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miércoles, 23 de enero de 2019

Origen de la vida sobre la Tierra.- Aleksandr Ivánovich Oparin (1894-1980)


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Conclusión

«Para terminar, quisiera referirme brevemente a una cuestión con frecuencia planteada a propósito del origen de la vida: la posibilidad de que esta última continúe originándose todavía en el momento actual. La literatura científica y, especialmente, la científico-popular, trata este problema en términos un tanto confusos. Ello se debe probablemente a la manera indiscriminada en que de costumbre es planteado, sin tener en cuenta los muy diferentes sentidos en que se le puede entender. Por tal motivo, sería conveniente que lo examinemos en todas sus posibles variantes.
 ¿Continúa la vida surgiendo en la actualidad? Por cierto que sí; de ello no cabe la menor duda. La vida, en cuanto forma particular de movimiento de la materia, surgirá en todo aquel momento en que en un punto cualquiera del Universo se reúnan las condiciones apropiadas para ello. La Astronomía moderna ha demostrada convincentemente que en la actualidad se están formando nuevas estrellas y nuevos sistemas planetarios en diversos lugares de nuestra Galaxia, y no hay razón para dudar que en muchos de estos planetas el proceso de desarrollo de la materia no cursará de manera análoga a cómo lo hizo en la Tierra, lo cual implica un eventual nacimiento de vida.
 Pero los que plantean esta cuestión, generalmente, lo hacen en un sentido más restringido. A saber, si en el momento actual es todavía posible que surja vida sobre nuestro planeta. Aquí ya no se considera el problema en su dimensión universal y, sin embargo, también se puede responder afirmativamente. Estamos presenciando a diario el nacimiento de seres vivos. La sustancia viva continúa originándose todavía en nuestros días, aunque ahora lo haga ya exclusivamente a través de otros seres vivos. Lo esencial aquí es que el nacimiento de estos seres vivos se verifica a un nivel muy elevado del desarrollo de la materia. Con la aparición de la vida y el metabolismo, entró en acción una vía nueva de síntesis de lo vivo de eficiencia extraordinaria. Con anterioridad al surgimiento de la vida, esto evidentemente no podía ocurrir y es por ello que el desarrollo de la materia, desde lo inerte a lo vivo, tuvo que recorrer los tortuosos e interminables senderos a que antes se hizo mención: inicialmente, a lo largo de muchos centenares de millones de años, aparecieron las sustancias orgánicas; éstas, a su vez, dieron lugar más tarde a la formación de polímeros elevados, los cuales originaron eventualmente unos sistemas polimoleculares individualizados. Pues bien, los organismos primarios, o formas más elementales de vida, solamente pudieron nacer como resultado de la evolución orientada de estos últimos sistemas.
 Sin embargo, una vez que este punto había sido alcanzado, la síntesis de lo vivo a partir de lo inerte comenzó a verificarse en una escala gigantesca y con eficiencia extraordinaria, tal como hoy en día se puede observar en todo lugar y momento.
 No obstante, la síntesis de sustancia viviente por intermedio de lo ya vivo es considerado por muchos como un fenómeno trivial y carente de interés, y la cuestión que realmente les preocupa es si en la Tierra contemporánea lo vivo puede surgir de modo primario, es decir, directamente a partir de la materia inerte. Pero esto viene a constituir un tercer aspecto del susodicho problema.
 A él, muchos responden de manera puramente especulativa, asegurando que toda forma de movimiento de la materia, si ha tenido ocasión de surgir una vez, debe igualmente poder surgir ahora. Por supuesto, esto es correcto por lo que se refiere al Universo en general, pero no necesariamente a propósito de un sistema limitado particular, tal como, por ejemplo, nuestro planeta. Un planteamiento semejante de la cuestión podría conducirnos a conclusiones por completo erróneas.
 A fin de aclarar este aspecto, consideremos el siguiente ejemplo elemental. La aparición del hombre representa, sin duda, una de las etapas más importantes en el desarrollo de la materia, siendo perfectamente equiparable al origen de la vida misma. Si el nacimiento dela vida significó la puesta en marcha de una forma nueva (biológica) de movimiento de la materia, el hombre vino a constituir un feliz remate a la línea biológica de desarrollo, representando el tránsito hacia un nivel todavía más elevado del movimiento de la materia: el social. Sabemos con certeza que el hombre surgió sobre la Tierra en un momento determinado del proceso evolutivo de la vida. Sin embargo, difícilmente podría aceptarse que la especie humana se origine todavía en la actualidad por algún medio diferente al de la reproducción ordinaria a partir de seres homólogos.
 Imaginemos ahora una masa de agua estéril (desprovista de seres vivos), en cuyo seno existen disueltas diversas sustancias orgánicas diferentes. Abandonada a sí misma, en su interior se producirían paulatinamente aquellos mismos procesos de metamorfosis química a que hicimos referencia en párrafos previos de este libro. Eventualmente, al término de muchísimos millones de años, estos procesos desembocarían en el surgimiento de la vida. Por el contrario, si en este medio orgánico se introducen seres vivos activos (por ejemplo, bacterias), el curso de los acontecimientos será bien distinto, ya que en tal caso prevalecerá, pasando a ocupar el primer plano, una forma más perfecta de movimiento de la materia. A partir de aquel instante, la conversión de lo inerte en viviente discurrirá a través de los nuevos mecanismos metabólicos, caracterizados por su colosal rapidez de acción, muy superior, desde luego, a la de los viejos procedimientos de naturaleza química. En las señaladas circunstancias, quedará por completo excluida toda posibilidad de que la vida surja primariamente (es decir, sin intervención de otros organismos vivos), ya que la inmensa mayoría de las sustancias orgánicas presentes en la solución son procesadas por los mecanismos metabólicos a una velocidad con la cual no pueden competir los fenómenos organoquímicos. A esto ya hizo mención Darwin y en la actualidad es fácilmente comprobable en la Naturaleza que nos rodea.
 Supongamos que en un rincón determinado de nuestro planeta y por razones desconocidas, faltasen los organismos vivos, pese a concurrir allí condiciones apropiadas para el desarrollo de la vida. Es indudable que en una situación tal, podría concebirse el que aún en nuestros días tuviese lugar una formación primaria de vida. No obstante, para que esta hipótesis resulte aceptable, sería necesario en primer lugar que se descubra este fenómeno en el medio natural, cosa que hasta el presente no ha sido conseguido. A nuestra manera de ver, la resolución del problema del origen de la vida encuentra perspectivas muchísimo más amplias en el estudio de los mecanismos metabólicos de conversión de la sustancia inerte en viviente. Al mismo tiempo, el análisis detallado de los procesos metabólicos nos permitirá eventualmente el llegar a su reproducción artificial en el laboratorio. Una vez que se halle bien conocida esta elevada forma de organización de la materia (metabolismo), será posible sintetizar vida mediante procedimientos infinitamente más rápidos que los utilizados originalmente por la Naturaleza.
 De algo se puede estar seguro y ello es que esta meta será alcanzada en un futuro ya no demasiado lejano.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Tecnos, 1979, en traducción de Jorge Asensio Peral. ISBN: 84-309-0464-6.]

domingo, 9 de abril de 2017

"Los secretos de una casa. El mundo oculto del hogar".- David Bodanis (...)


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  Primera parte: las horas diurnas.
 III.-A última hora de la tarde
 
«En todos los hábitats que pueden formarse en una cocina reposa una colonia de salmonelas que fue trasladada allí de manera accidental. Esta colonia descansa varios días pacíficamente, y cada uno de sus miembros se empapa sin esfuerzo con la ligera película de agua que le rodea, utilizando sus flagelos ondulantes -como los tentáculos de un pulpo- para atraer los gránulos alimenticios que circulan en el ambiente. Sin humedad, la salmonela de una cocina moriría de sed al cabo de una semana, y lo único que quedaría de ella sería un cuerpo en gradual descomposición. No obstante, antes de que transcurra ese lapso, un dedo que toque su lugar de reposo recibirá lo que para una persona no es más que un micropunto invisible, pero que para estas criaturas constituye una gran familia de varios centenares de miembros.
 Estas bacterias son semejantes a algunas de las primeras formas de vida que se desarrollaron en el planeta Tierra, y han sobrevivido durante tanto tiempo porque, gracias a su diminuto tamaño, hay una cantidad enorme de territorios donde pueden prosperar. En una casa existen para ellas tantos refugios como los que habría para los seres humanos en un nuevo planeta, el extenso terreno que proporciona una pila de lavar húmeda o una mesa seca en una sala. (Más adelante se hará referencia a los atractivos territorios que brinda el cuerpo humano.) A veces resulta tentador atribuir determinadas intenciones a estas criaturas, pero esto sería erróneo, ya que no son más que células aisladas y microscópicas, una especie de plantas químicas en movimiento que no tienen cabeza, ni cerebro, ni nervios, son sólo vida.
 Una vez que llegan al dedo, las salmonelas tratan de adaptarse a este nuevo hábitat. No les perturba este súbito traslado a un objeto vivo y móvil (excepto, naturalmente, aquellas pocas que resultan aplastadas por el contacto). Son demasiado pequeñas para orientarse y darse cuenta de lo que era antes el asa de la puerta del refrigerador y lo que es ahora el dedo. A escala de una salmonela, un dedo es un terreno agreste y cenagoso. Hay redondeadas colinas formadas por la capa superior de las células cutáneas que acaban en repentinas cavernas. También hay numerosas y atractivas piscinas de limo y de grasa sobre la rugosa superficie, que son los resultados de la transpiración y de otros fluidos de la piel, donde la salmonela se sumerge. Esta transpiración es nutritiva, ya que el sudor de los dedos contiene potasio, sodio, zinc, glucosa, vitamina C, riboflavina y más de una docena de aminoácidos. En este terreno la salmonela se puede reproducir, dividiéndose por la mitad o introduciendo en otros individuos largas cintas de protoplasma con ADN, a través de orificios en sus cuerpos.
 No obstante, en este medio tan propicio para el desarrollo y la nutrición, también existen aspectos negativos. Las yemas de los dedos que inadvertidamente recogieron la salmonela mientras se movían por la cocina constituyen un territorio tan atractivo que muchos otros diminutos organismos unicelulares han acabado por instalarse allí a lo largo del tiempo. Estos otros organismos tratan a las salmonelas recién llegadas como una amenaza que hay que exterminar lo antes posible, ya que la nutritiva transpiración, indispensable también para su desarrollo, se produce en cantidades limitadas.
 Este comité de recepción microbiano no tiene necesariamente un aspecto temible ya que todos sus miembros son ciegos, muchos padecen hambre, y su velocidad máxima se limita a un lento arrastrarse por las anfractuosidades y los pantanos cutáneos. Sin embargo, cuando se aproximan a alguna de las salmonelas recién llegadas, muchos de ellos emiten chorros concentrados de antibióticos mortales; otros serpentean a corta distancia de la salmonela e intentan absorber toda la comida que encuentren alrededor para que, al cabo de un tiempo, la salmonela muera de inanición. Al principio, las salmonelas quedan desconcertadas por la sorpresa y se produce una matanza, pero más tarde se recuperan. Algunas devuelven el golpe y lanzan su propio chorro concentrado de antibióticos en contra de los atacantes. (Estos sprays defensivos no se limitan a matar individuos microscópicos, sino que se muestran muy rudos con las colonias de criaturas microcelulares que habitan en el intestino humano, y son los que provocan el envenenamiento a causa de la salmonela si llegan a ingerirse.) Otras salmonelas se dedican a acosar a los atacantes más cercanos y los expulsan de su lado sin haber saciado su hambre. Algunas otras, finalmente, que se encuentran en el centro de la colonia, continúan con sus actividades reproductivas, para producir nuevos efectivos que se enfrenten con las amenazas externas.
 Estas batallas tienen lugar sobre la superficie de la piel de casi todas aquellas personas que pasan una hora en la cocina preparando la comida. Si en un momento de concentración se frotan las yemas de los dedos sobre la frente, aquí se desencadenará una nueva batalla, y si se tamborilea con los dedos sobre una superficie cualquiera, parte de las colonias bacterianas morirán y sus previsiones tácticas quedarán absolutamente perturbadas, ya que los sobrevivientes se hundirán en la fragosidad de la superficie dactilar. Cualquier movimiento que realice una persona representa una catástrofe para algunos individuos bacterianos, y el nirvana para otros. Un roce casual del brazo mientras se intenta descifrar una receta del libro de cocina hará que algunas salmonelas aterricen sobre un territorio especialmente húmedo e invitante, la parte interior del codo. Si a continuación se toca la punta de la lengua con el índice como paso previo al giro de la página del libro de cocina se producirá una matanza, ya que las colonias se han visto expuestas a la feroz alcalinidad de la saliva. Incluso puede haber momentos de recuperación milagrosa para estos individuos microscópicos. Abrir la nevera para sacar más mantequilla, por ejemplo, equivale a dejar caer algunas salmonelas en su lugar de origen, y los fatuos atacantes que residían en la piel -y que han sido trasladados junto a ellas- se ven completamente superados en número por las hordas de salmonelas que hay en el asa de la puerta de la nevera.
 Al mismo tiempo que realizan todas sus otras operaciones, las salmonelas se introducen en la comida recién preparada. Quizás ello se deba al fugaz roce de un dedo sobre un trozo de zanahoria tierna que acompaña al estofado ya preparado, o a que se ha tocado sin darse cuenta el puré de patatas. Casi todas las salmonelas que caigan en el estofado, que sigue estando muy caliente, morirán rápidamente. Pero en el puré de patatas que se enfría con gran rapidez, y donde hay abundante almidón, agua y probablemente un trozo de mantequilla en algún sitio, las salmonelas prosperan. Y prosperan de tal modo que, gracias a su reproducción individual o en grupo, aproximadamente cada 50 minutos su número se multiplica por dos.»