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domingo, 4 de octubre de 2026

El crótalon.- Cristóbal de Villalón (h. 1510 - h. 1562)

 

Argumento del duodécimo canto del gallo

 «Micilo: Yo te ruego, mi Gallo, que hoy, con íntimo afeto, te esfuerces a me complacer; porque me tienes suspenso de lo que has de hablar. Que aún, si te place, dejaré el oficio por mostrarte la atención que te tengo, pues con los ojos ternía los sentidos y entendimiento todo en ti. Specie me parecía ser de infidelidad si un hombre tan bajo y tan suez como yo no creyese a un hombre celestial y divino como tú.
 Gallo: No quiero, Micilo, que dejes de trabajar; no demos ocasión a morir de hambre, pues todo se puede hacer. Principalmente cuando de ti tengo entendido que cuelgas con tu orejas de mi lengua, como hicieron los franceses de la lengua de Hércules Ogomio, admirable orador. Agora, pues, óyeme y sabrás que, como yo considerase en el mundo, con gran cuidado, todas las cosas que hay entre los mortales, y hallase ser todas dignas de risa, bajas y perecederas: las riquezas, los imperios, los oficios de república y mandos, menospreciando todo esto, con gran deseo me esforcé a emplear mi entendimiento y afición en aquellas cosas que de su cogeta son buenas a la verdad. Y ansí cobdicié pasar destas cosas tenebrosas y oscuras y volar hasta la naturaleza y Criador de todas. Y a este deseo me movió y encendió más la consideración deste que los filósofos llaman mundo. Porque nunca pude en esta vida hallar de qué manera fuese hecho, ni quién le hizo, dónde tuvo principio y fin. Después desto, cuando en particular descendía a le contemplar, mucho más me causaba admiración y dubda. Cuando vía las estrellas ser arrojadas con gran furia por el cielo, ir huyendo, también deseaba saber qué cosa fuese él y, sobre todo, deseaba conocer los accidentes de la Luna; porque me parecían cosas increíbles y maravillosas, y pensaba que algún secreto que no se podía declarar causaba en ella tanta mudanza de especies, formas y figuras. Aquella braveza con que el rayo sale con aquel resplandor, tronido espantoso y rompimiento de nube; y el agua, la nieve, el granizo enviado de lo alto. Parecíanme ser todas estas cosas difíciles al entendimiento, en tanta manera que, por ninguna fuerza de nuestra naturaleza, se podían por algún hombre comprender acá. Pero con todo esto, quise saber qué era lo que destas cosas los nuestros filósofos sentían, porque oía decir a todos que ellos enseñaban toda verdad. También recebía gran confusión considerando aquella sublimidad y alteza de los cielos, principalmente del empíreo y de su perpetuidad. El trono de Dios, el asiento de los santos y la manera de su premiar y beatificación, el orden que hay en la muchedumbre de todos los coros angelicales. Pues primero quise subjetarme a la disciplina destos nuestros maestros, los cuales un poco están hinchados y presumptuosos con estos títulos. Diciendo que, enhastiados de las cosas de la Tierra, volan a alcanzar la alteza de las cosas celestiales, lo cual no sería en ellos poco de estimar si ello fuese ansí. Pero cuando en aquellas comunes academias entré, y miré todos los que en la manera de disputa y lición mostraban enseñar, entre todos vi el hábito y rostro muy particular en algunos que, sin preguntar, lo conocieras haberse levantado con el título de celestiales. Porque todos los otros, aunque platicaban profesión de saber, debajo de un universal bautismo y fe, traían  un vestido no diferente del común. Pero estos otros mostraban ser de una particular religión, por estar vestidos de un hábito y traje particular. Y aun entre ellos diferían en el color; y aunque en su presunción, arrogancia, obstentación, desdén y sobrecejo mostrasen ser los que yo buscaba, quise preguntar por me satisfacer. Y ansí me llegué a uno de aquellos que a aprender concurrían allí; y, a lo que le pregunté, me respondió señalándomelos con el dedo: "Estos son maestros de la filosofía y teología natural y celestial". Y ansí, con el deseo que llevaba de saber, con gran obediencia me deposité a su disciplina, proponiendo de no salir de su escuela hasta que hubiese satisfecho a mi dubda y confusión. ¡Oh, Dios inmortal, qué martirio pasé allí! Que comenzando por uno de aquellos maestros, según el orden que ellos tenían entre sí, a cabo de un año que me tenía quebrada la cabeza con sólo definir términos categoremáticos y sincategoremáticos, análogos, absolutos y conotativos, sólo me hallé en un laberinto de confusión. Quise adelante ver si en el otro habría algo más que gustar y, en todo un año, nunca se acabó de enseñar una demostración, ni nunca colegí cosa que pudiese entender. Consolábame pensando que el tiempo, aunque no el arte, me traería a estado y preceptor que, sin pérdida de más edad, me llegaría a mi fin. Y ansí entré ya a oír los principios de la filosofía natural. Y esto sólo te quiero hacer saber: que, a cabo de muchos días, sólo me faltaba ser libre de aquella necedad y ignorancia con que vine allí. Porque fueron tantas las opiniones y diversidad de no sé qué principios de naturaleza: insecables átomos, innumerables formas, diversidad de materias, ideas, primeras y segundas intinciones, tantas cuestiones de vacuo y infinitos, que cuanto más allí estaba, más me emboscaba en el laberinto de confusión. Y esto sólo entre todas las otras cosas no podía sufrir; que, como en ninguna cosa entre sí ellos conveniesen, mas antes en todo se contradecían, y contra todo cuanto afirmaban argüían; pero con todo esto me mandaban que los creyese decir la verdad, y cada uno dellos me forzaba persuadir y atraer con su razón.
 Micilo: Cosa maravillosa me cuentas, que siendo esos hombres tan santos y religiosos y de conciencia, no sacasen en breve la suma de sus ciencias, y sólo aquello enseñasen que no se pudiese contradecir. O, a lo menos, que se enseñase lo que en suma tuviese más verdad, dejados aparte tantos argumentos y cuestiones tan impertinentes al propósito de lo que se pretende saber.
 Gallo: Pues en verdad mucho más te reirías, Micilo, si los vieses con la arrogancia y confianza que hablan, no tratando cosa de verdad, ni que tenga en sí sustancia ni ser. Porque como quiera que ellos huellan esta tierra que nosotros hollamos -que en esto ninguna ventaja nos llevan, ni en el sentido del viso son más perspicaces que nosotros, mas antes hay muchos dellos que casi están ciegos y torpes por la vejez- y, con todo esto, afirman ver y conocer los términos del cielo, y se atreven a medir el Sol y determinar la naturaleza de la Luna y todo lo que sobre ella está. Y, como si hubieran descendido de las mesmas estrellas, señalan su figura y grandeza de cada cual. Y ellos, que puede ser que no sepan cuántas leguas hay de Valladolid a Cabezón, determinan la distancia que hay de cielo a cielo, y cuántos cobdos hay del cielo de la Luna al del Sol. Y ansí definen la altura del aire, y la redondez de la Tierra, y la profundidad del mar. Y, para éstas sus vanidades, pintan no sé qué círculos, triángulos y cuadrángulos; y hacen unas figuras de sferas con las cuales sueñan medir el ámbitu y magnitud del cielo. Y, lo que es peor y mayor señal de presunción y arrogancia, que hablando de cosas tan inciertas como éstas, y que tan lejos están de la averiguación, no hablan palabra ni la proponen debajo de conjeturas, ni de maneras de decir que muestren dubdar. Pero con tanta certidumbre lo afirman y vocean, que no dan lugar a que otro alguno lo pueda disputar ni contradecir. Pues si tratamos de lo alto del cielo, tanto se atreven  los teólogos desde tiempo a difinir las cosas reservadas al pecho de Dios, como si cada día sobre el gobierno del mundo universal comunicasen con Él.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Espasa-Calpe, 1973, en edición de Augusto Cortina, pp. 166-169. ISBN: 84-239-0264-1.]

domingo, 26 de julio de 2026

Tractatus Logico-Philosophicus.- Ludwig Wittgenstein (1889-1951)

«1.- El mundo es todo lo que es el caso.
1.1.-El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.
1.11.-El mundo viene determinado por los hechos y por ser éstos todos los hechos.
1.12.-Porque la totalidad de los hechos determina lo que es el caso y también todo cuanto no es el caso.
1.13.-Los hechos en el espacio lógico son el mundo.
1.2.-El mundo se descompone en hechos.
1.21.-Algo puede ser el caso o no ser el caso, y todo lo demás permanecer igual.
2.-Lo que es el caso, el hecho, es el darse efectivo de estados de cosas.
2.01.-El estado de cosas es una conexión de objetos (cosas).
2.011.-Poder ser parte integrante de un estado de cosas es esencial a la cosa.
2.012.-En la lógica nada es casual: si la cosa puede ocurrir en el estado de cosas, la posibilidad del estado de cosas tiene que venir ya prejuzgada en la cosa.
2.0121.-Parecería algo así como un azar que a la cosa capaz de darse de modo efectivo por sí misma le correspondiera posteriormente un estado de cosas.
Que las cosas puedan ocurrir en estados de cosas, es algo que debe radicar ya en ellas.
(Algo lógico no puede ser meramente posible. La lógica trata de cualquier posibilidad y todas las posibilidades son sus hechos).
Al igual que no podemos en absoluto representarnos objetos espaciales fuera del espacio, ni temporales fuera del tiempo, tampoco podemos representarnos objeto alguno fuera de la posibilidad de su conexión con otros.
Si puedo representarme el objeto en la trama del estado de cosas, no puedo representármelo fuera de la posibilidad de esa trama. 
2.0122.-La cosa es independiente en la medida en que puede ocurrir en todos los posibles estados de cosas, pero esta forma de independencia es una forma de interrelación con el estado de cosas, una forma de dependencia. (Es imposible que las palabras aparezcan de dos modos diferentes, solas y en la proposición).
2.0123.-Si conozco el objeto, conozco también todas las posibilidades de su ocurrencia en estados de cosas.
(Cualquier posibilidad de este tipo debe radicar en la naturaleza del objeto).
No cabe encontrar posteriormente una nueva posibilidad.
2.01231.-Para conocer un objeto, no tengo ciertamente que conocer sus propiedades externas, pero sí debo conocer todas sus propiedades internas.
2.0124.-Dados todos los objetos, vienen dados también con ellos todos los posibles estados de cosas.
2.013.- Cualquier cosa está, por así decirlo, en un espacio de posibles estados de cosas. Puedo representarme vacío ese espacio, pero no la cosa sin el espacio.
2.0131.-El objeto espacial debe encontrarse en el espacio infinito. (El punto espacial es un lugar argumental).
La mancha en el campo visual no tiene, ciertamente, por qué ser roja, pero ha de tener un color: tiene, por así decirlo, el espacio cromático en torno suyo. El tono ha de tener una altura, el objeto del sentido del tacto una dureza, etc.
2.014.-Los objetos contienen la posibilidad de todos los estados de cosas.
2.0141.-La forma del objeto es la posibilidad de su ocurrencia en estados de cosas.
2.02.-El objeto es simple.
2.0201.-Cualquier enunciado sobre complejos puede descomponerse en un enunciado sobre sus partes integrantes y en aquellas proposiciones que describen completamente los complejos.
2.021.-Los objetos forman la sustancia del mundo. Por eso no pueden ser compuestos.
2.0211.-Si el mundo no tuviera sustancia alguna, el que una proposición tuviera sentido dependería de que otra proposición fuera verdadera.
2.0212.-Sería entonces imposible pergeñar una figura del mundo (verdadera o falsa).
2.022.- Es manifiesto que por muy diferente del real que se piense un mundo ha de tener algo en común con él -una forma-.
2.023.- Lo que constituye esta forma fija son precisamente los objetos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1997, en traducción de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera, pp. 15-21. ISBN: 84-487-0119-4.]

domingo, 26 de abril de 2026

Hojas de hierba.- Walt Whitman (1819-1892)

Dedicatorias
Canto el yo

 «Canto el yo, persona simple, separada;
No obstante, pronuncio la palabra democrática, la palabra En Masa.

La fisiología de la cabeza a los pies, yo canto,
Ni la fisonomía sola, ni el cerebro solo, son dignos de la Musa; digo que el Cuerpo completo es más digno,
A la Mujer igual que al Hombre, yo canto.

De la Vida inmensa en la pasión, en la elasticidad, en la fuerza,
Alegre, para la más libre acción formado según las leyes divinas,
Canto al Hombre Moderno.
[...]

Al comenzar mis estudios

 Al comenzar mis estudios, los primeros pasos me agradaron tanto,
El simple hecho de la conciencia, estas formas, la facultad del movimiento,
El más insignificante insecto o animal, los sentidos, la vista, el amor,
Digo que el primer paso me sobrecogió y me agradó tanto,
Que apenas sí he avanzado o sí he deseado avanzar,
Sino pararme y vagar, y emplear el tiempo en celebrarlo en poemas extáticos.
[...]

Yo, imperturbable

 Yo, imperturbable, descansando en medio de la Naturaleza,
Señor de todo o señora de todo, vertical en medio de las cosas inanimadas,
Imbuido como ellas, pasivo, receptivo, silencioso como ellas,
Encontrando que mi trabajo, pobreza, notoriedad, flaqueza, crímenes son menos importantes de lo que yo creía.
En el mar mexicano, o en Mannahatta o en el Tennessee, o lejos, en el norte o tierra dentro,
Ribereño u hombre de los bosques, o de cualquiera forma de vida campesina en estos Estados, o en la  costa, o en los lagos, o en el Canadá,
Yo, dondequiera que viva mi vida, quiero ser firme ante las contingencias,
Quiero arrostrar la noche, las tempestades, el hambre, lo ridículo, los accidentes, las humillaciones, como los árboles, como los animales.

Sabiduría

 
Cuando miro hacia allá, veo que los resultados y las glorias retroceden y se apiñan, siempre constreñidos,
Allá las horas, meses, años - allá los oficios, pactos, establecimientos, aun los más pequeños,
Allá la vida cotidiana, el lenguaje, utensilios, política, personas, propiedades,
Allá también nosotros, yo con mis hojas y mis cantos, confiado, maravillado.
Como un padre que va a ver a su padre, llevo conmigo a mis hijos.
[...]

No me cerréis vuestras puertas

 No me cerréis vuestras puertas, altivas bibliotecas,
Pues os traigo lo que faltaba en vuestros repletos estantes, siéndoos tan necesario;
He salido de la guerra y he compuesto un libro,
Las palabras de mi libro no son nada, su intención lo es todo,
Un libro aislado, separado de los demás, sin relación con el intelecto,
Pero cuyas páginas os conmoverán con los significados que hay en ellas latentes.

Poetas futuros

 ¡Poetas futuros, oradores, cantores, músicos futuros!
No me justificará este día ni responderá por mí,
Pero vosotros, de una generación nueva, pura, atlética, continental, más grande que todas las generaciones conocidas,
¡Despertad, pues tenéis que justificarme!

Yo no hago otra cosa que escribir dos o tres palabras indicativas para el porvenir;
No hago otra cosa que avanzar un instante, y luego me vuelvo apresuradamente a las tinieblas.
 
Soy un hombre que, vagando a la ventura y sin detenerse, os dirige una mirada casual y vuelve el rostro,
Dejando que vosotros lo analicéis y lo defináis,
Esperando de vosotros lo más importante.

A ti

 Desconocido, si al pasar junto a mí deseas hablarme, ¿por qué no has de hablarme?
¿Y por qué no he de hablarte?»


  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Mayol Pujol, 1981, en traducción de Francisco Alexander, pp. 83,91, 93-96. ISBN: 84-85836-00-6.]

domingo, 21 de diciembre de 2025

Los monederos falsos.- André Gide (1869-1951)

 

Segunda parte: Saas-Fée
IV.- Bernardo y Laura

  «-Quería preguntarle a usted, Laura -dijo Bernardo-, ¿cree que haya algo en la tierra que no pueda ser puesto en duda?... Hasta el extremo de que sospecho que podría tomarse la duda misma como punto de apoyo; porque, en fin, yo creo que al menos ella no nos faltará nunca. Puedo dudar de la realidad de todo, pero no de la realidad de mi duda. Quisiera... Perdóneme si me expreso de una manera pedante; no soy pedante por naturaleza pero acabo de dejar la filosofía y no puede usted figurarse el hábito que la disertación frecuente impone bien pronto al espíritu; me corregiré de esto, se lo juro.
 -¿Por qué este paréntesis? ¿Usted quisiera...?
 -Quisiera escribir la historia de alguien que escuchase primero a cada cual, que fuese consultando a cada uno, a la manera de Panurgo, antes de decidir cualquier cosa; y que después de haber comprobado que las posiciones de unos y de otros sobre cada punto se contradicen, tomase el partido de no escuchar ya a nadie más que a él, y que se volviese poderoso de golpe.
 -Es un proyecto de viejo -dijo Laura.
 -Soy más maduro de lo que usted cree. Desde hace unos días llevo un diario, como Eduardo; en la página de la derecha escribo una opinión, en cuanto puedo inscribir en la página de la izquierda, bien enfrente, la opinión contraria. Mire usted: la otra tarde, por ejemplo, Sophroniska nos contó que hacía que durmiesen Boris y Bronja con la ventana abierta de par en par. Todo lo que nos dijo en apoyo de ese sistema nos parecía, ¿verdad?, perfectamente razonable y probado. Mas he aquí que ayer, en el salón de fumar del hotel, oí a ese profesor alemán, que acaba de llegar, sostener una teoría opuesta, que me ha parecido, lo confieso, más razonable aún y mejor justificada. Lo importante, decía, es ahorrar, durante el sueño, lo más posible los gastos y ese comercio de cambio que es la vida; lo que él llamaba la carburación; sólo entonces llega a ser el sueño verdaderamente reparador. Citaba como ejemplo a las aves, que colocan su cabeza bajo el ala; a los animales, que se acurrucan para dormir, de manera de no respirar ya apenas; de igual modo, las razas más cercanas a la naturaleza, decía, los campesinos menos cultos se encierran en alcobas; los árabes, con el capuchón de sus albornoces sobre su cara. Pero, volviendo a Sophroniska y a los dos niños a quienes educa, he acabado por pensar que no está del todo equivocada, y que lo que es bueno para otros sería perjudicial para esos muchachos, porque, si he comprendido bien, tienen en ellos gérmenes de tuberculosis. En resumen, yo me digo..., pero la estoy aburriendo.
 -No se preocupe por eso. ¿Decía usted...?
 -Ya no sé.
 -¡Vaya! ¡Ahora se va a enfadar! No se avergüence de sus pensamientos.
 -Me decía que no hay nada bueno para todos, sino únicamente con respecto a algunos; que nada es cierto para todos, sino únicamente con respecto a quien lo cree así; que no hay método ni teoría que sea aplicable indistintamente a cada cual; que si, para obrar, no es necesario elegir, tenemos al menos libre elección; que si no tenemos libre elección, la cosa es más sencilla aún; pero que me parece cierto (no de un modo absoluto, sin duda, sino con respecto a mí) lo que me permite el mejor empleo de mis fuerzas, la puesta en acción de mis virtudes. Porque no puedo contener mi duda y tengo, al mismo tiempo, horror a la indecisión. La "blanda y dulce almohada" de Montaigne no está hecha para mi cabeza, porque no tengo sueño aún ni quiero descansar. Es largo el camino que lleva de lo que yo creía ser a lo que yo soy quizá. A veces tengo miedo de haberme levantado demasiado temprano.
 -¿Tiene miedo?
 -No, yo no tengo miedo de nada. Pero sepa usted que he cambiado ya mucho; o, al menos, mi paisaje interior no es ya en absoluto el mismo que el día en que hui de casa; después, la he encontrado a usted. Inmediatamente he dejado de buscar, por encima de todo, mi libertad. Quizá no ha comprendido usted bien que estoy a su servicio.
 -¿Qué debe entenderse con eso?
 -¡Oh! Ya lo sabe usted bien. ¿Por qué quiere hacérmelo decir? ¿Espera de mí una confesión? No, no, se lo ruego, no vele su sonrisa o sentiré frío.
 -Vamos, mi pequeño Bernardo, no pretenderá que empieza a amarme.
 -¡Oh! No empiezo -dijo Bernardo-. Es usted la que empieza a notarlo, quizá; pero no puede impedírmelo.
 -Me era tan grato no tener que desconfiar de usted. Si desde ahora no voy a poder acercarme a usted más que con preocupación, como a una materia inflamable... Pero piense en la mujer deforme e hinchada que voy a ser muy pronto. Mi solo aspecto sabrá curarlo.
 -Sí, si yo no amase de usted más que el aspecto. Lo primero, además, es que no estoy enfermo; o si es estar enfermo amarla, prefiero no curarme.
 Decía él todo esto gravemente, tristemente casi; la miraba con más ternura que la habían mirado nunca Eduardo o Douviers, pero tan respetuosamente que ella no podía enfadarse.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1987, en traducción de Julio Gómez de la Serna, pp. 201-203. ISBN: 84-85471-54-7.]

domingo, 10 de noviembre de 2024

Temor y temblor.- Sören Kierkegaard (1813-1855)

 

Proemio

 «Érase cierta vez un hombre (1) que en su infancia había oído contar la hermosa historia (2) de cómo Dios quiso probar a Abraham, y cómo éste soportó la prueba, conservó la fe y, contra toda esperanza, recuperó de nuevo a su hijo. Siendo ya un hombre maduro volvió a leer aquella historia y le admiró todavía más, porque la vida había separado lo que se había presentado unido a la piadosa ingenuidad del niño. Y sucedió que cuanto más viejo se iba haciendo, tanto más frecuentemente volvía su pensamiento a este relato: su entusiasmo crecía más y más, aunque, a decir verdad, cada vez lo entendía menos. Hasta que al fin, absorbido por él, acabó olvidando todo lo demás y su alma no alimentó más que un solo deseo: ver a Abraham; sólo tuvo un pesar: no haber podido ser testigo presencial de aquel acontecimiento. No es que anhelase contemplar las hermosas comarcas de oriente, ni las bellezas mundanas de la tierra prometida, ni a aquel matrimonio temeroso de Dios, cuya vejez bendijo el Señor, ni la venerable figura del patriarca, tan entrado ya en años, ni la florida juventud de ese Isaac donado por Dios; para él habría sido lo mismo si la historia hubiese acaecido en el más estéril de los eriales. Lo que de veras deseaba era haber podido participar en aquel viaje de tres días, cuando Abraham, caballero sobre su asno, llevaba su tristeza por delante y su hijo junto a él. Hubiera querido presenciar el instante en que Abraham, al levantar la mirada, vio, allá en el horizonte, el monte Moriah; y hubiera querido presenciar también el instante en que, después de apearse de los asnos, a solas ya con el hijo, inició la ascensión de la montaña: su pensamiento no estaba atento a artísticos bordados de la fantasía sino a los estremecimientos de la idea.
 Este hombre no era un pensador, no experimentaba deseo alguno de ir más allá de la fe y le parecía que lo más maravilloso que le podría suceder era ser recordado por las generaciones futuras como padre de esa fe: consideraba el hecho de poseerla como algo digno de envidia, aun en el caso de que los demás no llegasen a saberlo.
 Este hombre no era un docto exégeta. Tampoco conocía la lengua hebrea; de haberlo sabido es posible que le hubiese resultado fácil comprender la historia de Abraham.
[...]

 (1) Probablemente el padre de Kierkegaard.
 (2) Gén. cap. 22

Consideraciones preliminares

 Dice un antiguo proverbio, procedente del mundo externo y visible: "Quien no quiera trabajar, no coma" (1). Pero resulta tan evidente como curioso que dicho proverbio se adecúa muy poco al ambiente que lo inspiró: el mundo exterior está sujeto a la ley de la imperfección y por ello podemos ver una y otra vez darse la circunstancia de que también come quien no trabaja, recibiendo además el dormilón más abundante y sustanciosa comida que el trabajador. En este mundo de las apariencias visibles las cosas pertenecen a quienes las poseen, y están sometidas constantemente a la ley de la indiferencia; basta poseer el anillo para que el genio que en él mora obedezca a su propietario, tanto si es Nuredin como si es Aladino (2); quien posee las riquezas de este mundo es dueño de ellas, sin que importe la forma en que las consiguió. Pero en el mundo del espíritu no ocurren las cosas del mismo modo. Impera en él un orden eterno y divino; no llueve allí del mismo modo sobre justos e injustos (3), ni brilla allí el mismo sol sobre buenos y malos. En el mundo del espíritu es válido el proverbio de que sólo quien trabaja come; sólo quien conoció angustias reposa; sólo quien desciende a los infiernos salva a la persona amada y sólo quien empuña el cuchillo conserva a Isaac. A quien se niega a trabajar se le niega a su vez la comida, y se le engaña del mismo modo que los dioses engañaron a Orfeo con una silueta etérea en lugar de su amada (4); le engañaron porque era blando y nada valeroso, le engañaron porque era un tañedor de cítara, pero no un hombre. De nada sirve allí el tener a Abraham por padre (5) ni diecisiete cuarteles de nobleza; allí se le aplica a quien se niega a trabajar aquello que está escrito de las vírgenes de Israel (6): "Parirá viento, pero quien trabaja parirá a su propio padre".
  Existe una doctrina que temerariamente pretende introducir en el mundo del espíritu ese principio de indiferencia que aflige al mundo visible. Supone que basta con conocer lo que es grande y que no se requiere mayor esfuerzo. Pero al obrar así falta el alimento y llega la muerte por hambre mientras todo lo que está alrededor se transmuta en oro (7); ¿qué se puede llegar a conocer así?
 Sumaban unos cuantos miles los griegos contemporáneos de Milcíades que supieron de los triunfos de éste, e incontables han sido las personas de las generaciones posteriores que también los han conocido, pero sólo una persona entre tal muchedumbre perdía el sueño por su causa (8). Innumerables generaciones han sabido de memoria, palabra por palabra, la historia de Abraham, pero ¿cuántos perdieron el sueño por su causa?»

 (1) Cf. II Tes., 3-10.
 (2) En Aladino, de Oehlenschläger, el protagonista, símbolo de la luz, aparece en contraposición a Nuredin, que representa las tinieblas.
 (3) Mt., 5-45.
 (4) Se refiere a la interpretación humorística que da Platón del mito de Orfeo (Banquete, 179 D): los dioses le engañan porque en vez de tener el valor de morir antes para ir en busca de Eurídice, se las había ingeniado para entrar vivo en los infiernos.
 (5) Mt., 3-9.
 (6) Is., 26-18 
 (7) Alusión a la leyenda de Midas (Ovidio, Metamorfosis, XI, 85 y ss.)
 (8) Cf. Plutarco, Temístocles 3-3. 

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1981, en traducción de Vicente Simón Merchán, pp. 61-62 y 83-85. ISBN: 84-276-1257-7.] 

domingo, 13 de octubre de 2024

Cómo se hace una tesis.- Umberto Eco (1932-2016)

 

II.- La elección del tema
II.6.- ¿Tesis científica o tesis política?
II.6.1.- ¿Qué es la cientificidad?

 «Una investigación es científica cuando cumple los siguientes requisitos:
 1) La investigación versa sobre un objeto reconocible y definido de tal modo que también sea reconocible por los demás. El término objeto no tiene necesariamente un significado físico. También la raíz cuadrada es un objeto aunque nadie la haya visto nunca. La clase social es un objeto de investigación, aunque alguno pudiera objetar que sólo se conocen individuos o medias estadísticas y no clases en sentido estricto. [...] Definir el objeto significa entonces definir las condiciones bajo las cuales podemos hablar en base a unas reglas que nosotros mismos estableceremos o que otros han establecido antes que nosotros. [...] Naturalmente, surgen problemas si tenemos que hablar, por ejemplo, de un ser fabuloso cuya inexistencia reconoce la opinión común, como por ejemplo el centauro. Llegados a este punto tenemos tres alternativas. En primer lugar, podemos decidirnos a hablar de los centauros tal y como se presentan en la mitología clásica, y así nuestro objeto llega a ser públicamente reconocible y localizable, pues tenemos que vérnoslas con textos (verbales o visuales) en que se habla de centauros [...] En segundo lugar podemos intentar una indagación hipotética sobre las características que tendría que tener una criatura viviente en un mundo posible (que no es el real) para poder ser un centauro. En tal caso habríamos de definir las condiciones de subsistencia de este mundo posible advirtiendo que toda nuestra disertación se desenvuelve en el ámbito de la hipótesis. [...] En tercer lugar podemos decidir que tenemos pruebas suficientes para demostrar que los centauros existen de verdad. Y, en tal caso, para constituir un objeto susceptible de discurso tendremos que presentar pruebas (esqueletos, restos óseos, huellas sobre lava solidificada, fotografías hechas con rayos infrarrojos en los bosques de Grecia o todo lo que queramos) tales que los demás puedan admitir que, por correcta o errónea que sea nuestra tesis, se trata de algo sobre lo que se puede hablar.
 Naturalmente, este ejemplo es paradójico y no creo que nadie quiera hacer tesis sobre los centauros, [...]
 2) La investigación tiene que decir sobre este objeto cosas que todavía no han sido dichas o bien revisar con óptica diferente las cosas que ya han sido dichas. Un trabajo matemáticamente exacto que viniera a demostrar con los métodos tradicionales el teorema de Pitágoras no sería un trabajo científico, pues no añadiría nada a nuestro conocimiento. [...] Hay que tener presente una cosa: que una obra de compilación sólo tiene sentido si no existe todavía ninguna parecida en ese campo. [...]
 3) La investigación tiene que ser útil a los demás. Es útil un artículo que presente un nuevo descubrimiento sobre el comportamiento de las partículas elementales. Es útil un artículo que cuente cómo ha sido descubierta una carta inédita de Leopardi y la transcriba por entero. Un trabajo es científico (una vez observados los requisitos de los puntos 1 y 2) si añade algo a lo que la comunidad ya sabía y si ha de ser tenido en cuenta, al menos en teoría, por todos los trabajos futuros sobre el tema. Naturalmente, la importancia científica es proporcional al grado de indispensabilidad que presenta la contribución. [...] Ahora bien, podría ocurrírsele a alguien sacar a la luz uno de esos documentos que suelen atribuirse burlonamente a los filósofos alemanes, de los que suelen llamarse "notas de lavandería"; se trata de textos de valor ínfimo en los que el autor había anotado las compras que tenía que hacer ese día. A veces también son útiles datos de este género, pues a pesar de todo dan un toque de humanidad a un autor que todos suponían aislado del mundo, o revelan que en aquel período él vivía bastante pobremente. A veces, en cambio, no añaden absolutamente nada a lo que ya se sabe, son pequeñas curiosidades biográficas y no tienen ningún valor científico, aunque lo tengan para las personas que consiguen fama de investigadores incansables sacando a la luz semejantes inepcias. [...]  
 4) La investigación debe suministrar elementos para la verificación y la refutación de las hipótesis que presenta y, por tanto tiene que suministrar los elementos necesarios para su seguimiento público. Este requisito es fundamental. Puedo pretender demostrar que hay centauros en el Peloponeso, pero tengo que hacer cuatro cosas precisas: a) presentar pruebas (como se ha dicho, por lo menos un hueso caudal); b) decir cómo he procedido para hacer el hallazgo; c) decir cómo habría que proceder para hacer otros; d) decir aproximadamente qué tipo de hueso (u otro hallazgo) mandaría al cuerno mi hipótesis el día que fuera encontrado.
 De este modo no sólo he suministrado las pruebas de mi hipótesis, sino que lo he hecho de modo que también otros puedan seguir buscando para confirmarla o ponerla en tela de juicio.
 Lo mismo sucede con cualquier otro tema. [...] Con lo cual he presentado una hipótesis, pruebas y procedimientos de verificación y de refutación. [...]
 Lo bueno de un procedimiento científico es que nunca hace perder el tiempo a los demás: también trabajar siguiendo el surco de una hipótesis científica para descubrir después que hay que refutarla es hacer algo útil bajo el impulso de una propuesta precedente. [...]
 Por otra parte, puede decirse que todo trabajo científico, en tanto que contribuye al desarrollo de los conocimientos de los demás, tiene siempre un valor político positivo (tiene valor político negativo toda acción que tienda a bloquear el proceso de conocimiento); mas por otra parte cabe decir con seguridad que toda empresa política con posibilidades de éxito ha de tener una base de seriedad científica.
 Ya habéis visto cómo se puede hacer una tesis "científica" sin hacer uso de logaritmos ni probetas.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gedisa, 1985, en versión de Lucía Baranda y Alberto Clavería Ibáñez, pp. 48-53. ISBN: 84-7432-137-9.]

domingo, 7 de julio de 2024

Sobre la fotografía.- Susan Sontag (1933-2004)

Evangelios fotográficos

 «Como otras empresas en progresiva expansión, la fotografía ha inspirado a sus practicantes más destacados cierta necesidad de explicar una y otra vez qué están haciendo y por qué es valioso. La época en que se atacaba ampliamente a la fotografía (como parricida respecto de la pintura, predatoria respecto de la gente), fue corta. La pintura desde luego no expiró en 1839, como se apresuró a predecir un pintor francés; los exquisitos pronto dejaron de desdeñar las fotografías como copias serviles y en 1854 un gran pintor, Delacroix, declaró grácilmente cuánto lamentaba que un invento tan admirable hubiese llegado tan tarde. Hoy nada es más aceptable que el reciclaje fotográfico de la realidad, aceptable como actividad cotidiana y como rama del arte. Sin embargo hay algo en la fotografía que aún incita a los profesionales de primer orden a la defensa y la exhortación: virtualmente todos los fotógrafos importantes hasta el presente han escrito manifiestos y credos exponiendo la misión moral y estética de la fotografía. Y los fotógrafos hacen las declaraciones más contradictorias sobre la especie de conocimiento que poseen y la especie de arte que practican.
 La desconcertante facilidad con que pueden tomarse las fotografías, la inevitable aun cuando involuntaria autoridad de los productos de la cámara, sugiere una relación muy tenue con el conocimiento. Nadie discutiría que la fotografía dio un tremendo impulso a las pretensiones cognoscitivas de la vista, ya que -mediante el primer plano y las tomas distantes- ensanchó tanto el reino de lo visible. Pero respecto a cómo un modelo dentro del alcance de la visión normal se conoce mejor mediante una fotografía, o hasta qué punto la gente necesita saber algo acerca de lo que fotografía para obtener una buena imagen, no existe ningún acuerdo. Se ha interpretado la fotografía de dos maneras completamente diferentes: ya como un acto de conocimiento lúcido y preciso, de inteligencia consciente, o bien como una búsqueda preintelectual, intuitiva. Así Nadar, hablando de sus respetuosos y expresivos retratos de Baudelaire, Doré, Michelet, Hugo, Berlioz, Nerval, Gautier, Sand, Delacroix y otras amistades famosas dijo que "el retrato que hago mejor es el de la persona que conozco mejor", mientras que Avedon ha observado que la mayor parte de sus buenos retratos son de gente que conoció por primera vez al fotografiarlas.
 En este siglo, la generación más vieja de fotógrafos describió la fotografía como un esfuerzo heroico de atención, una disciplina ascética, una receptividad mística ante el mundo que requiere que el fotógrafo atraviese una nube de desconocimiento. De acuerdo con Minor White, "mientras está creando el fotógrafo tiene la mente en blanco [...] cuando busca imágenes [...] el fotógrafo se proyecta en todo cuanto ve, identificándose con todo para conocerlo y sentirlo mejor". Cartier-Bresson se ha comparado con un arquero zen, quien debe transformarse en el blanco para poder alcanzarlo; "hay que pensar antes y después", dice, "jamás mientras se toma la fotografía". Se habla del pensamiento como si enturbiara la transparencia de la conciencia del fotógrafo, y como si infringiera la autonomía de lo que se está fotografiando. Resueltos a demostrar que las fotografías pueden -y cuando son buenas, siempre lo hacen- trascender la literalidad, muchos fotógrafos serios han hecho de la fotografía una paradoja poética. La fotografía es presentada como una forma de conocimiento sin conocimiento: una manera de vencer al mundo con el ingenio, en vez de atacarlo frontalmente.
 Pero aun cuando los profesionales ambiciosos desdeñan el pensamiento -recelar del intelecto es una de las líneas recurrentes en los apólogos de la fotografía- generalmente se afanan en recalcar la necesidad de rigor de esta visualización permisiva. "Una fotografía no es un accidente, es un aconcepto", insiste Ansal Adams. "La fotografía estilo 'ametralladora' -o sea, la obtención de muchos negativos con la esperanza de que uno sea bueno- es fatal para los resultados serios". Para tomar una buena fotografía, es el argumento general, uno ya debe verla. Es decir, la imagen debe existir en la mente del fotógrafo durante o antes de la exposición del negativo. Casi todas las justificaciones de la fotografía se han negado a admitir que el método de fotografiar a discreción, especialmente tal como lo usa un experto, pueda arrojar resultados enteramente satisfactorios. Pese a estas reticencias, los fotógrafos han tenido una confianza casi supersticiosa en el accidente afortunado.
  Últimamente el secreto se está volviendo confesable. Con la entrada de la defensa de la fotografía en su fase actual, retrospectiva, hay una creciente reserva respecto del estado de alerta y conciencia que presume la buena fotografía. Las declaraciones anti-intelectuales de los fotógrafos, lugares comunes del pensamiento artístico moderno, han preparado el camino para la gradual inclinación de la fotografía seria a una investigación escéptica de sus propios poderes, un lugar común de la práctica artística moderna. La fotografía como conocimiento es reemplazada por la fotografía como fotografía. En una reacción violenta contra cualquier ideal de representación autoritaria, los fotógrafos norteamericanos jóvenes más influyentes niegan toda ambición de visualizar la imagen previamente y de concebir su trabajo como una mostración del aspecto diferente que tienen las cosas cuando se las fotografía.
 Cuando titubean las pretensiones del conocimiento, las pretensiones de la creatividad compensan la falta. Como para refutar que tantas imágenes soberbias sean obra de fotógrafos desprovistos de toda intención seria o interesada, uno de los argumentos principales de la defensa de la fotografía ha sido la insistencia en que la captación de imágenes procede principalmente de la focalización de un temperamento, y sólo secundariamente de una máquina. Es el argumento esgrimido con tanta elocuencia en el mejor ensayo que jamás se escribió en elogio de la fotografía, el capítulo sobre Stieglitz en Port of New York de Paul Rosenfeld.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Edhasa, 1981, en traducción de Carlos Gardini, pp. 125-128.  ISBN: 84-350-0313-3.]

domingo, 13 de noviembre de 2022

Las gafas de oro.- Giorgio Bassani (1916-2000)


Giorgio Bassani – Películas, biografías y listas en MUBI
7


  «Otro día estábamos todos hablando de deporte.
 Si en materia de cultura Nino Bottecchiari estaba considerado como nuestro número uno, en cuestiones de deporte, indiscutiblemente, la primacía la ostentaba Deliliers. Ferrarás sólo por parte de madre (el padre, natural de Imperia, creo, o de Ventimiglia, había muerto en 1918 en el Grappa a la cabeza de una compañía de legionarios), él, lo mismo que Vittorio Molon, había cursado en Ferrara sólo la escuela media superior, es decir, los cuatro años del bachillerato de ciencias. Esos cuatro años habían sido en cualquier caso más que suficientes para hacer de Eraldo Deliliers un auténtico reyezuelo local: en 1935 había vencido en el campeonato regional de boxeo, categoría alumnos, peso medio y, además, era un muchacho guapísimo, de un metro ochenta de alto y con un rostro y un cuerpo como de estatua griega. Aunque aún no había cumplido veinte años, ya se le atribuían tres o cuatro conquistas clamorosas. De una compañera de colegio que se había suicidado el mismo año que él conquistó el título de campeón emiliano, se decía que lo había hecho por amor a él. De un día para otro dejó incluso de mirarla. Entonces ella, pobrecita, había corrido directa a tirarse al Po. Lo cierto es que incluso en el ambiente estudiantil Eraldo Deliliers, más que amado, era idolatrado. Nos vestíamos guiados por sus trajes, limpios, cepillados y planchados sin descanso por su madre. Se consideraba un auténtico privilegio estar a su lado el domingo por la mañana, en el Caffé della Borsa, con la espalda apoyada en una columna del soportal mirando las piernas de las mujeres que pasaban.
   En fin, un día, en el tren, a finales de mayo, estábamos discutiendo de deporte con Deliliers. Del atletismo pasamos a hablar de boxeo. Deliliers no permitía muchas confianzas a nadie. Sin embargo, aquel día se abrió bastante. Dijo que eso de estudiar no iba con él, que necesitaba demasiado dinero "para vivir" y que, por eso, si le salía bien un “golpecito” que estaba planeando, se dedicaría exclusivamente al “noble arte”.
   —¿Como profesional?—se atrevió a preguntarle Fadigati.
   Deliliers le miró como se mira a un escarabajo.
   —Por supuesto—le dijo—. ¿Acaso tiene miedo de que me estropeen la cara, doctor?
   —No me preocupa la cara, que, por lo que veo, ya está bastante señalada en los arcos superciliares. No obstante, me siento en el deber de advertirle que el boxeo, sobre todo si se practica profesionalmente, a la larga resulta una actividad peligrosa para el organismo. Si yo gobernara, prohibiría los combates de boxeo, incluso los de aficionados. Más que un deporte lo considero una especie de asesinato legal. Pura brutalidad organizada...
   —Pero ¡por favor!—le interrumpió Deliliers—. ¿Ha visto alguna vez un combate?
   Fadigati se vio obligado a reconocer que no. Dijo que a él, como médico, la violencia y la sangre le causaban horror.
   —Entonces, si nunca ha visto un combate—lo cortó en seco Deliliers—, ¿por qué habla? ¿Quién le ha pedido su opinión?
   Y otra vez, mientras Deliliers le dirigía casi a gritos estas palabras y luego, dándole la espalda, nos explicaba a nosotros, bastante más calmado, que el boxeo, «contrariamente a lo que puedan pensar algunos idiotas», es juego de piernas, elección de un ritmo y esgrima, sustancialmente y sobre todo esgrima, otra vez vi brillar en los ojos de Fadigati la absurda pero inequívoca luz de una felicidad interior.
   Entre nosotros, el único que no veneraba a Deliliers era Nino Bottecchiari. No eran amigos, pero se respetaban mutuamente. Frente a Nino, atenuaba bastante sus habituales poses de gángster y Nino, por su parte, se las daba menos de profesor.
  Una mañana Nino y Bianca no estaban (me parece que era en junio, durante los exámenes). En el compartimento estábamos sólo seis, todos hombres.
   Me dolía un poco la garganta y me había quejado. Recordando que de pequeño, durante la edad de mi desarrollo, había tenido que cuidarme varias veces por mis problemas con las amígdalas, Fadigati se ofreció inmediatamente a echarme una “ojeada”.
   —Vamos a ver.
Se levantó las gafas sobre la frente, me sujetó la cabeza con las manos y empezó a escrutarme entre las fauces.
   —Diga “aaah”—ordenó con aire profesional.
Las gafas de oro | Editorial Acantilado   Le hice caso. Y allí seguía él, examinando mi garganta, mientras, bonachón y paternal, no dejaba de recomendarme que no sudara, porque las amígdalas, «aunque ahora bastante reducidas», seguían siendo mi talón de Aquiles, cuando Deliliers, de repente, salió diciendo:
   —Perdone, doctor. Cuando acabe ¿le importaría echarme una ojeada a mí también?
   Evidentemente sorprendido por la petición y por el suave tono con el que Deliliers la había formulado, Fadigati se volvió.
   —¿Qué es lo que siente?—preguntó—. ¿Le duele al tragar?
   Deliliers le miraba fijamente con sus ojos azules. Sonreía enseñando apenas los colmillos.
   —No me duele la garganta—dijo.
   —¿Dónde, entonces?
   —Aquí—dijo Deliliers apuntando a sus pantalones, a la altura de la ingle.
  Luego, tranquilo, explicó indiferente, pero no sin una punta de orgullo, que hacía un mes aproximadamente que sufría las consecuencias de “un regalo de las virgencitas de via Bomporto”. Una “gran faena, la verdad”, pues había tenido que suspender "también" la actividad en el gimnasio. El doctor Manfredini, añadió, le estaba tratando con azul de metileno y con irrigaciones diarias de permanganato. Pero la curación iba para largo y él necesitaba restablecerse lo más rápido posible.
   —Mis mujeres empiezan a quejarse, ya me entiende... ¿Así que sería tan amable de echar una ojeada también usted?
   Fadigati había vuelto a sentarse.
   —Querido—balbuceó—, usted sabe perfectamente que yo no entiendo de ese tipo de enfermedades. Y además, el doctor Manfredini...
   —¡Vaya que si entiende y cómo!—sonrió con malicia Deliliers.
   —Por no decir que, aquí, en el tren...—continuó Fadigati, mirando asustado al pasillo—aquí, en el tren..., no sé cómo...
   —¡Ah, bueno! Si es por eso—replicó rápido Deliliers, torciendo la boca con gesto despreciativo—, siempre nos queda el servicio, si quiere.
   Hubo un instante de silencio.
   Fue Fadigati el primero en soltar una gran carcajada.
   —Pero ¡usted está de broma!—gritó—. ¿Cómo se las arregla para estar siempre bromeando? ¡Me toma por un ingenuo!—Y luego, volviéndose ligeramente hacia un lado y dándole una palmada en la rodilla—: ¡Debe andarse con ojo!—dijo—. ¡Si no se anda con ojo, un día u otro acabará mal!
   Y Deliliers, en tono serio:
   —A ver si es usted quien va a acabar mal.»

      [El texto pertenece a la edición en español de  Ediciones Acantilado, 2015, en traducción de Juan Antonio Méndez Borra, pp. 35-37. ISBN: 978-84-16011-70-4.]

miércoles, 25 de mayo de 2022

Frankenstein o el moderno Prometeo.- Mary Shelley (1797-1851)


La fuga de amor de Mary Shelley contada por ella misma | El ...
Capítulo 1


 «Mi padre tenía una hermana a quien amaba tiernamente y que se había casado muy joven con un caballero italiano. Poco después de su boda, había acompañado a su marido a su país natal, y durante algunos años mi padre tuvo muy poca relación con ella. Murió alrededor de la época de la que hablo, y pocos meses después mi padre recibió una carta de su cuñado haciéndole saber que tenía la intención de casarse con una dama italiana y pidiéndole que se hiciera cargo de la pequeña Elizabeth, la única hija de su difunta hermana.
  —Es mi deseo —dijo— que la consideres como hija tuya y que como a tal la eduques. Es la heredera de la fortuna de su madre, y te enviaré los documentos que así lo demuestran. Reflexiona sobre esta propuesta y decide si preferirías educar a tu sobrina tú mismo o que lo haga una madrastra.
  Mi padre no dudó un instante, y de inmediato se puso en camino hacia Italia con el fin de acompañar a la pequeña Elizabeth hasta su futuro hogar. A menudo he oído a mi madre decir que era la criatura más preciosa que jamás había visto, e incluso ya entonces mostraba síntomas de un carácter dulce y afectuoso. Estas características y el deseo de afianzar los lazos del amor familiar hicieron que mi madre considerara a Elizabeth como mi futura esposa, plan del cual nunca encontró razón para arrepentirse.
  A partir de este momento, Elizabeth Lavenza se convirtió en mi compañera de juegos y, a medida que crecíamos, en una amiga. Era dócil y de buen carácter, a la vez que alegre y juguetona como un insecto de verano. A pesar de que era vivaz y animada, tenía fuertes y profundos sentimientos y era desacostumbradamente afectuosa. Nadie podía disfrutar mejor de la libertad ni podía plegarse con más gracia que ella a la sumisión o lanzarse al capricho. Su imaginación era exuberante, pero tenía una gran capacidad para aplicarla. Su persona era el reflejo de su mente, sus ojos de color avellana, aunque vivos como los de un pájaro, poseían una atractiva dulzura. Su figura era ligera y airosa y, aunque era capaz de soportar gran fatiga, parecía la criatura más frágil del mundo. A pesar de que me cautivaba su comprensión y fantasía, me deleitaba cuidarla como a un animalillo predilecto. Nunca vi más gracia, tanto personal como mental, ligada a mayor modestia.
  Todos querían a Elizabeth. Si los criados tenían que pedir algo, siempre lo hacían a través de ella. No conocíamos ni la desunión ni las peleas, pues aunque éramos muy diferentes de carácter, incluso en esa diferencia había armonía. Yo era más tranquilo y filosófico que mi compañera, pero menos dócil. Mi capacidad de concentración era mayor, pero no tan firme. Yo me deleitaba investigando los hechos relativos al mundo en sí, ella prefería las aéreas creaciones de los poetas. Para mí el mundo era un secreto que anhelaba descubrir, para ella era un vacío que se afanaba por poblar con imaginaciones personales.
  Mis hermanos eran mucho más jóvenes que yo; pero tenía un amigo entre mis compañeros del colegio, que compensaba esta deficiencia. Henry Clerval era hijo de un comerciante de Ginebra, íntimo amigo de mi padre, y un chico de excepcional talento e imaginación. Recuerdo que, cuando tenía nueve años, escribió un cuento que fue la delicia y el asombro de todos sus compañeros. Su tema de estudio favorito eran los libros de caballería y romances, y recuerdo que de muy jóvenes solíamos representar obras escritas por él, inspiradas en estos sus libros predilectos, siendo los principales personajes Orlando, Robin Hood, Amadís y San Jorge.
 Juventud más feliz que la mía no puede haber existido. Mis padres eran indulgentes y mis compañeros amables. Para nosotros los estudios nunca fueron una imposición; siempre teníamos una meta a la vista que nos espoleaba a proseguirlos. Este era el método, y no la emulación, que nos inducía a aplicarnos. Con el fin de que sus compañeras no la dejaran atrás, a Elizabeth no se la orientaba hacia el dibujo. Sin embargo, se dedicaba a él motivada por el deseo de agradar a su tía, representando alguna escena favorita dibujada por ella misma. Aprendimos inglés y latín para poder leer lo que en esas lenguas se había escrito. Tan lejos estaba el estudio de resultarnos odioso a consecuencia de los castigos, que disfrutábamos con él, y nuestros entretenimientos constituían lo que para otros niños hubieran sido pesadas tareas. Quizá no leímos tantos libros ni aprendimos lenguas tan rápidamente como aquellos a quienes se les educaba conforme a los métodos habituales, pero lo que aprendimos se nos fijó en la memoria con mayor profundidad. Incluyo a Henry Clerval en esta descripción de nuestro círculo doméstico, pues estaba con nosotros continuamente. Iba al colegio conmigo, y solía pasar la tarde con nosotros; pues, siendo hijo único y encontrándose solo en su casa, a su padre le complacía que tuviera amigos en la nuestra. Por otro lado nosotros tampoco estábamos del todo felices cuando Clerval estaba ausente.
 Siento placer al evocar mi infancia, antes de que la desgracia me empañara la mente y cambiara esta alegre visión de utilidad universal por tristes y mezquinas reflexiones personales. Pero al esbozar el cuadro de mi niñez, no debo omitir aquellos acontecimientos que me llevaron, con paso inconsciente, a mi ulterior infortunio. Cuando quiero explicarme a mí mismo el origen de aquella pasión que posteriormente regiría mi destino, veo que arranca, como riachuelo de montaña, de fuentes poco nobles y casi olvidadas, engrosándose poco a poco hasta que se convierte en el torrente que ha arrasado todas mis esperanzas y alegrías.
 La filosofía natural es lo que ha forjado mi destino. Deseo, pues, en esta narración explicar las causas que me llevaron a la predilección por esa ciencia. Cuando tenía trece años fui de excursión con mi familia a un balneario que hay cerca de Thonon. La inclemencia del tiempo nos obligó a permanecer todo un día encerrados en la posada, y allí, casualmente, encontré un volumen de las obras de Cornelius Agrippa. Lo abrí con aburrimiento, pero la teoría que intentaba demostrar y los maravillosos hechos que relataba pronto tornaron mi indiferencia en entusiasmo. Una nueva luz pareció iluminar mi mente, y lleno de alegría le comuniqué a mi padre el descubrimiento. No puedo dejar de comentar aquí las múltiples oportunidades de que disponen los educadores para orientar la atención de sus alumnos hacia conocimientos prácticos, y que desaprovechan lamentablemente. Mi padre ojeó distraídamente la portada del libro y dijo:
  —¡Ah, Cornelius Agrippa! Víctor, hijo mío, no pierdas el tiempo con esto, son tonterías.
  Si en vez de hacer este comentario, mi padre se hubiera molestado en explicarme que los principios de Agrippa estaban totalmente superados, que existía una concepción científica moderna con posibilidades mucho mayores que la antigua, puesto que eran reales y prácticas mientras que las de aquélla eran quiméricas, tengo la seguridad de que hubiera perdido el interés por Agrippa. Probablemente, sensibilizada como tenía la imaginación, me hubiera dedicado a la química, teoría más racional y producto de descubrimientos modernos. Es incluso posible que mi pensamiento no hubiera recibido el impulso fatal que me llevó a la ruina. Pero la indiferente ojeada de mi padre al volumen que leía en modo alguno me indicó que él estuviera familiarizado con el contenido del mismo, y proseguí mi lectura con mayor avidez.
  Mi primera preocupación al regresar a casa fue hacerme con la obra completa de este autor y, después, con la de Paracelso y Alberto Magno. Leí y estudié con gusto las locas fantasías de estos escritores. Me parecían tesoros que, salvo y o, pocos conocían. Aunque a menudo hubiera querido comunicarle a mi padre estas secretas reservas de mi sabiduría, me lo impedía su imprecisa desaprobación de mi querido Agrippa. Por tanto, y bajo promesa de absoluto secreto, le comuniqué mis descubrimientos a Elizabeth, pero el tema no le interesó y me vi obligado a continuar solo.
Frankenstein o el moderno Prometeo | Biblioteca Virtual Fandom ... Puede parecer extraño que en el siglo XVIII surja un discípulo de Alberto Magno, pero nuestra familia no era científica, y yo no había asistido a ninguna de las clases que se daban en la universidad de Ginebra. Así pues, mis sueños no se veían turbados por la realidad, y me lancé con enorme diligencia a la búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la vida. Pero era esto último lo que recibía mi más completa atención: la riqueza era un objetivo inferior; pero ¡qué fama rodearía al descubrimiento si y o pudiera eliminar de la humanidad toda enfermedad y hacer invulnerables a los hombres a todo salvo a la muerte violenta!
  No eran éstos mis únicos pensamientos. Provocar la aparición de fantasmas y demonios era algo que mis autores predilectos prometían que era fácil, cumplimiento que yo ansiaba fervorosamente conseguir. Atribuía el que mis hechizos jamás tuvieran éxito más a mi inexperiencia y error que a la falta de habilidad o veracidad por parte de mis instructores.
  Los fenómenos naturales que a diario tienen lugar no escapaban a mi observación. La destilación y los maravillosos efectos del vapor, procesos que mis autores favoritos desconocían por completo, provocaban mi asombro. Pero mi mayor sorpresa la suscitaron unos experimentos con una bomba de aire que empleaba un caballero al cual solíamos visitar.
  El desconocimiento de los antiguos filósofos sobre éste y varios otros temas disminuyeron mi fe en ellos, pero no podía desecharlos por completo sin que algún otro sistema ocupara su lugar en mi mente.
  Tenía alrededor de quince años cuando, habiéndonos retirado a la casa que teníamos cerca de Belrive, presenciamos una terrible y violenta tormenta. Había surgido detrás de las montañas del Jura, y los truenos estallaban al unísono desde varios puntos del cielo con increíble estruendo. Mientras duró la tormenta, observé el proceso con curiosidad y deleite. De pronto, desde el dintel de la puerta, vi emanar un haz de fuego de un precioso y viejo roble que se alzaba a unos quince metros de la casa; en cuanto se desvaneció el resplandor, el roble había desaparecido y no quedaba nada más que un tocón destrozado. Al acercarnos a la mañana siguiente, encontramos el árbol insólitamente destruido. No estaba astillado por la sacudida; se encontraba reducido por completo a pequeñas virutas de madera. Nunca había visto nada tan deshecho.
  La catástrofe de este árbol avivó mi curiosidad, y con enorme interés le pregunté a mi padre acerca del origen y naturaleza de los truenos y los relámpagos.
  —Es la electricidad —me contestó, a la vez que me describía los diversos efectos de esa energía.
  Construyó una pequeña máquina eléctrica y realizó algunos experimentos. También hizo una cometa con cable y cuerda, que arrancaba de las nubes ese fluido.
 Esto último acabó de destruir a Cornelius Agrippa, Alberto Magno y Paracelso, que durante tanto tiempo habían reinado como dueños de mi imaginación. Pero, por alguna fatalidad, no me sentí inclinado a empezar el estudio de los sistemas modernos, desinclinación que se vio influida por la siguiente circunstancia. Mi padre expresó el deseo de que asistiera a un curso sobre filosofía natural. Gustosamente asentí a esto, pero algún motivo me impidió ir hasta que el curso estuvo casi terminado. Por tanto, al ser ésta una de las últimas clases, me resultó totalmente incomprensible. El profesor disertaba con la mayor locuacidad sobre el potasio y el boro, los sulfatos y óxidos, términos que y o no podía asociar a ninguna idea. Empecé a aborrecer la ciencia de la filosofía natural, aunque seguí leyendo a Plinio y Buffon con deleite, autores, a mi juicio, de similar interés y utilidad.
  A esta edad las matemáticas y la mayoría de las ramas cercanas a esa ciencia constituían mi principal ocupación. También me afanaba por aprender lenguas; el latín ya me era familiar, y sin ayuda del diccionario empecé a leer algunos de los autores griegos más asequibles. También entendía inglés y alemán perfectamente. Este era mi bagaje cultural a los diecisiete años, además de las muchas horas empleadas en la adquisición y conservación del conocimiento de la vasta literatura.
 También recayó sobre mí la obligación de instruir a mis hermanos. Ernest, seis años menor que yo, era mi principal alumno. Desde la infancia había sido enfermizo, y Elizabeth y yo lo habíamos cuidado constantemente; era de disposición dócil, pero incapaz de cualquier prolongado esfuerzo mental. William, el benjamín de la familia, era todavía un niño y la criatura más preciosa del mundo; tenía los ojos vivos y azules, hoyuelos en las mejillas y modales zalameros, e inspiraba la mayor ternura.
 Tal era nuestro ambiente familiar, en el cual el dolor y la inquietud no parecían tener cabida. Mi padre dirigía nuestros estudios, y mi madre participaba de nuestros entretenimientos. Ninguno de nosotros gozaba de más influencia que el otro; la voz de la autoridad no se oía en nuestro hogar, pero nuestro mutuo afecto nos obligaba a obedecer y satisfacer el más mínimo deseo del otro.»