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jueves, 25 de junio de 2020

He sufrido más por lo que creo que por lo que soy (Antología del discurso político).- Bartolomeo Vanzetti (1888-1927)

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He sufrido más por lo que creo que por lo que soy
(19 de abril de 1927, tribunal de Dedham, Massachusetts)

   «Lo que yo digo es que soy inocente. […] No sólo soy inocente de estos dos crímenes, no sólo que nunca he robado, ni matado, ni derramado sangre, sino que he luchado toda mi vida, desde que tuve uso de razón, para eliminar el crimen de la Tierra […]; también el crimen que la moral oficial y la ley oficial no condenan y santifican: la explotación y la opresión del hombre por el hombre. Y si hay alguna razón por la cual yo estoy en esta sala como reo, si hay alguna razón por la cual dentro de unos minutos va usted a condenarme, es por esa razón y por ninguna otra. […]
 Todos los hombres de claro criterio del mundo, no sólo de este país sino de todos los países del mundo, están con nosotros. La flor de la humanidad de Europa, los mejores escritores, los más grandes pensadores de Europa han pedido por nosotros. Los científicos, los más grandes científicos, los más grandes estadistas de Europa, han pedido por nosotros. Los pueblos de los países extranjeros se han pronunciado por nosotros.
 ¿Es posible que sólo unos pocos individuos del jurado, sólo dos o tres hombres, que serían capaces de condenar a su propia madre a cambio de honores mundanos y bienes terrenos, es posible que ellos tengan razón contra el mundo, todo el mundo que ha dicho que están equivocados y que me consta que están equivocados? […]
 Hemos probado que no podía haber habido en toda la faz de la Tierra un juez más prejuicioso ni más cruel que lo que usted lo ha sido con nosotros. Hemos probado eso. Y nos siguen negando un nuevo juicio. Nosotros sabemos, y también lo sabe usted en el fondo de su corazón, que usted ha estado en contra de nosotros desde el primer momento, aun antes de habernos visto la cara. Antes de vernos, usted ya sabía que éramos izquierdistas y que debíamos perecer. Nosotros sabemos que usted se descubrió y descubrió su hostilidad contra nosotros y su desprecio, hablando con amigos suyos en el tren, en el club universitario de Boston y en el Golf Club de Worcester (Massachusetts). Estoy seguro de que si la gente supiera todo lo que usted dijo en contra nuestra, si usted tuviera el coraje de declararlo públicamente, entonces quizás su señoría tendría que estar ocupando nuestro lugar como acusado en este juicio.
 Nosotros fuimos juzgados durante un período que ya ha pasado a la historia. Un período en que había una ola de histeria y resentimiento y odio contra la gente de nuestras ideas e ideales, contra el extranjero. Y me parece, más bien estoy seguro, que tanto usted como el fiscal han hecho todo lo que pudieron para agitar la pasión de los miembros del jurado en contra nuestra. Ellos nos odian porque estamos contra la guerra, y no saben distinguir entre un hombre que está contra la guerra porque la considera injusta, porque no odia a ningún pueblo sobre la Tierra, y un hombre que está contra la guerra porque está a favor del país que lucha contra el país en que él está, y entonces es un espía.
Antología del discurso político - Catarata Nosotros no somos espías. El señor fiscal sabe perfectamente que nosotros estábamos contra la guerra porque no creíamos en los propósitos por los cuales, según ellos, se hacía esta guerra. La creíamos injusta y creemos eso hoy más que hace diez años, porque cada día vamos comprendiendo mejor el resultado y las consecuencias de esa guerra.
 Creemos hoy más que nunca que esa guerra fue un trágico engaño […]. Todo lo que les han prometido, todo son mentiras, trampas, engaños. Fue un crimen. Prometieron libertad. ¿Dónde está la libertad? Prometieron prosperidad. ¿Dónde está la prosperidad? Prometieron elevación y dignificación moral. ¿Dónde están?
 Desde el día que ingresé a la prisión de Charlestown, la población de la cárcel se ha duplicado. ¿Dónde está la nueva moral que la guerra ha traído al mundo? ¿Dónde está el progreso espiritual que hemos alcanzado a través de la guerra? ¿Dónde está la seguridad de nuestra vida, la seguridad de obtener el mínimo de cosas que necesitamos? ¿Dónde está el respeto por la vida humana? ¿Dónde están el respeto y la admiración por las características nobles y sanas del alma humana? Nunca antes de la guerra hubo tantos crímenes como ahora, tanta corrupción, tanta degeneración como la que hoy reina. […]
 Mi convicción más profunda es que yo he sufrido por otros crímenes, de los que sí soy culpable. Yo he sufrido y sufro porque soy un militante anarquista. Y es cierto, lo soy. Porque soy italiano. Y es cierto, lo soy. He sufrido más por lo que creo que por lo que soy; pero estoy tan convencido de estar en lo cierto que si ustedes pudieran matarme dos veces, y yo pudiera renacer otras dos, volvería a vivir como lo he hecho hasta ahora.»

     [El texto pertenece a la edición en español del volumen "Antología del discurso político", en edición de Antonio Rivera, editorial Los Libros de la Catarata, 2016. ISBN: 978-84-9097-117-8.]

miércoles, 27 de mayo de 2020

Viajes de Gulliver.- Jonathan Swift (1667-1745)

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Viaje a Liliput
Capítulo VI

«Aunque nosotros usualmente consideramos la recompensa y el castigo como los dos ejes sobre los que gira todo gobierno, nunca he visto esta máxima puesta en práctica en ninguna nación, salvo en Liliput. Cualquiera que acredite con suficientes pruebas haber observado estrictamente las leyes de su país durante setenta y tres lunas tiene derecho a ciertos privilegios según su calidad y condición de vida, con una proporcionada cantidad de dinero, que se toma de un fondo existente al efecto. Además, adquiere el título de Snilpall o legal, el cual se añade a su nombre, si bien no se transmite a su descendencia. Y los liliputienses juzgaban que es un prodigioso defecto político entre nosotros el que nuestras leyes sean impuestas sólo a fuerza de penalidades sin mención alguna de recompensa. Por ello, en sus tribunales, la figura de la justicia se representa con seis ojos, dos delante, dos detrás y uno a cada lado, para significar la circunspección, y con un saco de oro abierto en la mano derecha y una espada envainada en la izquierda, mostrando que está tan dispuesta a castigar como a recompensar.
 Al elegir personas para cualquier cargo atienden más a su buena moral que a sus capacidades, ya que, siendo el gobierno necesario al género humano, creen que el molde común de la comprensión humana es apto para un estado u otro, ya que la Providencia no se ha propuesto nunca hacer del manejo de los asuntos públicos un misterio sólo al alcance de unas cuantas personas de genio sublime, de las que rara vez nacen tres en una era. Creen, en cambio, que la verdad, la justicia, la temperancia y análogas virtudes están expeditas a todo hombre, y juzgan que su práctica, asistida por la experiencia y la buena intención, califica a cualquier persona para el servicio de su país, salvo en las materias que requieren especial estudio. Y a tal punto entienden que la falta de virtudes morales está muy lejos de ser substituida por superiores capacidades de la mente, que los cargos no son nunca puestos en tan peligrosas manos como las de personas así calificadas, opinando por ende que los errores cometidos por ignorancia y con buena intención nunca pueden ser tan perniciosos para el bien público como lo ejecutado por un hombre de inclinaciones corrompidas y cuyas grandes facultades le permitan multiplicar y defender sus cohechos.
 De modo semejante, la incredulidad en la Divina Providencia hace allí incapaz a un hombre de ejercer ningún cargo público, porque, declarándose los reyes representantes de la Providencia, los liliputienses juzgan que no hay nada más absurdo para un príncipe que emplear hombres que niegan la autoridad en cuyo nombre actúan.
 Al explicar éstas y otras siguientes leyes, sólo quiero referirme a las instituciones originales y no a las escandalosas corrupciones en que esas gentes han caído a causa de la degenerada naturaleza del hombre. Tal es, por ejemplo, la infame práctica de adquirir grandes cargos danzando en la cuerda tensa, o distinciones y honores saltando bastones y arrastrándose bajo ellos. Ha de hacerse notar que estas costumbres fueron introducidas por el abuelo del emperador hoy reinante, habiéndose desarrollado hasta el extremo presente a causa del gradual crecimiento de partidos y facciones.
 La ingratitud se considera entre ellos un crimen capital, como leemos que sucedía en otros países, porque los liliputienses razonan diciendo que cualquiera que devuelva a su favorecedor mal por bien, forzosamente ha de ser común enemigo de todo el género humano, del que no ha recibido bien alguno, y, por tanto, hombre tal no debe vivir.
LOS VIAJES DE GULLIVER de Jonathan Swift: Bien Rustica (1984 ... Sus nociones respecto a los deberes e padres e hijos difieren mucho de las nuestras. No opinan que un hijo tenga deber alguno hacia su padre por haberle engendrado, ni a su madre por haberlo traído al mundo, lo que, considerando las miserias de la vida humana, no es un beneficio en sí mismo, ni así se lo proponían sus progenitores, cuyos pensamientos, durante su relación amorosa, estaban ocupados en cosa diversa. Fundándose en estas y parecidas razones, su opinión es que los padres son las personas menos idóneas para encargarse de la educación de sus hijos, y, por tanto, en todas las ciudades existen casas públicas para la infancia, estando obligados todos los padres, excepto los campesinos, a enviar a ellas a sus hijos de ambos sexos desde que alcanzan la edad de veinte lunas, en cuyo tiempo se supone que han adquirido algunos rudimentos de docilidad. Tales escuelas son de varios géneros, según las diferentes circunstancias, y las hay para ambos sexos. Existen en ellas ciertos profesores diestros en preparar a los niños para las condiciones de vida propias del rango de sus padres, con arreglo a sus capacidades y a sus inclinaciones. Hablaré primero de las escuelas de niños y después de las de niñas.
 Las casas que acogen a los niños de rango noble o eminente están atendidas por graves y doctos profesores y sus pasantes. Las ropas y alimentación de los niños son sencillas y sobrias. Se les educa en los principios del honor, el valor, la justicia, la modestia, la clemencia, la religión y el amor de su patria. Siempre están ocupados en alguna actividad, salvo a las horas de comer y dormir, que son muy breves, más dos horas consagradas a la distracción,  generalmente consistente en ejercicios corporales. Hasta la edad de cuatro años son vestidos por hombres, y luego quedan obligados a vestirse ellos solos, por elevada que sea su calidad. Para los servicios mecánicos se emplean criadas de edad proporcional a la nuestra de cincuenta. No se les permite hablar con los criados y practican sus juegos en grupos y bajo la vigilancia de un profesor o un pasante, lo que evita las tempranas malas impresiones de locura y vicio a que nuestros niños viven sujetos. Los padres sólo pueden visitar a los niños dos veces al año, por espacio de una hora. Se les permite besar a sus hijos al verlos y al separarse de ellos; pero el profesor, siempre presente en tales ocasiones, les impide cuchicheos, frases cariñosas o regalos de juguetes, dulces o cosas análogas.
 La pensión que cada familia ha de pagar por la educación y mantenimiento de un niño es, en caso de falta de pago, recabada legalmente por los oficiales del emperador.
 Las escuelas de niños de hidalgos corrientes, mercaderes, negociantes y artesanos, funcionan, en proporción de la misma manera, si bien los designados para ejercer oficios o tratos son colocados a los once años como aprendices, mientras las personas de calidad continúan sus estudios hasta los quince, que corresponden a los veintiuno nuestros. Pero su aislamiento se aminora en los tres últimos años. […]
 Los labradores y granjeros mantienen a sus hijos en sus casas, porque, limitándose su ocupación a cultivar y arar la tierra, su educación es de escasa consecuencia para la comunidad. Los ancianos o enfermos de esta clase son mantenidos en hospitales, ya que la mendicidad es práctica desconocida en este imperio.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Sarpe, 1984, en traducción de Juan G. de Luaces. ISBN: 84-7291-711-8.]

jueves, 26 de diciembre de 2019

Billy Budd.- Herman Melville (1819-1891)

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Capítulo IV

«En este asunto de escribir, por más que uno esté resuelto a mantenerse en el camino real, algunos senderos laterales tienen un atractivo que no es fácil resistir. Voy a vagar por uno de esos senderos. Si el lector me hace compañía, me alegraré. Al menos, nos podemos prometer ese placer que perversamente se dice que hay en el pecado, pues esta digresión será un pecado literario.
 Muy probablemente no sea una observación  original decir que los inventos de nuestra época han acabado por producir un cambio en la guerra naval, correspondiente por su importancia a la revolución que en todo el desarrollo bélico produjo la introducción de la pólvora desde China a Europa. La primera arma de fuego europea, un artilugio grosero, recibió el desprecio, según se sabe, de no pocos nobles, que la vieron como un vil instrumento, quizá bastante bueno para tejedores demasiado cobardes para decidirse a cruzar acero con acero en franca pelea. Pero, así como en tierra firme la valentía caballeresca, aunque desprovista de sus blasones, no desapareció con los caballeros, del mismo modo en los mares, por más que cierta clase de valor ostentoso haya pasado de moda porque no resulta aplicable a las nuevas circunstancias, las nobles cualidades de magnates tales como don Juan de Austria, Doria, Van Tromp, Jean Bart, la larga línea de los almirantes británicos y los Decatur americanos de 1812, no se han quedado anticuadas junto con sus murallas de madera.
 No obstante, a cualquiera que pueda estimar el presente en lo que vale sin dejar de apreciar el pasado, se le podrá perdonar si piensa que el casco viejo, solitario y arrumbado de la Victory de Nelson, en Portsmouth, flota allí no sólo como el monumento en ruinas de la fama incorruptible, sino también como un reproche poético, suavizado por su carácter pintoresco, para los Monitor y otros buques europeos aún más poderosos, de esos que se han blindado de hierro. No se trata únicamente de que tales navíos sean feos porque les falta inevitablemente la simetría, la grandeza de líneas que hay en los viejos buques de guerra; lo son también por otras razones.
 Hay algunos, quizá, que aunque no sean del todo inaccesibles a ese reproche poético a que acabamos de aludir, tal vez estén dispuestos a hacer un quite en obsequio al nuevo estado de cosas, y si es preciso, pueden llegar a ser iconoclastas. Por ejemplo, estimulados al ver la estrella que en el puente del Victory señala el lugar donde cayó el Gran Marinero, esos utilitarios marciales podrán formular apreciaciones que implican que la ostentosa exhibición personal de Nelson en batalla no sólo era innecesaria, sino que además tampoco era militar y, como si fuera poco, tenía cierto sabor a ligereza y vanidad. Quizás añadan también que en Trafalgar se trataba nada menos que de un reto a la muerte, y la muerte se hizo presente; y de no ser por esa bravata, el almirante victorioso quizá podía haber sobrevivido a la batalla; y así, en vez de permitir que con su muerte sus sagaces indicaciones fueran anuladas por su inmediato sucesor en el mando, una vez decidido el combate, él en persona podría haber llevado a puerto su flota destrozada; quizá así se hubiera evitado la deplorable pérdida de vidas en los naufragios provocados por la tempestad, con que la naturaleza emuló a la batalla.
 Bien, si dejamos a un lado el tema, más que discutible, de si por razones varias resultaba posible que la flota anclara, en tal caso los benthamitas de la guerra son capaces de defender lo que arriba se dice.
 Pero aquello de "podría haber ocurrido" no es más que un terreno pantanoso para edificar en él. Y, por supuesto, en la previsión hasta sus últimas consecuencias del más amplio resultado de un encuentro, y en los ansiosos preparativos previos -marcar con boyas el camino mortal y elaborar un mapa, como en Copenhague-, pocos jefes han sido tan concienzudamente meticulosos como ese mismo incauto que tanto arriesgaba su integridad personal en el combate.
 Aunque venga dictada por consideraciones poco egoístas, la prudencia personal no es virtud específica en un militar; en cambio, el amor ilimitado a la gloria, que llena de pasión un impulso poco ardiente, y el sentido honesto del deber constituyen la primera. Si el nombre de Wellington no suena como una trompeta para la sangre como el más sencillo nombre de Nelson, el motivo de ello puede deducirse de lo anterior. Alfred, en su oda fúnebre al vencedor de Waterloo, no se atreve a llamarlo el mayor soldado de todos los tiempos, aunque en el mismo poema invoca a Nelson como "el mayor marinero desde el comienzo del mundo".
 En Trafalgar, a punto de comenzar el combate, Nelson se sentó a escribir sus breves disposiciones finales. Si con el presentimiento de la más magnífica de todas las victorias, coronada por su muerte gloriosa, una especie de motivación sacerdotal lo condujo a revestir su persona con los trofeos galanos de sus brillantes hazañas; si el haberse adornado así para el altar y el sacrificio fue en efecto cosa de vanagloria, entonces no hay más que afectación y ampulosidad en cada línea heroica de los grandes poemas épicos y tragedias, porque en esas líneas el bardo no hace más que dar cuerpo poético a las exaltaciones que una naturaleza como la de Nelson pone en acción cuando se presenta la oportunidad.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1987, en traducción de Julián del Río. ISBN: 84-85471-51-2.]

martes, 25 de junio de 2019

El juramento de Lagardère.- Paul Feval (1816-1887)


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X.-El diario de Aurora

«Don Miguel sacó una bolsa y la vació sobre la mesa, indicando a su sobrino que hiciera lo propio, ante la mirada llena de estupor de Enrique. Por mi parte, incapaz de resistir la tensa situación que se vivía en aquella habitación, corrí a refugiarme en mi alcoba, aunque dejando la puerta entreabierta.
 Los dedos de don Miguel removieron el oro y continuó:
 -Nunca llegaréis a reunir una suma tal trabajando con el cincel en casa de maese Cuenca... No hablo con intención de ofenderos, caballero, ni estamos aquí para saber por qué el gran Lagardère practica ese oficio tan bajo que deforma vuestras manos y debilita vuestro pecho. Si hemos dado este arriesgado paso es para revelaros un secreto de familia y proponeros un negocio.
 -Hablad -contestó lacónico Enrique, tomando asiento.
 -Mi sobrino, caballero, es algo corto de genio. Yo, que soy su tío, no me avergüenzo en confesarlo. Ese gran defecto suyo le hizo perder a una hermosa joven, que prefirió a otro galán. Y no es que mi sobrino sea necio ni que le falten escudos, pero como, no obstante, es muy obstinado, no se resignó a olvidarla y aún trata de ganarse el amor de esa dama. Tampoco el otro galán quiere cedérsela, y así llegó lo que tenía que llegar: un par de bofetadas que mi sobrino recibió en pleno rostro. ¡Y esto es algo que no se puede tolerar! Es lícito llevarse una mujer, pero no abofetear al rival. ¡Hemos decidido lavar esa injuria con sangre! ¿Entendéis ahora cuál es nuestro interés? Mi sobrino, el pobre, no se ve capacitado para borrar esa ofensa que pesa como una losa sobre nuestra familia. En cuanto a mí, son ya muchos años que me incapacitan para cometer una locura. ¿Vais comprendiendo?
 Y la mirada de don Miguel se paseó por las tentadoras onzas, mientras su rostro adquiría una expresión radiante.
 Enrique, asimismo, miraba al oro, seguramente pensando que con aquella fortuna podrían remediarse muchas cosas.
 -Lo comprendo bien y podéis contar conmigo -fueron sus palabras.
 -¡Espléndido! -exclamó don Miguel, frotándose las manos-. ¡Sois un verdadero caballero!
 Incluso el rostro del sobrino perdió por un momento su inexpresividad asomando a sus ojos un atisbo de entusiasmo.
 -¡Estaba seguro de que cooperaríais! -prosiguió don Miguel-. El villano que ha escarnecido a nuestra familia se llama Ramiro Núñez, un tipo pequeño, que usa barba y es más bien rechoncho...
 -Obviad los detalles -le cortó Enrique.
 -No es prudente. A veces, se cometen burdos errores. En cierta ocasión, el sacamuelas me extrajo una muela sana en vez de la dañada. Lo achaqué a una insuficiencia de explicaciones por mi parte. No quisiera pecar de lo mismo en esta ocasión.
 La frente de mi amigo se ensombreció.
 -El que paga tiene derecho a exigir que le sirvan a su gusto -continuó don Miguel-. El pelo de don Ramiro es rojo. Se cubre con un sombrero gris con plumas negras. Debéis saber que a las siete de la noche pasa cada día por delante de la posada de "Los tres moros".
 -¡Ya basta, caballero! -exclamó en aquel punto Enrique-. Creí haberlo entendido antes, pero veo que no es así. Supuse que se trataba, en suma de dar unas lecciones de esgrima a vuestro sobrino.
 Sin dejarles pronunciar una palabra más, les obligó a tomar su dinero y le condujo a la puerta, donde los despidió con estas palabras:
 -Esta clase de negocios no le cuadran al caballero Lagardère.
 Aquella noche sólo cenamos pan. Enrique no tenía un céntimo.
 Aunque yo era muy pequeña para entender el significado de aquella escena, recuerdo que la actitud de mi amigo me conmovió. ¡Nunca olvidaré la mirada que Enrique lanzó sobre el montón de onzas!
 Todavía tardé algún tiempo en conocer la fama que envolvía el mágico nombre de Lagardère. [...]
 He descubierto que yo cambié el rumbo de su vida. Hoy no es ni sombra de lo que fue. Cuando decidió adoptarme, empezó para él una nueva existencia, olvidándose de sus antiguos libertinajes.
 No es orgullo lo que me impele a hablar así. Estoy convencida de que mi presencia le ha hecho ser bueno y cariñoso.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editors, S.A. ISBN: 84-7561-292-X.]
 

viernes, 26 de octubre de 2018

La hija de Homero.- Robert Graves (1895-1985)


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1.-El collar de ámbar

«Una desdichada tarde, hace tres años, cuando hacía aún muy poco tiempo que mi hermano Laodamante estaba casado, comenzó a soplar el viento que llamamos siroco y una enorme nube se echó pesadamente sobre los hombros del monte Erix. Como de costumbre, se agostaron las plantas de mi jardín, mi cabello perdió sus rizos y todos se volvieron quisquillosos y pendencieros; mi cuñada Ctimene no menos que los demás. Esa noche, en cuanto se encontró a solas con Laodamante en el asfixiante dormitorio, que estaba en el piso superior y daba al patio de los banquetes, comenzó a reprocharle su pereza y falta de espíritu emprendedor. Ctimene habló en detalle sobre el valor de su dote y le preguntó si no le avergonzaba pasarse los días cazando o pescando, en lugar de conquistar riquezas mediante audaces aventuras al otro lado del mar.
 Laodamante rio y respondió, con tono ligero, que la única culpable era ella: su rozagante belleza era lo que lo retenía en el hogar.
 -En cuanto me canse de tu delicioso cuerpo, esposa mía, emprenderé viaje... Me iré tan lejos como pueda llevarme un barco, a la Tierra de Cólquida y a los Establos del Sol, si hace falta; pero ese momento no ha llegado aún.
 -Sí -respondió Ctimene, malhumorada-; pareces destinado a no cansarte de mis abrazos durante mucho tiempo, a juzgar por la forma en que me importunas con tus atenciones nocturnas. Pero en cuanto raya el alba sales corriendo, preocupado sólo por tus sabuesos, tu lanza de cazar jabalíes y tu arco. Y no vuelvo a verte hasta el anochecer y entonces comes como un lobo, bebes como una marsopa, juegas una o dos partidas de ajedrez, en las que empleas la astucia de un zorro, y te diriges una vez más, tambaleándote, a la cama, donde vuelves a ahogarme con tus calurosas caricias osunas.
 -No me tendrías en muy elevada opinión si no cumpliera con mis deberes maritales.
 -Los deberes de un esposo no se cumplen sólo entre las sábanas.
 Fue como si un pugilista de brazos largos tratase de mantener a distancia a su rival, pequeño y que golpeaba duro, sólo con algunos breves puñetazos de izquierda, hasta que al cabo el contricante se desliza bajo la guardia del hombre de más estatura y lo aporrea bajo el corazón. Laodamante se encolerizó, pero demostró que tampoco él era un novicio en materia de luchas cuerpo a cuerpo.
 -¿Pretendes que haraganee por la casa todo el día -preguntó-, que te narre historias mientras tú hilas la lana; que la enmadeje y lleve recados de tu parte? Pienso quedarme en Drépano hasta que me hayas complacido quedando embarazada (eso, siempre que no seas estéril, como tu tía y tu hermana mayor), pero mientras esté aquí considero que es más varonil cazar cabras salvajes o jabalíes que matar el tiempo entre el almuerzo y la cena como lo hacen la mayoría de los jóvenes de mi edad y rango: es decir, bebiendo, jugando a los dados, bailando, chismorreando en el mercado, pescando con línea, anzuelo y flotador desde el muelle y jugando al tejo en el patio. O quizá prefieras que yo mismo hile y teja, como lo hizo Hércules en Lidia, cuando la reina Onfalia lo hechizó...
 -Quiero un collar -dijo Ctimene de pronto-. Quiero un hermoso collar de ámbar hiperbóreo, con gruesas cuentas de oro entre las de ámbar, y un broche de oro en forma de dos serpientes entrelazadas por la cola.
 -Si, ¿eh? ¿Y dónde encontrar semejante tesoro?
 -La madre de Eurímaco ya tiene uno y el capitán Dimas le ha prometido otro a su hija Procne, la amiga de Nausícaa, cuando regrese de su próximo viaje a la arenosa Pilos.
 -¿Deseas que le tienda una emboscada al barco cuando pase ante Motia y le robe el collar para ti... al estilo de Bucinna?
 -Me niego a entender tu chiste sobre mi isla... si hay que considerarlo un chiste. ¡No, no te atrevas a besarme! El viento es tremendo y me duele la cabeza. Vete a dormir a otra parte. Espero que el alba te encuentre en un estado de ánimo más razonable.
 -No puedo darle las buenas noches a mi esposa con un beso: ¿es eso lo que quieres decir? ¡Ten cuidado, no sea que te devuelva a la casa de tus padres, con dote y todo!
 -¿Con dote y todo? Eso no sería fácil. De los doscientos lingotes de cobre y las veinte balas de lienzo rescatadas del barco sidonio que mi padre encontró a la deriva, sin tripulación, frente a Bucinna...
 -¿A la deriva, dices? Asesinó a toda la tripulación al estilo tradicional de Bucinna, como de sobra se sabe en todos los mercados de Sicilia.
 -... de los lingotes de cobre y balas de lienzo, repito, invertiste casi la mitad en una empresa comercial en Libia. Querías trocarlos por benjuí, polvo de oro y huevos de avestruz, pero dudo que alguna vez vuelvas a verlos.
 -Las mujeres jamás pueden creer que una vez que un barco ha levado anclas y enarbolado el velamen llega siempre a puerto.
 -No pongo en duda las condiciones marineras del barco, sino sólo la integridad de su capitán, en quien confiaste como un tonto, por consejo de tu amigo Eurímaco. No sería la primera vez que un libio delinquiera y si alguien me dice que Eurímaco exigió una comisión por su participación en el fraude, me sentiré dispuesta a creerle.
 -Mira, esta discusión no puede hacerle mucho bien a tu jaqueca -replicó Laodamante-. Deja que te traiga un cuenco de agua y una tela suave para humedecerte las sienes. El siroco nos está matando a todos.
 Ella tomó como una ironía lo que él había dicho por bondad. Se quedó echada, inmóvil y silenciosa, hasta que Laodamante le llevó el tazón de plata y entonces se incorporó de repente, se lo arrebató de las manos y le arrojó el agua.
 -¡Para refrescarte los acalorados muslos, Príapo! -exclamó.
 Laodamante no perdió los estribos ni la tomó del cuello, como habrían hecho muchos hombres más impetuosos. Nunca he sabido que tratase con violencia a mujer alguna, ni siquiera a una esclava descarada, para castigarla. No hizo más que lanzarle a Ctimene una mirada incendiaria y decirle:
 -Muy bien. Tendrás tu collar, no te aflijas, ¡y ojalá traiga a nuestra casa menos dolor que el de la tebana Erífile de la canción de Homero!»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones RBA, 2001,  en traducción de Floreal Mazia. Depósito legal: B-19672-2001.]