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lunes, 7 de junio de 2021

Tres ataúdes blancos.- Antonio Ungar (1974)

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  «La cosa no dura más de veinte minutos. El debut. A las siete y diez de la noche, vestido con traje de pana marrón y corbata roja escogida por Ada, hago mi entrada triunfal en la sede del Movimiento Amarillo. Jairo Calderón me sujeta de un lado y la atractiva enfermera del otro. Decenas de fotógrafos se deleitan disparando sobre el aparato maxilar y las vendas que rodean mi cráneo, sobre mis ojeras de muerto, mi joroba, mis pasitos de nonagenario. En la tarima me espera ya el asesor Jorge Parra. Con las mandíbulas muy apretadas se limita a decir, como si se tratara de una velada de lucha libre: Señores y señoras: Pedro Akira. No respondo a ninguna pregunta de los periodistas. Junto al micrófono rechazo la ayuda de Jairo y de Ada. Les digo que bajen del podio. De pie, temblando como sólo los mejores actores sabemos hacerlo, levanto un brazo para pedirle al joven encargado de la máquina reproductora de imágenes que la ponga en funcionamiento.
 La cosa no dura más de veinte minutos, ya lo dije. No tengo miedo, como Ada ha previsto. Muy erguido y sin dejar de temblar, expongo el escándalo. Mediante esquemas, fotos, pequeños vídeos, grabaciones de audio, demuestro cómo durante los veinte años del gobierno de Tomás del Pito sus cinco senadores más poderosos y siete de sus ministros hicieron alianzas, en distintas épocas, con los comandantes de los Escuadrones de la Muerte. Con los comandantes ilegales y con aquellos ya legalizados mediante el proceso de paz y amnistía ideado por el presidente. Las alianzas funcionaron así: los comandantes obtuvieron una tajada de los negocios y sistemas controlados por el Estado (el petróleo, el carbón, la salud, la educación, el agua, las vías) a cambio de comprometerse a garantizar en todas las zonas bajo su control la victoria electoral de Tomás del Pito y de sus secuaces en el Congreso. Ésa es la primera parte de la exposición. Acabo con un mapa aproximado de las haciendas del presidente en las regiones mencionadas y con un cuadro que muestra el número de votos depositados por él en cada municipio y ciudad. Votos obtenidos a sangre y fuego, dice mi boca la primera vez que se abre detrás del aparato espantaincrédulos.
 La segunda parte de la exposición tiene que ver directamente con el tráfico de cocaína. Con pitillo me tomo un vaso entero de agua antes de hablar. Pido un asiento y procedo a exponer cómo para las terceras reelecciones del presidente Del Pito dos de sus asesores más cercanos hicieron pactos con tres prominentes narcotraficantes en ejercicio, comandantes, además, de temibles Escuadrones de la Muerte. Las alianzas consistieron (ahí estaban las grabaciones y los vídeos para probarlo) en que los asesores cobraron a nombre de la campaña quinientos dólares estadounidenses por cada kilo de cocaína sacado del país durante ese año, a cambio de protección de la policía para esos narcotraficantes y sus negocios durante toda la presidencia de Del Pito. Para desconcierto de los periodistas y como si no fuera suficiente andar por la vida con tres balas en el cráneo y aparato máxilofacial, procedo entonces a dar los nombres completos de los asesores y de los narcotraficantes, expongo las fechas de las reuniones, muestro las fotos, proyecto los vídeos. Acabado un vídeo que no deja lugar a dudas se escucha un prolongado ooohhhh en la sala, seguido de un ushhh. Los periodistas se lanzan hacia la tarima disparando sus flashes, como en las peores películas.
 Le hago entonces una señal con el dedo índice al bueno de Jairo Calderón, quien sube al escenario con tres de sus escoltas y cara de pocos amigos. Al oído y con voz emocionada me dice Bien hecho, doctor, muy bien hecho, doctor, mientras me alza y me sienta en una silla de ruedas como si fuera yo un niño lisiado pero lenguaraz. Antes de irme del todo levanto una mano para que Calderón se detenga. Pido un micrófono y doy la orden de que se muestre en la pantalla la última imagen. Es un gráfico con el número total  de votos obtenidos por el presidente Del Pito en su cuarta reelección: de ese total está restado el número de votos obtenido por presión de los Escuadrones de la Muerte y el resultado son menos votos que los conseguidos por los tres candidatos independientes sumados (anteriores a la existencia del Movimiento Amarillo). En la misma diapositiva hay también un cálculo aproximado de la cocaína sacada por los socios de Del Pito durante el año inmediatamente anterior a la tercera reelección, según las cuentas de la policía internacional. Calculando quinientos dólares estadounidenses por cada kilo de coca exportado, se obtiene que la totalidad del dinero gastado en la campaña para la tercera reelección de Del Pito proviene del tráfico de cocaína (y hace falta explicar adónde fueron a parar varios cientos de millones de dólares).
 Los periodistas ladran al unísono cuando Jairo empieza a empujar mi silla de ruedas. Levanto mi brazo ceremonial, consigo que se haga silencio y a través del micrófono que tiembla digo (de mi propia cosecha, nadie me ha instruido para hacerlo): Con esto he respondido ya a todas las preguntas que me puedan hacer. Las preguntas que faltan hay que hacérselas a los protagonistas, y ya sabe Miranda quiénes son los protagonistas. Muchas gracias. Buenas noches. Y no digo más. Me alejo en mi silla de ruedas, seguido muy de cerca por una jauría de periodistas hambrientos. Mientras me llevan lejos da la tarima puedo ver, detrás de los periodistas, detrás de las sillas vacías, fuera de los focos de luz, recostado en el muro más lejano, al senador Luis Rabat. Completamente solo. Sonríe arrugando sus ojitos porcinos y relamiéndose como si se dispusiera a devorarme. Me hace una lenta venia con la cabeza. Siento escalofrío. No tengo tiempo de devolverle el saludo.

*

Resultado de imagen de tres ataudes blancos Las reacciones a mi magistral alocución no se hacen esperar. Tratándose de esa República y no de otra mejor, cuando hablo de reacciones no me refiero a artículos en los periódicos gobiernistas, consternadas llamadas telefónicas de los copartidarios o declaraciones de los ministros en las emisoras de radio. Me refiero a un vidrio roto a las cuatro de la madrugada. El objeto contundente es metálico. Tiene la forma de un pequeñísimo ataúd pintado de azul. Una primorosa obra de la mejor artesanía nacional. Adentro del ataúd de hierro hay una breve nota que dice Se va a morir, perro. Primero va a volar el médico rojo. Si no se calla la jeta sigue después todo el equipo perdedor. Hasta nunca, malparido. No tiene firma. Le quito importancia al suceso. Cosas como ésas pasan en la República de Miranda todos los días y también varias noches. Me sirvo un cóctel de tamarindo con ron blanco para sentirme en un paraíso caribeño y no atrapado en el apartamento de Akira en medio de una coyuntura histórica. Llamo a Ada para que venga a ver el amanecer conmigo. Con voz medio dormida me dice que va a pensárselo y cuelga. Es solamente una amenaza de muerte, me digo. Todos los miembros del Movimiento Amarillo han recibido una alguna vez.
 Cuando llega Ada ya ha salido el sol y este su valiente narrador está borracho como una cuba. Salimos a la terraza. Me habla de su arte, de los problemas técnicos que ha tenido con sus últimas obras. Finjo escucharla. El cielo azul de la capital me sube el ánimo, su viento helado me despierta. Le propongo a Ada que nos vayamos a la cama.

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 […] Me despierto ahogado de miedo, sudando. Eso me pasa por caer en la tentación morbosa de ver los noticieros nacionales en la televisión, cuyo contenido es solamente la repetición nauseabunda de todas las imágenes filmadas en donde algún guerrillero ha matado o herido o pellizcado a algún habitante de la República de Miranda.
 Ada no está muerta, está a mi lado. En la cama king size de Pedro Akira (q.e.p.d.). Duerme plácidamente, con media sonrisa en la boca, con sueños muy distintos a los míos. Está desnuda y boca abajo. Su culo redondo es besado por el sol de la mañana. Cuando me siento y respiro y voy a la cocina y me tomo un vaso de agua, de regreso a la real realidad, noto cómo el corazón se me llena de alegría. Es tanto el júbilo que me embarga por no estar en la terrible pesadilla estalinista sino ahí, en una próspera Republica capitalista, que me invaden deseos de ir al balcón y cantar desnudo, sobre una maceta, el himno nacional.
 Mi cabeza, siempre prudente, me invita a recordar que a esa misma hora de la noche y tras volar sobre el mismo balcón al que quiero salir, aterrizó hace sólo dos días el primoroso ataúd azul portador de amenazas mortales. Vuelvo al cuarto. Ada ya se está bañando para irse. Me tomo un valium. Prendo el televisor en el peor canal extranjero.

*

 Subidos ya en la camioneta blindada le digo a Jairo Calderón que me lleve a la casa en donde me recogieron el primer día, en el barrio La Esmeralda. Asiente con la cabeza y enciende el radio en uno de los canales principales. En el radio están contando cómo, a partir de mis acusaciones, la Fiscalía abrió investigaciones preliminares contra dos senadores de la República y llamó a declarar a dos funcionarios menores de la Presidencia. Estamos cruzando un puente cuando en el radio pasan a propagandas. Jairo Calderón baja el volumen y dice mirando al frente que él admira sinceramente lo que yo he hecho en la rueda de prensa. Que a eso se refería cuando me pidió que me la jugara toda. Mi actuación había sido impecable: como estar viendo al verdadero Pedro Akira: la misma fuerza, el mismo carisma. Siento fuertes deseos de besarlo hasta que perdamos el rumbo del timón y acabemos muertos pero felices contra un poste. Solamente le digo gracias, sin mirarlo.
 Cuando llegamos al corazón de La Esmeralda él detiene el carro del otro lado de la calle, del lado del parque. Me abre la puerta, me ve alejarme hacia la casa y se sienta a fumar en la misma banca en donde todo empezó. Mientras me acerco me parece que la casa está más pequeña y más fea.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2010, pp. 135-138 y 141-142. ISBN: 978-84-339-7220-0.] 
  

sábado, 5 de diciembre de 2020

Los secretos del Club Bilderberg.- Daniel Estulin (1966)

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Prólogo

  «Como escribió en su novela Coningsby el ex primer ministro de Inglaterra Benjamín Disraeli: "El mundo está gobernado por personajes que no pueden ni imaginar aquellos cuyos ojos no penetran entre los bastidores".
 El 11 de septiembre de 2001, el Club Bilderberg, como demostraré inequívocamente en este libro, inició una guerra que "no tendrá fin mientras vivamos". Esa guerra no se libra en aras de la justicia, sino que su único fin es el petróleo. Quien la gane controlará los últimos vestigios de las reservas de petróleo y gas natural de la Tierra. La raza humana libre está en peligro de extinción y los bilderbergers lo saben muy bien. De ahí las "guerras sin fin" en Afganistán, Irak, Sudán e Irán; las que se libran en la cuenca del Mar Caspio y las que se librarán contra Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Siria y Venezuela dentro de muy poco tiempo. Todo forma parte de un conflicto global cuyo fin es controlar a la Humanidad. Quienes controlan el petróleo controlan la Tierra. Y el Gobierno Mundial Único-Nuevo Orden Mundial se aprovecha de todos los recursos tecnológicos disponibles para dominar al reticente mundo.
 El objetivo final de esta pesadilla es un futuro que transformará la Tierra en un planeta-prisión mediante un mercado único globalizado, controlado por un Gobierno Mundial Único, vigilado por un Ejército Mundial Unido, regulado económicamente por un Banco Mundial y habitado por una población controlada por microchips y cuyas necesidades vitales se habrán reducido al materialismo y la supervivencia: trabajar, comprar, procrear, dormir, todo conectado a un ordenador global que supervisará cada uno de nuestros movimientos.
 En este inminente e incierto futuro, el pueblo cree que algo malvado está al acecho, en las sombras, esperando la oportunidad de abalanzarse, aguardando el momento oportuno. Podemos sentir su escalofriante presencia. A la mayoría de la gente le gustaría ignorarlo, pero ya no puede hacerlo. Ese "algo" se ha introducido lentamente de manera sigilosa y forzada en nuestra conciencia y en nuestra psique colectiva. En este libro demuestro qué es ese "algo" y revelo sus planes apocalípticos.
 Pero aún hay más. También descorro el velo del lucrativo tráfico mundial de drogas y explico cómo los bilderbergers se encargan de gestionarlo. Al contrario de lo que nos han contado, la guerra en Kosovo no se libró en pro de la libertad, sino por una cuestión de drogas. La economía global asociada a las drogas genera por año, en efectivo líquido, cerca de 700.000 millones de dólares. ¿Quiénes se benefician? Las familias más opulentas y poderosas del mundo, tal como lo demuestro en el capítulo sobre Kosovo. Slobodan Milosevic era un líder bruto, pero se le quitó de en medio y, finalmente, fue asesinado porque el Imperio necesitaba beneficios ilimitados. Como el 80% de la heroína que entra en Europa lo hace a través de Kosovo, Yugoslavia estaba condenada a desaparecer.
 También nos han dicho que Osama bin Laden y sus terroristas de Al Qaeda fueron quienes perpetraron los atentados del 11-S. Como el mundo estaba horrorizado, nosotros quisimos creer en otra mentira. El 11-S, tal como pongo de manifiesto en el penúltimo capítulo, guardó relación con el negocio del petróleo, o más bien con su falta, como un requisito previo y necesario para una Guerra Total que nos llevará a la Esclavitud Total que nos espera con los brazos abiertos.
 Los Beatles, los Rolling Stones, Monterrey, Woodstock, la emisora Top 40 y MTV son metáforas de un lavado de cerebro devastador, cortesía del instituto Tavistock de Comportamiento Humano. Creíamos que habíamos "descubierto" a los Beatles, a los Rolling Stones, a los Animals y a los Mamas & the Papas. Sin embargo, cruel y previsoramente, a las órdenes de Tavistock, los investigadores sociales más brillantes del planeta nos implantaron estos grupos. Formaban parte de un experimento humano de alto secreto de efectividad devastadora, que pretendía degradar al individuo y reducir su esfera de influencia espiritual. Combinados con los experimentos con LSD financiados por la CIA y los experimentos supersecretos de narcohipnosis MK-ULTRA, realizados con el fin de crear un asesino humano perfecto, el "Candidato Manchú", en el primer capítulo muestro las devastadoras consecuencias de lo que, en efecto, ha sido un esfuerzo continuo durante el siglo pasado: degradar al hombre hasta dejarlo al nivel de la bestia, el sueño de Friedrich Nietzsche de hombre-bestia visto a través de los ojos del Club Bilderberg, su extrema locura.
Los secretos del Club Bilderberg (Divulgación)  Sin embargo, a escala mundial está despertándose la conciencia general, dado que el pueblo está empezando a vislumbrar su irracionalidad; esta concienciación está empezando a capacitar nuestro aprendizaje y nuestra comprensión colectiva. Verás, nos han dicho, que para alguien que no es un entendido en la materia, los acontecimientos mundiales son demasiado difíciles de comprender. ¡Mentían! Nos han dicho que los secretos nacionales deben protegerse celosamente. ¡Claro que sí! Ningún gobierno desea que sus ciudadanos descubran que los mejores y más brillantes compatriotas se dedican al tráfico de drogas, participan en saqueos masivos del planeta, en secuestros y asesinatos. Yo lo hago por ellos.
 Conocerás quién trafica con drogas y por qué, quién asesina  y quién extrae beneficios de esa gigantesca y omnipresente estafa que se conoce como política. Pero todavía hay esperanza. Los pueblos no deberían temer a sus gobiernos. Los gobiernos, a partir de ahora, deberían empezar a temer a sus pueblos.
 Una vez más, nos encontramos ante una encrucijada. El Bilderberg está a punto de celebrar su "fiesta de presentación global". Los puntos de tensión han empezado a romperse en cada rincón del planeta y la gente ha comenzado a tomar partido. Los caminos que sigamos ahora determinarán el futuro de la Humanidad si atravesamos el siglo XXI como un Estado policial electrónico global o como seres humanos libres a causa de una concienciación masiva que tenga lugar en Estados Unidos, y en el resto del mundo libre, ante las actividades criminales de la élite global.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2011, en traducción de Eva Mª Robledillo Carro e Isabel Fuentes García, pp. 15-18. ISBN: 978-84-8453-181-4.]
 

domingo, 12 de mayo de 2019

El huracán y la mariposa.- Yolanda Guerrero (1962)


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XXXVI: Camila

«Yo, María Camila de la Virgen Baena Mondragón, recuerdo a sus señorías ahora más que nunca lo de la clemencia a cambio de verdad, porque lo que voy a declarar es el asunto más grueso y lo que más me compromete e incluso puede hacer peligrar mi vida.
 Antes de seguir queden advertidos de que lo que voy a contar sin nombres, que hasta ahora sólo el de Yosmán he mencionado y ese fue el trato. A él se lo entrego a sus señorías porque es hierba del diablo, pero incluso el de Franklin es inventado, conque ninguno más leerán en esta declaración, que yo no soy cabra, como decía Humberto, ni tampoco chivata, como se dice en España, así que voy a rajar a leña justa.
 Nuestra familia, la banda que también llamábamos clica de la Drago9 y que creó Yosmán, tenía nueve grandes jefes que dirigían el negocio, porque nueve son las clases de dragones que existen, según él mismo había estudiado. Los nueve jefes eran los dragones del cielo, del espíritu, de los tesoros escondidos, del mundo subterráneo, el que tiene alas, el que tiene cuernos, el enroscado, el amarillo y, por último, el rey dragón, que era el mero mero, Yosmán y no otro. Vayan ustedes averiguando a qué comercio se dedicaba cada uno, que eso no lo voy a desvelar yo ahora. Las señorías que me lean sabrán.
 La Drago9 tenía también a la cabeza una comandancia de cuatro que éramos los especiales y más entrenados, y los que sabíamos por dónde se le derramaban los pensamientos a Yosmán cuando andaba hasta atrás de farlopa o de anfetas.
 Estaba el dragón rey del mar del Sur, que traía de las tierras de allá abajo muchachitas con piel de chocolate y dientes de marfil y las colocaba en burdeles mucho mejores que el congal de mi ranchito. Yo no sufría por ellas porque sabía que en esos lugares comerían más y de mayor calidad que en las selvas de donde las había sacado el dragón de nuestra clica, que él mismo me lo dijo y yo le creí.
 Estaba también el dragón rey del mar del Este, el que mercaba en Oriente pistolas y cuernos de chivo más modernos que el que tenía el Archi junto a la cama, y se los vendía a quien pudiera pagar, que sus señorías no imaginan cuánto demente con ansia de clavar hojas de acero en las entrañas hay en el mundo. Una vez oí un grillerío sobre unos locos con turbante que le pidieron al dragón del Este unas cuantas limaduras de explosivo, y pongo la mano y el cuerpo en el fuego que nuestro dragón no se las vendió, porque éramos una broza de delincuentes, no de asesinos. Esto no lo puedo jurar, pero yo necesito creerlo para dormir por las noches.
 Venía luego el de mar del Norte, que montaba peladeros para despelucar a los codiciosos que perdían la cabeza por una buena timba con apuestas a lo grande, y salían con las orejas caídas y con cara de perro calentado a golpes. Pero yo me reía de ellos y le decía a nuestro dragón una frase que muchas veces escuché al Archiduque, y era que no la saquen del comal hasta que se haga totopo, que quería decir algo así como que no dejaran que el pendejo se les fuera sin soltar toda la lana, que para eso era un canalla avaricioso que seguro se estaba jugando sobre la mesa el salario con el que debía dar de comer a sus churumbeles, y que todo lo malo que le pasara lo tenía merecido.
 Y, por último, estaba yo, que fui la leidi de Yosmán y La Leidi de la Drago9, la reina del mar del Oeste, la que partía el queso porque era la dealer, la narco de la familia, para que me entiendan, y en mi tiendita se podían pillar los mejores jaimitos y volcanes. Pero estaba especializada en lo clásico, en talco y sobre todo en dama blanca... ya saben de qué les estoy hablando. Merqué con muchas piedritas en los años que Yosmán me tuvo recibiéndolas y trayéndolas, y les aseguro que yo nunca me arponeé, o mejor dicho me arponeé poco, muy poco para lo que podía, porque toda la nieve del mundo estaba a mi disposición. Esto lo digo sin miedo, aunque pos si acaso vuelvo a recordarles lo de la clemencia.
 Hasta que se fue todo a la fregada y ya no hubo polvo blanco, ni tiendita, ni Yosmán, ni dragones que vinieran en mi auxilio.
 
 Durante mucho tiempo creí que la culpa había sido de los tigres, los pinches Tigres de Chinautla. A los tigres ni agua, leidi, me advertía Yosmán, que no hay animal más enemigo del dragón que el tigre y sólo busca nuestro mal y aniquilarnos a todos. A mí al principio no me parecían tan pérfidos, porque en la clica que montaron nuestros rivales había pendejos que hablaban como yo, con la misma mezcla de palabras de otro país y de este, que a veces ni nosotros mismos sabíamos lo que decíamos. Se llamaban los Tigres de Chinautla porque sus papás habían nacido en un país pegado a aquel en el que nací yo, el suyo era Guatemala, y algunos crecieron en un pueblito llamado Santa Cruz Chinautla. De él tomaron el nombre, para no olvidarse nunca de dónde viene uno porque así es más fácil después saber adónde se quiere ir, que a mí aquellas cosas que me decía mi amiga la tigresa Yenni, y este también es un nombre inventado, se me quedaban muy dentro.
 Todos los tigres son malos, me insistía Yosmán, nosotros los dragones y ellos los tigres somos la noche y el día. O, de una forma más culta, el yin y el yang, unas palabras extrañas que usaban los monjes antiguos de países muy lejanos para hablar de los hombres y las mujeres, según creía yo entender a mi agüitado, y por lo visto todo lo yang era masculino y lo yin femenino.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Catedral, 2017. ISBN: 978-84-16673-28-5.]

miércoles, 25 de julio de 2018

Hasan Sabbah y la secta de los asesinos.- Freidoune Sahebjam (1933-2008)


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Segunda parte: El Cairo
Capítulo cuarto: El hachís

«La decisión estaba tomada: tan pronto como volvió a El Cairo aceptó la invitación de Tahar de ir al fumadero con la intención de comprender lo que los otros experimentaban. Por supuesto que Hasan se mantuvo muy prudente y no hizo ningún exceso. Aquella fuerza interior que los demás buscaban, ya la poseía él desde hacía mucho tiempo sin tener que recurrir a ningún subterfugio, a ningún artificio para sentirse más sólido que el resto. Pero debía conocer, sin ningún género de dudas, los efectos de aquella planta para, a continuación, sacar todas las ventajas que pensaba exigir a los demás, de modo que, en contra de sus principios, aceptó probarla. Tahar, ya bajo los efectos del placer que le proporcionaban las hierbas, le dijo:
 -Por fin, hermano, eres de los nuestros desde ahora… No te resistas… Consúmelas a tu manera, sé feliz, vuela hacia otros mundos… Olvídate de todo…
 Hasan no tenía el menor deseo de olvidarse de nada. Optó por absorber su hachís en forma líquida, en cantidad muy pequeña, contentándose con mojarse los labios de vez en cuando. Hubo de confesarse que el sabor no era malo, si bien un poco ácido. Había otros que tragaban tabletas que cortaban en minúsculas porciones y tomaban con zumo de fruta. Había, por último, quienes inhalaban el hachís en unos recipientes tapándose la cabeza con un paño y profiriendo gritos de satisfacción al aspirar la cálida poción.
 Hasan no dejaba de observar a los que le rodeaban al tiempo que iba sorbiendo en muy pequeñas dosis el contenido de su copa. Nadie se ocupaba de él, entregado como estaba cada uno a su mundo irreal, gritando éstos su placer, ronroneando de voluptuosidad aquéllos, y, en fin, retorciéndose sobre sus esterillas y reclamando la presencia tan pronto de una mujer, tan pronto de un muchacho, los de más allá.
 En cuanto a Tahar, parecía ausente. Hasan lo miraba, pero su amigo no lo veía. El jerife permanecía inmóvil, aparentemente sereno. Así continuó, en aquella postura, de codos sobre los cojines, con las piernas encogidas debajo del cuerpo, perdido en sus sueños, sin oír nada, ajeno a todo. Hasan estaba fascinado por aquella especie de parálisis que se había apoderado de su amigo. Le hizo una señal con la mano, pero Tahar lo miró sin reconocerlo, interrogándole con unos ojos desmesuradamente abiertos.
 -¡Ven aquí conmigo, Tahar, levántate y ven!
 El otro hizo un esfuerzo y volvió a caer sobre los cojines. Intentó moverse de nuevo y Hasan lo ayudó a levantarse.
 -¡Sígueme, estiremos un poco las piernas!
 Semejante a un autómata, el joven egipcio siguió a su amigo persa.
 Anduvieron a pasito hasta el fondo de la sala, sin objeto preciso, rodeando las columnas, las estatuas y un pequeño estanque interior y evitando a los consumidores tirados por el suelo. Después salieron al frescor de la noche. Hasan tuvo frío de repente, pero Tahar no experimentó sensación alguna. A pesar de lo ligero de su ropa, su cuerpo no temblaba al contacto con el aire fresco.
 -¡Párate, Tahar!
 Su acompañante se quedó inmóvil sin preguntar nada.
 -Separa los brazos… lentamente… Quédate con los brazos separados… ¡No te muevas!
 El otro, sin decir palabra, permaneció un buen rato con los brazos en cruz.
 -¡Anda, así, con los brazos separados!
 En medio de la noche, Tahar avanzó en línea recta y en aquella postura.
 -Ahora, ¡párate y vuelve aquí!
 El hijo del ministro dio media vuelta y se dirigió hacia su amigo.
 -¡Baja los brazos, despacio! ¡Ponte de rodillas… con los brazos en cruz!
 Durante unos diez minutos, Hasan ordenó a Tahar que hiciese los gestos más banales, los movimientos más corrientes y este último, siempre con el semblante impasible y los ojos abiertos de par en par, sin desviar la mirada derecha ni a izquierda, actuaba como se le había mandado. Oía, obedecía y no decía palabra.
 Hasan tenía ante sí una criatura dócil que se movía a una orden suya, giraba, se levantaba, se arrodillaba y se volvía a levantar. Hubiera podido pedirle cualquier cosa, incluso las más extravagantes e insensatas y Tahar le habría obedecido sin duda. Bajo la influencia de la droga, el muchacho estaba en otro mundo: oía claramente lo que se le decía pero carecía de toda voluntad y era incapaz de reaccionar.
 -¡Da vueltas sobre ti mismo… más… más!
 El egipcio, semejante a una peonza, giraba y giraba sobre sus talones con los brazos separados, los ojos cerrados y sin perder nunca el equilibrio. Aquello duró dos minutos, tres minutos, en una zarabanda infernal y cuando Hasan le dio orden de parar Tahar se quedó inmóvil, bajó lentamente los brazos y abrió los ojos. No parecía cansado ni la menor gota de sudor perlaba su frente.
 El persa se acercó a él, lo cogió por los hombros y lo sacudió suavemente.
 -Tahar, amigo mío, ¿me oyes?
 Tres veces le hizo la pregunta hasta que el otro acabó por mover la cabeza de arriba abajo.
 -Ven, volvamos. Tus amigos deben de estar esperándonos.
 Y regresaron al edificio donde los demás adeptos proseguían sus sahumerios y libaciones, cantando unos, inertes otros sobre sus pufs, como anestesiados por sus excesos.
 Hasan instaló a su compañero confortablemente sobre una alfombra, le puso un cojín debajo de la cabeza y se marchó. El olor de la sala y la gritería que allí reinaban le molestaban. Le picaba la garganta y tenía irritados los ojos. El aire fresco de la noche le sentó bien. Volvió a su casa caminando a pie, muy impresionado por lo que acababa de ver. Una vez más recordó las palabras del maestre de la Montaña:
 -Esa hierba mágica que allí encontrarás será más poderosa que todas las cimitarras de Oriente…
 Ahora necesitaba saber, por encima de todo, el misterio de aquella planta, dónde se cultivaba, cómo se recolectaba y preparaba. Algunos adictos la mascaban, otros la tragaban en forma de pastillas o de líquido; otros, finalmente, aspiraban sus vapores.
 ¿Le indicaría Tahar la fórmula mágica? ¿Recordaría su amigo lo que acababa de pasar y aceptaría confiarle el secreto de la fabricación? Hasan sólo estaba seguro de una cosa: cuando abandonase Egipto, se llevaría semillas de aquella planta y estaría en el secreto de su preparación. Sin duda alguna, aquella hierba tenía una potencia mágica que le daría a él un poder ilimitado si conseguía producir la cantidad suficiente para volver dóciles a quienes le rodeasen y para aniquilar a sus adversarios. Se imaginaba ya al frente de un ejército totalmente entregado a su causa, echando abajo murallas, destruyendo fortificaciones, exterminando a las tropas enemigas.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta DeAgostini, 2003, en traducción de Alejandro Domaica. ISBN: 84-674-0158-3.]

miércoles, 27 de junio de 2018

El oficinista.- Guillermo Saccomanno (1948)


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«En una revista científica ha leído sobre un experimento realizado en un instituto de neurociencias cognitivas. El experimento tipificó una clase de demencia que puede estallar de modo inesperado y durar aproximadamente siete minutos. Pero, destacaron los psiquiatras, se produjeron algunos casos en que los pacientes, aun cuando habían superado el shock de los siete minutos, seducidos por su efecto, volvían a repetir los actos realizados durante el ataque. Hombres meticulosos que se volvieron jugadores compulsivos. Ejecutivos sobresalientes que una mañana, al levantarse para ir a su empresa, saltaron por el balcón de su penthouse. Soldados que, durante un enfrentamiento con la guerrilla, se dieron vuelta y ametrallaron a sus compañeros. Amas de casa que abandonaron inesperadamente sus hogares y se lanzaron a las rutas buscando emociones. Cirujanos que en la mitad de una operación le clavaron el bisturí al paciente. Pilotos de avión que con una sonrisa decidieron hundirse, con toda la tripulación, en el fondo del océano. En fin, espíritus que, en un arranque de inspiración, iluminados, dieron el paso de un camino sin retorno.
 La investigación proporcionaba toda una serie de complejos. A cada cual más desaforado. Le hizo daño esta lectura. Se pregunta si, tal vez, su enamoramiento no habrá sido resultado de un ataque de esta locura inesperada. Su intento de robo de una alhaja indica un síntoma claro de que la razón puede fallarle. A su lado, el otro camina circunspecto. Y asiente. Es cierto que en todo amor existe un componente demencial, le dice al otro, pero lo que ahora siente responde a una lógica. Toda su vida soñó que alguna vez una historia amorosa le sucedería y, a partir de este suceso, su existencia pegaría un vuelco frenético. La cuestión, se dice ahora, es que el enamoramiento no lo impulsó todavía al no retorno. Nada lo diferencia de un vulgar adúltero. Nada, piensa.
 La inseguridad lo corroe. Se pregunta si no debe probar la resistencia de su amor. Por qué no, se pregunta. Y ahora, cuando el subte se detiene en la estación del pecado, se baja. En verdad, la estación tiene el nombre de una virgen santa a la que, entre otros tantos poderes, se le adjudica el devolver la pureza a quienes la perdieron.
 Determinado a ponerle fin a la duda, sube a la superficie y se encuentra en el barrio del vicio. A diferencia de otras partes de la ciudad, este barrio nunca se apaga. Así como en estas calles no se distingue si es de día o de noche, tampoco nadie se fija demasiado en la categoría de los que acuden en busca de un rato de placer. Acá pueden verse tanto un convertible que avanza despacio como una abuela dispuesta a regatear sus billetes por una tarifa razonable. Putitas y putitos, chicos, venden, además de drogas, sus cuerpos. Piénsese una droga, por demoledora que sea, y acá se la puede encontrar. Imagínese un goce, el más truculento, y acá está, al alcance de los consumidores. El oficinista leyó alguna vez que la imaginación del hombre es limitada en materia de monstruos. En cierta forma, los consumidores como estas criaturas lo son. Pero no se sienten monstruos sino usuarios. Quienes vienen a comprar saben lo que quieren. Y los chicos lo venden y saben cómo cobrarlo. Los precios varían desde la cópula primitiva, el alivio inmediato de una chupada, hasta placeres que pueden incluir una mutilación parcial o la muerte. Siempre el arreglo se hace con un joven mayor que puede ser un hermano, un primo, un padre, con quien habrá de pactarse el juego erótico y su precio. En el caso de que el cliente se interese en un juego erótico que pondrá en peligro la vida de la criatura o requiera su muerte, entonces se conviene una tarifa especial y se llena un formulario donde se declara quiénes son los beneficiarios del seguro infantil.
 Se interna en la zona roja, aunque no es la primera vez que la camina ya que antes, otras veces, en arrebatos de angustia, lo hizo, pero siempre sin animarse a contratar un servicio: el temor a contraer una peste. Observa las pibas y los pibes y no puede dejar de pensar en el viejito. No debería pensar en el viejito ahora. Debería pensar en esta nena que se le ofrece. No debe tener seis años, pero en su sonrisa uno puede imaginarse todo lo que puede hacer con esa boquita de pétalos carmesí. Reprime la tentación. Sigue de largo. Tropieza con un chico. En realidad no puede discernir si es un varón o una nena. Un bellísimo ejemplar de androginito. O androginita. Al pensar en estos diminutivos se pregunta por qué se adjudica a la infancia el patrimonio del diminutivo. Se pregunta también si estas criaturas, como una sin piernas, que se le cruza en una tabla con rulemanes, no serán, en vez de chicos, productos. Razona: si quienes vienen a encontrar su placer en estas calles son consumidores, los chicos, basta de escrúpulos, son productos. Y nada de esto, se dice, tiene que ver con el amor.
 Porque una de las características del amor consiste en sentirse niño. Un niño no es un loco. Simplemente, no es responsable de sus actos. Ni la secretaria ni él son responsables del magnetismo que los unió. Son como chicos. Indefensos ante una fuerza todopoderosa que los envolvió como un tornado. No han elegido enamorarse. Les pasó. A menos a él le pasó. El amor está, en su caso, fuera de su responsabilidad. Ni consumidor ni producto, se dice. Un chico, piensa. De pronto se avergüenza de estar caminando esta calles.
 Pensar en la incomodidad de que alguien pueda descubrirlo por acá le da pánico. Alguien que más tarde contará en la oficina que lo sorprendió deambulando por esta parte de la ciudad. Le da taquicardia imaginar lo que la secretaria pensará cuando le vayan con el cuento. Se apura hacia el subte. Pero lo detienen los aullidos de las sirenas policiales, las frenadas de los autos patrulla, las órdenes de los policías, sus armas apuntándole. Levanta las manos. Alrededor todos corren, los grandes y los chicos, y él queda solo, en la vereda de un pornoshop.
 Alza las manos. Grita que no hizo nada. Que pasaba por esta zona. Que no es uno de esos degenerados que la frecuentan. Pero los policías no dejan de encañonarlo.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Seix-Barral, 2011. ISBN:978-84-322-1282-6.]
 

miércoles, 16 de mayo de 2018

Aprendiendo de las drogas (Usos, abusos, prejuicios y desafíos).- Antonio Escohotado (1941)


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1.-Las variables del asunto

«Las cosas que entran en nuestro cuerpo por cualquier vía -oral, epidérmica, venosa, rectal, intramuscular, subcutánea- pueden ser asimiladas y convertidas en materia para nuevas células, aunque pueden también resistir esa asimilación inmediata.
 Las que se asimilan de modo inmediato merecen el nombre de alimentos, pues gracias a ellas renovamos y conservamos nuestra condición orgánica. Entre las que no se asimilan inmediatamente cabe distinguir dos tipos básicos: a) aquellas que -como el cobre o la mayoría de los plásticos, por ejemplo- son expulsadas intactas, sin ejercer ningún efecto sobre la masa corporal o el estado de ánimo; b) aquellas que provocan una intensa reacción. 
 Este segundo tipo de cosas comprende las drogas en general, que afectan de modo notable aunque absorbamos cantidades ínfimas, en comparación con las cantidades de alimentos ingeridas cada día. Hoy, cuando empiezan a conocerse los complejos procesos biológicos, la actividad extraordinaria de este tipo de cosas sugiere que están ligadas a equilibrios básicos en los organismos. Normalmente, no afectan por ser cosas de fuera, sino por parecerse como gotas de agua a cosas de muy adentro.
 Pero dentro de este tipo de sustancias es preciso distinguir entre compuestos que afectan somáticamente (como la cortisona, las sulfamidas o la penicilina) y los que afectan no sólo somática sino también sentimentalmente. Estos últimos -que parecieron milagrosos a todas las culturas antiguas- son en su mayoría parientes carnales de las sustancias que trasladan mensajes en el sistema nervioso (los llamados neurotransmisores) o antagonistas suyos, y reciben el nombre vulgar de "drogas".

Toxicidad
 Llámense drogas o medicamentos, estos compuestos pueden lesionar y matar en cantidades relativamente pequeñas. Como a una sustancia con tales características la llamamos "veneno", es propio de todas las drogas ser venenosas o tóxicas. La aspirina, por ejemplo, puede ser mortal para los adultos a partir de tres gramos, la quinina a partir de bastante menos y el cianuro de potasio desde una décima de gramo.
 Sin embargo, lo tóxico o envenenador de una cosa no es nunca esa cosa abstractamente, sino ciertas proporciones de ella conforme a una medida (como el kilo de peso). De ahí, siguiendo con el ejemplo, la enorme utilidad que extraemos de la aspirina, la quinina y el cianuro, a pesar de sus peligros. La proporción que hay entre cantidad necesaria para obrar el efecto deseado (dosis activa media) y cantidad suficiente para cortar el hilo de la vida (dosis letal media) se denomina margen de seguridad en cada droga.
 ¿Cómo puede ser terapéutico un veneno? Fundamentalmente, porque los organismos sufren muy distintos trastornos, y ante ellos el uso de tóxicos en dosis no letales puede ser la única, o la mejor, manera de provocar ciertas reacciones. Apenas hay, por eso, venenos de los que no se hayan obtenido valiosos remedios: el curare, la atropina, el ergot o la planta digital son casos bien conocidos de una lista interminable.
 Dentro del margen de seguridad, el uso de tóxicos plantea fundamentalmente dos cuestiones, que son el coste de la ganancia y la capacidad del organismo para adaptarse a su estado de intoxicación. El coste depende de los efectos que se llaman secundarios o indeseados, tanto orgánicos como mentales. La capacidad del organismo para "hacerse" al intruso depende del llamado factor de tolerancia aparejado a cada compuesto. 
 La tolerancia y el coste psicofísico pueden prestarse a juicios algo subjetivos, comparados con la objetividad matemática del margen de seguridad. [...]
 En todo caso, estos tres elementos -margen de seguridad, coste psicofísico y tolerancia- son los lados materiales o cuantificables del efecto producido por las drogas. Prestarles atención ayuda a plantear de modo objetivo ese efecto. [...]

Los principales empleos
 El estado que produce una droga psicoactiva puede llamarse intoxicación (si se considera su contacto con nuestro organismo) y llamarse ebriedad (si se considera el efecto que esa sustancia ejerce sobre el ánimo); para la intoxicación intensa de alcohol disponemos de la palabra "embriaguez", o "borrachera" en casos límite.
 Cabe hablar de uso colectivo y uso individual, uso antiguo y uso moderno. Sin embargo, quizá la forma más sencilla de abarcar el consumo de drogas sea distinguir entre empleos festivos, empleos lúdicos o recreativos y empleos curativos o terapéuticos. [...]  
 
Epílogo
La cuerda que sirve al alpinista para escalar una cima sirve al suicida para ahorcarse y al marino para que sus velas recojan el viento. Lo sacro y eterno sea loado. Seguiríamos en las cavernas si hubiésemos temido conquistar el fuego, y entiendo que aquí, como en todos los demás campos de la acción humana, hay desde el primer momento una alternativa ética: obrar racionalmente -promoviendo aumentos en la alegría- y obrar irracionalmente, promoviendo aumentos en la tristeza; una conducta irreflexiva acabará haciéndonos tan insensibles a lo buscado como inermes ante aquello de lo que huíamos. De ahí que sea vicio -mala costumbre o costumbre que reduce nuestra capacidad de obrar- y no dolencia, pues las dolencias pueden establecerse sin que se intervenga nuestra voluntad, pero los vicios no: todo vicio jalona puntualmente una rendición suya.
 Otra cosa es que presentar el uso de drogas como enfermedad y delito haya acabado siendo el mayor negocio del siglo. Llevado a su última raíz, este negocio pende de que las drogas no se distingan por sus propiedades y efectos concretos, sino por pertenecer a categorías excéntricas, como artículos vendidos en tiendas de alimentación, medicinas y sustancias criminales. Una arbitrariedad tan enorme sólo puede estimular desorientación y usos irreflexivos.
 Tras lo arbitrario está la lógica económica de dos mercados permanentes, uno blanco y otro negro. Esta dicotomía aleja la perspectiva de que el campo psicofarmacológico se racionalice alguna vez, con pautas de precio, calidad y dispensación que le quiten a las drogas -a las drogas en general- su naturaleza de puras mercancías. Salvo casos raros, como los vinos y licores realmente buenos, apenas hay productos de mercado blanco capaces de subsistir bajo condiciones de clandestinidad; sin embargo, al incluir los más deseables en el mercado negro se aseguran superdividendos para sucedáneos autorizados, mientras se multiplica el margen de beneficio para originales prohibidos. Otra cosa no explotaría a fondo las posibilidades del ramificado negocio, que juega con una baraja en la mesa y otra en la manga.» 
 
  [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2005. ISBN: 84-339-1441-3.]