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domingo, 25 de enero de 2026

Ética Nicomáquea.- Aristóteles (384 a.C. - 322 a.C.)

Libro Octavo: Sobre la amistad
3.- Especies de amistad

 «Ahora bien, estas razones son de índole diferente y, por consiguiente, lo serán también los afectos y las amistades. Tres son, pues, las especies de amistad, iguales en número a las cosas amables. En cada una de ellas se da un afecto recíproco y no desconocido, y los que recíprocamente se aman desean el bien los unos de los otros en la medida en que se quieren. Así, los que se quieren por interés no se quieren por sí mismos, sino en la medida en que pueden obtener algún bien unos de otros. Igualmente ocurre con los que se aman por placer; así, el que se complace con los frívolos no por su carácter, sino porque resultan agradables. Por tanto, los que se aman por interés o por placer, lo hacen, respectivamente, por lo que es bueno o complaciente para ellos, y no por el modo de ser del amigo, sino porque les es útil o agradable. Estas amistades lo son, por tanto, por accidente, porque uno es amado no por lo que es, sino por lo que procura, ya sea utilidad ya placer. Por eso, tales amistades son fáciles de disolver, si las partes no continúan en la misma disposición; cuando ya no son útiles o agradables el uno para el otro, dejan de quererse.
 Tampoco lo útil permanece idéntico, sino que unas veces es una cosa, y otras, otra; y, así, cuando la causa de la amistad se rompe, se disuelve también la amistad, ya que ésta existe en relación con la causa. Esta clase de amistad parece darse, sobre todo, en los viejos (pues los hombres a esta edad tienden a perseguir no lo agradable, sino lo beneficioso), y en los que están en el vigor de la edad, y en los jóvenes que buscan su conveniencia. Tales amigos no suelen convivir mucho tiempo, pues a veces ni siquiera son agradables los unos con los otros; tampoco tienen necesidad de tales relaciones, si no obtienen un beneficio recíproco; pues sólo son agradables en tanto en cuanto tienen esperanzas de algún bien. Bajo tal amistad se sitúa también la hospitalidad entre extranjeros. En cambio, la amistad de los jóvenes parece existir por causa del placer; pues éstos viven de acuerdo con su pasión, y persiguen, sobre todo, lo que les es agradable y lo presente; pero con la edad también cambia para ellos lo agradable. Por eso, los jóvenes se hacen amigos rápidamente y también dejan de serlo con facilidad, ya que la amistad cambia con el placer y tal placer cambia fácilmente. Los jóvenes son, asimismo, amorosos, pues la mayor parte del amor tiene lugar por pasión y por causa de placer; por eso, tan pronto se hacen amigos como dejan de serlo, cambiando muchas veces en un mismo día. Pero éstos desean pasar los días juntos y convivir, porque la amistad significa esto para ellos.
 Pero la amistad perfecta es la de los hombres buenos e iguales en virtud; pues, en la medida en que son buenos, de la misma manera quieren el bien el uno del otro, y tales hombres son buenos en sí mismos; y los que quieren el bien de sus amigos por causa de éstos son los mejores amigos, y están así dispuestos a causa de lo que son y no por accidente; de manera que su amistad permanece mientras son buenos, y la virtud es algo estable. Cada uno de ellos es bueno absolutamente y también bueno para el amigo; pues los buenos no sólo son buenos en sentido absoluto, sino también útiles recíprocamente; asimismo, también agradables, pues los buenos son agradables sin más, y agradables los unos para los otros. En efecto, cada uno encuentra placer en las actividades propias y en las semejantes a ellas, y las actividades de los hombres buenos son las mismas o parecidas. Hay una buena razón para que tal amistad sea estable, pues reúne en sí todas las condiciones que deben tener los amigos: toda amistad es por causa de algún bien o placer, ya sea absoluto ya para el que ama; y existe en virtud de una semejanza. Y todas las cosas dichas pertenecen a esta especie de amistad según la índole misma de los amigos, pues en ella las demás cosas son también semejantes, y lo bueno sin más es también absolutamente agradable, y eso es lo más amable; por tanto, el cariño y la amistad en ellos existen en el más alto grado y excelencia.
 Es natural, sin embargo, que tales amistades sean raras, porque pocos hombres existen así. Además, tales amistades requieren tiempo y trato, pues, como dice el refrán, es imposible conocerse unos a otros "antes de haber consumido juntos mucha sal", ni, aceptarse mutuamente y ser amigos, hasta que cada uno se haya mostrado al otro amable y digno de confianza. Los que rápidamente muestran entre sí sentimientos de amistad quieren, sí, ser amigos, pero no lo son, a no ser que sean amables y tengan conciencia de ello; porque el deseo de amistad surge rápidamente, pero la amistad no.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1985, en traducción de Julio Pallí Bonet, pp. 326-328. ISBN: 84-249-1007-9.] 
 

domingo, 14 de septiembre de 2025

La vida secreta de los árboles.- Peter Wohlleben (1964)

El árbol enfermo

 «Según las estadísticas, la mayoría de las especies arbóreas tienen la capacidad de vivir muchos años. En el bosque cementerio de mi distrito, los propietarios de un árbol siempre me preguntan qué edad podría alcanzar su ejemplar. Por regla general, se trata de hayas o robles y, según los conocimientos actuales, su edad habitual es de 400 a 500 años. Pero ¿qué es una estadística para cada caso individual? Lo mismo que en el ser humano: nada, puesto que el camino prestablecido de un árbol puede cambiar cualquier día por incontables motivos. Su estado de salud depende de la estabilidad del ecosistema del bosque. La temperatura, la humedad y la iluminación no deberían variar nunca de manera brusca, porque los árboles tienen un tiempo de reacción muy lento. Incluso cuando todas las condiciones externas son óptimas, los insectos, hongos, bacterias y virus acechan su oportunidad para atacar en cualquier momento. Básicamente, esto sólo es posible cuando el árbol pierde su equilibrio. En condiciones normales, reparte con exactitud sus fuerzas. Una gran parte se utiliza para la vida diaria. Tiene que respirar, "digerir" los nutrientes, aportar azúcar a sus hongos amigos, crecer un poco cada día y preparar una reserva para defenderse de los organismos dañinos. Esta reserva puede ser activada en cualquier momento y según la especie arbórea contiene una serie de sustancias defensivas. Son los así llamados fitoncidas, los cuales tienen un efecto antibiótico. El biólogo de San Petersburgo, Boris Tokin, describió ya en 1956 lo siguiente: si a una gota de agua contaminada se le añade una gota de agujas de pícea o pino trituradas, en menos de un segundo todos los seres vivos habrán muerto. En el mismo artículo, Tokin afirma que el aire de los bosques jóvenes de pinos prácticamente no contiene gérmenes a causa de los fitoncidas que liberan sus agujas. Así pues, los árboles pueden desinfectar su entorno, pero eso no es todo. Los nogales van aun más allá con la sustancias que contienen sus hojas contra los insectos, las cuales son tan eficaces que lleva a que se recomiende a los amantes de la jardinería que si quieren instalar un agradable banco, lo hagan bajo un nogal, puesto que ahí es donde hay menos probabilidad de que te pique un mosquito. Puedes oler sin dificultad las fitoncidas de las coníferas. Se trata del aromático olor del bosque que se nota especialmente en los cálidos días veraniegos. Si se rompe el delicado equilibrio entre las fuerzas de crecimiento y las defensivas, puede hacer que el árbol enferme. La causa de ello puede ser, por ejemplo, la muerte de un árbol vecino. Súbitamente la copa recibe mucha luz y surge la avaricia por aumentar la fotosíntesis. Esto tiene su razón de ser, ya que sólo una vez cada siglo aparece esta oportunidad. El árbol, que de pronto se encuentra bañado por la luz solar, lo deja todo y se centra en exclusiva en el crecimiento de sus ramas. En realidad, se ve obligado a ello, ya que como sus compañeros de los alrededores hacen lo mismo, el hueco se cierra de nuevo en un corto (para los árboles) período de 20 años. Los brotes aumentan su longitud enseguida y cada año crecen hasta 50 centímetros en lugar de pocos milímetros. Esto tiene un coste en energía, la cual deja de estar disponible para la defensa contra las enfermedades y los parásitos. Si el árbol tiene suerte, todo va bien y para cuando se cierra el hueco, ha aumentado el tamaño de su copa. Entonces hace una pausa y recupera el equilibrio personal de sus fuerzas. ¡Pero pobre de él si durante la locura del crecimiento algo se tuerce! Un hongo que inadvertidamente coloniza la herida de una rama y a través de la madera muerta llega hasta el tronco o un escolitino que picotea casualmente al titán y comprueba que no se produce una reacción defensiva son situaciones que ya han ocurrido. El tronco, en apariencia pletórico de salud, se ve cada vez más afectado porque falta la energía necesaria para la movilización de las sustancias defensivas. Si el ataque es en la copa, se muestran las primeras reacciones. En los árboles de follaje mueren los vitales brotes superiores de manera súbita, de modo que gruesos muñones de las ramas, desnudos de ramas laterales, se alzan hacia el cielo. Las primeras reacciones de las coníferas se muestran en forma de escasas nuevas agujas. Así, los pinos enfermos no muestran tres, sino sólo una o dos generaciones en las ramas, con lo que la copa clarea de forma evidente. En las píceas se produce el efecto de cabello de ángel de forma que las ramitas cuelgan lacias de las ramas más gruesas. Poco después, aparecen grandes calvas en la corteza del tronco. A partir de ahí, el proceso puede ser muy rápido. Como un globo de aire caliente al que se le abre la válvula, en el curso de su muerte, la copa se hunde hacia abajo porque las ramas muertas se parten durante las tormentas invernales. En las píceas se ve mucho mejor ya que la punta marchita de arriba se alza por encima de la parte inferior verde todavía con vida.
 Un árbol forma cada año un anillo en la madera porque prácticamente está condenado a crecer. El cámbium, la delgada y clara capa entre la corteza y la madera, durante el período vegetativo, envía nuevas células de madera hacia el interior y nuevas células de la corteza hacia el exterior. Cuando un árbol ya no puede aumentar su grosor, éste muere. Por lo menos es lo que se creyó durante mucho tiempo. En Suiza, unos investigadores descubrieron pinos de aspecto sano y llenos de agujas verdes. Sin embargo, al estudiarlos más detenidamente mediante la tala o extrayendo muestras, se determinó que algunos ejemplares hacía más de 30 años que no habían formado ni un solo anillo en la madera. ¿Pinos con agujas verdes que están muertos? Los árboles habían sido colonizados por el Heterobasidion annosum, un agresivo hongo, lo que provocó la muerte del cámbium. A pesar de todo, las raíces siguieron bombeando agua a través de los conductos del tronco hasta la copa y de esta manera procuraron a las agujas la humedad necesaria para la vida. ¿Y las propias raíces? Si el cámbium está muerto, la corteza también. De este modo, no es posible bombear el azúcar de las agujas hacia abajo. Sólo podían haber sido los pinos vecinos vivos los que ayudaron a su congénere muerto aportando nutrientes a sus raíces. Sobre este tema ya hemos hablado en el capítulo "Amistades".
 Dejando a un lado las enfermedades, muchos árboles sufren heridas a lo largo de su vida. Las causas pueden ser muy diversas, por ejemplo, cuando cae un árbol vecino. En un bosque espeso es inevitable que golpee a los congéneres que tiene cerca.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Obelisco, 2016, en traducción de Margarita Gutiérrez, pp. 139-142. ISBN: 978-84-9111-083-5.]

domingo, 10 de agosto de 2025

Ilíada.- Homero (ca. siglo VIII a.C.)

 

Canto XIX

 «Eos, de azafranado peplo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Hefesto le entregara. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando copiosamente, y en torno suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles y hablóle de este modo:
 "¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ése yazga, ya que sucumbió por voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura fabricada por Hefesto, tan excelente y bella como jamás varón alguno la haya llevado para proteger sus hombros".
 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de Aquiles las labradas armas y éstas resonaron. A todos los mirmidones les sobrevino temblor; sin atreverse a mirarlas de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así que las vio, sintió que se le recrudecía la cólera; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama, debajo de los párpados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos el espléndido presente de la deidad. Y cuando hubo deleitado su ánimo con la contemplación de la labrada armadura, dirigió a su madre estas aladas palabras:
 "¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean las obras de los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera. Ahora me armaré, pero temo que en el entretanto penetren las moscas por las heridas que el bronce causó al esforzado hijo de Menetio, engendren gusanos, desfiguren el cuerpo -pues le falta vida- y corrompan todo el cadáver".
 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: "Hijo, no te preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré apartar los inoportunos enjambres de moscas, que se ceban en la carne de los varones muertos en la guerra. Y aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se conservará igual o más fresco que ahora. Tú convoca a junta a los héroes aqueos, renuncia a la cólera contra Agamenón, pastor de pueblos, ármate en seguida para el combate y revístete de valor".
 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se hiciera incorruptible.
 El divino Aquiles se encaminó a la orilla del mar, y dando horribles voces, convocó a los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el recinto de las naves y hasta los pilotos que las gobernaban y como despenseros distribuían los víveres, fueron entonces a la junta; porque Aquiles se presentaba después de haberse abstenido de combatir durante mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Odiseo, ministros de Ares, acudieron cojeando, apoyándose al arrimo de la lanza -aún no tenían curadas las graves heridas- y se sentaron delante de todos. Agamenón, rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica. Cuando todos los aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos, dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
 "¡Átrida! Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una doncella. Así la hubiese muerto Artemisa en las naves con una de sus flechas el mismo día que la cautivé al tomar a Lirneso; y no habrían mordido el anchuroso suelo tantos aquivos como sucumbieron a manos del enemigo mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fue el beneficio y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra altercación. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea, incita a los aqueos, de larga cabellera, a que peleen y veré, saliendo al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto a los bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso el que logre escapar del feral combate, puesto en fuga por mi lanza".
 Así habló, y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse de que el magnánimo Pelida renunciara a la cólera. Y el rey de hombres Agamenón les dijo desde su asiento, sin levantarse en medio del concurso.
 "¡Oh, amigos, héroes dánaos, ministros de Ares! Bueno será que escuchéis sin interrumpirme, pues lo contrario molesta aun al que está ejercitado en el hablar. ¿Cómo se podría oír o decir algo en medio del tumulto producido por muchos hombres? Hasta un orador elocuente se turbaría. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás argivos, prestadme atención y cada uno comprenda bien mis palabras. Muchas veces los aqueos me han increpado por lo ocurrido, y yo no soy el culpable, sino Zeus, la Moira y Erinia, que vaga en las tinieblas; los cuales hicieron padecer a mi alma, durante la junta, cruel ofuscación el día en que le arrebaté a Aquiles la recompensa. Mas ¿qué podía hacer? La divinidad es quien lo dispone todo. Hija venerada de Zeus es la perniciosa Até, a todos tan funesta: sus pies son delicados y no los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres, a quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que contienden. En otro tiempo fue aciaga para el mismo Zeus, que es tenido por el más poderoso de los hombres y de los dioses; pues Hera, no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena había de parir al fornido Heracles en Tebas, ceñida de hermosas murallas. El dios, gloriándose, dijo así ante todas las deidades: 
 "Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos, sacará a luz un varón que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos".
 Respondíole con astucia la venerable Hera: "Mientes y no cumplirás lo que dices. Y si no, ea, Zeus Olímpico, jura solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el niño que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de tu sangre, caiga hoy a los pies de una mujer".
 Tal dijo. Zeus, no sospechando el dolo, prestó el gran juramento que tan funesto le había de ser. Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo y pronto llegó a Argos de Acaya, donde vivía la esposa ilustre de Esténelo Perseida. Y como ésta se hallara encinta de siete meses cumplidos, la diosa sacó a luz el niño, aunque era prematuro, y retardó el parto de Alcmena, deteniendo a las Ilitias. Y en seguida participóselo al Crónida diciendo:
 "¡Padre Zeus, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació el noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de Esténelo Perseida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre aquéllos".
 Tales fueron sus palabras y un agudo dolor penetró en el alma del dios que, irritado en su corazón, cogió a Até por los nítidos cabellos y prestó solemne juramento de que Até, tan funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la arrojó del cielo. En seguida llegó Até a los campos cultivados por los hombres. Y Zeus gemía por causa de ella, siempre que contemplaba a su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le impusiera.
 Por esto, cuando el gran Héctor, de tremolante casco, mataba a los argivos junto a las popas de las naves, yo no podía olvidarme de Até, cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que falté y Zeus me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos regalos, y tú marcha al combate y anima a los demás guerreros. Voy a darte cuanto ayer te ofreció en tu tienda el divino Odiseo. Y si quieres, aguarda, aunque estés impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la nave los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo los que te brindo".»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, en traducción de Luis Segalá y Estalella, pp. 311-314. ISBN: 84-7530-113-4.]

domingo, 27 de octubre de 2024

La Biblia.- Anónimo (900 a.C. - 100 d.C.)

 

Eclesiástico
5.- La falsa seguridad

  «1.-No te apoyes sobre las riquezas / y no digas: "Me basto a mí mismo".
 2.-No te apoyes en ti mismo y en tu fuerza / para vivir según los deseos de tu corazón.
 3.-No digas: "¿Quién me dominará?" / Porque sin duda te castigará el Señor.
 4.-No digas: "He pecado ¿y qué me ha sucedido?" / Porque el Señor es paciente.
 5.-Aun del pecado expiado no vivas sin temor / y no añadas pecados a pecados.
 6.-Y no digas. "Grande es su misericordia, / Él perdonará mis muchos pecados".
 7.-Porque en Él hay misericordia y cólera / y sobre los pecadores desahogará su furor.
 8.-No difieras convertirte al Señor / y no lo dejes de un día para otro.
 9.-Porque de repente se desfoga su ira / y en el día de la venganza, perecerás.
 10.-No te apoyes en las riquezas mal adquiridas, / porque nada te aprovecharán en el día de la ira.

Moderación de la lengua

 11.-No te dejes llevar de todo viento / y no camines por una senda cualquiera / que así es como obra el pecador de doble corazón.
 12.-Sé firme en tus juicios / y no tengas más que una palabra.
 13.-Sé pronto para oír / y lento para responder.
 14.-Si tienes que responder, responde; / si no, pon la mano a la boca.
 15.-En el hablar está la gloria o la deshonra / y la lengua del hombre es su ruina.
 16.-Que nadie te llame chismoso / y no tiendas lazos con tu lengua.
 17.-Porque sobre el ladrón vendrá la confusión / y la condenación sobre el de corazón doble.
 18.-No ofendas a nadie, ni en mucho ni en poco.

6 

 1.- Y no te hagas enemigo para con el amigo / porque mala fama trae como herencia vergüenza y oprobio; / tal es (lo que le espera) al pecador de lengua doble.

El orgullo

 2.-No te engrías en el consejo de tu alma / no sea que te destroce como un toro.
 3.-No devores las hojas para echar a perder tus frutos / pues te quedarás como leño seco.
 4.-El alma perversa se pierde a sí misma / y será el ludibrio de sus enemigos.
 5.-La palabra suave multiplica los amigos, / la lengua bien hablada es rica en afabilidad.

Los amigos
6.-Si tuvieres muchos amigos / uno entre mil sea tu consejero.
 7.-Si tienes un amigo, ponle a prueba / y no te confíes a él tan fácilmente.
 8.-Porque hay amigos de ocasión / que no son fieles en el día de la tribulación.
 9.-Hay amigo que se torna en enemigo / y que descubrirá tu querella ignominiosa.
 10.-Hay amigos que sólo son compañeros de mesa / y no te serán fieles en el día de la tribulación.
 11.-En tus días felices será otro tú / y hablará afablemente de los tuyos.
 12.-Pero si te viere humillado se volverá contra ti / y te ocultará su rostro.
 13.-Apártate de tus enemigos / y guárdate de tus amigos.
 14.-Un amigo fiel es poderoso protector; / el que le encuentra halla un tesoro.
 15.-Nada vale tanto como un amigo fiel; / su precio es incalculable.
 16.-Un amigo fiel es remedio saludable; / los que temen al Señor lo encontrarán.
 17.-El que teme al Señor es fiel a la amistad / y como fiel es él, así lo será su amigo.

Ventajas de la sabiduría 

 18.-Hijo mío, desde tu mocedad date a la doctrina / y hasta tu ancianidad hallarás sabiduría.
 19.-Allégate a ella como ara y siembra el labrador / y espera buenos frutos.
 20.-Porque el trabajo te fatigará un poco / pero pronto comerás de sus frutos.
 21.-Es muy duro para los indisciplinados / y el insensato no permanecerá en él.
 22.-Pesará sobre él como pesada piedra de prueba / y no tardará en arrojarla de sí.
 23.-Porque la sabiduría es conforme a su nombre / y no se manifiesta a muchos.
 24.-Escucha, hijo mío, y recibe mis avisos / y no rehúyas mis consejos.
 25.- Da tus pies a sus cepos / y tu cuello a su argolla.
 26.-Dale tu hombro / y no te molesten sus ataduras.
 27.-Allégate a ella con toda tu alma / y con todas tus fuerzas sigue sus caminos.
 28.-Sigue su rastro, busca y se te dará a conocer / y una vez apresada no la sueltes;
 29.-Porque al fin hallarás en ella tu descanso y tu gozo.
 30.- Y serán para ti sus cepos defensa poderosa, / y su argolla túnica de gloria.
 31.-Su yugo es ornamento de oro / y sus ataduras son cordón de jacinto.
 32.-Te la vestirás como túnica de gloria / y te la ceñirás como corona de exaltación.
 33.-Si quieres, hijo mío, adquirirás la doctrina / y si te entregas a ella, serás avisado.
 34.-Si con gusto la oyes, la tendrás; / si inclinas a ella tu oído, serás sabio.
 35.-Busca la compañía de los ancianos/ y si hallas algún sabio, allégate a él. / Toda conversación acerca de Dios, escúchala con gusto / y no rehúyas las sentencias de la sabiduría.
 36.-Si ves hombre discreto, apresúrate a unirte a él / y frecuenten tus pies la escalera de su puerta.
 37.-Medita en los preceptos del Señor / y ejercítate siempre en sus mandatos; / Él confirmará tu corazón / y te dará sabiduría a tu deseo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 1977, en versión de Eloino Nacar Fuster y Alberto Colunga Cueto, y revisión a cargo de una comisión de escrituristas presidida por Maximiliano García Cordero, pp. 888-890. ISBN: 84-220-0258-2.]

domingo, 24 de marzo de 2024

El Canillitas.- Artemio de Valle-Arizpe (1884-1961)

Artemio de Valle-Arizpe
Segunda parte

Octavo tranco
En el que se va a decir en dónde, cómo y por qué el Canillitas estuvo a punto de ser devorado   

 «Imponente era la borrachera que llevaba Félix. Era amplísima, de las de agarra-pollos, llamadas así con exacta propiedad porque con su peso avasallador se camina enteramente agachado, casi en cuclillas, como si se anduviese persiguiendo para tratar de atraparlas a unas de esas pequeñas y piadoras aves de corral.
 Lo echaba de un lado para otro su fabulosa ebriedad y en uno de estos irrefrenables bambaleos fue a darse un magno encontrón con un descuidado transeúnte y le puso un zapato encima de un pie, haciéndole lanzar una exclamación adecuada al dolor que sufrió, con unos indispensables pesiatales aforrados de porvidas, y exclamó luego que acabó de soltarlos:
 —¡Salvaje, qué pisotón me diste! Me has deshecho de este pie tres dedos por lo menos.
 —No se lo he dado. ¡Qué capaz que yo dé algo! Soy muy avaro, sépalo. Sólo se lo presté.
 —¿Conque sí? ¿Conque me lo prestó? Pues como por ahora no lo necesito para nada téngalo, se lo devuelvo.
 Y diciendo y haciendo asentó el pie de lleno en uno de los de Félix con una patada bestial.
 —No urgía la devolución, señor, se pudo haber quedado con él por más tiempo.
 —Como soy forastero y me voy de la ciudad, por eso le he hecho la entrega. ¡Yo para qué me voy a llevar nada prestado, ni menos de usted, a quien no conozco! Ah, oiga, como ganó buen interés por el tiempo que lo tuve en mi poder aquí tiene el rédito legal para que lo aproveche y lo goce. Y dígame si aún falta algo.
 Y sin más ni más el muy lebrón le bregó a Félix las piernas a pisotones, con los que casi se las desbarató, haciéndolo ver cometas encendidos y mil estrellas errantes de todos los colores; pero así y todo respondió muy comedido y suave, tragándose la dolencia:
 —Acepto los réditos porque yo voy a la ganancia, y como no quiero más de lo que me corresponde, pues usted me ha dado un gran excedente, aquí le devuelvo el sobrante. Recójalo.
 En un santiamén le asestó dos pares de excelentes zapatadas con las que casi le trituró una espinilla, lo cual al instante, hizo hervir a borbotones la ira del acoceado, y tanta era la ferocidad que mostraba en los ojos, que en cada uno de ellos tenía temblando una luz; parecía que sus niñas tenían presa una luciérnaga. Y a toda mano, con un milagro de sencillez, le dio un trascuernazo con el que lo echó boca abajo, y así caído como estaba, le suministró con galanura singular, una buena pisa de coces, y eso que estaba obscuro; con alguna claridad habría sido más pulida la pateadura y se la hubiese distribuido mejor por todo el cuerpo. Era cosa bien sabida que de todos los golpes que se repartían en la ciudad, al Canillitas le tocaba siempre una buena parte. Tenía estrellas contrarias.
 Félix para defenderse con algo, empezó a lanzar un sinnúmero de pedradas verbales, con las que le sangró la honra a su agresor, pues entre ellas salieron a relucir bonitamente el padre, la madre y no sé cuántos más de sus ascendientes, pero no solos, sino bien acompañados de sonoros y significativos epítetos. Les decía piadosos responsos de vituperios y anatemas. De repente el enfurecido golpeador suspendió su atareado trabajo y gritó con efusión:
 —¡Recáspita! ¡Si es el Canillitas! Por la voz y los voquibles lo he conocido. ¿Verdad que tú eres, Canillitas?
 —Sí, yo soy ¿y qué? ¿Y tú quién eres, carajuelo?
 —Tu amigo el doctor Pretinas, hombre. Otros me apodan Pelechotes.
 —En tus partos habías de andar, Pelechotes, hijo de mala madre y de los demonios, y no sobre mi cuerpo.
 —Voy a asistir a uno y tengo prisa en llegar, pues ya sabes, hermano Canillitas, que es cosa exacta, bien probada, que después de las alegres noches de posadas, a los nueve meses justos de esas fiestas, aumentan los nacimientos más que en ninguna otra época del año. Y es el caso que como los niños se encargan generalmente de noche, siempre vienen a las altas horas para desesperación de nosotros los infelices ayudadores a bien parir, en las cuales deberíamos estar en la ocupación continua y virtuosa de regalarnos el cuerpo con buenas bebidas, con el rostro abierto al regocijo, y no hacia una gritona parturienta. Ésta es una desconsideración de las mujeres para con nosotros, que las servimos en esos aprietos que tienen por culpa suya y de sus maridos o de sus amigos.
El canillitas: Artemio de Valle-Arizpe: Amazon.com.mx: Libros —Perdona lo que te presté, querido doctor Pretinas, o Pelechotes, como tú mejor atiendas y te acomode el nombre.
 —Perdona lo que te devolví, Canillitas.
 —También disculpa lo que te dije. Te puse de asco.
 —¿A mí? A mí no me dijiste nada, absolutamente nada, tranquilízate, no me pusiste de ningún modo. Ha sido a mi padre y a mi madre. A mí ni siquiera me mentaste. Yo no te había conocido; en esta viva tiniebla de las calles ¿quién se va a conocer? No hay ni un mal farol que alivie la obscuridad, con lo que se expone el pobre transeúnte, a que lo atropelle un alumbrado como tú. Pero yo, en justa compensación, al acabar el alumbramiento al que voy a asistir, también me alumbraré tanto o más que tú para celebrar, porque soy patriota, que mi querido México ha aumentado su población con un nuevo habitante, acaso con dos, según es la inflazón que he visto. Te convido, a tragar lo que quieras, sólido o líquido, luego que salga esa señora de su cuidado.
 —¡Ya lo creo que me convidarás! Pero no digas que salga de su cuidado, sino de su descuido. Sé que tiras buenos gajes, porque ustedes los curanderos ganan bastante.
 —No lo creas, los médicos nos hacen mucha competencia.
 —Si careces de blanca o de calderilla yo soy ése que convida ampliamente a los alifuces de rigor para nuestra mutua iluminación. Si no hay un bien nacido tabernero que nos los dé gratis e d’amore, me robo por ahí alguna cosilla baladí, la vendo, y con lo que me den por ella, producto honrado de mi trabajo de proponerla en venta, procuraremos emborracharnos, pues tengo intenciones de agarrar esta noche una buena borrachera.
 —Pues a la que traes ahora, ¿qué defecto le pones?
 —Entonces, si te parece, solamente me la perfeccionaré; le pondré adornos vistosos. Así —no se me olvida nunca— tu hermano el Molcas y yo nos adornamos con muchas y variadas galas una muy preciosa que traíamos ambos en una alegre tarde de toros. Por cierto que hace bastante que no veo al Molcas. ¿Qué es de él, vive o ya pudre?
 —Vive, sí; pero está medio tonto.
 —¿Ah, sí? ¿Medio tonto, dices? Entonces ha mejorado.
 Cada uno de estos bellacos tomó su derrota bajo la noche llena de tinieblas palpables. El doctor Pretinas o Pelechotes, como se le quiera decir, se lanzó rápido a sacar al mundo a aquel retoño, como buen recibidor o comadrón que era, y el Canillitas, columpiando el cuerpo con un gran vaivén, a lo de vas o vienes, lo llevó su fino instinto de ebrio a la bulliciosa taberna “La Virgen Adúltera”, de la que era propietario un jácaro dicho el doctor Falfurrias, y a donde llegó jadeando, y en la que a diario se reunía con sus amigachos, gente ociosa y corrillera, tahura, pendenciera y salaz. Allí no se oían más que roncas y porvidas, bravatas y pésetes, reniegos, votos y mentises.
 Como se ponía por las noches esa “Virgen Adúltera”, resultarían en parangón suyo lugares silenciosos de recogimiento y devoción, la torre de Babel o las cenas de aquel famoso Sardanápalo. Al ver al Canillitas los rufianes, asiduos concurrentes a ese establecimiento de holgorio, con aquella extraña facha y con aquella cara tan escuálida que los carrillos se le besaban por dentro, con más arrugas que un traje viejo, y creo que iba hasta más dentón que de costumbre, prorrumpieron en largas carcajadas caudalosas y elementales, y, entre tanto, el disfrazado jácaro, con los ojos llenos de azoro, no atinaba más que a decir con voz entrapajada a todos los rufos:
 —¡Ay, vengo hecho añicos!
 —¿Por qué añicos? ¡Años! No te los trates con tanto cariño.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Conaculta, 2007, pp. 246-249. ISBN: 978-97-0351-278-2.]

domingo, 30 de julio de 2023

Quién fuera Dios.- Tibor Fischer (1959)


Tibor Fischer - The Royal Literary Fund   «Nunca ayudes a nadie. Por muy diversas razones. Primera: los diez minutos que se te van ayudando a la ancianita a cruzar la calle o aguantando el peso del piano de cola de tu vecino son diez minutos que podrías haber empleado medrando profesionalmente. Diez minutos aquí y allá son muchos minutos. La lealtad es un vicio: si un amigo está en apuros, olvídate de él. No pierdas el tiempo ofreciendo consejos, consuelo o dinero. Búscate un amigo con futuro. Amigo que te necesita, amigo que te paraliza.
 Si el amigo sale del apuro, el destino ya se encargará de que os crucéis en algún lado… nada más latoso ni que más tiempo consuma que esforzarse por animar a otro porque se le ha muerto la mujer o quiere quitarse la vida. Una tele conviene más que un amigo deprimido. En vez de desperdiciar el tiempo escuchando penas, empléalo en congraciarte con tus superiores.
 ¿La honradez? La honradez es una patraña inventada y fomentada por los que no son honrados. Cualquiera que haya probado a ser honrado sabe lo doloroso y poco rentable que resulta. Naturalmente, los sinvergüenzas la alaban y la fomentan, porque si todos fuéramos como ellos habría demasiada competencia. Tiene que haber pardillos que se dejen engañar, forman parte esencial del ciclo económico.
 En cuanto a la solidaridad, si te pagan por ejercerla pues estupendo. Lo mismo que con las obras benéficas, si trabajas para una ONG (con tus vacaciones pagadas, tu pensión y tus gastos de representación), vale. Si no, olvídate.
 Ahora mismo os lo demuestro: ¿cuántos altos cargos conocéis que sean agradables? No todos los jefazos son seres despreciables, pero sí la mayoría. Los pocos que no lo son pueden considerarse como anomalías estadísticas. Las personas dignas de admiración por lo general deambulan por el mundo sin poder ni prestigio.
 Odio a los ricos. Los ricos de toda la vida me caen mal porque no se enteran de nada; cuando les cuentas lo dura que es la vida te miran con la misma perplejidad que si te hubieras dirigido a ellos en una lengua muerta siglos atrás.
 Los que son ricos porque se han hecho ricos me caen mal porque creen, faltaría más, que su riqueza se debe a méritos propios. Como el tipo al que le toca la lotería y da en creer que ejerce dominio sobre la lotería.
 Cada uno vive en la trampa de su propia vida. “Dinero lo hace cualquiera”, decía mi único vecino rico, un hombre listo y trabajador, que había hecho fortuna restaurando casas en una época en que el precio de la vivienda tenía patidifuso a todo quisque. “El dinero no es nada”, decía mi madre, pese a haberse criado en la pobreza. Algo de razón tenía.
 Pero para un hombre no es lo mismo. Lo suyo en parte es hacer dinero. Para las mujeres hacer niños. Para los hombres hacer dinero.
 Odio a los pobres. ¿Que no tienes dinero? ¿Ni trabajo? ¿Ni perspectivas? ¿Ni ambiciones? Pues nada, hombre, traes al mundo cuatro, cinco, seis criaturas, que ya las mantendrá el dinero de los demás contribuyentes. Tú sigue arrojando criaturas a la miseria. Y el colectivo de en medio tampoco se salva, tan ridículamente ufano con su adosado con jardín.
[…]
 Esta vez soy yo quien invita a Dave a tomar una copa.
 —No soy un hombre de suerte.
 —Eso dice todo el mundo —replica Dave—. Todo el mundo cree que es un fenómeno en la cama y que no ha tenido la suerte que debiera en la vida.
 —Pero en mi caso es verdad. No digo que no tenga buena suerte en el sentido de que cada seis meses me rompa una pierna, o que llegue a casa y me la encuentre hecha pasto de las llamas y a mi familia devorada por animales salvajes. A tanto no llego. Pero sí que es verdad que la suerte me pasa de largo.
 —No te quejes. Empieza a molestarme tu falta de dignidad.
 —Está bien. Cuando quieras te lo demuestro.
Quién fuera Dios (.): Amazon.es: Fischer, Tibor: Libros Vamos al supermercado Publix y escojo dos coles. Le pido a Dave que escoja una caja de salida para mí y otra para él. Los dos tenemos ante nosotros sendos carritos. Dave pasa por caja con su col en tres minutos, yo, en cambio, no me he desplazado un centímetro, y en mi cola una señora discute empecinadamente con la cajera sobre la validez de sus cupones de descuento. Dave me hace señas para que pase a otra caja donde hay un solo carrito. La caja registradora se estropea y la cajera busca en vano al encargado para que solucione el problema. Contemplo a una madre y su hija al otro lado: la hija tendrá unos dieciocho, la madre cuarenta. Cómo nos cambia el gusto. Escojo a la madre como objeto de especulación erótica para pasar el rato. Quince minutos más tarde pago por fin mi col.
 —¿Y eso qué demuestra? —pregunta Dave con sorna.
 —Lo repetimos si quieres.
 En el McDonald’s a Dave le sirven en dos minutos treinta segundos. El chico que atiende mi cola desaparece sus buenos cinco minutos, y hasta diez minutos más tarde no me despachan mi hamburguesa. En el Sears del centro comercial de Dadeland, Dave tarda treinta y cinco segundos en adquirir una camiseta amarillo canario. Yo, veintidós minutos. Le pido a Dave que escoja él los números y compre lotería para ambos. A Dave no le toca nada, pero acierta dos números. Yo, ni uno.
 —¿Seguro que no lo estás haciendo adrede? —pregunta—. Esto se está poniendo muy interesante.
 Al día siguiente hacemos una incursión en el mundo de los juegos de azar. A mí los juegos de azar siempre me han parecido un aburrimiento (a menos que vayas perdiendo o ganando una fortuna, y ese riesgo no estoy dispuesto a correrlo). Para la mayoría de nosotros jugar consiste en perder pequeñas cantidades de dinero una y otra vez, y en circunstancias no demasiado interesantes.
 Jugamos a la ruleta. Yo apuesto al negro. Dave al rojo. Despliego fichas de dólar por toda la mesa para diversificar el riesgo. Dave apuesta con fichas de cinco dólares. Gano dos veces, pues como bien dice Dave, nadie tiene mala suerte siempre, y porque lo que está en juego no es sólo mi suerte, sino la de todos mis compañeros de mesa. Dave gana dieciséis veces.
 —Tenemos que ir con cuidado con esto —dice—. Hay que jugar a todo o nada. Baloncesto. El Miami Heat: podemos apostar por ellos la próxima vez que jueguen. Pero nada de apuestas salvajes, porque entonces tu mala suerte dejaría de ser mala suerte, se convertiría en buena suerte y no ganaríamos, si hiciéramos una apuesta a lo grande.
 Creo haberle entendido. Empezamos a apostar cada vez que hay partido. Yo voy a lo seguro, Dave se arriesga. Yo pierdo, Dave gana, cantidades módicas. Quiere ofrecerme la mitad de las ganancias, pero le digo que eso gafaría nuestras apuestas. Pasándome el diez por ciento parece que el sistema funciona. Ya tengo ingresos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2009, en traducción de Victoria Alonso Blanco, pp. 155-156 y 174-176. ISBN: 978-8483831731.]