jueves, 27 de diciembre de 2018

Malva. Historia del color que cambió el mundo.- Simon Garfield (1960)


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9.-Envenenar a la clientela

«Un químico alemán, el doctor Springmuhl, juntó en 1870 catorce muestras de tinte magenta comercial, remitidas por amigos europeos, y comprobó si había en ellas trazas de arsénico. Algunos de sus hallazgos fueron alarmantes. Obtuvo que nueve de las muestras contenían al menos un 2 por 100 de arsénico, y cinco entre el 4,3 y el 6,5 por 100. El color estaba envenenando a sus compradores.
 El gobierno alemán patrocinó esos análisis porque algunos de sus miembros se inquietaron al leer en los periódicos que los tintes de anilina habían causado inflamaciones en la piel de las mujeres. Bajo la gran presión de los fabricantes de tintes, la industria que más deprisa crecía de la nación, el gobierno alemán declaró que las mujeres no tenían nada que temer. Las investigaciones del doctor Springmuhl se extendieron al examen del efecto de sus tintes en diez centímetros cuadrados de lana y se halló que, si bien el baño de tinte seguía conteniendo niveles altos de arsénico venenoso, sólo pasaba a la superficie del tejido teñido una fracción muy pequeña, una diezmilésima de gramo.
 Para gran alivio de BASF y AGFA, el gobierno decidió ignorar otro dato estadístico: el tejido teñido se consideraba seguro, pero tras el primer lavado se encontraban en el agua trazas apreciables de arsénico, lo que daba a entender que los tintes más baratos distaban de tener fijo el color y presentaban un riesgo notable una vez expuestos a la lluvia o a la transpiración.
 El dilema se las traía, pero no era nuevo. William Cowper, comisionado jefe de fábricas, le había pedido en 1862 a August Hofmann que examinase los componentes verdes de un tocado de baile femenino. Vio que abundaba en él el verde arsenical Schweinfurt. Hofmann señaló que la misma sustancia se usaba en muchos trajes de baile y con frecuencia en el papel pintado; en Baviera habían prohibido este uso. Concluía: "Se admitirá, creo, que la reina del baile, coronada de arsénico, gira que te gira por el salón envuelta en una nube de arsénico, no se presenta en ningún caso como un objeto de contemplación muy atractivo, pero el espectáculo ¿no se torna en verdad melancólico cuando nuestros pensamientos se encaminan al pobre artista envenenado que tejió la alegre guirnalda, esforzándose por prolongar una existencia enfermiza y miserable socavada ya por esa destructiva ocupación?"
 La casa de tintes suiza "J.J. Muller-Pack and Co." tuvo que enfrentarse a una crisis sanitaria tan extrema que se vino abajo. La firma había arrendado unos terrenos en dos lugares distintos a una empresa tintorera tradicional, J. G. Geigy; producía violeta, azul y verde de anilina, malva y fucsina. El director de la empresa visitó Manchester para que "Roberts, Dale ans Co." le concediesen los derechos del negro de anilina y es posible que viera a Perkin y hablase con él de otros colores. El negocio fue boyante hasta 1864, cuando quienes vivían a poca distancia de sus dos fábricas de Basilea empezaron a caer enfermos por culpa del agua de los pozos. Un caso sonado fue el de la familia y el personal de un acomodado terrateniente que enfermaron tras beber té.
 Una investigación descubrió que el agua de los alrededores tenía "un extraño y desagradable olor mal definido. [...] El agua potable corriente no podía oler así". Se juzgó que "Muller-Pack and Co." era culpable de contaminar con arsénico y la multaron y obligaron a cerrar. El tribunal humilló al fundador de la compañía al ordenarle que entregase de su propia mano agua potable limpia a los lugareños. Nuevas leyes contra la contaminación causaron cierto efecto en la conducta de otros fabricantes de anilina europeos, en especial el deseo alemán de trasladar las fábricas a las riberas del Rin, donde la corriente desperdigaría los efluentes y haría que se perdiesen de vista.
 Pero la polémica sanitaria no remitió. Inglaterra fue el siguiente campo de batalla, en particular, en 1884, las páginas de The Times y de las revistas médicas. La cuestión principal en ese momento era la permanencia del color: aunque muchos de los primeros tintes conservaban sus intensos colores tras muchos lavados, tintoreros menos expertos y con menos escrúpulos estaban realizando por entonces productos de calidad inferior, a veces con resultados inadmisibles. Unos años después de la encuesta alemana fue publicada en The Times una carta firmada por un corresponsal que se llamaba a sí mismo "Padre de Familia". "La estación, inusualmente cálida, ha producido numerosas dolencias, inexplicables erupciones cutáneas, que se han atribuido al calor o al estado febril del sistema. La verdadera causa, sin embargo, es a menudo la que nos enseña la exposición del señor Startin, miembro del Real Colegio de Cirujanos, en el cuadrante este de la Feria de la Salud, que muestra ejemplos horribles de enfermedades de la piel causadas por haber llevado, en estado de transpiración, medias o calcetines y pantalones de franela coloreados con tintes de anilina".
 James Startin, médico que enseñaba en el St. John's Hospital de enfermedades cutáneas de Londres, llenó una vitrina con ejemplos de los efectos espantosos de la anilina en la piel, incluidas unas fotos de terribles erupciones purulentas. Al lado había una colección de tintes naturales obtenidos de plantas y de insectos, el índigo, la cochinilla, el alazor, que eran totalmente inocuos. [...]
 El editorial dudaba de la severidad de la mayoría de los presuntos casos y apoyaba el infatigable desarrollo industrial. A falta de leyes que prohibiesen los tintes artificiales que, por consiguiente, dañarían gravemente a las plantas de tintes y el comercio textil, poco se podía hacer, salvo aconsejar a los lectores que estuviesen alerta. La revolución del color sintético había ido ya demasiado lejos para volver atrás. [...]
 En lugar de pensar en que se imitara a Persia o a Suecia (cuyas restricciones estaban en buena medida dictadas por inquietudes más proteccionistas que sanitarias), The Times confiaba en la responsabilidad de los industriales británicos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Península, 2001, en traducción de Juan Pedro Campos Gómez. ISBN: 84-8307-385-4.]

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