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sábado, 23 de octubre de 2021

El siglo de los cirujanos.- Jürgen Thorwald [Heinz Bongartz] (1915-2006)


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Fiebre

Escutari

  «En 1876 la cesárea todavía era, para los tocólogos, un tétrico fantasma cuyas consecuencias, salvo muy pocos casos, eran el fracaso y la muerte: muerte por shock, por hemorragia interna y, sobre todo, por peritonitis. Ningún historiador de la medicina podía informar de quién fue el primero que junto al lecho de una mujer llevada al borde de la muerte por la lenta tortura de las infructuosas contracciones del parto, echó mano de un cuchillo y mediante un corte desesperado abrió el vientre y la matriz de la moribunda.
 Una leyenda de dudoso origen asegura que César, el primer emperador de Roma, fue sacado del vientre de su madre mediante un corte; más tarde el nombre de César se interpretó como una derivación de caesus que, a su vez, podía traducirse por “sacado por corte”. Pero la leyenda de que César nació por un corte del vientre de su madre, no demostraba que los romanos hubiesen practicado con éxito el corte llamado cesárea.
 Lo único cierto es que tanto en la antigüedad como muy entrada la Edad media se había conocido el parto por corte del vientre de las madres muertas. En este punto tuvo su parte la influencia de la Iglesia católica al exigir que había que recurrir a todos los medios para bautizar a todos los niños sin distinción. La Iglesia había dejado de sentir su peso en la promulgación de la “Lex Regia”, en virtud de la cual se prohibía enterrar a mujeres muertas a causa de dolores infructuosos de parto, antes de intentar en su vientre la extracción del hijo con el fin de bautizarlo.
 En antiguos escritos aparecidos en el Renacimiento, animado por un nuevo sentido de la vida, había informes acerca de cesáreas practicadas en mujeres vivas, y en 1581 se publicaba en París el primer manual sobre dicha operación. Su autor era François Rousset, médico del duque de Saboya y teórico también de la nefrotomía. Fue el primero en describir la cesárea en una mujer viva. Rousset recomendaba la práctica de la cesárea cuando los niños eran demasiado corpulentos, cuando se trataba de gemelos, cuando las criaturas habían muerto en el vientre materno y cuando las vías del parto eran insuficientes. El concepto “estrechez de las vías del parto” apareció por primera vez en su obra, aunque en rigor era todavía muy vago. Rousset proponía que se abriera el vientre mediante un corte en el lado izquierdo. Escribía que el dolor de tal corte carecía de importancia frente al martirio sufrido con anterioridad por las parturientas en el proceso infructuoso del parto. Recomendaba abrir la matriz, sacar con las manos la criatura y las secundinas y cerrar la pared abdominal mediante suturas y parches. Decía que el corte practicado en la matriz no debe suturarse, pues la musculatura al contraerse ejercía tal fuerza que volvía a mantener cerrada automáticamente la abertura de la incisión. Aseguraba que durante la operación no se producirían hemorragias, puesto que la criatura, durante el largo tiempo del embarazo, había absorbido toda la sangre de la madre. El sobrante se había transformado en leche. El libro de Rousset fue durante siglos el único manual existente al que sin duda acudieron muchos médicos en caso de extrema necesidad. Entretanto, pronto se llegó a la convicción de que Rousset no había practicado jamás una cesárea y que lo más probable era que nunca hubiera presenciado una operación semejante. Así pues, el hombre que sirvió de guía en la larga serie de sangrientas cesáreas llevadas a cabo en mujeres vivas con la consiguiente muerte de éstas –salvo causales excepciones- era un teórico con un bagaje muy pobre de ideas acerca de la anatomía y fisiología humanas.
 Tuvieron que pasar ciento cincuenta años para que un tocólogo francés tomara la palabra en la cuestión de la cesárea. Era Deleury. Entretanto se había inventado el fórceps. Deleury hizo un ensayo práctico y en 1778 informó sobre una operación en que la madre salvó la vida. Si la operación tuvo en realidad el éxito indicado por él, tiene que considerarse como un caso único en su especie. Porque en la inmensa mayoría de los casos, el precio pagado por cualquier intento de extraer el hijo mediante la cesárea, seguía siendo la muerte de la madre a consecuencia de una infección.
 El médico francés Lebas de Moulleron hizo por primera vez un descubrimiento que le dio mucho que pensar. En autopsias de mujeres muertas después de la cesárea, comprobó que la herida de la matriz no se había cerrado por la fuerza contráctil de la musculatura, tal como había asegurado Rousset y se había creído sin discusión durante siglos. Todo lo contrario: dicha herida se presentaba completamente abierta. Terribles hemorragias posteriores de los vasos de la matriz habían inundado en algunos casos la totalidad de la cavidad abdominal suturada, matando en pocas horas a la operada. Pero Lebas descubrió también con mucha frecuencia verdaderos ríos de pues que partiendo de la matriz habían llenado la cavidad abdominal y conducido a una peritonitis de mortales consecuencias. Lebas fue el primer médico de la historia que sospechó el peligro de infección mortal a causa de la abertura de la matriz y que trató de cerrar la herida practicada en ella, mediante sutura. Pero ahí le acechaba una nueva sorpresa: no había sutura capaz de resistir las contracciones posteriores al parto. Los pocos hilos y sencillos nudos de ésta, desgarraban los tejidos a consecuencia de tales contracciones. La incisión volvía a abrirse como antes y Lebas tuvo que renunciar.
 Así terminó el siglo XVIII. Llegó el XIX y transcurrió su primera mitad sin que se adquirieran nuevos conocimientos ni recogiera nadie las sospechas de Lebas y prosiguiera sus ensayos.
 Edoardo Porro conocía a la perfección la historia de la cesárea, y el día que Julia Covallini acudió a él, era ya uno de los cirujanos que ante los numerosos casos de muerte por fiebre purulenta se resistían a creer en el factor casualidad. Desde hacía muchos años, desde que sus primeros intentos de salvar la vida de las mujeres mediante la cesárea terminaron con mortales supuraciones del peritoneo, andaba a la busca de una explicación de ello mediante una ley.
Resultado de imagen de thorwald jurgen el siglo de los cirujanos Porro había estudiado también las antiguas ideas de Lebas. En su consecuencia se preguntaba si éste no tendría razón. En efecto, ¿no había incurrido Rousset en un terrible error al estimar que la matriz vacía debía reintroducirse en el vientre por la herida practicada en la pared abdominal, sin suturar el corte practicado en aquélla? ¿No era falsa la tesis de Rousset –aceptada por todos los médicos con rarísimas excepciones a lo largo de casi trescientos años- según  la cual los músculos de la matriz volvían a unir los bordes de la herida por presión automática?
 Porro permaneció durante años enteros estrechado por el cerco de tales preguntas e ideas. Si el corte hecho en la matriz era causa de muerte, ¿cómo cerrar a las materias mortíferas que se albergaban en dicho corte el camino que había de llevarlas a la cavidad abdominal? Pero si no era posible en absoluto cerrar la supuesta puerta por la cual penetraba la muerte, ¿dónde encontrar el camino de la salvación? Hacía mucho tiempo que Porro se ocupaba en la idea de tal camino. Se había resistido reiteradamente a seguirla hasta el final porque presentía la solución radical que acechaba tras ella. Sin embargo, no podía esquivarla. Si no era posible obstruir la supuesta vía por donde discurría la muerte, ¿no habría que proceder a eliminar por completo la causa? Para salvar la vida de la madre, ¿no debería extirparse la totalidad de la matriz después de efectuada la cesárea?
 Un radicalismo tan consecuente era sin duda algo horrible, por cuanto suponía una mutilación de la mujer operada y justamente una mutilación absolutamente irreparable. Hacía mucho tiempo que Porro luchaba con su propia conciencia sin atreverse a tomar una resolución firme. Cuando veía morir a una parturienta a la que como último recurso se había practicado la cesárea, sentía que se acercaba de una manera creciente a dicha resolución y presentía la llegada de la hora en que le sería imposible esquivarla, a menos de querer echar sobre su conciencia el peso torturador de poseer un posible camino salvador junto a su negativa de seguirlo.
 Porro estaba solo con su conciencia y con Dios, y así estuvo durante tres semanas en el transcurso de las cuales esperó en vano la aparición de una señal del parto incipiente.
 En la mañana del 21 de mayo de 1876 anunció una hermana que se habían presentado en “la Covallini” los primeros dolores del parto. Poco después, a las diez, le informó un ayudante que había reventado la bolsa amniótica de la parturienta y que el líquido amniótico se estaba derramando sin que hubiesen aumentado los dolores activos del parto.
 Por la tarde, a las cuatro cuarenta, Edoardo Porro pidió el escalpelo. Julia Covallini, sumida en profunda narcosis de cloroformo, yacía gimiendo ligeramente sobre la vieja mesa de madera manchada y descolorida que por entonces se usaba en San Matteo para las operaciones.
 Porro empezó la intervención a las cuatro cuarenta y dos. En el informe escrito por él se consigna esta hora precisa. Practicó la incisión en el abdomen abultado y tenso. Dicha incisión partía del ombligo y seguía hacía abajo por la línea alba. Uno de los ayudantes separó con los dedos los bordes del corte. Debajo de éste, contraída, apareció la matriz con el niño en su interior. La herida del vientre apenas sangraba.
 Porro cortó la matriz.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 1999, en traducción de E. Donato Prunera, pp. 171-175. ISBN: 84-233-3091-5.]

viernes, 21 de mayo de 2021

En resumidas cuentas.- William Boyd (1952)


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Situaciones extrañas


 «Antes de empezar, algo del libro que estoy leyendo, que se titula Verdad, falsedad y filosofía:
 en ocasiones sucede que una situación es tan nueva e insólita que ningún hablante de la lengua está en condiciones de decir qué palabras son apropiadas para ella. Llamaremos a estas situaciones extrañas.
 Eso es lo que dice el libro y creo que es muy interesante y bastante pertinente. Pero ¿cómo empezar? Tal vez:
 nunca olvidaré la visión del cuerpo desplomado de Joan, su cabeza torpemente agujereada como en el intento de un niño díscolo de abrir un huevo pasado por agua; como si la cucharilla de un gigante se hubiese abierto paso apalancando y golpeando hasta el cerebro decididamente corriente de Joan.
 O quizá:
 estoy aquí, en París, es lunes por la noche, en el Bar Cercle, en la Rue Christine –mi tercer Pernod ya mediado-, buscando a Kramer. Kramer, que vino a pasar unos días en mi casa y permitió que su mujer se suicidase en mi cuarto de invitados. ¿Suicidio? Ni hablar. Kramer la asesinó y yo tengo la prueba, creo.
 O posiblemente:
 para curar algunos casos crónicos de epilepsia los cirujanos recurren a veces a cortar el corpus callosum, la sustancia que mantiene unidos –formando una conexión crucial entre ellos- los dos hemisferios del cerebro. La cura es radical, como lo es toda la cirugía del cerebro, pero en general tiene un éxito completo. Exceptuando, claro está, algunos efectos secundarios muy infrecuentes.
 Entraremos en esto más adelante; mi propia epilepsia ha sido curada de esta manera. Pero, volviendo al tema anterior, el problema ahora es que todos los comienzos son muy apropiados, verdaderamente apropiados. Son tres, sin embargo: tres rutas que llevan Dios sabe a dónde. Y los finales son igualmente importantes, porque –en realidad- lo que yo busco es la verdad. O incluso la VERDAD con mayúsculas. Un personaje muy esquivo. Tan esquivo como el maldito Kramer, desgraciado de él.
 Mi preocupación por la verdad nace de la división de mi corpus callosum y explica por qué estoy leyendo este libro titulado Verdad, falsedad y filosofía. Lo abro al azar. Capítulo dos: Expresar creencias en oraciones. “Las creencias son difíciles de estudiar directamente y muchas oraciones no manifiestan creencias de modo natural…” Mis ojos bajan impacientemente por la página: “… aunque la verdad no tiene grados, sí tiene muchos casos límites”. Al fin algo pertinente. Para alguien con mis excepcionales problemas estas evasivas y salvedades profesorales son increíblemente frustrantes. Así que “la verdad tiene casos límites”. Bien, me alegro de ver que los académicos lo admiten, sobre todo porque desde mi operación el mundo entero se ha convertido para mí en un caso límite.
 Kramer fue al colegio conmigo. Para ser franco, yo le admiraba enormemente y él explotaba mi admiración despreocupadamente. De hecho, se podría decir que yo amaba a Kramer –de un modo fraternal- hasta tal extremo que, si se hubiese molestado en pedírmelo, habría dado mi vida por él. Parece absurdo reconocerlo ahora, pero había algo casi  noble en el desinterés de Kramer por todos salvo por sí mismo. ¿Conocen a esas personas egoístas cuyo egoísmo parece muy razonable, admirable, realmente, por su negativa a cualquier compromiso? Kramer era así: inteligente, misterioso y ensimismado.
 Estuvimos juntos en la universidad durante algún tiempo, pero luego a él le expulsaron por cierto escándalo y se marchó a Estados Unidos, donde se hizo un nombre como crítico de arte pendenciero; un vigilante cultural sin ningún respeto por las reputaciones. Yo veía a menudo borrosas fotografías suyas en las revistas satinadas de moda y en una de ellas me enteré de su boda –después de diez años de rampante soltería- con una tal Joan Aslinger, heredera de una cadena de comida rápida de la costa oeste.
 Kramer y yo habíamos llegado a ser amigos íntimos, en cierto modo, y yo continuaba escribiéndole regularmente. Me complace decir que él también se mantenía en contacto conmigo: alguna que otra carta, postales kitsch desde Hammamet o Tijuana. También venía cada dos años o cosa así –con la novia de turno- a pasar un bullicioso fin de semana en mi tranquila casa de Devon.
 Me acuerdo de que se mostró soprendentemente solícito cuando se enteró de mi operación y, con un gesto de esplendidez nada característico en él, me envió cien rosas blancas a la clínica donde yo estaba convaleciente. Me prometió visitarme pronto con su nueva esposa.
 Fue durante una de mis periódicas estancias en el sanatorio cuando experimenté el ataque epiléptico particularmente agudo y destructivo que impulsó a los médicos a recomendar el corte de mi corpus callosum. La operación fue un éxito total. Sólo recuerdo haberme despertado tan calvo como un balón con una delgada y lívida raya que iba de delante a atrás a lo largo de mi cráneo.
 El cirujano –un tal Mr. Berkeley , un jovial irlandés de mediana edad- mencionó los insólitos efectos secundarios que tendría como resultado de la ablación, pero les quitó importancia con una afable sonrisa diciendo que eran de carácter “metafísico” y que era muy improbable que menoscabaran la calidad de mi vida cotidiana. Estúpidamente, acepté sus afirmaciones.
 Kramer y su mujer vinieron a pasar unos días como habían prometido. Joan era una chica bastante atractiva; tenía un precioso pelo color miel –siempre limpísimo-, los ojos azul intenso y una boca blanda y generosa. Charlaba y reía de un modo que era claramente un intento de sofisticada animación, pero me resultó evidente enseguida que era terriblemente neurótica y completamente inadecuada para ser la mujer de Kramer. Cuando estaban juntos la tensión que chisporroteaba entre ellos era intolerable. La primera noche que estuvieron oí involuntariamente una atroz pelea entre dientes en el cuarto de invitados.
 Era el efecto que tenía sobre Kramer lo que encontré más deprimente. Estaba retraído y acobardado, como un hombre acorralado y apaleado. Su brillante ingenio había quedado reducido a tristes monosílabos o fervientes contradicciones de cualquier opinión que Joan se atreviese a expresar. La irritación y la desesperación eran patentes en cada rasgo de su cara.
 No me sorprendió mucho cuando, tres tensos días después, Kramer anunció que tenía que ir a Londres por cuestiones de trabajo y Joan y yo nos encontramos con un montón de tiempo entre las manos. Ella se esforzó mucho, tengo que reconocerlo, pero yo la encontraba tediosa y aburrida, como tienden a serlo la mayoría de las personas excesivamente introspectivas. Se animaba un poco más cuando bebía, cosa que hacía con frecuencia, y nuestros aperitivos de la mañana fueron adelantándose rápidamente hasta convertirse en un refrigerio que tomábamos a las once.
Resultado de imagen de en resumidas cuentas Pronto escuché la historia completa de las constantes canalladas de Kramer, por supuesto: un relato acompañado de lágrimas y retorcer de dedos y cargado de autocompasión, que se prolongó hasta bien entrada la coche. Otras mujeres, al parecer, desde el primer momento. Las cosas habían empeorado dramáticamente porque ahora, aparentemente, había una en particular; una tal Erica, un antiguo amor –dicho con mucho veneno-. A medida que surgía la descripción de Erica me di cuenta con sorpresa de que la conocía. Había participado en dos de las visitas de Kramer anteriores a su boda con Joan. Erica era una pelirroja alta e inteligente, de hombros anchos y aspecto imponente, con una personalidad tranquila y segura. Me había caído muy bien. Naturalmente, no le conté nada de esto a Joan, a la cual –a medida que Kramer, previsiblemente, llamaba desde Londres anunciando sucesivos retrasos- estaba empezando a encontrar cada vez más pesada; me ponía nervioso.
 Tomemos su reacción a mi caso particular como ejemplo. Cuando le expliqué mis excepcionales problemas causados por los efectos secundarios de mi operación, no me creyó. Se rió, dijo que debía estar bromeando y aseguró que tales cosas no podían suceder nunca. Reconocí que estos casos eran extraordinariamente raros pero afirmé que se trataba de un hecho médico documentado.
 Ahora sé, gracias a este libro que estoy leyendo, el término académico correcto para mi “padecimiento”. Soy una “situación extraña”. Continúo leyendo y encuentro esta conclusión:
 nuestro idioma no es lo suficientemente elocuente como para enfrentarse con circunstancias tan raras e insólitas. Muchos filósofos y lógicos están profundamente preocupados por las “situaciones extrañas”.
 Así que incluso los filósofos tienen que reconocerlo. En mi caso no hay esperanza de alcanzar nunca la verdad. Encuentro esta confesión tranquilizadora, pero sigo pensando que tengo que ver a Kramer.
 En efecto, mi estado es verdaderamente extraño. Desde que la conexión entre mis hemisferios cerebrales fue cortada, mi cerebro funciona como dos mitades separadas. La única función corporal que se ve afectada por ello es la percepción, y la esencia del problema es la siguiente. Si veo, por ejemplo, un gato en mi área de visión izquierda y me piden que anote lo que he visto con la mano derecha –soy diestro- no puedo hacerlo. No puedo anotar lo que he visto porque la mitad derecha de mi cerebro ya no registra lo que ocurre en mi área de visión izquierda. Esto ocurre porque la división hemisférica de nuestro cuerpo se extiende, por así decirlo, a todo lo largo de nuestro cuerpo. El hemisferio derecho controla el lado derecho, el hemisferio izquierdo controla el lado izquierdo. Normalmente la información de ambos lados pasa libremente de un hemisferio al otro, conectando las dos mitades para formar un todo unificado. Pero ahora que esta ruta –el corpus callosum- ha desaparecido, sólo la mitad de mi cerebro ha visto, el hemisferio derecho no sabe nada respecto a él, así que difícilmente puede decirle a mi mano derecha lo que debe anotar.
 Esto es lo que el cirujano quería decir al hablar de efectos secundarios “metafísicos”, y tenía razón al decir que mi existencia cotidiana no se vería perturbada por ellos, pero consideren las radicales consecuencias que esto tiene en  mi mundo fenomenológico. Ahora no es otra cosa que una secuencia de medias verdades. ¿Qué es, para mí, realmente cierto? ¿Cómo puedo estar seguro de que algo que sucede en mi área de visión izquierda ha tenido lugar realmente si en la otra mitad de mi cuerpo no hay absolutamente ninguna constancia de que haya ocurrido?
 Paso horas de perplejidad debatiéndome con estos arcanos acertijos epistemológicos. La duda está asegurada; llega a ocupar una posición superior a la verdad y a la falsedad. Soy un escéptico auténtico, fisiológicamente real, médicamente condenado a este destino por el bisturí del cirujano. La incertidumbre es la única cosa de la que puedo estar realmente seguro.
 Comprenderán lo que esto significa, por supuesto. En mi mundo la verdad es exactamente lo que yo quiero creer.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 1993, en traducción de Maribel de Juan, pp. 33-39. ISBN: 84-204-2791-8.]        

viernes, 20 de marzo de 2020

Farabeuf o la crónica de un instante.- Salvador Elizondo (1932-2006)

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Capítulo I

 «-"Es usted una persona en extremo meticulosa, doctor Farabeuf. Esa meticulosidad ha contribuido, sin duda, a hacer de usted el más hábil cirujano del mundo. ¿Está usted seguro de no haber olvidado nada? Cualquier indicio de su presencia en esta casa puede tener consecuencias terribles e irremediables. Debe usted cerciorarse, con la meticulosidad que le caracteriza, de que no falte uno solo de los instrumentos. Para ello puede usted emplear diversos métodos. Puede usted, por ejemplo, repasar cada uno de los instrumentos en orden descendente de tamaños desde el enorme fórceps de Chassaignac o el speculum vaginal núm. 16 de Collin hasta los pequeños catéteres y sondas oftálmicas o las tenacillas para la hemostasis capilar o las afiladísimas agujillas hipodérmicas o de sutura. Puede usted cerciorarse, también, aplicando este método inversamente, es decir, por orden ascendente de tamaños. Es preciso, sobre todo, que no deje usted nada olvidado aquí. ¿Ha revisado ya la mesilla de hierro con cubierta de mármol que se encuentra adosada al muro debajo del cuadro alegórico? Remueva usted los algodones sanguinolentos y las gasas manchadas de pus; una aguja imprescindible, una pequeña sonda nasal de gran utilidad puede estar oculta entre ellos. Repase usted, uno a uno, sus instrumentos de trabajo; los que usted mismo ha inventado y diseñado y que le han dado justo renombre en todo el mundo, así como aquellos que se deben al ingenio de sus colegas más notables. No se distraiga usted, doctor, al hacer este inventario mental. No preste ninguna atención a esa bella mujer desnuda representada en el cuadro que tiene ante los ojos. Tenga cuidado, sin embargo, de no bajar la vista al suelo; los periódicos viejos que allí han sido extendidos podrían distraerlo igualmente. Usted quizá ya sabe por qué. Va usted a salir de aquí dentro de algunos minutos y tal vez no vuelva nunca más a esta casa. Hoy ha tenido que desviarse considerablemente de su ruta habitual al salir de la Escuela de Medicina para venir hasta aquí. Ha vacilado usted antes de atreverse a entrar en esta casa en la que vivió tantos años. Al llegar la primera vez ante la puerta no entró y volvió sobre sus pasos para dirigirse nuevamente al Carrefour* a esperar el autobús que lo llevaría a su casa en el otro extremo de la ciudad. Pero volvió usted al poco tiempo y helo aquí a punto de marcharse ya, tal vez para siempre. Es por ello que debe usted asegurarse de que no deja nada olvidado. Piense detenidamente... las diferentes cuchillas para amputación cuyo filo extremo es uno de sus orgullos... los escalpelos con seis diferentes formas de mangos que tan perfectamente se adaptan a la mano que los empuña... los aguzados bisturís cuyo sólo peso basta para producir delicadísimos tajos... la sierra de dorso móvil que tan buenos resultados le ha dado aplicada sobre el fémur... o su propia sierra universal de seguetas intercambiables, útil sobre todo cuando se trata de hacer saltar los brazos conservando la articulación de la cabeza del húmero en la cavidad glenoide del omóplato... la cizalla, también de su invención, de incalculable valor para allanar los bordecillos que deja la sierra después de la sección de un hueso o en los astillamientos traumáticos tan molestos siempre al desarrollo de una intervención nítida, perfecta... los diferentes clamps y ligaduras, algunos de ellos de bronce bruñido con tornillos de presión a los lados, otros de hule rojizo y otros, en fin, de hule ambarino... las cánulas... las tortuosas sondas que permiten penetrar a través de las fosas nasales hasta las cavidades craneanas del occipucio o que permiten, por la boca, explorar los meandros del oído interno... No olvide usted, especialmente, sus complicados gatillos, entre todos los instrumentos de su invención, los que más le honran ya que aúnan la rapidez instantánea, sí, ins-tan-tá-nea, a la precisión y a la limpieza del tajo en el descabezamiento de los huesos alargados... y la sierra de cadenilla de Gigli, otro complicado producto de la inventiva médica mediante la que se ha solucionado para siempre el molesto problema del serrín óseo que tantas grandes reputaciones había comprometido... ¿Está usted seguro de que no falta nada? ¿Lleva usted todos, pero absolutamente todos los instrumentos debidamente envueltos en los pequeños lienzos de lino, cuidadosamente guardados dentro del viejo maletín de cuero negro?..."
Resultado de imagen de farabeuf o la crónica de un instante Al trasponer aquel umbral -¿quién lo hubiera traspuesto bajo la lluvia, viniendo desde aquella encrucijada?- se confundía el recuerdo con la experiencia (esto quizá debido a la tenacidad de esa lluvia menuda que no cesaba de caer desde hacía muchos días). La vida quedaba sujeta a una confusión en medio de la que era imposible discernir cuál hubiera sido el presente, cuál el pasado. Al trasponer el umbral de aquella casa lujosa y decrépita a la vez, un transeúnte que se hubiera detenido a contemplar la fachada rugosa de aquella casa, proyectada de acuerdo con la más pura tradición del modern-style, pletórica de cornisas voluptuosas pringadas de salitre, de humo, de niebla y de lluvia, sí, se hubiera detenido como para inquirir a las piedras carcomidas de aquel alféizar tallado en la forma de unas enormes fauces -el del lado izquierdo, en el que habían arraigado los líquenes grisáceos- cuál era el verdadero significado de aquella cita concertada a través de las edades, de aquel momento que sólo ahora se realizaba. Es un hombre -el hombre- que desciende apresuradamente de un pequeño automóvil deportivo de color rojo, con las manos enguantadas y los ojos ocultos detrás de unas gafas ahumadas, se dirige a la reja, empuja la verja de hierro para abrirla y penetra en aquel meandro de setos de boj, descuidados, crecidos más allá de su armonía original hasta convertirse en construcciones tortuosas que se confunden con los arabescos vegetales que ornan la arquitectura de la casa. "Cómo está descuidado..." piensa para sí al cruzar entre esos setos abandonados al capricho de su propio crecimiento.»

 *Carrefour: voz francesa; cruce, encrucijada de caminos o calles.
   
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra (Grupo Anaya), 2000. ISBN: 84-376-1860-6.]

domingo, 26 de enero de 2020

Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador.- Margo Glantz (1930)

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Palabras para una fábula

«El pecho debe estar siempre erguido, ser pleno, proporcionado, duro, situado en un espacio ancho, providente. Es pequeño, sin embargo, el porcentaje de mujeres que se sienten satisfechas con la forma o el tamaño de sus senos. Por eso se los operan, algunas quieren tenerlos más firmes, más altos, más grandes, ¿los de Marilyn Monroe?, un pecho redondo, turgente, altivo (otra alternativa: los brassieres diseñados científicamente, un moderno y novedoso sistema permite reafirmar, aumentar, disminuir, igualar, hacerlo prominente o remodelar el busto), otras prefieren reducir el tamaño de sus senos, quieren un pecho breve, de adolescente, un pecho unisex, estar a la moda, a la altura de la nueva moda, la moda de la anorexia, la de las mujeres ojerosas y delgadas, tan delgadas como su piel, una piel que apenas alcanza a cubrir los huesos, unos huesos protuberantes sobre la cadera, los omóplatos, huesos delgados, finos, un frágil armazón, incapaz de sostener un par de senos robustos, pesados, altivos. El esternón, aunque parezca lo contrario, es un hueso elástico. ¿Cuál será el tamaño ideal de los senos? ¿Los que caben en la palma de la mano? Uno de mis anuncios de publicidad preferidos es el que muestra a una bella adolescente con los ojos muy maquillados de oscuro y cuyo pelo teñido de rojo hace juego con la piel morena de un esbelto joven (apenas se ve la cara), que abarca con ambas manos los blancos pechos de la joven. En otra fotografía, la misma modelo aparece desnuda, muy tostada por el sol, en el seno derecho la marca de una mano masculina se dibuja en tonos mucho más claros.
  -Bueno, ni modo, ya no salió la placa, tendremos que hacerla otra vez, ¡caramba!, mi vida, ahora descanse y tranquilícese, madre, parece que va a llorar, tómese su tiempo, pero recuerde que me falta sacar dos placas más, si no lo hacemos bien el doctor no podrá leerlas bien. ¿Ya está lista? No ponga la cara sobre el marco porque salen sombras en la mamografía. ¿Ya? ¿Puedo empezar?, no, respire, ¡caramba!, ¡quédese tranquila, le digo!, no respire, aguante el aire, aguáaantese, ni que fuera de vidrio, yaaa, bueno, perfecto. Descanse un poco, ahora me llevo las placas y las lee el doctor, tranquila, no creo que tenga usted nada. Bueno, sea por Dios, no se altere, ya no llore, que no es el fin del mundo.
  Pechitos, manitas, manguita, plaquita, respiracioncita: en los países con tasas de mastectomía más elevadas, los tumores se hallan en estadios más avanzados en el momento del diagnóstico. Lenguaje, vaciado de su contenido, deformado por el diminutivo. La enfermera sigue hablando con voz pausada, como si estuviese hablando con un niño pequeño, repite despacio sus órdenes, modula las frases, alarga los diminutivos, ¿acaso soy una vaca? Me ofende que hable de mis senos como si fuera una vaca. ¿En qué nos parecemos las mujeres a las vacas? ¿En que tenemos los pechos caídos después de amamantar? ¿Habrá aparatos especiales para detectar el cáncer en las ubres de las vacas? ¿Cómo sería un aparato que hiciera ese tipo de mamografías? ¿Se llamarían ubregrafías? ¿Cómo se las ingeniarían para apretarles cada una de sus innumerables tetas, esas tetas ordeñadas hoy con aparatos modernos que extraen hasta la última gota de leche? Al hámster de mi nieta se le cayeron los senos, se le desprendieron del cuerpo como si antes los hubiese tenido 
asegurados solamente con una cinta velcro. A diferencia de los senos, las ubres de las vacas no son eróticas, y sin embargo en el imaginario masculino los senos caídos, enormes, desmesurados, representan el seno bueno, rollizo, providente, alimenticio, los senos nutricios, buenos, de la primera infancia, senos maternos y seductores. Una cosa es definitiva, eso sí, nuestros deseos no tienen ninguna influencia sobre el tamaño, la forma o la belleza de los senos, la cirugía cosmética sí puede alterarlos y reconstruirlos a la medida, adecuarlos al deseo femenino de tener un bello cuerpo en el que destaque la carne tersa y delicada de los senos o al deseo masculino de un seno nutricio, maternal o de un seno frágil, que apenas abulte, como el seno de las vírgenes.
  La deslumbrante blancura de un pecho blanco.
  La deslumbrante negrura de un pecho negro.
  ¿No se dice que las prótesis de silicona son las mejores? En el mercado existen varias opciones, las de suero fisiológico pueden comprarse hechas, casi a la medida, como la moda prêt-à-porter. Y según el gusto de cada quien, me pregunto quién tendrá esos gustos, se pueden comprar empaques vacíos que se introducen en el cuerpo por medio de un aparato de endoscopia, aprovechando la abertura del ombligo, rellenados después con una solución salina. He oído decir que las prótesis de silicona son mejores, más naturales y firmes al tacto y algunas tan sedosas y lisas como los pechos de las adolescentes; otras prótesis están texturizadas y por ello son más suaves, ligeras y sensuales. Hay aditamentos a la moda que solucionan los problemas, por ejemplo, los corpiños en forma de bustier, abrochados a la espalda, tradicionales y a la vez modernos, su línea es larga y se confeccionan en nailon satinado para que los vestidos se ajusten a la perfección, sobre todo los que no tienen  tirantes: los trajes de noche o los de playa. Si está vacía, la copa izquierda puede rellenarse. Mejor sería una prótesis, pero, ¡cuidado!, las prótesis pueden reventarse o encogerse, ¿te imaginas los trastornos? En el primer caso, cuando se revientan (es obvio, el pecho tiene forma de globo) es necesario retirar los restos de silicona, volver a operar, remodelar el seno, soportar las curaciones, no hacer ningún esfuerzo durante mucho tiempo (duele levantar los brazos), en suma, ir trabajando la convalecencia. No hay ninguna seguridad, el material plástico suele contraerse, emigrar por la esfera globulosa y formar una protuberancia infame, muy semejante en su textura a la de un tumor.
  Aprovecho que la enfermera se ha ido, me siento y reanudo la lectura de la novela que estaba leyendo en la sala de espera, la abro al azar, aparecen los senos de la parturienta con sus pececillos saltarines, o hilitos de leche en cada uno de los pezones; en el regazo de la madre el niño se ha puesto a llorar, la leche escurre por la areola (rugosa, ennegrecida), la hermana observa perpleja, sin saber qué hacer: el niño empieza a convulsionarse. Chulita, interrumpe la enfermera con sus moditos suaves y su lenguaje impío, permítame tomarle otras placas. Me incorporo, dejo caer la novela, me acerco al aparato de rayos X (¿oculta un microscopio?), coloco mi pechito izquierdo medio amoratado por el frío y la presión (una piel de gallina literal que quizás disimule nódulos cancerosos) sobre la plancha de cristal transparente, un cuerpo de mujer convertido en un lugar, una pared de cristal, una página vacía, las palabras flotan, desprendidas, se arraciman como chorro de luz: me suelto a llorar con grandes sollozos entrecortados, gimo, tengo hipo, el seno prensado eternamente entre las dos placas, pierdo el aliento, duele y me piden que aguante aún más la respiración, ¿cómo puedo aguantarla si estoy sollozando? ¿cómo la aguantarían las vacas? La enfermera se interrumpe, libera mi pecho izquierdo y con un tono amable que no logra encubrir su exasperación explica: hay que volver a empezar de nuevo otra vez, tome usted este klínex, madrecita, suénese por favor la nariz, sí, así, bien, muy bien, así, así, muy bien, mi vida, descanse, tranquilícese, m’hijita y cuando se sienta mejor, volvemos a empezar. Las mujeres estamos hechas para sufrir, tenemos que aguantarnos; ahora sí, ponga su pecho izquierdo aquí, voy a apretar un poquito, bueno, sí, así, ahora cálmese, ya mismo termino.
  Y trato de calmarme, de ser lógica, de combatir la histeria: la rabia me gana, una rabia de puta madre o de la chingada madre (con la consabida indignación de la computadora que también se indigna siempre cuando pulso una a una las letras de las palabras mamografía, mastografía, mastectomía, y cuando pongo en diminutivo los sustantivos con que me bombardea la enfermera), ¿no ve que sólo soy una mujer aterrorizada, una mujer que tiene que hacerse una mastografía para evitar que le hagan una mastectomía?
  Ya lo sé, la supresión del tumor es apenas el comienzo, luego hay que someterse a un tratamiento de quimioterapia cuyas secuelas son imprevisibles, dan náuseas, se cae el pelo a puñados, las uñas se ponen quebradizas y se oscurecen, la piel se reseca, se arruga, se marchita, las terminales nerviosas de los pies y de las manos se atrofian, se sube de peso, se sienten dolores en los huesos y en los músculos, faltan las fuerzas. Me están faltando las fuerzas, de verdad ya no tengo fuerzas… ¡Válgame Dios, qué exagerada!, digo entre dientes, me calma como por ensalmo decirlo. Me he sentido vaca y mis pechos como ubres. (¡Más valdría, en verdad, que se lo coman todo y acabemos!)
   Hace unos años, las mujeres que presentaban ganglios axilares afectados en el momento del diagnóstico constituían una mayoría, dice el instructivo; en la actualidad el 48% de las pacientes se halla en estados más avanzados en el momento del diagnóstico. En ocasiones se ha logrado duplicar el número de casos de conservación del seno en determinadas neoplasias (a partir de dos o tres centímetros) con la aplicación de tratamiento de quimioterapia para reducir el tamaño del tumor antes de practicar una cirugía. Lo cierto es que los tratamientos han cambiado, se tiende cada vez a practicar operaciones más conservadoras. ¿En todas partes? ¿Por qué no usan los rayos láser, si causan menos dolor?»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2005. ISBN: 84-339-6876-9.]