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domingo, 5 de julio de 2026

El violín de Goebbels.-Yoann Iacono (1980)

14

  «Cada cincuenta años más o menos, preferiblemente durante la temporada estival o en primavera, París se libra a su pueblo. Casi siempre con la misma cronología de la insurrección popular, la ciudad empieza a agitarse, nos empujamos, nos gritamos, saqueamos, rompemos, robamos, destruimos, matamos. Al principio son actos aislados, pequeños grupos. Luego, tumultos más grandes, provocaciones. Después, barricadas, bandas armadas. Hasta llegar a la multitud decidida, despiadada, compacta.
 La rebelión contra la desigualdad o la opresión es lo que agita a la multitud parisina cada medio siglo. Durante la Revolución francesa, la Bastilla pagó el precio el 14 de julio de 1789. Luego las barricadas de la Revolución de febrero de 1848. Más adelante la columna de Vendôme, símbolo del despotismo imperial, desmantelada en mayo de 1871 durante la Comuna de París. Y sigue siendo así este 19 de agosto de 1944, cuando las Fuerzas Francesas del Interior (FFI) marcan el inicio de la insurrección popular al tomar la Prefectura de policía.
 Y, en esta ocasión, participo.
 Nejiko aún no se ha ido a Berlín y se encuentra en el centro de uno de esos momentos vertiginosos de la historia. Ni la intimidación de Oshima ni la violencia de Gerigk la han convencido para abandonar París. Ha estado ocho años en el corazón de esta Europa en guerra, tocando en todas esas ciudades bombardeadas y ocupadas. La música le sirve de coraza.
 Sentada en una banqueta roja de piel en un desierto Café de Flore, escucha a su amiga Yoshiko implorándole que se vaya de la ciudad con ella al día siguiente, en un tren especialmente fletado para oficiales alemanes. Yoshiko le dice que su novio actual, el asistente personal del general Dietrich von Choltitz, oyó a Hitler dar la orden de arrasar París antes de que llegaran los aliados.
 Afuera, las aceras están llenas de transeúntes ruidosos y la calle ruge, llena de coches pequeños que enarbolan la bandera francesa. A través de las ventanas, boinas con escarapelas tricolores gritan que luchamos en la plaza de la Madeleine y en el Barrio Latino.
 Como antiguo miembro de la Brigada Musical de los Guardianes de la Paz, he respondido a la llamada de las FFI para recuperar la Prefectura de policía; incluso tocaré allí con mi trompeta la primera Marsellesa desde la ocupación alemana.
 Yoshiko pierde la paciencia. ¿Acaso Nejiko no entiende que, aunque salgan vivas de los bombardeos, las arrestarán porque su país está en guerra contra los americanos, que se encuentran a tan sólo unos pasos de aquí? ¡Japón es el aliado de los nazis y todos saben que ellas tocan en conciertos para apoyar a los ejércitos de las SS!
 Como huyendo de un ataque, ahora son los camiones de la Wehrmacht los que pasan en tromba. De pie, con actitud resuelta, las tropas de las SS apuntan con revólveres y metralletas a los curiosos. Desde la rue de Tournon llegan escuadrones de alemanes, fusil en mano, para instalar ametralladoras en la acera. Asustado, el dueño del café corre las cortinas y cierra la puerta a cal y canto.
 Nejiko recuerda temblando las palabras de Gerigk al desaconsejarle formalmente que frecuentara el Flore, "esa guarida de miembros de la Resistencia y artistas fracasados", el día que supo que ella era una asidua de esta institución del bulevar Saint-Germain. Gerigk prefiere el distrito de Montparnasse, donde encuentra a los oficiales de la Wehrmacht en el Dôme o en la Closerie des Lilas, su local preferido.
 En el Flore, Nejiko se ha cruzado regularmente -sin conocerlos- con Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Boris Vian y Albert Camus. Un día, Camus estaba almorzando con María Casarès y, a petición de ésta, le dirigió la palabra. La actriz, muy alegre ese día, e intrigada por la presencia de aquella joven japonesa que estaba sola, instó a su acompañante a invitarla a su mesa. Muy seguro de sí mismo, el escritor se acercó a Nejiko e intentó iniciar una conversación señalando el estuche de su violín para preguntarle si era música. Ella pensó que él quería robarle su instrumento y fingió no entenderlo, mientras agarraba instintivamente el Stradivarius, despertando la perplejidad de su interlocutor. Jovial, Camus volvió a la mesa donde Maria Casarès ya se estaba burlando de él. "Cualquier negativa a comunicarse es un intento de comunicación", le dijo en tono burlón, volviendo a sentarse. Divertida por esta alusión a la primera novela de su amante, Maria concluyó su frase con una carcajada. "Cualquier gesto de indiferencia o de hostilidad es una invitación encubierta".
 Ese 19 de agosto no hay ni rastro de Camus: está ocupado con Sartre para montar guardia en la Comédie Française. De todos modos, en el café no hay nadie. El Flore está vacío y su propietario muy agitado. A lo lejos se empiezan a escuchar las primeras grandes explosiones. Un tanque alemán llegado de la plaza del Châtelet toma posición en la explanada de Notre-Dame. Otros seis vienen para apoyarlo y abren fuego contra la puerta este de la Prefectura, donde yo me encontraba entonces con mis camaradas de la Resistencia. Pero volveré a hablar de esto más adelante. Arrastrándose, un guardián de la paz consigue prender fuego a uno de los alemanes con un cóctel molotov. París está de nuevo en guerra. La ciudad se rebela contra el ocupante.» 

 [El texto pertenece a la edición en español de Duomo Ediciones, 2022, en traducción de Josep Escarré, pp. 107-111. ISBN: 978-84-19004-35-2.]
 

domingo, 1 de febrero de 2026

El viaje al poder de la mente.- Eduardo Punset (1936-2019)

   Capítulo 10
Hace falta ser inteligente tanto para amar como para castigar

  «No vamos a sugerir, pues -otros lo seguirán haciendo-, que la cocina nos hizo humanos, en lugar de la capacidad de fabricar herramientas o de reconocerse en el espejo. Pero lo cierto es que, en el debate sobre qué nos hizo humanos, nunca se ha dado la importancia que merecía -con la excepción del biólogo Richard Wrangham- a la cocción de los alimentos. Tanto es así que su parecer, expuesto en la extensa conversación que mantuvimos en su despacho académico en Harvard, no debería omitirlo aquí.
 No sorprende oír a Wrangham, con su aspecto de profesor distraído, destilar los juicios más sabios de toda la comunidad científica al hablar de la agresividad de los chimpancés, con los que ha convivido muchos años. Sorprende, en cambio, oírle hablar con idéntica clarividencia de los afectos, de las singularidades amorosas de los bonobos o chimpancés pigmeos y, particularmente, del futuro de la especie humana, más tierno que el pasado, si se confirman las predicciones.
 En este libro nos estamos refiriendo a los grandes descubrimientos de los que nadie habla y que, no obstante, han transformado la vida del ser humano corriente hasta niveles inimaginables. Estamos mencionando el poder de la mente porque de su conocimiento depende que pueda controlar su propia vida. Así ocurrió cuando descubrimos que no éramos el centro del Universo; que el cerebro está preparado, aunque no le guste, para cambiar de opinión; que construimos el futuro en torno al pasado; que no todos los sistemas irracionales de la mente son inválidos; que estamos programados mentalmente para ser únicos y que, tal vez, en ello resida la explicación de nuestra capacidad infinita para hacernos infelices. Y, finalmente, que al cambiar todo a nuestro alrededor, incluida la estructura de la materia, difícilmente no íbamos a cambiar nosotros también.
 De todos estos grandes descubrimientos, a pesar del impacto poderoso y, a veces, tenebroso, sobre el control de la propia vida cotidiana de la gente, la capacidad de cocinar es singular. En primer lugar, no es un mecanismo puramente mental, sino químico que pertenece al mundo de los materiales. En segundo lugar, se ha subestimado su alcance en la historia de la evolución, como no ha ocurrido con ningún otro de los rasgos que, supuestamente, nos hicieron humanos. En tercer lugar, nos transformó físicamente puesto que nos permitió dosificar el aporte energético necesario, contribuyó a la consolidación del sedentarismo humano, así como al nacimiento de las primeras formas organizativas de simulacros de Estado. Por último, y eso lo agradecen particularmente los paleontólogos acostumbrados a manipular el concepto geológico de tiempo, sabemos exactamente cuándo ocurrió: hace 1,6 millones de años.
 Habría que empezar por el comienzo. Hay tres cosas que sorprenden en los primates y especialmente en los homínidos: la violencia agresora en los humanos y los chimpancés; la tolerancia social en los humanos y en los bonobos, y el erotismo de estos últimos, que es mucho menor en los humanos.
 La observación básica es extraordinaria. Sólo hay dos especies de animales en el mundo en las que el macho tiende a vivir en grupos con sus familiares más cercanos y en los que a veces estos machos salen y hacen expediciones para matar, deliberadamente, a los miembros de otros grupos. Esos dos animales a los que me refiero son los humanos y los chimpancés. Hay otro colectivo, el bonobo, que no muestra este tipo de comportamiento. Los orígenes de la violencia no son el reflejo de una expresión falaz de algún instinto ancestral, sino que es el resultado del desarrollo cognitivo. La inteligencia, es cierto, transforma el afecto en amor y también la agresión en castigo y ganas de controlar.
 Todo da a entender que la inteligencia es una pieza importante en todo esto. Pero los bonobos y los chimpancés tienen la misma inteligencia. La otra cara de la moneda es que hay algo en la psicología evolutiva que predispone a seguir rumbos más sofisticados. El principal argumento de Wrangham es que en el pasado vivíamos en territorios que tenían que ser defendidos por los machos, y los grupos que vivían dentro del territorio se vieron obligados a dividirse en pequeñas unidades a causa de las condiciones de alimentación. Cuando ya no queda comida disponible, es mejor dividirse en pequeñas unidades. Eso es lo que vemos en los chimpancés. Exactamente lo contrario de lo que hacen las amebas, que se transforman en un organismo único en tiempos azarosos.
 Tenemos dos colectivos vecinos y uno de ellos vive en grupo porque hay mucha comida y el otro se divide en agrupaciones pequeñas porque la comida escasea. Si un gran grupo se encuentra con un individuo solo en su territorio, ¿qué harán sus miembros? Como se suele decir: disparar a matar. Lo golpearán e intentarán matarlo. Lo exterminarán con gran ferocidad, con mucha crueldad, y nunca dejarán heridos porque son lo bastante inteligentes para tomar la decisión de atacar sólo cuando gozan de todas las ventajas. De modo que la víctima tendrá cicatrices en toda la parte frontal del cuerpo. Quizá le hayan cortado la garganta, arrancado los testículos y la piel junto al codo donde ha mordido el chimpancé. Es un acto muy deliberado y, sin embargo, ningún atacante ha resultado herido porque un individuo sujetaba una mano de la víctima, otro sujetaba la otra, un tercero sujetaba un tobillo... La presa era impotente, era como una crucifixión, podían hacer lo que quisieran con ella.
 La contribución insólita de Richard Wrangham, no sólo al conocimiento de la idiosincrasia de los chimpancés, sino al estudio del origen de la violencia en los humanos, fue el papel desempeñado por la inteligencia. Se necesita inteligencia para planear todo el calvario anterior, pero también hay un poco de nuestra psicología y de la psicología de los chimpancés.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2010, pp. 238-240. ISBN: 978-84-233-4248-8.]

domingo, 18 de mayo de 2025

En el camino.- Jack Kerouac (1922-1969)

 

Cuarta parte
2

 «A medianoche [...] cogí el autobús para Washington; perdí algún tiempo callejeando por allí; me salí del camino trazado para ver el Blue Ridge, oír el pájaro de Shenandoah y visitar la tumba de Stonewall Jackson; al anochecer escupí en el río Kanawha y anduve por la noche hillbilly de Charleston, al oeste de Virginia; a medianoche Ashland, Kentucky y una chica solitaria bajo la marquesina de un teatro cerrado. El oscuro y misterioso Ohio, y Cincinnati al amanecer. Después los campos de Indiana de nuevo, y por la tarde San Luis como siempre bajo las grandes nubes del valle. Los adoquines cubiertos de barro y los troncos de Montana, los barcos fluviales destrozados, los antiguos letreros, la yerba y las maromas junto al río. El poema interminable, Missouri por la noche, y los campos de Kansas, las vacas nocturnas de Kansas en los secretos desiertos, pueblos de cartón con un mar al final de cada calle; amanecer en Abilene. [...]
 Henry Grass viajaba conmigo en el autobús. Se había montado en Terre Haute, Indiana, y ahora me decía:
 -Ya te he dicho que aborrezco este traje que llevo, es asqueroso... pero eso no es todo -me enseñó unos papeles. Acababan de soltarle de la prisión federal de Terre Haute; lo habían encerrado por robar coches y venderlos después en Cincinnati. Era un chaval de unos veinte años y pelo ondulado-. Nada más llegar a Denver venderé el traje y me conseguiré unos pantalones vaqueros. ¿Sabes lo que me hicieron en esa cárcel? Aislamiento en celdas de castigo con sólo una Biblia; como el suelo era de piedra me sentaba encima de ella; cuando vieron lo que hacía me quitaron la Biblia y me trajeron otra de bolsillo pequeñísima. No podía sentarme encima y me la leí entera y el Nuevo Testamento también. ¡Je, je! -me dio un codazo mientras seguía chupando un caramelo. Comía caramelos sin parar porque en la cárcel le habían destrozado el estómago y sólo podía soportar eso-. ¿Sabes que en la Biblia hay cosas muy interesantes? Mucha jodienda y todo eso -me explicó lo que quería decir "andar publicándose"-. El que está a punto de salir de la cárcel y empieza a hablar de ello "anda publicándose" a los otros presos que tienen que quedarse todavía. Lo cogemos por el cuello y le decimos: "¡No andes publicándote conmigo!" Mal asunto ese de andar publicándose... ¿me entiendes?
 -Nunca andaré publicándome, Henry.
 -Si alguien anda publicándose conmigo, se me hinchan las narices, me cabreo y estoy dispuesto a cargármelo. ¿Sabes por qué me he pasado la vida en la cárcel? Porque perdí la cabeza a los trece años. Estaba en el cine con otro chaval y se metió con mi madre (ya sabes lo que quiero decir), y entonces cogí la navaja y le pegué un tajo en todo el cuello y lo habría matado si no me sacan de allí. El juez dijo: "¿Sabías lo que hacías cuando atacaste a tu amigo?" "Sí, señor juez, lo sabía, quería matar a ese hijoputa y sigo queriendo." Así que no me dieron la condicional y me metieron en un reformatorio. Me salieron almorranas de tanto sentarme en el suelo de las celdas de castigo. No vayas nunca a una prisión federal, son las peores. Mierda, hace tanto que no hablo con nadie que podría pasarme la noche entera hablando. No sabes lo bien que se siente uno fuera. Ya estabas en el autobús cuando subí yo... allí en Terre Haute... ¿En qué estabas pensando?
  -En nada, simplemente viajaba.
 -Pues yo, yo estaba cantando. Me senté a tu lado porque tenía miedo de sentarme junto a una chica, podía volverme loco y empezar a meterle mano. Tendré que esperar un poco.
 -Si te detienen otra vez te meterán cadena perpetua. Vale más que te tomes las cosas con calma.
 -Eso trataré de hacer. Lo malo es que cuando se me hinchan las narices no sé ni lo que hago.
 Iba a vivir con su hermano y su cuñada; le habían buscado trabajo en Colorado. El billete se lo habían dado al salir de la cárcel; estaba en libertad condicional. Era un chaval como Dean a su edad; la sangre le hervía en las venas y no conseguía dominarla; se le hinchaban las narices, como él decía; pero carecía de la santidad natural de Dean para librarse de un destino entre rejas.
 -Sé mi tronco, Sal, y evita que se me hinchen las narices en Denver, ¿lo harás? Tal vez consiga llegar sano y salvo a casa de mi hermano.
 Cuando llegamos a Denver lo cogí del brazo y lo llevé a la calle Larimer a vender el traje de la cárcel. El viejo judío se dio cuenta inmediatamente de lo que era.
 -No quiero estas jodidas prendas; me las traen a diario los tipos de Canyon City.
 Toda la calle Larimer era un hervidero de ex presidiarios que trataban de vender su ropa de la cárcel. Henry terminó con el traje debajo del brazo metido en una bolsa de papel y luciendo unos pantalones vaqueros nuevos y una camisa sport. Fuimos al bar de Glenarm, donde solía ir Dean. Por el camino Henry tiró el traje a una papelera. Llamé a Tim Gray. Ya era por la tarde.
 -¿Eres tú? -soltó Tim Gray-. Voy ahora mismo.
 Diez minutos después entraba en el bar con Stan Shephard. Ambos habían hecho un viaje a Francia y estaban totalmente decepcionados con su vida en Denver. Les gustó Henry le invitaron a cerveza. Henry empezó a gastar el dinero que le habían dado al salir de la cárcel. Me encontraba de nuevo en la suave y oscura noche de Denver con sus sagradas callejas y sus casas locas. Fuimos a todos los bares de la ciudad, a los paradores de West Colfax, a los bares de negros de Five Points, ¡la hostia!
 Stan Sherpard llevaba años esperando conocerme y ahora estábamos juntos por primera vez frente a la aventura.
 -Sal, desde que he vuelto de Francia no tengo ni la más remota idea de qué hacer conmigo mismo. ¿Es cierto que te vas a México? Coño, ¿no podría ir contigo? Puedo conseguir cien dólares y una vez allí me matricularé en la universidad con mi paga de veterano de guerra.
 Muy bien, estaba de acuerdo, Stan vendría conmigo. Era un tipo de Denver, ágil, tímido, desgreñado, con sonrisa patibularia y movimientos lentos y fáciles a lo Gary Cooper.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1983, en traducción de Martín Lendínez, pp. 334-337. ISBN: 84-02-07680-7.]

domingo, 14 de julio de 2024

Los perros duros no bailan.- Arturo Pérez Reverte (1951)

 

 10.- Sangre y arena

 «Cuando peleas con otro perro, lo importante son los reflejos. Los impulsos naturales y el adiestramiento. A la velocidad en que ocurren las cosas en el mundo cánido, no hay tiempo para pensar. Todo discurre demasiado rápido. Por suerte, los años que había pasado luchando no se borraban aún de mi memoria. Sabía por instinto que debía proteger el hocico, las orejas, las patas delanteras y el cuello. Que ésas serían las principales presas a las que apuntaría mi adversario. Así que cuando me vi en el círculo de arena, rodeado de humanos vociferantes, oliendo su sudor y el humo de sus cigarros, ensordecido por sus gritos, procuré borrar todo eso de mi cabeza y me concentré en dos consignas sencillas: protegerme y atacar.
 Desde que nos pusieron frente a frente, mi enemigo -un moloso negro con patas marrones, más o menos de mi estatura- y yo empezamos a ladrarnos con ferocidad. Guau, guau, guau, reguau. Lo normal. En realidad no nos decíamos nada fuera del cliché: te voy a matar, hijoputa, tontolhaba y todo eso. Te voy a arrancar a mordiscos las pelotas. Etcétera. Lo natural en estos casos. Diálogos automáticos, ritual de pelea. Rutina previa. Supongo que ni pensábamos siquiera en lo que ladrábamos.
 Tras unos momentos de calentamiento, para dar tiempo a que los humanos hicieran sus apuestas, los que nos retenían estaban a punto de soltarnos las correas. Alrededor de nosotros, toda aquella gentuza, toda aquella chusma canalla y despiadada, alzaba la voz en un griterío ensordecedor, animándonos a despedazarnos. Exigiendo sangre y muerte.
 -Vamos a ello -le ladré resignado al moloso.
 -Ya estás tardando, follagatos.
 Era valiente, pensé. Joven y valiente. Aquello iba a ser duro.
 Allí no había tácticas que sirvieran de nada, sino rapidez y violencia. Jugársela a cara o cruz. Así que en cuento sentí el cuello libre, me lancé contra él. Tenía mi enemigo anchos hombros y una boca tan impresionante como la mía. La diferencia era que él debía tener tres o cuatro años; y yo, con mis ocho a cuestas, ya iba camino del desguace. Pero la experiencia es un grado y más sabe un perro por viejo que por perro. De modo que la cosa estuvo equilibrada desde el primer choque, patas enlazadas con patas, colmillos lanzando dentelladas feroces, ojos desorbitados a escasa distancia, respiración furiosa, cálida y húmeda del otro en tu hocico, salpicaduras de baba y sangre. Como dicen los humanos, a cara de perro. En esos momentos supremos no sientes dolor; sólo una furia atávica y terrible, y a través del velo rojo que va cubriendo tu mirada, ves en el otro un cuerpo que hay que despedazar, destruir, aniquilar. Mis antiguos genes, los de los mastines que cazaban bárbaros con las legiones romanas o esclavos negros en la selva amazónica, acudieron en mi socorro. Benditos sean los abuelos. Gracias a ellos, a su dureza y su sangre en mis venas, defendí ferozmente mi vida, como un perro valiente y despiadado.
 Y vencí.
 Por suerte, no tuve que matarlo. O no fui yo quien lo hizo. El moloso se había batido con dureza, tenaz y valiente, hasta la locura. Buscándome las presas en aquellos lugares donde su instinto -los ojos ya no valían de nada en ese cuerpo a cuerpo- le indicaba que yo era vulnerable. Mi oreja herida sufrió también las consecuencias. Pero a su energía, a sus violentos ataques y acometidas, yo opuse siempre mi sólida firmeza de luchador veterano: resistir y, en cuanto el otro aminoraba el impulso por la fatiga o hacía una pausa para respirar, lanzarle dentelladas que en otro perro menos fuerte que él habrían resultado letales. Al fin pude acorralarlo contra el suelo, entre mis patas, aprisionándole el cuello con las fauces y dando furiosas cabezadas que amenazaban con desgarrárselo. De pronto, el moloso emitió un quejido prolongado y gutural, un resoplido agónico y se quedó casi inmóvil. A muy corta distancia, advertí sus ojos abiertos y suplicantes.
 Solté la presa y retrocedí, resollando fuerte mientras mis fauces mojadas de baba y sangre intentaban recobrar el aliento. A diferencia de los humanos, rara vez los cánidos rematamos a un enemigo que se proclama vencido. Aunque los perros somos lo que los amos hacen de nosotros, héroes o criminales, y no siempre un amo está a la altura de su perro, casi todos, excepto los que se vuelven locos, respetamos ciertas reglas caninas. Ciertos códigos como no atacar a cachorros y no liquidar al que se somete, por ejemplo. Así que me quedé inmóvil, erguido, firme sobre mis cuatro patas. Estaba sediento y ofuscado, pero el desenfrenado latido de mi corazón se acompasaba poco a poco. De nuevo mis sentidos recobraban la calma. Oí subir de punto las voces de los humanos y vi cómo entre ellos se pasaban gruesos fajos de dinero. A mi espalda, una mano me palmeó el lomo, satisfecha, pero se retiró en el acto cuando, volviendo a medias la cara, lancé en su dirección un gruñido y una dentellada de rencor.
 Frente a mí, el moloso yacía moviendo débilmente las patas, rebozado como yo en la arena que se le pegaba al pelaje con el sudor y la sangre. Tenía heridas por todas partes. Pobre diablo. Mis colmillos habían hecho un buen trabajo.
 Se lo llevaron. Dos humanos fueron hasta él y lo arrastraron fuera del coso. Yo ignoraba la suerte que iba a correr y lo cierto es que en ese momento no me importaba gran cosa, pues tenía asuntos más urgentes de que preocuparme. Quizá, si las heridas no eran muy graves, mi adversario fuese curado y puesto a punto para otras peleas. De lo contrario, si las lesiones lo habían dejado inútil para sus amos, el destino estaba claro: lo rematarían de un tiro en la cabeza o, en el más cruel de los casos, lo abandonarían moribundo o inválido, a su suerte.
 Sentí un sabor amargo en la boca viendo cómo se llevaban al moloso. No importaba cómo había vivido ni cómo había luchado, pensé. A pesar de su lealtad y coraje, ése era el premio que aguardaba a un gladiador vencido.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Alfaguara, 2018, pp. 125-129. ISBN: 978-84-204-3269-4.]

domingo, 27 de agosto de 2023

Berlín.- Theodor Plievier (1892-1955)


Theodor Plievier - Wikipedia, la enciclopedia libre
Segunda parte

Un refugio

  «A las tres de la tarde entraron los rusos en el refugio Herzberge.
 "¡Ya están aquí!" "¡Todo ha terminado!" "¡Nos cortarán la cabeza!", decían unos. "No hay que perder la serenidad." "No ocurrirá nada", decían unos pocos. Todos contenían el aliento.
 Haderer había escogido a cinco mujeres entre las más hermosas y atractivas del refugio. Las mujeres aguardaban en la entrada, cuyas puertas estaban abiertas de par en par. Todas iban provistas de cigarrillos y tazas llenas de un café que ya había sido recalentado tres o cuatro veces. Cerca de ellas aguardaba Haderer. No lejos del zapatero andaba Reimann, el cerrajero, que le había ayudado a preparar el refugio para el momento de la ocupación. Las mujeres, que tenían el corazón en un puño, miraban de la manera más simpática y natural que les era posible.
 Un espantoso griterío; disparos; polvo. Unas balas que se incrustan en el techo, del que cae una llovizna de yeso. Aparece un jinete tocado de una zamarra de cuero. El caballo alzó las patas delanteras y pateó en el aire. Un sable brilló entre el polvo. Los cigarrillos y las tazas de café cayeron al suelo. El viejo Haderer no pudo hacer su discurso. Sus ojos relampaguearon. Alguien le dio un golpe y cayó al suelo. Y lo mismo les sucedió a quienes estaban junto a la entrada. El cerrajero Reimann se adelantó y dijo: "¡Sdrasdvuitje!" "¡Bien venidos!" y en seguida añadió: "Yo, comunista." Una múltiple carcajada fue la respuesta. Un gigante le cogió por las caderas, lo levantó, lo echó contra el suelo y gritó: "¡Un comunista!" "¡Un idiota!" "Mirad: él, comunista, sin necesidad de serlo." "Nadie le ha obligado." "¡Idiota!" Reimann recibió algunos golpes de sus compañeros. El jinete caucasiano se apeó del caballo, y se abalanzó sobre una de las mujeres de la comisión receptora, que era una carnicera de rostro colorado, y la tumbó en el suelo. Sus compañeras también fueron tumbadas por los recién llegados, que estaban completamente borrachos. Veinte, treinta, cincuenta rostros descompuestos por el vodka se agitaban en la entrada del refugio. Iban a la caza de fascistas y para ello habían vaciado antes algunas botellas. Un tremendo griterío les acompañó a lo largo del pasillo. Las mujeres de la comisión receptora y las que estaban acurrucadas en las habitaciones próximas a la entrada recibieron el primer embate de la oleada. Las de la comisión no podían levantarse siquiera, pues los hombres se les echaban encima, uno tras otro, como bestias. Y todos, mientras permanecían sobre ellas, las apuntaban con sus pistolas.
 Fueron revueltos los baúles y las maletas. Las mujeres no dejaban de gritar. Los niños presenciaban espantosas escenas de violencia. Sonaron disparos y muchos hombres cayeron muertos y heridos. Algunos trataban de huir.
 El refugio de Herzberge se había convertido en un manicomio.
 El viejo Haderer abrió los ojos. Tenía gusto de sangre en la boca. A su lado estaba la carnicera que él había designado para formar parte de la comisión receptora. La mujer se había convertido en un desfigurado pelele. Un poco más allá sollozaba otra mujer. Desde el interior del refugio llegaban gritos, llantos y quejidos.
 - ¡Uri! ¡Uri!
 - ¡Mujer, ven!
 Horrible herejía; espantosa idolatría. Se sintió acusado por aquel dramático espectáculo en el que las mujeres caían bajo el peso de los soldados. Aquellas mujeres deshonradas, manoseadas y sucias… Escondió el rostro. Aquello era algo peor que su boca ensangrentada y sus dientes rotos. Se sintió desfallecido, incapaz de hacer nada. Le sucedió lo que antes, tiempo atrás, le había ocurrido a Gnotke. Su inocencia se rebeló contra todo aquello. Y renegó de todo. Su mano, que durante tantos años había estado manejando el martillo, se había convertido en algo inútil. Se arrastró junto a la pared y, como pudo, avanzó entre montones de hombres y mujeres que yacían en el suelo. ¡Aquellos locos, salvajes, apóstatas! ¡Fascistas! ¡No saben que todos los refugiados a quienes están asesinando son trabajadores! Cruzó la puerta del refugio y salió al aire libre. No podía esconderse en ningún lado. Una fila de refugiados, todos ellos cargados con sus enseres, avanzaba por el parque. Apareció una nube de jinetes. Las mujeres fueron separadas de la fila. Cayeron baúles, maletas, y paquetes. Todo quedó revuelto sobre la calle. Las plumas de un colchón volaron por el aire.
 Domingo negro en Weissense.
 Domingo negro. ¿Qué es lo que ocurrió? El pueblo de San Petersburgo, con el sacerdote Gapón a la cabeza, se manifestó por las calles de la ciudad como protesta contra aquellos atropellos de que era objeto. Y de pronto un batallón de cosacos se abalanzó sobre ellos y los pisoteó y los golpeó. Haderer se acordó de ese sucedido histórico. ¿De qué ha servido eso? ¿Es que el pasado no es más que literatura? El hijo de quien hace unos años fue pisoteado por los caballos de los cosacos hace ahora lo mismo con esa gente.
 Eso sucedió al otro extremo de Berlín, en el distrito de Mariendorf, no lejos de la carretera que conduce a Zossen, en el mismo sótano donde el coronel Zecke se había refugiado en compañía del Director Knauer, el fotógrafo Putlitzer y su esposa y otros inquilinos.
 - ¡Mujer, ven! ¡Y tú, hombre, apártate!
 El hombre tenía que marcharse; no podía permanecer allí y contemplar la escena.
 - Vete, Heiner -rogó Anna Putlitzer a su marido.
 ¡Qué podía hacer él! ¡Qué quería hacer! ¡Dejarse matar!
 Alguien la cogió de la muñeca. ¿Dónde quería llevarla? Luego la levantaron y la precipitaron contra el suelo. El sótano estaba lleno de sombras. Los recién llegados no eran más que sombras. Únicamente vio el rostro del hombre que la arrojó al suelo. Nunca olvidaría aquella cara en la que brillaban unos ojos negros, y aquella boca, y aquel olor a sudor, porquería y alcohol…
 - Vete, Heiner…
 Heinrich Putlitzer salió tambaleándose de la habitación. Un soldado le fue apuntando con el arma. Las dos hermanas Quappendorf se agitaron de un lado a otro: la pequeña comenzó a llorar y la mayor, que era maestra, quiso escabullirse, pero un soldado la cogió por el cogote y la obligó a quedarse donde estaba.
 - ¡Al patio! ¡Todos los hombres, al patio!
 El refugio fue desalojado, Putlitzer, Knauer, el viejo impresor Riebeling, el redactor Quappendorf subieron las escaleras y se dirigieron hacia un mundo totalmente cambiado.
 Sus ojos estaban acostumbrados a la escasa claridad de las velas. Habían estado cinco días sin ver la luz del sol. Y bajo el fuego de la artillería, el estrépito del "organillo" de Stalin y el estallido de las bombas de aviación habían perdido la noción del día y de la noche.
 Ya no era su patio. Aquel patio en forma de herradura, bordeado de plantas estaba totalmente cambiado. Antes, a la salida del sótano, se encontraba uno con un patio como tantos otros que existían en Mariendorf y ahora, en cambio, al salir del sótano se desembocaba en una especie de aduar. Era como si una caravana se hubiera detenido allí. Era Asia, y olía a paja y a estiércol. Había carros desenganchados. Una yegua daba de mamar a un potrillo de largas y delgadas patas. A lo lejos se veía el resplandor de grandes hogueras. El cielo aparecía teñido de rojo y sobre el canal Teltow había una gran humareda.
 Los rusos se abrían paso hacia Tempelhof.
 - ¡Tú, nazi! -dijo alguien al director.
 - ¡Tú también, nazi! -gritaron a Putlitzer.
 - ¡Tú también!… ¡Todos, nazi! ¡Todos a la pared!
Riebeling, Putlitzer, Knauer y el viejo Rector fueron empujados hacia la pared. Luego fue traído un muchacho de cabellos rubios y revueltos. Era el hijo del rector Quappendorf, que había pertenecido a las S.S. y ahora vestía de paisano.
BERLIN: Amazon.es: Plievier, Theodor: Libros ¡Qué espantosa equivocación! El impresor Riebeling había estado aguardando a los rusos, sus liberadores. En cierta ocasión, en noviembre de 1919, desde la central de telégrafos había comunicado con Moscú. "Aquí Riebeling…" "Aquí Chicherin, Moscú." "Le ordeno, camarada Riebeling, que vaya en busca del camarada Liebknecht". Tenía que hablar; era preciso que se explicase. Su boca se abrió: "Moscú, Moscú; aquí Riebeling; el camarada Riebeling está ante el paredón". Pero un duende silenció sus palabras, que ni él mismo pudo oír. El rector Quappendorf pensó en su mujer. ¡Qué suerte que no haya tenido que presenciar esta escena! Y Else, Margot y Lisbeth están en el sótano. Y el chico, ¡pobre chico! Juntó las manos, pero no fue una oración lo que le venía a la boca, sino unos pasajes del último discurso de Goebbels: "Los rusos están a punto de estrellarse, de estrellarse, de estrellarse…" Knauer estaba preparado para el final. Todavía esperaba menos de los rusos que de la Gestapo. Halen había ido dos días antes en busca de su padre. Fue una suerte que los rusos no la pillaran en el refugio. Lo último que vería en este mundo sería aquel grupo de pequeños caballos y aquel potrillo mamando de la yegua.
 Riebeling, Knauer, Putlitzer, un viejo de setenta años y un joven de diecisiete estaban ante la pared. Un relámpago cruzó ante sus ojos y el mundo se vino abajo.
 Una salva. Unos trozos de yeso saltaron de la pared.
 Los disparos pasaron silbando sobre sus cabezas. Todavía no había llegado el final. Los soldados volvieron a enfundar sus pistolas. Carcajadas y gritos. Y golpes. Todo había sido una broma. El fusilamiento había sido una broma. Y, sin embargo, ahora era cuando los cinco hombres se sintieron morir. Tuvieron que apoyarse en la pared. Uno se ensució en los pantalones, otro vomitó y un tercero se puso a llorar.
 Y en medio de su desgracia se vieron obligados a contemplar un tremendo espectáculo, que cada cual interpretó de un modo diferente. El patio estaba lleno de coches, carros y caballos y desde el patio se divisaba un paisaje abierto hasta el canal. Postes caídos, hilos telefónicos rotos, una fachada con grandes boquetes. Una fantasmal caravana de soldados que marchaba hacia el frente. De pronto, la tierra sufrió una tremenda sacudida. El cielo se oscureció y se tiñó de un color rojo oscuro y los postes del telégrafo, las ruinas, los soldados, los caballos se hundieron en la oscuridad.
 El patio volvió a ser un patio en el que había unos soldados acampados.
 El puente de Teltow acababa de volar por los aires.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 1961, en traducción de Tristán La Rosa, pp. 151-154. Depósito legal B. 9.939. – 1961.]

domingo, 4 de junio de 2023

Sesenta millones de romanos.- Jerry Toner (¿...?)


Editorial Océano - Jerry Toner
2.-Salud mental

Factores estresantes en la sociedad romana

 «En el fondo de la pirámide social romana se encontraban los esclavos. La sociedad romana tenía un número sustancial de esclavos, y es posible que alrededor de un cuarto de la población italiana tuviera un estatus servil. Bradley ha señalado que la vida de un esclavo no era demasiado diferente de la de un asno: una vida de palizas, trabajo duro y comida escasa, así como de abusos sexuales, sin apenas derechos o estatus. Si se presentaban ante los tribunales, así fuera como testigos, se los torturaba para garantizar que su testimonio era fiable. Sometidos a un régimen embrutecedor, su humillación psicológica era total. Los esclavos no eran más que “herramientas articuladas”.
 Se esperaba que incluso los recios se mostraran naturalmente sumisos, y sus amos sentían la necesidad de recordárselo con frecuencia y de modo enérgico. La forma en que se los trataba podía ser asombrosamente brutal. Diodoro Sículo describe a los esclavos que trabajaban en las minas como sujetos “físicamente destruidos [...] obligados por los latigazos de sus supervisores a soportar las penalidades más espantosas”; a menudo, “rezan pidiendo la muerte debido a la magnitud de su sufrimiento”. La violencia se convertía en una cuestión rutinaria: una inscripción de Puteoli recoge el precio estándar de una flagelación: cuatro sestercios (aproximadamente el precio de diez kilos de trigo), lo que incluía una horca para atar al esclavo. Soñar con carne de ternera era malo para los esclavos, “pues tanto las correas como los látigos están hechos de cuero de buey”. “¿Qué razón hay”, se pregunta el filósofo Séneca, “para que yo castigue con azotes y cadenas una respuesta un poco altiva de mi esclavo, un gesto un poco rebelde y una murmuración que no llega hasta mí?” “¿Por qué nos apresuramos a azotarlo inmediatamente, a quebrarle enseguida las piernas?”
 El abuso físico podía llegar a tener una crueldad casi cómica: en una ocasión el emperador Adriano le sacó un ojo a un esclavo con su pluma. Galeno afirmaba que “nunca he puesto mis manos sobre un sirviente, una disciplina que también practicaba mi padre, quien con frecuencia reprendía a sus amigos por las magulladuras que se hacían en las manos al golpear a los sirvientes en los dientes”. Solo con que hubieran esperado a que su ira amainara, continúa, podrían “infligir la cantidad de golpes que desearan, llevando a cabo la tarea de acuerdo con su juicio. Se sabe incluso de algunos que usan no sólo los puños sino también los pies contra los sirvientes, o los apuñalan con el lápiz que por casualidad tienen en la mano”. Un amigo de Galeno, un “hombre valioso”, tenía tan mal carácter que “regularmente usaba sus manos con sus sirvientes, y en ocasiones también sus piernas; más frecuente, sin embargo, era que los atacara con una correa de cuero, o con cualquier objeto de madera que tuviera a mano”. Para la mayoría de los romanos, el hecho de que algunos “agotaran a sus propios esclavos mediante el hambre, la tortura, la enfermedad o el esfuerzo constante”, no implicaba en absoluto que estuvieran incidiendo en el ser íntimo de los esclavos: “lo que arruina al esclavo es su propia naturaleza maligna, no la crueldad del amo”. Los amos superaban con facilidad cualquier remordimiento de conciencia que pudieran sentir: “Si uno lamenta haber dado un golpe, bien sea que lo haya infligido con la mano o mediante un proyectil, y en el acto se escupe en la palma de la mano que causó la herida, el resentimiento de la víctima se alivia de inmediato”. No había ninguna necesidad de pedir disculpas.
 Los abusos sexuales abundaban. De hecho, soñar que se tenían relaciones sexuales con los propios esclavos era favorable porque significaba que el soñador “derivará placer de sus posesiones”. Los embarazos indeseados entre las esclavas eran, lo bastante comunes como para hacer chistes al respecto: “Cuando un cerebrito tuvo un hijo con una esclava, su padre le aconsejó matar al bebé. Pero él le respondió: ‘Mata primero a tus propios hijos antes de decirme que mate a los míos’.”. Los esclavos también tenían sueños: “Sé de un esclavo que soñó que la mano de su amo le acariciaba y excitaba el pene”, pero en este caso eso significaba que le atarían a una columna y “recibiría muchos golpes”. El resentimiento que esta clase de abusos podía engendrar se insinúa en el Satiricón, donde un liberto señala que “rescaté a mi compañera, para que nadie tenga más el derecho de secarse las manos en su seno”. Muchos niños y niñas esclavos eran utilizados por sus amos para tener relaciones sexuales. El liberto Trimalción dice que desde que era “tan alto como este candelabro” se convirtió en “la delicia de mi patrono”, pero se defiende señalando que “no hay ninguna vergüenza en hacer lo que el amo manda”. Esa era probablemente la forma en la que la mayoría de los amos justificaba sus actos, o, al menos, como los habrían justificado de haber sentido que era necesario hacerlo. Desde su punto de vista, sus esclavos eran una propiedad que podían usar según les pareciera conveniente.
 Otros problemas que enfrentaban los esclavos iban desde el tedio absurdo que se derivaba de ser uno de los esclavos que los ricos empleaban en tareas ostentosas pero sin sentido, como anunciar las horas: una vida entera dedicada a mirar el reloj, hasta lidiar con amos con problemas mentales, como el propietario de una tienda de paños en Roma, que arrojó a su esclavo por una ventana para divertir a la gente que pasaba por delante de su casa. El predominio de la figura del amo en la vida del esclavo medio implicaba que un cambio inminente o sospechado podía ser motivo de gran preocupación. Un abderitano (la gente de Abdera, a la que se la ridiculizaba por su estupidez) estaba intentando vender una vasija sin asas. “¿Por qué le has cortado las orejas?”, preguntó alguien. “Para que no fuera a oír que la iba a vender y se diera a la fuga”, respondió. Fugarse conllevaba graves riesgos para un esclavo: a los fugitivos asiduos se los marcaba o tatuaba en la frente para que pudieran ser reconocidos con facilidad, o se les ponía collares grabados con las iniciales TMQF (tene, me quia fugio: retenme porque soy un fugitivo). El astrólogo Doroteo incluyó en su obra una sección sobre esclavos fugados, y sus destinos constituyen una lectura deprimente: el fugitivo “se ahorcará”; “se suicidará”; será devuelto a su amo, donde “le alcanzarán la miseria y las cadenas en su fuga”; sufrirá “palizas y encarcelamiento”; y “el miedo de la muerte será desmedido en él”. Algo justificado en vista de que sufrirá “una muerte desagradable» y «se le cortarán las manos y los pies” o se le estrangulará, crucificará o quemará vivo.
 E incluso dentro del mundo de los esclavos había una jerarquía. Todos los esclavos no gozaban del mismo estatus: estaban los esclavos que trabajaban en el campo, los esclavos domésticos, los esclavos que nacían en casa, los bárbaros importados, los esclavos con alguna educación y los esclavos que tenían contacto personal con el amo o a los que se había confiado alguna posición de autoridad. En ocasiones, los esclavos no eran más sensibles que sus patrones en sus relaciones con otros esclavos: Salviano cuenta que a algunos esclavos les “aterrorizaban sus compañeros de esclavitud”. De hecho, la caricatura del liberto es la de alguien que trata con particular brutalidad a sus propios esclavos, como Trimalción en el Satiricón, que exige decapitaciones y flagelaciones como una forma de compensar con exceso su anterior estatus servil.
 Incluso en este entorno, muchos esclavos conseguían tener una familia, aunque en la mayoría de los casos era el amo el que asignaba las parejas. Tener hijos no dejaba de tener recompensas: a una esclava que tenía tres hijos, Columela le otorgó “exención del trabajo”, y “a una mujer que tenía más, la libertad”. Pero luego vivían temiendo constantemente la venta de algún miembro de su familia. La moraleja de la fábula de la paloma y la corneja declara: “los más desafortunados de los servidores son los que más hijos engendran en la esclavitud”. Asimismo, los hijos podían ser testigos de la venta de sus padres viejos o enfermos: “vende a tus esclavos viejos, a tus esclavos enfermos y a cualquier otro que sea superfluo”, aconseja Catón. Catón era un auténtico hijo de puta, pero la práctica era lo bastante común como para que el emperador Claudio tuviera que actuar para intentar impedir que la gente en general abandonara a sus esclavos enfermos o inservibles en la isla Tiberina en Roma.
SESENTA MILLONES DE ROMANOS: LA CULTURA DEL PUEBLO EN LA ANTIGUA ... El trato espantoso y las humillaciones cotidianas que los esclavos tenían que soportar debían de tener un impacto psicológico significativo en ellos. Séneca pensaba que quienes nacían como esclavos estaban mejor porque no habían conocido otra vida. En cambio, al bárbaro recién capturado era necesario doblegarlo. En su opinión había que compadecerse de ese esclavo cuando “mantiene un resto de libertad y no acude diligente a los trabajos sórdidos y fatigosos”. Pero Séneca escribe como un filósofo que intenta convencer a su audiencia de sus argumentos. Y no cabe duda de que ante ese esclavo la mayoría de los amos romanos habría reaccionado de cualquier forma salvo con compasión. En la mayoría de los casos, el efecto de la intimidación y el trato brutal constantes llevaban a la desmoralización de los esclavos, que se volvían obsequiosos y retraídos. En la interpretación de los sueños, un ratón significa un esclavo doméstico pues vive en la casa y es “tímido”. El esclavo al que Adriano sacó un ojo sólo entonces se armó de valor y rechazó el regalo que se le ofreció como compensación: “pues ¿qué regalo puede compensar la pérdida de un ojo?”. Varrón también aconseja a los amos no comprar demasiados esclavos de la misma nacionalidad, “pues con mucha frecuencia esto es causa de disputas domésticas”. En consecuencia muchos esclavos extranjeros se hallaban en condiciones de aislamiento y soledad, carentes de cualquier red de apoyo que pudiera ayudarles a enfrentarse a su penosa situación. Uno de los dolores de cabeza de los propietarios de esclavos era que tenían que confiar en personas que siempre estaban deshaciéndose en lágrimas y maldiciendo. Los intentos de suicidio eran suficientemente comunes para merecer una opinión jurídica, a saber, que el vendedor estaba obligado a revelar a los compradores potenciales si el esclavo o la esclava habían intentado matarse. En las comedias, los esclavos en situaciones difíciles piensan en el suicidio casi de forma rutinaria. Algunos fugitivos capturados preferían “un hierro clavado en las entrañas” que ser llevados de vuelta o “regresar sumisos junto a su amo”. El suicidio y el intento de suicidio no son en sí mismos un síntoma de enfermedad mental. Muchos de los suicidios de la élite eran actos políticos organizados cuidadosamente. Sin embargo, el suicidio siempre es una señal de las tensiones y el estrés de la vida de un individuo, y en el mundo del esclavo romano estos podían con facilidad hacerse apabullantes.
 Es posible argumentar que la mayoría de los esclavos romanos no tenían en realidad identidad y, por tanto, el tipo de trato que hemos visto les afectaba mucho menos? Si para empezar no tenían noción de su propia valía, entonces el impacto psicológico del maltrato podría haber sido menor. Solo es posible humillar y degradar a alguien que posee una idea de su propio valor. Las pruebas indican que muchos esclavos tenían opiniones firmes acerca de la justicia y su propio valor. Androcles, famoso por la historia del león, dice que se había visto obligado a huir de su amo debido a las palizas injustificadas que recibía todos los días. De modo que huyó al desierto para buscar comida o, si todo lo demás fallaba, matarse. El dolor que le causaban esos ataques era más que físico. De forma similar, había muchos esclavos que “anhelan la libertad” y hacían grandes sacrificios para alcanzarla. Séneca menciona que “el dinero que los esclavos han ahorrado robando a sus estómagos lo entregan como precio de su libertad”. Algunos esclavos domésticos recibían un pequeño salario y muchos optaban por ahorrarlo con gran esfuerzo para alcanzar la libertad a largo plazo, incluso si ello implicaba comer poco. Las inscripciones de las manumisiones délficas demuestran que muchos esclavos pagaron grandes sumas de dinero para garantizar su libertad, a menudo en una fecha incierta en el futuro, habitualmente con la muerte de su amo. Algunos de esos contratos estipulaban que los esclavos tendrían que dejar a uno de sus hijos como reemplazo. Que accedieran a hacerlo evidencia cuánto deseaban ser libres. Si alcanzaban su meta, el ex esclavo paranoico era un personaje lo bastante reconocible como para ser caricaturizado como alguien que temblaba con solo pensar en los grilletes y que reverencia el molino como si fuera un santuario (a los esclavos se los castigaba obligándolos a girar la rueda del molino en lugar de las bestias). Los libertos también se esforzaban para intentar ocultar las marcas físicas de la servidumbre: algunos médicos se especializaban en ocultar las señales de “impuesto pagado” que se tatuaba en las frentes de los esclavos exportados mediante el método de quemar la piel para que cicatrizara de nuevo.
 Las pruebas que tenemos nos dicen que la no élite romana debía hacer frente a factores sociales estresantes muy poderosos. Además, cuanto más abajo en la jerarquía social se encontraba un individuo, más intensos resultaban estos factores estresantes. Las investigaciones modernas sobre salud mental, y acaso también el sentido común, nos dicen que es de esperar que tales condiciones tengan un impacto perjudicial en su bienestar psicológico, y que la consecuencia sea un nivel bajo de salud mental. Asimismo, nos dicen que es de esperar una incidencia elevada de trastornos mentales en los grupos de menos estatus, en especial los esclavos. Lo que no pueden decirnos son las formas que tales trastornos mentales adoptaban. Las influencias sociales afectan de forma suficiente a las enfermedades mentales como para que estas se manifiesten de manera diferente de una cultura a otra. Cada contexto particular produce cierto estilo de expresión psiquiátrica. Y tampoco pueden decirnos cómo esta forma única de expresión ayudaba a los romanos a entender y moldear su mundo.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2012, en traducción de Luis Noriega, pp. 87-93. ISBN: 978-8498923216.]