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domingo, 26 de julio de 2026

Tractatus Logico-Philosophicus.- Ludwig Wittgenstein (1889-1951)

«1.- El mundo es todo lo que es el caso.
1.1.-El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.
1.11.-El mundo viene determinado por los hechos y por ser éstos todos los hechos.
1.12.-Porque la totalidad de los hechos determina lo que es el caso y también todo cuanto no es el caso.
1.13.-Los hechos en el espacio lógico son el mundo.
1.2.-El mundo se descompone en hechos.
1.21.-Algo puede ser el caso o no ser el caso, y todo lo demás permanecer igual.
2.-Lo que es el caso, el hecho, es el darse efectivo de estados de cosas.
2.01.-El estado de cosas es una conexión de objetos (cosas).
2.011.-Poder ser parte integrante de un estado de cosas es esencial a la cosa.
2.012.-En la lógica nada es casual: si la cosa puede ocurrir en el estado de cosas, la posibilidad del estado de cosas tiene que venir ya prejuzgada en la cosa.
2.0121.-Parecería algo así como un azar que a la cosa capaz de darse de modo efectivo por sí misma le correspondiera posteriormente un estado de cosas.
Que las cosas puedan ocurrir en estados de cosas, es algo que debe radicar ya en ellas.
(Algo lógico no puede ser meramente posible. La lógica trata de cualquier posibilidad y todas las posibilidades son sus hechos).
Al igual que no podemos en absoluto representarnos objetos espaciales fuera del espacio, ni temporales fuera del tiempo, tampoco podemos representarnos objeto alguno fuera de la posibilidad de su conexión con otros.
Si puedo representarme el objeto en la trama del estado de cosas, no puedo representármelo fuera de la posibilidad de esa trama. 
2.0122.-La cosa es independiente en la medida en que puede ocurrir en todos los posibles estados de cosas, pero esta forma de independencia es una forma de interrelación con el estado de cosas, una forma de dependencia. (Es imposible que las palabras aparezcan de dos modos diferentes, solas y en la proposición).
2.0123.-Si conozco el objeto, conozco también todas las posibilidades de su ocurrencia en estados de cosas.
(Cualquier posibilidad de este tipo debe radicar en la naturaleza del objeto).
No cabe encontrar posteriormente una nueva posibilidad.
2.01231.-Para conocer un objeto, no tengo ciertamente que conocer sus propiedades externas, pero sí debo conocer todas sus propiedades internas.
2.0124.-Dados todos los objetos, vienen dados también con ellos todos los posibles estados de cosas.
2.013.- Cualquier cosa está, por así decirlo, en un espacio de posibles estados de cosas. Puedo representarme vacío ese espacio, pero no la cosa sin el espacio.
2.0131.-El objeto espacial debe encontrarse en el espacio infinito. (El punto espacial es un lugar argumental).
La mancha en el campo visual no tiene, ciertamente, por qué ser roja, pero ha de tener un color: tiene, por así decirlo, el espacio cromático en torno suyo. El tono ha de tener una altura, el objeto del sentido del tacto una dureza, etc.
2.014.-Los objetos contienen la posibilidad de todos los estados de cosas.
2.0141.-La forma del objeto es la posibilidad de su ocurrencia en estados de cosas.
2.02.-El objeto es simple.
2.0201.-Cualquier enunciado sobre complejos puede descomponerse en un enunciado sobre sus partes integrantes y en aquellas proposiciones que describen completamente los complejos.
2.021.-Los objetos forman la sustancia del mundo. Por eso no pueden ser compuestos.
2.0211.-Si el mundo no tuviera sustancia alguna, el que una proposición tuviera sentido dependería de que otra proposición fuera verdadera.
2.0212.-Sería entonces imposible pergeñar una figura del mundo (verdadera o falsa).
2.022.- Es manifiesto que por muy diferente del real que se piense un mundo ha de tener algo en común con él -una forma-.
2.023.- Lo que constituye esta forma fija son precisamente los objetos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1997, en traducción de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera, pp. 15-21. ISBN: 84-487-0119-4.]

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Apoteosis.- Aurelio Prudencio (348-413)

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Sobre la naturaleza del alma

«Al paso sale aquí con sus dudas un discutidor, y objeta si tiene cabida en la fe que una substancia inspirada por el soplo de Dios pueda sufrir tormento y que descienda a los abismos del infierno y se abrase en el averno. Cree que el alma no es Dios, pero cree que ella es la más excelsa de las cosas creadas; cree que también ella ha sido creada. Formada fue por la boca de Dios el alma que antes no existía, pero fue formada hermosísima en su modo de ser, ataviada con dádivas divinas, llena de Dios y semejante a su Creador. Pero ella no es Dios, porque no procede por generación, sino que es hechura de Dios. Del corazón del Padre sólo salió el Hijo verdadero, Él también Dios verdadero. Al alma, que antes no existía, se le dio súbita existencia. El Hijo, en cambio, es coeterno con el Padre y existe siempre en Él; no ha sido creado, sino nacido, tiene todo cuanto tiene el Padre. El alma es como sombra a semejanza de Dios. Así habló el Creador mismo cuando se disponía a formar al hombre a semejanza suya, asociando ambos elementos creados. Pero la sombra no posee la solidez del cuerpo real, cuya copia se refleja en la sombra; y una cosa es la verdad y otra la imagen de la verdad. El alma es semejante a Dios porque no se destruye con los siglos, porque es racional y capaz de justicia, y como reina del universo manda, prevé, sopesa, precave, habla, es inventora de palabras y de costumbres, está pertrechada de incontables recursos y enseñada a recorrer el cielo con el pensamiento. En todo esto hizo Dios el alma a su imagen, pero distinta en lo demás. Sin duda, es fácil entender el alma y cuál es la medida y figura que fija sus límites; pero Dios, inmenso y que desborda todo lo creado, no tiene en sí límite alguno de suerte que pueda ser encerrado o abarcado por el pensamiento del hombre. Inabarcado permanece el poder que carece de último confín y que se extiende en un espacio inconmensurable. Por tanto, el alma, creada, inferior a su gran Creador y mayor que las otras cosas y señora de todas ellas, la absorbe en su nacimiento la turbia corrupción de la carne gangrenada y al ser infundida en miembros corruptibles la hace partícipe de su propia hez; entonces surge la naturaleza pecadora, ya que es mezcla de lodo y de espíritu puro.
 Pero, puesto que el alma salió de la boca de Dios, quizá digas que no fue hecha ni creada, como si una parte de Dios (blasfemia es decirlo) pudiese, mancillada, contraer negras culpas y, condenada al abismo, precipitarse en el oculto caos del infierno. Que ella sea algo de Dios, no lo niego. Sin embargo, de ninguna manera puede llamarse parte de Dios la que tuvo principio en el tiempo, ni considerarse anterior o más antigua que el primer hombre. Pues yo la veo creada en el momento en que entró como hermana en el hogar del corazón amigo y, huésped del reciente limo, ella también reciente tomó asiento en su habitación fraterna. Ella es, sin duda, un soplo del Señor; pero no espíritu y fuerza llena de Dios, puesto que fue emitida en aquella exacta medida en la que el que le comunicó el aliento quiso mantener el ímpetu de su propio soplo.
 Es imposible contemplar los profundos misterios del Dios de los ejércitos, pero el hombre es el espejo de la divinidad. Inteligente, aprende a ver en el cuerpo un poder no corpóreo, según la enseñanza de Cristo, que en su cuerpo mortal muestra a su propio Padre. Examina con cuidado cuán variadas maneras de aliento emitimos de nuestra boca cuantas veces exhalamos las auras del alma que respira. A veces, el calor exhalado emite un soplo tibio, lanzando como brumitas de rocío de la húmeda garganta; cuando nos place, sale de nuestra boca, en forma de gélido viento con soplo frío, un sonido agudo y hace silbar el aire. Añade, además, las diferentes clases de viento que crea la flauta de los músicos. O es exiguo, cuando se reduce a su modulación; o levanta henchido zumbido en abundante soplo, o rompe en roncas armonías, o susurra suave, o, al sacar sutil aire, produce notas agudas; o, al bajar la voz, articula un dulce murmullo. Cuando ves que tú puedes hacer todo esto en tu cuerpo mortal, ¿por qué no vas a creer que el Dios Eterno haya podido infundir el alma tal como Él la quiso? Puesto que, al darle existencia, la exhaló e infundió según el plan que Él trazara de antemano, resulta necesario que haya sido creada. Por último, la potencia de nuestra alma alcanza a saber muchas cosas; pero no las sabe todas, porque es delimitado lo que a ella se le ha ordenado saber y prever. A la que se ha dotado ya de un límite determinado y no se le ha concedido conocerlo todo, es hechura de Dios; por esto se demuestra haber sido creada y aumentada en su capacidad.
 Deduce, por comparación, si es ella hechura de Dios. La mano del Señor, ciertamente, creó el cuerpo mortal y configuró el lodo con sus dedos. ¿Pero es que la mano de Dios está compuesta de articulaciones? ¿Es que tiene Él palma? ¿Es que puede cerrar en puño las flexibles uñas o alargar las manos abiertas? Esa es la forma de nuestra mano, que no tiene en sí el Señor infinito, sino que se le atribuyó esa forma conocida y familiar a la mente humana para que diese a entender cómo se afirma, a través de esa imagen corpórea, que fue Él quien plasmó la figura del cuerpo. De igual manera, la substancia espiritual fue creada, a su vez, por un soplo incorpóreo, y se dice que ella es obra de la boca de Dios, por la cual apareció refulgente la forma del alma con su fina textura y percibió haber sido creada con un poder aún rudimentario.
 Si nuestra carne no es hechura de la mano de Dios, tampoco es el alma hechura de su boca, originada por un soplo y un aliento y transmitida a cierto lugar, al cuerpo; porque todo lo que saca a la existencia el momento del nacimiento, lo recibe un lugar concreto, y lo que un lugar puede contener es algo limitado y no se extiende a todas partes, y lo que es tan limitado que viene a fijarse en un lugar determinado, puede ya vacilar, y lo que vacila cae naturalmente en el pecado y, en fin, lo pecaminoso está expuesto al triste castigo. Esto no es Dios, creedme. O si el alma es divinidad, mostradme qué significa eso de que una gracia nueva se derrame abundante en el alma caída y necesitada de Cristo, a la que ennoblece, hecha justa por el bautismo, el Espíritu Santo, y añade a esa sierva de Dios el honor que le faltaba. Puesto que este honor se le otorga por méritos y por yerros se le niega, absurdamente se dice que sea Dios o una parte de Dios la que, por su obediencia, bebe unas veces de la fuente eterna el divino y sumo bien, y otras lo pierde por sus culpas y crímenes; ora sufre castigo, ora queda libre hollándolo bajo sus pies.
 ¿Te asombras de que peque el alma, a quien ha cabido en suerte habitar en una morada hecha de carne, cuando peca hasta el mismo ángel, que es incapaz de entrar en el frágil hogar de una coraza (cuerpo) corruptible? Peca porque también él ha sido creado, no engendrado. De qué manera haya sido él creado, lo sabe sólo el Señor, su hacedor. Básteme a mí saber que ha sido creado. Carece de mancha sólo el Creador de mundo, el Dios no engendrado y engendrado, el Padre y Aquél que nació del Padre. Y Él solo, exento de recibir triste tormento, actúa sin mancharse y no siente amargura alguna.»

    [El texto pertenece a la edición en español de La Editorial Católica, 1981, en traducción de Alfonso Ortega. ISBN:84-220-1020-8.]

jueves, 31 de octubre de 2019

Las primeras palabras de la creación.- Alejandro Gándara (1957)

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La materia en fuga

«Si se necesita alguna prueba de que en el principio Dios no creó separación alguna con la pareja cielos-tierra, basta con leer el versículo 2 y su imposible distinción en partes. Todo está dado de golpe a la percepción del lector, que apenas puede percibir con los sentidos. Todo lo que se dice está como engullido dentro de lo demás en una especie de juego cóncavo-convexo y soplado, como en el paso del sílice al vidrio, por el rúah Elohim, el viento de Dios.
 Hobbes, que dedicó buena parte de su vida a hablar de la representación-aparición de los mundos que llegan desde los sentidos, sentenció en su Leviatán que este "pasaje está por encima de nuestro entendimiento". San Agustín y la patrística trataron de ver a su través una creación total previa, una especie de sustancia original que después dio lugar a las partes y a la fisonomía del mundo conocido. La lucha del confeso de Hipona por dar sentido al magma es exhaustiva, encomiable y agotadora. Filón, aun confesando que las ideas comprendidas en la creación del cosmos "trascienden nuestra capacidad de hablar y escuchar, siendo demasiado grandes para adecuarse a la lengua o al oído de cualquier mortal", no duda en afirmar que Dios "formó primero las esencias aire y tierra y las formas esenciales". Así, por ejemplo, la oscuridad no sería más que la esencia-aire abandonada a sí misma y a sus abismos. Los gnósticos vieron aquí, y por aquí, un mundo de origen sin relación con éste que habitamos, mundo de la negación y de lo indecible que actuaba como escondite del mismo Dios y como imagen de su inaccesibilidad. La gnosis especulativa apuró el trago hasta señalar a un Dios malo que recorría todo el Antiguo Testamento, mientras la revelación y la redención mostraban al Dios bueno. Estos gnósticos, indudablemente, no trataban con la revelación del rel
ato, sólo con revelaciones salvíficas. El Génesis apócrifo de los Jubileos eliminó de un plumazo todo abismo anterior a la creación de los días y obtuvo su Dios de la gran semana. A los redactores les sobraba la confusión y sus excesos.
 La tradición judía ha negado la posibilidad de saber algo de Dios por el camino de este caos del versículo 2, toda vez que la Torá y el relato mismo forman parte del mundo de la dualidad por oposición al de la unidad divina: el libro del Génesis es fundamentalmente el libro del Hombre, como han recalcado entre otros Eisenberg y Abecassis. Pero coincide con la cristiana en la sustitución teológica del caos por la nada, es decir, en convertir este pasaje en una nada significativa y en una nada material (o sea, en negar un algo). Los cabalistas han "transmitido finalmente la nada al interior de Dios mismo, a su abismo", según señala Scholem que, al mismo tiempo, define esta sustitución del caos por la nada como un "malentendido productivo". En tierra de nada absoluta, teológicamente hablando, puede crecer de todo. Por contra, un campo embrollado del que no se sabe si es monte o llanura, vega o desierto, no es terreno para grandes siembras. Von Road concluye que "el concepto de un caos creado es contradictorio en sí mismo" e insiste en la creación ex nihilo, un tipo de creación que nos alejaría de los tipos de creador combatiente y engendrador al estilo mesopotámico. Más aún, el versículo 2 es una negación absoluta, ya que su propósito es "mostrar la creación a partir de la negación de ésta". Es decir, estaríamos ante la nada porque estamos ante la negación.
 Nos encontramos sin duda frente a un párrafo clave no sólo del relato de la Creación, sino del todo el Génesis, cuya pregunta fundamental no puede ser otra que de qué estamos hablando. Preguntarse por los orígenes es preguntarse universalmente por todo: por los principios, por el creador, por el papel de las criaturas, por su relato. Es la pregunta: después de ella las otras preguntas son sombras. La gracia, la salvación y el pecado pueden tener un enorme y crucial interés, pero están sometidas, como tales cuestiones, a la forma en que se ha resuelto lo sustantivo. El origen lo es de todo, y la peripecia humana, por más que afecte trágicamente, pasa a depender del principio que se le ha dado. El versículo 2, leído en lo literal, nos habla de los contenidos de una creación anterior y también nos habla de un lugar habitado por el creador. Digamos que así lo escucharía un oído limpio, como le gustaba a Lucrecio: "Hubo un Dios que creó un mundo caótico, hecho de oscuridad, de aguas y de abismos, y ese Dios vivía en él como una especie de viento que iba en todas direcciones". Porque no hay duda de que ese Dios vivía ahí, dentro de su creación, puesto que la alentaba continuamente con una respiración incesante que se escucha encrespando la superficie de las aguas caóticas, con su rúah, el viento de Dios, el espíritu de Dios. ¿Es osado preguntarse qué hacía el personaje en tal ambiente y, de resultas, quién es el personaje que habita tan umbrías latitudes? Es una pregunta ingenua, y desde las alturas a que ha volado históricamente la interpretación del versículo, medio terrícola. Pero, aunque hocique el suelo como la más arrastrada de las cuestiones, no ha sido contestada. Las variantes interpretativas han dado bien en colocar el asunto por encima del entendimiento, bien en hacerlo coincidir con el neoplatonismo de las sustancias, vienen eliminarlo directamente, bien en inventarse la nada como principio teológico. Es decir, han dado en no contestar la pregunta por el sencillo método de no plantearla. La interpretación -sería mejor escribir a partir de ahora La Interpretación- ha tenido siempre tan altos intereses que el pueblo llano de la creación literaria de y de las palabras padece de tortícolis de tanto mirar hacia arriba.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1998. ISBN: 84-339-0562-7.]

miércoles, 23 de enero de 2019

Origen de la vida sobre la Tierra.- Aleksandr Ivánovich Oparin (1894-1980)


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Conclusión

«Para terminar, quisiera referirme brevemente a una cuestión con frecuencia planteada a propósito del origen de la vida: la posibilidad de que esta última continúe originándose todavía en el momento actual. La literatura científica y, especialmente, la científico-popular, trata este problema en términos un tanto confusos. Ello se debe probablemente a la manera indiscriminada en que de costumbre es planteado, sin tener en cuenta los muy diferentes sentidos en que se le puede entender. Por tal motivo, sería conveniente que lo examinemos en todas sus posibles variantes.
 ¿Continúa la vida surgiendo en la actualidad? Por cierto que sí; de ello no cabe la menor duda. La vida, en cuanto forma particular de movimiento de la materia, surgirá en todo aquel momento en que en un punto cualquiera del Universo se reúnan las condiciones apropiadas para ello. La Astronomía moderna ha demostrada convincentemente que en la actualidad se están formando nuevas estrellas y nuevos sistemas planetarios en diversos lugares de nuestra Galaxia, y no hay razón para dudar que en muchos de estos planetas el proceso de desarrollo de la materia no cursará de manera análoga a cómo lo hizo en la Tierra, lo cual implica un eventual nacimiento de vida.
 Pero los que plantean esta cuestión, generalmente, lo hacen en un sentido más restringido. A saber, si en el momento actual es todavía posible que surja vida sobre nuestro planeta. Aquí ya no se considera el problema en su dimensión universal y, sin embargo, también se puede responder afirmativamente. Estamos presenciando a diario el nacimiento de seres vivos. La sustancia viva continúa originándose todavía en nuestros días, aunque ahora lo haga ya exclusivamente a través de otros seres vivos. Lo esencial aquí es que el nacimiento de estos seres vivos se verifica a un nivel muy elevado del desarrollo de la materia. Con la aparición de la vida y el metabolismo, entró en acción una vía nueva de síntesis de lo vivo de eficiencia extraordinaria. Con anterioridad al surgimiento de la vida, esto evidentemente no podía ocurrir y es por ello que el desarrollo de la materia, desde lo inerte a lo vivo, tuvo que recorrer los tortuosos e interminables senderos a que antes se hizo mención: inicialmente, a lo largo de muchos centenares de millones de años, aparecieron las sustancias orgánicas; éstas, a su vez, dieron lugar más tarde a la formación de polímeros elevados, los cuales originaron eventualmente unos sistemas polimoleculares individualizados. Pues bien, los organismos primarios, o formas más elementales de vida, solamente pudieron nacer como resultado de la evolución orientada de estos últimos sistemas.
 Sin embargo, una vez que este punto había sido alcanzado, la síntesis de lo vivo a partir de lo inerte comenzó a verificarse en una escala gigantesca y con eficiencia extraordinaria, tal como hoy en día se puede observar en todo lugar y momento.
 No obstante, la síntesis de sustancia viviente por intermedio de lo ya vivo es considerado por muchos como un fenómeno trivial y carente de interés, y la cuestión que realmente les preocupa es si en la Tierra contemporánea lo vivo puede surgir de modo primario, es decir, directamente a partir de la materia inerte. Pero esto viene a constituir un tercer aspecto del susodicho problema.
 A él, muchos responden de manera puramente especulativa, asegurando que toda forma de movimiento de la materia, si ha tenido ocasión de surgir una vez, debe igualmente poder surgir ahora. Por supuesto, esto es correcto por lo que se refiere al Universo en general, pero no necesariamente a propósito de un sistema limitado particular, tal como, por ejemplo, nuestro planeta. Un planteamiento semejante de la cuestión podría conducirnos a conclusiones por completo erróneas.
 A fin de aclarar este aspecto, consideremos el siguiente ejemplo elemental. La aparición del hombre representa, sin duda, una de las etapas más importantes en el desarrollo de la materia, siendo perfectamente equiparable al origen de la vida misma. Si el nacimiento dela vida significó la puesta en marcha de una forma nueva (biológica) de movimiento de la materia, el hombre vino a constituir un feliz remate a la línea biológica de desarrollo, representando el tránsito hacia un nivel todavía más elevado del movimiento de la materia: el social. Sabemos con certeza que el hombre surgió sobre la Tierra en un momento determinado del proceso evolutivo de la vida. Sin embargo, difícilmente podría aceptarse que la especie humana se origine todavía en la actualidad por algún medio diferente al de la reproducción ordinaria a partir de seres homólogos.
 Imaginemos ahora una masa de agua estéril (desprovista de seres vivos), en cuyo seno existen disueltas diversas sustancias orgánicas diferentes. Abandonada a sí misma, en su interior se producirían paulatinamente aquellos mismos procesos de metamorfosis química a que hicimos referencia en párrafos previos de este libro. Eventualmente, al término de muchísimos millones de años, estos procesos desembocarían en el surgimiento de la vida. Por el contrario, si en este medio orgánico se introducen seres vivos activos (por ejemplo, bacterias), el curso de los acontecimientos será bien distinto, ya que en tal caso prevalecerá, pasando a ocupar el primer plano, una forma más perfecta de movimiento de la materia. A partir de aquel instante, la conversión de lo inerte en viviente discurrirá a través de los nuevos mecanismos metabólicos, caracterizados por su colosal rapidez de acción, muy superior, desde luego, a la de los viejos procedimientos de naturaleza química. En las señaladas circunstancias, quedará por completo excluida toda posibilidad de que la vida surja primariamente (es decir, sin intervención de otros organismos vivos), ya que la inmensa mayoría de las sustancias orgánicas presentes en la solución son procesadas por los mecanismos metabólicos a una velocidad con la cual no pueden competir los fenómenos organoquímicos. A esto ya hizo mención Darwin y en la actualidad es fácilmente comprobable en la Naturaleza que nos rodea.
 Supongamos que en un rincón determinado de nuestro planeta y por razones desconocidas, faltasen los organismos vivos, pese a concurrir allí condiciones apropiadas para el desarrollo de la vida. Es indudable que en una situación tal, podría concebirse el que aún en nuestros días tuviese lugar una formación primaria de vida. No obstante, para que esta hipótesis resulte aceptable, sería necesario en primer lugar que se descubra este fenómeno en el medio natural, cosa que hasta el presente no ha sido conseguido. A nuestra manera de ver, la resolución del problema del origen de la vida encuentra perspectivas muchísimo más amplias en el estudio de los mecanismos metabólicos de conversión de la sustancia inerte en viviente. Al mismo tiempo, el análisis detallado de los procesos metabólicos nos permitirá eventualmente el llegar a su reproducción artificial en el laboratorio. Una vez que se halle bien conocida esta elevada forma de organización de la materia (metabolismo), será posible sintetizar vida mediante procedimientos infinitamente más rápidos que los utilizados originalmente por la Naturaleza.
 De algo se puede estar seguro y ello es que esta meta será alcanzada en un futuro ya no demasiado lejano.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Tecnos, 1979, en traducción de Jorge Asensio Peral. ISBN: 84-309-0464-6.]

martes, 27 de noviembre de 2018

Escritos sobre música.- Robert Fludd (1574-1637)


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De la práctica de la música compuesta del alma
Capítulo IV: De las potencias racional, irascible y concupiscente del alma y de su mutua harmonía

«Explicadas en el capítulo precedente las cinco fuerzas del alma, a saber: sentido, imaginación, razón, intelecto e inteligencia, así como la harmonía práctica de ellas, me ceñiré ahora a la sinfonía práctica  de las tres potencias del alma, o sea: de la racionalidad, de la concupiscencia y de la irascibilidad. Y aunque a algunos les parecerá que no hay ninguna diferencia entre las fuerzas y las potencias, lo veremos, sin embargo, de hecho. Se ha explicado claramente más arriba que le hombre fue formado de dos substancias, a saber: del alma con la razón y del cuerpo con sus sentidos, a los que, sin embargo, no mueve la carne sin ayuda del alma; ésta, pues, posee su facultad de raciocinio sin la carne, puesto que es racional, concupiscente e irascible, potencias que obtuvo antes de mezclarse con el cuerpo ya que son connaturales a ella hasta el punto de no ser otra cosa que el alma misma, pues toda substancia del alma se encuentra plena y perfecta en estas tres, o sea: en la racionalidad, concupiscencia e irascibilidad, como en una cierta trinidad suya; y esta trinidad es la unidad del alma y el alma misma. Se diferencia, sin embargo, de Dios en que Él es todas las cosas; el alma, en cambio, sólo las suyas propias y éstas son, ciertamente, todas naturales. Por esta razón, toda esencia del ánimo está contenida en estas potencias y, sin embargo, no se divide en partes, puesto que es simple y única. Si algunas veces, en cambio, se dice que tiene partes, se ha de entender esto más bien en razón de la similitud que en lo que se refiere a la realidad de su composición. El alma es, pues, una substancia simple y la razón no es otra cosa ni está menos en dicha substancia que el alma; pero una y la misma substancia, según las distintas potencias, obtiene distintos vocablos.
 Por medio de la primera potencia, a saber: la racionalidad, el alma es capaz de ser iluminada para conocer alguna cosa bajo ella, sobre ella o junto a ella, como antes fue dicho. Conoce, por tanto, a Dios sobre sí, a los ángeles junto a sí y todo lo que se contiene en el ámbito del cielo, bajo sí. Por la concupiscencia puede amar y apetecer las cosas y por la irascibilidad, evitar algo y perseguirlo con odio. De lo cual se deduce que todo sentido nace de la racionalidad y toda pasión de las otras dos. Llamamos razón a la manifestación del alma gracias a la cual ve lo verdadero por sí misma y raciocinio, en cambio, a la indagación de la razón. Por este motivo, el alma necesita de la razón para ver y la razón necesita del raciocinio para investigar. Se observa que la pasión, que nace de las otras dos potencias del alma, es cuatripartita, o sea: de la concupiscencia nacen la alegría y la esperanza en tanto que nos regocijamos o esperamos regocijarnos con aquello que amamos; de la irascibilidad, el dolor y el temor, pues, nos dolemos o tememos dolernos de aquello que odiamos. Por tanto, estas cuatro pasiones del alma son como unos ciertos principios y materia común de todos los vicios y virtudes. Y puesto que la virtud es el hábito de la mente bien dispuesta, dichas pasiones se deben disponer, instituir y ordenar hacia lo que deben y del modo que deben para poder producir las virtudes; de otro modo, caerían fácilmente en los vicios. Así pues, cuando el amor y el odio se disponen prudente, templada, fuerte y justamente, se convierten en virtudes, esto es: en prudencia, templanza, fortaleza y justicia, las cuales son como el origen y fundamento de todas las demás virtudes y todas ellas se erigen en el alma eficaz y virtuosamente. También, por el odio hacia el mundo y hacia sí, progresa el alma en el amor a Dios y al prójimo y por el desprecio de las cosas temporales e inferiores crece en el deseo de lo eterno y superior. De aquí, pues, se deduce evidentemente que la razón no es inmune al error a no ser que sea iluminada por la mente; por lo cual, sucede que las pasiones buenas de aquélla producidas por la iluminación de la mente se llaman virtudes y las malas, en cambio, que proceden de la falta de iluminación, vicios, pues la mente es iluminada siempre por Dios; sin embargo, no siempre ilumina. En efecto, hay en Dios una primera luz que está por encima de todo intelecto, razón por la cual no puede ser llamada luz inteligible; pero cuando es infundida por Dios con un resplandor inmediato, se dice inteligible porque puede ser comprendida. Más adelante, cuando se une a la razón pasando a través de la mente, se hace racional y puede no sólo ser comprendida, sino también ser pensada. Posteriormente, cuando se introduce por medio de la razón en la representación del alma, donde opera la fantasía o imaginación, se hace no sólo pensable y racional, sino también imaginable, aunque todavía no corpórea; cuando desde allí se va al vehículo etéreo del alma, se hace inmediatamente corpórea; sin embargo, no es sensible de modo manifiesto hasta que no haya entrado en un cuerpo formado de elementos, ya simple (aéreo), ya compuesto, donde la luz se hace claramente visible al ojo.
 Finalmente, en lo que atañe a la harmonía y a las consonancias, por las que estas potencias del alma o virtudes consonan entre sí, se ha de saber que se disponen de modo proporcional respectivamente, del siguiente modo: la proporción de la consonancia del diapason se halla entre la racionalidad y la concupiscencia; entre la razón y la irascibilidad se encuentra la proporción de la consonancia de diatessaron y, finalmente, entre la irascibilidad y la concupiscencia se observa la consonancia sesquiáltera o de diapente. Además, se ha de saber que, si la razón es iluminada por la mente, se encuentran en el hombre una harmonía y consonancia admirables, por cuya sinfonía se producen las virtudes, hijas de Dios; es más: el odio y la ira misma se convierten en buenos. Por el contrario, donde está ausente la iluminación de la razón se deforman las virtudes en vicios malignos del diablo y se sumerge todo en lo malo y en los errores.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1979, en traducción de Luis Robledo. ISBN: 84-276-0497-1.]
 

miércoles, 6 de junio de 2018

Breve historia de la medicina.- José María López Piñero (1933-2010)


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4.-La medicina científica contemporánea durante los siglos XIX y XX
 La cirugía

«Durante la primera mitad del siglo XIX, la mentalidad anatomoclínica estimuló de forma decisiva el desarrollo de la patología y la clínica quirúrgicas. Guillaume Dupuytren (1777-1835), gran figura de la escuela de París, aplicó con rigor en este terreno el programa de Bichat de asociar sistemáticamente la práctica clínica y las lesiones observadas en la sala de autopsias mediante los signos anatomopatológicos. Resulta muy significativo que legara parte de la fortuna que había reunido con su extraordinario éxito profesional para la creación de una cátedra de anatomía patológica y un museo de la nueva disciplina básica.
 Al progreso del diagnóstico se unió el de la técnica quirúrgica en la línea iniciada el siglo anterior. Sin embargo, los resultados prácticos distaban mucho de ser satisfactorios. Las tasas de mortalidad postoperatoria se elevaron de forma aparentemente paradójica, porque los cirujanos del período anatomoclínico, como los de todas las épocas, tenían que enfrentarse con las tres barreras que superó más tarde la llamada revolución quirúrgica: el dolor, la hemorragia y la infección.
 La primera de estas barreras fue superada, a mediados de la pasada centuria, con la invención de la anestesia quirúrgica. Comenzaron utilizándose como anestésicos generales por inhalación sustancias volátiles como el éter etílico, el cloroformo y el óxido nitroso que a dosis adecuadas producen un estado de inconsciencia reversible acompañado de relajación muscular. Los químicos señalaron los efectos de estas sustancias, algunas de las cuales, sobre todo el éter y el óxido nitroso o gas hilarante, alcanzaron popularidad en manos de charlatanes y en irresponsables fiestas juveniles. Entre los numerosos autores que iniciaron su utilización como anestésicos cabe destacar el dentista norteamericano William T.G. Morton (1819-1868). En 1844 comenzó a usar éter en su práctica odontológica y dos años más tarde anestesió con la misma sustancia a un enfermo al que le fue extirpado un tumor del cuello en el Hospital General de Boston. La nueva técnica alcanzó rápida difusión en todo el mundo. Uno de los primeros en utilizarla en Gran Bretaña fue James Y. Simpson, catedrático de obstetricia en Edimburgo, quien además introdujo el cloroformo como anestésico en 1847. Más tarde, se incorporaron otros anestésicos generales administrados por inhalación o por otras vías (intravenosa, intrarraquídea, intrarrectal, etc.), así como anestésicos locales, el primero de los cuales fue la cocaína, que el alemán Carl Koller empezó a usar en oftalmología el año 1884.
 La hemorragia operatoria pudo ser vencida gracias a la invención, a lo largo del siglo XIX, de una heterogénea serie de técnicas de hemostasia: pinzamiento o presión sobre los vasos sanguíneos que irrigan la zona operatoria, ligadura o sutura de los mismos, aplicación de sustancias que favorecen la formación del coágulo sanguíneo, etc. La transfusión sanguínea, quizá el arma más eficaz contra la hemorragia quirúrgica, se había intentado ya en el siglo XVII, pero sólo fue posible técnicamente tras el descubrimiento por el austríaco Karl Landsteiner, a partir de 1901, de diferentes grupos sanguíneos.
 La infección subsiguiente a las intervenciones quirúrgicas impidió el abordaje operatorio del abdomen, el tórax, la cavidad craneal y las demás cavidades somáticas hasta la introducción de la antisepsia primero y de la asepsia más tarde. Pueden citarse muchos precursores, algunos lejanos como Paré, Hidalgo de Agüero y los demás defensores de la "cirugía limpia" en el siglo XVI; otros, más cercanos, como el húngaro Ignaz Philipp Semmelweiss, quien en 1846 consiguió bajar drásticamente la mortalidad por fiebre puerperal de las parturientas, haciendo que el personal que las asistía se lavara antes las manos con la solución de cloruro cálcico. Sin embargo, la infección quirúrgica no fue vencida hasta que se dispuso de una explicación científica acerca de la misma. Por ello, la doctrina microbiana de Pasteur fue el fundamento inmediato de la obra del cirujano británico Joseph Lister (1827-1912), iniciador de la era de la antisepsia. Tras usar otras sustancias, Lister recurrió al ácido fénico, pulverizándolo en la sala de operaciones y aplicando curas de pomada fenicada, con el fin de destruir los microorganismos que infectaban el campo operatorio. Con ello consiguió reducir la mortalidad operatoria de casi el cincuenta por ciento a sólo un seis por ciento. Expuso la técnica, sus fundamentos y sus resultados en la monografía titulada On the Antiseptic Principle in the Practice of Surgery (Sobre el principio antiséptico en la práctica de la cirugía), que apareció en 1867. Entre los más tempranos seguidores del "listerismo" figuraron los cirujanos alemanes, entre ellos Ernst von Bergmann (1836-1907), principal creador más tarde de la asepsia quirúrgica. A diferencia de la antisepsia, la asepsia se basó en un planteamiento preventivo, no intentando destruir los gérmenes durante el acto quirúrgico, sino evitar su aparición en el mismo, operando en un ambiente estéril. En 1886, Bergmann utilizó por vez primera la esterilización por el vapor de los guantes y las ropas del cirujano y sus ayudantes y de todos los instrumentos. El acto quirúrgico no tardó en adquirir el aspecto que le caracteriza desde entonces.
 Vencidos el dolor, la hemorragia y la infección, pudo hacerse realidad la cirugía abdominal, la torácica, la neurocirugía y todas las demás vertientes del panorama quirúrgico actual. De acuerdo con la mentalidad anatomoclínica, el objetivo fundamental de la cirugía consistía en extirpar lesiones anatómicas. Más tarde, bajo el influjo de la fisiopatológica, sus metas se hicieron más ambiciosas, ya que aspiró a corregir disfunciones y a devolver al cuerpo humano su integridad original. El punto de partida de esta moderna cirugía restauradora y funcional puede personificarse en la obra del suizo Theodor Kocher (1841-1917), en especial por sus investigaciones experimentales y quirúrgicas acerca del bocio, que sirvieron de base para la constitución de la cirugía de la glándula tiroides y, en general, del sistema endocrino.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2005. ISBN: 84-206-3953-2.]
 

miércoles, 16 de mayo de 2018

Aprendiendo de las drogas (Usos, abusos, prejuicios y desafíos).- Antonio Escohotado (1941)


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1.-Las variables del asunto

«Las cosas que entran en nuestro cuerpo por cualquier vía -oral, epidérmica, venosa, rectal, intramuscular, subcutánea- pueden ser asimiladas y convertidas en materia para nuevas células, aunque pueden también resistir esa asimilación inmediata.
 Las que se asimilan de modo inmediato merecen el nombre de alimentos, pues gracias a ellas renovamos y conservamos nuestra condición orgánica. Entre las que no se asimilan inmediatamente cabe distinguir dos tipos básicos: a) aquellas que -como el cobre o la mayoría de los plásticos, por ejemplo- son expulsadas intactas, sin ejercer ningún efecto sobre la masa corporal o el estado de ánimo; b) aquellas que provocan una intensa reacción. 
 Este segundo tipo de cosas comprende las drogas en general, que afectan de modo notable aunque absorbamos cantidades ínfimas, en comparación con las cantidades de alimentos ingeridas cada día. Hoy, cuando empiezan a conocerse los complejos procesos biológicos, la actividad extraordinaria de este tipo de cosas sugiere que están ligadas a equilibrios básicos en los organismos. Normalmente, no afectan por ser cosas de fuera, sino por parecerse como gotas de agua a cosas de muy adentro.
 Pero dentro de este tipo de sustancias es preciso distinguir entre compuestos que afectan somáticamente (como la cortisona, las sulfamidas o la penicilina) y los que afectan no sólo somática sino también sentimentalmente. Estos últimos -que parecieron milagrosos a todas las culturas antiguas- son en su mayoría parientes carnales de las sustancias que trasladan mensajes en el sistema nervioso (los llamados neurotransmisores) o antagonistas suyos, y reciben el nombre vulgar de "drogas".

Toxicidad
 Llámense drogas o medicamentos, estos compuestos pueden lesionar y matar en cantidades relativamente pequeñas. Como a una sustancia con tales características la llamamos "veneno", es propio de todas las drogas ser venenosas o tóxicas. La aspirina, por ejemplo, puede ser mortal para los adultos a partir de tres gramos, la quinina a partir de bastante menos y el cianuro de potasio desde una décima de gramo.
 Sin embargo, lo tóxico o envenenador de una cosa no es nunca esa cosa abstractamente, sino ciertas proporciones de ella conforme a una medida (como el kilo de peso). De ahí, siguiendo con el ejemplo, la enorme utilidad que extraemos de la aspirina, la quinina y el cianuro, a pesar de sus peligros. La proporción que hay entre cantidad necesaria para obrar el efecto deseado (dosis activa media) y cantidad suficiente para cortar el hilo de la vida (dosis letal media) se denomina margen de seguridad en cada droga.
 ¿Cómo puede ser terapéutico un veneno? Fundamentalmente, porque los organismos sufren muy distintos trastornos, y ante ellos el uso de tóxicos en dosis no letales puede ser la única, o la mejor, manera de provocar ciertas reacciones. Apenas hay, por eso, venenos de los que no se hayan obtenido valiosos remedios: el curare, la atropina, el ergot o la planta digital son casos bien conocidos de una lista interminable.
 Dentro del margen de seguridad, el uso de tóxicos plantea fundamentalmente dos cuestiones, que son el coste de la ganancia y la capacidad del organismo para adaptarse a su estado de intoxicación. El coste depende de los efectos que se llaman secundarios o indeseados, tanto orgánicos como mentales. La capacidad del organismo para "hacerse" al intruso depende del llamado factor de tolerancia aparejado a cada compuesto. 
 La tolerancia y el coste psicofísico pueden prestarse a juicios algo subjetivos, comparados con la objetividad matemática del margen de seguridad. [...]
 En todo caso, estos tres elementos -margen de seguridad, coste psicofísico y tolerancia- son los lados materiales o cuantificables del efecto producido por las drogas. Prestarles atención ayuda a plantear de modo objetivo ese efecto. [...]

Los principales empleos
 El estado que produce una droga psicoactiva puede llamarse intoxicación (si se considera su contacto con nuestro organismo) y llamarse ebriedad (si se considera el efecto que esa sustancia ejerce sobre el ánimo); para la intoxicación intensa de alcohol disponemos de la palabra "embriaguez", o "borrachera" en casos límite.
 Cabe hablar de uso colectivo y uso individual, uso antiguo y uso moderno. Sin embargo, quizá la forma más sencilla de abarcar el consumo de drogas sea distinguir entre empleos festivos, empleos lúdicos o recreativos y empleos curativos o terapéuticos. [...]  
 
Epílogo
La cuerda que sirve al alpinista para escalar una cima sirve al suicida para ahorcarse y al marino para que sus velas recojan el viento. Lo sacro y eterno sea loado. Seguiríamos en las cavernas si hubiésemos temido conquistar el fuego, y entiendo que aquí, como en todos los demás campos de la acción humana, hay desde el primer momento una alternativa ética: obrar racionalmente -promoviendo aumentos en la alegría- y obrar irracionalmente, promoviendo aumentos en la tristeza; una conducta irreflexiva acabará haciéndonos tan insensibles a lo buscado como inermes ante aquello de lo que huíamos. De ahí que sea vicio -mala costumbre o costumbre que reduce nuestra capacidad de obrar- y no dolencia, pues las dolencias pueden establecerse sin que se intervenga nuestra voluntad, pero los vicios no: todo vicio jalona puntualmente una rendición suya.
 Otra cosa es que presentar el uso de drogas como enfermedad y delito haya acabado siendo el mayor negocio del siglo. Llevado a su última raíz, este negocio pende de que las drogas no se distingan por sus propiedades y efectos concretos, sino por pertenecer a categorías excéntricas, como artículos vendidos en tiendas de alimentación, medicinas y sustancias criminales. Una arbitrariedad tan enorme sólo puede estimular desorientación y usos irreflexivos.
 Tras lo arbitrario está la lógica económica de dos mercados permanentes, uno blanco y otro negro. Esta dicotomía aleja la perspectiva de que el campo psicofarmacológico se racionalice alguna vez, con pautas de precio, calidad y dispensación que le quiten a las drogas -a las drogas en general- su naturaleza de puras mercancías. Salvo casos raros, como los vinos y licores realmente buenos, apenas hay productos de mercado blanco capaces de subsistir bajo condiciones de clandestinidad; sin embargo, al incluir los más deseables en el mercado negro se aseguran superdividendos para sucedáneos autorizados, mientras se multiplica el margen de beneficio para originales prohibidos. Otra cosa no explotaría a fondo las posibilidades del ramificado negocio, que juega con una baraja en la mesa y otra en la manga.» 
 
  [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2005. ISBN: 84-339-1441-3.]
 

domingo, 26 de noviembre de 2017

"Historias de almanaque".- Bertold Brecht (1898-1956)


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Preguntas de un obrero que lee

«¿Quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas?
En los libros figuran sólo nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos los bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida,
¿quién la volvió a levantar otras tantas? Quienes edificaron
la dorada Lima, ¿en qué casas vivían?
¿Adónde fueron la noche
en que se terminó la Gran Muralla, sus albañiles?
Llena está de arcos triunfales
Roma la grande. Sus Césares,
¿sobre quiénes triunfaron? Bizancio,
tantas veces cantada, para sus habitantes
¿sólo tenía palacios? Hasta en la legendaria
Atlántida, la noche en que el mar se la tragó, los que se ahogaban
pedían, bramando, ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César venció a los galos.
¿No llevaba siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida.
¿No lloró más que él?
Federico de Prusia ganó la guerra de los Treinta Años.
¿Quién la ganó también?
Un triunfo en cada página.
¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias, tantas preguntas.
 
Historias del señor Keuner

Forma y sustancia
 El señor K. contemplaba un día una pintura que representaba ciertos objetos bastante caprichosamente. -A algunos pintores -dijo- les ocurre lo mismo que a algunos filósofos cuando contemplan el mundo. Tanto se preocupan por la forma que se olvidan de la sustancia. En cierta ocasión, un jardinero con el que trabajaba, me dio una podadera con el encargo de que recortase un arbusto de laurel. El arbusto estaba plantado en un macetón y se empleaba en las fiestas como elemento decorativo. Había que darle forma esférica. Comencé por podar las ramas más largas, mas por mucho que me esforzaba en darle la forma apetecida, no conseguí ni siquiera aproximarme. Una vez me excedía en los cortes por un lado; otra vez, por el lado opuesto. Cuando por fin obtuve una esfera, resultó demasiado pequeña. El jardinero me comentó decepcionado: "Muy bien, la esfera ya la veo, pero ¿dónde está el laurel?"

La sabiduría del sabio reside en su actitud
 Una vez visitó al señor K. un profesor de filosofía, que se pasó todo el tiempo hablando de su propia sapiencia. Después de haberle aguantado un buen rato, el señor K. dijo a su visitante:
 -No estás sentado a gusto, no hablas a gusto ni piensas a gusto.
 El profesor de filosofía se ofendió y dijo:
 -No me interesan los comentarios sobre mi persona, sino sobre el contenido de mi discurso.
 -Tu discurso -replicó el señor K.- carece de contenido. Te veo andar torpemente y, por más que te observo, no te veo llegar a ninguna parte. Te expresas con oscuridad, y por más que hablas, tus palabras no arrojan luz. Cuando veo tu actitud, deja de interesarme tu objetivo.

Originalidad
 -Son hoy incontables -se lamentaba el señor K.- los que se jactan en público de poder escribir sin ayuda de nadie grandes libros, y esto es algo por lo demás generalmente aceptado. El filósofo chino Chuang-Tseu escribió en su madurez un libro de cien mil palabras integrado por citas en sus nueve décimas partes. Hoy ya no es posible escribir libros como ése: falta el espíritu. Por eso se fabrican las ideas en el taller personal y a quien no produce en cantidad suficiente se le tacha de holgazán. Claro que tampoco hay pensamientos que uno pueda hacer suyos, ni fórmulas que uno pueda citar. ¡Qué poco necesitan todos ésos para desarrollar su actividad! ¡Una pluma y unas cuartillas es cuanto pueden mostrar! Y sin ayuda de nadie, con el escaso material que un solo hombre puede llevar en sus brazos, ellos levantan sus chozas. ¡No conocen edificios más grandes que aquellos que es capaz de construir una sola persona!

El elogio
 Al enterarse de que sus antiguos pupilos le elogiaban, comentó el señor K.:
 -Cuando los discípulos ya hace tiempo que olvidaron los errores de su maestro, éste aún los recuerda.

 El esclavo de su fines
 El señor K. formuló en una ocasión las preguntas siguientes:
 -Todas las mañanas mi vecino pone música en un gramófono. ¿Por qué pone música? Dicen que para hacer gimnasia. ¿Por qué hace gimnasia? Porque, según dicen, necesita fortalecer sus músculos. ¿Para qué necesita fortalecer sus músculos? Porque, como él mismo asegura, ha de vencer a los enemigos que tiene en la ciudad. ¿Por qué necesita vencer a sus enemigos? Porque, según he oído decir, no quiere quedarse sin comer.
 Tras enterarse de que su vecino ponía música para hacer gimnasia, hacía gimnasia para fortalecer sus músculos, fortalecía sus músculos para vencer a sus enemigos y vencía a sus enemigos para comer, el señor K. preguntó:
 -¿Y por qué come?»
 
[Los extractos pertenecen a la edición en español de Alianza Editorial, en traducción de Joaquín Rábago. ISBN: 84-206-1560-9.]

domingo, 21 de mayo de 2017

"Monadología".- Gottfried W. Leibniz (1646-1716)


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«Nuestros razonamientos están fundados en dos grandes principios, el de contradicción, en virtud del cual juzgamos falso lo que encierra contradicción y verdadero lo que es opuesto a, o contradictorio con, lo falso. (Teodicea, §§ 44 y 169)
 Y el de razón suficiente, en virtud del cual consideramos que no puede encontrarse ningún hecho verdadero o existente, ni ninguna enunciación verdadera sin que haya una razón suficiente para que sea así y no de otro modo. A pesar de que esas razones muy a menudo no pueden ser conocidas por nosotros. (Teodicea, §§ 44 y 196)
 Hay dos clases de verdades: las de razonamiento y las de hecho. Las verdades de razonamiento son necesarias y su opuesto es imposible , y las de hecho son contingentes y su opuesto es posible. Cuando una verdad es necesaria, se puede encontrar su razón por medio del análisis, resolviéndola en ideas y verdades más simples hasta que se llega a las primitivas. (Teodicea, §§ 170, 174, 189, 280-282, 367, Resumen Teodicea, objeción 3.)
 Así es como, entre los matemáticos, los teoremas de especulación y los cánones de práctica son reducidos mediante el análisis a las definiciones, axiomas y postulados.
 Por último, hay ideas simples de las que no es posible dar definición; también hay axiomas y postulados o, en una palabra, principios primitivos que no podrían ser probados y no tienen necesidad de ello; y éstos son las enunciaciones idénticas, cuyo opuesto contiene una contradicción expresa.
 Pero la razón suficiente debe encontrarse también en las verdades contingentes o de hecho, es decir, en la serie de las cosas difundidas por el universo de las criaturas; en donde la resolución en razones particulares podría descender hasta un detalle sin límites, a causa de la inmensa variedad de las cosas de la Naturaleza y de la división de los cuerpos al infinito. Hay una infinidad de figuras y de movimientos presentes y pasados que entran en la causa eficiente de mi escritura actual, y hay una infinidad de pequeñas inclinaciones y disposiciones de mi alma, presentes y pasadas, que entran en la causa final. (Teodicea, §§ 36, 37, 44, 45, 49, 52, 121, 122, 337, 340, 344)
 Y como todo este detalle no encierra sino otros contingentes anteriores o más detallados, cada uno de los cuales precisa también de un análisis semejante para dar razón de él, no se ha avanzado nada: es necesario, pues, que la razón suficiente o última se halle fuera de la sucesión o serie de este detalle de contingencias, por infinito que pudiera ser.
 Por eso, la última razón de las cosas debe estar en una sustancia necesaria, en la que el detalle de los cambios no se halle sino eminentemente, como en su origen. Y esto es lo que llamamos Dios. (Teodicea,  § 7)
 Ahora bien, siendo esta sustancia una razón suficiente de todo ese detalle que, a su vez, está trabado por todas partes, no existe más que un Dios y este Dios basta.
 Se puede juzgar también que esta Sustancia Suprema que es única, universal y necesaria, al no tener fuera de sí nada que no dependa de ella y al ser una consecuencia simple del ser posible, debe ser incapaz de límites y contener tanta realidad como sea posible.
 De donde se sigue que Dios es absolutamente perfecto, no siendo la perfección sino la magnitud de la realidad positiva tomada estrictamente, dejando de lado los límites o confines en las cosas que los tienen. Y allí donde no hay límites en absoluto, es decir, en Dios, la perfección es absolutamente infinita. (Teodicea,  § 22 y Prefacio § 4.a.)
 Se sigue también que las criaturas reciben sus perfecciones de la influencia de Dios, pero que sus imperfecciones provienen de su propia naturaleza, incapaz de ser sin límites. Pues en esto se distinguen de Dios. (Teodicea, §§ 20, 27-31, 153, 167, 377 y ss., 30, 380 y Resumen, objeción 5)
 También es cierto que en Dios está no sólo el origen de las existencias, sino también el de las esencias, en tanto que son reales, o de lo que hay de real en la posibilidad. Ello es debido a que el entendimiento de Dios es la región de las verdades eternas, o de las ideas de las que dependen, y a que sin él no se daría nada real en las posibilidades y no sólo nada existente, incluso tampoco nada posible. (Teodicea, § 20)
 Pues es en efecto necesario que, si hay alguna realidad en las esencias o posibilidades, o bien en las verdades eternas, esa realidad se funde en algo existente y actual, y, por consiguiente, en la existencia del Ser Necesario, en el cual la esencia incluye la existencia, o en el cual es suficiente ser posible para ser actual. (Teodicea, §§ 184, 189, 335)
 Así, sólo Dios (o el Ser Necesario) goza del siguiente privilegio: que es necesario que exista si es posible. Y como nada puede impedir la posibilidad de lo que no encierra ningún límite, ninguna negación y, por consiguiente, ninguna contradicción, esto sólo basta para conocer la existencia de Dios a priori. También la hemos probado por la realidad de las verdades eternas.
 Pero acabamos de probarla también a posteriori, puesto que existen seres contingentes que no pueden tener su razón última  o suficiente sino en el Ser Necesario, que tiene la razón de su existencia en sí mismo.
 Sin embargo, no cabe imaginar en absoluto, como algunos, que las verdades eternas, siendo dependientes de Dios, son arbitrarias y dependen de su voluntad, tal como parece haber concebido Descartes y después Poiret. Esto no es cierto más que en lo que hace referencia a las verdades contingentes, cuyo principio es la conveniencia o elección de lo mejor; por el contrario, las verdades necesarias dependen únicamente de su entendimiento y son  su objeto interno. (Teodicea, §§ 180-184, 185, 335, 351, 380)
 Por tanto, sólo Dios es la Unidad Primitiva o la sustancia simple originaria, de la cual todas las Mónadas creadas o derivadas son producciones; éstas nacen, por así decirlo, por fulguraciones continuas de la divinidad, de momento en momento, limitadas por la receptividad de la criatura, a la cual le es esencial ser limitada. (Teodicea, §§ 382-391, 398, 395).»