jueves, 6 de diciembre de 2018

Sin lengua, deslenguado.- Gustavo Pérez Firmat (1949)


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De Life on The Hyphen (1994) / Vidas en vilo (200;2015)
Nilingüe
 
«El argot miamense incluye un vocablo exclusivo de la capital del sol y del solecismo: "nilingüe". Si bilingüe es la persona que habla dos idiomas, nilingüe es aquélla que no habla ninguno: "ni español, ni inglés". Un buen ejemplo de nilingüismo es Ricky Ricardo, cuyo inglés macarrónico compite con su defectuoso español -"falta" por "culpa", "introducir" por "presentar", "parientes" por "padres". Si bien a veces Ricky Ricardo incurre en el anglicismo deliberadamente (a fin de que el espectador angloparlante pueda entender lo que dice), en otras ocasiones son meros errores. Cosa curiosa: con el paso de los años, el español de Ricky fue empeorando, pero su inglés no mejoraba. Lo mismo le sucedió a Desi Arnaz, quien en la puerta de su camerino tenía un cartel que decía: "English is broken here". En 1983, Arnaz fue elegido "rey" de Open House Eight, el festival hispano que se celebra en Miami cada primavera. Ya para entonces su manejo de las dos lenguas era tan precario como su salud; pronunciaba el inglés como un cubano y el español como un "gringo". Al igual que Ricky Ricardo, era "nilingüe".
 En español se dice que conocer una lengua es "dominarla". Pero mi lengua materna se equivoca: el hablante no domina su idioma, el idioma lo domina a él. En inglés sucede lo contrario: cuando una persona habla bien un idioma, digamos el español, se dice que es Spanish-dominant, una expresión que pone a la lengua y no al hablante en primer plano. Al invertir la relación de primacía, el inglés se acerca más a la verdad. Lo raro es que en Ricky Ricardo, así como en su creador, ningún idioma logró alcanzar esa preponderancia. En la atribulada lengua de Arnaz se libraba una "batalla de acentos" que acabó por derrotarlo.
 Huérfano de dos idiomas, el deslenguado nilingüe confunde el idioma materno con el idioma alterno. Su desempeño lingüístico está marcado por un doble acento, por una fluidez sin cauce. En cierta ocasión, T.W. Adorno afirmó: "Sólo aquel que no se siente cómodo con un idioma es capaz de utilizarlo como instrumento". De ser así, Ricky Ricardo es un multi-instrumentalista, desposeído poseedor de dos idiomas que lo dominan pero no lo entienden.
[...]
 
Cincuenta lecciones de exilio y desexilio (2000)
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Una de las formas más antiguas de exilio es el relegatio ad insulam, la condena a residir en una isla, lejos de lo que en inglés se llama mainland, tierra firme. Esta ha sido la mala suerte de algunos de los exiliados más ilustres de la historia: Séneca (Córcega), Napoleón (Elba, Santa Helena), Hugo (Jersey, Guernsey), Unamuno (Fuerteventura). Han existido islas, como la infamemente famosa Isla del Diablo, cuya principal función era servir de cárcel para proscritos, entre ellos el desventurado Dreyfus. Hasta las dulces Filipinas fueron destino de exilio para centenares de españoles deportados a mediados de siglo XIX por el general Narváez.
 Contra esta tradición, los cubanos concebimos el exilio, no como aislamiento, sino como landing, como arribo a tierra firme. Nuestro relegatio nos desplaza en dirección inversa, condenándonos a vivir sin isla. Pocos cubanos exiliados en Estados Unidos se llaman a sí mismos "desterrados" porque hay demasiada "tierra" en la masa continental norteamericana para justificar el apelativo. Incluso hay quienes, barajando lenguajes, han llegado a inscribir la vivencia insular en la palabra que preferimos: ex-ile, ex-isla. De acuerdo con esta fantasiosa etimología, el desarraigo del isleño sienta las pautas de todo exilio.
 Cabe preguntar, no obstante, si las vivencias del exiliado fluctúan según la geografía de los países de origen y destino. Mañach, siguiendo a Ganivet, aventuraba que el temperamento de un pueblo se explicaba por el ámbito físico que habitaba: ¿es igual la ira de un isleño a la cólera de un peninsular? Si no lo son, tal vez un análogo determinismo geográfico opere en el caso del exiliado. Cuando el relegatio ocurre en dirección opuesta a la tradicional, desplazándonos de lo marginal a lo macizo, de la fragilidad insular a la firmeza continental, las actitudes vitales varían en consecuencia. Podríamos entonces suponer que un exilio como el nuestro sería más llevadero, acercamiento no menos que lejanía.
 Ovidio se lamentaba de haber sido relegado al último confín del mundo; muchos cubanos exiliados no vivimos en el orbis ultimus ovidiano, sino en las grandes urbes del planeta -Nueva York, París, Madrid, Ciudad México, (¿Miami?). Y, sin embargo, a juzgar por innumerables testimonios, el exilio en ciudad grande también es terrible. Tanto atolondra la congestión como el vacío. Quizás más. En el destierro de Tomis, "el más apartado pueblo", Ovidio se quejaba de la falta de libros, medicinas, alimentos, comodidades. No es ese nuestro lamento, a pesar de las estrecheces económicas que muchos exiliados han tenido que sobrellevar. El nuestro -el mío- ha sido un exilio pródigo en oportunidades y recursos. Y aun así nos sentimos pobres, desnudos, incompletos. Teniéndolo casi todo, nos falta la mitad.
 Quizás por eso nuestro modo de adaptación es fabricar islas dentro de los continentes. Sucede en Miami igual que en Madrid, en Carolina del Norte igual que en Nueva York. Creamos islas grandes, como los barrios cubanos de Miami; o islas pequeñas, como mi despacho.
 Para nosotros el aislamiento no es una condena sino una salvación. Cuando nos acosan, nos hacemos isla. Cuando nos ignoran, nos hacemos isla. En busca de compañía, nos hacemos isla. Solícitos de soledad, nos hacemos isla. Para conjurar el tedio, nos hacemos isla. Para ser felices, nos hacemos isla.
 Isla la palabra, isla el corazón.
 Cuba es una porción de tierra rodeada de islas por todas partes.»
 
    [Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2017, en edición de Yannelys Aparicio y Ángel Esteban. ISBN: 978-84-376-3725-9.]

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