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viernes, 17 de enero de 2020

El hombre de los dados.- Luke Rhinehart [George P. Cockcroft] (1932)

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Capítulo setenta y tres

 «Los Centros de Dados. ¡Ah! Los recuerdos, los recuerdos. ¡Qué días aquellos! Los dioses volvían a jugar entre sí sobre la tierra. ¡Cuánta libertad! ¡Cuánta creatividad! ¡Cuánta trivialidad! ¡Cuánto caos último! Y todo sin la guía de la mano del hombre, sino por la del gran Dado ciego que a todos nos ama. Una vez, sólo una vez en la vida he sabido el significado de vivir en comunidad, de pertenecer a un objetivo amplio compartido por mis amigos y mis enemigos. Tan sólo en los CEETA supe qué era la liberación total, completa, desgarradora, inolvidable, la iluminación total. Durante el último año no he dejado de reconocer al instante a quienes han pasado un mes en uno de nuestros centros, los hubiera visto con anterioridad o no. Pero nos miramos y nuestras caras refulgen, fluyen las carcajadas y nos abrazamos. El mundo seguirá su descenso continuado si cierran los CEETA.
  Supongo que, en un lugar u otro, habrán leído la típica histeria de los medios de comunicación a propósito de los centros: la sala del amor, las orgías, la violencia, las drogas, las crisis nerviosas que desembocan en psicosis, el crimen, la locura… La revista Time publicó un artículo espléndido sobre nosotros, objetivamente titulado, “Las cloacas CEETA”. Decía así:
  Los cimientos de la humanidad tienen una nueva grieta: unos psiquiátricos-moteles donde todo vale. Fundados en 1969 por el ingenuo filántropo Horace J. Wipple, y disfrazados de centros de terapia, los Centros para la Experimentación en Entornos Totalmente Aleatorios (CEETA) han sido, desde su nacimiento, una invitación impertérrita a la orgía, a la rapiña y a la locura. A partir de las premisas de la teoría de los dados, enunciada originalmente por un psiquiatra lunático, Lucius M. Rhinehart (Time, 26 de octubre de 1970), el propósito de los Centros es liberar a sus clientes del peso de la identidad individual. Quienes llegan a un Centro para realizar una estancia de 30 días, tienen que abandonar nombres coherentes, vestuario, manierismos, rasgos de personalidad, preferencias sexuales, sentimientos religiosos… En resumen, abandonarse a sí mismos.
  Los internos, denominados “estudiantes”, llevan casi siempre máscaras y siguen las “Órdenes” de los dados para determinar cómo pasan el tiempo y quién fingen ser. Los presuntos terapeutas se convierten en estudiantes que experimentan con un nuevo personaje. Los policías que fingen mantener el orden son, casi siempre, estudiantes que desempeñan el papel de policías. El uso de la marihuana, del chocolate y del ácido es común. Las orgías se suceden a cada hora en salas con nombres tan imaginativos como “La sala del amor” o “La cama” (esta última es un cuarto totalmente oscuro con un colchón en el suelo, en el que se apiñan los estudiantes según el capricho de los dados y donde sucede de todo).
  Los resultados son previsibles: unos cuantos individuos enfermos tienen la impresión de estar pasándoselo en grande, unos cuantos tipos sanos acaban enloqueciendo y el resto sobreviven de un modo u otro, tratando de convencerse de que están viviendo “una experiencia importante”.
  En las colinas de Los Altos, en California, la “experiencia importante” de la semana pasada acabó con el arresto de Evelyn Richards y de Mike O’Reilly. Los dos estaban disfrutando de un festín amoroso ordenado por los dados en la capilla Whitmore de la Universidad de Stanford, algo que no hizo ninguna gracia ni a los habitantes del pueblo ni a la policía.
  Los estudiantes de Stanford, visitantes habituales del CEETA de Los Altos, están enfrentados sobre el Centro de Terapia de los Dados. Los estudiantes Richard y O’Reilly aseguran que sus traumas han desaparecido desde la estancia de tres semanas en el Centro local. Pero el presidente de la Asociación de Estudiantes, Bob Orly, manifestó la opinión de buena parte del resto de estudiantes al decir:
  “El deseo de liberarse de la propia identidad personal es un síntoma de debilidad. La humanidad siempre ha tendido a la destrucción cuando ha seguido la llamada de quienes nos han animado a deshacernos del yo, del ego, de la identidad. La gente que va a los Centros es la misma que se ve arrastrada por el mundo de las drogas. Toda esta historia de vivir según te lo diga un dado no es sino una manera lenta de suicidarse que han descubierto quienes son demasiado débiles para intentarlo de veras”.
  El fin de semana, la policía de Palo Alto llevó a cabo la segunda redada en el Centro de Los Altos, pero no se incautó de nada más que de una caja de películas pornográficas, filmadas posiblemente en los Centros. El director, Lawrence Taylor, asegura que lo único que lamenta de las redadas es la publicidad favorable que da al Centro entre los jóvenes. “Tenemos que declinar un centenar de solicitudes cada semana. No queremos parecer exclusivos, pero no contamos con las instalaciones adecuadas”.
  Un equipo de redactores de Time descubrió que los amigos y los familiares de quienes han sobrevivido a las experiencias en los CEETA están, sin excepción alguna, alterados con los cambios que se han producido en sus seres queridos. “Irresponsable, errático, destructivo” fueron las palabras con las que Jacob Bleiss, un chico de diecinueve años de New Haven, describió a su padre después de que éste regresara del CEETA de Catskill (Nueva York). “No soporta el trabajo, casi nunca está en casa, pega a mi madre y parece estar pensando en la nada casi todo el tiempo. Y no para de reír como un idiota.”
  Las carcajadas irracionales, un síntoma clásico de la histeria, es una de las manifestaciones más evidentes de lo que los psiquiatras han empezado a denominar como “la enfermedad de los CEETA”. El doctor Jerome Rochman, del Hope Medical Center de la Universidad de Chicago, afirmó la semana pasada en Peoria:
  “Si alguien me hubiera pedido que creara una institución que destruyera totalmente la personalidad humana con toda su grandeza inherente, la lucha, las dudas morales, la compasión por el prójimo y el sentido de una identidad individual específica, posiblemente habría creado los CEETA. Los resultados son predecibles: apatía, informalidad, indecisión, depresiones, incapacidad para relacionarse, destructividad social, histeria…”
  El doctor Paul Bulber, de Oxford, en Mississippi, va más allá: “La teoría y la práctica de la terapia de los dados, tanto en los CEETA como fuera de ellos, es una de las mayores amenazas para nuestra civilización, mucho peor que el comunismo. Subvierten todo aquello que defiende la sociedad norteamericana y que defiende cualquier sociedad. Deberían erradicarlos de la faz de la tierra”.
  El juez Hobart Button, del tribunal del distrito de Santa Clara, fue posiblemente quien mejor resumió el sentir de mucha gente cuando dijo a los estudiantes Richards y O’Reilly: “Las ilusiones que hacen que la gente tire su vida por la borda son atroces. La atracción por las drogas y por los CEETA es como la atracción que sienten los lemmings por el mar”. O las ratas por las cloacas.
  Time, dentro de los límites necesarios que impone la ficción, estaba totalmente en lo cierto.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2003, en traducción de Manuel Manzano. ISBN: 84-233-3474-0.]

lunes, 6 de enero de 2020

Libro del desasosiego.- Fernando Pessoa (1888-1935)

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«Vivir es ser otro. Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se sintió: sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir, es recordar hoy lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida.
 Apagarlo todo en el cuadro de un día para otro, ser nuevo con cada nueva madrugada, en una revirginidad perpetua de la emoción: esto, y sólo esto, vale la pena ser o tener, para ser o tener lo que imperfectamente somos.
 Esta madrugada es la primera del mundo. Nunca este color rosa amarilleciendo para blanco caliente se ha posado así en la faz con que el caserío del oeste encara lleno de ojos vidriados el silencio que viene en la luz creciente. Nunca hubo esta hora, ni esta luz, ni este ser mío. Mañana, lo que sea será otra cosa, y lo que yo vea será visto por unos ojos recompuestos, llenos de una nueva visión.
 ¡Altos montes de la ciudad! Grandes arquitecturas que las cuestas escarpadas sostienen y engrandecen, resbalamientos de edificios diferentemente amontonados, que la luz teje de sombras y quemazones, sois hoy, sois yo, porque os veo sois lo que […] y os amo desde la amurada como un navío que pasa junto a otro navío y tiene añoranzas desconocidas en el paisaje.
[…]
277

 Los sentimientos que más duelen, las emociones que más afligen, son los que son absurdos -el ansia de cosas imposibles, precisamente porque son imposibles, la añoranza de lo que jamás ha existido, el deseo de lo que podría haber sido, la pena de no ser otro, la insatisfacción de la existencia del mundo. Todos estos medios tonos de la conciencia del alma crean en nosotros un paisaje dolorido, una eterna puesta de sol de lo que somos. El sentirnos es entonces un campo desierto al oscurecer, triste de juncos al pie de un río sin barcos, negreando claramente entre márgenes alejadas.
 No sé si estos sentimientos son una locura lenta del desconsuelo, si son reminiscencias de cualquier otro mundo en que hubiésemos estado -reminiscencias cruzadas y mezcladas, absurdas en la figura que vemos pero no en el origen si lo supiésemos. No sé si han existido otros seres que fuimos, cuya mayor plenitud sentimos hoy, en la sombra de ellos que somos, de una manera incompleta- perdida la solidez y figurándonosla nosotros mal en las dos únicas dimensiones de la sombra que vivimos.
 Sé que estos pensamientos de la emoción duelen con rabia en el alma. La imposibilidad de figurarnos una cosa a la que correspondan, la imposibilidad de encontrar algo que sustituya a aquella a la que se abrazan en una visión -todo esto pesa como una condena pronunciada no se sabe dónde, o por quién, o por qué.
 Pero lo que queda de sentir todo esto es con seguridad un disgusto de la vida y de todos sus gestos, un cansancio anticipado de los deseos y de todas sus maneras, un disgusto anónimo de todos los sentimientos. En estas horas de angustia sutil se nos vuelve imposible, hasta en sueños, ser amante, ser héroe, ser feliz. Todo esto está vacío, hasta de la idea de que existe. Todo esto está dicho en otro lenguaje, para nosotros incomprensible, meros sonidos de sílabas sin forma en el entendimiento. La vida está hueca, el alma está hueca, el mundo está hueco. Todos los dioses mueren de una muerte mayor que la muerte. Todo está más vacío que el vacío. Es todo un caos de cosas ningunas.
 Si pienso esto y miro, para ver si la realidad me mata de sed, veo casas inexpresivas, caras inexpresivas, gestos inexpresivos. Piedras, cuerpos, ideas -todo está muerto. Todos los movimientos son paradas, la misma parada todos ellos. Nada me dice nada. Nada me es conocido, no porque lo extrañe sino porque no sé lo que es. Se ha perdido el mundo. Y en el fondo de mi alma -como única realidad de este momento- hay una congoja intensa e invisible, una tristeza como el ruido de quien llora en un cuarto oscuro.
[…]
316

 El lema que hoy más requiero para definición de mi espíritu es el de creador de indiferencias. Más que otra, querría que mi actuación por la vida fuese la de educar a los demás para que sientan cada vez más para sí mismos, y cada vez menos según la ley /dinámica/ de la colectividad.
 Educar en esa antisepsia espiritual, gracias a la cual no puede haber contagio de vulgaridad, me parece el más constelado destino del pedagogo /íntimo/ que yo querría ser. Que cuantos me leyesen aprendiesen -poco a poco sin embargo, como requiere el asunto- a no experimentar sensación alguna ante las miradas ajenas y las opiniones de los demás y ese destino enguirnaldaría de sobra el estancamiento escolástico de mi vida.
 La imposibilidad de hacer ha sido siempre en mí una enfermedad de etiología metafísica. Hacer un gesto ha sido siempre, para mi sentimiento de las cosas, una perturbación, un desdoblamiento, en el universo exterior; moverme me ha dado siempre la impresión de que no dejaría intactas las estrellas ni los cielos sin cambio. Por eso, la importancia metafísica del más pequeño gesto adquirió pronto un relieve atónito dentro de mí. He adquirido ante el hacer un escrúpulo de honestidad trascendental que me inhibe, desde que lo he fijado en mi conciencia, de tener relaciones muy acentuadas con el mundo palpable.
[…]
318

 De mi abstención de colaborar en la existencia del mundo exterior resulta, entre otras cosas, un fenómeno psíquico curioso.
 Al abstenerme interiormente de la acción desinteresándome de las cosas, consigo ver al mundo exterior, cuando reparo en él, con una objetividad perfecta. Como nada interesa o conduce a tener razón para alterarlo, no lo altero.
 Y así consigo (…)»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1986, en traducción de Ángel Crespo. ISBN: 84-322-2097-3.]

jueves, 31 de octubre de 2019

Las primeras palabras de la creación.- Alejandro Gándara (1957)

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La materia en fuga

«Si se necesita alguna prueba de que en el principio Dios no creó separación alguna con la pareja cielos-tierra, basta con leer el versículo 2 y su imposible distinción en partes. Todo está dado de golpe a la percepción del lector, que apenas puede percibir con los sentidos. Todo lo que se dice está como engullido dentro de lo demás en una especie de juego cóncavo-convexo y soplado, como en el paso del sílice al vidrio, por el rúah Elohim, el viento de Dios.
 Hobbes, que dedicó buena parte de su vida a hablar de la representación-aparición de los mundos que llegan desde los sentidos, sentenció en su Leviatán que este "pasaje está por encima de nuestro entendimiento". San Agustín y la patrística trataron de ver a su través una creación total previa, una especie de sustancia original que después dio lugar a las partes y a la fisonomía del mundo conocido. La lucha del confeso de Hipona por dar sentido al magma es exhaustiva, encomiable y agotadora. Filón, aun confesando que las ideas comprendidas en la creación del cosmos "trascienden nuestra capacidad de hablar y escuchar, siendo demasiado grandes para adecuarse a la lengua o al oído de cualquier mortal", no duda en afirmar que Dios "formó primero las esencias aire y tierra y las formas esenciales". Así, por ejemplo, la oscuridad no sería más que la esencia-aire abandonada a sí misma y a sus abismos. Los gnósticos vieron aquí, y por aquí, un mundo de origen sin relación con éste que habitamos, mundo de la negación y de lo indecible que actuaba como escondite del mismo Dios y como imagen de su inaccesibilidad. La gnosis especulativa apuró el trago hasta señalar a un Dios malo que recorría todo el Antiguo Testamento, mientras la revelación y la redención mostraban al Dios bueno. Estos gnósticos, indudablemente, no trataban con la revelación del rel
ato, sólo con revelaciones salvíficas. El Génesis apócrifo de los Jubileos eliminó de un plumazo todo abismo anterior a la creación de los días y obtuvo su Dios de la gran semana. A los redactores les sobraba la confusión y sus excesos.
 La tradición judía ha negado la posibilidad de saber algo de Dios por el camino de este caos del versículo 2, toda vez que la Torá y el relato mismo forman parte del mundo de la dualidad por oposición al de la unidad divina: el libro del Génesis es fundamentalmente el libro del Hombre, como han recalcado entre otros Eisenberg y Abecassis. Pero coincide con la cristiana en la sustitución teológica del caos por la nada, es decir, en convertir este pasaje en una nada significativa y en una nada material (o sea, en negar un algo). Los cabalistas han "transmitido finalmente la nada al interior de Dios mismo, a su abismo", según señala Scholem que, al mismo tiempo, define esta sustitución del caos por la nada como un "malentendido productivo". En tierra de nada absoluta, teológicamente hablando, puede crecer de todo. Por contra, un campo embrollado del que no se sabe si es monte o llanura, vega o desierto, no es terreno para grandes siembras. Von Road concluye que "el concepto de un caos creado es contradictorio en sí mismo" e insiste en la creación ex nihilo, un tipo de creación que nos alejaría de los tipos de creador combatiente y engendrador al estilo mesopotámico. Más aún, el versículo 2 es una negación absoluta, ya que su propósito es "mostrar la creación a partir de la negación de ésta". Es decir, estaríamos ante la nada porque estamos ante la negación.
 Nos encontramos sin duda frente a un párrafo clave no sólo del relato de la Creación, sino del todo el Génesis, cuya pregunta fundamental no puede ser otra que de qué estamos hablando. Preguntarse por los orígenes es preguntarse universalmente por todo: por los principios, por el creador, por el papel de las criaturas, por su relato. Es la pregunta: después de ella las otras preguntas son sombras. La gracia, la salvación y el pecado pueden tener un enorme y crucial interés, pero están sometidas, como tales cuestiones, a la forma en que se ha resuelto lo sustantivo. El origen lo es de todo, y la peripecia humana, por más que afecte trágicamente, pasa a depender del principio que se le ha dado. El versículo 2, leído en lo literal, nos habla de los contenidos de una creación anterior y también nos habla de un lugar habitado por el creador. Digamos que así lo escucharía un oído limpio, como le gustaba a Lucrecio: "Hubo un Dios que creó un mundo caótico, hecho de oscuridad, de aguas y de abismos, y ese Dios vivía en él como una especie de viento que iba en todas direcciones". Porque no hay duda de que ese Dios vivía ahí, dentro de su creación, puesto que la alentaba continuamente con una respiración incesante que se escucha encrespando la superficie de las aguas caóticas, con su rúah, el viento de Dios, el espíritu de Dios. ¿Es osado preguntarse qué hacía el personaje en tal ambiente y, de resultas, quién es el personaje que habita tan umbrías latitudes? Es una pregunta ingenua, y desde las alturas a que ha volado históricamente la interpretación del versículo, medio terrícola. Pero, aunque hocique el suelo como la más arrastrada de las cuestiones, no ha sido contestada. Las variantes interpretativas han dado bien en colocar el asunto por encima del entendimiento, bien en hacerlo coincidir con el neoplatonismo de las sustancias, vienen eliminarlo directamente, bien en inventarse la nada como principio teológico. Es decir, han dado en no contestar la pregunta por el sencillo método de no plantearla. La interpretación -sería mejor escribir a partir de ahora La Interpretación- ha tenido siempre tan altos intereses que el pueblo llano de la creación literaria de y de las palabras padece de tortícolis de tanto mirar hacia arriba.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1998. ISBN: 84-339-0562-7.]

lunes, 23 de abril de 2018

El espejo turbulento. Los enigmas del caos y el orden.- John Briggs (1945) y F. David Peat (1938)


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 Del caos al orden
 Prólogo. Tensión siempre renovada
 Matices: una sensibilidad extrema

«Una característica distintiva de las personas creativas es su extrema sensibilidad a ciertos matices del sentimiento, la percepción y el pensamiento. Un matiz es una sutileza de significado, un complejo de sentimiento o una delicadeza de percepción para la cual la mente no tiene palabras ni categorías mentales. En presencia de un matiz, el creador sufre lo que se podría llamar una aguda reacción no lineal. Henry James cuenta que la novela The Spoils of Poynton surgió en su mente cuando una mujer sentada junto a él en una cena deslizó un comentario acerca de una madre y un hijo que reñían por una finca. En ese momento James experimentó una vívida, aunque amorfa, captación de la historia que pronto se sentaría a escribir.  Su sensibilidad al peculiar matiz (el complejo de sentimientos y pensamientos inefables e inclasificables) que él veía en ese episodio había amplificado en sus pensamientos las palabras de la mujer. Todo creador es sensible a diversos tipos de matices. Los matices son como la riqueza de la zona límite del conjunto de Mandelbrot, la riqueza de las muchas escalas de un fractal. Para un creador, los matices evocan la "información faltante". El impresionista Claude Monet era increíblemente sensible a los matices relacionados con el movimiento de la luz solar. Virginia Woolf reaccionaba enérgicamente a todos los matices relacionados con movimientos ondulatorios. Este matiz la indujo a escribir algunas de sus más grandes novelas. Un matiz es, al principio, algo muy íntimo. Como su riqueza no se puede describir mediante las formas normales de pensamiento, ni está contenida en ellos, no es fácil compartirlo con otras personas. Para expresar su experiencia de un matiz, el individuo tiene que crear una forma que lo comunique.
 James llamaba "germen" a toda idea o imagen cargada de matices que incitara a un creador a realizar una forma nueva. ¿Reaccionan también los científicos ante los matices germinales?
 El historiador de las ciencias Gerald Holton, de Harvard, argumenta que los científicos creativos son agudamente sensibles a los matices relacionados con ciertos temas que perciben en la naturaleza. Estos temas están hondamente arraigados en la historia personal del científico y a veces se relacionan con un matiz que el científico percibió en la infancia. Holton relaciona el descubrimiento de la relatividad con el rico matiz que Einstein percibía en el tema del "continuo". Einstein recordaba que a los cinco años su padre le mostró una brújula. El misterioso poder del continuo electromagnético donde flotaba la aguja de la brújula lo cautivó. "Aunque yo era muy pequeño, el recuerdo de este episodio jamás me abandonó", declaró más tarde Einstein. Holton cree que la aguja del continuo magnético estaba relacionada en la mente del joven Einstein con sus tempranas inquietudes religiosas y su percepción de una fuerza invisible que unificaba el universo. Más tarde, el tema del continuo de la naturaleza parece haber sido un germen cargado de matices que indujo a Einstein a emprender diversos proyectos científicos, entre ellos la teoría de la relatividad y la búsqueda de un continuo universal que él llamaba el "campo unificado".
 Desde luego, el mundo está lleno de matices potenciales, saturado de sutilezas de significado, sentimiento y percepción, experiencias para las cuales nuestros idiomas y nuestras lógicas no tienen categorías. Los matices existen en los espacios fractales que hay entre nuestras categorías de pensamiento. Según la teoría de Paul La Violette y William Gray, los matices circulan todo el tiempo desde los centros emocionales y perceptivos de nuestro cerebro para ser rápidamente simplificados por nuestra corteza, que los transforma en pensamientos categóricos u "organizativamente cerrados". Todo lo que consideramos conocimiento del mundo es organizativamente cerrado. Pero nuestras dudas, incertidumbres e interrogantes están llenos de matices. Al experimentar el matiz entramos en la zona limítrofe entre el orden y el caos, y en el matiz radica nuestra captación de la totalidad e indivisibilidad de la experiencia.
 Una escultora describía así su experiencia infantil de los matices: "Un charquito que relucía con aceite derramado y reflejaba un retazo del cielo del Medio Oeste de pronto se expandía, por una infinita fracción de segundo, para abarcar mi universo entero".
 Aunque la mayoría pasamos por alto tales percepciones, e incluso las reprimimos porque amenazan nuestra manera habitual de pensar, los creadores se concentran en ellas y las amplifican. Los creadores cultivan la habilidad para vivir en lo que Keats llamaba "dudas e incertidumbres" creadas por un matiz el tiempo suficiente para permitir el florecimiento de algo nuevo.
 Cuando un germen que contiene matices cae en un suelo mental fecundo, el resultado en la mente del creador es un desequilibrado flujo de interrogantes, incertidumbres y sensación de totalidad que permite que el material sobre el cual se trabaja -trátese de datos científicos, un paisaje y un lienzo, o los personajes de una novela- amplifique las sutilezas, se bifurque buscando nuevos planos de referencia y forme bucles de retroalimentación entre diferentes planos, en un proceso donde una forma se autoorganiza para encarnar el matiz.
 Nuestros patrones de pensamiento habituales se organizan alrededor de ciclos límites. Cuando se le pide que configure formas a partir de una masa compleja de material o que resuelva un problema, la mente suele reaccionar formulando una estructura reduccionista u organizativamente cerrada en vez de permitir -como haría un creador- que el material evolucione por sí mismo a partir de las dimensiones fractales del matiz.»
 
[El extracto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1994, en traducción de Carlos Gardini. ISBN: 84-345-8920-6.]
 

viernes, 9 de marzo de 2018

Juego de azar.- Slawomir Mrozek (1930-2013)


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El misántropo

«El compartimento estaba vacío. Me senté junto a la ventana y abrí un libro.
 Se oyó el estrépito de la puerta corredera. Entró un tipo con una maleta voluminosa. Volví a la lectura, pues no tenía ganas de trabar conversación con nadie. La pérdida de la intimidad ya representaba suficiente contrariedad.
 -Usted ocupa mi asiento.
 -¿Su asiento?
 -Compruébelo, por favor.
 Había olvidado en qué bolsillo había metido mi billete; por fin di con él.
 -Le corresponde el asiento número treinta y cuatro y éste es el asiento número treinta y nueve.
 Me senté enfrente. No quería dejar la ventana, porque tenía ganas de mirar el paisaje.
 -Su equipaje.
 -¿Qué equipaje?
 Señaló el portaequipajes.
 -Ah, se refiere a mi gabardina...
 -Según el reglamento, es el equipaje, ya que se encuentra en el lugar destinado al equipaje.
 Retiré la gabardina del portaequipajes. Con gran esfuerzo colocó allí su maleta aleccionándome al mismo tiempo sobre el hecho de que aquella parte del portaequipajes correspondía únicamente al pasajero autorizado a ocupar el asiento número treinta y nueve. El tren arrancó algo bruscamente. Me puse a mirar el paisaje.
 -Usted ha ocupado el asiento número treinta y ocho.
 Me di la vuelta; efectivamente, en el respaldo había una plaquita esmaltada con dicho número.
 -El asiento número treinta y cuatro está allí...
 Indicó el rincón junto a la puerta.
 -¿No es lo mismo? El compartimento está casi vacío.
 -Es una cuestión de principios.
 Podía escoger: o bien entrar en abierto conflicto con aquel maníaco, o bien sucumbir. En ambos casos, le daría satisfacción, aunque en cada caso sería una satisfacción de índole distinta. De modo que decidí abandonar el compartimento.
 Me levanté y por poco pierdo el equilibrio; el tren al acelerar tiró del vagón. La maleta situada encima de su cabeza se desplazó hacia el borde del portaequipajes. Entendí que debía esperar más acelerones.
 Sin decir palabra me cambié al asiento número treinta y cuatro, menos cómodo para mirar el paisaje, pero que en cambio ofrecía una mejor visión -en diagonal- de la maleta situada encima de la cabeza de mi compañero de viaje.
 El tren frenó y la maleta retrocedió hacia el fondo del portaequipajes. Empecé a dudar de si mis cálculos habían sido correctos ya que también había que tener en cuenta las frenadas. ¿No sería mejor abandonar el compartimento?
 -Sí, señor. Siempre hay que respetar los reglamentos -me aleccionó con aire triunfal.
 Eso fue determinante: decidí resistir. Al fin y al cabo, el tren aún no había alcanzado su velocidad máxima y podía tener esperanzas.
 Entorné los ojos. Aparte de la lectura y de la contemplación del paisaje, el tercer placer del viaje es el de dormitar. Pero yo no dormitaba, sino que de esta manera, por debajo de los párpados entornados, podía observar el portaequipajes sin llamar su atención, lo cual no era posible ni leyendo ni contemplando el paisaje.
 El cálculo resultó acertado. Poco a poco, pero sin parar, la maleta se iba desplazando hacia el borde del portaequipajes. Entre yo y su centro de gravedad se creó un vínculo de intensa comprensión. Se estaba acercando el momento.
 Y sin embargo, decidí darle una oportunidad. No por motivos humanitarios, ni aún menos por amor al prójimo. Sólo por curiosidad.
 -Parece que es usted partidario de los reglamentos. ¿Se puede saber por qué?
 Se animó; evidentemente, era su tema preferido.
 -Mire usted, los reglamentos son necesarios para que haya orden. Sin reglamentos no hay más que desorden.
 -Entonces le propongo una cosa: intercambiemos nuestros billetes. Y yo ocupo su asiento y usted el mío. No infringiremos el reglamento, puesto que los billetes no están emitidos a nuestro nombre, sino al portador. ¿Qué le parece?
 Durante un rato se quedó mudo de sorpresa.
 -Pero, ¿y a santo de qué?
 -Porque a mí me gusta estar junto a la ventana. ¿Y a usted?
 Esperé la respuesta. Si lo admitía estaba a salvo.
 -¡Pero el número treinta y nueve es mío!
 -Comprendo, sería una manipulación. Por su naturaleza, los reglamentos deben ser absolutamente rigurosos, pero esto no quiere decir que podamos manipularlos. ¿No es así?
 -Sí, por supuesto...
 -Es decir, que usted identifica los reglamentos con el destino.
 -¿Con qué?
 -Con el destino, con la providencia. Los reglamentos eliminan la arbitrariedad, es decir el azar, es decir el caos, por lo que son una manifestación del destino, la voz de la providencia.
 -Lo dice de un modo extraño.
 -Digo lo mismo que usted, sólo que utilizo palabras distintas. Usted dice: orden, yo digo: destino; usted dice: desorden, yo digo: caos; pero en el fondo es lo mismo. Así que los reglamentos encierran en sí algo divino. Ahora entiendo por qué son para usted tan sagrados.
 -Mire usted, los reglamentos son reglamentos y punto.
 -Perfecto -dije, y entorné los ojos en señal de que ya no había de qué hablar. Y de hecho así era.
 Cuando la maleta cayó, aquel tipo se precipitó al suelo alcanzado en la sien por su canto metálico. Pensé que se había desmayado y juro que no era lo que yo quería, sobre todo porque ahora no sabía qué hacer. ¿Cómo se reanima a un desvanecido? En fin, que era un fastidio... Al mirar perplejo a mi alrededor, vi el freno de seguridad provisto de la placa reglamentaria: "Accionar en caso de peligro." Existía el peligro de que si alguien no le prestaba los primeros auxilios, su estado se agravara. Lo accioné.
 El resultado fue que el tren tuvo un retraso de dos horas, lo cual provocó un caos en los horarios de toda la región. Sin embargo, esta transgresión del orden no sirvió de nada porque resultó que el tipo había muerto en el acto. Pero como yo había actuado siempre de acuerdo con el reglamento, no tenía nada que reprocharme.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de la editorial El Acantilado, en traducción de Bozena Zaboklicka y Francesc Miratvilles. ISBN: 84-95359-33-2.]