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domingo, 16 de octubre de 2022

El crisantemo y la espada. Patrones de la cultura japonesa.- Ruth Benedict (1887-1948)


Ruth Benedict - Wikipedia, la enciclopedia libre
3.-Cada uno en su lugar


 «A pesar de su reciente occidentalización, el Japón es todavía una sociedad aristocrática. Cada saludo, cada contacto personal, debe indicar el tipo y grado de la distancia social que existe entre unos y otros. Cuando una persona dice a otra “come” o “siéntate”, utiliza palabras diferentes si se dirige a un familiar, si habla a un inferior o a un superior. Existe un “tú” o un “usted” diferente que debe utilizarse en cada caso, y los verbos tienen formas distintas para cada uno de ellos. En otras palabras, los japoneses tienen lo que se llama un “lenguaje de respeto”, como lo tienen muchos otros pueblos del Pacífico, y lo acompañan con reverencias e inclinaciones adecuadas. Este comportamiento se rige por meticulosas normas y convencionalismos. No basta saber ante quién se inclina uno, sino que es necesario saber cuánto se tiene uno que inclinar. Un saludo que sería adecuado para determinada persona podrá ser considerado como un insulto por otra que se hallase en una relación ligeramente distinta con el que saluda. Y la gama de las reverencias va desde la postura de rodillas en que se inclina el cuerpo hasta tocar con la frente las palmas de las manos, colocadas sobre el suelo, a la simple inclinación de la cabeza y los hombros. Uno debe aprender, y desde edad muy temprana, la reverencia adecuada para cada caso particular. No se trata sólo de tener siempre presentes las diferencias de clase — en todo caso, importantísimas—; también deben tenerse en cuenta el sexo, la edad, los lazos familiares y cualquier clase de relación previa entre dos personas.
 Incluso entre las mismas dos personas se requieren diversos grados de respeto en diferentes ocasiones: un civil puede tratar familiarmente a otra persona y no inclinarse ante ella; pero cuando lleva uniforme militar, su amigo, si viste de paisano, se inclinará ante él. Cumplir con las normas establecidas por la jerarquía es un arte que requiere el equilibrio de innumerables factores, algunos de los cuales pueden excluir a los otros en un determinado caso, o bien añadirse a ellos.
 Existen, naturalmente, personas que se tratan con poca ceremonia. En Estados Unidos, esto se aplica a las personas del círculo familiar. Nosotros abandonamos incluso las más simples formalidades de la etiqueta cuando entramos en el seno de nuestra familia. En el Japón es precisamente en la familia donde las normas de respeto se aprenden y observan más meticulosamente. Cuando la madre todavía lleva al niño atado a la espalda, ya le obliga —apoyando su propia mano en la cabeza del hijo— a inclinarse, y las primeras lecciones del pequeño consisten en aprender a comportarse respetuosamente con su padre y su hermano mayor.
 La mujer se inclina ante su marido; el niño, ante su padre; los hermanos menores, ante los mayores, y la hermana se inclina ante todos sus hermanos, cualquiera que sea la edad de éstos. No se trata de un gesto vacío de sentido; significa que el que se inclina reconoce el derecho del otro a actuar como desee respecto a cosas de las cuales quizá prefiera hacerse cargo él mismo, y el que recibe el cumplido reconoce a su vez ciertas responsabilidades que le incumben en razón del puesto que ocupa. La jerarquía basada en el sexo, en la edad y en la primogenitura forma parte integrante de la vida familiar.
 La piedad filial es, naturalmente, una de las normas éticas más importantes del Japón, que comparte con China. La formulación china de este principio fue adoptada en época temprana por el Japón, junto con el budismo, la ética confucionista y la antiquísima cultura china, en los siglos VI y VII después de Cristo. Pero el carácter de la piedad filial hubo necesariamente de sufrir modificaciones para poder adaptarse a la estructura peculiar de la familia japonesa. En China, incluso hoy, uno debe lealtad al enorme y ramificado clan al que pertenece. A veces se trata de un clan con jurisdicción sobre cientos de miles de personas, de las cuales recibe apoyo. Las circunstancias varían según las diversas partes de este extenso país, pero en muchos lugares de China todas las personas de una aldea son miembros de un mismo clan. Entre los 450 millones de habitantes que ahora tiene China, no hay más de 470 apellidos, y todas las personas que llevan el mismo patronímico se consideran en cierto grado hermanos de clan. En una zona determinada puede suceder que todos los habitantes sean de un mismo clan y que, además, pertenezcan a él familias que viven en ciudades muy apartadas. En zonas populosas como Kwangtung, todos los miembros del clan contribuyen a sostener grandes santuarios y en determinados días veneran hasta mil tablillas ancestrales de los miembros fallecidos que descienden de un antepasado común. Los clanes poseen propiedades, tierras y templos, y administran fondos que se utilizan para pagar la educación de alguno de los niños del clan que parece prometer más. Se mantienen en contacto con los miembros dispersos y publican complicadas genealogías que son puestas al día cada diez años, aproximadamente, a fin de dar a conocer los nombres de aquellos que tienen derecho a compartir sus privilegios. Tienen leyes ancestrales que llegan incluso a prohibirles entregar al Estado a alguien de la familia acusado de un crimen, si el clan no está de acuerdo con las autoridades. En la época imperial, estas grandes comunidades de clanes semiautónomos eran gobernados, no muy rígidamente, en nombre del Estado, mediante mandarinatos encabezados por funcionarios estatales rotatorios que no eran de la región.
 En el Japón todo esto era distinto. Hasta mediados del siglo XIX, solamente las familias nobles y los guerreros (samurai) tenían derecho a utilizar apellidos. Los apellidos eran fundamentales en el sistema de clanes del pueblo chino, y sin ellos, o sin un equivalente, no puede desarrollarse la organización del clan. En algunas tribus, el equivalente podía ser el mantenimiento de una genealogía. Pero en el Japón solamente la clase alta mantenía genealogías, e incluso en estas familias el registro se llevaba, como hacen las Hijas de la Revolución Americana en Estados Unidos, desde el momento presente hacia atrás, es decir, partiendo de la persona viva para retroceder en el tiempo, y no desde el pasado hacia el presente para incluir a todos los contemporáneos procedentes de un antepasado común, lo cual es muy distinto. Además, el Japón era un país feudal. La lealtad no se debía a un nutrido número de parientes, sino a un señor feudal, amo supremo y perpetuo, y la diferencia entre éste y los mandarines burocráticos temporales de China, que eran siempre extranjeros en sus distritos, no podía ser mayor. Lo importante en el Japón era pertenecer al feudo de Satsuma o al de Hizen. Cada persona estaba ligada a su feudo.
 Otra forma de institucionalizar los clanes es la adoración de los antepasados remotos o de los dioses del clan en santuarios o lugares sagrados. Esto habría sido posible para el “pueblo bajo” japonés, incluso al no contar con apellidos ni genealogías. Pero en el Japón no existe el culto a los antepasados remotos. En los santuarios en que el pueblo se reúne, todos los campesinos acuden juntos sin necesidad de probar la existencia de antepasados comunes. Se les llama “hijos” del dios del santuario, pero son “hijos” porque viven en su territorio. Estos campesinos están, naturalmente, ligados entre sí, como les ocurre a los campesinos de cualquier parte del mundo tras la residencia en el mismo lugar de innumerables generaciones, pero no son por ello un grupo cohesivo de un mismo clan que desciende de un antepasado común.
 La veneración debida a los antepasados se presta en un santuario muy diferente, situado en el cuarto de estar de la familia, donde se honra solamente la memoria de los seis o siete últimos miembros de la familia fallecidos. En las familias japonesas de todas las clases sociales, se rinde diariamente homenaje ante este altar, y se coloca comida para los padres y los abuelos, así como para los parientes próximos a quienes se recuerda en vida y que están representados sobre el altar con lápidas en miniatura. En los cementerios nadie se ocupa de las tumbas de sus tatarabuelos, y la identidad de la tercera generación ancestral cae rápidamente en el olvido. Las relaciones familiares en el Japón se reducen casi a las mismas proporciones occidentales, siendo tal vez la familia francesa el equivalente más próximo.
 La “piedad filial” en el Japón es, pues, una cuestión limitada a los familiares más íntimos. Significa ocupar cada uno el sitio que le corresponde según la generación, el sexo y la edad, dentro de un grupo que incluye poco más que el propio padre, el padre del padre y sus hermanos y descendientes. Incluso cuando se trata de linajes importantes en los que a veces se incluyen grupos mayores, la familia se divide en líneas independientes y los hijos más jóvenes establecen ramificaciones familiares. Dentro de este limitado grupo familiar, las normas que regulan “el sitio correspondiente” son muy meticulosas. Se guarda una estricta obediencia a los mayores, hasta que éstos deciden “retirarse” formalmente (inkyo).
 Aun en nuestros días, un hombre con hijos ya mayores no realizará transacción alguna sin que haya sido aprobada por el abuelo, si éste no se ha retirado. Los padres deciden sobre el casamiento o el divorcio de sus hijos, incluso cuando éstos tienen treinta o cuarenta años. Al padre, como cabeza de familia, se le sirve el primero en las comidas, entra el primero en el baño familiar y recibe con una simple inclinación de cabeza las profundas reverencias de su familia. Hay en el Japón un acertijo popular que podría traducirse de esta forma: “¿Por qué un hijo que quiere dar consejos a sus padres se parece a un sacerdote budista que quiere tener pelos en la coronilla?”. (Los sacerdotes budistas van tonsurados.) La respuesta es: “Porque por mucho que quiera, no puede”.
 Ocupar el propio puesto significa tener en cuenta no sólo las diferencias generacionales, sino también las diferencias de edad. Cuando los japoneses desean expresar una confusión total, dicen que “no es ni hermano mayor ni hermano menor”, en el sentido en que nosotros decimos “no es ni carne ni pescado”, pues para los japoneses el hermano mayor debe mantenerse fiel a su condición con el mismo rigor con que un pez debe permanecer en el agua. El hermano mayor es el heredero. Los viajeros hablan de “ese aire de responsabilidad que el hijo mayor adquiere tan pronto en el Japón”. Comparte en alto grado las prerrogativas del padre. Antiguamente, su hermano menor dependía totalmente de él; ahora, especialmente en pueblos y aldeas, es el mayor quien se queda en casa aferrado a la rutina de siempre, mientras sus hermanos menores, en ocasiones, salen de ella para conseguir una educación más completa y mayores ingresos. Pero los antiguos hábitos impuestos por la jerarquía son muy fuertes.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2004, en traducción de Javier Alfaya Bula, pp. 41-45. ISBN: 978-84-2065-585-7.]

domingo, 11 de septiembre de 2022

Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos.- Zygmunt Bauman (1925-2017)


Zygmunt Bauman y la comunicación - El blog de JM Velasco
3.-Sobre la dificultad de amar al prójimo


  «Ciudad y cambio social son casi sinónimos. El cambio es la cualidad de la vida urbana y el modo de existencia urbana. Cambio y ciudad pueden —y en realidad deberían— definirse por mutua referencia. ¿Por qué es así? ¿Por qué debe ser así?
  Es habitual definir las ciudades como lugares donde los desconocidos se encuentran, permanecen en mutua proximidad e interactúan durante largo tiempo sin dejar por eso de ser desconocidos. Centrándose en el papel que las ciudades desempeñan dentro del desarrollo económico, Jane Jacobs señala que la constante densidad de comunicación humana es la causa primordial de la agitación urbana. Los habitantes de la ciudad no son necesariamente más inteligentes que otros seres humanos, pero la densidad de la ocupación del espacio deriva en una concentración de necesidades. Y entonces en la ciudad se plantean preguntas que no se han planteado en otros sitios, surgen problemas que la gente no ha tenido ocasión de enfrentar en condiciones diferentes. Enfrentar problemas y plantear preguntas representa un desafío, que amplía la inventiva de los seres humanos de manera sin precedente. A su vez, esa situación ofrece una alternativa tentadora a la gente que vive en lugares más calmos, pero también menos promisorios: la vida urbana atrae constantemente a nuevos recién llegados, y la característica de estos es que traen “nuevas maneras de ver las cosas, y tal vez nuevas maneras de resolver viejos problemas”. Los recién llegados son extraños en la ciudad, y las cosas que los antiguos residentes han dejado de advertir por exceso de familiaridad parecen estrafalarias y requieren una explicación cuando son vistas por otros ojos. Para los extraños, y particularmente para los recién llegados, nada en la ciudad resulta «natural», nada se da por descontado. Los recién llegados son enemigos natos de la tranquilidad y la autoindulgencia.
  Tal vez no sea esta una situación que agrade a los nativos de la ciudad, pero por cierto es su mayor suerte. La ciudad está en su mejor momento, más exuberante y pródiga en oportunidades cuando sus medios y costumbres son cuestionados y acusados. Michael Storper, economista, geógrafo y planificador, atribuye la animación constante y la creatividad típicas de la densa vida urbana a la incertidumbre suscitada por la relación, mal coordinada y perpetuamente cambiante, “entre las partes de organizaciones complejas, entre los individuos y entre individuos y organizaciones”, que resulta inevitable en las condiciones reinantes en una ciudad: alta densidad y gran cercanía.
  Los extraños no son una invención moderna, pero sí lo son los extraños que siguen siendo extraños durante mucho tiempo, tal vez para siempre. En una ciudad o un pueblo premodernos típicos no se permitía a los extraños que siguieran siendo extraños durante mucho tiempo. Algunos eran expulsados o ni siquiera se les permitía entrar. Aquéllos que eran admitidos y permanecían más tiempo tendían a “familiarizarse” —eran interrogados y rápidamente “domesticados”—, de tal manera que pudieran unirse a la red de relaciones como residentes urbanos establecidos: de manera personal. Ese proceso tenía consecuencias notablemente diferentes de las de los procesos que nos resultan familiares ahora a partir de la experiencia de las ciudades contemporáneas, modernas, atestadas y densamente pobladas.
 
  A pesar de lo que la historia depare a las ciudades, y del drástico cambio que puedan experimentar su estructura espacial, su aspecto y estilo a lo largo de décadas o siglos, una característica permanece constante: las ciudades son espacios donde los extraños permanecen y se mueven en estrecha y mutua proximidad.
  La perpetua y ubicua presencia de desconocidos, por ser un componente constante de la vida urbana, añade un importante elemento de incertidumbre a los objetivos de vida de los residentes. Esa presencia, imposible de eludir, es una fuente de ansiedad que jamás se agota, y de una agresividad usualmente latente que suele entrar en erupción en diversas oportunidades.
  El miedo a lo desconocido —subliminal pero que flota en el ambiente— busca desesperadamente salidas viables. Las ansiedades acumuladas tienden a descargarse sobre una categoría selecta de “extraños” elegida para encarnar la “extrañeza”, la falta de familiaridad, la impenetrabilidad del entorno de vida, la vaguedad del riesgo y la amenaza. Cuando una categoría selecta de “extraños” es expulsada de hogares y comercios, el aterrador espectro de la incertidumbre es exorcizado por un tiempo; el horripilante monstruo de la inseguridad es quemado en efigie. Las barreras fronterizas cuidadosamente erigidas para impedir el acceso a “falsos solicitantes de asilo” e inmigrantes “puramente económicos” encarnan la esperanza de fortificar una existencia poco sólida, errática e impredecible. Pero la moderna vida líquida está condenada a ser errática y caprichosa a pesar de las medidas que se adopten contra los “extraños indeseables”, de modo que el alivio es de corta vida y las esperanzas puestas en las “medidas duras y decisivas” se hacen trizas rápidamente.
   El extraño es, por definición, un agente movido por intenciones que, en el mejor de los casos, podemos adivinar, pero de las que nunca podremos estar seguros. El extraño es la variable desconocida de todas las ecuaciones calculadas cuando se intenta decidir qué hacer y cómo comportarse. De modo que incluso cuando los extraños no se convierten en objeto de agresiones directas ni padecen las consecuencias de un resentimiento activo, su presencia dentro del campo de acción sigue siendo inquietante, ya que dificulta la predicción de los efectos de una acción y sus alternativas de éxito o fracaso.
  Compartir el espacio con extraños, vivir en la no deseada pero obstrusiva proximidad de ellos, es una situación que a los residentes de la ciudad les resulta difícil y hasta imposible de evitar. La proximidad de los extraños es un destino y un modus vivendi que hay que experimentar para que, por medio de pruebas y más pruebas, se logre que la cohabitación sea aceptable y la vida, vivible. Esta necesidad está “determinada”, no es negociable, pero la manera como los residentes de la ciudad la satisfacen puede elegirse. Y esa elección se hace a diario, por comisión u omisión, por acción o por defecto.

   Teresa Caldeira escribe sobre San Pablo (São Paulo), la segunda ciudad más grande de Brasil, un hervidero que se expande con rapidez: “Hoy San Pablo es una ciudad vallada. Se han construido barreras físicas en todas partes, alrededor de las casas, de los edificios de departamentos, de los parques, las plazas, los complejos de oficinas y las escuelas […]. La nueva estética de la seguridad da forma a todo tipo de construcciones e impone una nueva lógica de vigilancia y de distancia”.
   Los que pueden costearlo, se compran una residencia en un “condominio”, semejante a una ermita: se encuentra físicamente dentro pero social y espiritualmente fuera de la ciudad. “Las comunidades cerradas supuestamente separan los mundos. La publicidad propone un estilo de vida total, que representaría una alternativa a la calidad de vida que ofrece la ciudad y su deteriorado espacio público”. El rasgo más prominente del condominio es su “aislamiento y distancia de la ciudad. […] El aislamiento implica la separación de todos aquellos considerados socialmente inferiores”. Y como repiten los constructores y los agentes inmobiliarios, “el factor clave es garantizar la seguridad. Eso involucra vallas y muros en torno al condominio, guardias las veinticuatro horas controlando las entradas y todo un conjunto de servicios y equipamiento” destinados a “mantener a los demás fuera”.
    Como todos sabemos, las vallas tienen dos lados. Las vallas dividen un espacio uniforme en un “afuera” y un “adentro”, pero lo que es “adentro” para los que están de un lado de la valla es “afuera” para los que están del otro lado. Los residentes de los condominios usan la valla para estar “fuera” de la desagradable, inquietante, vagamente amenazante y dura vida de la ciudad, y “dentro” del oasis de calma y seguridad. Pero, al mismo tiempo y con el mismo gesto, impiden el acceso a los demás, dejándolos fuera de los lugares decentes y seguros, cuyos estándares están decididos a mantener y a defender con uñas y dientes, y confinándolos dentro de las mismas calles decadentes y sórdidas de las cuales han tratado de protegerse, sin reparar en gastos. La valla separa al “gueto voluntario” de los encumbrados y poderosos de los numerosos guetos forzosos de los marginados. Para los que están dentro del gueto voluntario, los otros guetos son espacios “en los que no entraremos”. Para los que están dentro de los guetos involuntarios, la zona en la que están confinados (y excluidos de las demás) es el espacio “del que no se nos permite salir”.

   En San Pablo (São Paulo), la tendencia exclusionista y segregacionista se manifiesta en su forma más brutal, inescrupulosa y desvergonzada; pero el mismo impacto puede encontrarse, aunque de manera más atenuada, en casi todas las ciudades metropolitanas.
  Paradójicamente, las ciudades, que en su origen fueron construidas para proporcionar seguridad a todos sus habitantes, en nuestros días se asocian con frecuencia más con el peligro y menos con la seguridad. Como expresa Nan Elin: “el factor del miedo [en la construcción y reconstrucción de las ciudades] ha aumentado, tal como lo indica el incremento de cerrojos en las puertas de los autos y las casas y de sistemas de seguridad, la popularidad de las comunidades seguras y Valladas’ para grupos de todas las edades y franjas de ingresos, por no mencionar los interminables informes sobre inseguridad difundidos por los medios masivos de comunicación”.
  Las amenazas, genuinas o putativas, dirigidas contra el cuerpo o la propiedad del individuo se convierten rápidamente en factores para tener en cuenta cada vez que se evalúan los méritos o desventajas de un lugar donde vivir. También se han convertido en el punto más importante a considerar dentro de las políticas del mercado inmobiliario. La incertidumbre ante el futuro, la fragilidad de la posición social y la inseguridad existencial, ubicuos acompañantes de la vida en el «moderno mundo líquido», arraigados especialmente en lugares remotos y por lo tanto fuera del control individual, tienden a concentrarse en los blancos más próximos y a canalizarse en la preocupación por la seguridad personal, preocupación que a su vez suele condensarse en el impulso segregacionista/exclusionista, que conduce inexorablemente a las guerras por el espacio urbano.
  Tal como podemos ver en el perceptivo estudio del joven crítico de arquitectura y urbanismo Steven Flusty, ponerse al servicio de esa guerra, y en particular de diseñar maneras de impedir el acceso de adversarios reales, potenciales y putativos al espacio reclamado y mantenerlos a buena distancia de él, constituye la preocupación más ampliamente difundida de la innovación arquitectónica y el desarrollo urbano de las ciudades estadounidenses. Las construcciones más nuevas, más publicitadas y más ampliamente imitadas son “espacios interdictónos”, “destinados a interceptar, repeler o filtrar a sus potenciales usuarios”. Explícitamente, el propósito de los “espacios interdictónos” es dividir, segregar y excluir, y no construir puentes, pasajes accesibles y lugares de encuentro, facilitar la comunicación y reunir a los residentes de la ciudad.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Fondo de Cultura Económica, 2006, en traducción de Mirta Rosenberg y Jaime Arrambide, pp. 108-111. ISBN: 84-3750-588-7.]

domingo, 1 de mayo de 2022

Bambilandia.- Elfriede Jelinek (1946)


Elfriede Jelinek - Malos Tratos
Babel


 «Se fue hace mucho ese hombre por quien tanta devoción siento, a quien idolatro, a alguien tiene que idolatrar uno, su pensamiento inició un camino retrógrado, que lo alejó de nosotros, ahora su carácter no dejará su impronta en milenios, sino sólo en mí, la afectada, que espera y espera. Este hombre, como dije, ejerció un efecto extraordinario sobre el cuerpo, no, sobre el cuerpo no, sobre todos los cuerpos, o mejor dicho, podría haberlo hecho, pero no se aprovechó de ello, usó su miembro de forma relajada, como quien dice, consciente de su hiperdesarrollo, pero oigan, no estoy hablando del hiperdesarrollo de su miembro, ¡sino del de toda su persona! Debe haber irradiado algo esta persona, ¿era poder? No, no. Pero sí. Fue el poder de, a partir de un individuo indiferente como yo, formar un pueblo, como quien funda una religión, un pueblo que lo venera y que lo seguirá venerando por siempre para que él le depare la salvación. Determinaría mi destino durante milenios si pudiera seguir mi destino tanto tiempo. Como no puedo, lo que hago es perseguirlo sólo a él, que es mi destino. Hoy en día, la crónica informativa se reduce a tetas, culos, coños, que los periódicos serios deben tapar, y sí, ahora es un conocimiento que poseemos todos, cómo son estas partes, ¡Pero antes solamente en el culto a los héroes lograba uno llegar a ver alguna parte íntima! ¡Se rendía culto a los dueños del sexo!, cuál sexo no importa, al fin y al cabo hay uno solo. La escritura de la historia, en la que ahora a nosotros no nos dejan participar, los norteamericanos son los únicos que se pueden poner el carnet de miembro en el miembro, si uno tiene otro carnet, entonces en seguida lo controlan, sólo a los norteamericanos les dan los carnets de la historia, ¿pero quién soy yo?, ¿quién me creo que soy?, ay, pero a ver, ¿qué era lo que quería decir?, la escritura de la historia, la crónica de los hechos, la crónica de los destinos de los individuos que ejercieron el dominio, obviamente no sobre nosotros, de los destinos de los conquistadores, obviamente tampoco nuestros conquistadores, demasiado insignificantes éramos nosotros como para que los dominadores nos registrarán siquiera, en conclusión: la crónica de los hechos se ha metido en la crónica de las tetas, le ha cedido su lugar. Ahora las tetas y los coños hacen historia, y todos se dan prisa por meterse allí dentro, no importa cuantos hayan estado antes allí, para convertirse en un ser histórico y en el ser, la esencia de la historia, lo que queda de ella, cuando están dentro, mucha no queda, pero bueno, por favor, entonces, ese ser aprehende el ser, esencia de la historia a través del proceso de convertirse en cuerpo. Y ahora por favor otro favor, porque esto siempre fue así: tomaos de las manos en alto, en parejas, una detrás de la otra, en una fila, así yo me cuelgo de nuestras manos como de una escalera horizontal en la gimnasia deportiva, ¡y así voy avanzando y así os puedo seguir! La historia ha manufacturado cuerpos como la fábrica de conservas de Inzersdorf, o la que sea, pero la historia de los últimos tiempos consiste en que los cuerpos están ahí, ahí se quedan, a menos que estén en el extranjero, que los cuerpos pongan manos a la obra los unos sobre los otros. Matar se volvió superfluo. Follar también se volvió de algún modo impersonal, ¿no? Como lo hacen todos y lo pueden hacer en cualquier momento y en cualquier lugar, es como le pasó a la historia, cómo decirlo: se despersonalizó. La verdad, una pena, ¿no? Y como el polvo público tiene lugar entre beldades, uno quiere ser una beldad, disfrutar de ello, tenemos derecho a disfrutarlo, porque todos somos seres públicos, o no, en realidad no. Más bien digamos que no. Pero todo es y se hace público, eso no se discute. Lo que uno observa, las observaciones tienen lugar en el aire, no en el espíritu, hasta que parte el alma del moribundo que exhala el último suspiro, y precisamente por eso es que la gente se dice: hala, hala, y aprovecha la primera ocasión para quitarse la ropa. Algunos se cambian de ropa para aparecer renovados ante su pareja y luego poder volver a decepcionarla. Pero, insisto, observen esto: las nuevas circunstancias y relaciones históricas se reducen a esos ocultos e impersonales momentos donde uno se encuentra entre nos y dentro de uno mismo y dentro del otro. Lo que sucede porque somos seres animados, sí no no podríamos hacer nada, pero fijaos, una vez que todo fue animado por la televisión, llegó entonces la ciencia para volver a quitarle el alma a una parte del mundo y desarrollar una pantalla plana y la televisión digital. ¡Pero no, no, todo esto no guarda relación con las relaciones! Las relaciones son concretas, y de ellas se encarga la Misión de San Cristóbal. Ahí se sube uno sobre los hombros del otro, por ejemplo, un niño sobre un pedófilo, un portador de Dios que carga a la izquierda, y el niño es llevado en andas atravesando el río, la verga, el portador, no el portador de la verga sino del niño, se la ha puesto antes cómodamente sobre el hombro derecho, y las piernas del niño se las ha puesto pegadas alrededor del cuello, como uno de esos abrelatas, casi lo asfixia, esa postura casi lo asfixia mientras va avanzando por el agua, pero si el niño se cae y se ahoga, a San Cristóbal le quedará todavía su verga, no la suya, la del niño por supuesto, y las piernas puestas como un abre- apetitos carnales, como un abrelatas, uno de esos con aros de metal de distintos tamaños, yo también tengo uno de esos, en los que según el tamaño de la lata se elige el aro y se lo coloca alrededor del coño, digo de la lata, para abrirla, y luego vaciar su contenido, no importa adónde vaya el contenido después. Los seres humanos pastan el uno en el otro, así que no necesitan abridor, todo es campo de pastoreo. No es uno un animal y el otro el campo de pastoreo, Son dos campos de pastoreo que se devoran mutuamente y luego bajan la cabeza hacia el suelo entristecidos. Pero por quien lloran es por sí mismos, porque están solos. Tampoco necesitamos ya más lo animal que hay en nosotros, sin esa parte animal igual hacemos historia punto matamos sin necesidad y sin que nadie nos mande hacerlo. Para la historia también es importante que la economía tenga relaciones, Que la forma de alimentación tenga una relación con nosotros, que tengamos herramientas que Por su parte tienen relaciones entre ellas cuando descienden en Marte, en la arena en la arena en la arena, y todo resulta estéril estéril estéril, y que las caminatas que hace la gente por los senderos de montaña tengan relaciones o por lo menos las costumbres las construyan: en el refugio alpino se construye de forma precaria con los cuerpos algo correcto y adecuado con el solo fin de que uno pueda pasar por sus puertas, Y las puertas están ahí, solas, no, la verdad es que solas no están, tienen pareja, así que olvídense de ellas, no están disponibles, las casas del cuerpo abren ellas las puertas, y entonces entramos nosotros. Crecimiento demográfico, descontento popular y cambios climáticos son las consecuencias luego. Al gran hombre, el representante, el soberano, ya no le cabe ningún otro papel salvo el de oportunista de masas, qué consiste en representar oportunistamente las aspiraciones de las masas, y quien las represente mejor, ese será respetado como un grande mientras que los más seguirán teniendo poca importancia. Es en realidad fortuito que las aspiraciones de las masas se logren corporeizar en una persona, quiero decir, que se halle una persona que pueda corporizar algo así como una aspiración de la masa, y entonces después todos los otros cuerpos, cuyos pétalos se han abierto como Jesús en la cruz, sí, el de la herida en el costado. Podría hablar mucho sobre esa herida, sobre esa vulva ensangrentada que se abre en el costado, Amfortas y todo eso, el Sagrado Corazón de Jesús, en fin, ¡todos los demás se quieren mostrar de un modo tan exhibicionista! ¡Ustedes también se lo podrían haber ahorrado! No tienen más que esperar, en cualquier momento algo se va a abrir, algo seguro que se abre, sí siempre se trata de eso, de que se abra algo, un pantalón, una casa, en ese afán, en esa aspiración algo se abre y hace saltar los puntales por los Aires como calzoncillos que se arrancan y destrozan. 
Bambilandia (Áncora & Delfin): Amazon.es: Jelinek, Elfriede: Libros Después la gente destroza sus relaciones y no ve el momento de entrar en una nueva relación, o quizá más bien de descentrarse y hundirse en una relación, o que la relación lo hunda, oh señor, yo no soy digna de que entre en tu casa. Pero tú encarnas y apuntarlas mis aspiraciones tan bien, que a ti te elijo, y te autorizo a que me introduzcas un sólido puntal bien puesto como corresponde, quiero decir qué así quizá mejore mi resistencia, ¿pero por qué jadeas así? ¿Se te hace ya demasiado largo? ¿Y has notado también esa discrepancia entre tu persona y tu órgano genital? ¿Te resulta demasiado grande, demasiado pequeño, demasiado mediano? A mí me llamó la atención enseguida, apenas te vi, antes incluso de ver siquiera tu órgano genital me imaginé: ¡aquí seguro que habrá fuertes discrepancias! Uno demasiado grande, el otro demasiado pequeño, a ti te dejo ver cuál es cuál, no, no te dejo eso a ti, a ti te dejo como máximo la elección del local a donde ir a cenar, pero las elecciones locales ya no te las dejo más a tu cargo, se las dejaré a otro, elegiré a mi propio representante, ¡y contra él, te digo, no tienes ni una oportunidad! Por ahora, por ahora todavía estoy a tu merced, Dios cretino, ¡cuánto confías en tu naturaleza! Pero ella no puede hacer absolutamente nada. Espera solo, hasta que ya no sea más yo, ¡entonces te encontrarás metido y atrapado en otra y no sabrás qué hacer! Y entonces surgirán las discrepancias. No, las discrepancias comenzaron hace ya mucho tiempo, es solo que nunca nos dimos cuenta. Pero las discrepancias aparecen también entre la postura que guardan nuestros órganos de pensamiento y nuestros órganos sexuales, y vaya postura en que quedó guardado todo ese mobiliario de mal gusto que el mundo adquirió de nuevo en una liquidación, porque él quiere y quiere acostarse al lado de alguien, es como una obligación para él, y por querer adquirió algo, como suele suceder, algo que en todos los casos está de más, en fin en fin, ¿qué quería decir?, que es por medio del pensamiento que aparecen esas discrepancias entre nuestros órganos sexuales, y aparentemente no encajan porque nadie los quiere, él quiere solo los de él, los míos no los quiere, le parece que no encajamos entonces yo: quisiera esos, pero en un tamaño más grande, digo, ¿los tendrá en la mediana? ¿no?, entonces llevo la pequeña, pero ahí él no querrá entrar cuando quiera entrar, pero la grande sería demasiado grande, bueno, bueno, decía que sí, bueno que es por medio del pensamiento que se deben allanar esas discrepancias de modo que los seres humanos puedan volver a follar como se debe. Quiero decir que ya no necesiten pensar antes, bueno, ya está, asunto acabado.»   

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2006, en traducción de Claudia Baricco, pp. 88-95. ISBN: 84-233-3834-7.]

domingo, 2 de febrero de 2020

En tus manos.- Inés Pedrosa (1962)

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El diario de Jenny
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«Nos habituamos a tratar con amores como con electrodomésticos: cuando se estropean vamos al supermercado a comprar uno nuevo igualito al anterior. ¿Arreglar? No compensa: el arreglo sale caro, además de que nunca se sabe bien dónde buscar la pieza que falta.
  Sustituimos la eternidad por la repetición, y el mundo empezó a volverse monótono como una lección de solfeo. Tememos al mayor de los vértigos, el de la permanencia. Pero al final de cada hecho hay un cementerio como el de Romeo y Julieta, apenas con un aire diferente, pero que finalmente lo es todo. Las personas mueren cada vez más viejas y cansadas de correr. Bajo tierra sus cadáveres tensos zozobran ante lo ridículo de sus efímeras conquistas.
  Tomé conciencia de que iba a morir el día en que me miré por primera vez en el espejo y me reconocí. Supe de mi muerte antes mismo de saber expresarme correctamente. Hoy los críos ya saben contar y manipular ordenadores antes de saber quiénes son y de dónde vienen. Les enseñan a andar cada vez más pronto y ya no pasan por la fase de gatear. Cuando yo era niña había siempre mucha gente muriéndose lentamente, pasando el tranquilo testigo de su muerte a los descendientes. Los muertos era jóvenes y vigorosos, se proyectaban sobre los vivos como ángeles de la guarda, les calmaban la codicia y la envidia, les ridiculizaban las urgencias de la vida. Los hombres morían más pronto que las mujeres, y con menor gloria de reminiscencias, que es la única gloria que existe verdaderamente. Había más por lo que recordar a las mujeres porque ellas se mantenían al margen de la lucha de los hombres por las cosas terrenales. Ellos invertían el tiempo en amasar dinero y en construir edificios que servían después, en su quietud eterna, para reírse de la precariedad de los que los habían engrandecido. Cuando moría una mujer, se llevaba consigo la mano para las compotas y la manera de amar. No dejaba nada que la mermase.
  Tú decías: “La razón es del género femenino y el sentimiento del género masculino”. Querías provocarme, y hacías bien, porque tus provocaciones tenían la propiedad de hacerme decir frases lapidarias de inmediato: “Será. La sensatez ni brilla ni tintinea, pero los tesoros del espíritu tienen la gran ventaja de ser a prueba de robo”.
  Encontraba un consuelo infantil en esos duelos aforísticos contigo, que nos aproximaban y alejaban como un vicio secretamente compartido en medio de la multitud. Pedro se enternecía de celos; las frases definitivas le chocaban y le deslumbraban por igual. Llegados a cierto punto, Josefa Nascimento empezó a llevar siempre encima un cuadernillo donde apuntar esos diálogos, y  a veces nos picaba: “¿No tenemos hoy ninguna opinión fulminante para abrillantar al criminal del señor Joseph Birth?” Y luego tú decías: “Me niego a la miseria de tener opiniones, prefiero vivir de emociones y pensamiento”.
  Te amaba ferozmente durante esas conversaciones locas, taxativas, fundamentales sobre el sentido de la Historia y de las raíces de la identidad. “El esplendor de Portugal se hizo de la obstinación de dominar el mundo hasta hacerlo coincidir con los sueños”, decías. “O de aumentar las pesadillas hasta la dimensión romántica de una memoria de bolsillo”, añadía yo. Manuel Almada consentía: “La verdad es que Portugal resistió, sucesivamente, a todas las decadencias, por su amor a la paciencia, que sabe siempre reírse de las pasiones mayores”. Y recuerdo una ocasión en que Bernardo Marques, que a veces aparecía en casa con Manuel Almada, dijo que el portugués inventó el alma de azulejo, pintada y lacada.
  En esa época corrían rumores terribles acerca de Josefa; se decía que aún no había sido encarcelada por comunista porque era la amante de un ministro. Ella encogía los hombros ante la infamia, pero su buen humor se tornaba puro sarcasmo: “Azulejos lacados, ¡y de qué manera! Los portugueses somos demasiado sabios para caer en enfrentamientos irredimibles. Chismorrean para no pelear, conspiran para no apuñalar, se desdicen para no decir. En Portugal, ser víctima de un rumor compensa más que ser víctima de un crimen. Esta evidencia se remonta a don Sebastiao: si los marroquíes lo hubiesen empaquetado de vuelta a casa, nunca hubiera ascendido al estrellato. La víctima de un crimen es siempre sospechosa, por lo menos, de falta de capacidad de defensa, si no de connivencia con el criminal”.
  Manuel Almada argumentaba que la mezquindad lusitana se debía al hecho de estar fuera del curso de la Historia: “Es una ventaja y un inconveniente. Una ventaja porque, por donde la Historia pasa, deja un rastro de sangre. Un inconveniente porque, por donde la Historia pasa, deja un rastro de creatividad”. Josefa respondía: “Ahora, la Historia tiene un coste alto y cuando la gente no tiene a quién echarle la culpa, se la echa a ella, porque en ella cabe todo”. Me acuerdo de los gritos de Josefa, una vez, furiosa con el propio Manuel Almada sólo porque él insistía en calmarle la rabia contra los “machos frustrados que no soportaban ver a una mujer destacar”. A esas alturas, también a mí me sorprendiste: “Así es, Josefa –dijiste muy serio-. Estoy orgulloso de lo que dices. Veo en cada sumiso acatador de órdenes a un dictador en posición de cambiar el odio calado por tormentas de sangre”.
  Despreciarte, Antonio, era despreciarme, y la lava incandescente de ese desprecio podía ennegrecer el amor pero no quemaba, porque el amor es, por naturaleza, incombustible. Una vez Natalia me preguntó: “¿Cómo era su relación con el abuelo Antonio, abuela?” Me reí y le respondí: “Gracias a Dios, querida mía, Antonio y yo nunca tuvimos eso que se llama relación. Además, cuando nos casamos, esa palabra ni siquiera existía”. Natalia me miró, atónita. Extraña todo lo que no parta del individualismo bien ordenado, le da pena, menos mal; mientras se entretenga en lastimarme no se fijará en su propio corazón, del que voluntariamente se tornó una extraña. Tal vez viva mejor así; el Álvaro que le reveló el amor no me parece siquiera capaz de soportar el peso permanente de ese don. La velocidad que domina el mundo no admite excepciones a su ley: las personas se amanceban como quien reúne capitales para comprar al por mayor zapatos de mejor calidad que les permitan ganar más deprisa sus carreras individuales. Tú supiste siempre honrar nuestro compromiso, aceptar el rigor absoluto de mi alma desnuda. Y eso que, contado así, parecerá tan poco moderno, porque no es nada moderno, todavía llena mi vida de luz y permanecerá en las sombras del cielo, más allá de la banalidad de mi muerte.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2002, en traducción de Manuel Manzano. ISBN: 84-233-3433-3.]
  

viernes, 28 de junio de 2019

La enfermedad mortal.- Soren Kierkegaard (1813-1855)


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Capítulo II: Posibilidad y realidad de la desesperación

«¿Es la desesperación una ventaja o un defecto? En un sentido puramente dialéctico es ambas cosas. Si nos aferráramos a la idea abstracta de la desesperación, sin pensar concretamente en ningún desesperado, de seguro que tendríamos que decir que la desesperación es una ventaja enorme. La posibilidad de esta enfermedad es la ventaja del hombre sobre el bruto, ventaja que nos caracteriza infinitamente más que la del andar vertical, ya que ella significa la infinita verticalidad o elevación que nos compete por el hecho de ser espíritu. La posibilidad de esta enfermedad es la ventaja del hombre sobre el bruto; caer en la cuenta de esta enfermedad es la ventaja del cristiano sobre el hombre natural; y estar curado de esta enfermedad es la felicidad del cristiano.
 Por tanto, poder desesperar es una ventaja infinita; y, sin embargo, estar desesperado no solamente es la mayor desgracia y miseria, sino la perdición misma. No suele ser ésta de ordinario la relación entre la posibilidad y la realidad; pues, por lo general, si es una ventaja el poder ser esto o aquello, mucho más ventajoso será sin duda el serlo. Lo que significa que ser es más que poder ser. En cambio, por lo que atañe a la desesperación, ser un desesperado representa una caída respecto del poder serlo; y tan profunda es la caída, como infinita la ventaja de la posibilidad. Por consiguiente, respecto de la desesperación, lo más elevado es precisamente no estar desesperado. Sin embargo esta precisión denota todavía cierta ambigüedad. Porque eso de no estar desesperado no es lo mismo, por ejemplo, que no ser cojo o no estar ciego. Pues si no estar desesperado no significa más ni menos que no estarlo, entonces cabalmente lo cierto es que se está desesperado. No estar desesperado tiene que significar la destrucción de la posibilidad de estarlo; para que se pueda decir con toda verdad de un hombre que no está desesperado, es necesario que en cada momento esté eliminando la posibilidad. No suele ser ésta de ordinario la relación entre la posibilidad y la realidad. Si bien es cierto que los filósofos afirman que la realidad es la posibilidad eliminada, de suyo esto no es completamente exacto, ya que la realidad es la posibilidad cumplida, la posibilidad realizada. En cambio, en nuestro caso, la realidad -no estar desesperado- en cuanto también es, consiguientemente, una negación, equivale a la posibilidad desarmada y suprimida de raíz. Es decir, que por lo general la realidad suele ser una confirmación de la posibilidad, sin embargo aquí equivale a una negación de la misma.
 La desesperación es una discordancia en una síntesis cuya relación se relaciona consigo misma. Sin embargo la síntesis no es la discordancia, sino meramente la posibilidad; o dicho de otra manera: en la síntesis radica la posibilidad de la discordancia. Si la misma síntesis fuese la discordancia, entonces no existiría en absoluto la desesperación, sino que ésta sería algo inherente a la naturaleza humana en cuanto tal, en una palabra, algo que no sería desesperación. Sería algo que le acontecería al hombre, algo que él padecería, poco más o menos como cualquiera de las enfermedades que contrae, o como la misma muerte que es el destino común. Pero no, el desesperar radica en el hombre mismo, y si el hombre no fuera una síntesis tampoco podría desesperar; y si esta síntesis no hubiese salido cabalmente armónica de las manos de Dios, entonces el hombre tampoco sería capaz de desesperar.
 ¿De dónde viene, pues, la desesperación? De la relación en que la síntesis se relaciona consigo misma, mientras que Dios, que hizo al hombre como tal relación, lo deja como escapar de sus manos; es decir, mientras la relación se relaciona consigo misma. Y en el hecho de que esta relación sea espíritu, sea un yo, radica precisamente la responsabilidad a que la desesperación está sujeta en todos y cada uno de los momentos  de su duración, y esto por más que el desesperado, engañándose ingeniosamente a sí mismo y engañando a los demás, pretenda hablarnos de su desesperación como de una simple desgracia que le ocurre. De esta manera, el desesperado no hace más que confundir su situación con la anteriormente aludida de los vértigos, con los cuales aquélla, aunque cualitativamente diversa, tiene mucho en común; puesto que los vértigos equivalen dentro de la categoría "alma" a lo que la desesperación es bajo la categoría del espíritu, no siendo raro que aquéllos guarden innumerables analogías con la última.
 Ahora bien, una vez que ha hecho acto de presencia la discordancia que constituye la desesperación, ¿será una mera consecuencia el que persista? De ninguna manera; no se trata de una mera consecuencia. Si la discordancia persiste, ello no hay que achacarlo a la discordancia misma, sino a la relación que se relaciona consigo misma. Esto significa que siempre que la discordancia hace acto en todos y cada uno de los momentos de su duración, hay que estar buscando el origen de su procedencia en la misma relación. Pongamos un ejemplo para aclarar por contraste este asunto. Supongamos que alguien ha atrapado una enfermedad cualquiera, y que la ha atrapado por imprudencia. La enfermedad, pues, está ahí y desde el mismo momento de declararse empieza a ser indudablemente una realidad  cuyo origen es cada vez más remoto. Sería cruel e inhumano estar diciéndole sin cesar al enfermo: "en este mismo momento acabas de atrapar semejante enfermedad". Con ello se significaría que en cada momento se resolvía la realidad de la enfermedad en su correspondiente posibilidad. Es cierto que tal sujeto ha atrapado la enfermedad, pero lo hizo una vez, y la persistencia de la enfermedad no es más que una mera consecuencia del hecho de haberla atrapado aquella vez. Por eso no se le puede echar en todo momento la culpa del progreso de tal enfermedad; es verdad que la atrapó por imprudencia, pero no se puede afirmar que sigue atrapándola. Muy distinto es el caso de la desesperación. Cada uno de los instantes reales de la desesperación tiene que ser referido a la posibilidad de la misma, y del hombre desesperado se puede afirmar que en cada uno de los momentos de su desesperación duradera, la está atrapando.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Sarpe, 1984, en traducción de Demetrio G. Rivero. ISBN: 84-7291-671-5.]