representación de un melodrama cuyo título he querido y logrado olvidar. Nuestro peculio no nos permitía derroches, pero mi mujer insistió tanto y la melancolía la tenía tan postrada que acabé por acceder a su capricho, pedí un préstamo y saqué las entradas. ¡Nunca lo hiciera! Aún me parece estar viendo la exaltación con que Clotildita limpiaba  y remendaba el único vestido de su ajuar que había resistido mal que bien las asperezas del clima y de la tierra. ¿Y cómo describir mi angustia al comprobar, la noche del estreno, que mi esposa, hasta entonces tan recatada, se había lavado el pelo con un champú adquirido por Dios sabe qué medios?
 Sé que divago: me ceñiré a los hechos. Fuimos al local donde había de representarse la obra, un cobertizo que el municipio había habilitado trasladando interinamente a la casa consistorial el estiércol que habitualmente allí se almacenaba, y dio principio la función y con ella mi desgracia. No recuerdo nada de la pieza, porque nunca hasta ese momento había asistido a ningún espectáculo y no tenía ya edad de aficionarme, de modo que me había llevado un montón de deberes escolares para corregir; ni, por supuesto, de los actores que en aquélla intervenían. Sí recuerdo, en cambio, a un galán harto amanerado y no precisamente veinteañero que parecía tener al sector femenino de la audiencia encandilado, lo que hizo que, mediado el segundo acto, tuviera que abandonar la escena bajo una lluvia de azadones y destrales que los maridos celosos le arrojaban a los gritos de: "¡Sarasa, más que sarasa!", "¡Baja a la platea si eres hombre!", y otras provocaciones similares, y no volviera a salir más, con serio menoscabo del hilo argumental, pues era el protagonista. Yo, absorto en mis quehaceres, no reparé en el incidente ni tampoco en que mi esposa, pretextando una necesidad inaplazable, abandonaba su asiento y no regresaba. Cuando el telón hubo caído, la sala se hubo vaciado y despuntaba el alba tras los alcores, empecé a temer que algo le hubiera pasado a mi Clotildita. Volví a casa y la hallé desierta, recorrí calles y sembrados, pregunté a cuantos encontré... Todo inútil. A Clotildita se la había tragado la tierra. Había que descartar de entrada la eventualidad de un accidente, del que para entonces me habría llegado ya noticia en una comunidad tan diminuta, e inferir, por doloroso que ello me resultara, que mi adorada esposa había decidido marcharse, por los motivos que fuera, y que no tenía la menor intención de regresar al hogar. Juzguen ustedes mismos mi desesperación.
El laberinto de las aceitunas - Eduardo Mendoza | Planeta de Libros Y la mía al comprender que aquella paliza no había llegado aún a su fin. […]
 -A los nueve años de los hechos que acabo de referirle me llegó esta carta. Había sido escrita en Algeciras dos años antes y enviada al instituto donde otros siete atrás yo había ejercido la docencia. De allí la habían remitido al Ministerio donde quedó apresada en los sargazos de la negligencia burocrática hasta que un funcionario más diligente, más compasivo o más malicioso averiguó mis señas y me la hizo llegar a portes debidos.
 Abrió el sobre que había estado acariciando con las yemas de los dedos y me tendió unos papeles manuscritos que empezaban a rasgarse por los dobleces. Los desplegué con cuidado, me acerqué al flexo que seguía encendido en el escritorio y cuyo haz de luz se iba encogiendo a medida que invadía la estancia la luz de la mañana y leí esto:
 "Repugnante albóndiga:
 Desde que me fui de tu lado las cosas me han ido de mal en peor, pero ni un solo día he dejado de bendecir la hora en que te dejé. Mamarracho. El actorzuelo en cuyos brazos me arrojé desesperada era un canalla que me zurraba sin tregua y que me abandonó en cuanto supo que me había quedado embarazada, a pesar de lo cual todavía venero su memoria, porque gracias a él te perdí de vista. Cucaracha. Deshonrada, preñada y sin un duro, me dediqué a la prostitución en los retretes de un parador de camioneros hasta que nació mi hija, a la que abandoné en un canastillo a la puerta de una ermita. Me he quedado tuerta, se me han caído los dientes, soy alcohólica y morfinómana; he estado seis veces en la cárcel y cuatro en el hospital de infecciosos. Y todo por tu culpa. Escupidera, felpudo..."
 Seguían varias cuartillas del mismo tenor literal. Volví a doblar la carta y se la pasé al profesor, que la besó como si fuera una reliquia, la metió de nuevo en el sobre y dijo:
 -Disculpe usted su deficiente sintaxis. Mientras duró nuestra unción, cada noche hacíamos una hora de dictado pero no conseguí que dominara los entresijos de nuestro agilísimo idioma. Pero no es de eso, claro está, de lo que quería hablarle...»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2016. ISBN: 978-84-322-2588-8.]

viernes, 27 de septiembre de 2019

Breviario de los políticos.- Cardenal Mazarino (1602-1661)

Resultado de imagen de cardenal mazarino 

Reprimir la ira 

«No te dejes llevar por un arrebato de ira contra alguien, porque una y otra vez acabarás por descubrir que lo que te han contado de esa persona es mentira. Si hasta ese momento das rienda suelta a tu ira, al final serás tú el perjudicado.
 Si te ofenden, lo mejor es que actúes como si no hubiera pasado nada, porque las disputas sólo generan disputas y ya no tendrías paz. Y aun en el caso de que resultaras vencedor, esa victoria sería peor que una derrota, ya que durante ese tiempo te habrías ganado el odio de muchos.
 Si te lanzan una pulla, la mejor respuesta es demostrar que has percibido perfectamente la ironía, o incluso la mala intención de lo que te han dicho, y a la vez hacerte el ingenuo respondiendo sólo a las palabras y no a la idea de fondo. Después, finge tener la mente ocupada en otras cosas.
 Si alguien, sin nombrarte explícitamente, se pone a arremeter contra ti de forma escandalosa al denunciar una acción condenable de cuya autoría te supone responsable, censura tú con tono severo esta acción y a los hombres capaces de cometer tal villanía, como si no te hubieras dado por aludido. O finge no haber comprendido de qué se trata y responde algo que no tenga nada que ver. Ahora bien, si llega a nombrarte, compórtate como si sus ataques no fueran en serio y sólo estuviera fingiendo encolerizarse contigo. Contéstale con alguna broma que no pueda molestarle y le haga reír. También puedes sumarte a él en su invectiva contra ti, como si estuvieras hablando de un tercero, y mostrarte tú mucho más crítico que él; después, cuando se te acaben las razones, con modos más suaves desmonta definitivamente su invectiva haciéndole ver que no había para tanto.
 Si alguien te recibe en su casa de manera poco cortés, finge no darte cuenta, oculta tu enfado y compórtate como si hubieras sido recibido con todos los honores. De este modo hallará su castigo y su vergüenza en su propia grosería e intentará reparar su error con una actitud obsequiosa.
 Se cuestionará tu nobleza si te la han concedido hace poco. Cuando alguien arremeta contra los  recientemente ennoblecidos, ponte de su parte y alaba la antigua nobleza de sangre. Observa la misma conducta en otras circunstancias de este tipo.
 Si es evidente que buscan pelea contigo y ya no hay lugar para el disimulo, ten siempre a punto como respuesta alguna broma o alguna anécdota que en cierta manera esté relacionada con la situación, pero que te permita desviar la conversación hacia otros asuntos ya previstos por ti. Para casos como éstos también conviene tener a alguien que, a una señal tuya, te traiga una carta; entonces puedes decir que se te ha anunciado una buena noticia o que has de salir precisamente ahora para ir a ver algo.
 Dale tiempo a tu enemigo para que se dé cuenta por sí mismo de lo indigno que es su comportamiento; no pretendas hacérselo ver tú. Así no podrá excusarse en nada que tú hayas hecho para enfurecerse.
 Es fácil irritarse con quien  se ha comprometido a resolver sin falta un asunto en un plazo determinado de tiempo, y después se lo impide algún imprevisto. Por esta razón, guárdate de los compromisos de este tipo.
[...]
Ser acusado

 Haz ver que no estás al corriente de la acusación presentada contra ti. No cambies repentinamente tu comportamiento en aquellos aspectos relacionados con la demanda, no sea que tu acusador se dé cuenta de que lo has descubierto y se gane el reconocimiento de aquél ante el cual ha presentado la acusación. Al contrario, en cuanto tengas oportunidad de hacerlo, habla de tu acusador como si de un enemigo personal y un delator profesional se tratara. Afirma que, aunque en ocasiones se pueda desear que haya delatores -como suele desearse que haya traidores-, eso no implica que se los quiera como amigos. Di que él acostumbra a utilizar los mismos argumentos cuando describe con negros tintes a otros en tu presencia. Sostén que a los hombres de esta calaña no los mueve ni el buen juicio ni el deseo de concordia entre los ciudadanos. El juez -concluye- no ha de considerarlos aliados, sino detractores sistemáticos y si les presta oídos confiando en que le puedan ser útiles un día tendrá que cargar con las consecuencias de ello.
 Como si estuvieras de duelo, entrégate a tus ocupaciones para distraerte y consolarte con asuntos serios. Pero mantén vivo tu odio hacia el que te ha denunciado, estudia cómo puedes hacer frente a su acusación y consúltaselo, por ejemplo, a un amigo íntimo.
 Si alguien ha dicho cosas terribles sobre ti en presencia de un amigo tuyo con la intención de ponerte a mal con él, no se te ocurra hablarle mal a tu amigo de la persona que te ha difamado.
 Desde el inicio del proceso da a entender que tu acusador ha sido cómplice tuyo, o que en otras ocasiones ya se le ha llevado a juicio público sobre todo por asuntos de ésos que tanto gusta oír a la gente, como, por ejemplo, que el año pasado fue expulsado del ejército por orden de un tribunal.
 Si tienes que responder a varias acusaciones, no pierdas la credibilidad negándolas todas. Reconócete culpable de algunas, incluso si no es verdad, para demostrar una cierta docilidad y no dar la impresión de que pretendes ser irreprochable en todo.
 Si descubres que te han denunciado ante tu señor, es mejor, por lo general, que no intentes justificarte, a no ser que él te lo exija. Sólo conseguirías buscarte más problemas y complicar la situación. Así pues, lo primero que has de hacer es evitar toda explicación y, si se diera el caso, contraatacar.»

   [El texto pertenece a la edición en español de editorial Acantilado, 2007, en traducción de Alejandra de Riquer. ISBN: 978-84-96489-98-1.]

viernes, 2 de agosto de 2019

Los filósofos oscuros.- Gwyn Thomas (1913-1981)

Resultado de imagen de gwyn thomas 

Los filósofos oscuros

«-Así que ya veis -concluyó Willie-. Si hubiese persistido en mi intolerancia, ¿dónde estaría ahora? Pero vi mi error, descubrí la lección de la paciencia, la fraternidad y la caridad. Le debo todo al reverendo Emmanuel, que me aclaró esas cuestiones. ¿No os parece una cosa maravillosa eso que dijo sobre que nuestros reveses no son más que los dolores del alma que crece?
 Nos vinieron a la mente los años fríos y tristes que habíamos conocido tras el cierre de las minas en las que habíamos trabajado.
 -Nosotros sufrimos tantos dolores de crecimiento, Willie -dijo mi amigo Arthur-, que nuestras almas murieron.
 -No vamos a discutir contigo, Willie -dijo Walter-. Eres joven y por ahora te ha ido bien. Nosotros ya no somos tan jóvenes y podemos decir sin exagerar que las cosas nos han ido endemoniadamente mal.
 -Deberíais olvidar todo eso, proscribir el odio -dijo Willie vivamente.
 -No puedes olvidar lo que ha conformado tu vida durante tantos años. La afrenta ocasional, Willie, ya es bastante difícil de olvidar, pero cuando un hombre tiene que aguantar que lo arrojen al ocio y la inutilidad durante años, no sólo es incapaz de olvidarlo sino que se vuelve un acto de fe tenerlo presente cada momento que vive, pues el deber de uno como ser humano, de ahí en adelante, es luchar para que la posibilidad de esa afrenta no se vuelva a dar contra uno mismo o contra otros. Tú eres joven, Willie. No has entrevisto más que un brillo del cuchillo que ha pasado por nuestros cuerpos.
 -Deberíais tener paciencia -dijo Willie con obstinación.
 -Paciencia -dijo mi amigo Ben-. Oh, Dios Santo. Nos dice que deberíamos tener paciencia. Toda la que tenemos la encontramos en nosotros mismos.
 -Si nos hubiese faltado la paciencia, Willie -dijo Walter-, hace mucho que habríamos hecho caso al razonamiento que nos decía que le ahorraríamos al Estado y a nosotros mismos un montón de tiempo y molestias si nos colgásemos de una viga.
 -Hay demasiado odio en vosotros -dijo Willie, nos pareció que flaqueando un poco-. Habéis perdido el sentido de la fraternidad.
 -Mira, Willie, en todos estos años, nuestro centro de gravedad más permanente ha sido un sentido de la piedad y la camaradería. Lo han traicionado muchos compañeros que nos han abandonado por una vida de más tranquilidad y menos lucha. En nuestro interior, una tentación tras otra lo han puesto a prueba, pero nunca se ha quebrado.
 -Habéis estado ciegos a la mano de la caridad.
 -Si la hubiésemos visto, Willie, le habríamos dado un bocado. No hay mayor expendedor de veneno que la caridad. Sólo los esclavos necesitan caridad. Las únicas cosas que necesita un hombre para estar en plena forma son libertad e inteligencia. Cosas sencillas, no hay duda, pero actualmente sólo una pequeña parte de la humanidad las disfruta.
 -Vamos, no me acorrales, Walter -dijo Willie con una risa-. A veces resultáis tan viejos, duros e inaccesibles como una figurilla de loza. Pero sigo pensando, hermanos, que vuestro gran error, el tuyo y de Ben y Arthur y John, es haberos confinado en estas apestosas Barriadas hasta volveros tan grises y sucios como ellas. Habéis cerrado los oídos a los delicados mensajes que podían haberos llegado del exterior. Deberíais haber seguido al reverendo Emmanuel. Si lo hubieseis oído, lo habríais amado tanto como yo. No hay hombre, por mucho mal que te haya hecho, al que no puedas perdonar y persuadir así de que cambie su actitud.
 -¿Perdonaríais incluso a un gusano como el maderero?
 -Lo perdoné, de hecho, y mira qué amablemente se portó conmigo cuando vio que había hecho las paces con él.
 -¿Pero no te parece que tenías razón en lo de los tritones y las estrellas y todo eso, en lo del desorden y el descontento?
 -Uno vive para ser feliz -dijo Willie-, no para tener razón.
 -Una actitud muy excéntrica, Willie, y que si se hubiera adoptado en los tiempos del Diluvio habría convertido a todos los hombres en arenques.
 -La felicidad es lo que busco y la felicidad es lo que tendré.
 -Pues buena suerte en tu aventura, Willie. Pero mira. No has dicho que las condiciones de vida en estas Barriadas te sacan de quicio. La mayor parte de nuestros vecinos llevan vidas poco cómodas y nada hermosas. ¿Tú te imaginas que la gente seguirá soportando esa extraña forma de vida para siempre, sin considerar esa miseria al por mayor como innecesarios grilletes que hay que romper? ¿Y cómo imaginas que se romperán los grilletes si no es mediante uno o dos ataques de intranquilidad e intolerancia por parte de la gente? Tú trabajas en una fundición. Has visto suficientes grilletes como para saber que ni siquiera una comunidad más experimentada en llanto los fundiría con sus lágrimas.
 -Lo sé -dijo Willie-, y es ahí donde vosotros, amigos, estáis tan perdidos por no prestar atención al reverendo Emmanuel. Él tiene una teoría que explica todo eso. Dice que existió una Edad de Hielo.
 -Que se acabó -dijo Ben solemnemente- cuando volví a entrar en el oficio de la construcción.
 -No esa edad de hielo. Me refiero a la grande, la auténtica, con montañas de hielo que lo cubrían todo.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 2007, en traducción de Bárbara Mingo Costales. ISBN: 978-84-9841-110-2.]

martes, 25 de junio de 2019

El juramento de Lagardère.- Paul Feval (1816-1887)


Resultado de imagen de paul feval 
X.-El diario de Aurora

«Don Miguel sacó una bolsa y la vació sobre la mesa, indicando a su sobrino que hiciera lo propio, ante la mirada llena de estupor de Enrique. Por mi parte, incapaz de resistir la tensa situación que se vivía en aquella habitación, corrí a refugiarme en mi alcoba, aunque dejando la puerta entreabierta.
 Los dedos de don Miguel removieron el oro y continuó:
 -Nunca llegaréis a reunir una suma tal trabajando con el cincel en casa de maese Cuenca... No hablo con intención de ofenderos, caballero, ni estamos aquí para saber por qué el gran Lagardère practica ese oficio tan bajo que deforma vuestras manos y debilita vuestro pecho. Si hemos dado este arriesgado paso es para revelaros un secreto de familia y proponeros un negocio.
 -Hablad -contestó lacónico Enrique, tomando asiento.
 -Mi sobrino, caballero, es algo corto de genio. Yo, que soy su tío, no me avergüenzo en confesarlo. Ese gran defecto suyo le hizo perder a una hermosa joven, que prefirió a otro galán. Y no es que mi sobrino sea necio ni que le falten escudos, pero como, no obstante, es muy obstinado, no se resignó a olvidarla y aún trata de ganarse el amor de esa dama. Tampoco el otro galán quiere cedérsela, y así llegó lo que tenía que llegar: un par de bofetadas que mi sobrino recibió en pleno rostro. ¡Y esto es algo que no se puede tolerar! Es lícito llevarse una mujer, pero no abofetear al rival. ¡Hemos decidido lavar esa injuria con sangre! ¿Entendéis ahora cuál es nuestro interés? Mi sobrino, el pobre, no se ve capacitado para borrar esa ofensa que pesa como una losa sobre nuestra familia. En cuanto a mí, son ya muchos años que me incapacitan para cometer una locura. ¿Vais comprendiendo?
 Y la mirada de don Miguel se paseó por las tentadoras onzas, mientras su rostro adquiría una expresión radiante.
 Enrique, asimismo, miraba al oro, seguramente pensando que con aquella fortuna podrían remediarse muchas cosas.
 -Lo comprendo bien y podéis contar conmigo -fueron sus palabras.
 -¡Espléndido! -exclamó don Miguel, frotándose las manos-. ¡Sois un verdadero caballero!
 Incluso el rostro del sobrino perdió por un momento su inexpresividad asomando a sus ojos un atisbo de entusiasmo.
 -¡Estaba seguro de que cooperaríais! -prosiguió don Miguel-. El villano que ha escarnecido a nuestra familia se llama Ramiro Núñez, un tipo pequeño, que usa barba y es más bien rechoncho...
 -Obviad los detalles -le cortó Enrique.
 -No es prudente. A veces, se cometen burdos errores. En cierta ocasión, el sacamuelas me extrajo una muela sana en vez de la dañada. Lo achaqué a una insuficiencia de explicaciones por mi parte. No quisiera pecar de lo mismo en esta ocasión.
 La frente de mi amigo se ensombreció.
 -El que paga tiene derecho a exigir que le sirvan a su gusto -continuó don Miguel-. El pelo de don Ramiro es rojo. Se cubre con un sombrero gris con plumas negras. Debéis saber que a las siete de la noche pasa cada día por delante de la posada de "Los tres moros".
 -¡Ya basta, caballero! -exclamó en aquel punto Enrique-. Creí haberlo entendido antes, pero veo que no es así. Supuse que se trataba, en suma de dar unas lecciones de esgrima a vuestro sobrino.
 Sin dejarles pronunciar una palabra más, les obligó a tomar su dinero y le condujo a la puerta, donde los despidió con estas palabras:
 -Esta clase de negocios no le cuadran al caballero Lagardère.
 Aquella noche sólo cenamos pan. Enrique no tenía un céntimo.
 Aunque yo era muy pequeña para entender el significado de aquella escena, recuerdo que la actitud de mi amigo me conmovió. ¡Nunca olvidaré la mirada que Enrique lanzó sobre el montón de onzas!
 Todavía tardé algún tiempo en conocer la fama que envolvía el mágico nombre de Lagardère. [...]
 He descubierto que yo cambié el rumbo de su vida. Hoy no es ni sombra de lo que fue. Cuando decidió adoptarme, empezó para él una nueva existencia, olvidándose de sus antiguos libertinajes.
 No es orgullo lo que me impele a hablar así. Estoy convencida de que mi presencia le ha hecho ser bueno y cariñoso.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editors, S.A. ISBN: 84-7561-292-X.]
 

viernes, 28 de diciembre de 2018

Ética o Conócete a ti mismo.- Pedro Abelardo (1079-1142)


Resultado de imagen de pedro abelardo 
Capítulo 3.- ¿Qué es el vicio del alma? ¿Y a qué llamamos propiamente pecado?

«Vicio es todo aquello que nos hace propensos a pecar. Dicho de otra manera, aquello que nos inclina a consentir en lo que no es lícito, sea haciendo algo o dejándolo de hacer.
 Por pecado entendemos propiamente este mismo consentimiento, es decir, la culpa del alma por la que ésta es merecedora de la condenación o es rea de culpa ante Dios. ¿No es acaso este consentimiento desprecio de Dios y ofensa del mismo? No podemos, en efecto, ofender a Dios causándole un daño, sino despreciándolo. Ningún daño puede causarle menoscabo, pues es el supremo poder, pero hace justicia del desprecio que se le infiere.
 En consecuencia, nuestro pecado es desprecio del Creador. Y pecar es despreciar al Creador, es decir, no hacer por Él lo que creemos que debemos hacer. O bien no dejar de hacer lo que estamos convencidos de que debemos dejar de hacer por Él. Al definir de forma negativa el pecado, por ejemplo, "no hacer" o "no dejar de hacer lo que hay que hacer", estamos dando a entender claramente que el pecado carece de sustancia, que consiste más en el "no ser" que en el "ser". Es como si al definir la oscuridad o tinieblas decimos que son ausencia de luz allí donde no debió haberla. [...]
 Hay quienes sostienen que todo pecado es voluntario, si bien la voluntad no se identifica con el pecado y, a veces, como hemos dicho, pecamos sin quererlo. A este respecto hallan alguna diferencia entre pecado y voluntad. Distinguen entre "voluntad" y "voluntario", esto es, una cosa es la voluntad y otra aquello por lo que la voluntad se entrega o consiente.
 Nosotros entendemos por pecado aquello que anteriormente definimos estrictamente como pecado, es decir, el desprecio de Dios o del consentimiento a lo que se debe rechazar según Dios. Ahora bien, ¿cómo podemos decir que el pecado es voluntario, esto es, que queremos despreciar a Dios -y en esto consiste el pecado- o que queremos buscarnos nuestra propia ruina o hacernos merecedores de nuestra propia condenación? Pues nunca queremos ser castigados por más que queramos hacer lo que sabemos que debe ser castigado o que nos hace dignos de castigo. Somos injustos, por tanto, al hacer lo que lo que no es lícito, sin querer al mismo tiempo sufrir la equidad de una pena justa. Aborrecemos la pena justa y nos agrada una acción que es a todas luces injusta.
 Hay muchos casos también en que, seducidos por la belleza de una mujer, que sabemos casada, queremos acostarnos con ella. No queremos, sin embargo, cometer un adulterio, pues querríamos que no estuviera casada. Muchos otros, por el contrario, apetecen por vanagloria las mujeres de los poderosos, precisamente por ser las mujeres de tales hombres. Y por eso mismo las desean más que si no estuviesen casadas. Evidentemente, quieren adulterar con ellas más que fornicar y faltan por ello en lo más grave antes que en lo menos grave. Y hay también quienes son arrastrados sin complacencia de su parte al consentimiento de la concupiscencia y mala voluntad. Y, por otra parte, la debilidad de la carne les obliga a querer lo que de ningún modo querrían. ¿Cómo, entonces, llamar voluntario a este consentimiento que no queremos tener? ¿Hemos de llamar "voluntario" a todo pecado, tal como -según se dijo- pretenden algunos? Es algo que no acabo de ver, a no ser que entendamos por voluntario todo aquello que excluye la necesidad. Pues, en efecto, ningún pecado es inevitable. Es decir, a no ser que se dé el nombre de voluntario a todo lo que procede de alguna voluntad. Tal sería el caso del que, viéndose obligado, dio muerte a su amo. Cierto que no lo hizo con voluntad de causarle la muerte; sin embargo, lo hizo con alguna voluntad, pues con tal acto quiso escapar a la muerte o retrasarla.
 Otros se agitan no poco al oírnos decir que la comisión o ejecución del pecado no añade nada ante Dios a la culpa o a la condenación. Lo razonan diciendo que la comisión del pecado arrastra una cierta delectación que agrava el pecado. Tal sucede en el caso del coito o de la comida, al que ya hicimos alusión.
 Este razonamiento sería válido si pudieran demostrar que el pecado consiste en la delectación carnal y que lo dicho en los casos anteriores no se puede hacer sino pecando. De aceptar esto sin más, nadie podría experimentar que el pecado consiste en la delectación carnal. En consecuencia, ni los mismos cónyuges se verían libres de pecado en la unión del placer carnal que les está permitida. Ni tampoco el que se alimenta con una apetitosa comida de su propia cosecha. Asimismo se harían responsables todos los enfermos que se recuperan con alimentos más apetecibles para llegar a restablecerse y a convalecer de su debilidad. Sabido es que los enfermos no toman estos alimentos sin delectación; de lo contrario, no les aprovecharían.
 Tampoco el Señor -hacedor de los alimentos y del cuerpo- estaría libre de culpa si hubiera puesto en ellos unos sabores que por su deleite obligaran a pecar a quienes no se dan cuenta de ello. ¿Podría haber creado tales cosas para alimentarnos si hubiera sido imposible comerlas sin pecado? ¿O podría habérnoslas dado como alimento? ¿Cómo se puede decir, entonces, que hay pecado en lo que está permitido?
 Las mismas cosas que en un tiempo fueron ilícitas y prohibidas pueden hacerse ya sin pecado alguno si posteriormente se permiten y se convierten de este modo en lícitas. Tal sucede con la carne de cerdo y con otras cosas prohibidas en otro tiempo para los judíos y ahora permitidas a nosotros. Cuando vemos a los judíos convertidos a Cristo comer libremente aquellos alimentos que la Ley les prohibía, ¿cómo excusarlos de culpa sino porque afirmamos que Dios se lo permite ahora? Si, pues, tal comida -antes prohibida y ahora permitida- carece de pecado y no supone el desprecio a Dios, ¿quién podrá decir que hay pecado en aquello que ha hecho lícito el permiso divino?»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1997, en traducción de Pedro R. Santidrián. ISBN: 84-487-0159-3.]