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domingo, 18 de diciembre de 2022

Microcosmos.- Claudio Magris (1939)


Snapshots' ('Istantanee'), by Claudio Magris | UntitledXXI&Friends
Colina


  «En Revigliasco, donde D’Azeglio, de joven, se enzarzaba a puñetazos con su preceptor el padre Andreis y más tarde el cuadrumviro De Vecchi se establecía en una hermosa villa. En la plazoleta del padre Girotto, un ángel sin cabeza, en los aledaños de la iglesia parroquial, le da la espalda a la Virgen, con evidente desgana de darle el anuncio que cambiará la historia del mundo. Ya no existe en cambio el puentecillo, pintiparado para el modesto regato, que estaba dedicado también al padre Girotto y ha sido derribado por el curso del progreso. Revigliasco sigue siendo “lugar de aire perfectísimo”, como lo definía un informe de los Ejercicios Espirituales de 1760, y ha tenido, también por ello, un floreciente desarrollo; no es raro pues que la construcción de una carretera más ancha haya eliminado el mísero puente. Por desgracia la Historia, para facilitar el acceso a las nuevas villas de la colina, ha pasado descuidadamente incluso sobre la placa que indicaba el nombre del puente.
  Aquella inscripción —de cuya existencia da testimonio también el señor Felice, carpintero de Revigliasco enamorado de cada una de las piedras de su pueblo— resumía en una síntesis épica, como una lápida funeraria, la vida del personaje al que estaba dedicado el puente. Como enseña Spoon River, la inscripción de las tumbas es la lacónica novela de la vida de un hombre, el epitafio que encierra su significado. Probablemente cada uno compone, con los gestos de su existencia, una única poesía y la lápida que la condensa, la transcribe y la confía a esa voluminosa e interminable opera omnia que está constituida por los cementerios.
  Tenía que dar envidia la persona a la que estaba dedicada esa desaparecida placa de Revigliasco, que decía: “Puente padre Girotto, 1857-1943 / Filósofo-Latinista-Enólogo / Durante 52 años arcipreste de Revigliasco”. Aquel trinomio (Filósofo-Latinista-Enólogo) es un monumento al padre Girotto aún más expresivo, en su concisión, que su autobiografía y sus memorables dichos, recogidos y publicados por su sucesor y bien presentes, igual que toda su personalidad, en la memoria de la gente de la colina.
  La Filosofía, para el arcipreste de Revigliasco, parece haber sido sobre todo humor, ironía, sentido de la pequeñez de todas las cosas finitas —y también de uno mismo— respecto al gran fondo del infinito, contra el que se sitúa toda experiencia humana. Este sentimiento permite no tomarse demasiado en serio, y libera por consiguiente de los venenos de la inseguridad y la soberbia, pero permite asimismo no tomar demasiado en serio ninguna pretendida grandeza y libera por tanto del miedo; ante lo eterno, todo parece pequeño pero, en su pequeñez, de igual dignidad respecto a cualquier otra cosa, aun a las que ostentan un poder amenazador. La ironía se convierte en amorosa e inflexible defensa de toda criatura, hasta de la más débil y escondida, contra la vacua pompa del mundo que la quiere aplastar.
  Las anécdotas del padre Girotto —sus “amenidades” recogidas por el padre Nicola Cuniberti— ilustran su genio bonachón y mordaz, el lenguaje franco e irreverente de su célebre boletín que turbaba a sus superiores, sus picantes y salaces respuestas a los jerarcas fascistas, su desenvuelta confianza con la humilde, buena y porfiada realidad del cuerpo, de la elemental vida física; la piedad del párroco cariñoso y lenguaraz era sobre todo falta de “respeto humano”, ese desparpajo religioso que es a menudo la antítesis del espíritu burgués.
  El editor de sus amenidades desaconsejaba la lectura “a las personas de delicada conciencia”, que podrían escandalizarse de sus ocurrencias o de su relato del accidente que tuvo durante una peregrinación a Lourdes, cuando, al levantarse de la cama a causa de un ataque de neuritis en la pierna, resbaló en el suelo dándose dos batacazos en la cabeza.
  Pequeño, delgado y descuidado, con un rostro enjuto que parecía el retrato de la tierra piamontesa y de su vino, el padre Girotto era digno de sus parroquianos, esos habitantes de Revigliasco que el Casalis, en su Dizionario Storico-Geografico, describía como “robustos y fuertes, bien formados, sanos, longevos, comedidos y laboriosos”. Poeta de la existencia y naturalmente maestro en el difícil arte de ser alegre, el arcipreste de Revigliasco era un verdadero pastor de su grey, en años atormentados y de tumultuosas transformaciones sociales; era sencillo como una paloma, pero también avisado y perspicaz como una serpiente, porque el pastor, para defender a su grey, tiene que saber que los débiles y los pobres se encuentran en el mundo como ovejas en medio de los lobos y tiene que saber por lo tanto reconocer a los lobos y saberles dar, cuando sea el caso, un buen estacazo. En el pueblo se recuerda no solo su generosidad sino también la paradójica discreción con laque, cuando llegaba el tiempo de la cosecha, se ausentaba, con el objeto de que los campesinos que trabajaban la tierra de la parroquia pudieran robar sin azoro.
  Filósofo, Latinista, Enólogo: su secreto está tal vez en estas tres palabras. Todavía hoy, en el oratorio que lleva su nombre, imperan en bancos y estantes varias botellas de los épicos vinos tintos piamonteses. Probablemente el trait d’union entre los tres términos, el nexo que los mantiene unidos, es el que, no en balde, el genial y desconocido autor de la placa sitúa justamente en el centro: Latinista. El latín, para el arcipreste, era el latinorum del seminario, el lenguaje que invitaba a los fieles a las funciones religiosas y los devolvía a casa acabada la función; era sobre todo la claridad clásica, la sintaxis que jerarquiza el caótico polvillo del mundo y pone las cosas en su sitio, el sujeto en nominativo y el complemento directo en acusativo; era el orden lógico y moral que clasifica, singulariza, define, juzga, distingue los pecados veniales de los mortales, las sombras de los pensamientos inciertos de los propósitos determinados, las acciones de los fantasmas. En aquella simetría había sitio para todo, para las verdades reveladas y para las buenas botellas, para el transcurso de las estaciones y para las transformaciones de usos y costumbres, para los episodios edificantes de las vidas de los santos y para la épica escondida en el grano de trigo que madura, para la geométrica estructura cristalina del copo de nieve y para su disolución en la nada.
Microcosmos - Magris, Claudio - 978-84-339-0889-6 - Editorial Anagrama  Esa lengua muerta desde hace siglos era también la lengua de la ironía, de lo que existe solo en la palabra y se hace amar y respetar por su gratuita y ampulosa irrealidad, de la que afectuosamente se sonríe. El latinista enólogo sabía probablemente que la lisa superficie de aquel latín se parecía al sabor del barbera y el dolcetto, tan rápido en deslizarse en el vaso y en la garganta y digno del cuidado y la solvencia que él dedicaba a los dones de la vid, con una simbiosis de teología y enología no rara en estas colinas, si ya en tiempos el teólogo Allasia había obtenido el privilegio real de llevar a la plaza Carlina, en exclusiva, el vino de su producción.
 Otro impenitente piamontés, el germanista Giovanni Vittorio Amoretti, contaba que, durante el bachiller, estudiaba en un colegio de Escolapios, donde se hablaba solo latín y estaba en vigor una rígida disciplina, que él por lo demás eludía, escapándose por la ventana con una sábana para ir de vinos. Una noche, a la vuelta, le oyó el Padre Guardián; oculto en vano detrás de un seto, tuvo que salir, a la perentoria conminación de “Amorette, veni foras!”. Preguntado —en latín— por el Padre Superior, se le trabó la lengua porque no se acordaba de cómo se decía “sábana” en la lengua de Roma y entonces el Padre Superior le infligió un pequeño castigo, no por la escapadita, dijo deplorable pero disculpable habida cuenta de la edad, sino por haber ignorado el nombre latino de la sábana, a la que debía sus travesuras —la oración es asimismo atención a las cosas, gratitud por lo creado.
  Ciencia del latín y ciencia del vino se convertían, para el padre Girotto, en sabiduría filosófica, arte de pasar amablemente por la tierra como huéspedes. En latín escribía dísticos celebrativos de su pueblo natal, Orbassano, y su polenta; los arcos de la sintaxis latina, bajo los cuales confluía en maliciosa inocencia el absurdo de lo real, semejaban a la inefable y circunspecta objetividad con la que el biógrafo del padre Girotto, el padre Cuniberti, registraba, en una docta obrita, las seculares rivalidades entre Revigliasco y la cercana Pecetto. “Este rencor entre los dos pueblos”, escribía tranquilamente el reverendo, “explotaba como si de un deber se tratase el día más sagrado del año: después de los oficios del Viernes Santo los muchachos salían de sus respectivas Parroquias y se llegaban a sendas orillas del torrente Gariglia, donde tenía lugar la tradicional pedrea, que se saldaba con heridos y contusionados de ambas partes”.
  Enología y amor al latín, solícita caridad hacia el prójimo y conciencia de la comicidad de la existencia, fe y desencanto confluían en una filosofía amable y vigorosa. Las “amenidades” del padre Girotto revelan la libertad de una persona que ha comprendido cómo las diferencias de grandeza o inteligencia entre los hombres, entre un genio universal y un pobre diablo, parecen enormes, pero son en realidad milimétricas respecto a la muerte, al dolor, a la guerra y a la incapacidad incluso para un genio de preverla e impedirla, al insomnio, a la miseria, al dolor de muelas. Ante la simple realidad del ir viviendo, la excepcional prestación de un genio es como el notabilísimo salto de una pulga respecto al Himalaya.
  Con esta filosofía, es menos arduo mirar cara a cara a la muerte. Su sucesor, de un evidente gusto hamletiano y barroco, amaba la calavera admonitoria que, en el jardín contiguo al oratorio, enseña al visitante la inscripción: “Era como tú, serás como yo”. Con otro espíritu, el padre Girotto, a sus ochenta y seis años y en ocasión de celebrar en la iglesia poco antes de morir el día de los difuntos, había dicho: “Ahora me toca a mí”, mas había añadido: “pero no me enfado si alguien quiere pasar delante”.»
  
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1999, traducción de José Ángel González Sainz,  pp. 116-120. ISBN: 978-84-339-0889-6.]

miércoles, 24 de noviembre de 2021

La niña verde.- Herbert Read (1893-1968)


Resultado de imagen de herbert read «Al fundar esas colonias, los jesuitas siguieron el principio de que la suya era una corporación distinta de los poderes civiles o eclesiásticos de la comunidad. Desde luego, eran fieles al Papa, su padre espiritual, y al rey, que gobernaba por derecho divino. Pero en la práctica sus instituciones eran independientes de toda autoridad externa, posición paradójica que sólo podía mantenerse en las regiones remotas donde habían fundido sus colonias.
 La disciplina de la Compañía de Jesús era inquebrantable. La gobernaba un superior que vivía en Candelaria, punto central desde donde podía visitar fácilmente los demás establecimientos. El superior tenía dos lugartenientes, uno de ellos vivía en los barrancos del río Paraná; el otro en Uruguay. Además de esos funcionarios, que dirigían los asuntos más importantes de la comunidad, cada ciudad o colonia tenía su cura, asistido por uno o más sacerdotes, según la importancia y el número de la población. Un cura tenía a su cargo el bienestar espiritual de la comunidad, oficiaba en el altar y enseñaba rudimentos de lectura y escritura. Otro cura se ocupaba de los asuntos temporales, vigilando el desarrollo de la agricultura y la enseñanza de los oficios.
 Los nativos aprendían el arte de gobernarse a sí mismos. Tenían su alcalde, jueces y regidores que presidían tribunales y concilios. Pero desde luego un pueblo tan inocente de las tradiciones políticas dependería en gran parte del consejo de los curas, en quienes depositaban su autoridad. Los jesuitas insistían sobre todo en el principio de la igualdad absoluta en cuanto a la posición social, las horas de trabajo y aun la vestimenta. Los escogidos para desempeñar un cargo debían ofrecer un buen ejemplo a quienes no tenían ese honor y, salvo la admiración de sus amigos, no parecían recibir ninguna remuneración.
 En el ámbito económico, las misiones seguían el principio de la comunidad de bienes. El ganado y los caballos eran propiedad común del pueblo; toda la producción agrícola se repartía equitativamente o se almacenaba para el uso público. Las ganancias obtenidas mediante cualquier venta ingresaban en el “fondo de la comunidad” y se utilizaban para la construcción y decoración de las iglesias y para servicios públicos tales como un hospital y una escuela.
 No hay duda de que dentro de esa comunidad igualitaria los sacerdotes detentaban un poder autocrático. Insistían en que los indígenas asistieran regularmente a la misa y mantenían la disciplina moral más estricta. Y hasta cuidaban de corregir la apatía conyugal. A determinadas horas, durante la noche, hacían batir tambores en las aldeas. Porque los indígenas, poco sensuales por naturaleza, después de una jornada de labor en los campos preferían las delicias del sueño a cualquier otro placer y era preciso despertar de esa manera su sentido de los deberes conyugales.
 Es indudable que en el curso de dos siglos los jesuitas acumularon en Sudamérica una considerable riqueza en tierras, ganado y utensilios de plata y oro. La consecuencia de tal riqueza fue que adquirieron un poder demasiado extenso y evidente para no suscitar el encono de las autoridades civiles y eclesiásticas que, dirigidas desde Europa, consideraban las colonias como legítimas fuentes de pillaje. La historia de la expulsión de los jesuitas es archisabida. Las consecuencias para los nativos fueron desastrosas. Una vez más se convirtieron en víctimas de la expoliación, el robo, la administración pervertida; sus posesiones decayeron rápidamente y poco a poco se hundieron en un estado de pobreza e indiferencia. Durante muchos años padecieron a los sacerdotes y frailes enviados en reemplazo de los hermanos jesuitas; además eran absolutamente incapaces de entender el sistema de autoridad dual a que habían sido sometidos, ya habituados a la autoridad única de la Compañía, que por intermedio de sus hermanos dirigía tanto los asuntos espirituales como los temporales. Con el cambio de sistema se les exigió que aceptaran por un lado la autoridad de un sacerdote y por el otro la de un seglar; y puesto que esos individuos representaban un permanente conflicto de intereses, los indígenas vivían en permanente confusión. Los sacerdotes, por ejemplo, podían ordenarles que asistieran a la misa a una hora determinada que el administrador civil encontraba inoportuna. Ninguna de las autoridades cejaba, con el resultado de que los pobres nativos eran castigados hiciesen lo que hiciesen.
 Reducidos a la miseria o a la esclavitud por la explotación económica, profundamente desmoralizados por gobiernos débiles, desintegrándose por tendencia natural, las primitivas colonias o misiones fundadas por los jesuitas desaparecieron gradualmente. El país todo habría retrocedido acaso a cierta forma de barbarismo de no mediar el auge de los criollos. Despreciados por sus allegados de sangre, los españoles, ese antagonismo fue poco a poco haciéndoles conscientes de su condición racial y hasta llegaron a aspirar al mando de la tierra en que habían nacido. Se convirtieron así en los campeones de la libertad y la independencia, en oposición al dominio español. En Roncador pude comprobar que sin su ayuda la formación de repúblicas independientes nunca habría sido posible.
 Durante mi estudio del manuscrito del pai Lorenzo adquirí varias convicciones que no me abandonaron mientras permanecí en Roncador. Es posible que el cuadro de las colonias jesuitas pintado por el desconocido historiador fuera demasiado benévolo. Es posible, asimismo, que yo leyera en sus descarnadas descripciones una concepción de la sociedad que estaba ya latente en mi mente. No muchos años antes había leído La República de Platón con extraordinario entusiasmo; de manera inconsciente, podía haber imaginado las misiones jesuitas como una realización de los ideales que entonces había abrazado. Pero sólo la coincidencia de la teoría con la historia y la posibilidad de acción en esas precisas circunstancias pudieron impulsar el espíritu de resolución que desde ese momento nació en mí.
Resultado de imagen de herbert read la niña verde Comprendí claramente que un gobierno estable sólo era posible en determinadas condiciones que empecé a formularme a mí mismo con frases precisas. La autoridad debe ser una. Por una no entendía residente en un solo individuo; es cierto que los jesuitas apelaban en última instancia a la autoridad personal del superior de su Compañía, pero el gobierno de cada colonia estaba confiado a dos curas, uno para los asuntos espirituales y otro para los temporales. Pero el mismo propósito moral animaba a ambos curas y ésa era la unidad verdadera y suficiente. El Estado debe bastarse a sí mismo. Este principio se deduce del anterior, ya que la autoridad de un Estado disminuye en la medida en que depende de otro exterior. En tal caso su poderío se diluirá en exportaciones y letras de cambio y otra autoridad competidora se instalará a su lado, tanto más peligrosa por invisible e impalpable. El Estado debe armarse contra la invasión. Otro principio deducido de los anteriores, ya que todo Estado inerme provocará la codicia de vecinos ambiciosos. El Estado debe ser incorruptible o, por así decirlo, poderoso contra la sedición. Únicamente, la injusticia provoca la sedición, pero la injusticia no sólo implica una mala administración de las leyes establecidas para el bienestar común, sino además la existencia de irrecusables injusticias, entre las cuales la principal es la desigualdad de la riqueza.
 Cuanto más estudié su historia, más firme fue mi convicción de que los jesuitas habían fracasado por una única razón: habían provocado la envidia de gobernantes y saqueadores, ante todo mediante la acumulación de bienes y en segundo término por su incapacidad de defenderse contra la invasión.
 No encontré dificultad para hacer que la Junta aprobara ciertas medidas cuyo objeto era poner en práctica esos principios de gobierno. Fijé mi propio salario y la paga de todos los empleados y oficiales en cifras bajas pero proporcionadas, suficientes para sostener un hogar decente, aunque no para dejar un margen de ahorros. El ejército profesional quedaba disuelto, salvo una plana de oficiales; pero cada familia debía aportar un varón apto para el servicio que permanecería bajo bandera hasta que lo reemplazase un relevo. Para asegurar la homogeneidad del Estado, quedaba prohibida la unión entre españoles, con lo cual se aseguraba automáticamente la asimilación  de elementos foráneos. Ningún extranjero podía ingresar al país sin permiso; sólo podía establecerse en él casándose con una mujer nativa. Todas las desigualdades sociales desaparecían, ya que cada ser humano tiene los mismos derechos ante la ley. El Estado asumía el dominio de toda la tierra: los hacendados o estancieros debían explotar sus propiedades en beneficio común, so pena de expropiación. La única diferencia que subsistía era la división del trabajo: un hombre puede dirigir una estancia, así como la autoridad del Estado. Pero así como son diversas las aptitudes de los hombres, diversas han de ser sus funciones, aunque no sus ventajas.
 Las leyes que aseguraban esos principios fueron promulgadas durante el primer año de nuestro gobierno, pero tomar todas las medidas necesarias fue, desde luego, labor de varios años. Hubo que deportar a algunos elementos rebeldes, todos españoles. Algunos comerciantes se declararon en quiebra: se les ofrecieron tierras o la alternativa de abandonar el país. Algunos estancieros se mostraron reacios ante la requisición de parte de sus ingresos, pero también para ellos la única alternativa fue emigrar. En general, las dificultades no eran las que se habrían suscitado en una cultura más avanzada. Aunque la esclavitud no era desconocida en Roncador, aunque los campesinos de condición más baja eran ignorantes y míseros, no existían diferencias sociales. Aparte los españoles, era la nuestra una sociedad sin clases y el único problema radicaba en encontrar los medios para igualar los bienes de todos los miembros de dicha sociedad.
 En suma, nuestro método (aplicado gradualmente) consistía en destinar parte de la producción para el trabajador individual y parte para el Estado. Esa parte asignada al Estado la fijaba el estanciero, que reunía su producción y tomaba de ella lo necesario para sí mismo. En cada ciudad y distrito había almacenes donde se recogía el excedente para el Estado, y allí se intercambiaba con la producción de los oficios. Así, un zapatero podía cambiar en la ciudad un par de zapatos por determinada cantidad de té, tabaco, carne o trigo, según tarifas fijas. El excedente de este tráfico local, reunido en la capital, se intercambiaba a través de comerciantes con importaciones de manufactura extranjera. Tales importaciones eran de diversa índole: para la distribución (sal y artículos de adorno) y para el uso directo del Estado (equipos para el ejército). El exceso de exportaciones sobre las importaciones podía acumularse como una reserva de crédito por cuenta de los importadores extranjeros; en ninguna circunstancia quedaba autorizado el exceso de importaciones.
 Tal era nuestra sencilla economía y no peco de cándido si imagino que civilizaciones más complejas deberían imitar sus líneas generales. Lo que no puede dudarse es su adecuación al Estado de Roncador. Al cabo de tres años de gobierno había en el país una atmósfera general de paz y contento. Hombres y mujeres vivían en relación de mutua confianza, cultivando la tierra y disfrutando con felicidad de la abundancia de sus frutos.
 De todo ello resultó algo imprevisto.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Duomo Ediciones, 2010, en traducción de Enrique Pezzoni, pp. 83-87. ISBN: 978-84-92723072.]

sábado, 30 de octubre de 2021

Llenos de vida.- John Fante (1909-1983)


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   «El padre John Gondalfo  se presentó dos días después. Al llegar aquella tarde lo vi sentado en la sala, con mi padre y con Joyce. Su aspecto era el del típico hombre duro. Había sido capellán de marines en el Pacífico Sur. Llevaba esperándome una hora. A causa del calor se había quitado la chaqueta, debajo de la cual llevaba una camiseta blanca. El negro vello de su musculoso pecho se colaba por la trama del tejido. Tenía brazos de luchador y se mantenía en forma jugando solo a frontón en el garaje de la parroquia. Era joven, no tendría más de treinta y dos años, con un aceitunado rostro siciliano, nariz rota y pelo cortado al rape. Parecía un medio o un delantero centro de Santa Clara. En cuanto lo vi me di cuenta de que era de ascendencia italiana y el paisanaje no tardó en crear una cruda confianza. Me estrujó los nudillos al darme la mano.
 -Son las cinco y media, Fante. ¿Dónde estaba?
 Le dije que trabajando.
 -¿A qué hora sale?
 Le dije que poco después de las cuatro.
 -¿Las cuatro? ¿Dónde ha estado esta hora y media?
 Le dije que en Lucey’s, tomando un whisky.
 -¿No sabe que su mujer está embarazada?
 Joyce estaba en un sillón, con el montículo apoyado con indolencia en su vientre y con las piernas algo separadas para sujetarlo. Adoraba al padre John. También percibí la admiración de mi padre, así como una ligera hostilidad hacia mí.
 -¿Qué tiene de malo beber aquí, en su propia casa? –dijo el padre John-. ¿Con su mujer y este gran hombre que es su padre? ¿Se le ha ocurrido alguna vez?
 Sus hombros me impresionaban, y  la intensa negrura de sus ojos.
 -Claro, padre. También bebo en casa y mucho.
 -Ya es hora de que se enfrente a sí mismo, Fante.
 -Sin duda, padre, pero…
 -No discuta conmigo, joven. ¿Cree que acabo de llegar en el ferry de Hoboken?
 Yo no quería discutir con nadie. Al mirar a Joyce, me di cuenta de que el espíritu de la admonición del padre John la había contagiado. En aquel momento me descalificaba totalmente. También mi padre, que estaba sentado delante de una botella de vino, humedeciéndose los labios y confirmando sabiamente con la cabeza las palabras del sacerdote.
 El padre John dio una palmada, se frotó las manazas con fuerza y dijo:
 -Bueno, vayamos al asunto. Fante, su mujer quiere entrar en la Santa Madre Iglesia Católica. ¿Alguna objeción?
 -Ninguna, padre.
 Y era la pura verdad. No podía haber objeciones. Sí, se me daba la posibilidad de desear otra cosa, la esperanza de que pospusiera temporalmente su decisión, pero era otra historia.
 -¿Y usted? Aquí su padre, este hombre grande y extraordinario, me ha contado que trabajó como un esclavo para proporcionarle una esmerada educación católica. Pero ahora lee libros y, si me lo permite, escribe libros. ¿Qué tiene contra nosotros, Fante? Debe de ser usted muy inteligente. Cuéntemelo todo. Escucho.
 -No tengo nada contra la Iglesia, padre. Es sólo que quiero pensar…
 -¡Ah!, ¿conque es eso? La infalibilidad del Santo Padre. Así que quiere saber si el obispo de Roma es realmente infalible en cuestiones de fe y moralidad. Fante, se lo aclararé de una vez para siempre: lo es. ¿Qué más le preocupa?
 Me acerqué a mi padre, me hice con la botella y bebí un trago. El repentino ataque del padre John me había dejado aturdido y necesitaba tener tranquilas las ideas.
 -Verá, padre. La Santísima Virgen…
 -Yo le explicaré lo de la Santísima Virgen, Fante. Permítame exponérselo con claridad y sin ambigüedades. María, madre de Dios, fue concebida sin pecado y al morir ascendió a los cielos. Un hombre de su inteligencia tiene que comprenderlo.
 -Sí, padre. Lo aceptaré por el momento. Pero en la misa, en la eucaristía…
 -La eucaristía es la transformación del pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo. ¿Qué más le inquieta?
 -Verá, padre. Cuando un hombre se confiesa…
 -Cristo dio a sus sacerdotes el poder de perdonar pecados cuando dijo: “Recibid el Espíritu Santo. Los pecados que perdonéis serán perdonados; y los pecados que no borréis no serán borrados”. Lo dice el Nuevo Testamento. Léalo.
 -Entiendo las palabras, padre. Pero en el dogma del pecado original…
Resultado de imagen de john fante llenos de vida -¡Ja! ¡De modo que es eso! Por pecado original entendemos que como descendientes de nuestros primeros padres somos concebidos en pecado y así permanecemos hasta que recibimos el glorioso sacramento del bautismo…
 -Sí, padre, eso ya lo sé. Pero la resurrección…
 -¿La resurrección? Por el amor del cielo, Fante, si es muy sencillo. Cristo nuestro Señor fue crucificado, resucitó de entre los muertos y ahí tenemos la inmortalidad prometida a todos sus hijos. ¿O prefiere morir como un perro, condenado eternamente al olvido?
 Di un suspiro y tomé asiento. Era imposible decir nada más. Mi padre carraspeó y esbozó una ligera sonrisa mientras empinaba la botella. Había en sus ojos una cordialidad curiosa. La ceniza que se le desprendió del cigarro aterrizó de cualquier manera en sus muslos.
 -El muchacho lee demasiado, padre. Hace años que se lo digo.
 Ahora era “el muchacho”.
 -Me gusta leer, papá. Es parte de mi profesión.
 -Y esos libros, padre. Control de natalidad, me lo dijo él mismo.
 -¿Control de natalidad? –El padre John sonrió con tristeza mientras cabeceaba-. Yo le diré lo que es el control de natalidad en la Iglesia católica. No existe.
 -Ya se lo dije yo, padre. Le dije: “No me gusta eso”. La culpa no es de la chica. Ella es protestante. No se da cuenta. Pero él… él me lo dijo. “Me gusta controlar a mi familia”, así me lo dijo, hace un par de días. A mí, a su propio padre.
 -Algo así le dije –admití-. Pero a lo que me refería, padre, era a que mis ingresos…
-¿Lo ve usted? –intervino mi padre-. Llevan casados casi cuatro años. Tiempo de sobra para dos hijos, un niño y una niña. Nietos. Pero ¿están aquí, padre? Suba esas escaleras. Mire en todas las habitaciones, debajo de las camas, en los armarios. No los encontrará. Nicky y Philomena. Nicky tendría ahora tres años y hablaría con su abuelo. La niña daría ahora sus primeros pasos. ¿Los ve en esta casa, padre? Salga al patio trasero; mire en el garaje. No, no los encontrará, porque no están aquí. ¡Y la culpa es de él! –me señaló con el dedo, el de la uña rota.
 -Para ya, papá.
 -No pienso parar. Quiero saberlo, porque soy su abuelo. ¿Dónde está Nicky? ¿Dónde está Philomena?
 -¿Cómo quieres que lo sepa?
 Joyce se acercó a mi padre y se sentó junto a él. Le asió la rojiza zarpa y le habló con dulzura.
 -No ha habido otros, papá Fante. Se lo digo con el corazón en la mano.
 No había que tratarlo así, porque podía tomarle gusto al sentimentalismo. Dicho y hecho: puso cara de compunción, le tembló la barbilla, se le humedecieron los ojos. Quise advertir a Joyce con la mirada. Era cierto que me había opuesto al embarazo hasta que pudiéramos permitírnoslo. También era verdad que ella había aceptado arriesgarse sin dinero. Pero nunca se me había ocurrido pensar que aquellas ocasiones fueran entidades humanas concretas, ni dar nombre a los niños no concebidos, y en aquellos instantes veía el duelo y la melancolía en el rostro de Joyce, arrastrada por el estado de ánimo de mi padre.
 - Hablo de mi sangre –prosiguió mi padre-. Hay dos a los que no veré nunca, pero están aquí, en alguna parte y su abuelo no se siente bien, porque no puede comprarles helados.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2008, en traducción de Antonio-Prometeo Moya, pp. 103-108. ISBN: 978-84-339-7484-6.]

miércoles, 14 de julio de 2021

Un hilo de humo.- Andrea Camilleri (1925-2019)


Resultado de imagen de andrea camilleri «Al entrar, pues, en el Círculo de los Nobles para hablar con el marqués Simone Curtò di Baucina de un asunto de la mina, había sentido en la piel como una ventolera, un soplo fresco. He aquí, era exactamente ésta la sensación que lo había impulsado a preguntar:
 -¡Díganme en seguida qué ha sucedido!
 -¡Romeres está jodido! –respondió el padre Imbornone, sobre cuya cara de tarta, como un anónimo había escrito en una octavilla distribuida en la plaza algún tiempo antes, se reflejaba el libertinaje, porque nunca hubo un hombre tan brutal en los placeres sensuales en los cuales derrocha su dinero pero que hoy por hoy sólo reflejaba alegría maligna en el brillo de los ojitos porcinos.
 -Perdonen, pero, ¿quién es este Romeres? –preguntó. Conocía a uno, picador, siempre al fondo de la mina, padre de siete hijos, que ya había esputado la mitad de los pulmones y por eso le pareció extraño que tantos gentilhombres se divirtieran porque un pobre diablo estaba definitivamente jodido.
 -Ah, es verdad, usted lo conoce como Salvatore Barbabianca –explicó don Agostino Fiandaca.
 -¿Por qué, Barbabianca no se llama así?
 -Usted no es de aquí –antepuso el padre Imbornone-. Debe saber, pues, que “barbabianca” era un sobrenombre , un mote que se le había puesto a Romeres hace cincuenta años, cuando se trasladó a Vigàta sólo él sabe de dónde. Hacía de alfarero, fabricaba vasijas de terracota –que estaban todas crudas y mantenían el agua, con todo respeto, caliente como la meada- y, en consecuencia, siempre tenía la barba sucia de greda y yeso blanco. Éste es el origen del mote.
 -¿Y de pobre alfarero ha conseguido convertirse en un hombre tan poderoso? –preguntó, asombrado.
 -Sí, señor.
 -Un verdadero self-made-man.
 -Un verdadero jode-made-man –corrigió el padre Imbornone, hablando claro como tenía por costumbre y siguió:
 “Es un hombre que aquí ha hecho más daño que una fiera, y era justo. Porque Barbabianca es la espuma de esta nueva sociedad que enseña a no respetar a nadie.
 -¡Otra vez con la misma música! –intervino el marqués Curtò di Baucina, que hasta aquel momento había asistido mudo a la escena.
 -Deje que se lo ruegue, querido marqués, uno que tiene más mundología que usted, con el debido respeto. Barbabianca es un mierda que flotado sobre toda la cloaca de ideas que nos ha regalado la unidad: primero liberal antiborbónico, luego espía de los garibaldinos, luego inscrito en la sociedad masónica…
 -Ha sido siempre coherente –interrumpió, testarudo, el marqués.
 -Entonces, ¿sabe adónde lo llevará su coherencia, como la llama usted? –espetó el padre Imbornone encendiéndose como una cerilla-. Si hoy se libra de esta desgracia que le está ocurriendo, mañana estará dispuesto a aliarse con esos cabezas calientes de los De Felice-Giuffrida, de los Bosco, de los Verro, con esos que han echado mano de la historia de los fascios sicilianos y se llenan la boca con gilipolleces como igualdad social, emancipación, colectivización…
 -No entiendo adónde quiere ir a parar.
 -No quiero ir a parar a ninguna parte, egregio amigo, ¡es usted quién debe ir parando el culo!
 -¡Tratemos de no mear fuera del tiesto, padre Imbornone!
 -Le pido excusas. En seguida pierdo la cabeza, ante estas cosas lo veo todo rojo. Quiero decir que me juego todo lo jugable a que en cuanto estos locos comiencen a hacer huelgas, además de en los campos, también en las minas, el cabecilla será nuestro Barbabianca que, con una hermosa bandera roja en la mano, se pondrá a dar voces de que lo nuestro es suyo y de que lo suyo debe seguir siendo suyo. ¡Y usted despídase de sus minas!
 -¡Cuando llegue ese momento me despediré de ellas con placer!
 -¡Por Dios, cuando lo oigo razonar así, me pregunto si por sus venas corre de verdad sangre de noble!
 -¿Qué coño quiere decir, eh? ¡Explíquese mejor, si tiene el valor!
 Comprendiendo que había ido demasiado lejos, el padre Imbornone murmuró algo que acaso podía ser parecer una solicitud de excusas, mientras que don Agostino Fiandaca se afanaba por calmar al marqués.
 -Aún no entiendo –espetó Lemonnier, que no se había impresionado por la escena, que ya estaba encallecido ante aquellas disputas que se alzaban súbitas como fuegos artificiales y caían a plomo con la misma rapidez-. Está bien la política y todo lo demás, pero, ¿cómo hizo Barbabianca para reunir toda esa pasta?
 -Robando.
 Y esta vez fue un coro, una concordia absoluta.
[…]

 -Hace unos quince años, hacia el setenta y cinco –estaba diciendo el marqués Curtò-, desembarcaron en Sicilia dos comisiones de investigación, digo dos, y vinieron también por nuestros parajes, haciéndonos tal cantidad de preguntas que parecía que hubiéramos vuelto a la escuela.
 -Dice bien, el marqués –se entrometió el padre Imbornone-. Ésos, cada vez que caen por aquí, vienen con aires de tener algo que enseñarnos.
 -Pero –continuó el marqués-, a mí me dio enseguida que pensar el hecho de que, siguiendo con el azufre, mientras llamaban para interrogarlos, yo qué sé, a Genuardi, Contarini o Giambertoni, honestísimas personas…
 -¡Honestísimas! ¡Honestísimas! –proclamó el padre Imbornone poniéndose una mano en el pecho como para indicar que estaba dispuesto a sostener su convicción incluso en el juicio final y al mismo tiempo haciendo un guiño, socarrón, hacia el ingeniero Lemonnier.
 -… honestísimas personas –prosiguió pacientemente el marqués-, que se habían ocupado de minas y de almacenes con las manos siempre limpias, nuestro queridísimo Romeres era dejado en su casa fresco como una lechuga.
Resultado de imagen de andrea camilleri un hilo de humo -No es exacto –espetó don Agostino Fiandaca-, tuvo un contacto con la primera comisión: el senador Cusa fue a comer a su casa.
 -Sea como fuere –dijo el marqués-, al principio estas comisiones parecían una cosa seria y, en cambio, ¿cuál ha sido el resultado? Todos los señores comisarios se han dejado embaucar con esta historia de la mafia y se han puesto a escribir cosas fantásticas.
 -¿Por tanto la mafia es algo fantástico? –preguntó ansioso don Agostino Fiandaca, a quien semejante hipótesis daba estremecimientos de alegría, dado que como vigilantes y arrendatarios solía coger sólo a personas previamente convenidas, de respeto.
 -Usted tiene una gran capacidad para no entender lo que quiero decir.
 -No soy yo quien no entiende, es usted que tiene el bendito vicio de partir un cabello en cuatro ¡y uno acaba perdiéndose!
 -Entonces me explico con un ejemplo. Pongamos que Sicilia es un árbol, ¿está bien? Un árbol enfermo. Estos señores han empezado afirmando: “Este árbol tiene en el tronco manchas así y asá, tiene las ramas medio podridas, tiene las hojas mitad de este color y mitad amarillentas” y luego se han vuelto a casa contentos y felices.
 -No es exactamente así –intervino el barón Raccuglia-, Franchetti y Sonnino también han escrito, como para dar un ejemplo, que el gobierno no había hecho más que mandar a Sicilia a los peores empleados y al peor personal policial.
 -¿Sabe qué, dice el proverbio? Al ahogado, una piedra al cuello.
 -¿Es decir…? –preguntó Lemonnier.
 -Es decir, si un árbol está enfermo y todos los días le meo encima, el árbol se muere antes. Pero esto no significa que haya sido mi meada la que haya enfermado el árbol. Puede ser que las razones sean más lejanas, incluso entre las raíces bajo tierra, y entonces es preciso tener ganas de cavar y cavar sin saber qué encontrarás, un nido de víboras o una piedra ferruginosa que te mella la azada. Para ser un buen médico no basta con descubrir una enfermedad, también hay que saber curarla.
 -Y según usted, ¿cuáles serían las curas?... –preguntó otra vez el ingeniero Lemonnier.
 -Serían que son demasiado largas de decir y es hora de irse a casa a comer. Pero como pasar cinco minutos más, le hago una pregunta: cuando Garibaldi desembarcó en Marsala…
 -Con los vapores de Rubattino –se entremetió el padre Imbornone, y rió haciendo girar varias veces el brazo derecho en un gesto que quería significar oscuros e indecibles sobrentendidos.
 -… cuando Garibaldi desembarcó en Marsala, ¿sabe cuántos telares funcionaban aquí en Sicilia?
 -No.
 -Se lo digo yo: unos tres mil. ¿Y sabe cuántos siguen funcionando después de la unidad?
 -No.
 -Menos de doscientos, egregio amigo.
 -Rubattino, Rubattino –canturreó el padre Imbornone.
 -Y las telas que han comenzado a llegar de Biella hemos tenido que pagarlas al doble de precio. Y la gente que se ganaba el pan con los telares se ha ido, con todo respeto, a hacer puñetas.
 -Dado que le están dando una clase de historia –intervino el padre Imbornone-, ¿conoce el asunto del “patriota” Rubattino, un nombre que es todo un programa?
 -Creo que ya no sé nada.
 -Rubattino tenía el agua al cuello, estaba a punto de quebrar, y aprovechó la ocasión al vuelo. Le dio a Garibaldi dos destartalados vapores que sólo Dios sabe cómo hacían para mantenerse a flote –eran más agujeros que vapores- y nuestro general, recién llegado a Palermo, puso las manos, y también los codos en nuestras arcas y se los pagó, en oro, al triple de su valor. Y así los sicilianos pudieron comprender enseguida cómo se administraban los asuntos de Estado.
 -¿Por qué, según usted, con los Borbones?... –intervino, provocador, el marqués Curtò.
 -No me toque a los Borbones, por favor, no me los toque –saltó el padre Imbornone-. ¡Desde este punto de vista me saco el sombrero! Quizá podían ser reaccionarios, que no lo creo, a lo sumo defendían lo suyo, ¿o tampoco debían hacer eso? Pero honestos eran, todos de una pieza, ¡y no miro a nadie!»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2001, en traducción de Juan Carlos Gentile Vitale, pp. 23-26 y 38-42. ISBN: 84-233-3352-3.]