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domingo, 1 de octubre de 2023

Hiperbórea y otros mundos perdidos.- Clark Ashton Smith (1893-1961)


Recordando a Clark Ashton Smith – ·Libros de Cíbola·
La historia de Satampra Zeiros


  «Yo, Satampra Zeiros de Uzuldaroum, me dispongo a escribir con mi mano izquierda, ya que carezco de la derecha, la historia de todo lo acaecido a Tirouv Ompallios y a mí mismo en el altar del dios Tsathoggua, cuyo culto fue abandonado por el hombre en las afueras de Commoriom invadidas por la jungla, aquella capital de los gobernantes hiperbóreos abandonada hace tanto tiempo. La escribiré con la savia violeta de palma de suvana, que se torna color rojo sangre con el paso de los años, sobre un papel de vitela hecho con la piel de un mastodonte, para advertir a todos los buenos ladrones y aventureros que pudieran escuchar alguna falsa leyenda sobre los tesoros perdidos de Commoriom y se sintieran tentados por ella.
   Pues bien, Tirouv Ompallios era mi amigo de toda la vida y mi leal compañero en cualquier empresa que requiriera dedos diestros y una mente tan rápida como aguda. Puedo afirmar sin exagerar en mi caso, ni tampoco en el caso de Tirouv Ompallios, que ambos llevábamos a cabo con incomparables resultados más de un encargo ante el que muchos de nuestros colegas de oficio de mucho más renombre que nosotros se hubieran acobardado. Para ser más explícito, me refiero al robo de las joyas de la reina Cunambria, que estaban guardadas en una habitación donde unos cuarenta reptiles venenosos se paseaban libremente; y el robo de la diamantina caja fuerte de Acromi, que contenía los medallones de una temprana dinastía de reyes hiperbóreos. Es verdad que resultó difícil y peligroso encontrar comprador para aquellos medallones y que tuvimos que venderlos a un precio nefasto al capitán de un navío bárbaro procedente de la remota Lemuria: no obstante, lograr abrir aquella caja fue una hazaña gloriosa, porque debía ser ejecutada en total silencio debido a la proximidad de una docena de guardias armados con tridentes. Empleamos un extraño y corrosivo ácido… pero no debo entretenerme demasiado tiempo ni tan profusamente, por muy fuerte que sea la tentación de divagar sobre heroicos recuerdos y recrearse en la sublime gloria de los actos de valor o destreza.
   En el ejercicio de nuestro oficio, como en el de cualquier otro, los reveses de la suerte con frecuencia deben ser tenidos en cuenta, y la diosa Fortuna no siempre es pródiga en favores. Así pues, Tirouv Ompallios y yo, en el momento del que ahora escribo, nos hallábamos en circunstancias de falta de liquidez, las cuales, aunque pasajeras, eran no obstante extremas y resultaban bastante inconvenientes y molestas, sobre todo al tener lugar justo después de días más prósperos y de noches más provechosas. La gente se había vuelto cada vez más precavida con sus joyas y otros objetos de valor, las ventanas y las puertas tenían dobles barrotes, se comenzaron a utilizar nuevos y desconcertantes cerrojos, los guardias estaban más vigilantes o menos somnolientos… resumiendo, todas las dificultades naturales de nuestra profesión se vieron multiplicadas. Llegó un momento en el que nos vimos obligados a robar mercancías más voluminosas y menos valiosas que las que estábamos acostumbrados a manejar, e incluso esto también conllevaba sus peligros. Aún ahora me siento humillado al recordar la noche en la que estuvieron a punto de atraparnos con un saco de ñames rojos, y menciono este incidente para no parecer en absoluto presuntuoso.
  Una noche, en un callejón del barrio más humilde de Uzuldaroum, paramos para contar los recursos de los que disponíamos y descubrimos que, entre los dos, teníamos exactamente tres pazoors… suficiente para comprar una botella grande de licor de granadas o dos barras de pan. Discutimos entonces sobre el problema del gasto.
  —El pan —argumentó Tirouv Ompallios— alimentará nuestros cuerpos, nos proporcionará fuerzas renovadas y mayor agilidad a nuestros miembros y a nuestros exhaustos dedos.
  —El licor de granadas —repliqué— enaltecerá nuestros pensamientos, inspirará e iluminará nuestras mentes y quizás nos revele un modo de escapar de nuestras actuales dificultades.
  Tirouv Ompallios cedió sin poner mayor reparos a mi superior razonamiento y buscamos la entrada de una taberna cercana. El licor no era de los mejores, en cuanto al sabor, pero la cantidad y potencia del brebaje eran todo lo que se podía desear. Nos sentamos en la abarrotada taberna y sorbimos el licor a nuestro ritmo, hasta que todo el fuego del brillante licor rojo se hubo transferido a nuestros cerebros. La oscuridad y las dudas sobre nuestros caminos futuros se iluminaron como si fueran alumbradas por la luz de pebeteros rosados, y el cruel semblante del mundo quedó maravillosamente suavizado.
  No tardó mucho en llegarme la inspiración.
  —Tirouv Ompallios —dije—, ¿hay alguna razón por la que tú y yo, hombres valientes y que hemos sucumbido a los miedos y supersticiones de la multitud, no deberíamos aprovechamos de los regios tesoros de Commoriom? Un día de viaje desde esta tediosa ciudad, una agradable excursión al campo, una tarde o una mañana de búsqueda arqueológica… y quién sabe lo que podríamos encontrar.
  —Hablas con sabiduría y valor, mi estimado amigo —replicó Tirouv Ompallios—. En efecto, no existe ninguna razón por la que no podamos sanear nuestras maltrechas finanzas a costa de unos cuantos reyes muertos, o dioses.
  Commoriom, como todo el mundo sabe, había quedado desierta hacía muchos cientos de años por la profecía de la Sibila Blanca de Polarion, que había anunciado un indescriptible y abominable fin para todos los seres mortales que osaran permanecer en su entorno. Algunos dicen que aquella destrucción fue provocada por una plaga que llegó de las inmensidades del norte por las rutas de las tribus de la jungla; otros afirmaban que fue una forma de locura colectiva; en todo caso, nadie, ni rey ni sacerdote ni comerciante ni trabajador ni ladrón, permaneció en Commoriom para esperar su llegada, sino que todos partieron en una sola ola migratoria para fundar a un día de distancia la nueva capital, Uzuldaroum. Y se cuentan extrañas historias de horrores y espantos que ningún hombre sería capaz de afrontar ni superar, que acechan por siempre los altares y mausoleos y palacios de Commoriom. Y todavía perdura el lustre del mármol, el esplendor del granito, la multitud de agujas y cúpulas y obeliscos que los imponentes árboles de la jungla no han logrado cubrir, en un fértil valle interior de Hiperbórea. Y los hombres dicen que en sus cámaras intactas descansa el suntuoso tesoro de los monarcas de la antigüedad, entero y sin que haya sufrido ningún saqueo desde aquellos tiempos; que las tumbas construidas en lo alto guardan las piedras preciosas y las monedas de electro enterradas junto a sus momias; que los templos todavía conservan las vasijas de oro en sus altares y el mobiliario, y los ídolos sus piedras preciosas en orejas, bocas, narices y ombligos.
  Creo que habríamos partido esa misma noche de haber contado con el coraje y la inspiración que nos hubiera aportado una segunda botella de licor de granadas. Pero no fue así y decidimos partir al amanecer: el hecho de que careciéramos de fondos para nuestro viaje no importaba demasiado, porque, a menos que nuestras habilidades habituales nos fallaran, podríamos requisar pequeñas cantidades de impuestos involuntarios de las cándidas gentes del campo. Hasta entonces, nos retiramos a nuestros aposentos, donde el casero nos salió al paso dándonos la bienvenida a regañadientes y exigiendo que le pagáramos su dinero. Pero la dorada promesa de la mañana nos había inmunizado contra preocupaciones tan triviales y apartamos al tipo a un lado con un desprecio que pareció sorprenderlo, si no someterlo del todo.
 Nos dormimos tarde, y el sol ya había ascendido un buen trecho sobre el celeste declive de los cielos cuando dejamos atrás las puertas de Uzuldaroum y emprendimos el camino por la calzada norte que conduce a Commoriom. Desayunamos abundantemente unos melones ámbar, y un ave robada que asamos en el bosque, y luego retomamos el camino. A pesar de una fatiga que iba en aumento hasta el final del día, resultó un viaje agradable, y encontramos muchas cosas con las que entretenernos en los variopintos paisajes por los que pasamos, y en sus gentes. Algunos, estoy seguro, sin duda todavía nos recuerdan con rencor, porque no nos negábamos nada que estuviera al alcance de la mano y que tentara nuestros caprichos o nuestros apetitos.
 Era una región agradable, llena de granjas, huertos, riachuelos y bosques verdes y llenos de flores. Finalmente, en el curso de la tarde llegamos a la antigua calzada, en desuso desde hacía mucho tiempo y casi intransitable, que conducía desde la calzada principal y a través de la vieja jungla hacia Commoriom.
Los mundos perdidos de Clark Ashton Smith | La mano del extranjero  Nadie nos vio desviarnos por aquel camino, y desde ese momento no nos cruzamos con nadie. A tan sólo un paso, habíamos perdido cualquier contacto humano; y era como si el silencio del bosque que nos rodeaba no hubiera sido perturbado por la huella de un mortal desde la partida del legendario rey y sus ciudadanos hacía tantos siglos. Los árboles eran más grandes que los que estábamos habituados a ver, y estaban entrelazados por infinitas y laberínticas masas: las eternas circunvoluciones en forma de telaraña de las enredaderas casi tan viejas como los propios árboles. Las flores eran desagradablemente grandes, sus pétalos brillaban con una palidez letal o un escarlata sanguinolento, y sus perfumes eran excesivamente dulces o fétidos. Las frutas que encontrábamos por el camino eran de un tamaño enorme, de color morado y naranja rojizo, pero por algún motivo no nos atrevimos a hincarles el diente.
  El bosque se hizo más espeso y exuberante a medida que avanzábamos, y la calzada, aunque estaba pavimentada con bloques de granito, se hacía más intransitable porque entre los intersticios habían echado raíces árboles que con frecuencia desgajaban los bloques. Aunque el sol todavía no se había acercado al horizonte, las sombras que arrojaban sobre nosotros los gigantescos troncos y ramas se hicieron más densas, y nos movíamos en un crepúsculo verde oscuro lleno de olores sofocantes de vida exuberante y podredumbre vegetal. No había pájaros ni otros animales, como uno habría esperado encontrar en cualquier bosque frondoso, pero entre prolongados intervalos alguna sigilosa víbora de pálido y grueso cuerpo huía deslizándose de nuestros pies entre las fétidas hojas de la carretera, o alguna enorme polilla con motas barrocas y de malignos colores volaba delante de nosotros y desaparecía en la penumbra de la jungla. Ya en un claro a media luz, enormes murciélagos de color púrpura con ojos como diminutos rubís alzaban a nuestro paso el vuelo desde las frutas de aspecto venenoso con las que se estaban dando un festín, y nos miraban con malévola atención mientras flotaban silenciosamente en el aire sobre nuestras cabezas. Y, por algún motivo, sentimos que estábamos siendo observados por otras presencias invisibles; nos invadió una especie de pánico, y un vago temor a la monstruosa jungla, y desde ese momento dejamos de hablar en voz alta, o con demasiada frecuencia, y nos limitamos a algún que otro susurro.
  Entre otras cosas, durante el viaje, nos las ingeniamos para conseguir una bota grande llena de vino de palma. Unos cuantos sorbos del ardiente licor ya nos habían servido más de una vez para aligerar el tedio de la marcha, y ahora iba a mantenernos en pie y a buen paso. Bebimos un buen trago y la jungla se hizo menos impresionante, y nos preguntamos por qué habíamos permitido que el silencio y la penumbra, los atentos murciélagos y la inquietante inmensidad pesaran sobre nuestro ánimo aunque sólo fuera por un breve instante, y creo que tras un segundo trago comenzamos a cantar.
  Cuando cayó el crepúsculo y una luna creciente brillaba alta en los cielos después de que el astro diurno se escondiera, estábamos tan inmersos en el fragor de la aventura que decidimos continuar y llegar a Commoriom aquella misma noche. Cenamos algunos víveres que sisamos a los campesinos y nos pasamos la bota de vino en varias ocasiones. Entonces, bastante repuestos y henchidos de la audacia y el valor necesarios para afrontar una arriesgada empresa, continuamos la marcha.
  De hecho, no tuvimos que avanzar mucho más. Mientras discutíamos con un ardor que nos hizo olvidar nuestro largo periplo, sobre qué valioso objeto debíamos elegir saquear primero de entre todos los tesoros míticos de Commoriom, observamos bajo los rayos de la luna el brillo de unas cúpulas de mármol que sobresalían entre las copas de los árboles y, a continuación, entre ramas y troncos divisamos los lívidos pilares de pórticos en penumbra. Unos cuantos pasos más allá encontramos calles pavimentadas perpendiculares a la calzada por la que avanzábamos y que por ambos lados conducían al inmenso y exuberante bosque, donde las hojas de enormes helechos cubrían los techos de casas antiguas.
  Nos paramos y, de nuevo, el silencio de la desolación del pasado selló nuestros labios. Las casas eran blancas y silenciosas como sepulcros, y las profundas sombras que se cernían a su alrededor eran gélidas y siniestras y misteriosas como la mismísima sombra de la muerte. Parecía que el sol no había brillado durante siglos en aquel lugar… que nada más cálido que los rayos espectrales de la luna cadavérica había tocado el mármol y el granito desde la migración universal provocada por la profecía de la Sibila Blanca de Polarion.
  —Ojalá fuera de día —murmuró Tirouv Ompallios. Sus tonos bajos eran extrañamente sibilantes, y excesivamente audibles en la total quietud.
  —Tirouv Ompallios —repliqué—, confío en que no te estarás volviendo supersticioso. Me resisto a pensar que estás sucumbiendo a los cuentos infantiles de la chusma. En todo caso, tomemos otro trago.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Valdemar, 2014, en traducción de Marta Lila Murillo, pp. 123-127. ISBN: 97884-7702-778-2.]

miércoles, 7 de abril de 2021

Tenga usted éxito en su muerte. Anti-método para vivir.- Fabrice Hadjadj (1971)


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2.-La gracia del miedo

Sobre el pánico a morir
El coraje de tener miedo

 «Tito Livio cuenta que en la primera batalla contra Aníbal, una tropa romana, presa de espanto y no  sabiendo por dónde huir, se arrojó derecha hacia los cartagineses, que les hicieron un gran número de víctimas, “pagando por una vergonzosa huida el mismo precio que hubiera tenido una gloriosa victoria”. El miedo da alas. Ocurre incluso que la gallina toma un impulso más potente que el águila. Se alaba en ese caso su coraje, cuando lo único que hay es una cobardía tan alocada que pone todo patas arriba en su huida. El temerario, además, es siempre un poco cobarde. No tiene la paciencia de mantener su posición. Desconoce lo realmente temible, y así, con prisa por acabar, temeroso de afrontar a un enemigo de su talla, se mete en la boca del lobo.
 ¿En qué consiste, pues, el verdadero coraje? La virtud de la fortaleza, recuerda Aristóteles, consiste menos en atacar que en aguantar, menos en superar que en soportar. “Lo que a ciertos hombres les vale el título de fuertes es, ante todo, soportar la adversidad”. Desde ese punto de vista, las películas de artes marciales nos presentan a individuos particularmente débiles: los zarandean un poco y, ¡zas!, le propinan un patadón en la cara a su prójimo; los hieren en la comisura de la boca y, ¡bum!, una avalancha de miembros acribilla y desmenuza al adversario. Su fuerza física disimula una gran debilidad moral. Es lo contrario de las películas de Bergman, por ejemplo, donde se despliega un arte marcial verdaderamente soberano: mujeres que soportan el engaño y el abandono de los hombres y que, a veces, manifestación suprema de su potencia, llegan a perdonar.
 Resistir exige más fuerza que atacar por tres razones, recuerda Tomás de Aquino: “1º) El que ataca juega el papel del más fuerte; el que resiste es, pues, el más débil que resiste al más fuerte, lo que siempre es más difícil. 2º) Para el que ataca, el peligro parece alejado, ahora bien es más difícil no ser conmovido por cosas presentes que por cosas futuras. 3º) Resistir se prolonga en el tiempo; atacar, por el contrario, puede ser el efecto de un impulso repentino. Ahora bien, es más incómodo permanecer mucho tiempo inconmovible que dirigirse inmediatamente a algo difícil. Lo cual hace decir a Aristóteles que “algunos que corren al encuentro de los peligros, desaparecen cuando se encuentran en medio de ellos; los hombres fuertes hacen todo lo contrario”. El hombre fuerte no va al encuentro del peligro. Pero, si se encuentra en medio de la tempestad, no suelta el timón.
 Si no hubiera nada de temible en aguantar, ¿dónde estaría el coraje? Tener un corazón de piedra es no tener corazón. El verdadero coraje no consiste en no tener miedo, sino en soportar un miedo legítimo, en asumir la angustia, y no en huir de ella. Se pueden extraer de esto unas cuantas conclusiones: la fe más fuerte es la que soporta más oscuridad; la esperanza más fuerte, la que soporta más desesperanza; la caridad más fuerte, la que soporta más asco. Para esta última virtud Santa Teresita era ejemplar. Mostraba una mayor diligencia por aquellas de sus hermanas que le causaban la mayor antipatía. Tenía ganas de soltarles una bofetada. Pero les ofrecía flores. No se trataba de hipocresía. Era la fuerza de una caridad perfecta. La hipocresía, por el contrario, hubiera sido ser superficialmente sincera y dejar ver una antipatía que no dijera nada de los esfuerzos del corazón.
 Pero ¿es legítimo el miedo a la muerte? ¿Cómo tener miedo si se asegura la inmortalidad de su alma? ¿No sería ese miedo únicamente fruto de la ignorancia? Algunos cristianos lo dicen y absorben así su tranquilizante. Hemos hablado hace un momento del juicio: eso debería bastar para devolverles unos santos cólicos. Pero hay otra cosa, que es una paradoja central del martirio y la valentía auténtica. “Cuanto más completa es la virtud de un hombre valiente y mayor su felicidad, más penoso le resultará también el pensamiento de la muerte; porque precisamente para un hombre como ése, la vida es digna de ser vivida, la muerte lo privará precisamente a él de los mayores bienes y él tiene plena conciencia de ello; todo eso no deja de afligirlo”*. La vida del hombre justo y virtuoso es mejor que la del hombre lleno de vicios. Por tanto, perderla es más doloroso para el hombre justo. La separación de su alma y de su cuerpo produce un ruido más desgarrador, porque su cuerpo había esposado plenamente a su alma en lo que ella tiene de más espiritual, y su alma había esposado plenamente a su cuerpo en lo más servicial suyo. Aristóteles no considera que el cuerpo sea la tumba del alma y la muerte una liberación: la persona humana es cuerpo y alma, de suerte que el alma separada del cuerpo es una persona mutilada. El virtuoso realiza mejor los recursos de esa unión: no deja que el cuerpo esclavice al alma a sus pasiones, ni que el alma ejerza un poder orgulloso y despótico sobre el cuerpo. Por eso le es tan dolorosa la muerte. Recíprocamente, el vicioso se asquea pronto de sí mismo. Su vida es una carga para él. Su alma y su cuerpo están en proceso de divorcio. Lo agotan sus incesantes disputas. No temerá tanto la muerte e incluso se irá inclinando hacia el suicidio.
 El discurso supuestamente cristiano sobre el desprecio de la vida terrenal es doblemente perverso a este respecto: para el vicioso, en primer lugar, porque él desprecia ya la vida terrenal y lejos de llevarlo a conversión lo confirma más bien en su amargura; para el virtuoso, asimismo, porque ama la vida y lejos de consolidarlo, se le desanima colocándolo entre los impíos. Se pregunta si es que no tiene fe. Mientras que el otro se encuentra con que tiene demasiada.
Resultado de imagen de tenga usted exito en su muerte Morir es tan penoso para el hombre virtuoso que Aristóteles se atreve a afirmar que un hombre como ése no será el mejor soldado profesional: “Son más bien aquellos que, aun siendo menos bravos, no disponen de ningún otro bien aparte de su vida misma, porque ellos se exponen a los peligros con ligereza y dan su vida a cambio de flacos beneficios”. Los mercenarios y los reitres** forman un ejército más eficaz, más ofensivo y más feroz, porque no tienen nada que perder y se burlan de una existencia pacífica y contemplativa. Cargan al grito de ¡Viva la muerte! Se sacud n riéndose de placer. En tanto que el virtuoso, como el fray Tuck de Robin Hood, hace chocar las cabezas implorando al cielo por él y por su adversario. Cada vez que derriba a uno, exclama: “¡Señor, ten piedad de nosotros!” Lo cual ralentiza seriamente sus golpes.
 Al valiente de verdad la muerte le causa, pues, el máximo miedo, puesto que una vida de valentía vale la pena más el ser vivida, y puesto que la pérdida de esa vida es, por lo tanto, más dañina. Pero, si bien del justo se obtiene un soldado profesional peor, no obstante, da para un mártir de mejor calidad. No da fácilmente su vida por obediencia a su general, por la victoria de su ejército; la da sin falta por obediencia a Dios, por la proclamación de la justicia: “El virtuoso ama la vida tanto más cuanto que la sabe mejor, pero la expone, sin embargo, por causa del bien de la virtud”. Así que “para el hombre no es de temer ni la muerte ni nada de lo que puede ser mortal hasta el punto de renunciar a la justicia, pero sí es de temer, no obstante, en tanto que por ella se pone término a una vida buena, para sí mismo o para los demás. Un proverbio dice igualmente: ‘El sabio teme el mal y se aparta 
de él’”. El temor a faltar al amor verdadero es más fuerte que el temor a perder la propia vida, aun siendo buena, pues de otra forma acabaría siendo mala. Y ese temor primero ayuda a dominar el segundo. El temor al pecado mortal permite soportar el temor a la pena capital. No hay en ello desprecio alguno de la vida terrenal, fascinación alguna por la muerte. Sólo el que se apega con justeza a esta vida puede desasirse bien de ella. Sólo el que puede desasirse bien de ella puede experimentar el desgarro más doloroso al hacerlo. Si ofrece su pecho a las flechas del tirano no es porque odie su cuerpo, sino por testimoniar la bondad de esta vida que su verdugo arroja a la basura.

 Sudar sangre

 Cristo tuvo miedo a su muerte. No obstante que es Dios. Sabe de la inmortalidad de su alma de hombre. Está seguro de la resurrección y de la gloria de su cuerpo. Y, a pesar de esa triple luz, o tal vez a causa de ella, en el Huerto de los Olivos, “comenzó a sentir pavor y angustia” (Mc 14,33). “Comenzó” no significa que el miedo no supere un primer grado de intensidad. Es propio del miedo alcanzar su paroxismo desde el comienzo, ya en ese primer sobresalto que hace que el corazón lata hasta romper el costado. Y, en este caso, no se pasa del primer sobresalto del espanto. Aumenta progresivamente como si fuera la primera vez, conservando su carácter de irrupción, de aparición siempre más violenta que no se domina, a la que uno se acostumbra cada vez menos, por la que uno se deja conmocionar cada vez más. Y no se trata, en este caso, de que la imaginación, sometida por el miedo, agrande el mal que se acerca y haga que el mal inminente sea peor que el mal presente. Lo que da miedo de este miedo abisal es que la misma lucidez, una lucidez como no hay otra más límpida, conduzca a ese seísmo, a ese quebrantamiento de Aquel que es, sin embargo, la Roca. Como si el Señor perdiera todo señorío.
 Teólogos y místicos reconocen que ningún terror humano ha sobrepasado al de Jesús en su agonía. Como en ese instante se eleva la oración del Verbo que no será complacida: “¡Padre, si quieres, aleja de mí esta copa!”, algunos llegan a suponer que la Pasión es más profunda en Getsemaní que en la cruz (pero entonces, además de un crucifijo, ¿tendríamos que llevar colgado al cuello un huerto de olivos?).»    

  *Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1117b.
 ** Tanto el vocablo español “reitre” como el francés original, reître, provienen del alemán Reiter, denominación de un antiguo soldado de caballería. Acabó aplicándose, tanto en español como en francés, al hombre de armas que ofrece su espada al mejor postor (N. del T.)  
    
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Nuevo Inicio, 2011, en traducción de Sebastián Montiel, pp. 114-119. ISBN: 978-84-937488-8-3.]

domingo, 12 de julio de 2020

Historia de la Monja Alférez, Catalina de Erauso, escrita por ella misma.- Catalina de Erauso (1592-1650)

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Capítulo VI
Llega a la Concepción de Chile y halla allí a su hermano. Pasa a Paicabí, hállase en la batalla de Valdivia, gana una bandera. Retírase al Nacimiento, va al valle de Purén. Vuelve a la Concepción, mata a dos y a su propio hermano.

  «Llegamos al puerto de la Concepción en veinte días que se tardó en el camino. Es ciudad razonable, con título de noble y leal; tiene obispo. Fuimos bien recibidos por la falta de gente que había en Chile. Llegó luego orden del gobernador Alonso de Ribera para desembarcarnos, trájola su secretario el capitán Miguel de Erauso. Luego que oí su nombre me alegré y vi que era mi hermano, porque aunque no le conocía ni había visto, porque partió de San Sebastián para estas partes siendo yo de dos años, tenía noticia de él, si no de su residencia. Tomó la lista de la gente, fue pasando y preguntando a cada uno su nombre y patria; y llegando a mí y oyendo mi nombre y patria, soltó la pluma y me abrazó y fue haciendo preguntas por su padre y madre, y hermanas y por su hermanita Catalina la monja; y fui a todo respondiendo como podía, sin descubrirme ni caer él en ello. Fue prosiguiendo la lista y en acabando me llevó a comer a su casa, y me senté a comer. Díjome que aquel presidio que yo llevaba de Paicabí, era de mala pasadía de soldados; que él hablaría al gobernador para que me mudase de plaza. Subió al gobernador en comiendo, llevándome consigo. Diole cuenta de la gente que venía y pidióle de merced que mudase a su compañía a un mancebito que venía allí de su tierra, que no había visto otro de allá desde que salió. Mandóme entrar el gobernador y, en viéndome, no sé por qué, dijo que no me podía mudar. Mi hermano lo sintió y salióse. De allí a un rato llamó a mi hermano el gobernador, y díjole que fuese como pedía.
 Así, yéndose las compañías, quedé yo con mi hermano por su soldado, comiendo a su mesa casi tres años sin haber dado en ello. Fui con él algunas veces a casa de una dama que allí tenía y de ahí algunas otras veces me fui sin él; él alcanzó a saberlo y concibió mal, y díjome que allí no entrase. Acechóme y cogióme otra vez; esperóme, y al salir me embistió a cintarazos y me hirió en una mano. Fueme forzoso defenderme y al ruido acudió el capitán don Francisco de Aillón y metió paz; pero yo me hube de entrar en San Francisco por temor al gobernador, que era fuerte, y lo estuvo en esto, aunque más mi hermano intercedió, hasta que vino a desterrarme a Paicabí y sin remedio hube de ir al puerto de Paicabí y estuve allí tres años.
 Hube de salir a Paicabí, y pasar allí algunos trabajos, por tres años, habiendo antes vivido alegremente. Estábamos siempre con las armas en la mano, por la gran invasión de los indios que allí hay, hasta que vino finalmente el gobernador Alonso de Sarabia con todas las compañías de Chile. Juntámonos otros cuantos con él y alojámonos en los llanos de Valdivia, en campaña rasa, cinco mil hombres, con harta incomodidad. Tomaron y asolaron los indios la dicha Valdivia: salimos a ellos, y batallamos tres o cuatro veces, maltratándolos siempre y destrozando; pero llegándoles la vez última socorro, nos fue mal y nos mataron mucha gente y capitanes, y a mi alférez, y llevaron la bandera. Viéndola llevar, partimos tras ella yo y dos soldados de a caballo por medio de gran multitud, atropellando y matando, y recibiendo daño: en breve cayó muerto uno de los tres. Proseguimos los dos. Llegamos a la bandera, cayó de un bote de lanza mi compañero. Yo recibí un mal golpe en una pierna, maté al cacique que la llevaba y quitésela, y apreté con mi caballo, atropellando, matando e hiriendo a infinidad, pero malherido y pasado de tres flechas y de una lanza en el hombro izquierdo, que sentía mucho. En fin, llegué a mucha gente y caí luego del caballo. Acudiéronme algunos, y entre ellos mi hermano, a quien no había visto y me fue de consuelo. Curáronme y quedamos allí alojados nueve meses. Al cabo de ellos mi hermano me sacó del gobernador la bandera que yo gané y quedé alférez de la compañía de Alonso Moreno, la cual poco después se dio al capitán Gonzalo Rodríguez, primero capitán que yo conocí y holgué mucho.
 Fui alférez cinco años. Halléme en la batalla de Purén, donde murió el dicho mi capitán, y quedé yo con la compañía cosa de seis meses, teniendo en ellos varios encuentros con el enemigo, con varias heridas de flechas; en uno de los cuales me topé con un capitán de Indios, ya cristiano, llamado don Francisco Quispiguancha, hombre rico que nos traía bien inquietos con varias alarmas que nos tocó, y batallando con él lo derribé del caballo, y se me rindió, y lo hice al punto colgar de un árbol, cosa que después sintió el gobernador, que deseaba haberlo vivo, y diz que por eso no me dio la compañía y la dio al capitán Casadevante, reformándome y prometiéndome para la primera ocasión. De allí se retiró la gente, cada compañía a su presidio y yo pasé al Nacimiento, bueno sólo en el nombre, y en lo demás una muerte, con las armas a todas horas en la mano. Allí estuve pocos días, porque vino luego el maestre de campo Álvaro Nuñes de Pineda, con orden del gobernador, y sacó de allí y de otros presidios hasta ochocientos hombres de a caballo para el valle de Purén, entre los cuales fui yo, con otros oficiales y capitanes; a donde fuimos e hicimos muchos daños, talas y quemas en sembrados, en seis meses. Después, el gobernador Alonso de Ribera me dio licencia para volver a la Concepción y volví con mi plaza en la compañía de Francisco Navarrete, y allí estuve.
Historia de la Monja Alférez, Catalina de Erauso, escrita por ella ... Jugaba conmigo la fortuna tornando las dichas en azares. Estábame quieto en la Concepción, y hallándome un día en el cuerpo de guardia, entréme con otro amigo alférez en una casa de juego allí junto; pusímonos a jugar, fue corriendo el juego y en una diferencia que se ofreció, presentes muchos alrededor, me dijo que mentía como cornudo: yo saqué la espada y entrésela por el pecho. Cargaron tantos sobre mí, y tantos que entraron al ruido, que no pude moverme: teníame en particular asido un ayudante. Entró el auditor general Francisco de Párraga y asióme también fuertemente y zamarreábame haciéndome no sé qué preguntas; y yo decía que delante del gobernador declararía. Entró en esto mi hermano y díjome en vascuence que procurase salvar la vida. El auditor me cogió por el cuello de la ropilla, yo con la daga en la mano le dije que me soltase; zamarreóme; tiréle un golpe y atraveséle los carrillos; teníame aún: tiréle otro y soltóme; saqué la espada, cargaron muchos sobre mí, retiréme hacia la puerta, había algún embarazo, allanélo y salí y entréme en San Francisco que es allí cerca, y supe allí que quedaban muertos el alférez y el auditor. Acudió luego el gobernador Alonso García Remón: cercó la iglesia con soldados y así la tuvo seis meses. Echó bando prometiendo premio a quien diese preso, y que en ningún puerto se me diese embarcación, y avisó a los presidios y plazas e hizo otras diligencias: hasta que con el tiempo, que lo cura todo, fue templándose este rigor y fueron arrimándose intercesiones y se quitaron las guardas y fue cesando el sobresalto, y fue quedándome más desahogo, y me fui hallando amigos que me visitaron y se fue cayendo en la urgente provocación desde el principio y en el aprieto encadenado del lance.
 A este tiempo, y entre otros, vino un día don Juan de Silva, mi amigo, alférez vivo, y me dijo que había tenido unas palabras con don Francisco de Rojas, del hábito de Santiago, y lo había desafiado para aquella noche a las once, llevando cada uno a un amigo, y que él no tenía otro para eso sino a mí. Yo quedé un poco suspenso, recelando si habría allí forjada alguna treta para prenderme. El, que lo advirtió, me dijo: si no os parece, no sea. Yo me iré solo, que a otro yo no he de fiar mi lado. Yo dije ¿que en qué reparaba? Y acepté.
 En dando la oración, salí del convento y me fui a su casa: cenamos y parlamos hasta las diez, y en oyéndolas, tomamos las espadas y capas y salimos al puesto señalado.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2002, en edición de Ángel Esteban. ISBN: 84-376-1956-4.]