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domingo, 19 de abril de 2026

Cuentos de Canterbury.- Geoffrey Chaucer (1343-1400)

Prólogo del cuento del cocinero

 «Al concluir de hablar el mayordomo, el cocinero londinense dióle una afectuosa y jovial palmada en la espalda y dijo: -¡Pardiez! ¡Por la pasión de Cristo que el molinero remató bien el lance del hospedamiento! Ya aconsejó Salomón: "No metas extraño en tu casa". Sí, que dar albergue nocturno es peligroso. Mucho debe el hombre mirar a quién permite morar en su habitación. Dios me aflija con calamidades si nunca, desde que me llamo Hodge de Ware, he oído contar que molinero alguno se viera en tales aprietos. ¡Buena burla le gastaron a favor de la oscuridad! Pero, pues Dios dispone que esto no quede aquí, si vosotros consentís en escuchar a un pobre hombre como yo, quiero contaros tan bien como pueda, una burla que acaeció ha tiempo en nuestra ciudad.
 El hostelero contestó de este modo:
 -Cuenta, Hodge, y procura que sea buen relato, que así tenemos derecho a pedírtelo. Porque tú has escamoteado el relleno de muchos pasteles y has vendido mucha masa dos veces recalentada y enfriada dos veces. Grandes maldiciones en Cristo te han dirigido los peregrinos que comieron tu ganso aderezado con perejil, y a los que todavía les duele el estómago a causa de la gran copia de moscas que tienes en tu cocina. Vamos, gentil Hodge, habla ya, por tu nombre. Y no te enojen mis chacotas, que muy grandes verdades se pueden expresar en chanza.
 -Bien hablas -contestó Hodge-, pero broma verdadera no es una buena broma, como los flamencos dicen. Y así, Enrique Bailly, no te incomodes, porque te prevengo que mi cuento versa sobre un posadero y, si has de ofenderte, callaremos.
 Y, rompiendo a reír, ensartó algunos donaires y luego empezó su cuento de esta manera.

Cuento del cocinero (1)

 Vivía antaño en nuestra ciudad un aprendiz de un gremio de tratantes en vituallas. Era un mocito apuesto, aunque de corta estatura, risueño como jilguero de bosque, moreno como fruta de matorral, con bucles negros, diestramente peinados. Por lo bien y galanamente que danzaba, llamábanle Pedrito el Retozón. Rebosaba amor y ardor como la colmena dulce miel, de manera que no tenía mala fortuna la moza que con él se encontraba. Cantaba y bailaba en todas las bodas y prefería la taberna a la tienda en que hacía su aprendizaje.
 Siempre que había en Chepe alguna fiesta o cabalgata, el aprendiz se escapaba de la tienda y no retornaba en tanto que no había visto todos los festejos y danzado en ellos muy a su sabor. Pertenecía a una banda de muchachos de su condición, que siempre andaban juntos, bailando o cantando, y también se reunían en ciertos lugares para jugar a los dados. No había aprendiz de Londres que supiera tirar los dados mejor que Pedrito. Además, éste era muy amigo de dilapidar dinero en casas secretas; y todo ello redundaba en detrimento de su patrón, que asaz a menudo encontraba su caja vacía. Porque habéis de saber que si un aprendiz es inclinado al juego, la orgía o las mujeres, al amo le toca pagarlo, cargando con los gastos de la música sin tocar en ella; pues, en un aprendiz, diversión y robo son palabras sinónimas. Siempre se ha visto que, en la gente de condición humilde, el refocilamiento y la honradez son cosas que no pueden existir a la par.
 Este jovial aprendiz vivió con su amo hasta llegar casi al término de su aprendizaje, sin dejar nunca de ser reprendido mañana y noche y encerrado algunas veces en Newgate como castigo de sus jolgorios. Pero al cabo, su patrón, examinando un día sus cuentas y libros, hubo de reflexionar sobre el proverbio que aconseja retirar del montón la manzana podrida, para que no dañe a las demás. Igualmente es provechoso despedir al sirviente disoluto antes de que su ejemplo pierda a todos los demás de una casa.
 Y, pensando así, el patrón licenció a su aprendiz, enviándole muy enhorabuena. De manera que desde entonces el jovial Pedrito quedaba libre de pasar la noches divirtiéndose o haciendo lo que le pluguiera.
 No hay delincuente sin cómplice que le ayude a gastar lo que el primero pudo robar o sacar con engaño; y Pedrito tenía uno, a cuya casa expidió su lecho y efectos. Era este hombre de idénticas inclinaciones que Pedrito, gustándole los dados y las refocilaciones y turbulencias. Su esposa fingía vivir de una tienda, mas no se sustentaba de ello, sino de prostituirse...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1984, en traducción de Juan G. de Luaces, pp. 71-73. ISBN: 84-320-3921-7.]

domingo, 15 de junio de 2025

Arte de las putas.- Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780)

  Canto I

 «¡Ojalá que los hombres no forniquen, / si esto es posible, pero si no hay remedio,
ojalá que los vicios se limiten / a éste sólo; mueran los traidores
pérfidos, sin ley, y usurpadores / y se comprobará si pierde o gana el mundo!
Pero el principio en que mi arte fundo / ¿quién afirmará que destruye lo que enseña?
Atended. A la mujer más pedigüeña / enseño a no pagar el vil trabajo.
Si esta lección tomara todo majo, / obra de caridad sin duda fuera,
pues cada cual con tanto fracaso viera / que no sirve para nada el putaísmo,
si no el hambre, la miseria y el abismo.
Si hay algún camino de extinguir las putas / es sólo no pagarlas: mil oficios
y fábricas insignes se destruyeron / después que su labor sin premio vieron.
Pero si saben que con abrir las piernas / se abren las duras bolsas y hacen tiernas,
¿qué han de hacer sino alzar los guardapieses / para tomar el oro que no caiga
al suelo, y vergonzosas o corteses / procurarse tapar con la camisa
la cara como algunos santos frailes?
Las hazañas del fiero Masinisa, / ¿qué son más que delitos abominables?
César, Mario y Eneas divinizado, / ¿qué fueron sino renombrados malhechores?
y esto les mereció versos y loores / que los dioses (si es posible) han envidiado.
¿A quién mayores males ha causado / el Macedón terrible? ¿A la Roxana
cuando en el lecho oriental la acariciaba / y a la Reina Talistres que buscando
le vino para holgarse trece noches, / o a Darío, a quien del reino despojado
causó la muerte, y de otros tantos millares, / y al corpulento Poro que, arrogante,
cayó desde su soberbio elefante, / sin fuerzas y sin reino y sin blasones
y sin contemplar más la luz de las estrellas? / Contesten ellos y contesten ellas.
La inconsideración llama borrones / de su historia el amar a las mujeres
y grandeza matar millares de hombres, / y el irascible don Pedro de Castilla
fue cruel por matar a Don Fadrique / pero no por empreñar a la Padilla.
Pero si alguno hubiese que conteste / que más valiera ser mi lengua muda
que para propinarle azotes muy crueles / no es bien que muestre a Venus tan desnuda,
sepa no escribo yo contra las leyes. 
Si esto se mira con intención buena, / en las Cortes de Soria nuestros reyes
con mantillas de grana distinguieron / a las putas, y así las permitieron.
Todas las cosas las malvadas almas / corrompen siempre: suprímanse las fiestas
de toros, las devotas romerías / y los teatros, ¿qué hay en las comedias
sino perversión? Artes que pregonan / con blandas y traidoras discreciones
el modo de engañar los corazones. / ¡Oh, cuántas honras destruyó la Puerta
del Sol! ¡Cuántos escándalos se lloran / en la profanación de las iglesias!
¿Quién acabar puede con todas estas cosas?
 Ni es prodigio que mi verso advierta / los riesgos cual los señala el navegante
porque los huya quien está ignorante, / ni el vuelo extrañará de fantasía
perniciosa quizás, el que no ignore / lo que es la burla, invención y poesía.
Y el que por mal camino mi arte tome / culpa es suya: panales y ponzoña
salen del jugo de unas mismas flores. / El precavido caminante y el que roba
ciñen el lado de la amiga espada / con intenciones bien diversas todas.
¿Qué hay más útil que el fuego' Pero si intenta / alguno destruir templos y ciudades
¿qué cosa existe que produzca más maldades? / ¿Temes quizás que las tiernas almas
pervierta de los niños inocentes / con mi verso? ¡Ah, piedades imprudentes!
¡Oh padre de familia vigilante! / ¡Oh ayo, acaso sopista e ignorante!
¿No apartas de su mano delicada / las tijeras y puntas de cuchillos,
pistolas y los filos de Toledo, / no por malas en sí, sino por miedo
de que les perjudique lo que luego sirve? / Pues estas artes enseñar te prohíbo
así como, al pequeñuelo infante / hasta que en la virtud esté ya firme.
Intenta educar bien y no reduzcas / a ciertas ligeras fórmulas externas
el nombre de virtud enmascarado. / Al joven, cual se debe, ya educado
nada le ofenderá, ni ignorar puede / la utilidad a cada miembro destinado.
Si a las artes se inclina, la pintura / le enseñará los femeninos miembros
haciendo fuerza Andrómeda desnuda. / El arte del divino Policteto
le inducirá a copiar en la Academia, / sin velo ni vergüenza, la hermosa Venus;
y así esculpió el cincel hecho una uva / al Baco de Aranjuez sobre la cuba.
Os parecerá terrible ver reflejado / por mis versos un fraile y una monja
que se están a placer refocilando; / pues ¿cuánto más horrible es ver pintada
la espantosa y cruel carnicería / que en inocentes víctimas se hacía
por Herodes; las honestas compañeras / con Úrsula morir; o derribada
del Salvador la estatua, sacrilegios / atroces del feroz Iconoclasta?»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Brontes, 2012, en adaptación de Francesc LL. Cardona, pp. 33-41. ISBN: 978-84-15171-86-7.]

domingo, 13 de abril de 2025

Utopía.- Tomás Moro (1478-1535)


 Libro I

 «[...] cuyo rey, el primer día que llega al poder, es obligado bajo juramento, a la vez que se ofrecen grandes sacrificios, a no tener jamás en su tesoro más allá de mil libras de oro a un tiempo o la plata que equivale al valor de ese oro. Dicen que esta ley fue implantada, a modo de traba contra una acumulación tan grande de dinero que provocase su escasez entre el pueblo, por un rey sumamente bueno a quien preocupaba más el bienestar de la patria que sus riquezas personales. Comprendía, en efecto, que eso tesoro le bastaría al rey caso de que hubiera de combatir contra insurrectos, y al reino caso de que hubiera de hacerlo contra las incursiones de los enemigos. Por otra parte, era lo bastante exiguo como para no inspirar el deseo de apoderarse de lo ajeno, lo que fue el motivo principalísimo de la ley; el motivo inmediato fue que de esta manera -pensó- se proveía para que no faltara la moneda que se utiliza en las transacciones cotidianas de los ciudadanos. Y como al rey le era preciso distribuir todo lo de su tesoro que superara la cota legítima, juzgó que no andaría buscando ocasiones de agraviar. Tal rey infundiría temor a los malos y sería amado de los buenos.
 Si les largara, pues, estas y otras cosas parecidas a hombres fuertemente inclinados en contrario, ¿a qué tipo de sordos estaría yo contando esta fábula?
 -A sordísimos, sin duda -le dije-. Y, a fe, que no me extraña. A decir verdad, tampoco me parece que se haya de largar tales discursos ni dar tales consejos cuando estás seguro de que no serán recibidos jamás. ¿Pues qué puede aprovechar o cómo puede penetrar un discurso tan desusado en su pecho si una convicción diametralmente diferente se ha apoderado ya de sus ánimos y se asienta en ellos? En una conversación familiar entre amigos entrañables esta filosofía escolástica no es insuave. Mas en los consejos de los príncipes, donde se tratan grandes cosas con grande autoridad, no hay lugar para estas cosas.
 -Esto es lo que yo decía de que al lado de los príncipes no hay lugar para la filosofía.
 -Desde luego es verdad -dije yo-, aunque no para esta filosofía escolástica, que piensa que cualquier cosa pega bien dondequiera. Pero hay otra filosofía más política, que conoce su campo, y, acomodándose a él, se reserva puntualmente y con decoro un papel en la fábula que traemos entre manos. De ésta te has de servir. De otra suerte, es como si representándose una comedia de Plauto, al tiempo que unos esclavos intercambian entre sí simplezas, apareces tú en el escenario con continente filosófico y te pones a recitar el pasaje de Octavia en que Séneca disputa con Nerón. ¿No te hubiera sido mejor estar de muda en lugar de armar semejante tragicomedia por recitar lo que no viene a cuento? Pues de igual manera echarías a perder y torcerías la presente fábula si mezclas cosas diversas, aun cuando lo que tú aportas fuera más excelente. Cualquiera sea la fábula que tienes en mano, represéntala lo mejor que puedas y no vengas a estropearla entera porque te venga a la mente otra distinta más ingeniosa. Así ocurre en la República, así en las consultas de lo príncipes. Si no se pueden arrancar de raíz las malas opiniones, si no puedes poner remedio a los vicios recibidos por tradición tan allá como tú quisieras, no por eso, sin embargo, se ha de dar de mano a la República, como tampoco en caso de tempestad se debe abandonar la nave porque no puedes calmar los vientos. Pero no hay que endosar un discurso peregrino y desusado, que te consta no tendrá afecto en quienes están persuadidos de otra cosa, antes hay que intentar un camino oblicuo y te has de forzar lo más que puedas por llegar a tratarlo todo pertinentemente, y conseguir que lo que no puedes tornar en bueno resulte lo manos malo posible. Pues no puede todo andar bien si no son todos buenos, lo que aun no espero vaya a ocurrir de aquí a algunos años.
 -Por este método -dijo- lo único que ocurrirá es que mientras trato de curar la locura de los otros me vuelva yo tan loco como ellos. Pues si quiero decir la verdad tendré que decir cosas como las que tengo referidas. Por lo demás, decir falsedades no sé si cuadra a un filósofo, pero, desde luego, no a mí. 
Aunque comprendo que el discurso ese mío pudiera quizá serles desagradable y molesto, no veo empero por qué haya de parecerles desusado hasta la necedad. Porque si dijera lo que Platón se inventa en su República o lo que los utopienses hacen en la suya, aunque sea (que lo es ciertamente) mejor, puede parecer extraño no obstante, ya que, mientras aquí las posesiones de cada uno son privadas, allí son todas las cosas comunes. Mas mi exposición, fuera de que a los que se han propuesto abalanzarse de cabeza por otro camino no puede caerles divertido quien les recuerda y señala los peligros, ¿qué contenía de raro que no convenga o no se deba decir dondequiera? Por cierto que si hubiera de omitirse por desusado y absurdo cuanto han hecho aparecer extraño las perversas costumbres de los hombres, es preciso que entre nosotros, los cristianos, disimulemos casi todo lo que Cristo nos enseñó; y disimularlo lo prohibió a tal punto que incluso lo que él susurrase a los suyos al oído mandó predicarlo públicamente desde los tejados (1), estando la mayor parte de ello muchísimo más lejos de nuestras costumbres que lo estuvo mi discurso. Claro que los predicadores, hombres astutos ellos, tengo la impresión de que han seguido tu consejo cuando, viendo que los hombres consentían a duras penas en adaptar sus costumbres a la norma de Cristo, acomodaron su doctrina, como una plomada, a sus costumbres, para que al menos de alguna suerte se ajustaran. No veo en absoluto qué ganancia hayan tenido con esto, como no sea que se pueda ser malos o mejor recaudo y que a este fin precisamente venga a ser yo provechoso en los consejos de los príncipes. Pues u opino diferente, lo que es tanto como no opinar nada, o lo mismo, y soy el apoyo de su locura, como dice Mición (2) el de Terencio (3).»

 (1) Mat. 10, 27.
 (2) Los Adelfos, I, 2, 145-147.
 (3) República, 6, 496 d.

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1997, en traducción de Emilio García Estébanez, pp. 38-41. ISBN: 84-487-0137-2.] 

domingo, 9 de febrero de 2025

La revolución romana.- Ronald Syme (1903-1989)

 

XI.-Consignas políticas

 «En la Roma de la República, la literatura política, no refrenada por ley alguna contra la difamación, rara vez era aburrida, hipócrita o edificante. Las personas, no los programas, se presentaban ante el pueblo para ser examinados y aprobados. El candidato pocas veces hacía promesas. En su lugar, exigía el cargo como recompensa, haciendo alarde, en voz muy alta, de sus antepasados, y en caso de carecer de esta prerrogativa, de sus méritos personales. De otro lado, las salas de justicia, merced a los procesos, eran una vía de acceso a la promoción política, un campo de batalla para las enemistades privadas y las luchas políticas, un teatro para la oratoria. El mejor argumento era la injuria personal. En sus acusaciones de inmoralidad repugnante, de procedimientos deshonrosos, de ascendencia familiar ignominiosa, el político romano no conocía ni reparos ni límites. De ahí el cuadro alarmante de la sociedad contemporánea que ofrecen la oratoria, la sátira y los libelos.
 El crimen, el vicio y la corrupción de la última era de la República están encarnados en tipos tan perfectos en su género como lo son los paradigmas cívicos y morales de sus primeros tiempos. Lo cual es lógico, pues tanto el mal como el bien son creaciones de consumados artistas literarios. Catilina es el monstruo perfecto: el crimen y la degradación en todas sus formas. Clodio heredó su política y su carácter. Y Clodia cometió incesto con su hermano y envenenó a su marido. Las atrocidades de P. Vatinio alcanzaban desde los sacrificios humanos hasta la de llevar una toga negra en un banquete. Pisón y Gabinio eran una pareja de buitres, rapaces y obscenos. Pisón, en público, era todo cejas levantadas y gravedad antigua. ¡Qué disimulo, qué bajeza interior y qué orgías sin cuento entre cuatro paredes! Como capellán doméstico y maestro de sus vicios Pisón contrató a un filósofo epicúreo y corrompiendo a su corruptor le obligaba a escribir versos licenciosos. Esto en Roma; mas en su provincia, la lujuria corría pareja con la crueldad. Doncellas de las mejores familias de Bizancio no vacilaron en arrojarse a pozos para escapar de la lascivia del procónsul; los irreprochables reyezuelos de las tribus balcánicas, aliados fieles del pueblo romano, fueron condenados a muerte acusados de traición. El colega de Pisón, Gabinio, se rizaba el pelo, daba exhibiciones de danza en los festines de la alta sociedad y obstaculizaba brutalmente las legítimas ocupaciones de importantes financieros romanos en Siria. Marco Antonio no era sólo un facineroso y un gladiador, un borracho y un juerguista, era un afeminado y un cobarde. En lugar de combatir al lado de César en España, se escondía en Roma. ¡Qué distinto el joven y valiente Dolabela! Y suprema enormidad: sus alardes de afecto hacia su propia esposa eran una burla al decoro y a la decencia romanas.
 Había acusaciones más dañinas que el simple vicio en la vida pública romana: la carencia de antepasados, el baldón del comercio o de la escena teatral, la vergüenza de proceder de un municipio. Por el lado paterno, el bisabuelo de Octaviano era un liberto, un cordelero; por el lado materno, un sujeto sórdido de origen indígena africano, panadero o vendedor de perfumes en Aricia. En cuanto a Pisón, su abuelo no venía en absoluto de la antigua colonia de Placentia (Piazzenza), sino de Mediolanum (Milan), y era un galo, un ínsubro, que ejercía la desacreditada profesión de pregonero; o dígase peor aún, que había inmigrado hasta allí del país de los galos que usan pantalones, allende los Alpes.
 Las exigencias de la práctica de la abogacía, o los vaivenes de las relaciones entre las personas o los partidos, producen asombrosos conflictos entre los testimonios y cambios milagrosos de carácter. Catilina, después de todo, no era un monstruo; individuo complejo y enigmático, estaba en posesión de muchas virtudes, lo cual engañó durante algún tiempo a personas excelentes que nada sospechaban, incluido el propio Cicerón. Así lo decía el orador en su defensa de Celio, el joven descarriado y elegante. Los discursos en defensa de Vatinio y de Gabinio no se han conservado. Sabemos, sin embargo, que el extraño atuendo de Vatinio era simplemente el hábito de devotas e inocentes prácticas pitagóricas, y Gabinio había sido llamado una vez "vir fortis", un pilar del Imperio y del honor de Roma; L. Pisón, por su oposición a Antonio, adquiere temporalmente la etiqueta de buen ciudadano; sólo para perderla poco después, condenado por una descaminada política de reconciliación; y el acaso nos hace saber que el amigo epicúreo de Pisón no era otro que el intachable Filodemo de Gadara, ciudad reputada por su literatura y su erudición. Antonio había atacado a Dolabela, acusándolo de delitos de adulterio. ¡Mentira descarada y malvada! Pasan unos meses y Dolabela, por haber cambiado de bando político, delata su verdadera índole, tan detestable como la de Antonio. Desde su juventud había gozado con la crueldad; sus perversiones habían sido tales, que ninguna persona honesta podría mencionarlas.
   Según los ideales declarados de la aristocracia terrateniente, la riqueza adquirida con el trabajo era sórdida y degradante. Pero si la empresa y las ganancias eran lo bastante sustanciosas, los banqueros y los traficantes podían ser calificados de flor de la sociedad, orgullo del Imperio; ganan su propia dignitas y pueden aspirar a virtudes que están por encima de su posición social, incluso a la magnitudo animi de la clase gobernante. El origen municipal no sólo se hace respetable sino incluso motivo de legítimo orgullo: ¡al fin y al cabo, todos venimos de los municipia! Lo mismo un extranjero. Decidio Saxa es objeto de befa, como celtíbero salvaje: era seguidor de Antonio. Si hubiese estado del lado de los buenos, no hubiese sido menos elogiado que el hombre de Cádiz, el irreprochable Balbo. Ojalá que todos los hombres buenos y defensores de Roma y de su Imperio se convirtiesen en ciudadanos. En Roma no tenía importancia el sitio de donde un hombre venía, ¡no la había tenido nunca!
 La curtida tribu de los políticos romanos pronto adquirió la inmunidad a las formas más groseras de la injuria y de la deformación de los hechos. Estaban protegidos por su larga familiaridad, por su sentido del humor y por su habilidad para resarcirse. Algunas imputaciones, creídas o no, se convirtieron en chanzas clásicas, recordadas por amigos tanto como por enemigos. A Ventidio le llamaban "el mulero", el apogeo de ese tema pertenece a una época en que ya no puede hacerle daño. Y tampoco fueron los enemigos de César, sino sus propios soldados, quienes compusieron las usuales canciones licenciosas en el triunfo de César.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Taurus, 1989, en traducción de Antonio Blanco Freijeiro, pp. 197-200. ISBN: 84-306-1299-8.]

domingo, 31 de marzo de 2024

Justine o los infortunios de la virtud.- Marqués de Sade (1740-1814)

La mala nueva del marqués de Sade | El Cultural
Segunda parte


  «–¡Oh, señor, qué horror!
 –¿Acaso no podía cometer otro mayor?... Estuve a punto, te lo confieso; pero estaba convencido de que ibas a quedar reducida a los últimos extremos: esta idea me satisfizo, te abandoné. Dejemos eso, Thérèse, y pasemos al objeto que me ha hecho desear verte.
 Este gusto increíble que siento por las dos virginidades de una jovencita no me ha abandonado en absoluto, Thérèse –continuó Saint–Florent; ocurre con esto como con todos las restantes extravíos del libertinaje: cuanto más envejeces, más fuerza adquieren; de los antiguos delitos nacen nuevos deseos, y nuevos crímenes de estos deseos. Todo eso carecería de importancia, querida, si lo que se utiliza para satisfacerlo no fuera en sí mismo muy culpable. Pero como la necesidad del mal es el primer móvil de nuestros caprichos, cuanto más criminal es lo que nos empuja, más excitados nos sentimos. Una vez ahí, sólo deploramos la mediocridad de los medios: cuanto más se extiende su atrocidad, más excitante se vuelve nuestra voluptuosidad, y más nos hundimos así en el cenagal sin el más leve deseo de salir de él.
 Es mi historia, Thérèse; cada día, mis sacrificios precisan dos jovencitas. ¿He disfrutado?, no sólo no vuelvo a ver los objetos, sino que se hace incluso esencial para la absoluta satisfacción de mis fantasías que estos objetos salgan inmediatamente de la ciudad: saborearía mal los placeres del día siguiente si imaginara que las víctimas de la víspera siguen respirando el mismo aire que yo. El medio de liberarme de ellas es fácil. ¿Lo creerías, Thérése? Son mis excesos los que llenan el Languedoc y la Provenza de la multitud de objetos de libertinaje que encierra su seno: una hora después de que estas jovencitas me hayan servido, unos emisarios de confianza las embarcan y las venden a las alcahuetas de Nîmes, de Montpellier, de Toulouse, de Aix y de Marsella. Este comercio, en el que llevo dos tercios del beneficio, me compensa ampliamente de lo que los sujetos me cuestan, y así satisfago dos de mis más queridas pasiones, la lujuria y la codicia. Pero los descubrimientos y las seducciones me dan trabajo; además, la clase de sujetos es extremadamente importante para mi lubricidad: quiero que todas ellas procedan de estos asilos de la miseria en los que la necesidad de vivir y la imposibilidad de conseguirlo, absorbiendo el valor, el orgullo y la delicadeza, enervando finalmente el alma, determina, en la esperanza de una subsistencia indispensable, a todo lo que parece tener que asegurarla. Hurgo despiadadamente en todos estos reductos: no puedes imaginar lo que me dan. Voy más lejos, Thérèse: la actividad, la industria, un poco de bienestar, enfrentándose a mis sobornos, me arrebatarían una gran parte de los sujetos; yo opongo a estos escollos el crédito de que disfruto en esta ciudad, provoco unas oscilaciones en el comercio, o unas carestías en los víveres, que, multiplicando las clases de pobreza, quitándole por una parte los medios de trabajo, y dificultándole por otra los de la vida, aumentan en proporción igual la suma de los sujetos que la miseria me entrega. La astucia es conocida, Thérèse: estas escaseces de leña, de trigo y de otros comestibles, que han estremecido a París durante tantos años, no tenían otro objetivo que los que me animan; la avaricia, el libertinaje, estas son las pasiones que, desde el seno de los dorados artesonados, tienden una maraña de redes hasta el humilde techo del pobre. Pero, por mucha habilidad que ponga en práctica para apretar por un lado, si mis manos diestras no arrancan rápidamente del otro, me quedo sin nada que llevarme a la boca, y la máquina funciona tan mal como si yo no agotara mi imaginación en recursos y mi crédito en operaciones. Así que necesito una mujer lista, joven, inteligente, que, habiendo pasado ella misma por los espinosos senderos de la miseria, conozca mejor que nadie los medios de seducir a las que transitan por ellos; una mujer cuya mirada penetrante adivine la adversidad en sus géneros más tenebrosos, y cuya mente sobornadora decida a las víctimas a escapar de la opresión por los medios que yo presento; una mujer inteligente finalmente, tan carente de escrúpulos como de piedad, que no descuide nada para triunfar, ni siquiera cortar los escasos recursos que, apoyando todavía la esperanza de estas infortunadas, les impide decidirse. Yo tenía una excelente, y segura: acaba de morir. Es imposible imaginar hasta donde llevaba esta inteligente criatura su desvergüenza; no solamente aislaba a esas miserables hasta el punto de obligarlas a acudir a implorarlas de rodillas, sino que si esos medios no aparecían con suficiente rapidez para acelerar su caída, la malvada no vacilaba en robarlas. Era un tesoro: yo sólo necesito dos sujetos por día, ella me hubiera dado diez, de haberlos querido. Se deducía de ahí que yo tenía las mejores opciones, y que la superabundancia de materia prima de mis operaciones me compensaba de la mano de obra. A esa mujer hay que sustituir, querida; tendrás cuatro a tus órdenes, y dos mil escudos de emolumentos: ya te lo he dicho, contesta, Thérèse, y sobre todo que unas quimeras no te impidan aceptar tu dicha cuando el azar y mi mano te la ofrecen.
 –¡Oh, señor! –dije a aquel hombre deshonesto, estremeciéndome ante sus discursos–, ¿cómo es posible que podáis concebir tales voluptuosidades, y que os atreváis a proponerme servirlas? ¡Qué horrores acabáis de hacerme oír! Hombre cruel, bastaría con que fuerais desdichado sólo dos días y veríais como estos sistemas de inhumanidad no tardarían en aniquilarse en vuestro corazón: la prosperidad es lo que os ciega y os endurece; os aburrís con el espectáculo de los males de los que os creéis al amparo, y como confiáis en no sentirlos jamás, os suponéis en el derecho de infligirlos; ¡ojalá jamás me llegue la felicidad si es capaz de corromperme hasta este punto! ¡Oh, cielo santo! ¡No contentarse con abusar del infortunio! ¡Llevar la audacia y la ferocidad hasta incrementarlo, hasta prolongarlo, por la única satisfacción de vuestros deseos! ¡Qué crueldad, señor! Los animales más feroces no nos dan ejemplos de una barbarie semejante.
 –Te equivocas, Thérèse, no hay astucias que el lobo no invente para atraer al cordero a sus trampas: estas tretas están en la naturaleza, y la beneficencia no cuenta entre ellas; sólo es una característica de la debilidad preconizada por el esclavo para enternecer a su amo y predisponerle a una mayor dulzura. Sólo se anuncia en el hombre en dos casos: si es el más débil, o si teme serlo. La prueba de que esta supuesta virtud no existe en la naturaleza es que es ignorada por el hombre más próximo a ella. El salvaje, despreciándola, mata sin piedad a su semejante, bien por venganza, bien por avidez... ¿Acaso no respetaría esa virtud si estuviera inscrita en su corazón? Pero jamás apareció, jamás se encontrará allí donde los hombres sean iguales. La civilización, al depurar a los individuos, al distinguir los rangos, al ofrecer un pobre a los ojos de un rico, al hacer temer a éste una variación de estado que podía precipitarle en la nada del otro, colocó inmediatamente en su mente el deseo de aliviar al infortunado para ser aliviado a su vez, en el caso de que perdiera sus riquezas. Entonces nació la beneficencia, fruto de la civilización y del temor: así pues, sólo es una virtud circunstancial, pero no, en absoluto, un sentimiento de la naturaleza que jamás emplazó en nosotros otro deseo que el de satisfacernos, al precio que fuera. Sólo confundiendo así todos los sentimientos, y sin analizar jamás nada, podemos cegarnos sobre todo y privarnos de todos los goces.
Justine o Los infortunios de la virtud La Sonrisa Vertical: Amazon ... –¡Ah, señor! –le interrumpí acaloradamente–. ¿Puede haber alguno más dulce que el de aliviar el infortunio? Dejemos a un lado el horror de sufrirlo uno mismo: ¿existe una satisfacción más grande que la de complacer?... Disfrutar de las lágrimas de la gratitud, compartir el bienestar que se acaba de esparcir entre unos desdichados que, semejantes a vos, carecían sin embargo de las cosas que para vos son vuestras primeras necesidades, oírles entonar vuestros elogios y llamaros padre, reinstaurar la serenidad sobre unas frentes oscurecidas por el desfallecimiento, por el abandono y por la desesperación. No, señor, ninguna voluptuosidad en el mundo puede igualarla: es la de la propia divinidad, y la dicha que promete a quienes la hayan servido en la tierra sólo será la de ver o de hacer dichosos en el cielo. Todas las virtudes nacen de ésa, señor; se es mejor padre, mejor hijo, mejor esposo, cuando se conoce el encanto de aliviar el infortunio. Al igual que los rayos del sol, diríase que la presencia del hombre caritativo esparce, en todo lo que lo rodea, la fertilidad, la dulzura y la alegría; y el milagro de la naturaleza, a partir de este foco de la luz celeste, es el alma honesta, delicada y sensible cuya felicidad suprema es trabajar en favor de la de los demás.
 –¡Cuentos, Thérèse! Los placeres del hombre están en relación con el tipo de órganos que ha recibido de la naturaleza; los del individuo débil, y por consiguiente de todas las mujeres, deben llevar a unas voluptuosidades morales, más excitantes, para tales seres, que las que sólo influirían sobre un físico totalmente desprovisto de energía: ocurre lo contrario con las almas fuertes, que, mucho mejor complacidas con los choques vigorosos impresos sobre lo que las rodea de lo que lo estarían por las impresiones delicadas percibidas por esos mismos seres que existen a su alrededor, prefieren inevitablemente, a partir de esta constitución, lo que afecta a los demás en sentido doloroso a lo que sólo los conmovería de una manera más dulce. Esta es la única diferencia entre las personas crueles y las personas bondadosas; unas y otras están dotadas de sensibilidad, pero cada cual a su manera. Yo no niego que existan goces en ambas clases, pero sostengo, al igual que, sin duda, muchos filósofos, que los del individuo constituido de la manera más vigorosa serán incontestablemente más vivos que todos los de su adversario; y una vez establecidos estos sistemas, puede y debe encontrarse un tipo de hombres que encuentre tanto placer en todo lo que inspira la crueldad como los otros lo saborean en la beneficencia. Pero estos serán unos placeres suaves, y los otros unos placeres muy vivos: los primeros serán los más seguros, los más auténticos sin duda, ya que caracterizan las inclinaciones de todos los hombres todavía en la cuna de la naturaleza, y de los mismos niños, antes de que hayan conocido el dominio de la civilización; los otros sólo serán el efecto de esta civilización, y por tanto unas voluptuosidades engañosas y sin ninguna finura. Por otra parte, hija mía, como estamos aquí menos para filosofar que para consolidar una determinación, sé tan amable como para darme tu última palabra... ¿Aceptas, o no, el encargo que te propongo?
 –Con toda seguridad lo rechazo, señor –respondí levantándome–... Soy muy pobre... ¡oh, sí, muy pobre, señor!; pero, más rica por los sentimientos de mi corazón que por todos los dones de la Fortuna, jamás sacrificaré los primeros para poseer los otros: sabré morir en la indigencia, pero no traicionaré la virtud.
 –Vete –me dijo fríamente aquel hombre detestable–, y sobre todo que no tenga que temer indiscreciones tuyas: no tardarías en ir a dar a un lugar donde ya no tendría que temerlas.
 Nada estimula tanto la virtud como los temores del vicio: mucho menos tímida de lo que habría supuesto, me atreví, prometiéndole que no tendría nada que temer de mí, a recordarle el robo que me había hecho en el bosque de Bondy, y contarle que, en la circunstancia en que me hallaba, ese dinero me resultaba indispensable. Entonces el monstruo me contestó duramente que sólo de mí dependía ganarlo, y que me negaba a ello.
 –No, señor –contesté con firmeza– os lo repito, moriré mil veces antes que salvar mis días a este precio.
 Y yo –dijo Saint–Florent- no hay nada que no prefiriera a la pena de dar mi dinero sin que se lo ganen: pese al rechazo que has tenido la insolencia de darme, quiero pasar todavía un cuarto de hora contigo. Vamos, pues, al tocador, y unos instantes de obediencia pondrán tus fondos en una mejor situación.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1994, en traducción de Joaquín Jordá, pp. 191-194. ISBN: 978-84-7223-738-4.]

domingo, 14 de mayo de 2023

Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar.- Fernando Ortiz (1881-1969)


Biografia de Fernando Ortiz y Fernández
Capítulo IX: De la transculturación del tabaco


   «De todos modos no tardaron mucho los blancos conquistadores de los indios en ser a su vez conquistados por el tabaco. Con razón éste ha sido calificado como “la yerba conquistadora” (A. Nezi, L’erba conquistatrice). Ya mediado el siglo XVI todavía se abominará pública y doctoralmente del tabaco, Fray Bartolomé de las Casas dirá que es un “vicio feo”. Benzoni escribía que es un “pestífero y vicioso veneno del diablo”. Fray Mendieta dirá que el tabaco es yerba “sospechosa y peligrosa”, recordando cómo los aztecas hacían con ella “a manera de comunión”, como con el “cuerpo de una diosa”. Pero ya en esa época eran numerosos los pobladores cristianos que habían transigido con el tabaco y se habían aficionado a él hasta el punto de distinguir, escoger y comprar especies distintas, seleccionar semillas para sus cultivos y hacer de la planta prodigiosa de los indios un hábito cotidiano, una granjería provechosa y un gran comercio transmarino.
 Al principio del descubrimiento deste Nuevo Mundo tomaron de aquellos indios esta costumbre algunos pocos españoles, y después se fue extendiendo tanto, que no hay parte ahora en todas las Indias donde no haya muchas personas que tomen tabaco en humo; y es tanto el gusto que tienen de esto, que hay muchos hombres que mientras no duermen no dejan pasar un cuarto de hora de día ni de noche sin estarlo tomando, y se olvidarán de lo que han de comer y beber, y no de traer consigo el tabaco. Lo cierto es que a los que lo usan sin orden y moderación, les causa muchos males, como inflamaciones del hígado, riñones y muy agudos tabardillos; mas, tomado en ocasiones de necesidad, aprovecha contra cualquiera empachamiento de estómago, deshace las crudezas dél, le da calor y ayuda a la digestión (P. Cobo, t. I, pág. 403).
 El mismo autor añade: “Muy conocida es ya la planta del tabaco no sólo en todas las Indias, sino también en Europa, a donde se ha llevado desta tierra y es muy estimado por sus muchas y excelentes virtudes.” Y también: “Es tanta la cantidad de tabaco que se gasta en las Indias y se lleva a España, que hay provincias que todo el trato y granjerías de sus habitadores es cultivarlo y beneficiarlo; y tienen más preciso los de unas partes que los de otras”.
 Es probable que en América el uso del tabaco pasara de los indios a los blancos principalmente por las experiencias mágicas y medicinales que éstos recibieron de aquéllos en sus congojas y enfermedades y que luego les quedara el hábito de los polvos y de fumar como evocación del gusto gozado.
 Oviedo escribía del tabaco en 1546: “Sé que algunos chripstianos ya lo usan, en especial algunos que están tocados del mal de las bubas, porque dicen los tales que en el tiempo que están assi transportados no sienten los dolores de su enfermedad, y no me parece que es esto otra cosa sino estar muerto en vida el que tal hace; lo cual tengo por peor que el dolor de que se excusan, pues no sanan por eso” (op. cit., 1.1, pág. 131).
 Los europeos irían a “consultarse” con los behiques en sus dolencias y desazones como todavía en estos tiempos van a la gitana a que les “diga la buenaventura”, o al brujo africano para que les proporcione un embó mágico o el sortilegio de los caracoles de Ifá. Irían a escondidas a encontrar los behiques, a que les dieran de su cohoba, o de su tabaco; acaso rezarían antes unos padrenuestros para que “su dios verdadero” no los castigara por el pecado que ellos iban a realizar, comunicándose con los dioses falsos... ; pero iban. Y fuese adversa o favorable la experiencia de su paso inicial en los usos del tabaco, ya no se apartarían de éste; como el enfermo en mala enfermedad que comienza a tomar un narcótico por su analgésico y luego sigue con él, por su vicio, en buena salud. Los blancos se acercarían por primera vez al tabaco por anhelo supersticioso, pero después de la iniciación se quedarían «encantados» con él por el motivo sensual, por el placer gustativo y fisiológico, a la vez estímulo y sedante, que ellos derivaban del tabaco, especialmente del fumar.
 Los castellanos en las Indias primero tomarían el heterodoxo tabaco a hurtadillas, y poco a poco fumarían con más soltura, como pecadillo excusable, como travesura moza y, al fin con desenfado. También los pobladores blancos sembrarían pronto el tabaco en los patios de sus casas y en las huertas de sus estancias, como hacían los negros en sus conucos de las haciendas, para tener siempre a su alcance esas hojas tan apetecidas.
 En Europa el motivo mágico-religioso de los indios no pudo darse abiertamente entre los blancos y los que allí gustaron del tabaco lo hicieron realmente por el placer de su sensualidad excitada y aconsejados por quienes retornaban de América. Pero este motivo sensual no podía alegarse como justificativo de la introducción del tabaco en aquellas costumbres. Su sensualismo y su misteriosa acción sobre el espíritu se prestaban a los ataques de los que en el tabaco sólo veían una tentación infernal, un nuevo pecado, un peligro para el alma pura y una manera atenuada de endemoniamiento por la perturbadora excitación de las mentes que causaban aquellos humos misteriosos, salidos de unas hojas negruzcas, traídas de un Mundo Nuevo y quemadas en un fuego sin llama como en un rito críptico. No era una fe en lo sobrenatural la que arrastraba allí a buscar el tabaco; al contrario, lo que éste tuvo de originariamente religioso ahora se aducía para combatirlo. Había necesidad de que otros motivos se pudieran alegar en público, en Europa más que en las Indias, para encubrir el fundamental motivo hedonístico que rápidamente propagaba el tabaco de los ritos indios entre las gentes cristianas. Por esto el tabaco aparece introducido en Europa por dos motivos, ostensivos e insistentes: el estético y el medicinal. Sobre todo por el medicinal que, a más de basarse en realidades o mitos de terapéutica, absorbía el motivo recreativo calificando de salutíferos los síntomas fisiológicos de los placeres sensoriales que el tabaco proporcionaba. Si, como se ha dicho, los partidarios que el tabaco tuvo en Europa se dividen en dos grupos, “hedonistas” y “panaceístas”, fueron estos últimos los que proporcionaron las armas dialécticas pero fueron aquéllos los reales vencedores.
Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar Letras Hispánicas ... El paso del tabaco de las Indias a Europa fue un radicalismo fenómeno de transculturación. El tabaco entre los blancos aún no era nada; había que trasplantarlo a sus conciencias antes que a su suelo y a sus costumbres. Si el tabaco fue aceptado por los blancos con cierta clandestinidad, pronto trataron de razonabilizar su uso, no por sus verdaderos motivos, que trascendían a diabolismo y embrujamiento en aquella excitadísima época de luchas e intolerancias religiosas que fue el siglo XVI, sino por razones justificables en los moralismos y en las corrientes del Renacimiento. El tabaco fue allí presentado como una planta de belleza decorativa y de sorprendentes virtudes medicinales.
 En Europa comenzó el tabaco siendo sembrado como planta ornamental. Sus hojas, grandes y hermosas “como de lechuga”, agradaban a la vista. Pero convengamos en que su valor estético apreciable en los huertos y jardines no pasó del breve recinto de éstos. Las hojas del tabaco eran muy frágiles, marchitables, enfermizas, susceptibles a la descoloración; su planta era una mata anual, también delicada y quebradiza; y sus flores, pequeñas y pálidas, no competían con las rosas, clavellinas y demás bellezas tradicionales de los pensiles andaluces. Las líneas decorativas de las hojas del tabaco no pasaron de los jardines y huertas. No se perpetuaron por la arquitectura en los capiteles, como las hojas de la flora clásica; ni siquiera en Cuba, donde si es verdad que seguimos copiando cardos y acantos de Grecia sin homenaje patriótico a la autoctonía del tabaco y del maíz, tiempo hubo cuando aprovechábamos los motivos ornamentales de nuestra flora, como se hizo en la iglesia de San Ignacio de la Habana (hoy la catedral) al ser reconstruida en 1725 por los jesuitas, quienes imitaron en los fustes de sus columnas sin base las palmeadas hojas del papayo y en sus capiteles los penachos de las piñas cubanas (Condesa de Merlín, Viaje a la Habana, edición de 1905, pág. 73). En España tampoco se reprodujeron las hojas de la nicociana en la lujosa ornamentación de los indumentos cortesanos, tal como hoy figuran en las bordadas casacas de los diplomáticos de Cuba. Si en España las matas de tabaco se cultivaron con cuidado, más que por su elemental estética fue por su exotismo y por las prodigiosas cualidades curativas de sus hojas aromáticas, tal como aún se acostumbra sembrar en los jardines españoles la albahaca, la hierbabuena, la ruda, el espliego o alhucema y otras plantas de semejantes aromas y virtudes.
 En aquella época era frecuente el uso de fuertes aromas y sahumerios en la medicina casera. En La Celestina de Rojas, la vieja protagonista cita estos medicamentos para curar el “mal de madre”, a saber: “Todo olor fuerte es bueno, así como el poleo, ruda, exienjos, humo de plumas de perdiz, de romero, de moxquete, de encienso, recibido con mucha diligencia, aprovecha e afloxa el dolor, e buelve poco a poco la madre a su lugar”.
 Por la medicina el tabaco se recibió en Europa como una panacea, a la manera del remedio “cúralo-todo” que buscaban los alquimistas. En este aspecto, la excesiva apología de sus condiciones medicinales, que aproximaba la maravillosa mata de América a esa aspiración de la alquimia medieval tan sospechosa de herejía, debió de aumentar en algunos espíritus retardatarios, moralistas y ascetas, sus escrúpulos contra el tabaco. Pero de todos modos la “propaganda”, como hoy se diría, se hizo atribuyendo a dicha yerba incontables condiciones terapéuticas; y aun cuando no cabe dudar de la posibilidad de algunas aplicaciones medicinales del tabaco, dada la farmacopea de aquella época, no es difícil comprender que en esa extraordinaria propaganda médica a favor del tabaco hubo mucho de “razonabilización”, es decir, de justificación de un hecho por motivos ajenos a los verdaderos. El placer hedonista pedía el tabaco, el misoneísmo y la austeridad lo repelían; pero la medicina lo justificaba con sus propias razones y la sensualidad quedaba a salvo so capa de ciencia salutífera. Así el tabaco comenzó a penetrar y extenderse en las culturas europeas.
 Si es sorprendente por lo espontánea, rápida y extensa, la difusión del tabaco por Europa y por el resto del planeta, no lo es menos por la tremenda lucha que tuvo que vencer. Los enemigos del tabaco lo combatieron con extremada virulencia, hasta con la pena de muerte; sus apologistas lo encomiaron atribuyéndole los más fantásticos méritos. La literatura en pro y en contra del tabaco fue abundantísima. Aún no ha cesado.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2002, en edición de Enrico Mario Santí, pp. 180-183. ISBN: 978-8437619873.]