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domingo, 14 de diciembre de 2025

Lo que Sócrates diría a Woody Allen.- Juan Antonio Rivera (1958 - 2024)

5.- El aburrimiento como fuente de maldad. Calle Mayor.

 «Es algo que también les pasaba a Álex y sus "drugos" en La naranja mecánica: la infraestimulación mental puede convertirse en una terrible, y poco conocida, forma de sufrimiento, capaz de empujar a quien la padece a la comisión de atrocidades aparentemente inexplicables y gratuitas. Y aquí da lo mismo que nos movamos en el entorno psicodélico y futurista de La naranja mecánica o en la atmósfera de viscosas usanzas tradicionales que nos muestra Calle Mayor. Es un fenómeno ubicuo, universal; y para entenderlo mejor, le propongo repasar las nociones de placer y comodidad que están en el núcleo cordial de la película de Bardem.
 La distinción entre placer y comodidad se la debemos al economista de origen húngaro Tibor Scitovsky (1), aunque recuerda fuertemente la separación que ya hiciera en el siglo III a.C. el filósofo griego Epicuro entre placeres estáticos y placeres cinéticos. El placer y la comodidad, aunque son cambios que normalmente experimentan las terminaciones de nuestro sistema nervioso periférico avecindadas en los ojos, la nariz, la piel o las mucosas, se registran como tales en el cerebro. Podemos, como muestra la figura 1, trazar un segmento imaginario en que queden indicados los distintos niveles de activación general del cerebro. En algún punto intermedio de ese segmento se encuentra el óptimo de estimulación cerebral: a la izquierda de ese punto está la zona de infraestimulación y a la derecha, la de sobreestimulación.




 La comodidad (el placer estático, que diría Epicuro) se alcanza cuando estamos instalados en el óptimo y, por ello, libres tanto del dolor de la sobreestimulación (sed, hambre, frío, excitación sexual) como del de la infraestimulación (tedio); cuando estamos fuera de ese óptimo experimentamos displacer, incomodidad. Y el placer es un fenómeno cinético que consiste en el viaje desde la incomodidad hasta la comodidad. Como decía San Agustín: "No hay placer en comer y beber a menos que preceda el malestar del hambre y de la sed". Este viaje placentero lo conseguimos cuando aliviamos la sed bebiendo o la tensión sexual copulando; pero también cuando escapamos del frío calmo del aburrimiento y caldeamos nuestro desnutrido cerebro con alguna novedad que lo alimente. Esto último ha sido menos notado en general. Freud, por ejemplo, concebía el placer de una manera un tanto unilateral: como descarga de la sobreexcitación; descuidando con ello que también hay dolor (y, por lo tanto, posibilidad de escapar de él y, por ello, posibilidad de placer) en la infraestimulación, cuando estamos atrapados en una cierta atonía mental y conseguimos desplazarnos, gracias a alguna novedad benefactora, desde la infraestimulación al óptimo de activación o despertamiento cerebral.
 Como digo, esta última causa de sufrimiento basada en la infraestimulación ha sido menos advertida, y es probable que su primer reconocimiento científico ocurriera durante la Guerra de Corea, cuando los prisioneros de guerra estadounidenses sufrieron eficaces "vaciados de cerebro" sin más presión que la privación prolongada de estímulos mediante un confinamiento en solitario. (Recientemente, funcionarios estadounidenses han puesto en práctica este sofisticado método de tortura con prisioneros de Al Qaeda recluidos en la base de Guantánamo tras el atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York). Desde entonces, varios experimentos de laboratorio han confirmado plenamente el hecho de que la privación sensorial puede llegar a ser en extremo dolorosa. En una prueba llevada a cabo en 1957 se emplearon como sujetos experimentales a estudiantes universitarios bien pagados, bien alimentados y bien atendidos a lo largo de todas las sesiones de prueba; de hecho, sólo tenían que hacer algo tan anodino como reposar en un cuarto protegido de ruidos, usar lentes impenetrables y tener las manos enfundadas en guantes para evitar así toda percepción. Los voluntarios de este experimento pasaron por un período inicial de sueño o relajamiento, pero luego empezaron a padecer los efectos de la privación sensorial prolongada, muy difíciles de soportar: en el lapso de una a ocho horas acabaron teniendo jaqueca, náuseas, confusión, fatiga, alucinaciones y una afectación temporal de diversas facultades mentales. Los universitarios sintieron un deseo agudo de estímulos externos y, tras la experiencia, encontraron alivio y disfrute en cosas tan insípidas como un viejo informe del mercado de valores o una plática sobre los peligros del alcohol dirigida a niños de seis años.
 El sencillo esquema de la figura 1 nos permite sacar algunas interesantes y no muy intuitivas conclusiones. En primer lugar, para poder sentir el placer hay que estar fuera de la situación de comodidad; hay que volver a incurrir en el dolor, en la incomodidad, para poder revivir el placer. Lo malo del dolor no es tanto el dolor mismo cuanto que nos sintamos indefensos para escapar de él hacia la comodidad.» 

 (1) T. Scitovsky, The Joyless Economy, Oxford University Press, Nueva York, 1992.

[El texto pertenece a la edición en español de Espasa Calpe, 2003, pp. 84-86. ISBN: 84-670-1261-7.]

domingo, 25 de diciembre de 2022

La muerte y la doncella.- Ariel Dorfman (1942)


JTM
Tercer acto. Escena 1


  «Está atardeciendo. Gerardo y Paulina están afuera, en la terraza frente al mar, Gerardo tiene una grabadora. Roberto adentro, atado.
   Paulina: No entiendo por qué.
   Gerardo: Necesito saber.
   Paulina: ¿Por qué? (Pausa breve)
  Gerardo: Te quiero, Paulina. Necesito saberlo de tus labios. No es justo que después de tantos años quien me lo diga sea él. No sería… tolerable.
  Paulina:  En cambio si yo te lo digo ¿es… tolerable?
  Gerardo: Más tolerable que si me lo dice primero él.
 Paulina: Ya te lo conté una vez, Gerardo. ¿No te bastó?
  Gerardo: Hace quince años me empezaste a contar y después…
 Paulina: No te iba a seguir contando frente a esa puta, ¿no? Apareció esa puta, saliendo de tu dormitorio medio desnuda preguntándote que por qué estabas tardando tanto, no iba a…
   Gerardo: No era puta.
   Paulina: ¿Sabía ella dónde estaba yo? (Pausa breve.) Sabía, claro que sabía. Una puta. Acostarse con un hombre cuando su mujer no estaba precisamente en condiciones de defenderse, ¿no?
   Gerardo: No vamos a empezar con esto de nuevo, Paulina.
   Paulina: Tú empezaste.
   Gerardo: Cuántas veces te lo tengo que… Llevaba dos meses tratando de ubicarte. Ella pasó a verme, dijo que podía ayudar. Nos tomamos unos tragos y… por Dios, yo también soy humano.
   Paulina: Mientras yo te defendí, mientras tu nombre no salió de mi boca. Pregúntale, pregúntale a Miranda si yo siquiera te mencioné una vez, mientras que tú…
   Gerardo: Ya me perdonaste, ya me perdonaste, ¡hasta cuando! Nos vamos a morir de tanto pasado, nos vamos a sofocar de tanto dolor y recriminación. Terminemos la conversación que interrumpimos hace quince años, cerremos este capítulo de una vez por todas, terminémosla de una vez y no volvamos a hablar de esto nunca más.
   Paulina: Borrón y cuenta nueva, ¿eh?
  Gerardo: Borrón no, cuenta nueva sí. ¿O vamos a estar pagando una y otra y otra vez la misma cuenta? Hay que vivir, garita, vivir, hay tanto futuro que nos…
   Paulina: ¿Y qué querías? ¿Qué te hablara frente a ella? ¿Qué te dijera, me violaron, pero yo no dije tu nombre, frente a ella, que yo te lo…? ¿Cuántas veces?
   Gerardo: ¿Cuántas veces qué?
   Paulina: ¿Cuántas veces le hiciste el amor? ¿Cuántas?
   Gerardo: Paulina…
   Paulina: ¿Cuántas?
   Gerardo: Mi amor.
   Paulina: ¿Cuántas? Yo te cuento, tú me cuentas.
 Gerardo: (desesperado, sacudiéndola y después abrazándola) Paulina, Paulina, Paulina. ¿Me quieres destruir? ¿Eso quieres?
   Paulina: No.
   Gerardo: Lo vas a conseguir. Lo vas a conseguir y vas a quedarte sola en un mundo en que yo no exista, en que no me vas a tener más. ¿Eso es lo que quieres?
   Paulina: Quiero saber cuántas veces hiciste el amor con esa puta.
   Gerardo: No sigas, Paulina. No digas ni una palabra más.
  Paulina: La habías visto antes, ¿no? No fue ésa la primera noche. Gerardo, la verdad, necesito saber la verdad.
   Gerardo: ¿Aunque nos destruya?
   Paulina: Tú me cuentas, yo te cuento. ¿Cuántas veces, Gerardo?
   Gerardo: Dos veces.
   Paulina: Esa noche. ¿Y antes?
   Gerardo: (muy bajo) Tres.
   Paulina: ¿Qué?
   Gerardo: (más fuerte) Tres veces antes.
   Paulina: ¿Tanto te gustó? (Pausa) Y a ella le gustó, ¿no? Le tiene que haber gustado si volvió…
   Gerardo: ¿Te das cuenta de lo que me estás haciendo, Paulina?
   Paulina: ¿Irreparable?
 Gerardo: (desesperado) ¿Pero qué más quieres? ¿Qué más quieres de mí? Sobrevivimos la dictadura, la sobrevivimos, y ahora ¿nos vamos a destruir, vamos a hacernos tú y yo lo que estos desgraciados fueron incapaces de hacernos?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Quieres que me vaya? ¿Eso quieres? ¿Qué salga por esa puerta y no vuelva nunca más?
   Paulina: No.
Descargar] La muerte y la doncella - Ariel Dorfman en PDF — Libros ...  Gerardo: Lo vas a conseguir. Uno también se puede morir de demasiada verdad. (Pausa) ¿Me quieres destruir? Me tienes en tus manos como si fuera un bebé, indefenso, en tus manos, desnudo. ¿Me quieres destruir? ¿Me vas a tratar como tratas al hombre que te…?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Me quieres…?
  Paulina: (Susurrando) Te quiero vivo. Te quiero adentro mío, vivo. Te quiero haciéndome el amor y te quiero en la Comisión defendiendo la verdad y te quiero en mi Schubert que voy a recuperar y te quiero adoptando un niño conmigo…
   Gerardo: Sí, Paulina, sí, mi amor.
   Paulina: Y te quiero cuidar minuto a minuto como tú me cuidaste a mí a partir de esa…
   Gerardo: Nunca vuelvas a mencionar a esa puta noche. Si sigues y sigues con esa noche, me vas a destruir, Paulina. ¿Eso quieres?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Me vas a contar entonces?
   Paulina: Sí.
   Gerardo: ¿Todo?
   Paulina: Todo. Te lo voy a contar todo.
   Gerardo: Así… así vamos a salir adelante… Sin escondernos nada, juntos, como hemos estado estos años, así, ¿sin odio? ¿No es cierto?
   Paulina: Sí.
   Gerardo: ¿No te importa que te ponga la grabadora?
   Paulina: Pónmela. (Gerardo pone la grabadora)
   Gerardo: Como si estuvieras frente a la Comisión.
   Paulina: No sé cómo empezar.
   Gerardo: Empieza con tu nombre.
   Paulina: Me llamo Paulina Salas. Ahora estoy casada con el abogado don Gerardo Escobar pero en ese tiempo…
   Gerardo: Fecha…
   Paulina: El 6 de abril de 1975, yo era soltera. Iba por la calle San Antonio…
   Gerardo: Lo más preciso que puedas…
   Paulina: A la altura de Huérfanos, cuando escuché detrás mío un… tres hombres se bajaron de un auto, me encañonaron, si habla una palabra le volamos la cabeza, señorita, uno de ellos me escupió las palabras en el oído. Tenía olor a ajo. No me sorprendió que tuviera ese olor sino que a mí me importara, que me fijara en eso, que pensara en el almuerzo que él acababa de comerse, que estaba digiriendo con todos los ór­ganos que yo había estudiado en mi carrera en Medicina. Después me reproché a mí misma, tuve mucho tiempo en realidad para pensarlo, yo sabía que en esas circunstancias había que gritar, que la gente supiera que me agarraron, gritar mi nombre, soy Paulina Salas, me están secuestran­do, que si uno no pega ese grito en ese primer momento ya te derrotaron, y yo agaché el moño, me entregué a ellos sin protestar, me puse a obedecerlos demasiado pronto. Siempre fui de­masiado obediente toda mi vida.» 

     [El texto pertenece a la edición en español de Editor digital Titivillus, 1990.]

domingo, 7 de agosto de 2022

El experimento.- Sebastian Fitzek (1971)


Libros de Sebastian Fitzek en Librería Cervantes
71 días antes del miedo


  «Pág. 1 y ss. del Expediente Clínico n.º 131071/VL
 Afortunadamente todo había sido un sueño. No estaba desnuda ni sus piernas estaban atadas a aquella vieja silla de ginecología, mientras un loco perturbado ordenaba sus instrumentos quirúrgicos encima de una mesa oxidada. Al principio, cuando el hombre se dio la vuelta, ella no pudo ver lo que sostenía su mano cubierta de sangre incrustada. Luego, al darse cuenta de lo que era, quiso cerrar los ojos sin éxito. Era incapaz de apartar la mirada de la llama del soplete mientras éste se iba acercando lentamente a la mitad de su cuerpo. El desconocido tenía la cara quemada y, con los ojos bien abiertos, sujetaba el instrumento fijando la dirección. Pensó que nunca había sentido tanto dolor como el que viviría en el poco tiempo que le quedaba de vida. Sin embargo, cuando el soplete desapareció de su vista y empezó a notar un calor cada vez mayor entre sus piernas, presintió que la tortura de las últimas horas no había hecho más que empezar.
  Entonces, cuando ya creía percibir el olor a carne quemada, lo vio todo con claridad: el sótano húmedo y frío al que la habían traído, la lámpara halógena que oscilaba sobre su cabeza, la silla de tortura y la mesa metálica se desvanecieron dejando un gran vacío tras de sí.
  “Gracias a Dios —pensó— sólo es un sueño”. Abrió los ojos pero no logró comprender lo que ocurría.
 Seguía atrapada en la misma pesadilla, nada había cambiado.
  “¿Dónde estoy ?”
  La decoración interior del lugar dejaba entrever que se trataba de la habitación de un hotel venido a menos. Sobre una antigua cama de matrimonio había una colcha llena de manchas, sucia y plagada de quemaduras, al igual que la moqueta de color verde amarronado.
 El hecho de tener que sentir bajo sus pies el tejido áspero de la alfombra hizo que la mujer se retorciera aún más en aquella incómoda silla de madera.
  “Estoy descalza. ¿Dónde están mis zapatos? ¿Y qué hago sentada en un sitio de mala muerte como éste mirando la imagen distorsionada de una carta de ajuste en blanco y negro?”
  Las preguntas rebotaban en el interior de su cabeza como bolas de billar; de repente, se sobresaltó como si alguien le hubiera dado un puñetazo y enseguida desvió su mirada hacia donde provenía el ruido: era la puerta de la habitación y ésta empezó a temblar con fuerza hasta que, finalmente, se abrió de golpe y dos policías entraron precipitadamente.
  Observó que los hombres vestían de uniforme e iban armados. Primero apuntaron sus armas en dirección a su pecho, pero después las fueron bajando lentamente. La tensión que mostraban sus caras pasó a convertirse en horror y desconcierto.
  —Maldita sea, ¿qué ha pasado aquí? —oyó que preguntaba el más bajito de los dos, el primero que había entrado al derribar la puerta.
  —¡Enfermera! —gritó el otro—. ¡Llame a un médico, necesitamos ayuda enseguida!
  “Gracias a Dios”, pensó por segunda vez en pocos segundos. El miedo apenas la dejaba respirar, le dolía todo el cuerpo y olía a orina y excrementos. Todo ello y la realidad de no saber cómo había llegado hasta aquel lugar la estaban volviendo loca. Al menos ahora había dos policías ante ella que querían pedir ayuda médica. No era una maravilla, pero siempre era mejor que tener delante a un loco apuntándole con el soplete.
  Tan sólo habían transcurrido unos segundos cuando un médico calvo y con un pendiente en la oreja irrumpió en la habitación y se arrodilló junto a ella. Parecía que se aproximaba una ambulancia: no era una buena señal.
  —¿Puede oírme?
  —Sí… —le contestó al médico, que parecía haber tenido las ojeras tatuadas en la cara toda la vida.
  —Parece que no puede entenderme.
   —Sí, le oigo…
  Quiso levantar los brazos, pero los músculos no le respondían.
  —¿Cómo se llama?
  El médico sacó un bolígrafo linterna del bolsillo de su camisa y lo enfocó hacia los ojos de la mujer.
  —Vanessa —dijo con voz ronca, y añadió—: Vanessa Strassmann.
  —¿Está muerta? —oyó que preguntaba el policía que había detrás.
  —Maldita sea, sus pupilas apenas reaccionan a la luz. Parece que no pueda vernos ni escucharnos. Se encuentra en estado catatónico, posiblemente en coma.
  —¡Pero qué estupidez dice! —gritó Vanessa. Quiso levantarse, pero ni siquiera podía alzar el brazo.
   “¿Qué está ocurriendo aquí?”
  Repitió sus pensamientos en voz alta intentando hablar lo más claro posible; no parecía que alguien quisiera escucharla. En vez de eso, todos se alejaban de ella para conversar con alguien a quien no había visto hasta entonces.
  —¿Y desde cuándo, dice usted, se encuentra en esta habitación?
  La cabeza del médico le impedía ver la puerta con claridad. Desde allí pudo oír entonces la voz de una mujer joven:
  —Seguramente desde hace tres días, quizá más tiempo. Cuando se registró aquí pensé que le pasaba algo, pero dijo que no quería que la molestasen.
  “¿Pero qué tonterías está diciendo?” —Vanessa sacudió la cabeza—. “¡Yo nunca he venido aquí por mi propia voluntad, ni siquiera una noche!”.
  —No le hubiera llamado si no hubiera sido por este terrible estertor, cada vez más alto y…
  —¡Miren eso! —oyó la voz del policía bajito directamente en su oído.
  —¿Qué?
La vida de una lectora: Reseña: El Experimento | Sebastian Fitzek  —Hay algo ahí, mírenlo.
  Vanessa sintió cómo los dedos del médico separaban cuidadosamente con una pinza alguna cosa de su mano izquierda.
  —¿Qué es? —preguntó el policía.
  Vanessa estaba tan sorprendida como el resto de los presentes en la habitación; ni siquiera se había dado cuenta de que sostenía algo en su mano.
  —Una nota.
  El médico desdobló la hoja, que estaba plegada por la mitad. Vanessa desvió la mirada para echarle un vistazo, pero solamente pudo ver algunos jeroglíficos sin sentido. El texto estaba escrito en una lengua que no conocía.
  —¿Qué pone? —preguntó el otro funcionario desde la puerta.
  —Es extraño. —El médico arrugó la frente y leyó la nota—: “Sólo se compra para enseguida tirarlo afuera otra vez” .
  “Cielo Santo”. El hecho de que el médico hubiera pronunciado aquellas palabras sin vacilar ponía de manifiesto hasta qué punto se hallaba atrapada en aquella pesadilla. Por algún motivo Vanessa había perdido la capacidad de comunicarse de cualquier modo posible. En ese momento era incapaz de emitir una palabra; no podía leer e incluso presentía que había olvidado cómo se escribía su nombre.
  Una vez más, el médico enfocó la linterna directamente en las pupilas. De repente, tuvo la sensación de que el resto de sus sentidos se adormecían: ya no percibía el mal olor que desprendía su cuerpo ni sentía la alfombra bajo sus pies. Tan sólo notaba el temor que la invadía, un miedo cada vez mayor, mientras las voces confusas a su alrededor iban desvaneciéndose poco a poco. Tan pronto como el médico había pronunciado aquella corta frase de la nota, una fuerza invisible se había apoderado de ella.
  “Sólo se compra para enseguida tirarlo afuera otra vez”.
   Era la misma fuerza que la empujaba a agitar continuamente sus manos frías. Había vuelto al lugar que no hubiera querido ver nunca más, al lugar que había abandonado apenas unos minutos antes.
  “No era un sueño. ¿O quizá sí?”
  Intentó hacerle una señal al médico. Sin embargo, cuando la imagen del hombre empezó a disiparse, lo comprendió todo, y el terror volvió a invadirla de nuevo. Era cierto: no podían oírla. El médico, la mujer, los policías… Ninguno de ellos había sido capaz de hablar con ella. La razón era que ella nunca había llegado a despertarse en aquella pensión barata. Todo lo contrario. Cuando la lámpara halógena que había sobre su cabeza empezó a moverse de nuevo supo por fin la verdad: se había desmayado en el momento que iban a torturarla. No era aquel loco perturbado, sino que era la habitación del hotel la que había formado parte de un sueño que ahora huía ante lo irreal.
  “¿Puede que me esté equivocando de nuevo? ¡Socorro, ayudadme! Ya no sé dónde estoy… ¿Qué es real? ¿Qué no lo es?”
   Todo había vuelto a ser como antes. De nuevo el sótano húmedo, la mesa metálica, la silla de ginecología en la que permanecía atada. Desnuda, tanto que podía sentir la respiración de aquel loco entre sus piernas, su aliento rozándole la parte más sensible de su cuerpo. Entonces, su cara llena de cicatrices surgió justo ante sus ojos y una boca desfigurada le dijo:
  —He vuelto a marcar en esta zona. Ahora ya podemos empezar.
  Cogió el soplete.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2012, en traducción de Noelia Lorente. ISBN: 978-84-0800-349-6.]

jueves, 15 de julio de 2021

Diario.- Petter Moen (1901-1944)


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Jueves, 27 de julio. 175º día.


 «Jueves por la tarde.
Muchos estarán decepcionados por mi “estado espiritual”. Estoy pensando sobre todo en padre y los demás “creyentes” de mi familia. En mis hojas del diario de la celda de aislamiento supongo que leerían más o menos el siguiente argumento: ¿Ves? En el sufrimiento y en el miedo –ahí es donde encontraste el camino de la salvación de Dios. Ahora que crees que ha pasado el peligro –ahora lo conviertes todo en obra del hombre –psicología y “casualidad”- y niegas al Dios ante el que te has arrodillado y llorado en rezo.
 Para mí la celda de aislamiento queda como una experiencia. Fue una vivencia espiritual -¡¡por fin!! Ante todo me ha enseñado que “lo religioso” es algo exclusivamente espiritual. No es un asunto ni del pensamiento ni de la voluntad. Es un sentimiento –generado por la necesidad. La educación y la tradición ponen a nuestra disposición ciertas formas de fe y éstas se aceptan a causa del valor emocional que las acompaña. Supongo que también puede tener lugar algo “religioso” en un individuo que carezca de educación religiosa y que pertenezca a una sociedad sin experiencia religiosa. Podemos ver que la historia  lo muestra.
 La necesidad de “salvación” se genera por el miedo y el sufrimiento y aspira a una salvación completamente terrenal. En la necesidad –en manos del enemigo- la idea de un “poder superior” al enemigo surge con una fuerza y una naturalidad que provienen del instinto de conservación y de la voluntad de defensa. Estos elementos naturales de la mentalidad religiosa son “racionalizados” en un sistema de teo-logía –saber sobre “Dios” o “los dioses”. La racionalización se lleva a cabo con toda la lógica de la que dispone el individuo o la estirpe y por un tiempo representa la experiencia espiritual de la estirpe de un modo completamente válido. Este tiempo hace mucho que ha pasado en el caso de la teología cristiana ortodoxa. Podía vencer en el ánimo humano cuando la estirpe aún no había roto el anillo mágico de la ilusión. Ahora está roto. Todo esto ya lo sabía antes con la cabeza. Ahora la cuestión está también aclarada como “asunto del corazón”. Intelectual y emocionalmente el asunto –la cuestión religiosa- ha arrojado la siguiente “solución” o respuesta: quien busca se encuentra a sí mismo. Encuentra su propio miedo –su desamparo en manos del enemigo y su deseo “que anhela el cielo” de salvarse del miedo, la muerte y el sufrimiento. Quien pueda librarme (librarlo) de estas “potencias del mal” sin duda es “Dios”. Quien pueda abolir estos pensamientos y sentimientos míos sin duda también es una “gran potencia”.
[…]

 Sábado, 29 de julio. 177º día

 “Mataniños” llamamos a uno de los carceleros. Él y “Rojo” fueron los que nos procuraron el castigo del hambre por un juego de cartas.
 Desde entonces ha estado imposible. Se comporta de un modo descarado, grosero y malicioso. Ayer volvió a venir por aquí para pavonearse. Constató algo de polvo sobre un estante y enseguida sacó la pestilente palabra “Schwein*”. De nada sirve protestar o dar explicaciones. En tal caso nos ronda el castigo de hambre. Esta semana nos han amenazado dos veces con eso.
 Cualquiera tendría que entender que haya polvo en una celda en la que sencillamente no se puede ventilar porque la “ventana” es un ventanuco a la altura del techo tapado por un postigo. Como es obvio limpiamos todo el polvo que podemos pero de poco sirve. El polvo está aquí y no podemos quitarlo. Esto también lo sabe “Zampa-niños” como es natural. Aun así nos llama “Schwein”. En fin –esto es una nimiedad- pero es tan típica del “sistema” de aquí que merece su lugar.
 Lo típico es que carecemos de cualquier derecho –incluso de los más simples derechos de la decencia.
[…]

Lunes, 31 de julio. 179º día

 El optimismo en el bando noruego de la cárcel con respecto al final de la guerra es enorme. ¡¡Se espera que llegue en los próximos dos meses!! ¡¡Y las puertas de la libertad se abrirán para nosotros!! dice el correo V. Es evidente que resulta tentador creer en semejante evangelio –pero sin duda hay un número considerable de factores inciertos en este producto del “Visto y oído” y del deseo.
 Ayer entró un hombre nuevo en la D 35. ¡¡Dice que la gente cree que la guerra se va a acabar dentro de un mes!! Yo no creo nada pero espero que el final llegue este año. No es una esperanza del todo infundada. Cf. Arne Ording.
Resultado de imagen de petter moen Es por la tarde del 31 de julio. Los otros tres habitantes de la C 35 están durmiendo en el suelo. El recién llegado está inquieto y se despierta a menudo de un respingo. Es un tipo majo y tranquilo de veinte años que hoy ha estado en su primer interrogatorio. No han llegado a pegarle pero el látigo estaba allí. Han usado un lenguaje horroroso así que el veinteañero está un poco alterado, como es normal. Su caso no es en absoluto un caso. Estaba de vacaciones visitando a un tío suyo y es posible que el caso ataña a su tío. Esto no lo sabe el joven y tampoco sabe en qué podría consistir semejante caso in casu.

 Martes, 1 de agosto. 180º día

 Se ha vuelto a declarar la guerra entre 5984 y yo. Creo que de hecho todo lo que se puede pedir y más para evitar la discordia. Pero a la larga es imposible. Reidar Olaf Erichsen es un verdadero canalla cuyos modales canallescos tienen que acabar con la paciencia de cualquier persona sensata. No hace falta nada para sacarlo de sus casillas y entonces dispara sus insultos de cloaca y riñe a diestro y siniestro con la “lógica” de un niño de ocho años. No recuerda sus propias afirmaciones un segundo después de haberlas defendido.
 Sus “argumentos” consisten en débiles analogías del tipo: “Dices que soy basto y maleducado. Ergo debes de pensar que tú eres mucho más fino y mejor que los demás”. Erichsen no entiende que el ergo de este “argumento” no es válido y no se percata de la advenediza introducción de los términos ‘los demás’ en vez de ‘yo’ (si el argumento por lo demás fuera válido). Una serie de errores de este tipo no tardan en enmarañarlo todo.
 Por añadidura, los argumentos tienen para él una importancia subordinada o casi inexistente. En su lugar utiliza palabrotas. Sus palabrotas son excepcionalmente groseras –recogidas de los basureros del sexualismo y la escatología. Van acompañadas por amenazas de ponerte los “ojos morados” –de “limarte la boca”, etc. Así que las maldiciones son la argamasa de esta construcción de primitivismo y sexualismo.
 Le he aguantado mucho a este paria. He hecho lo suficiente para mantener una buena relación con él. Ya no quiero más. Callo.

 Miércoles, 2 de agosto. 181º día

 El cuatro de agosto –el viernes- hará medio año que estoy en la cárcel. Ese día me hubiera gustado hacer un “balance” por escrito. Tendría que incluir las pérdidas y ganancias de las experiencias y reflexiones de los últimos seis meses. Debería arrojar un resultado en forma de un sí o un no a algunas cuestiones de importancia.
 No creo que llegue a hacerlo. No hay aquí suficiente tranquilidad para semejante empresa.
 Ahora estamos cuatro hombres en diez metros cuadrados. El calor del verano hace sofocante la celda… y yo no dispongo de la tensión interior que se precisa.

 Jueves, 3 de agosto. 182º día


 El desaliento respecto de mí mismo y del ser humano en general se ha visto fuertemente reforzado durante mi tiempo en la cárcel. Lo visto y lo oído me muestran con claridad y distinción que deambulamos estúpidamente por una maleza de infantilismos. Hombres grandes y poderosos, con la gorra ladeada y cordones y cintas de colores por aquí y por allá, salen a la caza de una astilla –un trocito de cordel- un trapo. Aparentan enfurecerse sobremanera por asuntos ínfimos que inflan hasta convertirlos en “Staats und Hauptaffairen”**. Todo esto es enteramente ridículo y sobre el trasfondo de las muertes masivas y la destrucción resulta desquiciado preocuparse por una astilla de madera cuando todo el reino está siendo destruido –porque la vanidad está vinculada con la astilla de madera- es auténticamente humano – y despreciable.
 Muchos de mis pensamientos actuales están relacionados con la conducta humana habitual aquí en el mundo. Este tipo de pensamientos se ven necesariamente marcados por el pesimismo. La conducta humana es por lo general insensata e inmoral. Se sacrifica sin remedio al individuo a favor del reglamento de las hordas y éstas no conocen más que el blanco y el negro. Esta polarización de los conceptos y los sentimientos es la reacción normal a la realidad.»

 *Cerdo, en alemán.
** Asuntos principales y de Estado, en alemán

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Veintisiete Letras, 2009, en traducción de Cristina Gómez Baggethun, pp. 115-121. ISBN: 978-84-92720-03-3.]