Mostrando entradas con la etiqueta Ideología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ideología. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de mayo de 2024

Piano a cuatro manos.- Conxa Rodríguez Vives (1958)


De 'tigre' carlista a 'gentleman' británico | Cultura | EL MUNDO
1850

21

 «A finales de 1872 llegó un telegrama urgente de Estanislao Figueras, del Partido Federal Republicano, pidiendo una cita a Cabrera para hablar de la contribución a la paz. La Llana quedó pasmado al leer el adelanto del programa político: abolición de los impuestos sobre consumo y de las quintas (a pesar de estar en guerra); voto a los veintiún años; retirada de las subvenciones a la Iglesia; regulación del trabajo de menores en fábricas y minas, mano dura contra el esclavismo en los territorios de Ultramar y creación de la República Federal. La Llana, en la lectura del correo diario, ignoraba las peticiones de fervorosos carlistas que imploraban a Cabrera la adhesión a la guerra. Pero le comunicó el telegrama de Figueras al mismo instante que llegó.
 ¿Qué querrá de mí éste de Barcelona que hace política desde Tarragona? Los de Tarragona, a los de Tortosa, nos tienen envidia porque nosotros tenemos río, remató el catalán al asturiano antes de que el secretario confirmara por el telégrafo la cita, ocultada a Marián. El encuentro se iba a celebrar al cabo de una semana en un hotel de Londres porque Marián mantenía la prohibición de visitar Wentworth a todos los españoles de índole política. A Cabrera le hubiese gustado recibirlo en su casa porque, quizás, hubiese hecho otro amigo como en el caso de Juan Prim. Pero no quería más pugnas maritales. El desánimo de Ramón se había contagiado por toda la casa. Cuando él dijo que al día siguiente se iba a Londres con La Llana, ella ya no preguntó qué iban a hacer, le era indiferente lo que fueran a hacer o a quién ver. La política española se había convertido en un terreno de fricción matrimonial. Marián razonó: en algo, tengo las de perder.
 El cochero tenía el carruaje preparado a las ocho de la mañana en la explanada de la entrada a Wentworth, junto al porche arqueado con un gablete de acceso a la vivienda. Una diligencia tirada por cuatro pencos en lugar de los dos caballos habituales esperaba. Cabrera y Marián desayunaron juntos hablando de los nuevos planes que tenía ella para ampliar la zona de cultivo junto a los bosques colindantes con la estación de Virginia Water. Él la escuchaba siguiendo la conversación con escuetos monosílabos. Al acabar el desayuno él le dio un beso en la frente, se despidió y salió de la sala, subió al coche, pasó por Cantavieja Cottage a recoger al secretario y partieron hacia la capital. Qué casualidad, otro catalán que viene a Inglaterra en busca de la paz para España. Como hizo Prim en el 67, comentaba Cabrera contemplando por la ventana los campesinos que trabajaban los campos. Esta vez no había delegaciones; sólo Cabrera y Figueras. Ni La Llana estaría presente, no obstante, el secretario hizo jurar a su jefe que no reconocería, bajo ningún concepto, la Primera República Española. Aunque ya no eran carlistas, creían que la monarquía —incluida la de los Borbones de quita y pon— era el marco apropiado para el gobierno de un Estado moderno. No se comprometa a nada, insistió el asturiano. Cabrera, que llevaba semanas sin sonreír, bromeó: qué prefieres: ¿la reina corrupta y devota, el rey desenfrenado y devoto o el monarca extranjero también devoto?
  —¿Para qué me queréis? —preguntó Cabrera yendo directo al grano tras los saludos de rigor y de haber colocado la oreja izquierda en línea con la voz de Figueras.
  —Para pacificar España. Esta guerra es atroz, está creando heridas incurables. Algunos la pagan con la ejecución de sus madres. Usted conoce el daño que hace una guerra civil.
  —Lo que sé es que España no progresa. ¿De qué sirve la libertad de imprenta para el 95% de analfabetos? —adujo Cabrera ignorando lo de la ejecución de inocentes madres.
 —Queremos su apoyo para fortalecer la República y acabar la guerra. Reformaremos la agricultura y la fiscalidad, prohibiremos la esclavitud en Cuba y Puerto Rico. Sólo la República puede modernizar España.
  —¿Cómo sustituiréis los ingresos del impuesto sobre el consumo? O ¿cómo ganareis la guerra si elimináis las quintas? Vuestro programa político no triunfará ni sobre el papel. Mi nombre no es tan importante para que, con mi defección, acabe la guerra. Ya me gustaría tener ese poder —asesoró Cabrera a su interlocutor.
  —Nuestro federalismo es nuevo. Usted conoce la diversidad de España; es catalán, como yo —dijo Figueras sabiendo que los fueros era uno de los caballos de batalla del carlismo.
  —Hay que atender los anhelos de Cataluña y Vascongadas —atizó Cabrera, satisfecho por la estimulante dialéctica política a aquel alto nivel.
conxa rodriguez vives  —¿General, podemos contar con usted? —indagó Figueras yendo al meollo de la cuestión.
  —No, conmigo no contéis, pero no iré contra vosotros ni instigaré a nadie a que lo haga. Por lo que respecta a la Primera República Española seré neutral, como los gitanos, que son los únicos neutrales en la política de España. Me sabe mal que haya hecho un viaje tan largo sin conseguir el objetivo deseado —asentó Cabrera en tono de suspiro.
  —Yo siempre duermo como un tronco atravesando el canal de la Mancha. El viaje sí ha valido la pena, para conocerle; hablan tanto de usted en España, pero tengo la impresión de que hablan por no callar, porque usted ya no es El tigre. Hasta se le está olvidando el catalán. Al menos, he conseguido la neutralidad para con la República —alardeó Figueras.
  —Las lenguas, como los metales, si no se utilizan y se pulen, se oxidan. Se me presentan pocas oportunidades de hablar en catalán.
 Por un momento, a Cabrera le tentó llegar a un acuerdo económico con Estanislao Figueras para destinar el dinero del soborno político a su yerno. Él, no lo podía hacer, era hombre honrado de principios éticos, no podía cambiar de convicciones ideológicas por miles de reales. Se acordó de casos como el de Vito Fabra, el que quería ser gobernador de Castellón en el 37 para enriquecerse y comprar la eternidad, y del viaje con Juan de Borbón en el que éste le confesó el reconocimiento de Isabel II por un dineral. Nunca le había interesado acumular más capital del necesario para vivir. Por eso, porque no le interesaba hacer fortuna, lamentó no poder ayudar a su yerno a resolver los problemas de mecanización agrícola. Esa fue una de las pocas veces que deploró no disponer de patrimonio propio. Era obvio que le reconocían cierta autoridad en la turbulenta política española.
 Los dos catalanes caminaron desde el hotel Grosvenor hasta Hyde Park para encontrarse con La Llana, mosqueado porque les oía hablar en catalán. Al incorporarse el secretario asturiano a la conversación, Cabrera y Figueras pasaron al castellano. Los tres hombres fueron a buscar el coche que les esperaba en un prado arenisco que separa la parte sur de Hyde Park de la primera línea de edificios del barrio de Kensington. Subidos a la berlina, se desplazaron hasta la estación Victoria donde se quedó Estanislao Figueras a la espera de un tren que lo llevase a Dover. Los otros partieron hacia Virginia Water. En el viaje Cabrera explicó a su secretario el desarrollo del encuentro, incluido el soborno para apoyar la Primera República Española. Como final, Figueras había dicho: «Si cambia de opinión, estaré a su disposición».
 A Ramón le pesaba el alma, evitaba los encuentros con Ada porque no le gustaba que lo viese entristecido y abatido. Los acontecimientos españoles no daban lugar al optimismo. El consenso multipartido a favor del rey italiano se resquebrajó hasta romperse. La guerra endurecía. El rey Amadeo de Savoya volvió a Italia en febrero de 1873; se proclamó la República.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Oblicuas, 2016, pp. 226-228. ISBN:978-84-16627-02-8.]

domingo, 2 de abril de 2023

El mito del votante racional.- Bryan Caplan (1971)


Bryan Caplan | New Media New Media
Capítulo 5: Irracionalidad racional

Creencias preferidas

   «El ansia por conocer la verdad puede entrar en conflicto con otras motivaciones. El interés material es el principal sospechoso; desconfiamos de los vendedores porque pueden ganar más si enmascaran la verdad. Algo parecido se da en los mercados de ideas cuando la gente acusa a sus adversarios de estar comprados, de tener las opiniones corrompidas por un flujo de dinero que cesaría de manar si cambiasen de parecer. Dasgupta y Stiglitz ridiculizan la crítica liberal de las leyes antimonopolio por “recibir muchos fondos” pero “tener escaso fondo”. Aunque puede que algunos admitan financiación de partes interesadas y continúen diciendo lo que piensan abiertamente, la tentación de alcanzar un equilibrio entre tener dinero y tener razón está ahí.
 La presión social hacia el conformismo es otra de las fuerzas que porfían contra la búsqueda de la verdad. Abrazar opiniones impopulares a menudo te convierte en alguien impopular y muy pocos desean terminar como unos parias, así que la autocensura se impone. Si, además, un paria lo tiene más difícil para ser contratado, entonces el conformismo se confunde con el conflicto de intereses. No obstante, incluso pasando por alto la posible motivación económica, ¿hay alguien que desee ser odiado? La tentación en este caso es alcanzar un equilibrio entre tener razón y tener aprecio.
 Pero el ánimo de lucro y el conformismo no son las únicas fuerzas en conflicto con la verdad. Las personas albergan también motivaciones cognitivas ambivalentes. Uno de los objetivos que nos marcamos es el de alcanzar respuestas correctas para así poder actuar en consecuencia, pero ésa no es la única meta a la que nuestro juicio aspira. En muchas materias, hay algún punto de vista que resulta mucho más reconfortante, halagador o apasionante, lo que agudiza el riesgo de que nuestras valoraciones se vean afectadas no por el interés pecuniario o la búsqueda del visto bueno social, sino por nuestras propias pasiones.
 Incluso si fuésemos náufragos habitando islas desiertas, habría creencias que harían que nos sintiésemos mejor con nosotros mismos. Gustave Le Bon hace referencia a “ese poquito de esperanza e ilusión sin el cual [los hombres] no pueden vivir”. La religión nos brinda el ejemplo más evidente. Como parece estar considerado de mala educación señalar tal hecho, dejaré que sea Gaetano Mosca quien plantee la cuestión en mi lugar:
  A los cristianos debe permitírseles creer con orgullo que cualquier persona que no comulgue con la fe cristiana será condenada. El brahmán ha de tener motivos para poder regocijarse en el hecho de que sólo él desciende de la cabeza de Brahma y posee el alto honor de leer los textos sagrados. El budista debe ser esmeradamente instruido para poder apreciar el privilegio que posee de alcanzar el nirvana antes que nadie. El musulmán debe acordarse con satisfacción de que sólo él es un verdadero creyente y de que el resto son perros infieles en esta vida y serán perros martirizados en la futura. El socialista radical ha de convencerse de que cualquiera que no piense como él se trata de un egoísta, o un burgués corrompido por el dinero o un simplón servil e ignorante. Los ejemplos anteriores ofrecen argumentaciones que atienden a las necesidades de aprecio hacia uno mismo y su religión, y de desprecio y aversión hacia las otras.
 Las diferentes visiones del mundo tienen más de refugio mental confortable que de empeño riguroso por interpretar el mundo: “Las fantasías perduran porque casi todas las personas necesitan fantasía, y de un modo tan perentorio como el de cubrir sus necesidades materiales”. Las investigaciones empíricas actuales sugieren que Mosca iba por buen camino: los individuos religiosos están más satisfechos con su vida. Con razón, pues, la gente protege sus creencias de la crítica y se aferra a ellas si las evidencias en su contra comienzan a sobrepasar sus líneas de defensa.
 Para la mayoría de la gente, la existencia de motivaciones cognitivas contradictorias es tan evidente que aportar pruebas parece superfluo. Jost y el resto de coautores, con la mayor naturalidad, observan en el Psychological Bulletin que “casi todo el mundo es consciente de que la gente es capaz de creer lo que quiere creer, siquiera dentro de ciertos límites”. Pero es poco probable que mis colegas economistas se den por satisfechos así de fácilmente. Si un economista le dice a otro: “Tus teorías no son más que una forma de religión”, el presunto religioso no da importancia a la distinción entre “ideólogo emocional” e “investigador desapasionado” y se ve a sí mismo automáticamente como lo segundo. Sin embargo, cuando sostenemos que las preferencias entre convicciones existen, muchos economistas impugnan la totalidad del concepto. ¿Cómo sabemos que tales preferencias existen? Hay ilustres economistas que dan a entender que eso es algo imposible de saber puesto que las preferencias no son observables.
 Se equivocan. Todos los días yo compruebo la existencia de preferencias en una persona: yo mismo. Dentro de su ámbito de influencia, confío en mi propia introspección más de lo que puedo llegar a confiar en el trabajo de cualquier otro economista. La introspección me dice que estoy empezando a sentir hambre y con gusto pagaría un dólar por un helado. Si hay algo que merezca la calificación de dato en bruto, es eso. De hecho, se trata de algo más difícil de cuestionar que otros datos en bruto que los economistas aceptan automáticamente, como esas informaciones que la gente aporta acerca de sus propios ingresos.
 Algo que mi introspección me revela es que ciertas creencias poseen más atractivo emocional que sus contrarias. Por ejemplo, me gusta pensar que llevo la razón. Si bien admitir el error o perder dinero a causa de ese mismo error puede ser peor, el error por sí mismo sin más ya me resulta preocupante. Abrigar estos sentimientos no quiere decir que me deje llevar por ellos, del mismo modo que recibir un encargo por dinero de un cliente que tenga sus propias motivaciones no quiere decir que yo no vaya a escribir con sinceridad lo que pienso. Pero la tentación está ahí.
 La introspección nos ofrece una espléndida forma de descubrir nuestras propias preferencias. Sin embargo, ¿qué ocurre con las preferencias de los otros? Tal vez uno mismo sea tan raro que resulte absolutamente engañoso tomarse como referencia para extrapolar acerca del resto de las personas. La forma más sencilla de comprobarlo consiste en escuchar qué dicen otros sobre sus preferencias.
 En una ocasión, durante una cena, Gary Becker se burló de esta idea. Su postura, grosso modo, se resumía en que “no puedes creer lo que la gente dice”. Su posición es de una lógica contundente, a pesar de que él prestase mucha atención al camarero cuando le recitó los platos especiales de la casa. Las personas a menudo no reflexionan detenidamente, y muchas veces mienten. Pero, al contrario de lo que opina Becker, esto no es razón para pasar por alto sus palabras. Sí hay que recelar de lo que la gente dice cuando habla sin pensar o cuando tiene incentivos para mentir, pero escuchar resulta siempre más informativo que taparse los oídos. A fin de cuentas, las personas pueden mentir, pero también saben detectar las mentiras. La psicología experimental documenta casos en los que los mentirosos se delatan a través de su comportamiento o de las contradicciones de sus relatos.
 En cuanto empezamos a tener en cuenta seriamente los testimonios de las personas, los casos de preferencias entre convicciones son abundantes, porque la gente no los silencia. Considere las palabras del filósofo George Berkeley:
  Puedo fácilmente pasar por alto cualesquiera de mis actuales pesadumbres cuando medito el hecho de que está en mi mano la posibilidad de ser feliz de aquí a mil años. De no ser por tal reflexión, preferiría ser una ostra a un hombre.
 El propio Paul Samuelson se deleita en su revelación keynesiana y cita a Wordsworth con aquiescencia para poder captar su propio gozo en la Teoría general:
  Estar vivo en aquella alborada era puro júbilo,
  ¡pero ser joven era el cielo mismo!
  Muchas autobiografías describen el dolor que provoca tener que abandonar ideas que en el pasado dieron sentido a las vidas de sus autores. Tal y como lo expresa Whittaker Chambers:
  Un esfuerzo tan gigantesco, aparte de los riesgos físicos y para la vida diaria que conlleva, no se puede dar sin una intensa turbación espiritual. Nadie puede desandar a la ligera el rumbo que la fe que ha seguido durante toda una vida adulta le ha marcado, mantenido de forma inexorable hasta rebasar el límite de lo criminal. Sólo puede desandarse haciendo uso de una violencia mayor que la de la fe que se repudia.
  No es de extrañar que, según sus propias palabras, Chambers rompiese con el comunismo de modo “lento, de mala gana, agónico”. Para Arthur Koestler, el abandono de su fe constituyó un “harakiri emocional”. Además añade: “Los que fueron seducidos por la mayor quimera de nuestra época y han vivido según su moral y su perversión intelectual, o bien se entregan a una adicción nueva de sentido contrario o bien están condenados a la pena de soportar una resaca de por vida”. Richard Wright se aflige porque: “Yo sentía en el fondo de mi corazón que nunca volvería a experimentar esa sencilla y penetrante percepción de la vida, nunca volvería a expresar unas esperanzas tan apasionadas, nunca volvería a abrazar con tal entrega ninguna fe”.
 Incluso en las enfermedades mentales, el anhelo de esperanza y fantasía desempeña un papel importante. Según su biógrafo, el premio nobel y esquizofrénico paranoide John Nash a menudo prefería su mundo fantástico —en el cual él era una figura mesiánica divina— a la dura realidad:
 Para Nash, la recuperación del proceso mental corriente generaba un sentimiento de merma y pérdida. […] Él se refiere a sus periodos de alivio no como a felices retornos a una situación de buena salud, sino como a “intermedios, por así llamarlos, de racionalidad impuesta”.
Mito del votante racional: Amazon.es: Caplan Bryan, Caplan Bryan ...  Los historiadores del pensamiento también aportan a menudo casos de apoyo entusiástico a dogmas sospechosos. Esto es lo que dice Böhm-Bawerk cuando bosqueja el atractivo psicológico de la teoría marxista de la explotación:
  Desplazó la línea del frente de batalla hasta un ámbito en el cual el corazón, además de la razón, está habituado a hablar. Lo que la gente desea creer, eso cree sin ningún reparo. […] Cuando las repercusiones que acarrea una teoría van en la línea de incrementar las demandas de los pobres y disminuir las de los ricos, muchas almas se enfrentarán a dicha teoría con una actitud sesgada desde el principio, de suerte que faltarán al cuidado de aplicar la agudeza crítica que normalmente consagrarían a un análisis que requiriese de conformidad científica. Por supuesto, huelga decir que las masas se manifestarán devotas de tales doctrinas. La reflexión crítica no es asunto que les preocupe, ni puede serlo; ellas sencillamente siguen la inclinación de sus propios deseos. Creen en la teoría de la explotación porque da acomodo a sus preferencias a pesar de las falsedades que contiene. Y continuarían creyendo en ella aun cuando sus fundamentos científicos fuesen todavía más endebles de lo que ya son.
  Si ninguna de estas vías de verificación de la existencia de creencias preferidas es de su gusto, todavía hay una última: invierta el sentido del razonamiento. El humo indica que, con toda probabilidad, hay fuego. Cuanto más estrafalario resulte un error, más difícil será atribuirlo a falta de información. Si uno de sus amigos cree ser Napoleón, es posible que haya pistas engañosas en cantidad suficiente como para convencer a cualquiera de nosotros. Pero resulta tremendamente sospechoso que adopte en concreto la complaciente opinión de ser una figura principal en la historia universal en lugar de, digamos, el ayuda de cámara de Napoleón. Pues bien, suponga ahora que una persona contempla el comercio como un juego de suma cero. Puesto que cada día su experiencia es la contraria, resulta muy difícil achacar su error a falta de información. Lo más verosímil será, al igual que hace quien achaca la derrota de su equipo al juego sucio, que considerar el comercio como una forma de disfrazar la explotación disipa las inquietudes de aquellos a quienes desagradan los resultados que el mercado produce.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ininsfree, 2018, en traducción de Miguel Vicuña, pp. 142-147. ISBN: 978-1909870369.]

domingo, 17 de abril de 2022

La vida en las escuelas.- Peter McLaren (1948)


Los Grandes Pedagogos: Peter Mclaren
Tercera parte: Pedagogía crítica: un panorama general

5.-Pedagogía crítica: una revisión de los principales conceptos
La pedagogía crítica y la construcción social del conocimiento
Ideología

 «La hegemonía no podría hacer su trabajo sin el apoyo de la ideología. La ideología permea todo en la vida social y no sólo se refiere a la ideología política del comunismo, socialismo, anarquismo, racionalismo o existencialismo. La ideología se refiere a la producción y representación de ideas, valores y creencias y a la forma en que son expresados y vividos tanto por los individuos como por los grupos. Simplemente, la ideología se refiere a la producción de sentidos y significados. Puede describirse como una forma de ver el mundo, un complejo de ideas, diferentes tipos de prácticas sociales, rituales y representaciones que tendemos a aceptar tanto como naturales como de sentido común. Es el resultado de la intersección del significado y el poder en el mundo social. Las costumbres, los rituales, las creencias y los valores suelen generar en los individuos concepciones distorsionadas de su ubicación en el orden sociocultural y por tanto sirven para reconciliarlos con tal ubicación y para disfrazar las relaciones injustas de poder y privilegio; esto es lo que algunas veces es llamado "hegemonía ideológica". Stuart Hall y James Donald definen ideología como “los marcos de pensamiento que son usados en la sociedad para explicar, imaginar, otorgar sentido o dar significado al mundo social y político [...] Sin estos marcos no podríamos darle sentido al mundo de ningún modo; pero con ellos nuestras percepciones están inevitablemente estructuradas en una dirección particular por los propios conceptos que estamos usando”.
 La ideología incluye tanto funciones positivas como negativas en cualquier momento dado: la función positiva de la ideología es "proporcionar los conceptos, categorías, imágenes e ideas por medio de los cuales la gente da sentido a su mundo social y político, forma sus proyectos, toma una cierta conciencia de su ubicación en el mundo y actúa en él"; la función negativa de la ideología "se refiere al hecho de que todas esas perspectivas son inevitablemente selectivas. De este modo una perspectiva organiza positivamente los 'hechos' y tiene sentido porque incluye inevitablemente esa forma de poner las cosas."
 Para entender completamente la función negativa de la ideología, debe vincularse el concepto con una teoría de dominación. La dominaáón ocurre cuando las relaciones de poder establecidas en un nivel institucional son sistemáticamente asimétricas; esto es, cuando son desiguales y privilegian por lo tanto a algunos grupos por encima de otros. De acuerdo con John Thompson, la ideología en su función negativa trabaja mediante cuatro formas diferentes: la legitimación, la disimulación, la fragmentación y la cosificación. La legitimación ocurre cuando un sistema de dominación se sostiene presentándose como legítimo o como eminentemente justo y digno de respeto. Por ejemplo, al legitimar al sistema escolar como justo y meritocrático y como uno que da a todos las mismas oportunidades, la cultura dominante esconde la verdad del curriculum oculto -el hecho de que aquellos a quienes la escuela ayuda más son los que vienen de las familias más opulentas. La disimulación resulta cuando las relaciones de dominación están ocultas, negadas u oscurecidas en diferentes formas. Por ejemplo, la práctica de la estratificación institucionalizada en las escuelas pretende que la escuela ayuda a satisfacer mejor las necesidades de los grupos estudiantiles con distintas habilidades académicas. No obstante, describir la estratificación en esta forma ayuda a encubrir su función social reproductiva, que es la de clasificar a los estudiantes de acuerdo con su ubicación social de clase. La fragmentación ocurre cuando las relaciones de dominación están sostenidas por la producción de significados en una forma que fragmenta a los grupos de tal modo que quedan ubicados en oposición a otros. Por ejemplo, cuando los críticos de la educación conservadores explican los niveles decadentes en la educación estadounidense como resultado de haber tratado de acomodar a los estudiantes minoritarios de bajos ingresos; esto algunas veces produce una reacción en otros grupos subordinados en contra de los estudiantes inmigrantes. Esta táctica del "divide y dirige" evita que los grupos oprimidos trabajen juntos para asegurar colectivamente sus derechos. La cosificación ocurre cuando ciertas situaciones históricas transitorias se presentan como permanentes, naturales y de sentido común como si existieran fuera del tiempo.
 Esto ha ocurrido hasta cierto grado con la exigencia actual por un programa nacional basado en la adquisición de información sobre los "grandes libros" para tener mayor acceso a la cultura dominante. Estos trabajos son venerados como conocimiento de alto nivel, pues la fuerza de la historia los anuncia como tales y los ha ubicado en las listas de libros en instituciones culturales respetables como las universidades. Aquí la alfabetización se vuelve un arma que puede usarse en contra de los que son "culturalmente analfabetas", cuya clase social, raza o género presenta sus propias experiencias e historias como de poca importancia para ser dignas de investigación. Esto es, como herramienta pedagógica, un énfasis en los grandes libros frecuentemente desvía la atención de las experiencias personales de los estudiantes y de la naturaleza política de la vida diaria. Enseñar los grandes libros es también una forma de inculcar ciertos valores y modelos de conducta en los grupos sociales, solidificando de ese modo la jerarquía social existente, la tarea más difícil al analizar estas funciones negativas de la ideología es desenmascarar esas propiedades ideológicas que se insinúan como los componentes fundamentales de la realidad. Las funciones ideológicas que secuestran la esfera del sentido común consiguen con frecuencia disfrazar las bases de sus operaciones.
 En este punto debería estar claro que la ideología representa un vocabulario de estandarización y una gramática de designios sancionada y sostenida por prácticas sociales particulares. Todas las ideas y los sistemas de pensamiento organizan una interpretación de la realidad de acuerdo con sus propias metáforas, narrativas y retórica. No hay "estructura profunda", lógica totalizante o gran teoría prístina en forma libre de efectos que esté completamente descontaminada de interés, valoraciones o juicios -o sea, de ideología. No hay santuario privilegiado separado de la cultura y la política donde podamos ser libres para distinguir la verdad de la creencia, el hecho del juicio, la imagen de la interpretación. No hay ambiente "objetivo" que no esté impregnado con la presencia social.
 Si podemos todos estar de acuerdo en que como individuos heredamos una comunidad preexistente de signos, y reconocemos que todas las ideas, valores y significados tienen raíces sociales y desarrollan funciones sociales, entonces comprender a la ideología se vuelve un asunto de investigar qué conceptos, valores y significados oscurecen nuestra comprensión del mundo social y nuestra ubicación dentro de las redes de las relaciones entre poder y conocimiento, y cuáles conceptos, valores y significados esclarecen tal comprensión. En otras palabras, ¿por qué ciertas formaciones ideológicas hacen que no reconozcamos nuestra complicidad al establecer o mantener relaciones asimétricas de poder y privilegio dentro del orden sociocultural?
 La ideología dominante se refiere a los patrones de creencias y valores compartidos por la mayoría de los individuos. Casi todos los estadounidenses -tanto los ricos como los pobres- comparten la creencia de que el capitalismo es mejor sistema que el socialismo democrático, por ejemplo, o que los hombres en general son más capaces de desempeñarse en posiciones de mando que las mujeres o que las mujeres deberían ser más pasivas y hogareñas. Aquí debemos reconocer que el sistema económico requiere de la ideología del capitalismo consumidor para naturalizarla y presentarla como de sentido común. La ideología del patriarcado también es necesaria para mantener a salvo y segura la naturaleza de la economía en la hegemonía prevaleciente. Hemos sido "alimentados" con estas ideologías dominantes durante décadas mediante los medios masivos de comunicación, las escuelas y la socialización de la familia.
LA VIDA EN LAS ESCUELAS | PETER MCLAREN | Comprar libro 9789682325786 Las ideologías oposicionales existen, no obstante, e intentan desafiar a las ideologías dominantes y resquebrajar los estereotipos existentes. En algunas ocasiones, la cultura dominante es capaz de manipular ideologías alternativas y oposicionales de forma que la hegemonía pueda ser más efectivamente asegurada. Por ejemplo, The Cosby show, en la televisión comercial, lleva el mensaje de que hay un camino social en Estados Unidos para que los negros sean doctores y abogados exitosos. Esta imagen favorable de los negros, no obstante, enmascara el hecho de que la mayor parte de los negros en ese país viven en una posición subordinada a la cultura dominante blanca con respecto al poder y al privilegio. La cultura dominante asegura la hegemonía trasmitiendo y legitimando ideologías, como en The Cosby show, que reflejan y dan forma a la resistencia popular a los estereotipos, pero que en la práctica hacen poco por desafiar las bases reales de poder de los grupos dominantes.
 La ideología dominante frecuentemente alienta a las ideologías oposicionales y tolera las que desafían su propia racionalidad, dado que absorbiendo esos valores contradictorios, ellas serán cada vez menos capaces de domesticar los valores conflictivos y contradictorios. Esto se debe a que la sujeción hegemónica del sistema social es tan fuerte que en general puede resistir la disensión y de hecho neutralizarla como oposición simbólica. Durante mis días de enseñanza en el gueto suburbano, los bailes escolares en el gimnasio solían celebrar los valores, los significados y el placer de la vida en la calle -algunos de los cuales podían ser considerados oposicionales- pero eran tolerados por la administración porque ayudaban a disminuir la tensión en la escuela. Se permitía a los estudiantes un espacio simbólico por un tiempo limitado, si bien no revistió nada concreto en términos de la subordinación cotidiana de los estudiantes y sus familias.
 La principal cuestión para los maestros que intentan ser conscientes de las ideologías que modelan su propia enseñanza es: ¿cómo ciertas prácticas se han vuelto tan habituales o naturales en los ambientes escolares que los maestros las aceptan como normales, no problemáticas y esperadas? ¿Con qué frecuencia, por ejemplo, cuestionan los maestros prácticas tales como la estratificación, el agrupamiento por habilidades, la graduación competitiva, los enfoques pedagógicos centrados en el maestro y el uso de recompensas y castigos como estrategias de control? El punto aquí es comprender que estas prácticas no están cinceladas en piedra, sino que están, en realidad, socialmente construidas; entonces, ¿cómo está estructurada ideológicamente la sabiduría destilada de la teorización educativa tradicional? ¿Qué constituye los orígenes y legitimidad de las prácticas pedagógicas dentro de esta corriente? ¿Hasta qué grado esas prácticas pedagógicas sirven para dar el poder al estudiante y hasta qué grado operan como formas de control social que apoyan, estabilizan y legitiman el papel del maestro como guardián moral del estado? ¿Cuáles son las funciones y los efectos de la imposición sistemática de las opiniones ideológicas en las prácticas docentes en el aula?
 En mi diario, ¿qué caracterizó las bases ideológicas de mi propia práctica de enseñanza? ¿En qué forma el "ser escolarizado" capacita y a la vez contiene las subjetividades de los estudiantes? Uso aquí la palabra "subjetividad" para significar formas de conocimiento que son tanto conscientes como inconscientes y que expresan nuestra identidad como agentes humanos. La subjetividad relaciona el conocimiento diario en sus formas socialmente construidas e históricamente producidas. A continuación, podemos preguntar: ¿Cómo las prácticas ideológicas dominantes de los maestros ayudan a estructurar las subjetividades de los estudiantes? ¿Cuáles son las posibles consecuencias de esto, para bien o para mal?

 Prejuicio

 Prejuicio es el juicio anticipado y negativo de individuos y grupos a partir de evidencias no reconocidas, infundadas e inadecuadas. Como estas actitudes negativas ocurren con mucha frecuencia, adquieren un carácter de sentido común o ideológico que suele emplearse para justificar los actos de discriminación.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Siglo XXI Editores, 2005, en traducción de Susana Guardado de castro, pp. 279-283. ISBN: 968-23-2578-1.]