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sábado, 22 de junio de 2019

¡Daha! Si mi padre no fuera un asesino yo estaría muerto.- Hakan Günday (1976)


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Sfumato

«Es imposible saber exactamente en qué época empezó el comercio de seres humanos. Si consideramos que sólo se necesita la experiencia de tres personas, debe remontarse muy lejos en la historia de las poblaciones. En un libro sin ningún interés que leí hace unos años, me topé con esta frase: "La primera herramienta que utilizó el hombre fue otro hombre". Imagino que no debió pasar mucho tiempo hasta que se fijara un precio a dicha herramienta y se comercializara. Podríamos estimar que el comercio de seres humanos empezó en ese momento. A fin de cuentas, después del proxenetismo, que es una de sus ramificaciones, es el segundo oficio más antiguo del mundo. No cabe duda de que estábamos perpetuando una tradición muy antigua. Por mi parte, me bastaba con sudar y ejecutar lo mejor posible las órdenes de mi padre. En cualquier caso, el pasaje siempre ha sido la espina dorsal del comercio de seres humanos. Sin los pasadores, seguramente este comercio no habría existido. Es la fase más arriesgada de todo el proceso. Comparado con ella, encerrar a los clandestinos en los sótanos, hacerles trabajar en la confección de bolsos falsificados dieciocho horas al día, amontonarlos en compartimentos infames, violarles de todas las formas posibles, era como un juego de niños. En el sector del comercio de los seres vivos, nosotros teníamos las peores condiciones de trabajo. Para empezar, siempre estábamos bajo presión. Siempre nos acosaban los que mandaban la mercancía, los destinatarios y los transportistas. Al mínimo desliz, venían a pedirnos cuentas. Se nos echaba el tiempo encima y lo que parecía ir como la seda de repente se volvía una catástrofe. De hecho, el trabajo no era complicado, pero como en toda actividad ilegal, nadie confiaba en nadie y uno debía ir con tiento, como en una tienda de porcelana.
 La mercancía llegaba tres veces al mes después de haber cruzado la frontera con Irán - a veces venía también de Iraq o de Siria-, lo juntaban todo y nos lo expedían. Habitualmente llegaban en TIR (Transporte Internacional por Carretera), cambiando de vez en cuando de camión. A veces la mercancía estaba repartida entre varios vehículos, camiones, camionetas o minibuses. Era un tal Aruz quien los hacía entrar y los ponía en camino. Trabajaba en nombre del PKK* como "Jefe del Comité de regulación del Consejo de coordinación de la Libre circulación de individuos entre los Estados mediante una retribución destinada a asegurar los gastos ligados al tren de vida de la directiva y aumentar los recursos de la guerra democrática para eternizar el progreso y llevar a cabo la unidad indivisible del Kurdistán". A cambio de la libre circulación, se establecía un precio a voluntad según el corazón de cada uno. Se podía igualmente dar un corazón o un riñón, más los gastos, claro está... Según parece, Aruz era uno de los ministros del PKK responsables del contrabando. Pero sólo se ocupaba del paso de clandestinos. Eran otros ministerios los que se encargaban del tráfico de narcóticos, carburantes, cigarrillos o armas. Resultaba indispensable separar las competencias. Por supuesto, nadie quería reavivar la confusión suscitada en Turquía por un ministerio con un nombre tan insólito como el del ministerio de la Guerra y la Paz: el ministerio de la Cultura y del Turismo. Cuando dos competencias contradictorias como ganar dinero y dar subvenciones están juntas en un mismo ministerio, la cultura se vuelve un bolígrafo promocional que ha dejado de escribir y el turismo se limita al logo medio borrado de un hotel de cinco estrellas anunciado en ese mismo bolígrafo. ¿Pero quién se preocupaba por eso? ¡Seguro que Aruz no! Aruz, competente tanto en materia de violencia como de comercio, tenía otra concepción del turismo. Para empezar, dirigía su imperio por teléfono, agencia de viajes ilegales. Se comía el teléfono, así lo decía yo, puesto que era difícil entender el farfullo de su voz de hipopótamo. Yo le repetía: "Le beso las manos, ¡Aruz amca**!" o a falta de otros recursos, le decía para irritarlo: "¿Cómo va Felat?" Escuchando el nombre de ese niño que no se parecía en nada al hijo de sus sueños, montaba en cólera y empezaba a balbucear como una ballena, y justo después, por lo general, emitía un gruñido de mamut que parecía una explosión de risa, eso quería decir que le tenía que pasar a mi padre. Al menos eso era lo que yo interpretaba. Mi padre y Auz tenían una relación de amor-odio. Podían hablar por teléfono durante horas enteras. Es verdad que un poco por necesidad. Mientras hablaban, no podían engañarse mutuamente. El engaño venía después, sobre la cantidad de mercancía. Yo sabía que mi padre no hacía salir a todos los clandestinos y que a algunos los expedía a Estambul. Los vendía como esclavos en fábricas textiles o a redes de prostitución. Acto seguido, informaba a Aruz en un tono lastimoso, como si hubiera pasado de fiscal a inculpado, que nos había acontecido una desgracia y que la mercancía no había llegado completa. Durante una media hora, Aruz hacía sus cuentas refunfuñando como un rinoceronte, mientras mi padre le aseguraba que era imposible encontrar a un camionero más seguro, entonces él profería vagas amenazas y le colgaba el teléfono. Un día, para prevenir ese tipo de percances, decidió tatuar un número en el talón de cada clandestino y archivar las fotografías. Cuando faltaba alguien, llamaba para preguntar: "¡Dime su número!" Estaba tan satisfecho de la idea que había tenido que un día llamó a mi padre y le dijo: "¡Encuéntrame al número 12!" Mi padre cogió el brazo del número 12 y leyó la inscripción: "Somoslosmejores", Aruz se puso a reír como un elefante recién nacido. El mensaje se refería al equipo de fútbol que Aruz financiaba, siendo mi padre hincha de un equipo contrario. El hombre que había servido de papiro para el mensaje era un uzbeco de veinte años. No sé muy bien por qué, a él también le hizo gracia. Creo que estaba majara. De hecho, creo que todos estaban majaras. Todos esos uzbecos, afganos, turkmenos, malienses, kirguises, indonesios, birmanos, pakistaníes, iraníes, malayos, sirios, armenios, asirios, kurdos, kazajos, turcos, todos. Hay que estar loco para soportar todo esto. Cuando digo todo esto, me refiero a nosotros: Aruz, mi padre, los hermanos Harmin y Dordor, comandantes de los barcos que llevaban a los clandestinos a Grecia, la mano de obra que aumentaba y disminuía según las mareas, y todos aquellos enfermos mentales más o menos anónimos que hacían miles de kilómetros para pasar la mercancía humana...Sobre todo los hermanos Harmin y Dordor. Eran los seres más extraordinarios que jamás he conocido y les tenía una gran estima. Con ellos, la vida no era nada. Sin someterse a ninguna regla, ella, la vida, se evaporaba y se disipaba en el aire. No quedaba nada más, ni tiempo, ni moral, ni mi padre ni mi miedo.»
 
*PKK: Partido de los Trabajadores del Kurdistán. Organización armada creada en 1978 que combate por la independencia de los territorios de mayoría kurda del sureste de Turquía.
 ** Amca: significa "tío" y se usa también como tratamiento de respeto.
 
   [El texto pertenece a la edición en español de editorial Catedral, 2017, en traducción de Guillem Serrahima. ISBN: 978-84-16673-36-0.]

miércoles, 9 de mayo de 2018

Un saco de canicas.- Joseph Joffo (1931)


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3

«-Me gané la vida y escapé a los rusos, cosa que a veces no fue nada fácil, podéis creerme. Hice de todo, quité nieve a cambio de un mendrugo de pan, con una pala que abultaba el doble que yo. Me encontré con gente buena que me ayudó, y me topé con gente mala. Aprendí a utilizar la tijera, y me hice peluquero, he andado mucho. Tres días en una ciudad, un año en otra, y así llegué aquí, donde fui feliz. Vuestra madre tuvo una historia bastante parecida a la mía, en el fondo todo eso no tiene mucha importancia. Nos conocimos en París, nos enamoramos, nos casamos y nacisteis vosotros. Así de sencillo.
 Se detuvo y podía adivinar que estaba jugando con los volantes de mi cubrecama.
 -Monté esta peluquería, que al principio era muy pequeña. El dinero que he ganado lo debo sólo a mi esfuerzo.
 Da la impresión de que quiere seguir, pero se detiene repentinamente y su voz se hace más turbia.
 -Ya sabéis por qué os cuento todo eso.
 Yo lo sabía pero no me atrevía a decirlo.
 -Sí -dice Maurice-, porque también nosotros vamos a marcharnos.
 Respiró profundamente.
 -Sí, muchachos, vais a partir, hoy os toca a vosotros.
 Sus brazos se movieron en un gesto de ternura reprimida.
 -Y ya sabéis por qué: no podéis regresar cada día en este estado, ya sé que sabéis defenderos y que no tenéis miedo pero tenéis que saber una cosa, cuando uno no es el más fuerte, cuando sois dos contra diez, veinte o cien, ser valiente consiste en dejar el orgullo a un lado y largarse. Y además, hay algo peor.
 Yo sentía un nudo que me subía por la garganta, pero también sabía que no lloraría. Ayer tal vez mis lágrimas habrían saltado, pero ahora es distinto.
 -Ya habéis visto que los alemanes son cada vez más duros con nosotros. Primero fue el censo, el letrero en la peluquería, las visitas, hoy, la estrella amarilla y mañana nos detendrán. Así que hay que huir.
 Yo di un respingo.
 -Pero, ¿y mamá y tú?
 Yo distinguí que me tranquilizaba con un gesto.
 -Henri y Albert están en zona libre. Vosotros partís esta noche. Vuestra madre y yo arreglaremos algunos asuntos y nos marcharemos después.
 Rio ligeramente y se inclinó para posarnos una mano en el hombro de cada uno.
 -No os preocupéis. Los rusos no me pillaron a los siete años, los nazis no me pescarán a los cincuenta.
 Me tranquilicé. Nos separábamos, pero en el fondo, era evidente que nos volveríamos a reunir después de la guerra, que no podía durar siempre.
 -Y ahora, recordad bien lo que voy a deciros. Os vais esta noche, tomáis el metro hasta la estación de Austerlitz y compráis un billete hasta Dax. Allí, tendréis que cruzar la línea. Por supuesto, no vais a tener papeles para pasar, tendréis que arreglaros como podáis. Cerca de Dax hay un pueblo que se llama Hagetmau, id allí y buscad a la gente que se dedica a pasar la línea. Cuando estéis al otro lado, estaréis salvados. Estaréis en la Francia libre. Vuestros hermanos se encuentran en Menton, luego os enseñaré donde está en el mapa, está muy cerca de la frontera italiana, ya lo encontraréis.
 La voz de Maurice se alza.
 -Pero, ¿cómo tomaremos el tren?
 -No te asustes, os daré dinero, pero cuidado con perderlo y con los ladrones. Llevaréis cinco mil francos cada uno.
 ¡Cinco mil francos!
 Ni las noches de "atraco a lo grande" logré reunir más de diez francos. ¡Vaya fortuna!
 Papá no ha terminado y por el tono que emplea sé que ahora viene lo más importante.
 -Y para terminar debéis saber que sois judíos, pero no lo digáis jamás. Ya lo habéis oído: JAMÁS.
 Ambos asentimos a la vez con la cabeza.
 -No se lo diréis ni a vuestro mejor amigo, no lo susurraréis ni que sea en voz baja, lo negaréis siempre. Ya habéis oído, siempre. Joseph, ven aquí.
 Me levanto y me acerco. Ahora ya no le veo en absoluto.
 -Joseph, ¿eres judío?
 -No.
 Su mano restalló en mi mejilla, un golpe seco. Nunca hasta entonces me había puesto la mano encima.
 -No mientas, ¿eres judío, Joseph?
 -No.
 Había gritado sin darme cuenta, fue un grito decidido, definitivo.
 Mi padre se puso de pie.
 -Bueno, creo que ya os lo he dicho todo.
 La mejilla me escocía todavía, pero había una pregunta que me daba vueltas por la cabeza desde el principio de la charla y necesitaba una respuesta.
 -Quisiera preguntarte una cosa: ¿qué es un judío?
 Entonces papá encendió la lamparita con pantalla verde que había sobre la mesilla de noche de Maurice. Me gustaba, aquella lámpara, filtraba una luz difusa y entrañable que nunca volvería ver.
 Papá se rascó la cabeza.
 -Pues bien, Joseph, me sabe mal reconocerlo, pero la verdad es que no lo sé con exactitud.
 Le mirábamos y él debió de sentir que tenía que terminar, que aquella respuesta podía parecer un subterfugio a nuestro entender de niño.
 -Antiguamente vivíamos en un país, nos echaron, y nos fuimos a otras partes, y hay épocas, como ésta que vivimos, en que la cosa continúa. Levantan la veda, y hay que huir de nuevo, esconderse y esperar a que el cazador se canse. Vamos, ya es hora de ir a la mesa, os marcharéis inmediatamente después de cenar.
 Ya no recuerdo aquella cena, me han quedado los sonidos tenues de las cucharas al chocar con los platos, los murmullos para pedir el agua, la sal, cosas así. En una silla de anea estaban nuestros dos morrales, muy hinchados, con ropa dentro, las cosas de aseo y varios pañuelos doblados.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español del Grupo Editorial Random House Mondadori, en traducción de Lluís María Todó. ISBN: 978-84-9759-568-1.]
  

sábado, 31 de marzo de 2018

Éxodo: diario de una refugiada española.- Silvia Mistral (1914-2004)

 
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¿Así son los frailes?
 
 28 de junio
«El anecdotario del exilio se enriquece con detalles interesantes, demostrativos de la acción y reacción de los emigrados. Esta mañana, un español discutía con una negra, blanda y despeinada, el precio de una piña. Ella pedía cinco francos y él ofrecía tres. Sus palabras eran altisonantes y tenían ese calor de las polémicas de mercado. Un gendarme, fusil al hombro, se acercó, reprimiendo a la martiniqueña por el precio abusivo. Como la negra protestara, entre dientes, el gendarme la insultó soezmente, la empujó hacia atrás, haciéndole perder el equilibrio y como aún protestara, de una patada, le arrojó, al suelo, todo el contenido de la gran cesta. Aguacates, mangos, piñas, mamoncillos y plátanos rodaron por la arena, llenando de perfume el ambiente.
 Ante esta violenta actitud, el español sintió una oleada cálida dentro de sí. Su instinto resurgió, volcándose, con agria viveza, en bellísimas palabras. Por su mente pasaron todas las vejaciones sufridas por sus compatriotas en los campos de concentración y las desdichas se convirtieron en verbo. Le escupió al gendarme sus verdades:
 -¿Por qué maltrata a la negra? Es una mujer como todas las mujeres, como las inglesas y las francesas; quizás mejor que ellas, más humana, más sencilla, más buena. Su risa es franca, su mirar sincero; su gesto, tranquilo, ¿por qué la enseña a odiar?
 Y ante los ojos asombrados del gendarme, que no comprende esta reacción, y de las negras que se fueron agrupando en derredor, esta especie de Quijote, encarnado en un refugiado español, paga a la semiesclava del imperialismo galo, todo el precio de la mercancía.
 Los representantes de algunos partidos comentan:
 -Es un hecho lamentable, ¿qué dirán las autoridades de nosotros?
 -No importa lo que digan y piensan las autoridades. Si no fuera así, ¿qué dirían los negros de nosotros? ¿Para qué tanta lucha, tanta sangre, tanta muerte y tanto desterrado? Si no fuera así, ¿por qué estar aquí? -diría yo.
 Otra escena, conmovedora, fue cuando la vendedora de muñecas de color, engalanadas con el traje del país, ofrecía su mercancía a una madre que arrastraba a una niña de cada mano. Pide por ellas treinta o cuarenta francos. Las niñas se quedan absortas, mirando la muñeca. Es bella: tez morena, amplia falda de colores, lazos rojos y el pañuelo, sobre el pelo rizado, anudado en tres puntas, a la usanza martinica. La madre, por signos, dice a la negra que no tiene dinero. Cuando los corazones hablan, cuando las almas se entienden, la mímica es superior a la palabra. La cara de la vendedora se transforma, le brillan los ojos, sonríe, y en un gesto tierno, maternal, da a las niñas la mulata vestida de colorines.
 Se ha sembrado simpatía y cariño entre los de la raza de color y esto siempre rinde sus frutos humanos. ¡Lástima que esta raza tenga que ser utilizada en la próxima guerra como carne de cañón!...
 Se anuncia, para mañana, la partida, continuando el rumbo hacia México. Se ha verificado el cambio de la hélice y mañana, por la tarde, el Ipanema reanudará el viaje, zarpando de Fort-de-France hacia la isla de Santo Thomas, escala prevista, donde se proveerá de petróleo. Rápidamente, los pasajeros hacen compras, dilapidando el dinero, aquellos que mucho llevan, en ron, piñas, muñecas, sombreros de paja y abanicos.
 Me encargan redacte un saludo de los libertarios españoles a todos los antifascistas del Ipanema. Así lo hago y éste sale publicado en el Diario de a bordo, con bastante retraso. Un párrafo dice así: Vamos a plasmar en aplicaciones prácticas, el anhelo liberador que siempre nos ha impulsado. Con responsabilidad y conciencia. Un mexicano, Amado Nervo, lo dijo ya: "Somos de raza de águilas y raza de leones. Tengamos esperanza. Nuestro destino empieza".

Un adiós verde
29 de junio

Los estudiantes de la Martinica ha dirigido un mensaje a la juventud española, en respuesta al remitido por los nuestros. Como dice un "ipanemismo": "Nosotros no hemos ido a la villa, pero la villa ha venido a nosotros".
 Anunciada la salida para la una de la tarde, se ha agrupado mucha gente alrededor del Astillero. Muchos han llegado hasta el último pilote del muelle, para darnos la última prueba de afectuosidad.
 La sirena del buque ha lanzado su bramido tristón y el barco, lentamente, ha salido del dique que durante tres días albergó su húmedo vientre. Los negros agitaron, en el aire, sus sombreros pajizos y las negras los pañuelos chillones. Una vendedora de frutas levantó sobre su cabeza las puntiagudas hojas de una piña. Era un adiós verde, color de esperanza. La despedida tropical era como un símbolo de fraternidad, bajo la caricia del sol antillano y frente a la ruta de Colón. El saludo del esclavo moderno al protagonista de la Odisea.
 Los pasajeros cantaron diversos himnos populares. Sobre una piedra, una martinica del interior, que había venido desde su aldea atraída por las noticias que de los viajeros se divulgaban, lloraba sobre su sombrerito de paja ocre. Ignoraba que había habido una guerra de tres años en España y que un millón de hombres había perecido en la contienda. Alguien dio vivas a la libertad y a la Martinica.»

 [El extracto pertenece a la edición en español de Diario Público, 2011. Depósito legal: B-23619-2011.]

domingo, 11 de diciembre de 2016

"Mefisto".- Klaus Mann (1906-1949)


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  Capítulo IX: En muchas ciudades

 «Bárbara visitaba a veces a su padre, que vivía solo en una ciudad del sur de Francia, junto al Mediterráneo. Había abandonado Alemania inmediatamente después del incendio del Reichstag, para furia y decepción de una horda de estudiantes nacionalsocialistas que encontraron su casa vacía cuando la asaltaron, para demostrar al "académico rojo" lo que la "auténtica juventud alemana" pensaba de él. La "auténtica juventud alemana" estaba decidida a dar una paliza al anciano y mundialmente conocido caballero, meterlo después en un coche y llevarlo al campo de concentración más próximo. La banda se enfureció porque en la casa sólo había una anciana criada. Para hacer algo por la causa nacional, y dar un sentido al paseo nocturno, robaron a la anciana y la encerraron en el sótano, para poder divertirse arriba, en la biblioteca. "La auténtica juventud alemana" pisoteó las obras de Goethe y Kant, Voltaire y Schopenhauer, Shakespeare y Nietzsche. "Todo es marxista", afirmaron los uniformados con asco. Cuando las obras de Lenin y Freud fueron a parar a la chimenea, bailaron la danza de la alegría. A la vuelta los jóvenes manifestaron con alegría que habían pasado en casa del académico un par de horas muy agradables.
 -Y si el cerdo cochino hubiera estado en persona allí -gritaban los alegres jóvenes-, ¡qué buena caza habría sido!
 Bruckner se había llevado en sus maletas los documentos más importantes y un número muy limitado de libros, sus preferidos. Primero viajó unas semanas por Suiza y Checoslovaquia y, por fin, se estableció en el sur de Francia. Alquiló una casa pequeñita, en cuyo jardín había un par de palmeras y bellos arbustos floridos y desde la cual, sobre todo, se divisaba el mar.
 El anciano caballero salía poco y estaba casi siempre solo. Durante horas recorría su jardín de arriba a abajo, o se sentaba delante de la casa sin desviar los ojos del mar, cuyo cambiante color no se cansaba de mirar.
 -Es un gran consuelo para mí -le dijo a Bárbara, su hija-. Me hace tanto bien tener el agua delante de mí... Llevaba tanto tiempo sin venir por aquí que me había olvidado de lo azul que puede ser el Mediterráneo... Todos los alemanes que merecieron este nombre sintieron nostalgia hacia él y todos lo honraron como la sagrada cuna de nuestra civilización. Ahora, en nuestro país, repentinamente hay que odiarlo. Los alemanes se quieren liberar con violencia de su suave poder y de su fuerte compasión; creen poder prescindir de su bella claridad; gritan que les sobra. Pero lo que afirman que les sobra es su propia civilización. ¿Quieren negar todo lo grande que han dado al mundo? Casi lo parece... ¡Ah, estos alemanes! ¡Cuánto van a tener que sufrir y con qué crueldad van a hacer sufrir a otros!
 El régimen nacionalsocialista había confiscado la casa y los bienes del académico y le privó de la nacionalidad alemana. Bruckner se enteró de que había sido "desnaturalizado" y ya no era alemán por una nota aparecida en la prensa francesa. Unos días después de haber recibido la noticia empezó a trabajar. "Será un gran libro -escribió a Bárbara- y se llamará 'Los Alemanes'. En él voy a resumir todo lo que sé de ellos, lo que temo por ellos y lo que espero para ellos. Y sé mucho, temo mucho y aún sigo esperando mucho de ellos."
 Sufriendo y pensando transcurrían los días en la amada costa extranjera. A veces pasaban semanas sin que pronunciase una sola palabra, fuera del par de frases en francés que dirigía a la muchacha que se ocupaba de su casa. Recibía muchas cartas. Personas que antes habían sido sus discípulos y ahora estaban en la emigración o que, desesperadas, continuaban en Alemania, se dirigían a él en busca de apoyo moral o de consejo espiritual.
 "Su nombre continúa siendo para nosotros la esencia de una Alemania diferente, mejor", osó escribirle alguien desde Baviera, naturalmente con letra falsa y sin remite.
 El consejero leía estas confesiones y estos juramentos de fidelidad con emoción y amargura. "Y que todos aquellos que sienten y escriben así hayan permitido, hayan causado también, que nuestro país se llegara a convertir en lo que es hoy", pensaba a menudo. Apartaba las cartas, y abría de nuevo su manuscrito, que crecía despacio y rico en amor, en reconocimiento, en pesar y consuelo, en profunda duda y en confianza vestida de mil reservas.»