viernes, 7 de diciembre de 2018

Cultura y anarquía.- Matthew Arnold (1822-1888)


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Capítulo IV: Hebraísmo y helenismo

«Tanto helenismo como hebraísmo surgen de las necesidades de la naturaleza humana y pretenden satisfacer esas necesidades. Pero sus métodos son tan diferentes, insisten en cuestiones tan diferentes y promueven por sus respectivas disciplinas tan diferentes actividades que el rostro que presenta la naturaleza humana cuando pasa de las manos del uno a las del otro ya no es el mismo. Librarse de la propia ignorancia, ver las cosas como son y, al verlas como son, ver en ellas su belleza, es el sencillo y atractivo ideal que el helenismo ofrece a la naturaleza humana y por la sencillez y encanto de este ideal, el helenismo, y la vida humana en manos del helenismo, se invisten de una especie de aérea facilidad, claridad y resplandor; se llenan de lo que llamamos dulzura y luz. Las dificultades quedan fuera de la vista y la belleza y racionalidad del ideal dominan todos nuestros pensamientos: "El mejor hombre es el que intenta perfeccionarse, y el más feliz es el que siente que se perfecciona"; esta observación al respecto de Sócrates, el verdadero Sócrates de los Recuerdos, contiene algo tan sencillo, espontáneo y natural, que parece colmarnos de claridad y esperanza cuando la oímos. Pero hay un dicho atribuido a Sócrates, según he oído, por Carlyle -un dicho muy acertado, sea o no realmente de Carlyle-, que marca de manera excelente el punto esencial en que el hebraísmo difiere del helenismo: "Sócrates -dice- está terriblemente a gusto en Sión". El hebraísmo -y aquí se halla la fuente de su maravillosa fuerza- se ha preocupado siempre enormemente por la horrible sensación de la imposibilidad de estar a gusto en Sión, de las dificultades que se oponen a la busca o logro del hombre de esa perfección de la que Sócrates habla tan esperanzada y, como casi podría decirse desde este punto de vista, tan lisamente. Está muy bien hablar de librarse de la propia ignorancia, de ver las cosas en su realidad, verlas en su belleza, pero ¿cómo ha de hacerse esto cuando algo frustra y arruina todos nuestros esfuerzos?
 Este algo es el pecado y el espacio que el pecado ocupa en el hebraísmo, comparado con el helenismo, es prodigioso. Este obstáculo a la perfección  llena toda la escena, y la perfección parece remota y cada vez más lejos de la tierra, al fondo. Bajo el nombre de pecado, las dificultades de conocerse y dominarse que impiden al hombre el tránsito a la perfección se convierten, para el hebraísmo, en una entidad positiva, activa, hostil al hombre, un misterioso poder que hace poco el doctor Pusey comparó, en uno de sus impresionantes sermones, con una odiosa joroba en nuestra espalda, que debe ser objeto de oposición y repudio en nuestras vidas. La disciplina del Antiguo Testamento puede resumirse en la disciplina que nos enseña a aborrecer y huir del pecado; la disciplina del Nuevo Testamento puede resumirse en la disciplina que nos enseña a morir por él. Así como el helenismo habla de pensar con claridad, de ver las cosas en su esencia y belleza como una hazaña grande y preciosa que el hombre ha de lograr, el hebraísmo habla de hacernos conscientes del pecado, de despertar al sentido del pecado como una hazaña de este tipo. Es obvia la amplia divergencia a la que estas diferentes tendencias, seguidas activamente, deben conducir. Al pasar una y otra vez del helenismo al hebraísmo, de Platón a san Pablo, nos sentimos inclinados a frotarnos los ojos y preguntarnos si el hombre es, en efecto, un ser gentil y sencillo que muestra huellas de una naturaleza noble y divina, o un infeliz cautivo encadenado que se esfuerza entre gemidos impronunciables para liberar el cuerpo de la muerte.
 Aparentemente fue la concepción helénica de la naturaleza humana la que resultó enfermiza, porque el mundo no pudo vivir conforme a ella. Llamarla enfermiza de manera absoluta, sin embargo, es caer en el error común de sus enemigos hebraizantes, pero resultó enfermiza en aquel momento particular del desarrollo del hombre, resultó prematura. La base indispensable de la conducta y autodominio, la única plataforma sobre la que la perfección buscada por Grecia puede florecer, no iba a ser alcanzada por nuestra raza tan fácilmente; se necesitaron siglos de prueba y disciplina para llevarnos a ella. Por tanto, la brillante promesa del helenismo se debilitó y el hebraísmo rigió el mundo. Entonces se vio aquel asombroso espectáculo, tan bien observado por las palabras a menudo citadas del profeta Zacarías, cuando hombres de todas las lenguas de las naciones agarraron de la orla (del manto) a un judío, diciéndole: "Nos vamos con vosotros, porque hemos oído que con vosotros está Dios". El hebraísmo que recibió y rigió así un mundo desorientado y completamente infructuoso fue, y no podía sino ser, el desarrollo más espiritual, más atractivo del hebraísmo. Fue el cristianismo, es decir, el hebraísmo que busca el autodominio y el rescate de la esclavitud de las pasiones viles, no por obediencia a la letra de la ley, sino por conformidad a la imagen de un ejemplo de autosacrificio. A un mundo azotado por la enervación moral, el cristianismo le ofreció su espectáculo de un inspirado autosacrificio; a hombres que no se negaban nada, les mostró uno que se lo negaba todo: "Mi salvador destierra el goce", dice George Herbert. Mientras que el alma Venus, el poder engendrador y gozoso de la naturaleza, tan apreciado por el mundo pagano, no podía salvar a sus seguidores de la insatisfacción y el ennui, las severas palabras del apóstol sonaron amistosas y nuevas: "Que nadie os engañe con palabras vanas, pues por esto viene la cólera de Dios sobre los hijos rebeldes". Época tras época, generación tras generación, nuestra raza, o la parte de nuestra raza que se ha mostrado más viva y progresiva, ha sido bautizada en la muerte y se ha esforzado, al sufrir en la carne, por dejar de pecar. Las grandes manifestaciones históricas de este esfuerzo son los alentadores trabajos y aflicciones del cristianismo primitivo, el conmovedor ascetismo del cristianismo medieval. Sus monumentos literarios, cada uno incomparable a su manera, siguen siendo las Cartas de san Pablo, las Confesiones de san Agustín y los dos originales y más sencillos libros de la Imitación
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2010, en traducción de Javier Alcoriza y Antonio Lastra. ISBN: 978-84-376-2657-4.]
 

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