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domingo, 14 de junio de 2026

Asinaria o La comedia de los asnos.- Plauto (254 a.C. - 184 a.C.)

Acto III
Escena I
(Cleéreta y Filenia)

«Cleéreta: ¿No puedo conseguir que me obedezcas cuando te prohíbo alguna cosa? ¿Es que tienes la idea de librarte de la autoridad maternal?
 Filenia: ¿Cómo voy a aplacar a la Piedad, oh madre, si no busco agradarte acomodándome a tus normas de conducta, en la forma que me mandas?
 Cleéreta: ¿Es esto honrar la Piedad, quitarle autoridad a tu madre? ¿Está bien oponerte a mis órdenes?
 Filenia: ¿Cómo es esto? Ni censuro lo que está bien hecho ni me gusta lo que es deficiente.
 Cleéreta: Nuestra enamoradiza es bastante habladora...
 Filenia: Madre, ése es mi negocio. La lengua pide, el cuerpo pide, el corazón suplica, las circunstancias aconsejan.
 Cleéreta: Quería corregirte y te presentas como acusadora.
 Filenia: ¡Por Dios!, ni te acuso ni me creo con derecho a ello. Pero me lamento de mi suerte cuando me apartas del que amo.
 Cleéreta: ¿De todo el día no se me concederá una partecita para poder hablar?
 Filenia: No sólo te doy tu partecita sino también la mía. Para hablar y para callar, ten firme el gobernalle, pues, ¡por Pólux!, si abandono el remo y descanso sola en la cabina de la nave, se acabó para ti toda nuestra hacienda familiar.
 Cleéreta: ¿Qué dices? No he visto nunca una mujer más desvergonzada que tú. ¿Cuántas veces te he prohibido acercarte a Argiripo, acariciarle, hablar con él? ¿Qué te ha dado, qué ha ordenado que nos trajesen? ¿Es que tú crees que las palabras dulces son oro o que las palabras bien dichas son regalos? Estás demasiado enamorada, le buscas demasiado, le reclamas a tu lado. A los que dan, los desprecias; a los que te desprecian, te pierdes por ellos. ¿Acaso debes esperar si alguno te promete que te va a hacer rica cuando se muera su madre? ¡Por Cástor!, nos amenaza un gran peligro, a nosotras y a la casa, de morir de hambre mientras esperamos su muerte. Si esta vez no trae aquí las veinte minas de plata, ¡por Cástor!, será arrojado de aquí a la calle, ese derrochador de lágrimas. Hoy es el último día que yo acepto sus excusas de pobreza.
 Filenia: Yo aguantaré, madre mía, aunque mandes que no coma.
 Cleéreta: No te prohíbo que ames a los que te dan, porque ellos son amados con razón.
 Filenia: Mas si mi corazón se enamora de uno, madre, ¿qué he de hacer?  Aconséjame.
 Cleéreta: ¡Toma! Mira mi cara, si velas por tu interés.
 Filenia: También el pastor que apacienta las ovejas ajenas tiene alguna preferida para alegrar su esperanza. Déjame amar a uno solo de corazón, a este Argiripo, a quien quiero.
 Cleéreta: Marcha dentro, pues, ¡por Pólux!, no hay nadie más desvergonzada que tú.
 Filenia: ¡Oh, madre!, has tenido una hija pronta a obedecer.

Escena II
(Líbano y Leónidas)

 Líbano: Con razón damos a la Perfidia alabanzas y muchas gracias porque con nuestros trucos, engaños y astucias, confiados en nuestras espaldas, apoyados en el valor de las varas del olmo... [Falta un verso.] ...contra los aguijones, cuchillos, cruces, esposas, hierros, cadenas, cepos, trampas, collares, cepos de cabeza y de pies, argollas y contra encarnizados provocadores, conocedores de nuestras espaldas en las que anteriormente tantas veces nos produjeron cicatrices... [Falta un verso.] ...Por ahora, esas legiones, tropas y ejércitos suyos, luchando con fuerza con nuestros juramentos falsos, han alcanzado la fuga. Esto se ha conseguido con el valor de este colega y con mi colaboración. ¿Hay alguien más valiente que yo para soportar los castigos?
 Leónidas: ¡Por Pólux!, no puedes alabar tus méritos tanto como yo: por lo que has hecho de malo en casa y en la guerra. ¡Canastos! No se pueden mencionar a tu favor muchas cosas: las veces que has defraudado a quienes confiaban en ti, las muchas veces que has sido infiel a tu amo, las veces que a sabiendas y de buen grado has jurado en falso, cuantas veces has perforado las paredes has sido cogido en hurto, las muchas veces que te has defendido estando colgado en presencia de ocho hombres fornidos y audaces y valientes manejadores de vergas.
 Líbano: Confieso, verdaderamente, Leónidas, que la verdad es como tú dices. Mas, ¡por Pólux!, ¿ no pueden también referirse tus propias y muchas maldades sin mentir? Las veces que a sabiendas has sido infiel a quien te era fiel, las veces que has sido cogido en hurto manifiesto y azotado, las veces que has jurado en falso, las veces que has alargado las manos a objetos sagrados, las muchas veces que has ocasionado daños, malestar o deshonor a tus amos, las veces que has negado el depósito que se te había confiado, las veces que has sido más fiel a la amiga que a tu amigo, las muchas veces que por la dureza de tu piel has tenido a tu lado ocho fuertes lictores dotados de flexibles varas de olmo. ¿Acaso al alabar a mi colega he hecho mal el elogio?
 Leónidas: Lo has hecho como más me convenía a mí, a ti y a nuestra condición.
 Líbano: Deja todo eso y responde a mi pregunta.
 Leónidas: Pregunta lo que quieras.
 Líbano: ¿Tienes las veinte minas de plata?
 Leónidas: Eres un adivino. ¡Por Pólux!, que el viejo Deméneto ha sido amable con nosotros. ¡Qué gracioso cuando me hacía pasar por Sáurea! Apenas pude contener la risa cuando el extranjero decía muy exaltado que durante su ausencia no había querido fiarse de mí. Cómo me llamaba, sin olvidarlo nunca, Sáurea el intendente.
 Líbano: Espera un poco.
 Leónidas: ¿Qué pasa?
 Líbano: ¿No es Filenia esa que sale de su casa acompañada de Argiripo?
 Leónidas: Cierra la boca: es él. Escuchemos con disimulo.
 Líbano: Ella, llorando, le coge el vestido a él, que también llora. ¿Qué querrá decir todo esto?
 Leónidas: Escuchemos en silencio.
 Líbano: ¡Toma! Ahora, ¡pardiez!, pienso que lo que querría tener es una pértiga.
 Leónidas: ¿Por qué?
 Líbano: Para azotar a los asnos, si por casualidad comenzasen a rebuznar, desde nuestras alforjas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1997, en traducción de José Mª Guinot Galán, pp. 167-171. ISBN: 84-239-7346-8.]

domingo, 11 de enero de 2026

Silas Marner.- George Eliot [Evans, Marie Ann] (1819-1880)

Capítulo X

  «Estaban próximas, a la sazón, las Navidades, y las familias de posición desahogada se disponían a ejercer la caridad, repartiendo a diestro y siniestro ricas morcillas, suculentos trozos de lomo y golosinas de toda especie. Movida por la desgracia acaecida a Silas, la señora de Osgood se apresuró a incluirle entre los que disfrutarían de su beneficencia. El señor Crackenthorp, tras una larga perorata en la que amonestó al hilandero por su falta de asistencia al templo, asegurándole que el robo era un justo castigo a su avaricia, le obsequió, creyendo reforzar de este modo sus consejos, con unas riquísimas manos de cerdo, que por sí solas hubieran bastado a disipar los infundios y prejuicios que oponen los ignorantes a la benéfica acción del clero. Por otra parte, los vecinos que no podían ofrecerle más que un consuelo puramente moral, se apresuraban siempre que se encontraban a Silas a interesarse por él y por el curso de sus asuntos, llevando algunos su buena intención hasta el extremo de visitar su casa para rogarle que les refiriese una vez más el robo con el mayor número de detalles. Luego trataban de animarle con estas o parecidas frases:
 "Ánimo, señor Marner, que al fin y al cabo pobres como usted hay muchos,  y si se quedara usted por casualidad enfermo o baldado, no le faltaría el amparo de la parroquia".
 Es indudable que una de las cosas que más dificultan nuestro deseo de llevar consuelo al ánimo de nuestros amigos, agobiados por la desgracia, es la falta de expresión que tienen las palabras. No parece sino que, en contra de nuestro buen deseo, se bastardean y adulteran todas en el momento de salir de nuestros labios.
 Las cosas meramente materiales, como las morcillas y las manos de cerdo, pueden pasar de un hombre a otro sin contagiarse por la largueza o el egoísmo de los individuos; pero el lenguaje es como un manantial que, al brotar del suelo, trae ya consigo el sabor del terreno donde emerge. No faltaban en el pueblo de Raveloe sentimientos de caridad; pero ésta se revestía de formas burdas y groseras y estaban desprovistas de toda cortesía, ya fingida, ya verdadera.
 Así le ocurrió al propio señor Macey, quien visitando cierta noche a Silas, para asegurarle que los sucesos acaecidos recientemente habían tenido la enorme ventaja para el hilandero de granjearle la estimación de quien, como el sacristán, no era dado a formar sus juicios con reprobable ligereza, acomodose a su gusto, devanó sus dedos y comenzó la conversación de la siguiente manera:
 -Mire, señor Marner, es preciso que se decida usted a cobrar ánimo y a dejarse de quejas. Después de todo, más le vale perder el dinero que guardarlo indebidamente. Cuando llegó usted a estas tierras, yo, la verdad, pensé para mí que no debía de ser usted una buena persona. Y es que, a pesar de ser usted más joven de lo que es hoy, tenía usted una cara tan pálida, tan parada, que, vamos, más que criatura parecía usted algo así como un ternero que se hubiera quedado calvo. Claro que no sabe uno cómo pueden ser las gentes; pero tampoco se le debe achacar al demonio todo lo raro y contrahecho que anda por el mundo. Ahí tiene usted a los sapos, que bien feos son, y, sin embargo, resultan inofensivos y hasta son útiles para quitar de en medio las sabandijas. Pienso yo que algo de esto le ocurre a usted. Ahora, en lo tocante a esas hierbas y esas bebidas que usa usted para curar la falta de aliento, yo me pregunto: ¿por qué, si las trajo usted de tierras extranjeras, no fue usted más dadivoso y espléndido con ellas? Y si obtuvo usted esos conocimientos de mala manera, pues con ir a la iglesia de cuando en cuando, como todos hacemos, quedaba usted tan limpio de culpa. Porque digo yo que eso que usted sabe, debe ser parecido a lo que sabía la "Mujer sabia" y, sin embargo, los niños que curaba ella se cristianaban como los demás, y no se resistían nunca a recibir el agua del bautismo. Lo cual, que está bien; porque no hay razón para que, si al diablo se le ocurre de vez en cuando, como distracción, la idea de hacer una buena obra, le quitemos nosotros la voluntad. Y esto se lo digo yo, que llevo cerca de cuarenta años de sacristán de esta parroquia, y sé muy bien que hay quien se propone curarse sin la ayuda del médico, y lo consigue, sí señor, lo consigue; no sé cómo, pero lo consigue, diga lo que quiera el doctor Kimble. Por eso, maestro Marner, como le iba diciendo, hay cosas que, por mucho que se busquen en la Biblia ni se explican ni se entienden. Usted, lo que tiene que hacer es tener más ánimo. ¡Fuera la preocupación! Y en cuanto a eso que dicen de que si es usted muy cuco, y que si no se puede saber nunca lo que piensa usted, ¿sabe usted lo que yo les he dicho a los vecinos?... Pues que no hay nada de eso... Porque es lo que yo les digo: os empeñáis en que el maestro Marner ha inventado la historia del robo para beneficiarse él, y es preciso que os convenzáis de que para inventar una historia así precisa un hombre listo y no uno como el señor Silas, que mismamente parece un conejo asustado...
 Mientras el señor Macey pronunció aquella prolongada perorata, el hilandero permaneció inmóvil, con los codos sobre las rodillas y sujeta la cabeza entre las manos. El señor Macey, que jamás pudo suponer que Silas no le hubiera escuchado atentamente, aguardó a que Marner mostrase de alguna manera su opinión y sus juicios; pero el hilandero permaneció silencioso. Silas se daba vagamente cuenta de que aquellas palabras del sacristán eran una demostración de afecto por parte de éste; pero las pruebas de la bondad ajena caían sobre su alma como sobre la del menesteroso los rayos del sol. Carecía de ánimos para disfrutarlas, y su aislamiento le impedía apreciar los efectos de las influencias puramente externas.
 -Vamos, maestro Marner -dijo al fin el señor Macey con cierta impaciencia-. ¿No tiene usted nada que contestar a lo que le he dicho?
 -¡Ah... sí...!- replicó Marner muy lentamente moviendo con soltura su cabeza-. Le doy a usted mil gracias... mil gracias...
 -Vamos..., vamos..., ya sabía yo que usted sabría apreciar y agradecer mis consejos -dijo el señor Macey-. Y mi consejo en esta ocasión es el siguiente. Pero, antes, dígame: ¿tiene usted un traje de domingo?
 -No... -replicó Marner.
 -Me lo estaba figurando -dijo el señor Macey-. Pues es preciso que se compre usted uno. Yo le hablaré a Tooky, que es un infeliz, pero que me lleva muy bien el negocio de la sastrería y el capital que en él tengo invertido, y él se encargará de hacerle a usted un traje baratito, a pagar cuando buenamente pueda usted. Y en cuanto que tenga usted algo que ponerse, debe usted ir a la iglesia, como hacen todos los vecinos... Mire usted que en los años que lleva usted aquí no haberme oído cantar el amén ni una sola vez... Es preciso que se dé usted prisa, ¿eh? Porque cuando se quede Tooky de sacristán definitivo, poco tendrá usted que oír, y no sé..., no sé... si podré yo tirar otro invierno...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 2000, en traducción de Isabel Oyarzábal, pp. 94-97. ISBN: 84-239-7849-1.]
 

domingo, 16 de noviembre de 2025

El sentido común y otros escritos.- Thomas Paine (1737-1809)

Justicia agraria (1797)
Argumento para mejorar la condición de los pobres

  «Preservar los beneficios de lo que se considera vida civilizada y remediar, al mismo tiempo, los males que ella ha originado, debería ser considerado uno de los principales objetivos de una legislación moderna.
 Si aquel estado, al que con orgullo o tal vez erróneamente, se le llama civilización, ha promovido más o ha perjudicado más la felicidad general del hombre, es una cuestión que puede ser fuertemente debatida. Por un lado, el espectador se queda maravillado ante la espléndida apariencia; por otro, queda impresionado por la extremada miseria, ambas creadas por él. Lo más rico y lo más miserable de la raza humana se pueden encontrar en los países que se llaman civilizados.
 Para entender lo que el estado de sociedad ha de ser, es necesario tener alguna idea del estado natural y primitivo del hombre; como es hoy en día entre los indios de América del Norte. No hay, en ese estado, ninguno de aquellos espectáculos de miseria humana que la pobreza y la necesidad presentan a nuestros ojos en todas las ciudades y calles de Europa. La pobreza, por consiguiente, es algo creado por lo que se llama vida civilizada. No existe en el estado natural. Por otra parte, el estado natural carece de las comodidades que afluyen de la agricultura, artes, ciencia e industria.
 La vida de un indio es una continua vacación, comparada con la del pobre de Europa. La civilización, por consiguiente, o lo que así se llama, ha operado de dos maneras para hacer a una parte de la sociedad más rica y a la otra parte más miserable de lo que habría sido el futuro de las dos en el estado natural.
 Es siempre posible pasar del estado natural al civilizado; sin embargo, nunca es posible ir del civilizado al natural. La razón es que el hombre en el estado natural, que caza para subsistir, requiere una cantidad diez veces mayor de tierra para batir a fin de procurarse el sustento, que la que necesitaría en un estado civilizado, donde se cultiva la tierra. En consecuencia, cuando un país comienza a poblarse con los recursos adicionales del cultivo, las artes y las ciencias, hay una necesidad de preservar las cosas en ese estado, sin el cual no puede haber sustento para tal vez más de una décima parte de sus habitantes. Lo que, por consiguiente, ahora se debería hacer es remediar los males y preservar los beneficios que han surgido en la sociedad al pasar del estado natural a lo que se llama estado civilizado.
 Considerando, pues, el asunto sobre esta base, el primer principio de la civilización debería haber sido y aún debería ser que la condición de toda persona nacida en el mundo, después de que el estado de civilización comience, no debe ser peor que si hubiera nacido antes de ese período. Pero el hecho es que la condición de millones de personas en Europa es mucho peor que si hubieran nacido antes de que la civilización empezara o entre los indios de América del Norte de hoy en día. Demostraré cómo ha ocurrido este hecho.
 Es una proposición, que no se ha de discutir, que la tierra, en estado natural sin cultivar, fue y debió haber continuado siendo LA PROPIEDAD COMÚN DE LA RAZA HUMANA. En ese estado cada hombre habría nacido con propiedad y habría sido copropietario vitalicio con los demás de la propiedad del suelo con todos sus productos naturales, vegetales y animales.
 Sin embargo, la tierra en su estado natural, como antes se dijo, es sólo capaz de sustentar a un pequeño número de sus habitantes en comparación con lo que es capaz de hacer en su estado de cultivo. Y como es imposible separar las mejoras introducidas por el cultivo de la tierra misma en que éstas se hacen, la idea de la propiedad de la tierra surgió de esta inseparable conexión; a pesar de todo es cierto que únicamente el valor de las mejoras del cultivo, y no la tierra misma, es de propiedad individual. Todo propietario de tierra cultivada, por tanto, debe a la comunidad una renta del suelo, no sé de otro término mejor para expresar la idea del terreno que él posee; y es de esta renta del suelo de la que ha de surgir el fondo propuesto en este plan.
 Se puede deducir, tanto de la naturaleza de las cosas como de todas las historias que nos han transmitido, que la idea de la propiedad de la tierra comenzó con el cultivo, y que jamás hubo una cosa así antes de ese tiempo. No pudo existir en el primitivo estado del hombre, el de la caza; tampoco existió en el segundo, el del pastoreo; ni Abraham, Isaac, Jacob o Job, en la medida en que la historia de la Biblia se pueda acreditar en las cosas probables, fueron poseedores de tierra. Su propiedad consistió, como siempre se ha dicho, en unas cuantas ovejas y alguna que otra piara de cerdos, y viajaban con ellos de un lugar a otro. Las frecuentes disputas de aquel tiempo sobre el uso de pozos en los países secos de Arabia, donde vivió aquella gente, demuestra por su parte que la tierra no se tenía en propiedad. No fue admitido que la tierra pudiera ser localizada como propiedad.
 Originariamente nunca hubo algo parecido a la propiedad de la tierra. El hombre no creó la tierra y, aunque tuviera el derecho natural a ocuparla, no tendría derecho alguno a ubicar su propiedad a perpetuidad en parte alguna; ni al Creador de la tierra se le antojó abrir una oficina de venta de tierras, desde la que se expidieran las primeras escrituras. ¿De dónde, pues, surgió la idea de la propiedad de la tierra? Respondo, como antes, que cuando comenzó el cultivo; la idea de posesión de la tierra comenzó con él; de la imposibilidad de separar las mejoras introducidas por el cultivo de la tierra misma sobre la cual se habían efectuado tales mejoras. El valor de las mejoras excedió de tal manera al de la tierra natural, que en aquel tiempo lo absorbió; hasta que, al final, el derecho común de todos llegó a confundirse con el derecho al cultivo del individuo. No obstante, son dos clases distintas de derechos, y así seguirán mientras el mundo perdure.
 Es únicamente al reconducir las cosas a sus orígenes cuando podemos captar las ideas justas sobre ellas; y es precisamente el adquirir esas ideas lo  que nos posibilita descubrir los límites de lo justo y de lo injusto, y lo que enseña a cada hombre a conocer su derecho. He titulado este tratado Justicia agraria para distinguirlo de Ley agraria. Nada podría haber más injusto en un país adelantado por el cultivo que una Ley agraria; pues, si bien todo hombre, en cuanto habitante de la Tierra, tiene derecho a poseer lo que le corresponde en su estado natural, no se sigue de ello que tenga que convertirse en propietario de la tierra cultivada. El valor adicional introducido por el cultivo, una vez aceptado el sistema, se convirtió en la propiedad de aquéllos que la cultivaron, o de los que la heredaron de otros, o de los que la compraron. Tuvo originariamente un propietario. Mientras, por consiguiente, defiendo el derecho y me hago cargo de quienes fueron despojados de su herencia natural con la introducción de la propiedad de la tierra, defiendo igualmente el derecho del que posee la parte que es suya.
 El cultivo es, cuando menos, uno de los más grandes adelantos naturales realizados por la invención humana. Ha permitido producir una tierra con un valor diez veces mayor. Sin embargo, el monopolio de la tierra, que con él empezó, ha originado los mayores males. Ha desposeído a más de la mitad de los habitantes de todas las naciones de su herencia natural, sin proporcionarles, como debería haberse hecho, una indemnización por tal pérdida; como consecuencia ha creado una clase de pobreza y miseria que antes no existía.
 Al defender el caso de las personas que han sido desposeídas, estoy exigiendo un derecho, no caridad. Pero es una clase de derecho que, habiendo sido descuidado desde el principio, no habrá de satisfacerse hasta que el cielo haya abierto el camino con una revolución en el sistema de gobierno. Honremos, pues, a las revoluciones por su justicia, y pongamos en práctica sus principios con alabanza.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Tecnos, 2014, en estudio preliminar, selección y traducción de Ramón Soriano y Enrique Bocardo, pp. 101-105. ISBN: 978-84-309-6364-5.]
 
 

domingo, 8 de junio de 2025

Crimen y castigo.- Fedor Dostoievski (1821-1881)

 Primera parte

I

 «En una calurosa tarde de principios de julio, un joven salió del cuchitril que había realquilado en la callejuela de S. y se encaminó lentamente, como indeciso, hacia el puente de X.

 En la escalera esquivó felizmente el encuentro con la patrona. El cuchitril del joven se encontraba debajo del tejado mismo de una alta casa de cinco pisos y más que una habitación parecía un armario. La mujer que se la había alquilado, con derecho a comida y servicio, vivía más abajo, en la misma escalera. Cada vez que el joven salía a la calle, tenía que pasar forzosamente por delante de la cocina de su patrona; esta cocina daba a la escalera y la puerta estaba casi siempre abierta de par en par. Al pasar por allí, el joven experimentaba una enfermiza sensación de temor, que le avergonzaba y le hacía fruncir el ceño. Endeudado hasta la coronilla con la casera, temía encontrarse con ella.

 No se podía decir que fuese miedoso o tímido, sino todo lo contrario; pero, desde hacía cierto tiempo, el joven se hallaba en un estado de excitación y angustia rayano en la hipocondría. Se había replegado hasta tal punto sobre sí mismo y se había aislado tanto de los demás, que le producía aprensión la idea de cruzarse, no ya con la dueña de su casa, sino con cualquiera otra persona. La pobreza le tenía abatido. Pero, últimamente, incluso su penosa situación había dejado de preocuparle. Se había desentendido por completo de las cuestiones del diario vivir y no quería ocuparse de ellas. En el fondo, no tenía ningún miedo de su patrona, por más que ésta maquinara algo contra él. Pero detenerse en la escalera, escuchar las cosas desagradables de cada día, que le tenían sin cuidado; la insistencia en que abandonara la pensión, las amenazas, las quejas y, encima, el tener que inventar disculpas, excusarse, mentir... No, era preferible escabullirse como un gato, procurando no ser visto de nadie. Esta vez, empero, al salir a la calle hasta él mismo se sorprendió de haber temido encontrarse con su acreedora.

 "¡Con lo que estoy preparando y tener miedo de semejantes pequeñeces!", pensó, sonriendo de modo extraño. "¡Hum...! Es cierto..., todo está en manos del hombre y por cobardía deja que todo se le escape; sólo por cobardía... Es axiomático, no hay duda; resulta curioso. ¿Qué es lo que más teme el hombre? Un nuevo paso, una nueva palabra suya, eso es. Pero divago demasiado. He aquí por qué no hago nada, porque divago tanto. Aunque quizá la cosa sea que divago precisamente porque no hago nada. Ha sido durante este último mes cuando he aprendido a divagar de este modo, pasándome días enteros tumbado en un rincón y pensando... en las musarañas. Bueno, ¿por qué voy allí ahora? ¿Acaso soy capaz de hacer esto? ¿Acaso es serio esto? No lo es, ni mucho menos. Mas procuro consolarme por el gusto de fantasear, de entretenerme con unos juguetes. ¡Esto es, con unos simples juguetes!"
 El calor de la calle era espantoso. El aire sofocante, la muchedumbre, la cal, los andamios, los ladrillos, el polvo y el especial mal olor tan conocido de los petersburgueses que no tienen medios para alquilar una casa de campo, todo sacudió de golpe, desagradablemente,  los nervios ya alterados del joven. El insoportable tufo de las tabernas, muy numerosas en aquella zona de la ciudad, y los borrachos que salían por todas partes, a pesar de ser aquél un día de trabajo, coronaban el aspecto repugnante y triste del cuadro. En los finos rasgos del joven se dibujó durante un instante una mueca de profundo asco. Digamos de paso, que tenía muy buena presencia, hermosos ojos negros, pelo rubio oscuro y talla superior a la mediana, y era delgado y esbelto. Mas pronto cayó en profundo ensimismamiento o, mejor dicho, en un estado semejante al de la inconsciencia, y prosiguió su camino sin preocuparse de lo que le rodeaba, sin querer siquiera darse cuenta. De vez en cuando, balbuceaba algo entre dientes, lo que se debía a su costumbre de monologar, como acababa de confesarse. En aquel momento descubrió que sus pensamientos se enturbiaban y que estaba muy débil: hacía dos días que apenas comía.
 Iba tan mal vestido, que otra persona, incluso acostumbrada a vestir mal, se habría avergonzado de salir a la calle en pleno día con aquellos andrajos. Cierto es que en aquel barrio resultaba difícil sorprender a nadie por el modo de vestir. La proximidad de la Plaza del Heno, la abundancia de ciertas instituciones y el carácter casi exclusivamente obrero de la población hacinada en las calles y callejuelas del centro de Petersburgo, salpicaban a veces el panorama general con individuos extravagantes, y hubiera sido sorprendente que alguien se extrañara de encontrar un espantapájaros como aquel joven. Pero en el alma del joven se había acumulado tanto despecho rencoroso, que a pesar de su susceptibilidad, a veces infantil, no le avergonzaba, ni mucho menos, salir a la calle con sus harapos. La cosa hubiera sido distinta si se hubiese topado con un conocido o un antiguo compañero suyo. No le gustaba encontrarlos. No obstante, cuando un borracho, al que llevaban en aquel momento por la calle, no se sabe por qué ni adónde, en una enorme carreta arrastrada por un enorme percherón, empezó a gritar a pleno pulmón, señalándole con la mano: "¡Eh, tú, el del sombrero alemán!", el joven se detuvo de pronto y se quitó nerviosamente el sombrero: era alto, redondo, a lo Zimmermann, completamente desteñido, lleno de agujeros y de manchas, sin ala, ridículamente torcido a un lado, muy torcido. Lo que experimentó el joven no fue vergüenza sino un sentimiento muy distinto, parecido más bien a la alarma.
 -¡Ya me lo temía! -balbuceó turbado-. ¡Me lo figuraba! ¡Esto es lo peor! ¡Cualquier tontería por el estilo, la pequeñez más estúpida, puede dar al traste con todo! Claro, este sombrero, llama demasiado la atención. Es ridículo y por eso llama la atención. Llevando estos harapos, lo que necesito es una gorra, aunque esté vieja y rota, y no un adefesio, que nadie lleva, que se distingue y llama la atención a una legua de distancia. Además, se graba en la memoria. He aquí lo peor; lo recuerdan, y ya tienen una pista. En estos casos es necesario pasar inadvertido siempre que se pueda. ¡Los detalles! Lo más importante son los detalles. Las pequeñas cosas son las que echan todo a perder...
 No tenía que andar mucho; sabía incluso cuántos eran los pasos desde la puerta de su casa: setecientos treinta; ni uno más. Los había contado una vez que se dejó arrastrar por sus quimeras. Entonces no creía en sus devaneos, entonces sólo lograban irritarle por su monstruosa, aunque seductora, insolencia. Pero, al cabo de un mes, el joven comenzaba a ver las cosas de otro modo y, a pesar de sus cáusticos soliloquios acerca de su impotencia y su indecisión, sin darse cuenta y hasta sin querer se había acostumbrado a considerar como una empresa realizable su "monstruosa" quimera, aun cuando no confiase todavía en sí mismo. Iba entonces a verificar un ensayo de su empresa y, a cada paso que daba, la inquietud se apoderaba más y más de él.  
 Con el corazón en el puño y un nervioso temblor, llegó frente a una casa enorme, una de cuyas paredes daba a un canal, y otra a la calle de X. El edificio, dividido en pequeños pisos, estaba habitado por gente de todos los oficios: sastres, cerrajeros, cocineras, alemanes de ocupaciones diversas, mozas de partido, pequeños funcionarios, etc. La gente iba y venía sin parar por sus dos portales y sus dos patios. Prestaban servicio tres o cuatro porteros. El joven se alegró mucho de no cruzarse con ninguno de ellos y se escabulló sin ser visto por la escalera de la derecha de un portal, una escalera oscura y estrecha, "negra". Él ya sabía que era así, había estudiado aquellos pormenores y le gustaban: en aquella oscuridad ni siquiera las miradas curiosas eran de temer. "Si ahora tengo tanto miedo, ¿qué ocurriría si la cosa fuera de verdad?", pensó, a pesar suyo, al llegar al cuarto piso. Unos mozos de cuerda, soldados licenciados, le cerraron allí el camino; sacaban muebles de un piso. El joven estaba enterado de que allí vivía con su familia un funcionario alemán. "Así pues, el alemán se va, por consiguiente, en la cuarta planta de esta escalera, en este rellano, no habrá durante cierto tiempo más piso ocupado que el de la vieja. Está bien, por si acaso..." Llamó a la puerta de enfrente. La campanilla sonó débilmente, como si fuese de hojalata y no de cobre. En los pequeños pisos de semejantes viviendas, las campanillas son casi siempre así. Había olvidado el timbre de la campanilla y su sonido especial le recordó algo, le hizo ver claramente...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, en traducción de Augusto Vidad, pp. 5-9. ISBN: 84-7530-021-9.]

domingo, 8 de septiembre de 2024

Sonetos completos.- Luis de Góngora (1561-1627)

116 (1610)

 «Señores Corteggiantes, ¿quién sus días
de cudicioso gasta o lisonjero
con todos estos príncipes de acero,
que me han desempedrado las encías?

Nunca yo tope con Sus Señorías,
sino con media libra de carnero,
tope manso, alimento verdadero
de Jesuitas sanctas Compañías.

Con nadie hablo, todos son mis amos;
quien no me da, no quiero que me cueste,
que un árbol grande tiene gruesos ramos.

No me pidan que fíe ni que preste,
sino que algunas veces nos veamos,
y sea el fin de mi soneto éste.

117 [CH 1611] 1610
En la partida del conde de Lemus y del duque de Feria a Nápoles y a Francia

 El Conde mi señor se fue a Nápoles;
el Duque mi señor se fue a Francia:
príncipes, buen viaje, que este día
pesadumbre daré a unos caracoles.

Como sobran tan doctos españoles,
a ninguno ofrecí la Musa mía,
a un pobre albergue sí, de Andalucía,
que ha resistido a grandes, digo Soles.

Con pocos libros libres (libres digo
de expurgaciones) paso y me paseo,
ya que el tiempo me pasa como higo.

No espero en mi verdad lo que no creo;
espero en mi consciencia lo que sigo:
mi salvación, que es lo que más deseo.
[...]


162. 19 de agosto de 1623
Infiere, de los achaques de la vejez, cercano el fin a que católico se alienta

 En este occidental, en este, oh Licio,
climatérico lustro de tu vida
todo mal afirmado pie es caída,
toda fácil caída es precipicio.

¿Caduca el paso? Ilústrese el juïcio.
Desatándose va la tierra unida;
¿qué prudencia, del polvo prevenida,
la ruina aguardó del edificio?

La piel no sólo, sierpe venenosa,
mas con la piel los años se desnuda,
y el hombre, no. ¡Ciego discurso humano!

¡Oh aquel dichoso, que la ponderosa
porción depuesta en una piedra muda,
la leve da al zafiro soberano!



163. 29 de agosto de 1623
De la brevedad engañosa de la vida

  Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presurosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda
(fiera que sea de razón desnuda)
cada sol repetido es un cometa.

Confiésalo Cártago, ¿y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.


164. 1623
Dilatándose una pensión que pretendía

 Camina mi pensión con pie de plomo,
el mío, como dicen, en la huesa;
a ojos yo cerrados, tenue o gruesa,
por dar más luz al mediodía la tomo.

Merced de la tijera a punta o lomo
nos conhorta aun de murtas una mesa;
ollai la mejor voz es portuguesa,
y la mejor ciudad de Francia, Como.

No más, no, borceguí; mi chimenea,
basten los años que ni aun breve raja
de encina la perfuma o de aceituno.

¡Oh cuánto tarda lo que se desea!
Llegue; que no es pequeña la ventaja
del comer tarde al acostarse ayuno.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1981, en edición de Biruté Ciplijauskaité, pp.184-185 y 246-249. ISBN: 84-7039-086-4.]
 

domingo, 1 de septiembre de 2024

La señora Dalloway.- Virginia Woolf (1882-1941)

 

 «Muy bien. Pero, ¿acaso había en el mundo un hombre capaz de comprenderla a ella? ¿De comprender sus intenciones? ¿Su vida? Clarissa no podía imaginar a Peter o a Richard tomándose la molestia de dar una fiesta sin razón alguna.
 Pero profundizando más, por debajo de lo que la gente decía (y estos juicios ¡cuán superficiales, cuán fragmentarios eran!), yendo ahora a su propia mente, ¿qué significaba para ella esa cosa que llamaba vida? Oh, era muy raro. Allí estaba Fulano de Tal en South Kensington; Zutano, en Bayswater; y otro, digamos, en Mayfair. Y Clarissa sentía muy continuamente la noción de su existencia, y sentía el deseo de reunirlos, y lo hacía. Era una ofrenda; era combinar, crear; pero ¿una ofrenda a quién?
 Quizá fuera una ofrenda por amor a la ofrenda. De todos modos, éste era su don. No tenía nada más que fuera importante; no sabía pensar, escribir, ni siquiera sabía tocar el piano. Confundía a los armenios con los turcos; amaba el éxito; odiaba la incomodidad; necesitaba gustar; decía océanos de tonterías; y si alguien le preguntaba qué era el Ecuador no sabía contestar.
 De todos modos, los días se sucedían uno tras otro; miércoles, jueves, viernes, sábado; una tenía que levantarse por la mañana, ver el cielo, pasear por el parque, encontrarse con Hugh Whitbread; y de repente llegó Peter: luego, aquellas rosas; con esto bastaba. Después de esto, ¡qué increíble resultaba la muerte! El que todo hubiera de terminar; y nada en el mundo entero llegaría a saber lo mucho que le gustaba todo; llegaría a saber cómo en cada instante...
 Se abrió la puerta. Elizabeth sabía que su madre estaba descansando. Entró muy silenciosamente. Se quedó absolutamente quieta. ¿No sería que algún mongol había naufragado ante la costa de Norfolk (como decía la señora Hilbery), y se había mezclado con las señoras Dalloway, quizá cien años atrás? Sí, porque las Dalloway, por lo general, eran rubias, con ojos azules; y Elizabeth, por el contrario, era morena; tenía ojos chinos en la cara pálida, misterio oriental; era dulce, considerada, quieta. De niña, tenía un estupendo sentido del humor; pero ahora, a los diecisiete años, sin que Clarissa pudiera comprenderlo ni siquiera remotamente, se había transformado en una muchacha muy seria; como un jacinto de brillante verde, con capullos de leve color, un jacinto sin sol.
 Se estaba muy quieta y miraba a su madre; pero la puerta había quedado entornada y Clarissa sabía que, más allá de la puerta, estaba la señorita Kilman; la señorita Kilman con impermeable, escuchando lo que ellas hablaban.
 Sí, la señorita Kilman estaba en pie, fuera, e iba con impermeable, pero tenía sus razones. En primer lugar, era barato; en segundo lugar, la señorita Kilman tenía más de cuarenta años; y, al fin y al cabo, no se vestía para gustar. Además, era pobre, humillantemente pobre. De lo contrario, no hubiera aceptado empleos de gente como los Dalloway; empleos de gentes ricas a quienes gustaba ser amables. Y, dicho sea en justicia, el señor Dalloway había sido amable. Pero la señora Dalloway, no. Había sido, simplemente, condescendiente. Procedía de una familia perteneciente a la clase más indigna, la clase de los ricos con un barniz de cultura. Tenían cosas caras en todas partes: cuadros, alfombras, gran número de criados. La señorita Kilman pensaba que tenía pleno derecho a cuanto los Dalloway hacían en su beneficio. 
 Pero la señorita Kilman había sido estafada. Sí, la palabra no constituía una exageración, porque ¿acaso una chica no tiene derecho a una cierta clase de felicidad? Y la señorita Kilman nunca había sido feliz, por ser tan poco agraciada y tan pobre. Y luego, cuando se le presentó una buena oportunidad en la escuela de la señorita Dolby, vino la guerra; y la señorita Kilman siempre había sido incapaz de mentir. La señorita Dolby consideró que la señorita Kilman sería más feliz viviendo con personas que compartieran sus opiniones acerca de los alemanes. Tuvo que irse. En realidad, su familia era de origen alemán; su apellido se escribía Kiehlman, en el siglo XVIII, pero su hermano murió en la guerra. A ella la echaron porque no podía aceptar la ficción de que todos los alemanes eran malvados. ¡Tenía amigos alemanes, y los únicos días felices de su vida los había pasado en Alemania! A fin de cuentas, sabía enseñar historia. Tuvo que aceptar lo que le ofrecieran. El señor Dalloway la descubrió mientras ella trabajaba en casa de los Friend. Y le permitió (lo cual fue verdaderamente generoso por su parte) enseñar historia a su hija. También le daba clases de cultura general y demás. Entonces, en su vida apareció Nuestro Señor (aquí la señorita Kilman inclinaba siempre la cabeza). Había visto la luz hacía dos años y tres meses. Ahora no envidiaba a las mujeres como Clarissa Dalloway; se apiadaba de ellas.
 Se apiadaba de estas mujeres y las despreciaba desde lo más hondo de su corazón, mientras permanecía en pie sobre la muelle alfombra, contemplando un viejo grabado de una niña con manguito. Con tanto lujo, ¿qué esperanza cabía albergar de que las cosas, en general, mejorasen? En vez de yacer en el sofá -Elizabeth había dicho: "Mi madre está descansando"-, Clarissa Dalloway hubiera debido estar en una fábrica, detrás de un mostrador, ¡la señora Dalloway y todas las demás lindas señoras!»

  [El texto pertenece a la edición en español Editorial Lumen, 1984, en traducción de Andrés Bosch, pp. 139-141. ISBN: 84-264-1115-0.]

domingo, 14 de enero de 2024

La ley de los sueños.- Peter Behrens (1954)


Editorial Océano - Peter Behrens
Primera parte: El monte y la granja (Irlanda, 1846)

Expulsión

 «Le despertó el olor de un soldado.
 Grasa, pólvora. El lustre aplicado al latón.
 Acre y complejo, el olor se le infiltró en el cerebro y le trastornó el estómago, que se empapó del ácido que ascendía, quemándole la garganta, y le hizo toser. La tos le despertó.
 Las legañas le pegaban los párpados y le dolió abrirlos. Estaba sobre un camastro, en el desván de la cabaña, con sus dos hermanas al lado. Notaba la piel tirante, pero las llagas en los brazos y piernas parecían estar cicatrizando. El aire estaba brumoso por el humo del fuego que había sofocado horas o días antes, justo antes de sucumbir a la fiebre.
 Mirando desde el desván, vio al soldado parado junto a la puerta.
 Fergus se levantó de golpe y el soldado lanzó un grito de miedo y empezó a retroceder. La punta de su bayoneta se enganchó en el faldón de piel de vaca de la entrada; la liberó, maldiciendo, y desapareció.
 Fergus miró a sus hermanas acostadas a su lado en el jergón de paja.
 Los muertos siempre tenían una inmovilidad intensa, una rigidez que no se podía imitar.
 Un verano, siguiendo al ganado hasta el booley, el pasto del monte, se había pasado gran parte de la tarde mirando a un zorro muerto, hechizado por algo que no acertaba a nombrar. Las formas de los muertos poseían pasión.
 Alimentándose a base de queso, mostaza silvestre y maíz molido, un pastor no veía a nadie en semanas, y la soledad en aquellas alturas había sido tangible y emocionante: el mundo se presentaba como algo nuevo. Vagando por laderas de helechos y orillas de ciénagas, había visto las cordilleras ondulantes como las habría visto un pájaro, bultos de vacío tragados enteros, el sol de julio mezclando diseños de luz en las colinas.
 Oyó cascos de caballo fuera, y voces de hombres.
 Surcaba el humo dentro de la cabaña el aroma leñoso del tifus. Mirando desde el desván, veía a sus padres en la cama junto al fuego, pero no sabía si estaban vivos o muertos. Cerró los ojos.
 Él estaba vivo. Lo estaba, sin duda.
 Gateó hasta la escalera, bajó los peldaños y se acercó a la cama sucia que ocupaban sus padres. Examinó la cara del padre. Nudos de huesos brillaban bajo la piel amarilla cerosa. Los ojos se abrieron de repente, violetas y sensibles, como pájaros hambrientos, sobresaltados.
 —Hay soldados fuera —susurró Fergus—. ¿Qué hago?
 Los ojos se cerraron de golpe.
 —¿Qué hago? —repitió. La madre levantó la cabeza y paseó una mirada enloquecida alrededor de la cabaña.
 —Agua —musitó, y su cabeza cayó sobre la paja.
 Fergus miró fijamente a la entrada. ¿De verdad había visto a un soldado? ¿O era sólo un sueño de la fiebre? Quizá el mundo estaba muerto.
 Tenía que salir a comprobarlo.
 Ve fuera. Es lo que se hace en sueños. La ley de los sueños es: no dejes de moverte.

Soldados

  —¡Ése es uno! —gritó el granjero Carmichael—. ¿Y los demás?
 El soldado que había entrado en la cabaña, encorvado sobre la nieve, vomitaba. Al enderezarse se limpió la boca con la manga.
 —Todos muertos —jadeó.
 —¿Seguro? —gritó un oficial montado en un hermoso caballo ágil.
 —Muertos como conejos.
 —Le advertí a O’Brien que debía irse —dijo Carmichael en voz alta—. Le advertí que no le daría nada si se quedaba.
 —Mejor que lo vea usted mismo —dijo el oficial.
Ley de los sueños, La - Editorial Océano El granjero se acercó a la cabaña, quebrando con los tacones los charcos helados. Apartó a Fergus, se deslizó a través de la cortina de cuero y entró. De la entrada salió humo que cuajó en el aire brillante.
 Deslumbrado por la luz, con los ojos doloridos, Fergus hundió la cabeza entre las manos.
 Unos minutos después, Carmichael salió de la cabaña tosiendo. Agarró a Fergus por los hombros y lo zarandeó con aspereza.
 —¡Le ofrecieron dos libras al tipo! —gritó Carmichael al oficial—. ¡Un tipo desesperado, arisco, salvaje! ¡Su vida no valía nada! ¡Siempre en los caminos!
 —Bueno, por lo menos era un peón fuerte para la cosecha —dijo Abner Carmichael, en voz baja.
 —¿Crees que me gusta este trabajo? —gritó el granjero.
 La atención de Fergus estaba concentrada en una galleta que mordisqueaba uno de los soldados. Al ver cómo le miraba, el soldado la partió y le ofreció la mitad. Fergus se zafó de Carmichael, corrió hacia el soldado y cogió el pedazo, pero cuando trató de morderlo era demasiado duro para sus tiernas encías. Empezó a lamer la galleta para ablandarla y después rompió un trozo y se lo metió en la boca para chuparlo.
 Se volvió justo a tiempo de ver cómo los dos hijos de Carmichael tocaban con sus antorchas la techumbre de la cabaña. Había una fina capa de nieve, pero la de turba que había debajo tenía un feroz apetito de llama. El caballo relinchó ante la ráfaga de chispas rojas y Fergus sintió que el oficial le miraba. Algo en su cara —compasión, repugnancia— disolvió su letargo. Lanzó un aullido y se precipitó hacia la cabaña, pero Saúl y Abner lo interceptaron sin esfuerzo.
 —Déjala que arda. —La cara amable y soñadora de Abner se acercó a la de Fergus—. Es lo mejor, Fergus. No hay vida ahí dentro.
 No pudo resistir la tentación de dar otro mordisco a la galleta. Creyendo que se había rendido, Abner y Saúl le soltaron. Él se separó al instante de ellos y salió disparado hacia la puerta de la cabaña. Oyó que el oficial gritaba, pero entró antes de que nadie pudiera impedírselo. Ristras de fuego cayeron del tejado. Las ascuas le quemaban el cuello. Intentó coger la escalera para subir al desván, pero no la encontró entre el humo. Retazos de turba ardiendo caían por todas partes. La cama de sus padres estaba envuelta en llamas; vio cómo levantaban los brazos, vio las llamas que prendían entre las piernas del padre. Fergus trató de arrastrarle fuera del camastro mientras el fuego le daba feroces picotazos en las manos. La ropa de su padre ardía, tenía los ojos abiertos de par en par, blancos, y su boca era un orificio abierto. Un pedazo de turba incandescente cayó sobre el cuello de Fergus. Soltó a su padre y se retorció y dio vueltas intentando sacudirse el fuego. Hacía tanto calor ahora que notó que respiraba fuego. El humo le envolvía los ojos y no veía nada. Ciego, resollando y chamuscado, ganó a trompicones la puerta. En cuanto estuvo en el exterior, alguien le derribó y le arrojó encima una frazada para apagarle las ropas en llamas.
 Tendido y cubierto por la lana áspera, pensó que aquello era la muerte; fue lo que sintió. Un extraño alejamiento. Una sensación de distancia y un intenso dolor punzante en las manos.
 La muerte olía fortísimo a caballo.
 Entonces Abner Carmichael le retiró la manta, le ayudó a levantarse y se la puso alrededor de los hombros.
 —Ya pasó, chico. Ya pasó.
 El soldado que le había ofrecido la galleta estaba delante de la cabaña y extendía las palmas para sentir el calor. El oficial había desmontado y, de espaldas al fuego, ajustaba las cinchas de su caballo.
 Saúl y su padre sostenían el ariete con punta de hierro, listos para echar abajo las paredes.
 Fergus vio cómo el tejado ardiendo se desmoronaba. Un momento después, se derrumbó totalmente y la cabaña se convirtió en una taza blanca que sólo contenía llamas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Anagrama, 2009, en traducción de Jaime Zulaika Goicoechea, pp. 34-37. ISBN: 978-84-3397-508-9.]

domingo, 3 de diciembre de 2023

El doctor Zhivago.- Boris Pasternak (1890-1960)


File:Boris Pasternak 1920s.png - Wikimedia Commons
Libro segundo

XIV.- De nuevo en Varykino
6

 «Levantados ya muy temprano, Yuri Andriéevich comenzó a dirigir miradas codiciosas a la mesa escritorio que había junto a la ventana. Sentía en las manos el afán de encontrarse ante unas blancas cuartillas. Pero se reservó este placer para la noche, cuando Lara y Kátienka se hubiesen ido a dormir. Hasta que llegase ese momento estaría agobiado de trabajo para poner en orden, por lo menos, dos habitaciones.
 Soñando en el trabajo de la noche, no se proponía grandes cosas: era simple amor a la tinta, atracción por la pluma.
 Tenía deseos de escribir, de escribir palabras sobre el papel. Al principio se contentaría con escribir de memoria algo ya viejo, que todavía no llegó a escribir, sólo por poner en juego sus propias facultades acartonadas por la inactividad, emperezadas por el largo intervalo sin escribir. Esperaba que allí se detendrían más tiempo y que entonces podría dedicarse holgada y libremente a emprender cualquier trabajo nuevo e importante.
 —¿Estás ocupado? ¿Qué haces?
 —Me ocupo del fuego. ¿Por qué?
 —Necesito un cubo.
 —A este paso no tendremos leña más que para tres días. Habrá que ir a ver qué hay en la leñera de nuestra antigua casa. ¡A saber lo que encontraremos allí! Si ha quedado suficiente, haré unos viajes y me la traeré. Mañana me ocuparé de eso. Me has pedido el cubo. Sí, creo haberlo visto en alguna parte, pero no sé dónde, no consigo recordarlo.
 --A mí me sucede lo mismo. Lo he visto no sé dónde y ya no me acuerdo. Evidentemente no debía de estar en su sitio y por eso lo he olvidado. Paciencia. Quiero calentar mucha agua para lavarnos. Con la que quede lavaré algo para mí y para Katia. Hagamos una colada general de toda nuestra ropa sucia. Esta noche, antes de acostarnos, después de haberlo instalado todo y tomado nuestras decisiones, nos lavaremos los tres.
 —Enseguida prepararé mi muda. Gracias. He arrinconado los armarios y los muebles pesados, como me habías dicho.
 —Está bien. En lugar de lavar en el cubo, lavaré en el barreño. Pero está muy sucio. Habrá que quitarle la grasa.
 —Apenas funcione la estufa, ajustaré el tiro y me dedicaré a arreglar otros cajones. Constantemente descubro nuevas cosas en la mesa y en la cómoda: jabón, fósforos, lápices, papel, objetos de escritorio. Y cosas no menos inesperadas, que tenemos ante los ojos: por ejemplo, la lámpara sobre la mesa, llena de petróleo. Nada de esto pertenece a los Mikulitsyn, lo sé. Procede de otra parte.
 —¡Qué suerte tan grande! Siempre el inquilino misterioso. Como en Julio Verne. ¡Ah! ¡Qué atolondrados somos! Charla que te charla y el agua está hirviendo.
 Azacanábanse corriendo de un lado a otro por las habitaciones, con los brazos llenos de cosas, chocando uno contra otro, o tropezando con Kátienka que se quedaba plantada en medio de su camino, o se les metía por entre las piernas, entorpeciendo su trabajo al ir de un lado a otro. Cuando la regañaban, se enfurruñaba. Estaba cansada y se quejaba de frío.
 “¡Pobres chiquillos de hoy en día, víctimas de nuestra vida errante, compañeros resignados de nuestras peregrinaciones!”, pensaba el doctor, y dijo:
 —Perdona, pequeña, pero no tienes motivos para ponerte así. Todo eso son invenciones y caprichos. La estufa está al rojo.
 —La estufa estará caliente, pero yo tengo frío.
 —Entonces ten paciencia, Katiusha. Esta noche haré que caliente mucho y además mamá te dará un baño, ¿oyes? Mientras tanto, toma.
 Y amontonó en el suelo los antiguos juguetes de Liveri, recogidos en el almacén, algunos de los cuales estaban todavía intactos, otros rotos, piezas para construcciones, vagones y locomotoras, hojas de cartón divididas en cuadraditos numerados para jugar con fichas o a la lotería.
 —¿Qué haces, Yuri Andriéevich?—exclamó Kátienka, ofendida como una persona mayor—. Esto no es mío. Y además es cosa de niños. Yo ya soy mayor.
 Pero un instante después estaba cómodamente sentada sobre la alfombra y en sus manos aquellos juguetes de toda clase se convertían en material de construcción con el que fabricaba para Ninka, la muñeca que se había traído de la ciudad, una vivienda bastante más racional y estable que los refugios ajenos y siempre distintos a los que la arrastraban los mayores.
 —¡Qué instinto casero, qué natural atracción por un hogar y un orden! —dijo Larisa Fiódorovna, observando desde la cocina los juegos de su hija—. Los niños son sinceros, no tienen prejuicios y no se avergüenzan de la verdad, mientras nosotros, por miedo de parecer atrasados, estamos siempre dispuestos a traicionar lo que nos es más querido, a elogiar cosas que nos repugnan y aceptar otras que no comprendemos.
 —Encontré el cubo —la interrumpió el doctor, saliendo del oscuro trastero con el cubo en la mano—. Realmente no estaba en su sitio. Por lo visto en el otoño pasado lo utilizaron para recoger el agua de alguna gotera.

7

 Para el almuerzo, preparado ya para tres días con provisiones frescas, Larisa Fiódorovna sirvió cosas inauditas: una sopa de patatas y carnero asado también con patatas. Kátienka no conseguía tragar bocado, reía y bromeaba, pero luego comió hasta hartarse y, entontecida por el calor, se cubrió con la manta de viaje de su madre y se durmió profundamente en el diván.
 Larisa Fiódorovna, que estaba muy cansada y sofocada por la cocina, medio amodorrada como su hija y satisfecha por el éxito de su comida, no se dio prisa en quitar la mesa y se sentó para descansar. Luego de haberse asegurado de que su hija dormía, apoyándose sobre la mesa y sosteniéndose la cabeza sobre un brazo, comenzó a decir:
 —Trabajaré más y en eso encontraré la felicidad, con tal de que sepa que no lo hago en vano, que sirve para algo. Tienes que recordarme constantemente que estamos aquí para estar juntos. Dame ánimos y no me dejes pensar en nuestra situación. Porque, a decir verdad, si analizamos las cosas que estamos haciendo, ¿qué significado tiene que estemos aquí? Hemos invadido una casa forzando la puerta, disponemos de todo para nuestra comodidad y nos aturdimos con una prisa constante para no darnos cuenta de que esto no es vida, sino una representación teatral, no una cosa seria, sino “de mentirijillas”, como dicen los niños, una comedia para hacer reír a la chiquillería.
  —Pero, ángel mío, fuiste tú quien insistió en venir aquí. Recuerda cuánto me opuse, que no estaba de acuerdo.
 —Es cierto. No lo discuto. He faltado yo precisamente. Tú puedes vacilar, tener dudas. Yo debo hacerlo todo de modo lógico y coherente. Apenas entraste en casa viste la camita de tu hijo y te sentiste mal. Faltó poco para que te desmayaras de sufrimiento. Tú tienes derecho a esto, pero a mí no me está permitido. Mi temor por Kátienka y mi idea del porvenir tienen que quedarse en un segundo plano ante mi amor por ti.
El doctor Zhivago by Boris L. Pasternak: Muy Bien Encuadernación ... —Larusha, querida, no digas eso. Nunca es tarde para volver a pensar las cosas, para cambiar la decisión. Yo te aconsejé que considerases más seriamente las palabras de Komarovski. Tenemos un caballo. Si quieres, mañana volvemos a Yuriatin, Komarovski no se habrá ido aún. Le vimos por la calle desde el trineo, aunque creo que él no nos vio. Probablemente lo encontraremos.
 —Apenas he hablado y ya se advierte el descontento en tu voz. Pero dime: ¿acaso no tengo razón? Ocultarnos de una manera tan poco segura, por las buenas, es cosa que pudimos hacer también en Yuriatin. Si hemos de buscar la salvación, hay que hacerlo en serio, con un plan seguro, como, a fin de cuentas, nos proponía él, que aunque sea odioso, hay que reconocer que es hombre práctico y experto. No sé, pero me parece que aquí estamos más cerca del peligro que en cualquier otro sitio. Nos encontramos en medio de una llanura sin fin, expuesta a los cuatro vientos, solos, como en una casa en pleno desierto. En una noche la nieve puede sepultarnos y por la mañana ya no podríamos liberarnos. O que nuestro misterioso bienhechor, si por casualidad vive, irrumpa aquí, se descubra que es un bandido y nos degüelle a todos. ¿Tenemos, por lo menos, un arma? No, ya lo ves. Me da miedo tu despreocupación, que tanto se me contagia y me confunde las ideas.
  —¿Qué quieres hacer entonces? ¿Qué me ordenas que haga?
  —No sé qué responderte. Me tienes constantemente sometida. Recuérdame en todo momento que soy tu esclava, que te amo ciegamente y que no razono. ¡Oh, tengo que decírtelo! Nuestras familias, la tuya y la mía, son mil veces mejores que nosotros. Pero ¿acaso se trata de eso? El don del amor es como cualquier otro don. Puede ser tan grande como quieras, pero nunca se revelará sin iluminación. Es como si nos hubieran enseñado a amarnos en el cielo y luego, todavía niños, nos hubiesen enviado a vivir en la tierra durante algún tiempo para que pusiéramos a prueba, uno para con otro, esta capacidad. Es una identidad total, sin nada superfluo, sin ninguna gradación, ni altibajos, una equivalencia de toda la esencia, todo proporciona alegría, todo se ha hecho alma. Pero en esta ternura salvaje, que está siempre al acecho, hay algo infantilmente indómito, no permitido. Es una fuerza arbitraria, destructiva, contraria a la paz de la casa. Es mi deber tener miedo y desconfiar.
 Le rodeó el cuello con sus brazos y, luchando contra sus lágrimas, concluyó:
 —Compréndelo: nuestra situación es distinta. Tú tienes alas para volar por encima de las nubes, mientras yo, mujer, las tengo para posarme en la tierra y proteger del peligro a mi pajarillo.
 Las palabras de ella lo turbaban profundamente, pero no lo demostró para no enternecerse, y con un esfuerzo dijo:
 —Nuestra vida de vagabundos es realmente artificiosa y equívoca, tienes razón. Pero nosotros no la hemos inventado. Esta insensata zozobra es la suerte de todos, se halla en el espíritu de nuestro tiempo. También ya, desde esta mañana, he pensado casi las mismas cosas. Quisiera hacer cualquier esfuerzo para permanecer aquí más tiempo. No podría explicarte la gran nostalgia que tengo del trabajo, no del trabajo agrícola. Una vez, aquí, todos nos dedicamos a él y todo salió bien. Pero no me considero con fuerzas para volver a empezar. No aludía a eso. Poco a poco la vida reanuda su curso. Acaso un día empiece a publicar libros. Eso es lo que había pensado. ¿No podríamos llegar a un acuerdo con Samdeviátov para que, en condiciones ventajosas para él, nos mantuviera durante seis meses? Como garantía, le ofrecería la obra que podría escribir mientras tanto, un manual de medicina, por ejemplo, o una obra literaria, un volumen de versos... Incluso podría traducir de un idioma extranjero alguna obra famosa, de carácter universal. Conozco bien las lenguas y no hace mucho tiempo leí un anuncio de una casa editora de Petersburgo, que sólo publica traducciones. Son trabajos que probablemente tendrán un valor en el intercambio, traducible en moneda. Yo me consideraría feliz con una ocupación semejante.
 —Gracias por habérmelo recordado. También yo tengo pensado algo parecido. Pero no creo que podamos detenernos aquí. Es más: tengo el presentimiento de que pronto el azar nos llevará más lejos. Pero mientras tengamos a nuestra disposición este refugio, sólo te pido una cosa. Dedícame alguna hora de las próximas noches, y te ruego que escribas todo lo que tantas veces me has recitado de memoria. Una parte de esas cosas está dispersa y la otra no la has escrito. Temo que la olvides y así se perderá todo, como, según me has dicho, te ha sucedido con frecuencia.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1991, en traducción de Fernando Gutiérrez y revisión del texto de José María Bravo, pp.417-420. ISBN: 84-339-1157-0.]