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domingo, 31 de diciembre de 2023

El mapa de los afectos.- Ana Merino (1971)

La poesía está viva: Ana Merino
            22.- Amor verdadero

  «El amor había sido la respuesta. Esa pulsión del organismo que nos atrapa con su química invisible. Así de simple, una catarata de amor desbordado había cambiado el rumbo de la vida de Valeria. Algo parecido a un chaparrón torrencial que arrastró todo lo anterior. Valeria vio en ese nuevo enamoramiento la oportunidad de escapar de su realidad e inventarse otra. Cuando cambias de país y de idioma, todo tiene otro sentido. En su viaje de novios descubrió que se había casado con el hombre equivocado y que, por lo tanto, quería abandonarlo, borrar el rastro de su boda y los planes de futuro que habían labrado durante meses.
 Cuando recordaba los días de la ruptura todavía sentía la angustia pegajosa de su desamor asustado. ¿Cómo escapas de una relación en medio de un país del que apenas conoces el idioma? Valeria no sabía si quería a su marido y, después de una serie de acaloradas peleas dentro del coche de alquiler, no se le ocurrió nada mejor que subirse a un autocar y desaparecer en un momento en el que su esposo se ausentó para ir al baño. Su impulsiva fuga fue el germen de un enamoramiento definitivo que le dio coraje para decirle adiós a Paul. Valeria solía enredarse con el amor; antes de su fallida boda había vivido un apasionado idilio con Tom, un hombre bastante mayor que ella, y eso ya la llevó a dudar mucho a la hora de casarse. Pero Paul y ella tenían la misma edad y enseñaban juntos en la escuela. La juventud los hizo ilusionarse con la idea del matrimonio como la prueba definitiva que daba sentido al futuro que soñaban. Sin embargo, la convivencia de unos días en la luna de miel por España mostró aspectos de la personalidad de Paul que a Valeria le resultaron insoportables, y la imagen idealizada del matrimonio que acababan de inaugurar se desmoronó de inmediato. Por eso se subió a un autocar rumbo a lo desconocido en una estación de servicio cuando Paul la dejó sola unos minutos. No tuvo el impulso de largarse con el coche de alquiler y dejarlo tirado, que hubiera sido otra opción, sino que quiso desprenderse de cualquier rastro de aquella convivencia marital, abandonarlo con todo y desaparecer. Montarse en el autocar fue su gran heroicidad, dejarse llevar por algunas horas en el balanceo absorto de la carretera que la condujo al puerto de Algeciras.
 Aunque en realidad no supo dónde estaba hasta que no se lo explicaron los guardias civiles que la vieron deambular llorosa por el aparcamiento. A Manuel, un joven guardia civil gaditano, las clases de inglés que recibía en una academia por las tardes le vinieron estupendamente para echarle una mano a aquella estadounidense desorientada. Con sus radiantes treinta y tres años y el título del First Certificate se encargó de ayudar y coordinar el reencuentro de Valeria con su marido, que ya había puesto una denuncia pensando que la habían secuestrado. Para cuando Paul llegó al puerto de Algeciras, el guardia civil y Valeria ya se habían fijado el uno en el otro y notaban una atracción increíble. ¿En qué consistió este sorprendente enamoramiento? Ninguno de los dos sabría explicarlo con precisión, pero ambos sintieron que no podían estar el uno sin el otro. Que el mundo dejaría de tener sentido si ella se marchaba de vuelta con su esposo. Nada de esto se dijeron, pero la química invisible que respiraron el tiempo que pasaron juntos en el puesto fronterizo generó su propia magia. A ambos se les aceleraron los latidos del corazón, se miraban y sonreían con gesto ridículo, les sudaban las manos y se sentían atraídos de una forma vertiginosa. Manuel se dio cuenta de que estaba enternecido y fascinado con Valeria cuando por radio le confirmaron que un estadounidense que no hablaba español buscaba agobiado a su mujer por la carretera. Valeria ya estaba tranquila sentada en una silla, absorta en sus cosas mientras miraba por la ventana del aparcamiento. Pensaba en lo guapo que era el guardia vestido de verde que la miraba de reojo y le sonreía, en lo azul que era el mar y en lo bien que se sentía en la oficinita de chapa prefabricada con el chico de labios carnosos que se esforzaba por hablarle en inglés británico. Manuel sintió la tentación de decirles a sus compañeros que por allí no había pasado ninguna americana, que buscaran en otro lado, que ese día el tránsito había sido el de siempre, sin demasiados sobresaltos.
 Paul sintió una profunda e inquietante culpa en el transcurso de aquellas nefastas horas que pasó buscando a su mujer, en ese día absurdo y calurosísimo. Se dio cuenta de que no la amaba y de que no quería envejecer a su lado. Pero desear aquello con Valeria desaparecida le parecía siniestro. Había querido perderla de vista para siempre mientras terminaba de orinar y se miraba al espejo. Había maldecido su precipitada boda, anunciada ya como una catástrofe por su madre, que le aconsejó que no se casara con aquella chica, que todavía eran muy jóvenes y que además presentía que era una inconsciente.
  —Nunca me escuchas, Paul, y las madres lo presentimos todo —le había dicho en varias ocasiones su progenitora con tono melodramático—, es como si fuéramos videntes, como si pudiéramos anticipar el futuro de nuestros hijos.
 La madre ponía los ojos en blanco y resoplaba quebrando la voz y fingiendo estar al borde del llanto:
 —¿Cuándo entenderás que yo ya he vivido muchas vidas enamoradas, y me he equivocado? Pero he aprendido, por eso debes hacerme caso. Siento en el alma tener que decirte todo esto. No duraréis mucho, no te imaginas lo que me duele esta certeza.
 —Mamá, por favor, no quiero oírte. No empieces otra vez.
 —Qué pena, qué pena más grande —murmuraba la mujer como si estuvieran hablando de una desgracia.
 —Verás como todo sale bien —decía Paul intentando consolarla.
 —Ojalá tengas tú razón y yo esté equivocada —añadía ella, aunque a los pocos minutos volvía a sus teorías visionarias sobre el matrimonio, comentando los enlaces fallidos de los hijos de sus amigas—: Russell, el hijo de Judy, no duró ni cinco años con esa chica tan dispuesta. Mira que llevaban más tiempo de noviazgo que tú con tu amiga, pero una vez casados no fueron capaces de aguantarse, porque, cariño, el tema del amor no es tan fácil.
 El enamoramiento del chico pasó por encima de las advertencias de su compungida progenitora. Por mucha experiencia que tuviera su madre, él había tenido que vivir en primera persona la magnitud de su absoluto desencuentro con Valeria. En diez días infernales, el calor andaluz había licuado toda la consistencia amorosa que daba sentido a la pareja. Obviamente, ni su madre había sido capaz de intuir eso. Ella les concedía cinco años de vida matrimonial, o tal vez siete, que es el número que suelen dar los sociólogos que evalúan el desamor y los divorcios en las revistas femeninas de salud y belleza. Siete años equivalía a un ciclo de vivencias y eso la madre de Paul lo sabía mejor que nadie.
 Paul pensó primero que Valeria había ido también al baño. Fue al cabo de más de media hora esperando a que saliera cuando presintió que algo raro pasaba. Se puso a buscarla y empezó a asustarse. Nadie había visto nada, y los dueños de la cafetería decidieron avisar a la policía para que ayudara a ese joven americano desconcertado que daba vueltas por las instalaciones pidiendo ayuda.
 Cuando la localizaron en el puerto de Algeciras fue sencillo seguir el recorrido que le habían marcado los agentes en el mapa. Durante las horas que Paul pasó solo conduciendo en dirección al puerto, trató de imaginar los pasos de lo que sería la ruptura definitiva. Imaginarse otra vez en el coche con ella le parecía asfixiante, pero estaba claro que tendrían que hablar. Ahora que entendía que su rabia era desamor, quizá podrían ahorrarse nuevas y absurdas peleas. Se habían dicho cosas espantosas y sentía un enorme rechazo hacia su mujer. ¿Cómo podía un viaje tener un efecto tan pernicioso? Tantas horas junto a Valeria por las carreteras lo habían trastornado. La piedra de las torres y las murallas, los campanarios, los ábsides, los altares, la imaginería ensangrentada de los cristos, las plazuelas, los platillos de aceitunas, el salmorejo, las horas de la siesta, el murmullo de la gente en las calles, el calor noche y día, ese calor denso e irrespirable..., la suma de todas las sensaciones y las imágenes como una melodía seca macerada en la respiración sudorosa de su cansancio.
 Al llegar al muelle y verla junto al guardia civil tuvo una iluminación. La silueta de sus cuerpos tensos junto a la puerta de la oficina prefabricada, mezclada con la calima de ese aire seco que venía del Sáhara, dibujaba una realidad paralela a su propia relación que a Paul le resultó liberadora. Vio en ellos la posibilidad del amor y en él mismo la salida digna que ofrecen los gestos más sencillos. Así que decidió abandonarla, que en el fondo era lo mejor para ambos. Despedirse de ella de manera rápida y elegante y que se quedara junto a ese hombre de uniforme que lo miraba con curiosidad y tristeza.
 Valeria no quería regresar con Paul, la aterraba volver a subirse al coche de alquiler con su marido, y cuando vio que ni siquiera la miraba y que sacaba sus cosas del maletero y le devolvía la alianza, suspiró aliviada. Su huida había sido el mensaje silencioso que Paul necesitaba entender. Todo había terminado entre ellos y no era ese el momento de las explicaciones y los análisis. La verdad es que nunca hubo necesidad de verbalizar los sentimientos del final.
 El divorcio, unos meses después, fue un trámite sencillo porque no tenían propiedades ni hijos en común. Valeria ni se presentó en el juzgado, no hizo falta, y Paul regresó a su rutina de docente aliviado de haberse separado tan rápido. Rehízo su vida sin dar demasiadas explicaciones a nadie, ni siquiera a su madre, y una década después se casó con una mujer llamada Megan que conoció en un bar. Se fueron de viaje de novios por Alaska, evitando así el calor, y no hubo absurdas ni iracundas discusiones. Fueron padres de tres hijos que les darían muchas alegrías y media docena de nietos. A Paul siempre le quedó claro que Valeria no era la mujer de su vida y que haberse separado había sido la mejor decisión. Tampoco tuvo nunca curiosidad por saber qué había sido de ella. Cuando despegaba del aeropuerto de Madrid de regreso a Estados Unidos se despidió para siempre de ese país y de Valeria. Ella se quedaba en ese territorio abrasador y él regresaba a su mundo.
 Valeria se asentó en el paisaje de aquella frontera marina y luminosa. El horizonte de luz densa, de espuma y agua salada se convirtió en el hogar definitivo de su alma inquieta. Había hallado cobijo en la costa de un mar cálido y de aspecto dócil donde en los días transparentes podía ver el contorno de África. Su nueva vida se dibujaba entre Algeciras y Tarifa, y fue feliz. Durante muchos años encontró serenidad en aquel rincón del mundo, el paraíso de los surfistas, de los Peter Pan que buscan el sendero de las olas y las montan como equilibristas de un gran circo de espuma y algas; los que viven la dicha sobre las olas de varios metros y abrazo alargado y juguetón. Valeria no pudo imaginarse otro lugar donde estar que no fuera esas costas. Se quedó con Manuel y desde la primera noche durmieron abrazados, aliviados de haberse encontrado en un mundo donde el amor verdadero es azaroso y casi imposible. Sus cuerpos desnudos sintieron el cosquilleo del placer como la inmensidad del universo. En ellos estaba el impulso primitivo de los seres vivos, pero también el deleite humano del amor con su respiración sostenida en el instante mismo del gozo compartido.
 Los primeros años, Valeria fue profesora de inglés en la academia en la que Manuel había estudiado. Luego aparecieron las oleadas de inmigrantes y se integró en el equipo de la Cruz Roja que ayudaba a los que llegaban. Desde entonces ha conocido a miles de personas desesperadas, ha anotado sus nombres y su lugar de origen en fichas, ha coordinado los grupos y las urgencias. Ha escuchado los lamentos y las historias aterradoras de sus viajes infernales. Ella, que tuvo la suerte de encontrar a Manuel, se pregunta muchas veces si todas esas almas desesperadas hallarán su lugar en la Tierra.
 —¿Qué hay que hacer para que los de aquí entiendan lo que esta gente está pasando y no les tengan miedo? —le pregunta Valeria a Manuel.
 —Ojalá lo supiera —responde el guardia civil.
 Manuel es consciente de que en el fondo son muy pocas las personas capaces de meterse en la piel de los que llegan a las playas; hasta que no lo vives, no los tienes cerca y los observas respirar exhaustos, no comprendes la magnitud de lo que sucede. En ellos, en su sufrimiento, está contenida la historia de todas las migraciones, el relato de las civilizaciones y sus desequilibrios, la lucha por existir, por esa subsistencia que ha dibujado el mapa de los siglos.
 Valeria sueña a veces con los ahogados que las olas depositan en la orilla, y a los números que le asignan les otorga nombres secretos y se imagina sus vidas hermosas en lugares exóticos donde fueron concebidos con amor. Los días más tristes, cuando están desbordados por la rabia y la pena, Valeria traza con la mirada un gran puente de quince kilómetros que une los dos continentes. Cada día reza para que nadie se ahogue en ese mar tan hermoso y se lamenta con Manuel de la falta de recursos, del dolor que recorre la costa, del vacío que habita en la desesperación de todos los náufragos de la pobreza y la guerra.
 —Esta mañana hemos rescatado a dieciocho con vida, pero hemos perdido a veinte. —El rostro de Valeria hace una mueca de dolor contenido y sigue hablando—: Ya han recuperado los cuerpos. Había dos mujeres embarazadas, tres niños, y los demás eran hombres jóvenes, no creo que ninguno tuviera más de treinta y cinco años.
 A Manuel le preocupa cómo Valeria digiere el abismo de esos cadáveres, piensa que carga sobre sus hombros toda la congoja fantasmal de los cuerpos inertes. Sabe que no los olvidará y que irá a trabajar fingiendo estar entera porque es más útil en el mundo de los supervivientes que la miran esperanzados, a los que entrega, con verdadero amor, una botella de agua y una manta.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones destino, 2020, pp. 149-154. ISBN: 978-84-2335-693-5.]


miércoles, 13 de abril de 2022

Candela.- Juan del Val (1970)

JUAN DEL VAL | Casa del Libro  «Joaquín me ha propuesto un par de planes para este fin de semana. Uno de ellos era viajar juntos a Granada para hacer algo de turismo e ir a los toros, porque al parecer hay allí una buena corrida. Otra posibilidad es irnos a Alicante y desde allí acercarnos a ver el hotelito que quiere montar al lado del mar cuando definitivamente pueda dejar a su hijo al cargo de sus restaurantes. Aunque creo que me va a horrorizar, tengo curiosidad por ir a los toros con él, de tanta pasión que pone al contarlo, y también me apetece ver su proyecto del hotel, que me describe con tanta ilusión. Me cuenta que se trata de un edificio abandonado que hay que renovar por completo, pero que está pegado al mar, en un lugar exclusivo. Me iría con él a Granada, a Alicante o a cualquier sitio, pero me parece demasiado arriesgado pasar juntos dos noches tan pronto. No es por aquello que le pasó, pero considero que debemos conocernos un poco más antes de levantarnos en la misma cama.
 Al final, vamos a ir a la ópera, a la que Joaquín también es muy aficionado. Yo no he ido en mi vida y, a pesar de la ilusión que me hace, siento nervios porque no sé si sabré comportarme, ni siquiera sé qué ponerme. Mi referencia más próxima a la ópera es la escena de Pretty Woman en la que Richard Gere lleva en avión a Julia Roberts a ver La Traviata y ella acaba llorando de la emoción. Las diferencias son notables entre Julia Roberts y yo, entre Joaquín y Richard Gere, el avión, el vestido largo de terciopelo rojo de ella, el esmoquin de él, la joya que Julia lleva en su cuello…, pero hay algo en lo desconocido del plan de esta noche que me hace mucha ilusión y me inquieta. No voy a ponerme un vestido largo, entre otras cosas porque no tengo ninguno, pero tampoco voy a ir en vaqueros. Joaquín no me ha sido de gran ayuda, porque al pedirle consejo sobre cómo debería ir vestida me ha contestado con la siguiente frase: “Tú ponte guapa”, algo que me ha confundido aún más.
 Joaquín tiene dos abonos en el teatro Real desde hace algunos años. Me cuenta que se aficionó a la ópera por su exmujer. A ella le estará siempre agradecido por haberle despertado el interés por los libros, la música, los viajes, la cultura en general. Era una mujer muy sofisticada, de buena familia, que ayudó a Joaquín a relacionarse socialmente y a abrirle la visión tan reducida del mundo que tenía hasta entonces. Luego se separaron y ella se volvió a casar, pero cuando Joaquín me habla de ella siempre lo hace con cariño y se intuye una buena relación.
 Esta noche quería venir a recogerme a mi casa, pero yo he preferido que nos viéramos cerca del teatro.
 —¡Qué guapa estás! —me dice, dándome dos besos.
 —¿Te gusta?
 —¡Es muy elegante!
 No se lo digo, pero todo lo que llevo es de estreno, hasta la ropa interior. Nada de lo que tenía en el armario me convencía, así que me fui de compras. Dudé mucho si proponerle a Araceli que me acompañara, más que nada porque me daba vergüenza, pero me pareció una buena excusa para volver a vernos. A ella le encantó la idea de pasar juntas una mañana como si fuéramos amigas, como si fuéramos hermanas…
 Desayunamos primero y luego me llevó a algunas tiendas por el barrio de Justicia para elegir mi vestido para la ópera. Finalmente me decanté por uno verde muy oscuro, que lleva algo de encaje y que creo que me favorece mucho. También me ayudó a elegir los zapatos negros de tacón alto, muy incómodos pero muy bonitos. Araceli y yo nos abrazamos al despedirnos y me agradeció que me hubiera acordado de ella para mis compras. Creo que hasta se emocionó un poco cuando me decía adiós, y sospecho que alguna lágrima se le cayó al darse la vuelta. A mí también me pasó.
 La ópera es de Wagner y se titula El oro del Rin. Joaquín me explica que seguramente no es la mejor para iniciarse, por su densidad, aunque dura menos de tres horas. Sólo tres, una de las más cortas de Wagner. Pienso que es una broma calificarla de corta, pero Joaquín me aclara que algunas de este compositor duran hasta cinco… Él saluda a los vecinos de asiento y al presentarme les cuenta a todos que es mi primera experiencia. Las señoras, muy elegantes, la mayoría mayores que yo, y casi todos los hombres con traje oscuro. Joaquín lo lleva negro y su corbata es verde oscuro, casualmente casi del mismo tono que mi vestido. Cualquiera diría que nos hemos vestido juntos. Todo el mundo se muestra amable con él y por supuesto conmigo. Al abrirse el telón vuelvo a acordarme de Julia Roberts en Pretty Woman cuando Richard Gere le dice que la música tiene tanta fuerza que no hace falta entender lo que cantan en el escenario. El saludo de la orquesta antes de empezar a tocar con todo el teatro en pie aplaudiendo me llega a emocionar, y eso que todavía no ha empezado…
 La música es extraña, yo diría que poco rítmica, pero es impresionante la potencia con la que suena a través de la orquesta, tocando a tan poca distancia. Una mujer canta sola en escena y pronto se le añaden otras dos más con las que aparentemente discute; lo hacen en alemán, así que más bien es intuición. A pesar de los subtítulos que van pasando en las pantallas, me parece tan complicada que no me entero. Además, se me olvida leerlos mientras miro los gestos de los cantantes. La verdad es que no sé lo que está pasando, no sé si los hombres son monjes y ellas diosas o si son mujeres normales y ellos soldados… Me agobia no entender nada. Toda la música me suena trágica y las voces muy impresionantes, la verdad, pero también me parecen un poco desquiciantes. El público a mi alrededor parece pintado, absolutamente inerte ante lo que pasa en el escenario. Sin que se me note, miro el reloj y veo que llevamos poco más de media hora. Joaquín me mira y me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa, disimulando que El oro del Rin me está resultando efectivamente demasiado densa. Por un momento pienso en las que duran cinco horas y me entra la risa. Un señor con túnica canta junto a una mujer y otros dos hombres, que creo que representan espíritus —yo qué sé—, deambulan por el escenario y de vez en cuando cantan algo parecido a una contestación a los actores principales. Mi risa va en aumento y eso me empieza a preocupar. Estoy a punto de no poder controlarla y es algo que me pone un poco nerviosa, espero que no me dé un ataque en medio de este dramón. Esa reflexión me hace más gracia y empiezo a taparme la cara y a esconderla para que no se me note que no puedo parar. Me lloran los ojos, me entra calor, es imposible contener la risa porque todo me hace cada vez más gracia. Yo vestida de estreno, las mujeres y los hombres del escenario con sus voces privilegiadas cantando o hablando en alemán, algo que aumenta mi desasosiego, el público tan concentrado en la obra y mi risa que cada vez me da más risa. Joaquín se da cuenta del ataque que me ha entrado y al mirarme se pone serio, parece que se enfada conmigo. Es sólo un momento porque al volver a mirarle, él también se ríe.
Candela - Juan del Val | Planeta de Libros —¡Voy un momento al baño! —le hablo al oído, entrecortada por la risa.
 —Y yo contigo —me responde.
 Menos mal que estamos al lado del pasillo y nos marchamos de allí sin molestar demasiado mientras en el escenario continúan cantando en alemán profundo una tragedia que sigo sin comprender.
 —Debería haber visto La Traviata —le digo a Joaquín, un poco avergonzada, nada más salir del teatro.
 —¡La verdad es que ésta es un coñazo! —me reconoce entre risas.
 Nos abrazamos y nos besamos en la misma puerta del teatro y por un momento me veo protagonista de una comedia romántica. Hacía mucho que no me reía tanto, y Joaquín me gusta cada vez más.
[…]
 Creo que en mi familia no se hacen las cosas bien. Ni antes, cuando vivía con mi madre y mi abuela, ni ahora que lo hago yo sola. Algo falla o no está lo suficientemente bien. Es una sensación difícil de explicar, pero siempre me parece que en mi casa todo sale peor que en otras casas. Pienso que mi baño está más sucio que el de los demás, que mi sofá es más incómodo que la mayoría de sofás, que mi tele se ve peor, que debajo del resto de camas no hay pelusas, que nunca se pudre nada en otras neveras, que las sartenes están impecables, que las otras personas no sudan las almohadas, que su wifi funciona siempre y lo hace más rápido… Pienso en esos detalles sin demasiada importancia, pero creo que también hay algo en mi vida que debo esconder. Una parte fea de la que todo el mundo podría reírse y yo me moriría de vergüenza, como cuando las niñas se daban codazos al ver a mi madre con el parche en el ojo.
 —¡Le pasa a todo el mundo! —me asegura Araceli, riendo.
 —¿Tu wifi tampoco va bien?
 —Y mis sartenes también se pegan en cuanto pasan unas cuantas semanas.
 Araceli y yo nos reímos en una mesa al lado de la ventana. Es la primera vez que viene a El Cancerbero. Quería que supiera dónde trabajo y cómo es el lugar en el que he pasado la mayor parte de mi vida.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Espasa Libros, 2019, pp. 128-131 y 164. ISBN: 978-84-670-5553-5.]

miércoles, 9 de febrero de 2022

Función en el colegio.- Orio Vergani (1898-1960)


Resultado de imagen de orio vergani «Esta es la casa de Emilia. La tarde anterior hubiera deseado encontrar cien pretextos para no poner los pies en ella. Hoy, en cambio, se ha dicho: “Es casi imposible que suceda, pero no hay que descartarlo en absoluto; ¡quién sabe si nos encontraremos con Emilia!” Esta es su casa; tal vez resulte más probable verla algún día aquí que en el colegio, donde hasta dentro de un año, y eso si celebran una función, no hay la menor probabilidad de entrar. Una probabilidad mínima; una sobre trescientas sesenta y cinco, tantas como los días del año. 
 Y aunque no pueda ver a Emilia, piensa que ésta es tu casa. No es la casa de Giorgio ni la del ingeniero Ercolani, el austero y barbudo ingeniero con el que se cruza algunas veces, al atardecer, cuando aquél se dirige al Ayuntamiento o al despacho del viceprefecto; ni la casa de la señorita Cora, de la que dicen los jovencitos que tendrá una de las más ricas dotes de la ciudad, si bien el que se case con ella deberá hacerle comprender enseguida que las riendas han de estar en manos del marido. Esta es simplemente la casa de una sola persona en el mundo; la casa de un nombre único. “Ayer fui un estúpido al negarme a venir”, piensa Mario. Lo que debe hacer es precisamente esto: venir lo más a menudo posible. ¿Aunque no tenga ninguna probabilidad de encontrarla? ¿Aunque deba esperar años enteros? No quiere formularse otras preguntas, porque desde que comenzó su amor -le parece un amor de toda la vida- su pensamiento es una cadena sin fin de preguntas, un soliloquio que lo abate y lo exalta, y que un día u otro le hará cometer un error irreparable. ¿No pensaba ayer mismo reñir con Giorgio? Quería decirle sin rodeos: “No voy a tu casa. Estoy enamorado de Emilia. Si tú crees que ahora puedo ir, bien. De lo contrario, te lo advierto: no voy, y a partir de este momento puedes considerarme tu enemigo”. Hoy, por el contrario, le satisface la conversación de Giorgio. Le pasa un brazo por el hombro y voltea alegremente el paquete de los libros. Es la primera vez, desde que son amigos, que anda de una manera tan familiar con él. Han pasado juntos dos veces por delante de la planchadora milanesa; Giorgio lo ha querido así para ver a la aprendiza. No la han visto. Tal vez había salido a repartir, o acaso trabajaba en la trastienda. Al pasar la segunda vez, las planchadoras han creído que los chicos las miraban a ellas, y una, detrás de los cristales, ha sonreído. Las otras se han reído a carcajadas. Giorgio ha dicho que no valía la pena pasar por tercera vez. Las mujeres no han de darse cuenta de que se las busca. Por lo demás, ha añadido, si esa chica se hace rogar, otra ocupará su sitio; la rubia que ha sonreído, por ejemplo. 
-Un día -dice- podemos esperarlas a las dos. Si te gusta la rubia, te la cedo. 
-Pero ¿tú no crees que nos ha sonreído para tomarnos el pelo? ¿Cómo quieres que nos hagan caso, si somos dos chiquillos? 
-¿Te parece que son mucho mayores que nosotros?  La primera vez que haya baile en la plaza o en la feria, las invitaremos. 
Giorgio seguramente tendría el valor de hacerlo. Él ya parece un hombre; pero ¿quién puede hacer caso de Mario? Lo mandarían a jugar al aro. 
-Si tienes tanto miedo y no te decides alguna vez, no harás nunca nada con las mujeres.
 La verja está abierta. Rayo y Trueno se hallan junto a su caseta, atados con una cadena.
 Giorgio arroja la gorra sobre un banco y acaricia a los perros. Acerca su cara a los hocicos húmedos y los dos animales juguetean mordisqueándole el pelo y lanzando débiles ladridos de alegría. Mario se quita también la gorra y hace esfuerzos para que los perros no le muerdan el paquete de los libros. Por encima de la espalda de Giorgio, Mario observa la casa como si tuviera que descubrir en ella algún secreto o aprenderse de memoria su arquitectura. Giorgio dice, dirigiéndose a los perros:
 -¿Vamos a buscar la escopeta? ¿Vamos a buscar la escopeta, Rayo?
 Ante aquella invitación, parece que los perros quieren romper la cadena.
 -¿Te fijas lo inteligentes que son? Cuando sea mayor quiero tener una jauría de perros cazadores. Sólo con eso me sentiré un hombre feliz. Me rodearé de perros y me dedicaré a la cría. ¿Te gusta mi casa?
 -Sí.
 -Veo que no dejas de mirarla… El proyecto es de mi padre. Antes, cuando era joven, se dedicaba a la arquitectura. La casa de los Farloni, en la avenida, y la villa de los Collachioni, en La Quercia, también fueron proyectadas por él. La nuestra fue edificada cuando iba a nacer Cora. Tiene la edad de mi hermana. Después dejó la arquitectura. Los trabajos de carretera y puentes le producen más. Cuando alguien dice a mi padre que ésta es una buena casa, él responde: “Errores de juventud”. Tiene razón. Yo hubiera hecho un castillo con una entrada medieval.
 La casa parece desierta. De una ventana de los semisótanos sale el rumor de un grifo que está llenando un lavadero. Los sillones de mimbre junto a las columnas de la veranda dan un aire de mayor desolación al jardín. Las ventanas están cerradas; tras los cristales se adivinan unos delicados visillos de seda. Es una casa de ricos.
Resultado de imagen de orio vergani funcion en la escuela -Aquello de allí es una pajarera. Una vez, cuando yo era pequeño, la llenamos de papagayos. Pero ahora se han muerto y la pajarera no sirve para nada. Mi papá quería transformarla en un cenador para el verano. Pero Cora no quiere. Le molesta comer en el jardín, porque la ven todos los que pasan por la calle. Mi cuarto es aquel de la ventana de la esquina, en el segundo piso. La habitación de al lado pertenece a Emilia. Como está siempre en el colegio, ha hecho jurar que nadie entrará en ella. Me hubiera resultado comodísima para estudiar, guardar los fusiles, cargar los cartuchos y revelar las fotografías. Ahora estudio en un cuarto de la planta baja, donde antes tenía papá el taller de dibujo. Al trasladar el despacho a la avenida, porque este no era sitio adecuado para recibir visitas, me ha cedido esa habitación. Puedo hacer venir a mi cuarto a quien se me antoje. Si quisiera podría salir también por las noches. Únicamente he de molestarme en saltar por la ventana.
 -¿Tienes máquina de fotos?
 -Desde luego. Un día te haré una fotografía. He hecho algunas muy bonitas en el campo. ¿Tienes hambre? ¿Quieres merendar’
 -No, gracias.
 -Si quieres, le pido a Carolina que nos traiga mermelada. ¿Te gusta?
 -Sí.
[…]
 Mario quisiera hablar de la escuela. Le parece que es su deber y si no lo hace tiene la sensación de que engaña a alguien, de que ha entrado en la casa como un ladrón y de que de un momento a otro pueden adivinar sus proyectos. El único derecho que tiene para entrar en esta casa es sentirse “fuerte en griego” y toda su amistad con Giorgio, sus cigarrillos, y su mermelada son cosas dadas a cambio de este auxilio en el latín y e el griego. Pero él también tiene su propósito oculto al visitar esta casa. Y la amistad con Giorgio ha nacido porque el destino quiso que Mario tuviera un día la oportunidad de ver satisfecho aquel propósito oculto. Sin embargo, quiere demostrar que cumple a conciencia su misión. “Fuerte en griego”, podrá en adelante venir a esta casa cuando quiera.
 Apenas se ha fijado en el cuarto de su amigo, donde acaban de entrar porque Giorgio quiere lavarse la cara y las manos. Ha fingido mirar en las paredes las obras maestras de Giorgio: fotografías del campo, un carro de heno a contraluz, Rayo y Trueno con un pájaro en la boca, Cora sentada en uno de los sillones de mimbre, junto a la balaustrada; pero lo que él quiere es orientarse para saber si el cuarto de Emilia está a la derecha o a la izquierda. Hace un gran esfuerzo para decir:
 -Desde luego, para estudiar te hubiese sido muy útil el otro cuarto, el de tu… hermana.
 -¿Ves? –dice Giorgio mientras se seca las manos-. Habría podido hacer que abrieran una puerta aquí. Era la solución para tener más sitio cuando vienen mis amigos. En el cuarto de abajo no se puede meter ruido. Cuando está en casa papá, no deja que se oiga una mosca. Emilia, que está siempre en el colegio y cuando sale es para irse enseguida al campo, hubiera podido instalar su habitación en la planta baja, en el mismo cuarto que yo utilizo ahora como sala de estudio. ¡Para el tiempo que está en casa! Además, hubiera tenido una puerta que da al jardín. Pero las chicas son así: parece que la casa sea únicamente suya y que ellas tengan todos los derechos. Ahí dentro ha instalado un verdadero museo. Todas las muñecas de cuando era pequeña, las fotografías de las funciones del colegio, los retratos de sus amigas… Hay también un retrato de una compañera suya del primer año, que murió. ¿Sabes lo que quiere? Que haya siempre una vela encendida delante de aquel retrato. ¡Yo, que estoy pared por medio, imagínate si podría dormir tranquilo pensando que ahí está encendida la vela de la muerta! Me he impuesto y la he apagado; Carolina la enciende cuando Emilia viene para las vacaciones.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Libros del Silencio, 2010, en traducción de Ángel M. Bécquer, pp. 147-154. ISBN: 978-84-937559-2-8.]


domingo, 14 de febrero de 2021

Némesis.- Agatha Christie (1890-1976)

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Capítulo XVIII: El archidiácono Brabazon

 «-¿Puede usted decirme por qué no se casaron? Por favor, no me tome por una entrometida. No es la curiosidad lo que me mueve. Yo también tengo un propósito definido, aunque lo mío no es un peregrinaje sino una misión. Yo también quiero saber por qué no se casaron Michael Rafiel y Verity Hunt.
 El archidiácono miró  a su interlocutora con una expresión pensativa.
 -Veo que está usted involucrada en este asunto, aunque no sé sus razones.
 -Estoy involucrada por expreso deseo del padre de Michael Rafiel. Antes de morir me pidió que lo hiciera.
 -No hay ningún motivo que me impida decirle lo que sé –manifestó el archidiácono-. Usted me pregunta lo mismo que me hubiera preguntado Elizabeth Temple, me pregunta algo que no sé. Aquellos dos jóvenes, miss Marple, querían casarse. Habían hecho los preparativos para la boda. Yo oficiaría la ceremonia. Era una boda, por lo que entendí, que debía mantenerse en secreto. Conocía a los dos jóvenes. Conocía a mi querida Verity desde que era una niña. Yo la preparé para la confirmación. Yo oficiaba las misas de Cuaresma, la Pascua y, en ciertas ocasiones en el colegio de Elizabeth Temple. Era un colegio excelente y ella una mujer extraordinaria, una maestra única en su clase, con una gran capacidad para valorar la capacidad de sus alumnas, para saber cuál era su vocación. Aconsejaba que estudiaran una carrera a aquéllas que disfrutarían haciéndolo y no obligaba a aquéllas que no sacarían ningún provecho.
 Era una gran mujer y una gran amiga. Verity era una niña, mejor dicho muchacha, de las más bellas que he conocido a lo largo de mi vida. Hermosa de mente y de corazón, además de la belleza física. Tuvo la gran desgracia de perder a sus padres antes de llegar a la edad adulta. Ambos murieron en un accidente de avión cuando volaban hacia España. Cuando acabó el colegio, Verity se fue a vivir con miss Clotilde Bradbury-Scott, a la que sin duda usted conoce, ya que vive aquí. Era amiga íntima de la madre de Verity. Eran tres hermanas, aunque la mediana estaba casada y vivía en el extranjero, o sea que sólo dos vivían aquí.
 Clotilde, la hermana mayor, quería muchísimo a Verity. Hizo todo lo posible por darle una vida feliz. La llevaba al extranjero, le pagó los estudios de arte en Italia y se ocupó de ella con un gran cariño en todos los sentidos. Verity llegó a quererla como si fuera su verdadera madre. Dependía de Clotilde, que era una intelectual y muy culta. No insistió en que Verity estudiara una carrera, pero eso sólo porque Verity no quería estudiar ninguna. Prefería estudiar arte, música y cosas por el estilo. Vivía aquí, en la casona, y creo que tuvo una vida muy feliz. Por lo menos, parecía serlo. Naturalmente, no la volví a ver cuando se trasladó aquí, porque Fillminister, donde yo era párroco de la catedral, está a unas sesenta millas de aquí. Le escribía por Navidad y por las fiestas, y ella siempre me recordaba enviándome una felicitación. Pero no supe nada más de ella, hasta que un buen día apareció sin más, convertida en una hermosa mujer, en compañía de un joven muy atractivo a quien yo conocía, el hijo de Mr. Rafiel, Michael. Vinieron a verme porque estaban enamorados y querían casarse.
 -¿Accedió usted a la petición?
 -Sí, lo hice. Quizá crea usted, miss Marple, que no debí acceder a la petición. Era obvio que había venido a verme en secreto. Me imaginé que Clotilde Bradbury-Scott había intentado impedir el romance entre ellos. Estaba en todo su derecho. Michael Rafiel, y se lo digo con toda franqueza, no era el marido que nadie querría para una hija o un familiar. Ella, en realidad, era muy joven para tomar una decisión y Michael siempre había causado problemas desde muy joven. Había tenido que presentarse ante el tribunal de menores, tenía amigos delincuentes, había participado en actividades del crimen organizado, había saqueado edificios y cabinas de teléfono. Había mantenido relaciones íntimas con varias muchachas y debía pagar varias pensiones de paternidad. Sí, era un demonio en cuestión de mujeres, pero era muy guapo y atractivo. Las muchachas se enamoraban de él y se comportaban como verdaderas tontas. También había estado en la cárcel en dos ocasiones. A pesar de su juventud, tenía un largo historial delictivo. Yo conocía a su padre, y creo que él hizo todo lo posible, todo lo que podía hacer un hombre de su carácter para ayudar a un hijo. Acudió en su ayuda, le consiguió trabajos en los que podría haber destacado, pagó sus deudas, pagó los daños. Hizo todo eso, pero no sé si…
  -¿Cree usted que podría haber hecho más?
 -No. He llegado a una edad en la que sé que debemos aceptar a los seres humanos tal como son. No creo que Mr. Rafiel sintiera afecto por su hijo, al menos un afecto normal entre padre e hijo. Digamos que, como mucho, lo apreciaba. En ningún momento le dio el amor de un padre. Tampoco sé si las cosas hubieran sido de otro modo si se lo hubiese dado. Quizá no hubiera representado ninguna diferencia. La situación era penosa. El muchacho no era un estúpido. Tenía inteligencia y talento. Podría haber triunfado de habérselo propuesto, pero su naturaleza le empujaba a ser un delincuente.
Resultado de imagen de némesis rba Tenía algunas cualidades que sería injusto negarle. Tenía sentido del humor, era generoso y amable. Era capaz de echar una mano a un amigo, siempre dispuesto a ayudarle a salir de un apuro. En cambio, trataba muy mal a sus amigas, las ponía en una situación comprometida y después las abandonaba para irse con alguna otra chica. Así que me enfrenté a aquellos dos y acepté casarlos. Le expliqué a Verity, le expliqué sin pelos en la lengua, cómo era el muchacho con el que quería casarse. Descubrí que él no había intentado engañarla. Se lo había contado todo. Sus problemas con la policía y su comportamiento con las otras chicas. Le había prometido que el matrimonio sería el punto de partida de una nueva vida, que estaba dispuesto a pasar página y a cambiar. Le advertí a Verity que eso no pasaría, que las personas no cambian, que sólo tienen la intención de hacerlo. Creo que Verity lo sabía tan  bien como yo. Admitió que lo sabía. Me dijo: “Sé cómo es Michael. Sé que siempre será como ahora, pero le quiero. Quizá pueda ayudarle o quizá no, pero debo correr el riesgo”.
 Le diré una cosa, miss Marple. He casado a muchos jóvenes, he visto hundirse sus matrimonios, pero también he visto muchos que han salido adelante. Sé cuándo una pareja está enamorada de verdad. Y no me refiero sólo a sentirse atraídos sexualmente. Hoy se habla mucho del sexo, se le presta demasiada atención. No quiero decir que haya nada malo en el sexo, eso es una tontería, pero el sexo no puede reemplazar el amor; lo acompaña, pero no puede triunfar en solitario. Amar significa cumplir los votos matrimoniales para bien o para mal, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Ésos son los compromisos que asumes cuando estás enamorado y te casas. Aquellos dos se querían hasta que la muerte los separara. Aquí termina mi relato –afirmó el archidiácono-. No puedo seguir porque no sé lo que ocurrió. Sólo sé que acepté hacer lo que me pedían, que hice todos los preparativos. Fijamos un día, la hora y el lugar. Creo que sólo se me puede reprochar haber aceptado mantenerlo en secreto.
 -¿No querían que nadie lo supiera?
 -No. Verity no quería que nadie se enterara y estoy seguro de que Michael compartía el mismo deseo. Tenían miedo de que alguien se interpusiera. Creo que en el caso de Verity, además del amor, había un deseo de libertad, algo muy natural si consideramos las circunstancias de su vida. Había perdido a sus padres, había entrado en una nueva etapa de su vida, después de la muerte de éstos, a una edad en que las colegialas sienten afecto extraordinario por una persona determinada. Es un estado que no dura mucho y es una parte natural de la vida. A partir de entonces, pasas a una nueva etapa donde te das cuenta de que lo quieres en la vida es algo que te complemente: una relación entre un hombre y una mujer. Empiezas a buscar pareja, la que quieres para toda la vida. Si eres prudente, te tomas tu tiempo, tienes amigos, pero continúas esperando, como les decían las viejas niñeras a sus pupilas, que aparezca Mr. Perfecto. Clotilde Bradbury-Scott era muy buena con Verity y creo que ella la tenía en un pedestal. Tenía mucha personalidad. Era una persona inteligente, capacitada, interesante. Creo que Verity la quería de una manera casi romántica y que Clotilde llegó a quererla como si fuese su hija.
 Por lo tanto, podemos decir que Verity llegó a la madurez como una persona muy querida, que llevaba una vida interesante con estudios cuidadosamente elegidos para estimular su intelecto. Llevaba una vida feliz, pero creo que poco a poco fue consciente, aunque sin saberlo, de que necesitaba escapar para sentirse libre. Quería escapar, aunque no tenía claro el porqué o dónde. Pero lo supo después de conocer a Michael. Quería ser libre para disfrutar de una vida en la que el hombre y la mujer se unen para dar un nuevo paso en este mundo.
 Pero, al mismo tiempo, sabía que era imposible hacerle comprender sus sentimientos a Clotilde. Era consciente de que Clotilde se opondría tenazmente a toma en serio el amor que sentía por Michael. En cuanto a Clotilde, mucho me temo que tenía razón. Ahora lo comprendo. Michael no era el marido que Verity se merecía. El camino que deseaba emprender no la llevaría a una vida plena de felicidad y alegría, sino al dolor, a la desesperación y a la muerte. Verá, miss Marple, tengo un terrible sentimiento de culpa. Mis intenciones eran buenas, pero no comprendía algo que debería haber tenido muy claro.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial RBA, 2008, en traducción de Alberto Coscarelli, pp. 163-167. ISBN: 84-473-5662-1.]