domingo, 30 de diciembre de 2018

El chal andaluz.- Elsa Morante (1912-1985)


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El soldado siciliano

«-Sin embargo, yo -dijo el soldado-, ya no volveré vivo a Sicilia.
Le pregunté el porqué y él, en dialecto siciliano, me contó el siguiente relato:
"Mi nombre es Gabriele. En Santa Margherita trabajaba de minero, y tenía mujer y una hija. Dos años después de casarnos, mi mujer se descarrió y huyó de casa para entregarse a la mala vida, dejándome solo con la niña, que todavía no andaba. La niña se llamaba Assunta; cuando salía para ir a la mina la dejaba en la cama, y ella no lloraba porque era bastante tranquila. Yo le había colgado en el cabecero de la cama, de un cordel, una anilla de latón, resto de una vieja linterna, que al oscilar le hacía reír: no tenía más juguetes. Vivíamos en una casa aislada, en el medio de un llano seco, no lejos de las minas; a una hora determinada, un vendedor ambulante amigo mío, al pasar por allí, entraba un rato, levantaba a la niña, la vestía y la sentaba en el suelo. A la vuelta, por la noche, yo preparaba la sopa, y Assunta cenaba conmigo, sentada en mis rodillas; pero a veces yo me quedaba dormido incluso antes de vaciar el plato. Podía despertarme, tal vez, una hora después y veía a Assunta dormida, encima de mí, o bien se quedaba quieta mirándome con sus ojos abiertos y curiosos. Pero un día, cuando estaba sola en la casa, se cayó de la cama y se rompió la muñeca. Mi amigo, que esa mañana llegó más tarde, la encontró donde se había caído, tirada en el suelo y casi sin respirar por el dolor. Desde ese día se quedó un poco tullida de una mano, por lo que nunca pudo realizar trabajos pesados. Pero se convirtió en una muchacha muy guapa, una verdadera siciliana: delgadita, pero con la piel blanca, los ojos negros como el carbón, y una larga melena, negra y rizada que se ataba en la nuca con un lazo rojo. En aquel tiempo el vendedor ambulante se trasladó a otro pueblo y nosotros allí, en medio de un desierto, nos quedamos sin amigos. También cerraron la mina y me quedé sin trabajo. Pasaba los días al sol, sin hacer nada, y el ocio me iba envileciendo. Como no tenía a nadie más que a Assunta, desahogaba mi rabia contra ella, la insultaba, la pegaba y, aunque no había una chiquilla más inocente, a menudo, gritaba: "¿Qué haces aquí? Vete a la calle como tu madre". Por lo tanto, Assunta poco a poco empezó a odiarme; no hablaba, ya que acostumbrada a la soledad, había crecido bastante taciturna pero me miraba con sus ojos negros, encendidos, como si fuera la hija del diablo. En pocas palabras, yo no encontraba trabajo; y como el Mariscal de Santa Margherita me había propuesto coger a Assunta como criada, aceptamos. Assunta ya tenía quince años y su trabajo no era duro, puesto que el Mariscal vivía solo con un hijo joven. Assunta tenía un cuartucho para dormir, cerca de la cocina, le daban la comida y además un sueldo, que su amo me entregaba a mí. Él tenía un carácter brusco pero bonachón y por lo demás pasaba casi todo el día en el Cuartel. Assunta trabajaba sobre todo en la cocina, que estaba debajo de la escalera. Pero el hijo del Mariscal, un muchacho moreno, rudo, un poco mayor que ella, comenzó a molestarla. Assunta le rechazaba, pero él para asustarla, saltaba como un espíritu desde el ventanuco del chiscón y, mirándola con ojos relucientes, la cogía del pelo, la abrazaba y quería seducirla con besos. Él también era un chiquillo y nunca había tocado a una mujer; así que el rechazo le exasperaba e intentaba conseguirla a través de la violencia. Assunta se liberaba después de forcejear, gritaba y lloraba; pero no se atrevía a decir nada al Mariscal y, mucho menos, a mí. Por otro lado, no podía dejar el empleo, ya que le habría resultado muy difícil encontrar otro trabajo debido a su mano tullida. ¿Y cómo iba a regresar a casa, con un padre al que odiaba y que ni siquiera podía darle para pan? Pero de ningún modo quería caer en la deshonra, como su madre.
 De esta forma pasó alrededor de un mes. Una noche, el Mariscal, al regresar más tarde que de costumbre, encontró la casa totalmente en silencio y la cena preparada para él en la mesa. El hijo, ya en la cama, dormía profundamente [...] Pero al asomarse para cerrar la ventana (era una noche clara), vio abajo en el patio a Assunta sentada en el borde del pozo, que se estaba trenzando el pelo con dedos presurosos y hablaba sola. [...] El caso es que Assunta [...] A la mañana siguiente no apareció y después de buscarla en la casa y por todo el pueblo, la encontraron en el fondo del pozo.
 Como había muerto por su propia voluntad, a la chica no la bendijeron en la iglesia, ni la enterraron dentro del recinto del camposanto sino fuera, junto a la entrada, donde el Mariscal, por caridad, mandó grabar una lápida. Los suicidas no pueden descansar, como los demás muertos, debajo de la tierra ni en otro lugar, sino que siguen vagando, sin tranquilidad, alrededor del camposanto y de la casa de la que se separaron con violencia. Les gustaría regresar con su familia, manifestarse; pero no pueden. Por esta razón yo ya no quiero dormir: ¿cómo podría descansar en paz sabiendo que mi hija no concilia el sueño? Después de que la enterraran, yo no aguantaba en nuestra casa de Santa Margherita la idea de que ella caminara alrededor, afligida e intentara ser comprendida; y yo no podía entender ni mi sangre. Por eso vine al continente y me enrolé como soldado. Y seguiré luchando hasta que haya alcanzado mi objetivo."
 Pregunté al siciliano cuál era el objetivo del que hablaba.
 -Lo que yo quiero -explicó-, es recibir un tiro, un día de éstos. No tengo el valor de Assunta para morir de la misma forma. Pero si me disparan hasta morir, entonces, al ser como ella, podré regresar a Sicilia, a Santa Margherita. Iré a buscar a mi hija, alrededor de la casa y podremos darnos explicaciones. Yo la acompañaré y tal vez ella pueda dormir en mis brazos, como cuando era una niña.
 Éste fue el relato de Gabriele; había despuntado el alba y, tras apagar la luz, se despidió.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2006, en traducción de Flavia Cartoni. ISBN: 84-376-2320-0.]

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