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domingo, 8 de diciembre de 2024

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

 

1.- Los sueños
1

 «En tiempos que podemos llamar precientíficos, la explicación de los sueños era para los hombres cosa corriente. Lo que de ellos recordaban al despertar era interpretado como una manifestación benigna u hostil de poderes supraterrenos, demoníacos o divinos. Con el florecimiento de la disciplina intelectual de las ciencias físicas, toda esta significativa mitología se ha transformado en psicología y actualmente son muy pocos, entre los hombres cultos, los que dudan aún de que lo sueños son una propia función psíquica del durmiente.
 Pero desde el abandono de la hipótesis mitológica han quedado los sueños necesitados de alguna explicación. Las condiciones de su génesis, su relación con la vida psíquica despierta, su dependencia de estímulos percibidos durante el sueño, las muchas singularidades de su contenido que repugnan al pensamiento despierto, la incongruencia entre sus representaciones y los afectos a ellas ligados y, por último, su fugacidad y su repulsa por el pensamiento despierto, que considerándolos como algo extraño a él, los mutila o extingue en la memoria, son problemas que desde hace muchos siglos demandan una satisfactoria solución, aún no hallada. El más interesante de todos ellos es el relativo a la significación de los sueños, el cual entraña dos interrogaciones principales. Refiérese la primera a la significación psíquica del acto de soñar, al lugar que el sueño ocupa entre los demás procesos anímicos y a su eventual función biológica. La segunda trata de inquirir si los sueños pueden ser interpretados, esto es, si cada uno de ellos posee un "sentido" tal como estamos acostumbrados a hallarlos en otros productos psíquicos.
 Tres distintas orientaciones se han seguido en el estudio de los sueños. Una de ellas, que ha conservado como un eco de la antigua valoración de este fenómeno ha sido adoptada por varios filósofos, para los cuales la base de la vida onírica es un estado especial de la actividad psíquica, al que incluso consideran superior al normal. Tal es, por ejemplo, la opinión de Schubert, según el cual el sueño sería la liberación del espíritu del poder de la naturaleza exterior, un desligamiento del alma de las cadenas de la materia. Otros pensadores no van tan lejos, pero mantienen el juicio de que los sueños nacen de estímulos esencialmente anímicos y representan manifestaciones de fuerzas psíquicas (de la fantasía onírica, Scherner, Volket) que durante el día se hallan impedidas de desplegarse libremente. Numerosos observadores conceden también a la vida onírica una capacidad de rendimiento superior a la normal por lo menos en determinados sectores (memoria).
 En total oposición a estas hipótesis, coincide la mayoría de los autores médicos en una opinión que apenas atribuye a los sueños el valor de un fenómeno psíquico. Según ella, los sueños son provocados exclusivamente por estímulos físicos o sensoriales, que actúan desde el exterior sobre el durmiente, o surgen casualmente en sus órganos internos. Lo soñado no podrá, por tanto, aspirar a significación ni sentido, siendo comparable a la serie de sonidos que los dedos de un individuo profano en música arrancan al piano al recorrer al azar su teclado. Los sueños deben, pues, considerarse como "un proceso físico inútil siempre y en muchos casos patológico" (Binz) y todas las peculiaridades de la vida onírica se explican por la incoherente labor que órganos aislados o grupos de células del cerebro sumido fuera de ellos en el sueño realizan obedeciendo a estímulos fisiológicos.
 Poco influida por este juicio de la ciencia e indiferente al problema de las fuentes de los sueños, la opinión popular parece mantenerse en la creencia de que los sueños tienen desde luego un sentido -anuncio del porvenir- que puede ser puesto en claro extrayéndolo de su argumento enigmático y confuso por un procedimiento interpretativo cualquiera. Los más empleados consisten en sustituir por otro el contenido del sueño tal y como el sujeto lo recuerda, ora trozo a trozo, conforme a una clave prefijada, ora en su totalidad y por otra totalidad con respecto a la cual constituye el sueño un símbolo. Los hombres serios ríen de estos esfuerzos interpretativos. "Los sueños son vana espuma".

2

  Para mi gran asombro, descubrí un día que no era la concepción médica del sueño, sino la popular, medio arraigada aún en la superstición, la más cercana a la verdad. Tales conclusiones sobre los sueños fueron el resultado de aplicar a ellos un nuevo método de investigación psicológica que me había prestado excelentes servicios en la solución de las fobias, obsesiones y delirios, y que desde entonces había sido aceptado con el nombre de psicoanálisis por toda una escuela de investigadores. Las múltiples analogías de la vida onírica con los más diversos estados psicopatológicos de la vida despierta han sido acertadamente indicadas por numerosos investigadores médicos. Había, pues, desde un principio grandes esperanzas de que un procedimiento investigativo, cuya eficacia se había comprobado en los productos psicopáticos, pudiera aplicarse también a la explicación de los sueños. Las obsesiones  y los delirios son tan extraños a la conciencia normal como los sueños a la conciencia despierta, para la cual permanecen igualmente desconocidos los orígenes respectivos de ambas clases de fenómenos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 7-9. ISBN: 84-395-0001-7.]

domingo, 25 de febrero de 2024

Diario del año de la peste.- Daniel Defoe (1660-1731)


Daniel Defoe - Wikipedia, la enciclopedia libre  «La cantidad usual de inhumaciones según las listas de mortalidad era de unas doscientas cuarenta o así, hasta trescientas en una semana. Se tenía por bastante alta esta última cifra; pero luego vemos que las listas sucesivas aumentaron como sigue:

                                                          Inhumación      Incremento
  Del 20 al 27 de diciembre                  291                      …
  Del 27 de diciembre al 3 de enero     349                     58
  Del 3 al 10 de enero                           394                     45
  Del 10 al 17 de enero                         415                     21
  Del 17 al 24 de enero                         474                     59
   
 Esta última lista fue verdaderamente horrorosa, siendo la mayor cantidad de personas inhumadas en una semana desde el anterior azote de 1656.
 Sin embargo, todo esto desapareció otra vez; y mostrándose frío el tiempo, las heladas que aparecieron en diciembre manteniéndose muy severas incluso hasta cerca de finales de febrero, acompañadas de vientos cortantes pero moderados, las listas disminuyeron otra vez y la ciudad creció sana; y todos empezaron a considerar que había pasado el peligro; sólo que las inhumaciones en St. Giles todavía seguían siendo muchas. Especialmente desde principios de abril, siendo de veinticinco por semana, hasta la semana del 18 al 25, en la que en la parroquia de St. Giles fueron enterradas treinta personas, dos de las cuales habían muerto de peste y ocho de tabardillo pintado*, al que se contemplaba como la misma cosa; de manera similar, el número total de muertos por tabardillo pintado aumentó, siendo de ocho la semana anterior, y de doce durante la semana arriba mencionada.
 Esto nos alarmó a todos nuevamente; y el pueblo sentía terribles aprensiones, especialmente porque el tiempo había cambiado y era ahora, con el verano en puertas, cada vez más cálido. No obstante, la semana siguiente hizo concebir nuevamente algunas esperanzas. Las listas eran reducidas, ya que el número total de muertos fue de sólo 388, no habiendo ninguno de peste y solamente cuatro de tabardillo pintado.
 Pero volvió la semana siguiente; y el mal se propagó a dos o tres parroquias, a saber: St. Andrew, Holborn y St. Clement Danes; y para gran aflicción de la ciudad hubo un muerto dentro de las murallas, en la parroquia de St. Mary Woolchurch, es decir, en Bearbinder Lane, cerca de la Bolsa. En total hubo nueve casos de peste y siete de tabardillo pintado. Las averiguaciones indicaron, sin embargo, que este francés que murió en Bearbinder Lane era uno que, habiendo vivido en Long Acre, cerca de las casas infectadas, se mudó por miedo a la enfermedad, sin saber que ya estaba contagiado.
 Esto sucedió en los primeros días de mayo, aunque el tiempo era benigno, variable y bastante frío; y las gentes aún abrigaban ciertas esperanzas. Lo que les daba confianza, era que la ciudad estaba saludable: las noventa y siete parroquias juntas tuvieron sólo cincuenta y cuatro entierros; y comenzamos a creer que el mal no avanzaría más lejos, puesto que aparecía principalmente entre la gente de ese extremo de la ciudad. Tanto más cuanto que la semana siguiente, que fue entre el 9 de mayo y el 16, sólo murieron tres, ninguno de ellos dentro de la ciudad; y St. Andrew inhumó solamente quince, lo que era muy poco. Cierto es que St. Giles enterró a treinta y dos, pero incluso así, como sólo había uno de peste, la gente empezó a sentirse más tranquila. La lista total también era muy reducida, ya que la semana anterior fue de sólo 347; y sólo 343 en la semana arriba mencionada. Mantuvimos estas esperanzas durante algunos días, pero sólo fueron para unos pocos, puesto que al pueblo ya no se le podía engañar de tal manera; registraron las casas y encontraron que la peste estaba efectivamente extendida por todas partes, y que muchos morían de ella cada día. Así, fallaron todos nuestros atenuantes; y ya no hubo nada más que ocultar; más aún, pronto se vio que la epidemia había desbordado toda esperanza de mitigación; que en la parroquia de St. Giles había entrado en diversas calles y que varias familias completas yacían enfermas; consecuentemente, la situación comenzó a dejarse ver en la lista de la semana siguiente. Ciertamente, sólo hubo catorce anotados con peste, pero esto era una bellaquería y una confabulación, puesto que en la parroquia de St. Giles inhumaron cuarenta en total, de los que se estaba seguro que la mayor parte había muerto de la peste, aunque estuviesen registrados con otras enfermedades; y si bien todos los entierros no pasaban de treinta y dos, y la lista total mostraba sólo 385, había catorce de tabardillo pintado, así como catorce de peste; y dimos por seguro que esa semana habían muerto cincuenta a causa de la peste.
 La lista siguiente fue del 23 al 30 de mayo, en la que el número de muertos de peste era diecisiete. Mas las inhumaciones en St. Giles fueron cincuenta y tres —cantidad terrorífica— entre las que solamente se registraron nueve casos de peste: pero un examen más estricto de los jueces de paz, a demanda del corregidor, demostró que había otros veinte que habían muerto a causa de la peste en dicha parroquia, pero que habían sido anotados con tabardillo u otras enfermedades, sin contar a otros que fueron ocultados.
 Pero estas cosas fueron insignificantes comparadas con lo que siguió inmediatamente después; porque entonces llegó el tiempo caluroso; y desde la primera semana de junio el contagio se diseminó de manera terrorífica, y las listas se elevaron; los que eran víctimas de la fiebre o del tabardillo comenzaron a hincharse; hicieron todo cuanto pudiera ocultar su enfermedad, para evitar que los vecinos los rehuyesen y se negasen a conversar con ellos; y también para evitar que las autoridades cerrasen sus casas, cosa que, aunque no se practicaba todavía, ya había habido amenazas; y el pueblo estaba muy aterrado al pensar en ello.
 Durante la segunda semana de junio, la parroquia de St. Giles, en la que seguía estando el centro de la infección, enterró a ciento veinte personas, de las que todo el mundo dijo, aunque las listas indicaban sólo sesenta y ocho, que había por lo menos cien muertas de peste, haciendo el cálculo en base a la cantidad habitual de funerales en dicha parroquia.
 Hasta esta semana la ciudad seguía estando libre, no habiendo muerto nadie en ella, salvo el francés al que hice referencia antes, en ninguna de las noventa y siete parroquias. Entonces murieron cuatro dentro de la ciudad: uno en Wood Street, otro en Fenchurch Street y dos en Crooked Lane. Southwark estaba totalmente libre, no habiendo muerto aún nadie de ese lado del agua.
 Yo vivía más allá de Aldgate, aproximadamente a medio camino entre Aldgate Church y Whitechapel Bars, a mano izquierda o lado norte de la calle; y como la enfermedad no había alcanzado esa parte de la ciudad, nuestro barrio continuaba tranquilo. Pero en el otro extremo de la ciudad la consternación era muy grande; y la clase más rica de gente, especialmente la nobleza y la clase acomodada de la parte oeste de la ciudad, salió en tropel de la villa, con sus familias y criados, de manera desacostumbrada; cosa que se vio muy especialmente en Whitechapel, o sea en la calle Ancha en la que yo vivía; por cierto, no se veía otra cosa que carros y carretas con enseres, mujeres, niños, criados, etc.; carruajes llenos de gente de la mejor clase, y jinetes que los acompañaban; y todos ellos huyendo; luego aparecían carros y carretas vacíos y más caballos con sirvientes que sin duda regresaban, o eran enviados del campo para recoger a más gente; además de una innumerable cantidad de hombres a caballo, algunos solos, otros con criados, generalmente cargados con equipaje y preparados para viajar, lo que cualquiera hubiese podido inferir de su aspecto.
 Esto era una cosa terrible y triste de ver; y como yo no podía sino verla de la mañana a la noche (por cierto, no había de momento ninguna otra cosa que ver), mi alma se llenó de muy graves pensamientos acerca de la miseria que iba a cernirse sobre la ciudad, y la infelicidad de aquellos que hubiesen quedado en ella.
 Durante algunas semanas la prisa de la gente era tal, que hacía casi imposible llegar hasta las puertas del corregidor; una muchedumbre apremiante se apiñaba allí para obtener pases y certificados de salud, como para viajar al extranjero, ya que sin los mismos no se les permitía pasar a través de las ciudades situadas en los caminos, ni se les daba alojamiento en ninguna posada. Ahora bien, como durante todo este tiempo no había muerto nadie dentro de la ciudad, el corregidor daba sin ninguna dificultad certificados de salud a todos aquellos que habitaban en las noventa y siete parroquias; y durante algún tiempo también a los que vivían fuera de la ciudad.
 Esta prisa, como digo, continuó durante algunas semanas, es decir, durante los meses de mayo y junio, con mayor motivo aún, puesto que se rumoreaba que aparecería una orden del Gobierno para poner vallas y barreras en los caminos a fin de impedir que la gente viajase; y que los pueblos sobre los caminos no tolerarían el paso de los londinenses por miedo a que trajesen consigo la epidemia, si bien ninguno de estos rumores tenía otro fundamento que la imaginación, por lo menos al principio.
 Entonces comencé a pensar seriamente en mí mismo, en mi propio caso y en lo que debería hacer conmigo mismo; es decir, si debería decidir quedarme en Londres o bien cerrar mi casa y huir como muchos de mis vecinos. He escrito este extremo tan detalladamente, porque no sé si podrá ser de utilidad a aquellos que vengan después de mí, si les aconteciese el verse amenazados por el mismo peligro y si tuviesen que decidir de la misma manera; por ello, deseo que esta narración llegue a ellos más en calidad de orientación de sus actos que de historia de los míos, puesto que no les valdrá un ardite el saber lo que ha sido de mí.
 Me enfrentaba a dos cuestiones importantes: una de ellas era el manejo de mi tienda y mi negocio, que era de consideración y en el que estaba embarcado todo lo que yo poseía en el mundo; la otra era la preservación de mi vida en la calamidad tan funesta que, según veía, iba a caer sobre toda la ciudad y que, sin embargo, por grande que fuese, siempre sería mucho menor de lo que imaginaban mis temores y los de las demás gentes.
 La primera consideración era de gran importancia para mí; mi comercio era de talabartería; y como mis transacciones se realizaban principalmente no por ventas de tienda o casuales, sino entre los mercaderes que comerciaban con las colonias inglesas en América, mis bienes estaban muy en manos de éstos. Cierto es que yo era soltero, pero tenía una familia de criados a la que mantenía en mi negocio; tenía una casa, tienda y almacenes repletos de mercancías; y el abandonar todo eso de la manera en que han de abandonarse las cosas en tales situaciones (es decir, sin ningún cuidador o persona adecuada a la que se pudiesen encargar), hubiese sido arriesgar no sólo la pérdida de mi comercio, sino la de mis bienes y de todo lo que poseía en el mundo.
IMPEDIMENTA » Diario del año de la peste En esa época yo tenía un hermano mayor en Londres, que había venido unos pocos años antes de Portugal; cuando le consulté, me respondió en pocas palabras, las mismas que fueron pronunciadas en un caso bastante distinto: “Maestro, sálvate a ti mismo”. En una palabra, era partidario de que me fuese al campo, cosa que él había resuelto hacer con su familia; me dijo lo que, según parece, había oído decir en el extranjero, de que la mejor manera de prepararse contra la peste era huir de ella. Refutó mis argumentos de que perdería mi comercio, mis bienes, o mis deudas. Me dijo lo mismo que yo argüía para quedarme, o sea, que confiaría a Dios mi seguridad y mi salud, lo que desmentía mis pretensiones de perder mi comercio y mis bienes: “porque”, dijo, “¿no es más razonable confiar a Dios la suerte o el riesgo de perder tu comercio, que quedarte en un lugar de tan acusado peligro confiándole tu vida?”.
 No podía alegar que estaba en un apuro en cuanto a sitio adonde ir, porque tenía varios amigos y parientes en Northamptonshire, de donde había venido originariamente nuestra familia; por otra parte, mi única hermana estaba en Lincolnshire, muy deseosa de recibirme y hospedarme.
 Mi hermano, quien ya había enviado a su mujer y a sus dos niños a Bedfordshire y que estaba decidido a seguirles, me instaba muy seriamente a que partiese; y en una ocasión decidí obrar de acuerdo con sus deseos, pero entonces no pude hallar ningún caballo; porque si bien es cierto que no todo el mundo salió de la ciudad de Londres, creo poder decir que sí lo hicieron todos los caballos, ya que durante algunas semanas fue prácticamente imposible comprar o alquilar uno solo en toda la ciudad. Una vez decidí viajar a pie con un criado y no descansar en ninguna posada, sino llevar con nosotros una tienda de campaña, cosa que hicieron muchos; y descansar de esa manera en los campos, ya que el tiempo era muy cálido y no había peligro de pillar un enfriamiento. Digo que fueron muchos los que hicieron esto, especialmente aquellos que estuvieron en los ejércitos durante la guerra, que había tenido lugar hacía pocos años; y también debo decir que si la mayor parte de la gente hubiese viajado de esa manera la peste no habría entrado en tantos pueblos y casas de campo como lo hizo, para la desgracia y hasta la ruina de muchas gentes.
 Mas luego, mi sirviente, al que tenía la intención de llevar conmigo, me defraudó; sintió miedo ante la propagación del mal, y al no saber cuándo partiría yo, tomó otras medidas y me abandonó, de manera que tuve que aplazar mi partida en esa ocasión; luego, de una u otra manera, siempre mi resolución de alejarme se cruzó con algún contratiempo, aplazando mi partida una y otra vez; y esto da lugar a una historia que de otra manera sería una digresión inútil, de que estos contratiempos provenían del Cielo.
 Menciono por otra parte esta historia como el mejor método que puedo aconsejar a cualquier persona en tal situación, especialmente si es consciente de su deber, capaz de sentir la orientación que debe dar a sus actos; o sea, que mantenga los ojos abiertos para observar las cosas providenciales que ocurren en ese momento, viéndolas complejamente, tal como se relacionan unas con otras, y tal como todas juntas se relacionan con el problema al que uno se enfrenta: luego, según creo, podrá tomarlas con seguridad como intimaciones del Cielo sobre cuál es su deber incuestionable respecto a lo que debe hacer en dicho caso; me refiero, por ejemplo, a marcharse o permanecer en el sitio en el que habitamos cuando aparece una enfermedad infecciosa.
 Una mañana, meditando sobre este asunto particular, se afirmó en mi mente la convicción de que nada nos llegaba que no fuese enviado o permitido por el Poder Divino, de manera que estos contratiempos habían de tener intrínsecamente algo de extraordinario; y debí de considerar, si bien no se manifestó como evidente o subjetivo, que el deseo del Cielo era que yo no me marchase. A continuación pensé que si en realidad Dios deseaba que me quedase, Él podía preservar mi vida en medio de toda la mortandad y de todo el peligro que me rodearían; y que si yo decidía salvarme huyendo de mi casa, si actuaba en contra de estas intimaciones que yo creía Divinas, ello sería como huir de Dios; y que Él podría ordenar a su justicia que me alcanzase cuando y donde Él lo creyese justo.
 Estos pensamientos modificaron otra vez mi resolución; y cuando pude hablar nuevamente con mi hermano, le dije que estaba inclinado a quedarme y a afrontar mi suerte en el puesto en el que Dios me había colocado; y que ello me parecía ser mi obligación, especialmente por todo lo que yo he dicho.
 Mi hermano, aunque era un hombre muy religioso, se rio de todo lo que dije acerca de haber tenido intimaciones del Cielo, y me contó varias historias acerca de personas a las que, como a mí, llamaba temerarias; que ciertamente debería considerar como signo del Cielo si yo estuviese de alguna manera impedido por enfermedades o dolencias; y que no pudiendo en tal caso viajar, había de conformarme con los designios del Señor, quien por ser mi Creador, tenía el indiscutible derecho de soberanía para disponer de mí; y que en tal caso no habría dificultad alguna para determinar cuál era la llamada de la Providencia Divina, y cuál no lo era; pero que yo tomase como intimación del Cielo el no poder salir de la ciudad solamente por no poder alquilar un caballo; o porque mi compañero que había de servirme había escapado, era ridículo, ya que yo tenía entonces mi buena salud y mis facultades, así como otros sirvientes; y que podía fácilmente viajar uno o dos días a pie, si tenía un buen certificado de estar en perfecta salud, por lo que podía alquilar un caballo en el camino o viajar en la posta, según creyese conveniente.
 Luego procedió a contarme las dañinas consecuencias de la presunción de los turcos y mahometanos en Asia y en otros lugares en los que había estado (puesto que mi hermano, al ser comerciante, estuvo en el extranjero, y había vuelto últimamente de Lisboa, como ya he mencionado antes, hacía pocos años); de cómo, abusando de las ideas de predestinación que profesaban, de que la muerte de todo hombre está predeterminada y decretada de antemano sin apelación, iban sin preocuparse a los lugares infectados y conversaban con personas contagiadas, por lo que morían a razón de diez o quince mil por semana, mientras que los comerciantes europeos o cristianos, que se mantenían retirados y apartados, escapaban por lo general del contagio.
 Con estos argumentos, mi hermano cambió otra vez mi decisión, y resolví partir; y preparé todas las cosas de acuerdo con ello; brevemente, la plaga se propagaba a mi alrededor y las listas habían aumentado hasta casi setecientos por semana; y mi hermano me dijo que sería muy aventurado quedarse durante más tiempo. Le pedí que me dejase considerar mi decisión nada más que hasta el día siguiente; y como ya tenía todo preparado de la mejor manera que pude, respecto a mi negocio y a la persona a quien encargaría de mis asuntos, ya no tuve otra cosa que hacer sino decidir.»

 *Tifus exantemático. [N. del T.]
  
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Impedimenta, 2010, en traducción de Pablo Grossmichd, pp. 15-20. ISBN: 978-84-9376-018-2.]

domingo, 12 de noviembre de 2023

Un dulce par de senos.- Giuseppina Torregrossa (1956)


Giuseppina Torregrossa: Libri e biografia di Giuseppina Torregrossa
Lu cuntu (El relato)

IV

  «La devoción de Luisa por santa Ágata nació la noche en que Gaetano le desabrochó la blusa y empezó a atormentarle los pechos por primera vez. El placer fue tan agudo que alcanzó el éxtasis. La sensación de bienestar que siguió le pareció obra de Dios, a través de la Santuzza, que protege los senos de las mujeres. Por eso Luisa se había consagrado a santa Ágata y se encomendaba siempre a ella para que se los conservase enteros y hermosos toda la vida. Su marido, a quien el solo pensamiento de aquel pecho generoso regalaba erecciones fuera de lo común, compartía su sentimiento religioso.
 Luisa, en agradecimiento, empezó a elaborar en el horno de su marido los dulces de la Santuzza. Al cabo de poco tiempo, la fama de aquellas exquisiteces se extendió por toda la provincia catanesa y la gente de los pueblos vecinos —Riposto, Zafferana Etnea, Nicosia— iba todos los 5 de febrero al horno del malpasoto a comprar las mejores minne de santa Ágata de toda la Sicilia oriental.
 Luisa amasaba rápidamente la harina con sus dedos regordetes, tamizaba la ricota, mezclaba la crema, preparaba pequeños, redondos y perfumados pastelillos. Durante la cocción se esparcía por el aire un olor a vainilla que cosquilleaba la nariz de Gaetano, él volvía a la carga y hacía otro intento de aproximación a su mujer, pero esta lo mantenía a raya. Una vez cocidos, los pastelillos eran recubiertos de glasa blanca y, por último, adornados con la guinda roja.
 Una vez contentada la santa, con la conciencia tranquila de quien ha cumplido con su deber, Luisa hacía ademán de volver a casa con las manos pringosas, algunos mechones de pelo sobre los ojos que apartaba soplando hacia arriba, el rostro enrojecido por el cansancio y los ojos bajos; pero una mirada de reojo era suficiente para provocar a su marido, que buscaba la menor excusa para embalarse, ponerle las manos encima y hacer el amor sin tantas formalidades, tal como se le ocurría.
 A ella ese apasionamiento le gustaba mucho, pero le daba un poco de vergüenza encontrárselo encima mientras estaban en el horno, y además, la preocupación de que un cliente entrara en el establecimiento de improviso y los pillara al uno encima de la otra, él con los pantalones bajados y la respiración jadeante, ella inclinada hacia delante y sometida, le impedía dar libre curso a sus instintos. Sin embargo, a despecho del pudor, acababa siempre dando satisfacción a su marido antes de subir a casa. “Mejor desvergonzada que cornuda”, decía para justificar a sus propios ojos tanto descaro.
  
 V

 En el mes de mayo de no sé qué año, una mañana que estaba rezando la novena a la Virgen, Luisa, al tocarse el pecho izquierdo a la altura del corazón, se dio cuenta de que algo no iba bien. Alrededor del pezón, la piel estaba dura y rugosa. Se miró en el espejo.
 —¡Vaya por Dios! —murmuró a media voz.
 Sobre la areola se veía un bultito redondo, duro, del tamaño de un cacahuete y de color rojo oscuro, que parecía un segundo pezón. “Esperemos que Gaetano no se dé cuenta, pensó, alarmada. A ver si voy a darle asco y deja de hacerme el amor.”
 Una semana después el nódulo seguía allí y no quería irse. Entre las sábanas, Luisa hacía contorsiones para que su marido no se diera cuenta de nada. Se desabrochaba siempre la blusa por el lado sano, se apresuraba a tenderle el pecho bueno, hasta se había cambiado de sitio en la cama, así Gaetano tenía al alcance de la mano el pecho apropiado. Luego el cacahuete se convirtió en una avellana, y al cabo de unos meses, en una nuez. Luisa fue a ver a la comadrona del pueblo.
 —Tía Marì, tiene que darme un remedio para la teta.
 —¿Es que todavía amamantas a la nena? ¿No es ya demasiado mayor?
 —No, tía Marì, es que me he visto una cosa que antes no tenía.
 —¡Ay, mira que eres tiquismiquis! ¿Se puede saber cuánto tiempo pasas mirándote las tetas?
 —Tía Marì, no se lo tome a risa. Creo que se ha hecho más grande, y Gaetano les tiene bastante apego a mis tetas. Pero él no debe enterarse de nada, que si le da asco es capaz de irse de putas.
 —¡Pues sí que estás asustada!
 —No, tía Marì, no estoy asustada por las tetas, pero Gaetano me las toca de una forma que las piernas se me ponen flojas, luego me sube todo un calor por dentro, y al final me deja contenta y satisfecha. Por eso, si no le importa, quisiera conservarlas en buen estado un poco más.
 —¡Vaya, vaya, a la mujer del malpasoto le gusta que le toquen las tetas!
 —Tía Marì, usted haga su trabajo de comadrona calladita, que en este caso una palabra es poco y dos son demasiado. ¿No tiene algo para curarme las tetas?
 —¿Qué pasa? ¿Te ofendes? Está bien, vamos a dejarlo. Tómate una cucharada de semillas de lino por la mañana y otra por la noche. Y cuando haya luna llena, maja en el mortero aceite, canela, flor de azafrán, hojas de menta y una guindilla. Póntelo en la teta enferma y en la buena también, reza un avemaría a santa Ágata, y dentro de un mes tendrás la teta nueva y tu marido te dará satisfacción.
 Luisa tuvo un buen trajín entre tomar semillas de lino y embadurnarse con el ungüento a escondidas de Gaetano, quien, a causa de esas rarezas, se había vuelto receloso y desconfiado.
 “¡A ver si va a resultar que, a fuerza de amamantar a esa puta, le ha tomado tanto gusto a ese placer que ahora ya no quiere saber nada de mí!”, se repetía el malpasoto. Por eso, ofendido en su orgullo masculino, casi le había cogido antipatía a la pequeña Ágata, a quien había considerado desde su nacimiento una especie de rival en el amor.
 Después de seis meses de aquellas maniobras y aquellos subterfugios, a Luisa se le agrietó la piel del seno enfermo, empezó a salirle una gota de sangre de vez en cuando, luego dos gotas, luego fue un goteo continuo. Manchaba las blusas a pesar de que se ponía una venda muy apretada alrededor del pecho. El 5 de febrero tuvo que tirar los dulces que había preparado para la fiesta de santa Ágata. Los pastelillos salieron feos, no subieron, se agarraron, la glasa era de un color amarillento en vez de blanco inmaculado y se desprendía en trocitos que caían en el plato y se quedaban pegados. Las guindas colgaban estrábicas hacia uno u otro lado. Los lugareños se quedaron con un palmo de narices y para el malpasoto aquello fue un mal presagio.
DULCE PAR DE SENOS - UN: Amazon.es: TORREGROSSA, GIUSEPPINA ... Mi bisabuela redobló las plegarias y metió por medio también a santa Lucía y santa Cristina. Encendió cirios, rezó todas las noches el rosario y hasta la oración a santa Rita, la patrona de los imposibles. En junio, un año después de la aparición del bultito, empezó la comezón, un prurito incontenible en todo el cuerpo que le quitó el sueño. “Será por las habas”, pensaba Luisa, pero fuera por lo que fuera, se rascaba hasta despellejarse cuando su marido dormía o estaba fuera de casa.
 Después del verano empezó a toser y a tener fiebre. El cuello, la axila y el brazo del lado del pecho enfermo se le hincharon. Luisa ya no tenía fuerzas para levantarse de la cama. El panadero era ignorante, pero de joven había tenido el don de la premonición, la gente le pagaba por sus profecías, y desde hacía ya meses sentía que la desgracia se cernía sobre su familia. Intuía que se avecinaba una mala noticia, que su mujer le ocultaba algo, pero ¿qué? Ella se negaba a responder a sus preguntas. Gaetano amaba tanto a las mujeres que normalmente no le resultaba difícil descubrir sus secretos más íntimos, pero su mujer no le hacía ninguna confidencia.
 Una mañana, exasperado por aquel muro de silencio, amenazó con dejarla diciendo que se sentía un extraño en su propia casa; entonces Luisa, entre lágrimas, le enseñó el pecho y Gaetano comprendió. La cogió en brazos como a una niña, la acarició, la lavó con gran delicadeza, le puso el vestido reservado para las grandes ocasiones y dijo que quería llevarla al mejor doctor de la zona, un tal Francesco Durante, de Letojanni.
 Luisa, con las pocas fuerzas que le quedaban, arremetió contra él:
 —¿Qué dices? ¿Durante? ¡Ni hablar! ¡Antes muerta!
 —¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿No es bueno?
 —¡Es un monstruo! Es amigo íntimo de Francesco Crispi, el que detuvo los movimientos de Caltavuturo con sangre, el que hizo que mataran a mi hermano Giacomo. ¿Quieres ver cómo me mata a mí también?
 —Pero ¿qué dices? —Gaetano intentaba hacerla entrar en razón—. ¡Es el mejor doctor de Sicilia y puede que del continente!
 —Y vete tú a saber cuántas perras te saca...
 Pero esta vez Gaetano se mantuvo en sus trece, los pechos de su mujer eran sagrados y él habría empeñado hasta el último mueble de la casa, incluidos los colchones, con tal de que la curasen.
 Entraron en la consulta del doctor llorando y salieron desesperados. El médico, con todo el sadismo de que son capaces los cirujanos, habló claro, no les ahorró a los pobrecillos ningún detalle ni les dio esperanzas. Luisa estaba condenada, la enfermedad no le dejaba ninguna posibilidad de salvación y sólo se libraría de ella “... con los pies por delante. Hay que operar, quitar el pecho, los músculos y quizá también el brazo, limpiar, cauterizar... Pero no garantizo nada”.
 Luisa y Gaetano volvieron a casa en un estado de postración profunda, se pusieron a rezar a la santa, hicieron votos, promesas.
 Mi bisabuela se fue con el año nuevo, dejando en la casa un hedor terrible a coles y brócolis que la tía María había aconsejado que comiera mañana, tarde y noche para combatir la enfermedad. Mujer y marido habían obedecido, porque cualquier cosa parecía mejor que perder aquel precioso tesoro que los había unido en una relación profunda, sólida, indisoluble.
 Luisa perdió la vida a causa de una misteriosa enfermedad que había empezado en un pecho y le había devorado en poco tiempo el resto del cuerpo, las fuerzas, la energía secreta de la existencia. Gaetano pensó que se ahogaba en el mar de la desesperación, pero aprendió casi enseguida a nadar, porque Ágata, su hija, los necesitaba a él y su trabajo para hacerse maestra de escuela primaria... Además, el muerto al hoyo y el vivo al bollo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Maeva, 2011, en traducción de Teresa Clavel, pp. 25-28. ISBN: 8415120060.]

domingo, 24 de septiembre de 2023

La plaga.- Ann Benson (1949)


Ann Benson
Nueve


 «Durante tres días Alejandro y sus desconcertados colegas recibieron lujoso hospedaje en el palacio papal, mientras De Chauliac vigilaba su intenso aprendizaje. Cada médico ocupaba habitación propia con baño privado. Deseoso de ganarse su lealtad incondicional, el Papa les daba buena comida y toda clase de atenciones. De Chauliac ejercía influencia y tutela absolutas sobre ellos, enseñándoles con detalle sus procedimientos para mantener al Papa libre de contagios, y observándolos atentamente para ver si poseían las cualidades innatas precisas para llevar a cabo la tarea a que se encaminaba su instrucción, cualidades que no podían aprenderse de ningún modo.
 Los embajadores médicos recibían lecciones diarias en una de las suntuosas salas palaciegas. De Chauliac se colocaba encima de un podio y hablaba durante horas con tono profesional, impresionando a Alejandro por sus condiciones de orador infatigable. Ama su profesión tanto como yo, pensaba el pupilo de su profesor.
 —Debéis consultar a los astrólogos —dijo De Chauliac el primer día de instrucción—, a fin de saber qué días son más propicios para el baño, el paseo o cualquier otra de las actividades normales de la vida diaria. Debéis mostraros recelosos de cuantos actos puedan parecer normales a vuestros pacientes, ya que desconocemos cuáles son las actividades más propensas a poner al individuo en contacto con la enfermedad. Hallaréis que vuestros reales pacientes, tan acostumbrados a que se cumplan sus caprichos, se resistirán a que les deis instrucciones sobre cuándo y cómo deben hacer según qué cosas. Mostraos firmes, y no consintáis que cuestionen vuestra autoridad.
 Alejandro procuró imaginarse a sí mismo dando órdenes a un rey, pero le resultaba demasiado inverosímil.
 —¿Y si siguen resistiéndose? —preguntó.
 —Rogadles que recuerden que el poder de Dios Omnipotente os ha sido conferido a través de Su Santidad, y que si es necesario lo utilizaréis para proteger su salud.
 Por la noche, al acostarse, Alejandro se sentía minúsculo y confuso. Lo más difícil de esta misión, pensó, será domeñar a los pacientes arrogantes.
 Durante el segundo día, De Chauliac expuso sus teorías acerca del contagio.
 —Guiado por la observación, he concluido que existen en el aire humores y vapores invisibles por los que se difunde la peste. Cuando está con vida, la víctima difunde esos humores con la respiración, y dispersa el maligno contagio sin que nadie lo advierta, dejando sin escapatoria a la siguiente víctima. Por lo tanto, hay que aislar a los pacientes. Confinadlos en sus castillos. No permitáis que entren comerciantes o viajeros sin inspeccionarlos antes; y, puesto que es imposible asistir a la formación de esos vapores y humores, lo más prudente es impedir toda clase de contacto con el mundo exterior. Mi estimado predecesor, Henri de Mandeville, tenía ideas claras acerca del contagio; enseñó a quienes me enseñaron a mí a lavarse las manos antes y después de tocar a un paciente, por creer que los humores podían ser transmitidos igualmente a través de las manos. La biblioteca de Su Santidad contiene copias de los textos de De Mandeville que versan sobre el tema, y están a disposición de quien desee leerlos.
 ¡Pero si esa teoría también la tengo yo!, pensó Alejandro, comprobando con entusiasmo que otros médicos compartían sus creencias sobre la importancia de la higiene. Volvió a interrumpir el discurso del maestro.
 —También me he dado cuenta de que una ablución con vino hace sanar más rápido las heridas. Se diría que una parte del vino ataca a la sepsis.
 —A lo mejor la sepsis se emborracha y ya no puede seguir su camino hacia la herida —terció otro hombre, provocando un estallido de carcajadas.
 Alejandro se ruborizó, pero De Chauliac levantó la mano y el grupo volvió a guardar silencio.
 —Nadie debe tomarse a risa las observaciones de un colega —dijo—. Ni siquiera el más sabio de nosotros sabe curar la peste. La ignorancia nos hace iguales a todos. —Miró directamente a Alejandro—. Ya hablaremos del tema en privado.
 Todas las cabezas se volvieron hacia el judío, que se limitó a asentir a su instructor y bajar la mirada.
 —Por tanto —continuó De Chauliac—, y a pesar de que no os será fácil obtener su consentimiento, debéis pedir a los astrólogos de la corte que les digan que cada día es propicio al baño…
 Por la noche, un guardia papal acudió a la habitación de Alejandro y lo escoltó hasta los aposentos privados de De Chauliac. Alejandro dejó atrás varios tramos de escalera de una alta torre, precedido por el guardia, cuyo paso se veía entorpecido por el peso de su ropa y armadura.
 Se asomó a la habitación, y De Chauliac le hizo señas de que entrara sin miedo.
 —Adelante, adelante —dijo—, sentaos. —Indicó a Alejandro un mullido diván—. Poneos cómodo.
 Alejandro se sentó con timidez, acomodándose con cautela sobre la blanda superficie del asiento. El estricto pedagogo había dado paso a un cortés y elegante anfitrión. El contraste entre ambos era sorprendente.
 —Sois un hombre distinto, doctor De Chauliac —dijo Alejandro con cautela.
 De Chauliac le ofreció vino en una pesada copa de plata que su huésped aceptó.
 —¿Y en qué lo notáis? —preguntó, arqueando una ceja con curiosidad.
 Alejandro tomó un largo trago de vino antes de responder.
 —Sois un profesor severo, y vuestra presencia es… —Tardó en encontrar la palabra adecuada—. Imponente.
 De Chauliac rió con cinismo.
La plaga: Amazon.es: Benson, Ann: Libros —Cuando se enseña a tontos hay que dar sensación de autoridad —dijo—; si no, no aprenden nada, y se malgastan esfuerzos. Detesto impartir conocimientos valiosos a gente que no entiende su importancia.
Alejandro no pudo dejar de mostrarse ofendido, y quiso protestar.
 —Señor… —empezó.
 —No me refiero a vos —se apresuró a añadir De Chauliac—; si os tuviera en tal concepto, no os habría hecho llamar. Hablo más bien de los demás, que me parecen una panda de imbéciles. Parece que la peste se haya llevado a los mejores y sólo queden los médicos más idiotas. —Dejó su asiento por uno más próximo a Alejandro, inclinándose hacia él con expresión entusiasta—. En cambio, veo en vuestros ojos un fuego, un amor al estudio, cuya vista me alegra el corazón.
 —Señor, me honráis en demasía.
 De Chauliac lo miró con atención.
 —No lo creo —dijo—. He visto cómo escucháis mis clases, y no podéis ocultar la marca de vuestra inteligencia. Tenía muchas ganas de hablar con alguien que creyera en la sepsis, como yo. Debéis explicarme cómo habéis llegado a la conclusión de que el vino contribuye a curar las heridas.
 Comprendiendo que no lo habían descubierto, sino que De Chauliac compartía su ansia de saber, Alejandro se relajó.
 —He hecho varios experimentos, lavando la herida con líquidos distintos después de las intervenciones. Muchos no surtían el menor efecto, y hasta había algunos que retrasaban la curación; el vino, en cambio, aun el más imbebible, siempre la acelera; al menos eso indican mis observaciones. Me di cuenta por primera vez cuando estaba en Montpellier…
 —¿Habéis estudiado en Montpellier?
 —En efecto —contestó Alejandro.
 —A menudo doy clases en Montpellier. ¿Cuándo estuvisteis? Quizá asistierais a alguna de mis lecciones.
 —Estuve —Alejandro cortó en seco la frase, pues sólo se acordaba del año según el cómputo judío. El pánico empezó a adueñarse de él. ¿Cómo explicar a De Chauliac que no recordaba la fecha exacta?
 —Estuve… mmm… hace seis años.
 —En 1342.
 —Eso es.
 Alejandro empezó a notar que le sudaba la frente.
 —Ah, entonces es posible que no nos viéramos —dijo De Chauliac—; pasé todo ese año en París, cuidando al rey. Padece una gota monstruosa, y no me sorprende: a pesar de su inexplicable delgadez, sigue una dieta excesivamente rica. Cuando le supliqué moderación no me hizo caso. —De Chauliac alzó la copa con gesto aparatoso y bebió de ella—. Como su majestad no quería ver a otro médico que no fuera yo, no tuve más remedio que renunciar a mis clases mientras durara su enfermedad. ¡Qué lástima no habernos conocido entonces! Me acordaría de un estudiante tan notable como vos, y habría disfrutado instruyéndoos.
 Yo seguro que también me acordaría, pensó Alejandro; ahora bien, lo que se dice disfrutar…
 —En fin, poco importa —dijo De Chauliac—. Ahora estáis aquí. ¿Qué trae a Aviñón a un español?
 Tras unos instantes de silencio, Alejandro dijo con calma:
 —Es voluntad de mi familia.
 No añadió nada más a su respuesta; tampoco De Chauliac le preguntó más detalles de su vida personal, dada su impaciencia por hablar de otros asuntos.
 —¿Decís que llegasteis a vuestra conclusión acerca del vino tan sólo a base de hacer pruebas hasta conocer el efecto de cada sustancia? ¡Qué estupenda originalidad! Demasiado a menudo esperamos que el propio curso de las cosas nos enseñe por dónde ir, e incluso en esas ocasiones nos cuesta aprender…»
  
  [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés, 1998, en traducción de Jofre Homedes, pp. 184-188. ISBN: 978-8401011399.]