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domingo, 13 de septiembre de 2026

De la dignidad del hombre.- Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494)

 

Apéndice primero
Carta de Juan Pico de la Mirandola a Hermolao Barbaro

 «¿Quién no condenará y detestará, en efecto, los zarcillos y el aderezo de ramera en una honesta doncella? Tanta es la contrariedad entre el oficio del filósofo y del retórico que no pueda ser mayor. Pues ¿cuál es el oficio del retórico sino mentir, engañar, acorralar, embaucar? Es vuestro, decís vosotros mismos, poder a voluntad cambiar con la palabra lo negro en blanco, lo blanco en negro, poder, según se quiera, quitar, tirar, agrandar, achicar, por medio de la fuerza casi mágica de la elocuencia (os preciáis de ello) trasfigurar las cosas mismas, poniéndoles el rostro que os venga en gana, de modo que, si no hacéis que sean lo que no son de su propia condición, al menos aparezcan tal como queréis al que os escucha. Todo esto ¿es otra cosa que pura mentira, mera impostura y simple embaucamiento? Siempre a espaldas de la realidad, saliéndose de ella por más o cortándola por menos, jugando con los ánimos de los oyentes, halagando sus oídos con cantos falaces y envolviéndolos en redes de engaños y fantasmagorías. ¿Es que va a haber hermandad de éste con el filósofo, cuyo empeño todo está en conocer y demostrar la verdad a los demás? Junta a ello que nosotros no pondremos fe alguna en los que afectan las exquisiteces y las galanuras de las palabras, como si fiáramos menos de las cosas mismas y, no haciéndonos fuertes en lo verdadero, buscáramos más bien arrastrar a los hombres con estos halagos.
 Vale para esto leer los libros sagrados más tosca que elegantemente escritos, y ver que nada hay más impropio y nocivo en cualquier materia, donde de conocer la verdad se trata, que todo este género refinado de hablar. Quédese esto para los asuntos del foro y de la plaza, no para las cuestiones naturales y celestes. No es propio de los que andamos por la Academia, sino de los que se mueven dentro de la República aquella, en la que cuanto se dice y hace se lleva a refrendo popular, donde las flores tienen más peso que los frutos. ¿No sabes aquello de "No a todos les cae bien el mismo aire"? Elegante cosa es (lo confesamos) la abundancia de verbo llena de atractivo y deleite, pero en el filósofo no es ni hermosa ni agradable. ¿Quién va a condenar en el histrión el paso muelle, las manos vivaces, los ojos lúbricos? ¿Quién no lo reprenderá y abominará en el ciudadano, en el filósofo? Si a la muchacha la vemos graciosa de meneos, dicharachera, la alabamos, se nos van los besos; en una grave matrona lo condenamos, lo perseguimos, No nosotros, sino ellos, los estúpidos, los que a los pies de Vesta festejan bacanales, los que afean la gravedad y la casta verdad de las cosas de la filosofía con juergas y tramoyas de feria. Vale decir de este modo de discursos lo que Sinesio dice del mocito afeminado, con su melena siempre ungida de molicie. Nosotros preferimos la nuestra (oración) hirsuta, suelta de pelo, fofa, desaliñada, más que bellamente peinada, con la nota o sospecha de insinceridad.
 Y para que no quede nada por decir, esto es verdaderísimo, que nada hay más impropio del oficio del filósofo, en cualquier asunto, que lo que de algún modo sabe a lujo o a fausto. Los zapatos sicionios valen y se adaptan al pie, decía Sócrates, pero no se adaptan a Sócrates. No es la misma ley de vestir la del civil y la del filósofo; como tampoco la de la mesa ni la del hablar. Usa de ellas el filósofo por sola necesidad; usa de ellas el civil aun para solaz. Si el civil las usa descuidadamente, no es civil; si se apega a ellas no será aquél filósofo. Si pudiera Pitágoras vivir sin comer, aun de las verduras se abstendría. Sin con sólo su rostro, o al menos con menos que una conversación pudiera expresar sus pensamientos, omitiría el mismo hablar; tan lejos está de cuidarse, de pulir y adornar el lenguaje. Lo que nos pone en guardia para que el lector no se quede en la lengua engolosinado por la piel redomada y no penetre hasta la médula y la sangre, la que muchas veces vimos asomar manchada bajo un rostro maquillado. Vimos, quiero decir, en todo esto a muchos que ya se acostumbraron a detener al lector en esta primera fachada con tonos musicales variados, cuando por dentro y por detrás nada hay que no sea vano y huero. Que si hace esto el filósofo, clamará Musonio que no es allí el filósofo el que habla, sino la trompeta que suena. No se nos achaque, pues, como vicio el no haber hecho lo que es vicio hacer. Miramos lo que vamos a decir, no cómo lo vamos a decir, más aún, miramos el cómo, a saber, que sea sin floreo ni pompa de palabras, no que nuestra oración sea placentera, bella y airosa, sino útil, ponderada y respetable, que alcance la majestad por el temor antes que la gracia por la blandura; no esperamos el aplauso del teatro, atusando los oídos con frases cortadas con justeza cadenciosa, esto va falso, aquello gracioso, sino buscamos más el silencio de pocos, por la admiración, al penetrar en algún punto, ya deducido de los misterios de la naturaleza, ya traído a los hombres desde el alcázar del cielo; o bien algo tan evidenciado que no necesite defenderse, tan defendido que no deje lugar a la impugnación.
 Admírennos a nosotros, sagaces en inquirir, circunspectos en el explorar, sutiles en el contemplar, graves en el señalar, comprometidos en el atar, diestros en el desatar. Admiren en nosotros la concisión de estilo henchida de muchas y grandes cosas, bajo atinadas palabras, en trascendentalísimas proposiciones llenas de problemas, llenas de soluciones. Lo capaces que somos, lo adiestrados para eliminar ambigüedades, disolver objeciones, desenredar lo implicado, abatir lo falso y confirmar lo verdadero con elásticos silogismos. Con estos títulos, ¡oh Hermolao!, salvaremos nuestra memoria del olvido para la hora presente y no dudamos de que también de ahora en adelante; que si dices que para el vulgar pasamos por sórdidos, rudos, incultos, esto cede más en nuestra gloria que en nuestro deshonor; no escribimos para el vulgo sino para ti y para los semejantes a ti. No de otro modo que los mayores, nuestros antepasados, que con sus ropajes de enigma y de fábula alejaban a los hombres idiotas de los misterios, también nosotros tomamos la costumbre de espantarlos de nuestros manjares, que no harían más que emporcar, con la corteza un poco amarga de nuestro lenguaje. Que también los que quieren ocultar sus tesoros, si no los pueden apartar lejos, suelen taparlos con barreduras y cascotes, para que los pasan al lado no los descubran, si no son aquéllos solos que se hubieren hecho dignos de tal favor. Similar empeño de los filósofos en celar sus cosas al pueblo, del cual no sólo no pueden esperar que los apruebe, pero ni que los entienda, y tampoco por ello es razonable que las cosas que escriben tengan algo de teatral, bueno para el aplauso, de eco popular, que en una palabra parezca que buscan acomodarse al sabor de la multitud.
 Pero quieres que te aclare la idea de nuestro alegato. Es la mismísima que la de los silenos de nuestro Alcibíades; sus estatuas presentaban un rostro horripilante, triste y vil, pero dentro estaban llenas de joyas, de recamados y raros vestidos. Por eso si de fuera lo miras, verás una fiera, si por dentro, un numen.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en edición de Luis Martínez Gómez, pp. 145-149. ISBN: 84-276-0653-2.]

domingo, 21 de junio de 2026

Sobre la voluntad en la naturaleza.- Arthur Schopenhauer (1788-1860)

 

8.- Remisión a la ética

 «Puedo en general afirmar abiertamente que jamás ha habido un sistema filosófico tan cortado de una sola pieza como el mío, sin añadidos ni centones. Es, como ya tengo dicho en el prólogo al mismo, el desarrollo de una idea única, con lo que se confirma una vez más el antiguo dicho de que la palabra de la verdad nació sencilla. Hay que tener en seguida en consideración que respecto a la libertad y la responsabilidad, estos dos pilares de toda ética, cabe, es cierto, afirmarlas con palabras, sin admitir la aseidad de la voluntad, pero no cabe pensarlas así. Quien quiera disputar esto tiene antes que rechazar aquel axioma establecido ya por los escolásticos, que dice que operari sequitur esse (es decir, que de la condición de cada ser se sigue su obrar) o demostrar que es falsa la consecuencia del mismo unde esse, inde operari. La responsabilidad tiene por condición a la libertad y ésta a la originalidad. En efecto, quiero porque soy y por lo tanto tengo que ser antes de querer. Así, pues, la aseidad de la voluntad es la primera condición de una ética seriamente concebida, y con razón dice Spinoza que "se dice libre a aquello que existe por su sola necesidad, determinándose a obrar por sí sola" (Etica, I, def. 7). Dependencia respecto al ser y esencia unida con libertad en el hacer es una contradicción. Si Prometeo quisiera reprochar a sus criaturas por lo que hacen, podrían éstas contestarle con razón: sólo podíamos obrar en cuanto existíamos, pues del existir se sigue el obrar. Si nuestros actos son malos, depende esto de nuestra constitución; obra tuya es ésta; castígate, pues, a ti mismo. No otra cosa sucede con la indestructibilidad de nuestra verdadera esencia por la muerte. No cabe imaginarse seriamente la indestructibilidad ésta no admitiendo la aseidad de la voluntad, como es también difícil hacerlo a no considerar la separación fundamental de la voluntad respecto al intelecto. Este último punto pertenece a mi filosofía; respecto al primero, lo expuso ya fundamentalmente Aristóteles (De coelo, I, 12), al mostrar prolijamente que sólo puede ser imperecedero lo increado, y que son éstos dos conceptos que se condicionan, siguiéndose uno al otro, lo inengendrable a lo incorruptible y lo incorruptible a lo inenegendrable, como se siguen lo engendrable y lo corruptible, siendo necesariamente corruptible lo que sea engendrable. Así lo entendieron entre los filósofos antiguos todos aquellos que enseñaron la inmortalidad del alma, sin que a ninguno de ellos se le ocurriera querer atribuir duración inacabable a una esencia nacida. De la confusión a que lleva la opinión opuesta atestíguannos las controversias mantenidas en la Iglesia por los pre-existencialistas, creacionistas y traduccionistas.         
 Es, también, un punto relacionado con la ética el optimismo de todos los sistemas filosóficos, que no puede faltar en ninguno de ellos, como término obligado; pues el mundo quiere oír que es agradable y excelente, y los filósofos quieren agradar al mundo. Conmigo sucede otra cosa; he visto lo que agrada al mundo y, por lo tanto, para agradarle, no me apartaré ni un paso de la senda de la verdad. Así es que también en este punto discrepa mi sentido de todos los demás, quedándose solo. Pero sucede que después de haber llevado a cabo todos ellos su demostración, cantado su canción del mejor de los mundos, viene, por fin, por detrás del sistema, como un vengador del fantasma, como un espíritu de las tumbas, como el convidado de piedra de Don Juan Tenorio, la cuestión acerca del origen del mal, del monstruoso mal, del horrible padecer que hay en el mundo, y enmudecen, o no tienen más que palabras vacías y sonoras para pagar tan estrecha cuenta. Por el contrario, cuando en la base ya de un sistema se entreteje la existencia del mal con la del mundo, no hay que temer a las viruelas en un niño vacunado. Y este es el caso cuando en vez de poner la libertad en el operari, se pone en el esse, sacando de él el mal, la maldad y el mundo. Es justo, por lo demás, que como a hombre serio, se me conceda el que hablo sólo de cosas que conozco real y efectivamente, y que no uso más que palabras a las que doy un sentido completamente preciso, pues sólo así puede uno comunicarse con seguridad con los demás, teniendo mucha razón Vauvenargue al decir que la claridad es la buena fe de los filósofos.
 Así, pues, cuando digo "voluntad, voluntad de vivir", no se trata de ningún ente de razón, de ninguna hipóstasis fabricada por mí, ni de palabra alguna de sentido incierto y vacilante, sino que a quien me preguntase qué es ello le remitiría a su propio interior, donde lo hallará completo, con colosal tamaño, como un verdadero ens realissimum. No he explicado, pues, el mundo por lo desconocido, sino más bien por lo más conocido que hay, y que nos es conocido de una manera muy otra que todo lo demás. Finalmente, por lo que hace a la paradoja que se ha reprochado, al resultado ascético de mi ética, que le ha chocado a Juan Pablo, juez por lo demás tan favorable de mis doctrinas, resultado que le indujo a escribir en 1820 un libro bien intencionado en contra de mí al Sr. Raetze (que no sabía que el único método aplicable en contra mía es el del silencio) y que desde entonces ha sido el tema de las censuras a mi filosofía; por lo que hace a tal resultado, digo, ruego que se considere que sólo cabe llamarlo paradójico en este rincón Noroeste del viejo Continente, y que más bien sólo aquí, en tierras protestantes, y que por el contrario en toda el Asia, donde quiera que el repugnante islamismo no haya destruido a fuego y hierro las antiguas y profundas religiones de la Humanidad, antes que otra cosa correría tal resultado el riesgo de ser tachado de trivialidad. Consuélome, pues, con que mi ética es enteramente ortodoxa respecto al Upánischada de los santos Vedas, como respecto a la religión universal de Buda, y con que tampoco está en contradicción con el antiguo y genuino cristianismo. Contra todas las demás acusaciones de herejía estoy acorazado con una triple malla en torno al pecho.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1998, en traducción de Miguel de Unamuno, pp. 194-198. ISBN: 84-487-0187-9.]
 

domingo, 11 de enero de 2026

Silas Marner.- George Eliot [Evans, Marie Ann] (1819-1880)

Capítulo X

  «Estaban próximas, a la sazón, las Navidades, y las familias de posición desahogada se disponían a ejercer la caridad, repartiendo a diestro y siniestro ricas morcillas, suculentos trozos de lomo y golosinas de toda especie. Movida por la desgracia acaecida a Silas, la señora de Osgood se apresuró a incluirle entre los que disfrutarían de su beneficencia. El señor Crackenthorp, tras una larga perorata en la que amonestó al hilandero por su falta de asistencia al templo, asegurándole que el robo era un justo castigo a su avaricia, le obsequió, creyendo reforzar de este modo sus consejos, con unas riquísimas manos de cerdo, que por sí solas hubieran bastado a disipar los infundios y prejuicios que oponen los ignorantes a la benéfica acción del clero. Por otra parte, los vecinos que no podían ofrecerle más que un consuelo puramente moral, se apresuraban siempre que se encontraban a Silas a interesarse por él y por el curso de sus asuntos, llevando algunos su buena intención hasta el extremo de visitar su casa para rogarle que les refiriese una vez más el robo con el mayor número de detalles. Luego trataban de animarle con estas o parecidas frases:
 "Ánimo, señor Marner, que al fin y al cabo pobres como usted hay muchos,  y si se quedara usted por casualidad enfermo o baldado, no le faltaría el amparo de la parroquia".
 Es indudable que una de las cosas que más dificultan nuestro deseo de llevar consuelo al ánimo de nuestros amigos, agobiados por la desgracia, es la falta de expresión que tienen las palabras. No parece sino que, en contra de nuestro buen deseo, se bastardean y adulteran todas en el momento de salir de nuestros labios.
 Las cosas meramente materiales, como las morcillas y las manos de cerdo, pueden pasar de un hombre a otro sin contagiarse por la largueza o el egoísmo de los individuos; pero el lenguaje es como un manantial que, al brotar del suelo, trae ya consigo el sabor del terreno donde emerge. No faltaban en el pueblo de Raveloe sentimientos de caridad; pero ésta se revestía de formas burdas y groseras y estaban desprovistas de toda cortesía, ya fingida, ya verdadera.
 Así le ocurrió al propio señor Macey, quien visitando cierta noche a Silas, para asegurarle que los sucesos acaecidos recientemente habían tenido la enorme ventaja para el hilandero de granjearle la estimación de quien, como el sacristán, no era dado a formar sus juicios con reprobable ligereza, acomodose a su gusto, devanó sus dedos y comenzó la conversación de la siguiente manera:
 -Mire, señor Marner, es preciso que se decida usted a cobrar ánimo y a dejarse de quejas. Después de todo, más le vale perder el dinero que guardarlo indebidamente. Cuando llegó usted a estas tierras, yo, la verdad, pensé para mí que no debía de ser usted una buena persona. Y es que, a pesar de ser usted más joven de lo que es hoy, tenía usted una cara tan pálida, tan parada, que, vamos, más que criatura parecía usted algo así como un ternero que se hubiera quedado calvo. Claro que no sabe uno cómo pueden ser las gentes; pero tampoco se le debe achacar al demonio todo lo raro y contrahecho que anda por el mundo. Ahí tiene usted a los sapos, que bien feos son, y, sin embargo, resultan inofensivos y hasta son útiles para quitar de en medio las sabandijas. Pienso yo que algo de esto le ocurre a usted. Ahora, en lo tocante a esas hierbas y esas bebidas que usa usted para curar la falta de aliento, yo me pregunto: ¿por qué, si las trajo usted de tierras extranjeras, no fue usted más dadivoso y espléndido con ellas? Y si obtuvo usted esos conocimientos de mala manera, pues con ir a la iglesia de cuando en cuando, como todos hacemos, quedaba usted tan limpio de culpa. Porque digo yo que eso que usted sabe, debe ser parecido a lo que sabía la "Mujer sabia" y, sin embargo, los niños que curaba ella se cristianaban como los demás, y no se resistían nunca a recibir el agua del bautismo. Lo cual, que está bien; porque no hay razón para que, si al diablo se le ocurre de vez en cuando, como distracción, la idea de hacer una buena obra, le quitemos nosotros la voluntad. Y esto se lo digo yo, que llevo cerca de cuarenta años de sacristán de esta parroquia, y sé muy bien que hay quien se propone curarse sin la ayuda del médico, y lo consigue, sí señor, lo consigue; no sé cómo, pero lo consigue, diga lo que quiera el doctor Kimble. Por eso, maestro Marner, como le iba diciendo, hay cosas que, por mucho que se busquen en la Biblia ni se explican ni se entienden. Usted, lo que tiene que hacer es tener más ánimo. ¡Fuera la preocupación! Y en cuanto a eso que dicen de que si es usted muy cuco, y que si no se puede saber nunca lo que piensa usted, ¿sabe usted lo que yo les he dicho a los vecinos?... Pues que no hay nada de eso... Porque es lo que yo les digo: os empeñáis en que el maestro Marner ha inventado la historia del robo para beneficiarse él, y es preciso que os convenzáis de que para inventar una historia así precisa un hombre listo y no uno como el señor Silas, que mismamente parece un conejo asustado...
 Mientras el señor Macey pronunció aquella prolongada perorata, el hilandero permaneció inmóvil, con los codos sobre las rodillas y sujeta la cabeza entre las manos. El señor Macey, que jamás pudo suponer que Silas no le hubiera escuchado atentamente, aguardó a que Marner mostrase de alguna manera su opinión y sus juicios; pero el hilandero permaneció silencioso. Silas se daba vagamente cuenta de que aquellas palabras del sacristán eran una demostración de afecto por parte de éste; pero las pruebas de la bondad ajena caían sobre su alma como sobre la del menesteroso los rayos del sol. Carecía de ánimos para disfrutarlas, y su aislamiento le impedía apreciar los efectos de las influencias puramente externas.
 -Vamos, maestro Marner -dijo al fin el señor Macey con cierta impaciencia-. ¿No tiene usted nada que contestar a lo que le he dicho?
 -¡Ah... sí...!- replicó Marner muy lentamente moviendo con soltura su cabeza-. Le doy a usted mil gracias... mil gracias...
 -Vamos..., vamos..., ya sabía yo que usted sabría apreciar y agradecer mis consejos -dijo el señor Macey-. Y mi consejo en esta ocasión es el siguiente. Pero, antes, dígame: ¿tiene usted un traje de domingo?
 -No... -replicó Marner.
 -Me lo estaba figurando -dijo el señor Macey-. Pues es preciso que se compre usted uno. Yo le hablaré a Tooky, que es un infeliz, pero que me lleva muy bien el negocio de la sastrería y el capital que en él tengo invertido, y él se encargará de hacerle a usted un traje baratito, a pagar cuando buenamente pueda usted. Y en cuanto que tenga usted algo que ponerse, debe usted ir a la iglesia, como hacen todos los vecinos... Mire usted que en los años que lleva usted aquí no haberme oído cantar el amén ni una sola vez... Es preciso que se dé usted prisa, ¿eh? Porque cuando se quede Tooky de sacristán definitivo, poco tendrá usted que oír, y no sé..., no sé... si podré yo tirar otro invierno...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 2000, en traducción de Isabel Oyarzábal, pp. 94-97. ISBN: 84-239-7849-1.]
 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Más allá de la noticia. La filosofía detrás de los titulares.- Julián Baggini (1968)

6.- Pensamiento verde: la conceptualización del medio ambiente
Lenguaje lastrado de valor

 «Hay un rasgo retórico importante del discurso sobre el medio ambiente que se interpone en el camino del pensamiento claro. Es común ver la oposición entre retórica y argumentación propiamente dicha en que la meta de la primera es persuadir por cualquier medio, mientras que el objetivo de la segunda es ofrecer argumentos de solidez racional. En realidad, la diferencia no es tan clara. Desde que Platón atacó a los sofistas por presentar argumentaciones persuasivas para sostener lo que quien les pagaba por ello quería que sostuvieran, se supone que los filósofos renuncian a la retórica. Pero en muchos artículos y libros de filosofía se encontrarán ejemplos de retórica en acción. Análogamente, a veces un buen argumento también puede ser muy persuasivo, de modo que una buena argumentación y una buena pieza de retórica pueden ser una y la misma cosa.
 Nuestro interés se centra en los casos en que la retórica y la buena argumentación están claramente separadas. En estos casos, la gente emplea palabras con el fin de realzar el atractivo de su argumento, pero esas palabras no agregan sustancia alguna al razonamiento que parecen proponer. Encontramos un ejemplo manifiesto de retórica cuando alguien habla de hacer algo "por el bien de nuestros hijos", sin aportar ninguna evidencia ni argumento a favor de que lo que desean hacer es lo mejor para sus hijos. En un buen discurso o artículo (desde el punto de vista de la retórica) la ausencia de argumento o de evidencia no se nota.
 El aspecto retórico del debate sobre el medio ambiente en el que deseo centrarme es que las palabras mismas que se usan para describir los problemas tienen connotaciones evaluativas. Esto podemos advertirlo cuando se llama "ecoterroristas" o "vándalos" a los manifestantes ecologistas. Pero son los ecologistas los que más han conseguido enmarcar el debate en palabras que les convienen. Por ejemplo, el 17 de octubre de 2001, el Guardian, al informar de la absolución de los activistas de Greenpeace, decía: "El jurado aceptó la defensa de Greenpeace, según la cual el daño criminal estaba justificado si se lo empleaba para defender un interés público mayor, a saber, la prevención de la contaminación del medio ambiente por organismos transgénicos".
 Aquí, la palabra clave es "contaminación". Es evidente que se trata de una palabra con connotaciones negativas. Si se preguntara a la gente si aprueba que se contamine el campo con cultivos transgénicos, la mayor parte respondería que no, simplemente porque es difícil entender que la contaminación pudiese llegar a ser buena. Pero, en este caso, ¿qué significa realmente "contaminación"? Significa que habría interpolinización entre los cultivos GM y los cultivos próximos a ellos. La interpolinización se da permanentemente en la naturaleza, así que referirse a ella como contaminación es forzar el lenguaje mediante el uso de una palabra negativa para describir lo que normalmente no es bueno ni malo. Así que únicamente se puede justificar el uso de este término si previamente se cree que la interpolinización es dañina. Pero, por supuesto, eso es precisamente lo que está en discusión, de modo que los ecologistas se han anotado aquí un gran triunfo retórico. Han conseguido establecer la palabra "contaminación" como término corriente para el cruce de polinización entre cultivos transgénicos y no transgénicos. Tal es su éxito que la mayor parte de los medios de comunicación más importantes del país emplean la palabra en lo que se supone que es una mera descripción fáctica. Sin embargo, la expresión "descripción fáctica" enmascara una evaluación parcial que ha entrado de contrabando.
  En la batalla por corazones y pensamientos, este frente lingüístico es vital. En un artículo escrito con posterioridad al proceso judicial, Lord Melchett emplea la frase "contaminación genética" para describir la interpolinización entre cultivos GM y no GM de otra manera igualmente lastrada de valor. Para los defensores de la campaña contra los cultivos GM, es importante que esas frases se adopten de modo generalizado. En el discurso ecologista ya se han establecido otras palabras de esa familia. Una de ellas es "explotación". Todas las criaturas, seres humanos, castores, aves y moscas, hacen uso de su medio ambiente. Lo adaptan para satisfacer sus necesidades. Se podría decir que explotan el medio y hay un sentido perfectamente aceptable del término "explotar" que no comporta connotaciones negativas. Pero lo cierto es que tendemos a emplear la palabra "explotar" en situaciones en que alguien utiliza algo de forma inapropiada. Así, el término adquiere una significación negativa. Esto quiere decir que los ecologistas pueden hablar de la explotación del medio ambiente por los seres humanos como si describieran simples hechos, mientras al mismo tiempo depositan en la descripción un juicio negativo.
 Hay innumerables ejemplos de esto, algunos más evidentes que otros. Algunos son muy complejos. Considérese la simple frase "perturbar el equilibrio natural". Aquí, tenemos dos palabras, "naturaleza" y "equilibrio", que llevan consigo connotaciones positivas, junto a la negativa "perturbar". Sin embargo, esto se ha convertido en un modo tan natural de hablar (natural no significa necesariamente bueno, por supuesto) que los intentos de descripción en términos más neutrales pueden parecer artificiales: "alterar la distribución existente de organismos en el mundo" no tiene la misma resonancia.
 Cuando las palabras que empleamos para informar y discutir las noticias sobre medio ambiente son portadoras de estas connotaciones evaluativas, es más difícil aún superar la retórica para abrazar argumentos serios. Sin embargo, es preciso que hagamos ese esfuerzo, pues de lo contrario corremos el riesgo de que el lenguaje nos ciegue ante la verdad que se propone representar. Si queremos saber si los alimentos transgénicos son buenos o malos, difícilmente comenzaremos nuestra investigación sobre una base imparcial si describimos como polución o contaminación cosas que pueden ser malas o no.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2004, en traducción de Marco Aurelio Galmarini, pp. 179-182. ISBN: 84-376-2126-7.]
 

domingo, 23 de noviembre de 2025

La felicidad Zen. Los más bellos cuentos Zen.- Henri Brunel (1928-2020)

La palabra justa

"En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba vuelto hacia Dios y el Verbo era Dios".
Evangelio según San Juan, prólogo, I.


 «Buddha enseñaba que la práctica del "noble sendero óctuple":

    1.- La opinión justa
    2.- El pensamiento justo
    3.- La palabra justa
    4.- El acto justo
    5.- La subsistencia justa
    6.- El esfuerzo justo
    7.- La atención justa
    8.- La concentración justa

conduce a la liberación espiritual, a la sabiduría, a la felicidad. Si no hubiese que coger más que una flor en el sendero, pediría el privilegio de escoger "la palabra justa". Soy un escritor, o digamos un escribidor, un escritorzuelo, en suma, un comerciante de palabras y frases. Pero por insuficiente que yo sea, desde hace catorce obras conozco la pena de escribir. La "palabra" no puede echarse a voleo, a la ligera, sin tener que tragársela algún día y arrepentirse de ella. ¡Hay que cortar, esquejar, injertar, acodar, coger con pinzas, podar, trasladar, sacar del tiesto y trasplantar...!
 "Pon tu obra en el telar, recomienza veinte veces. Púlela sin cesar, repule y vuelve a pulir", escribe Boileau en L'Art poétique. ¿Quieres un ejemplo, lector? Una vez tenía que presentar mi pueblo natal en un diario nacional. Me habían concedido una sola frase. ¡En una sola frase, tenía que "alzarse" un pueblo con su personalidad única, su "resplandor" singular, que lo hiciese "ver", conocer, tal vez amar...! Lo intenté. 
 [...] Entonces me peleé con las palabras, con el papel. Inventé cien giros extraños. Libré aquel "combate con el ángel" del que habla el poeta Rainer Maria Rilke. Era preciso que en unas cuantas palabras hiciese existir mi pueblo, con su rugosidad, su paz, sus campos sembrados de piedras y el circo de los bosques. [...] Todo ello en una sola frase. Escribí:
 "Broc, mi pueblo entre Loira y Loir, es un guijarro atravesado en la garganta de los bosques".
 No sé si lo logré. Uno nunca lo sabe. Pero al azar en una firma de libros, una señora quiso confiarme que yo había conseguido transmitirle el sabor de mi pueblecito, y el redactor en jefe del periódico masculló que, por una vez, no me había excedido en el número de líneas que se me habían asignado. ¡Qué difícil es la palabra justa!
 Estas consideraciones sobre el arte de escribir, que me tocan muy de cerca, no nos alejan del pensamiento zen tanto como parece. La "palabra justa", según los maestros espirituales, es una palabra honrada, apropiada, equitativa. Mantenida al borde del silencio, consciente y breve, reviste a veces una importancia extrema y puede cambiar un destino. He aquí, a este respecto, un bonito cuento indio.


El hombre importante que se hizo anacoreta

 Había una vez un hombre importante casado y padre de familia, fiel devoto de Buddha. Había salido de viaje para presentar sus respetos al Bienaventurado con ocasión de la fiesta de aniversario de su muerte y adornar sus altares con guirnaldas de flores. Su esposa, que se había quedado en casa, recibió la visita de su madre:
 -Entonces, hija, ¿sigues siendo feliz con tu marido? ¿Qué tal se porta contigo?
 -¡No tengo queja, mi querido esposo es un hombre bueno, sabio y virtuoso como un anacoreta!
 La buena señora, que era algo dura de oído, no oyó más que la última palabra, "anacoreta". Enseguida se deshizo en gritos y lamentos:
 -¡Cómo -exclamó-, vaya marido, que abandona a su joven esposa recién casada, con un niño y otro en camino! ¡Eso es abominable! ¡Hacerse anacoreta cuando tiene mujer e hijos pequeños!
 Y, casi llorando, se arañó el rostro, se arrancó los pelos y se cubrió la cabeza de cenizas, todo ello delante de los vecinos: "¡Anacoreta! ¡Qué desgracia más terrible!"
 -¡Que no, mamá -exclamaba alarmada la joven esposa-, que mi marido no se ha hecho anacoreta! 
 -¡Anacoreta! ¡Ay! - se desgañitaba la vieja sorda-. ¡Qué catástrofe! ¡Qué va a ser de mi hija y de mis pobres nietos! ¡Qué desgracia, qué pena!
 Y corría por el pueblo anunciando a todo el mundo la noticia.
 Cuando Kalyana regresó a casa, sus conciudadanos lo acogieron convencidos de que ahora era anacoreta. Asombrado, consideró que aquello debía de ser un signo del cielo. Arregló sus asuntos, se despidió de su esposa y sus hijos y regresó al monasterio zen del que había sido huésped durante sus devociones. Se hizo realmente anacoreta, pronto se hizo famoso por su santidad y, cuando murió, entró en el cielo de Brahma.

*

 Una palabra puede cambiar el destino.
 Ninguna palabra es totalmente inocente. La "palabra justa" es parca. No hay que añadir sufrimiento al mundo; hay que curar, si se puede, la relación entre los hombres. Ni mentir, ni calumniar, evitar los comadreos. Hablar de un tercero nunca es sabio. Decir mal de él es perjudicarlo, hablar demasiado bien de él es despreciar por comparación al interlocutor. Alentar, reconfortar, valorar, equilibrar, sonreír. Despertar el gusto por las cosas espirituales. La "palabra justa", según los maestros zen, aporta un poco de paz, de sabiduría y de felicidad a este mundo.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones El Barquero, 2004, en traducción de Jerónimo Sahagún, pp. 48-52. ISBN: 84-9716-227-7.]

domingo, 20 de julio de 2025

Público y privado.- Francesco Alberoni (1929-2023)

 

V.- La capacidad de observar
29.-El teléfono

  «Marshall McLuhan ha escrito que el teléfono exige una participación completa de la persona. Para entender es necesario asir los sonidos más débiles, los matices de la voz y del tono. Adivinar el estado de ánimo e intuir la intención. Al comunicarnos por teléfono, hemos de desarrollar en nosotros un poco las virtudes de los ciegos, que advierten la realidad sin verla con los ojos.
 La mayoría de las personas prefiere encontrarse físicamente. Sobre todo cuando del encuentro depende un acuerdo económico o está en juego el amor. La presencia física nos ofrece muchísimos elementos con que reconstruir la actitud interior y las intenciones del otro. En primer lugar, la cara. Si sonríe, si sus ojos están ausentes, aburridos, o si por el contrario están atravesados por rayos. Alguna vez, basta con un movimiento de los músculos faciales, con una expresión de sorpresa. Luego está el cuerpo. La manera de sentarse del otro, si está relajado o si, por el contrario, está inquieto y agitado. Si cruza las piernas, si se levanta.
 Por teléfono no podemos ver estas cosas. Del mismo modo que no podemos ver si fuma, ni cómo lo hace. Si sostiene un cigarrillo entre los dedos suavemente o si lo hace con nervios y sacudiendo la ceniza sin parar. No podemos ver su ropa, si va elegante y acicalado o si nos recibe descuidado porque no le importamos nada.
 En cambio, por teléfono pueden captarse informaciones que, alguna vez, se pierden entre la gran abundancia de estímulos de un encuentro directo. Porque es como si el otro estuviera concentrado en un solo punto, como un cincelador. O como un tirador de esgrima que, si se distrae un instante, si deja que un pensamiento cruce por su cabeza, puede ser tocado. La persona que no tiene interés por lo que le decimos, en un encuentro cara a cara logra, de alguna manera, disimularlo. Por teléfono, en cambio, su capacidad de concentración disminuye automáticamente, pierde una palabra, una frase. Se ve obligada a preguntarnos de nuevo algo, o bien hace una observación que no tiene nada que ver con la conversación.
 Además, resulta difícil expresar emociones que no se sienten. Por ejemplo, los pésames. Si se va personalmente al funeral, es suficiente mantener la mirada baja, murmurar pocas palabras y hacer un ademán convencional. Por otra parte, la emoción colectiva se comunica fácilmente, nos hace partícipes aunque nos sintamos indiferentes. En cambio, por teléfono, en el diálogo solitario de tú a tú, en el silencio absoluto del micrófono, sólo aquél que está sinceramente emocionado sabe qué decir. Las vibraciones de su voz, las pausas, la respiración, desde el otro lado, hablan más que él.
 La bondad de ánimo se revela fácilmente por teléfono. Aunque, en un principio, la persona generosa se vea cogida de improviso, no se encuentre bien o, incluso, esté molesta, al cabo de un rato su voz se suaviza milagrosamente. No consigue hacer prevalecer sus intereses. Lamenta no poder responder, o bien no poder conversar más. Vosotros entendéis que os querría ayudar y que le disgusta no poder hacerlo.
 El entrometido y el ávido, en cambio, continúan su camino a pesar de lo que digáis por teléfono, indiferentes hacia vuestros problemas. Insisten. Si les decís que no tenéis más tiempo, se disculpan y empiezan de nuevo a hablar, a pedir. Ignoran todas vuestras reacciones: la prisa, el disgusto, la incomodidad, el ansia y la cólera. Son implacables. Al contrario de los generosos, que interrumpen rápidamente la comunicación para no molestaros.
 Todos nosotros hemos tenido este tipo de experiencias y sabemos que puede analizarse a las personas hablando por teléfono con ellas. Nos resulta más difícil de creer que puedan diagnosticarse de igual manera las empresas. Apreciar su estado de salud, si son eficientes o ineficientes, si prosperan o fracasan.
 El primer contacto se produce a través de la centralita. En una compañía que funciona bien, que quiere tener ganancias, una llamada telefónica es la ocasión de hacer un negocio. El que telefonea puede ser un cliente y es por tanto bien recibido siempre. La eficiencia se pone de manifiesto en el tono de voz y la atención que se dedica. Quien responde en la centralita de la compañía eficiente comunica, aun sin darse cuenta, que está contento de su trabajo, que se responsabiliza de él y quiere prestar un servicio.
 Con igual presteza y fidelidad, el teléfono transmite el descontento, el tedio y el desinterés. Con frecuencia, en un primer contacto con la centralita, nos sentimos rechazados. Del otro lado la voz llega aburrida o incluso irritada. Nos da a entender que trabaja a desgana, que somos inoportunos. Sobre todo en los entes públicos existe, con frecuencia, arrogancia. Cuanto más débil y necesitado es el usuario, tanto más superior se siente el otro. Ya no responde, ladra. En otros casos se oyen diversas voces. Las personas de la centralita (o de la portería o de la oficina) hablan entre sí. La llamada les molesta. Murmuran algo y nos ordenan que esperemos. Ya nadie se ocupará de nosotros.
 La empresa ineficiente es reconocible también por no tener memoria. Podéis llamar cien veces a la misma persona, quizás al director general o al presidente y cada vez os preguntarán quién sois y qué queréis. Es como si os respondiesen cien personas diferentes sin relación entre sí. Cuando el marasmo de la compañía es muy grave, no hay nadie que sepa ya nada. Ni siquiera las secretarias personales de los más altos directivos, que por lo general aprenden de memoria los nombres de los clientes más importantes y los reconocen inmediatamente por la voz.
 Al pasar una a una por todas las oficinas es posible, a través del teléfono, diagnosticar su funcionamiento. Valorar la moral, el tono jocoso de la gente que allí trabaja, el espíritu de cooperación, su grado de información sobre los problemas y su capacidad de tomar decisiones.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones B, 1988, en traducción de María José Jaular, pp. 139-142. ISBN: 84-7735-927-X.]

domingo, 23 de junio de 2024

Ensayos.- Luigi Pirandello (1867-1936)

 

El humorismo
Primera parte
II.-Cuestiones preliminares

  «Por otra parte, ya nadie se atreve a negar que también los antiguos tenían idea de la profunda infelicidad del hombre. La cual, además, expresaron bien claramente filósofos y poetas. Pero, como de costumbre, también algunos han pretendido ver entre el dolor antiguo y el dolor moderno una diferencia casi sustancial, y han sostenido que existe un lúgubre proceso del dolor que se desarrolla con la misma historia de la civilización, un progreso cuyo fundamento está en la sensibilidad de la conciencia humana, cada vez más delicada, y en su irritabilidad e incontentabilidad, las cuales crecen constantemente.
 Pero esto, si no nos equivocamos, ya lo había dicho, hace montones de años, Salomón. Aumento de ciencia, aumento de dolor. ¿y tenía verdaderamente razón, hace montones de años, Salomón? Está por ver. Si las pasiones, a medida que se refuerzan y afinan, adquieren una mayor especie de atracción y compenetración intercambiables; si con la ayuda de la fantasía y de los sentidos nos adentramos, como dicen, en un "proceso de universalización" cada vez más rápido y avasallador, de modo que en un dolor nos parece sentir varios dolores, todos los dolores, ¿sufrimos verdaderamente por esto más? No, porque este aumento, si acaso, va en demérito de la intensidad. Y por eso Leopardi observaba agudamente que el dolor antiguo era un dolor desesperado, como suele serlo en la naturaleza, como lo es aún en los pueblos bárbaros o semisalvajes o en la gente del campo, es decir, sin el consuelo de la sensibilidad, sin la dulce resignación ante las desventuras.
 Fácilmente, hoy día, a nuestros ojos, si creemos que somos infelices, el mundo se convierte en un teatro de universal infelicidad. Esto quiere decir que, en lugar de hundirnos en nuestro propio dolor, lo ensanchamos, lo difundimos por el universo. Nos arrancamos la espina y nos envolvemos en una nube negra. Crece el aburrimiento pero el dolor se embota y atenúa. Pero, mira por dónde, ¿y aquel tedio de la vida de los contemporáneos de Lucrecio? ¿Y aquella tristeza misantrópica de Timón?
 ¡Oh, vamos! Es realmente inútil hacer alarde de ejemplos y citas. Son cuestiones, disquisiciones, argumentaciones académicas. No hay que buscar muy lejos a la humanidad pasada: está siempre en nosotros, tal cual. Todo lo más, podemos admitir que hoy, gracias a esta -si se quiere- sensibilidad aumentada y gracias al progreso (¡ay!) de la civilización, son más corrientes esas disposiciones del espíritu, esas condiciones de vida que favorecen el fenómeno del humorismo, o mejor dicho, de cierto humorismo; pero es absolutamente arbitrario negar que esas disposiciones existieran o pudieran existir en la antigüedad.
 Por algo Diógenes, con su tonel y su linterna, no es de ayer; y nada hay más serio que lo ridículo ni más ridículo que lo serio. ¿Excepciones, como dice Nencioni y repiten Arcoleo, Aristófanes y Luciano? Entonces, excepciones también Swift y Sterne. Todo el arte humorístico, repetimos, ha sido siempre y sigue siendo arte de excepción.
 Siendo, según esta crítica, diverso el llanto, es también naturalmente diversa la risa de los antiguos.
 Bien conocida es la distinción de Juan Pablo Richter entre cómico clásico y cómico romántico: mofa grosera, sátira vulgar, burla de los vicios y defectos, sin ninguna consideración o piedad, el primero; el segundo, humor, es decir, risa filosófica, entreverada de dolor, porque nace de la comparación del pequeño mundo finito con la idea infinita, risa llena de tolerancia y simpatía.
 Entre nosotros, Leopardi, que siempre sintió nostalgia del pasado y que en los Pensieri di varia filosofia e di bella letteratura subrayó que él sentía el dolor no al modo de los románticos, sino al modo de los antiguos, es decir, el dolor desesperado, defendió también lo cómico antiguo contra lo cómico moderno; lo cómico antiguo, "que era verdaderamente sustancioso, expresaba siempre y ponía ante los ojos, por así decir, un cuerpo de ridículo", mientras que lo cómico moderno es "una sombra, un espíritu, un viento, un soplo, un humo. Aquél llenaba de risa, éste apenas sí la hace saborear; aquél era sólido, éste fugaz; aquél consistía en imágenes, semejanzas, parangones, cuentos, en resumen cosas ridículas; éste consiste en palabras, general y sumariamente hablando, y nace de una especial composición de vocablos, de un equívoco, de determinada alusión verbal, de un jueguecillo de palabras, de una palabra dada precisamente, de manera que si quitamos esas alusiones, descomponemos y ordenamos esas palabras, borramos ese equívoco, sustituimos una palabra por otra, desaparece el ridículo".
 Y cita el ejemplo de Luciano, que compara a los dioses suspendidos del huso de la Parca con los pececillos suspendidos de la caña del pescador. [...]
 En 1899, Alberto Cantoni, agudísimo humorista nuestro (8), que sentía profundamente la disensión interna entre la razón y el sentimiento y sufría por no poder ser ingenuo como su naturaleza le mandaba intensamente, reanudó el tema en una novela corta titulada Humour classico e moderno (9), en la que imagina que un buen viejo rubicundo y jovial, que representa el Humour classico, y un hombrecillo enjuto y circunspecto, con una cara un poco empalagosa y un poco burlona, que representa el Humour moderno, se encuentran en Bérgamo delante del monumento a Gaetano Donizetti, y allí, sin más, se ponen a discutir y luego se desafían, es decir, deciden ir al campo, cerca de allí, a Clusone, donde se celebra una feria, cada uno por su cuenta, como si nunca se hubieran visto y volver por la noche, al mismo sitio, delante del monumento a Donizetti, cada uno con las fugaces y particulares impresiones de su excursión para compararlas entre sí. En lugar de tratar críticamente de la naturaleza, intenciones y sabor del humorismo antiguo y del moderno, Cantoni, en esta novela corta, refiere vivazmente, en un diálogo brioso, las impresiones del viejo jovial y del hombrecillo circunspecto recibidas en la feria de Clusone. Las del primero hubieran podido servir de argumento para un cuento de Boccaccio, de Firenzuola o Bandello; los comentarios y variaciones sentimentales del otro tienen, en cambio, el sabor de los cuentos de Sterne en el Sentimental Journey, o de Heine en los Reisebilder.»

 (8) Véase sobre él mi ensayo Un critico fantastico, en el volumen Arte e scienza (Roma, W. Modes, etc. 1908)
 (9) Cantoni llama propiamente a esta obra suya grotesca, tal vez por la contaminación de la crítica con el elemento fantástico. 

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Guadarrama, 1968, en traducción de José Miguel Velloso, pp. 40-45. Depósito legal: M-23379-1968.]

domingo, 2 de junio de 2024

La educación es educarse.- Hans-Georg Gadamer (1900-2002)

 

   «Intentaré justificar por qué creo que sólo se puede aprender a través de la conversación. Ésta es, ciertamente, una afirmación de gran alcance, en favor de la cual, sin embargo, yo tendría que desplegar en cierto sentido todos mis esfuerzos filosóficos en los últimos decenios. Si yo tuviera que titular de alguna manera esta lección o conferencia de hoy -no es, como ustedes ven, una lección- y tengo por uno de los más peligrosos atavismos de nuestra vida académica el que se siga hablando de lección. Leer no es hablar; se trata de dos cosas distintas. Cuando uno habla, le habla a alguien; cuando uno lee, está este papel entre ambos. En realidad, aquí no hay nada escrito salvo un par de notas que he redactado y por ello me sirvo de él sólo por un momento. 
 Afirmo que la educación es educarse, que la formación es formarse. Con ello dejo conscientemente al margen los que puedan ser, obviamente, los problemas entre la juventud y sus preceptores, maestros o padres. Deseo contemplar todo este ámbito desde un ángulo distinto del que domina propiamente el debate y pretendo llevar las cosas a una idea más precisa.
 Así, pues, para empezar me pregunto: ¿quién es propiamente el que educa? ¿Cuándo comienza propiamente la educación? No quiero entrar ahora en los conocimientos especiales de la investigación más reciente que se ocupa de la relación de comunicación entre la madre y el hijo todavía no nacido. Sin duda hay aquí ya comunicación, si bien, también con toda seguridad, no de naturaleza lingüística. En cambio, en relación con el recién nacido se plantea una cuestión muy interesante: ¿dónde están los inicios de aquello que todos consideramos sin duda como la educación básica de todo ser humano, a saber, el aprender a hablar? Aquí radican ya todos los misterios que vienen al caso también para el tiempo posterior, por ejemplo para lo que llamamos el desarrollo profesional. Sin duda, la primera constatación aquí, aquella con la cual comienzo, consiste en decir que esto puede verse en un niño recién nacido. En los meses subsiguientes empieza con ciertos juegos, quiere coger algo y parece complacido, incluso orgulloso, de poder hacerlo. Todavía no puede coger ni querer realmente pero, con todo, uno percibe el gozo y un primer sentirse bien en ello. Casi diría: sentirse en casa. No cabe duda de que éste es el primer ingente trabajo anímico para un recién nacido; y por esta razón grita también, precisamente porque no es capaz de enfrentarse al hecho de estar repentinamente expuesto a un entorno por completo inconcebible.
 Si tratamos ahora de ver de este modo lo que evidentemente es el siguiente paso frente a este primero, nos encontramos con que trae consigo los primeros años del aprender a hablar. Como todos sabemos, años increíblemente interesantes, llenos de sorpresas para los padres. El hablar del ser humano no conserva después la viveza del uso libre del hablar incipiente. Lo que a veces se muestra en él es una pérdida. Todos sabemos que palabras, o también nombres, del lenguaje de la infancia quedan adheridos a una persona durante toda su vida. Aquí hay que dar un paso más. Hay que dedicar toda la atención a procurarse, incluso para el propio nombre, algo así como una reacuñación de la palabra utilizada por los padres y algo parecido ocurre con los nombres de los animales y en otros muchos casos. Naturalmente, este tema se puede estudiar particularmente bien en el caso del poner nombres.
 Así pues, nos preguntamos: ¿quién educa aquí? ¿O es esto un educarse? Es un educarse como el que percibo en particular en la satisfacción que uno tiene de niño y como alguien que va creciendo cuando empieza a repetir lo que no entiende. Por fin lo ha dicho bien, y entonces está orgulloso y radiante. Así, debemos partir quizá de estos inicios para no olvidar jamás que nos educamos a nosotros mismos, que uno se educa y que el llamado educador participa sólo, por ejemplo como maestro o como madre, con una modesta contribución. Veremos todavía lo que esto implica. Si se me permite el recuerdo de mi propia infancia y de la de otros que conozco de mi propia vida familiar, esto será, claro está, sólo una ilustración que cualquiera podría aportar. Es patente que el momento en que, después de los padres, empiezan primero el jardín de infancia y después la escuela, significa un gran corte en estos años de aprender a hablar. Sin duda es un gran paso en el que tiene lugar algo realmente nuevo, "de la cuna, por así decir, hasta la sepultura". Me refiero a la relación con los otros seres humanos, la comunicación.
Yo tenía una hija, y en ocasiones mi esposa debía pedir a la asistenta -entonces teníamos una asistenta- que le cambiara los pañales. Ello daba lugar a continuación a grandes berridos. Al principio, yo también tenía que hacerlo algunas veces y en opinión de mi esposa -seguro que tenía razón- lo que yo había llevado a cabo era simplemente una tortura. Pero, ¡mira por dónde!, la niña estaba resplandeciente y se dormía satisfecha. En efecto, así son las cosas en la comunicación, de la cual no sabemos absolutamente nada todavía y que, sin embargo, cumple este proceso del llegar a estar en casa que yo designaría con el mayor énfasis como la idea directriz de toda clase de educación y de formación. También la formación se forma así, si tenemos en cuenta sólo una cosa, a saber, que la así llamada formación escolar tiene siempre una marca característica: también aquí sólo hay lo que justamente se ha formado. Éstas no son lo que llamamos especialidades particulares, sino que ya significa algo así como formación general, algo que, ciertamente, se desarrolla sólo lentamente.
 Claro está que el jardín de infancia se encuentra actualmente en un proceso de evolución del cual todavía no sabemos nada con exactitud. Los misterios y las dificultades del campo de la educación se han visto en gran medida apremiados y, en último término, amenazados por la revolución industrial. Esto significa que también las madres se ven obligadas, más o menos, a la actividad profesional. Para la población en su conjunto debemos tomar nota de ello incluso allí donde nos encontramos con personas no sujetas a dicha obligación. Después de todo, también la figura del padre ausente, el que tan raramente esté ahí, es una experiencia curiosa. Pero en el caso del niño que está totalmente al cuidado de los padres, ¿qué ocurre cuando ambos se van a trabajar? Esto es algo que he aprendido a estudiar especialmente en América. Por cierto que todo lo que es problemático debemos estudiarlo alguna vez en otras partes. Esto es por lo menos prudente, y así he tenido también ocasión de conocer bastante bien los Estados Unidos. Es muy necesario tener claro lo que significa, por ejemplo, el hecho de que yo le dijera a un colega en su lugar de trabajo: "Pero, usted tiene también familia, dos hijos" y que él respondiera: "Bueno, ¡qué más da!, están frente a la tele". Se pueden ustedes imaginar los problemas que este padre llegará a tener si se han hecho más fáciles estos primeros años gracias a que los hijos ha estado mirando en exceso la televisión. Naturalmente, ha cometido ahí un funesto error. Ninguna valoración del peligro que en un caso como éste representan los grandes medios de comunicación para el auténtico ser hombre puede ser suficientemente alta. Pues se trata por encima de todo de aprender a atreverse a formar y exponer juicios propios. Esto no es en absoluto fácil. Hablamos con los niños y sabemos hasta qué punto les es difícil empezar a escucharnos, y cómo prefieren ganarse a los extraños con una sonrisa seductora.
 Pues bien, éste es el tipo de problemas que, tras los primeros pasos en el jardín de infancia, generan los primeros años escolares. ¿Con qué empiezan? Ante todo, naturalmente, con los muchos compañeros, de los cuales no todos le gustan al niño, aunque sí algunos. Todo el juego de gustar y no gustar, de la simpatía y la antipatía, todo lo que demanda la vida en su conjunto, acontece también en las clases. El pobre maestro ejerce una función muy modesta si pretende influir en este proceso. Allí donde el hogar ya haya fracasado por completo, normalmente tampoco el maestro tendrá mucho éxito. Pero es claro que esto son cosas obvias que no precisan mayor comentario. Quiero solamente mostrar sus consecuencias. De lo que se trata es de que el hombre acceda él mismo a su morada. Ésta es una expresión utilizada por Hegel, un gran filósofo que en su uso especulativo se atrevió a modificar algo las palabras, por ejemplo de morar (hausen) a acceder a la morada (einhausen). El acceder a la morada en el mundo se muestra también con ese atrevimiento a formar nuevas palabras del que he hablado. Esta edad es muy interesante, mucho.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Paidós, 2000, en traducción de Francesc Pereña Blasi, pp. 10-21. ISBN: 84-493-0970-0.]

domingo, 28 de abril de 2024

Así es la música.- John Powell (1963)

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2.-¿Qué es el oído absoluto? ¿Yo lo tengo?


 «Imaginemos que hay tres personas cantando en el baño. No, no en el mismo baño, este libro no va de eso. Cada uno canta en su propio baño (que, aparte de eso, está en silencio), en distintas plantas de un bloque de pisos.
 En la segunda planta está Carmen Normal; tiene un gin-tonic en una mano y se arranca con Dancing Queen, de Abba, a todo el volumen que da su voz no entrenada. Si grabáramos su canción y la comparáramos con el disco original, observaríamos dos hechos:
 1.- Aunque las notas suben y bajan de tono en los momentos adecuados, en ocasiones saltan un poco demasiado y otras veces no saltan lo suficiente. Así cantamos casi todos (por esa razón no nos conviene renunciar a nuestro empleo para ganarnos la vida cantando).
 2.- La nota con la que empezó no era la misma que usó Abba. En realidad, la nota con la que empezó ni siquiera está en ninguna parte del teclado de un piano (ni falta que hace). Se trata tan sólo de una nota que ella eligió del centro de su rango vocal y, si se contrastara, resultaría que se encuentra entre dos notas adyacentes de un piano. Esto es lo que hacemos casi todos nosotros.
 En la séptima planta vive Jaime Cantor, que pertenece a un coro, ha estudiado canto, pero no cuenta con oído absoluto. Es una suerte, y nos viene bien aquí, que también esté cantando Dancing Queen. Si comparamos su versión con la original descubriríamos que sus saltos entre notas son muy precisos. Sin embargo, como sucede con su vecina de la segunda planta, la nota con la que empezó no coincidía con la del original de Abba: se trata de una de esas notas de entre medias que la mayoría seleccionamos cuando cantamos.
 En la planta 15, Cecilia Perfecta también está en el baño reviviendo la misma canción setentera Dancing Queen (vaya casualidad). Cecilia ha estudiado canto y también cuenta con oído absoluto —que también se conoce como oído perfecto. Si comparamos su versión con la canción original descubriremos que no sólo es que los saltos entre notas coinciden, sino que además empezó exactamente en la misma nota. Eso significa, desde luego, que está cantando las mismas notas que la canción original de Abba.
 La proeza de Cecilia es extraordinaria y bastante inusual (hay un porcentaje muy pequeño de personas con oído absoluto), pero no indica que tenga un talento musical especial. Es posible que Jaime sea mejor cantante y que si lleváramos un piano a su cuarto de baño y tocáramos la primera nota de la canción, podría empezar desde ella y, al igual que Cecilia, reproducir exactamente las mismas notas de Abba.
 Lo único que está demostrando Cecilia es que ha memorizado todas las notas de un piano, una flauta o algún otro instrumento. También es casi seguro que realizó semejante prodigio memorístico antes de cumplir los seis años. Los niños pequeños memorizan muchísimo más eficazmente que los demás, y así es como aprenden a hablar y adquieren muchas otras destrezas (en unos pocos meses pasan de estar sentados en el césped comiéndose los bichos y diciendo ga ga gugu a ir paseando por ahí, soltando comentarios sarcásticos sobre la calidad de las galletas).
 Un niño pequeño al que se le enseña una canción, aprende la música y la letra. La música no se compone de notas concretas, sino más bien de ascensos o descensos de tono, con un determinado ritmo. Campanita del lugar suena igual de bien sea cual sea la nota con la que la empezamos, y no hay que olvidar que la mayoría empezamos en una nota que está entre dos notas del piano.
 Sólo si las melodías se ejecutaran en un instrumento, el niño podría empezar a desarrollar oído absoluto. Si uno de sus padres tocara las mismas notas en el piano cada vez que cantan Campanita del lugar, el niño podría empezar a memorizar las notas concretas que utilizan en lugar de aprender únicamente los saltos. Gradualmente, podría ir construyendo una auténtica biblioteca mental de todas las notas del piano. Si esto sucediera, también podría aprender que cada una de las notas memorizadas tiene un nombre, como, por ejemplo, el Fa por encima del Do central (el Do central es el Do cerca del centro del teclado de un piano).
Así es la música: Guía sobre la armonía, los tonos, los acordes y ... Es interesante el hecho de que, aunque en Europa y Estados Unidos el oído absoluto es algo poco frecuente, es mucho más común en países como China y Vietnam, cuyo idioma contiene un elemento de control de tono. El sonido que emites al pronunciar una palabra en esas lenguas tonales es una combinación de cantar y hablar. El tono en el que cantas una palabra en una lengua como el mandarín es vital para comunicarse: cada palabra tiene varios significados sin relación entre sí que dependen del tono. Por ejemplo, la palabra ma significa madre si la cantas/dices en un tono agudo y uniforme, pero significa cáñamo si empiezas en un tono medio y luego subes, o caballo si empiezas grave, bajas y luego subes. Si empiezas agudo y dejas que caiga el tono, estás diciendo perezoso. Por tanto, una pregunta inocente como «¿Ya está la comida, mamá?», fácilmente podría transformarse en, «¿Y mi comida, caballo?» si no lo dices con los tonos adecuados. Como un error de este tipo podría mermar catastróficamente su fuente de alimentación, los niños pequeños que están aprendiendo alguna de estas lenguas tonales están mucho más pendientes del tono que los occidentales, niños o adultos y, por tanto, es más probable que adquieran oído absoluto.
 El hecho de que sean tan pocos los occidentales que desarrollan esta memoria de las notas se debe a que no es algo que nos sea muy útil. Es más, puede llegar a ser bastante desagradable, ya que la mayoría de las personas canta o silba muy fuera de tono. Si fueras violinista en una orquesta, el oído absoluto te sería útil para ir afinando tu instrumento en el taxi de camino al concierto. O si fueras un cantante profesional, siempre podrías estar seguro de que estás ensayando con las notas correctas aunque estés paseando por el campo. Pero esas serían las únicas ventajas. Esta falta de utilidad es una de las razones por las que en la enseñanza de la música nunca se hace ningún intento de adquirir oído absoluto. Otra razón fundamental para su falta de desarrollo es que es muy difícil de lograr después de los seis años de edad.
 Una vez dicho esto, sí hay bastantes músicos (y algunas personas de carne y hueso) que tienen oído absoluto parcial. Lo que quiero decir con esto es que han memorizado una o dos notas. Por ejemplo, la mayoría de los músicos de una orquesta tienen que afinar su instrumento al principio de cada concierto (a diferencia de aquel violinista repelente con oído absoluto que puede hacerlo a solas en el taxi). Siempre utilizan la nota La con este fin. Un instrumento (normalmente el oboe) emite un La y todos los demás ajustan su  instrumento para que su La suene igual (esto produce el escándalo horroroso ese que se oye cuando una orquesta va a empezar un concierto). Esta repetida atención a la nota La puede hacer que algunos músicos acaben memorizándola.
 Otros ejemplos de oído absoluto parcial también guardan relación con la exposición repetida a una nota o canción concreta. A veces, los que no son músicos también pueden lograrlo y memorizar una nota o varias notas, aunque no sepan cómo se llaman. Pruébelo usted mismo. Ponga una de sus canciones favoritas y cante la que piense que va a ser la primera nota de la canción, y siga haciéndolo cada vez que ponga en marcha su equipo de música. No hay forma de predecirlo, pero usted podría acabar con un tono absoluto parcial.
 Este tono absoluto parcial no es tan sorprendente como podría parecer al principio: todos podemos recordar una nota durante unos cuantos segundos (pruébelo con su equipo de música), y la memoria a corto plazo, si se repite con frecuencia, a veces puede convertirse en memoria a largo plazo.
 Por cierto, para aumentar muchísimo su precisión tonal cuando cante o tararee, tápese un oído con un dedo. Algunos solistas también suelen hacerlo. Esto funciona porque estamos diseñados para no oír nuestra voz con mucha intensidad, y así evitar que nuestra propia voz enmascare cualquier sonido al que deberíamos estar prestando atención: leones, avalanchas, el aviso de que se cierra el bar, etc. Cuando nos tapamos un oído, mejora la retroalimentación entre la boca y el cerebro y contamos con más elementos de juicio a la hora de calibrar el tono que emitimos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Antoni Bosch Editor, 2012, en traducción de William McGrath y María Dolores Crispín, pp. 15-18. ISBN: 978-84-9534-860-9.]

domingo, 24 de marzo de 2024

El Canillitas.- Artemio de Valle-Arizpe (1884-1961)

Artemio de Valle-Arizpe
Segunda parte

Octavo tranco
En el que se va a decir en dónde, cómo y por qué el Canillitas estuvo a punto de ser devorado   

 «Imponente era la borrachera que llevaba Félix. Era amplísima, de las de agarra-pollos, llamadas así con exacta propiedad porque con su peso avasallador se camina enteramente agachado, casi en cuclillas, como si se anduviese persiguiendo para tratar de atraparlas a unas de esas pequeñas y piadoras aves de corral.
 Lo echaba de un lado para otro su fabulosa ebriedad y en uno de estos irrefrenables bambaleos fue a darse un magno encontrón con un descuidado transeúnte y le puso un zapato encima de un pie, haciéndole lanzar una exclamación adecuada al dolor que sufrió, con unos indispensables pesiatales aforrados de porvidas, y exclamó luego que acabó de soltarlos:
 —¡Salvaje, qué pisotón me diste! Me has deshecho de este pie tres dedos por lo menos.
 —No se lo he dado. ¡Qué capaz que yo dé algo! Soy muy avaro, sépalo. Sólo se lo presté.
 —¿Conque sí? ¿Conque me lo prestó? Pues como por ahora no lo necesito para nada téngalo, se lo devuelvo.
 Y diciendo y haciendo asentó el pie de lleno en uno de los de Félix con una patada bestial.
 —No urgía la devolución, señor, se pudo haber quedado con él por más tiempo.
 —Como soy forastero y me voy de la ciudad, por eso le he hecho la entrega. ¡Yo para qué me voy a llevar nada prestado, ni menos de usted, a quien no conozco! Ah, oiga, como ganó buen interés por el tiempo que lo tuve en mi poder aquí tiene el rédito legal para que lo aproveche y lo goce. Y dígame si aún falta algo.
 Y sin más ni más el muy lebrón le bregó a Félix las piernas a pisotones, con los que casi se las desbarató, haciéndolo ver cometas encendidos y mil estrellas errantes de todos los colores; pero así y todo respondió muy comedido y suave, tragándose la dolencia:
 —Acepto los réditos porque yo voy a la ganancia, y como no quiero más de lo que me corresponde, pues usted me ha dado un gran excedente, aquí le devuelvo el sobrante. Recójalo.
 En un santiamén le asestó dos pares de excelentes zapatadas con las que casi le trituró una espinilla, lo cual al instante, hizo hervir a borbotones la ira del acoceado, y tanta era la ferocidad que mostraba en los ojos, que en cada uno de ellos tenía temblando una luz; parecía que sus niñas tenían presa una luciérnaga. Y a toda mano, con un milagro de sencillez, le dio un trascuernazo con el que lo echó boca abajo, y así caído como estaba, le suministró con galanura singular, una buena pisa de coces, y eso que estaba obscuro; con alguna claridad habría sido más pulida la pateadura y se la hubiese distribuido mejor por todo el cuerpo. Era cosa bien sabida que de todos los golpes que se repartían en la ciudad, al Canillitas le tocaba siempre una buena parte. Tenía estrellas contrarias.
 Félix para defenderse con algo, empezó a lanzar un sinnúmero de pedradas verbales, con las que le sangró la honra a su agresor, pues entre ellas salieron a relucir bonitamente el padre, la madre y no sé cuántos más de sus ascendientes, pero no solos, sino bien acompañados de sonoros y significativos epítetos. Les decía piadosos responsos de vituperios y anatemas. De repente el enfurecido golpeador suspendió su atareado trabajo y gritó con efusión:
 —¡Recáspita! ¡Si es el Canillitas! Por la voz y los voquibles lo he conocido. ¿Verdad que tú eres, Canillitas?
 —Sí, yo soy ¿y qué? ¿Y tú quién eres, carajuelo?
 —Tu amigo el doctor Pretinas, hombre. Otros me apodan Pelechotes.
 —En tus partos habías de andar, Pelechotes, hijo de mala madre y de los demonios, y no sobre mi cuerpo.
 —Voy a asistir a uno y tengo prisa en llegar, pues ya sabes, hermano Canillitas, que es cosa exacta, bien probada, que después de las alegres noches de posadas, a los nueve meses justos de esas fiestas, aumentan los nacimientos más que en ninguna otra época del año. Y es el caso que como los niños se encargan generalmente de noche, siempre vienen a las altas horas para desesperación de nosotros los infelices ayudadores a bien parir, en las cuales deberíamos estar en la ocupación continua y virtuosa de regalarnos el cuerpo con buenas bebidas, con el rostro abierto al regocijo, y no hacia una gritona parturienta. Ésta es una desconsideración de las mujeres para con nosotros, que las servimos en esos aprietos que tienen por culpa suya y de sus maridos o de sus amigos.
El canillitas: Artemio de Valle-Arizpe: Amazon.com.mx: Libros —Perdona lo que te presté, querido doctor Pretinas, o Pelechotes, como tú mejor atiendas y te acomode el nombre.
 —Perdona lo que te devolví, Canillitas.
 —También disculpa lo que te dije. Te puse de asco.
 —¿A mí? A mí no me dijiste nada, absolutamente nada, tranquilízate, no me pusiste de ningún modo. Ha sido a mi padre y a mi madre. A mí ni siquiera me mentaste. Yo no te había conocido; en esta viva tiniebla de las calles ¿quién se va a conocer? No hay ni un mal farol que alivie la obscuridad, con lo que se expone el pobre transeúnte, a que lo atropelle un alumbrado como tú. Pero yo, en justa compensación, al acabar el alumbramiento al que voy a asistir, también me alumbraré tanto o más que tú para celebrar, porque soy patriota, que mi querido México ha aumentado su población con un nuevo habitante, acaso con dos, según es la inflazón que he visto. Te convido, a tragar lo que quieras, sólido o líquido, luego que salga esa señora de su cuidado.
 —¡Ya lo creo que me convidarás! Pero no digas que salga de su cuidado, sino de su descuido. Sé que tiras buenos gajes, porque ustedes los curanderos ganan bastante.
 —No lo creas, los médicos nos hacen mucha competencia.
 —Si careces de blanca o de calderilla yo soy ése que convida ampliamente a los alifuces de rigor para nuestra mutua iluminación. Si no hay un bien nacido tabernero que nos los dé gratis e d’amore, me robo por ahí alguna cosilla baladí, la vendo, y con lo que me den por ella, producto honrado de mi trabajo de proponerla en venta, procuraremos emborracharnos, pues tengo intenciones de agarrar esta noche una buena borrachera.
 —Pues a la que traes ahora, ¿qué defecto le pones?
 —Entonces, si te parece, solamente me la perfeccionaré; le pondré adornos vistosos. Así —no se me olvida nunca— tu hermano el Molcas y yo nos adornamos con muchas y variadas galas una muy preciosa que traíamos ambos en una alegre tarde de toros. Por cierto que hace bastante que no veo al Molcas. ¿Qué es de él, vive o ya pudre?
 —Vive, sí; pero está medio tonto.
 —¿Ah, sí? ¿Medio tonto, dices? Entonces ha mejorado.
 Cada uno de estos bellacos tomó su derrota bajo la noche llena de tinieblas palpables. El doctor Pretinas o Pelechotes, como se le quiera decir, se lanzó rápido a sacar al mundo a aquel retoño, como buen recibidor o comadrón que era, y el Canillitas, columpiando el cuerpo con un gran vaivén, a lo de vas o vienes, lo llevó su fino instinto de ebrio a la bulliciosa taberna “La Virgen Adúltera”, de la que era propietario un jácaro dicho el doctor Falfurrias, y a donde llegó jadeando, y en la que a diario se reunía con sus amigachos, gente ociosa y corrillera, tahura, pendenciera y salaz. Allí no se oían más que roncas y porvidas, bravatas y pésetes, reniegos, votos y mentises.
 Como se ponía por las noches esa “Virgen Adúltera”, resultarían en parangón suyo lugares silenciosos de recogimiento y devoción, la torre de Babel o las cenas de aquel famoso Sardanápalo. Al ver al Canillitas los rufianes, asiduos concurrentes a ese establecimiento de holgorio, con aquella extraña facha y con aquella cara tan escuálida que los carrillos se le besaban por dentro, con más arrugas que un traje viejo, y creo que iba hasta más dentón que de costumbre, prorrumpieron en largas carcajadas caudalosas y elementales, y, entre tanto, el disfrazado jácaro, con los ojos llenos de azoro, no atinaba más que a decir con voz entrapajada a todos los rufos:
 —¡Ay, vengo hecho añicos!
 —¿Por qué añicos? ¡Años! No te los trates con tanto cariño.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Conaculta, 2007, pp. 246-249. ISBN: 978-97-0351-278-2.]