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domingo, 26 de julio de 2026

Tractatus Logico-Philosophicus.- Ludwig Wittgenstein (1889-1951)

«1.- El mundo es todo lo que es el caso.
1.1.-El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.
1.11.-El mundo viene determinado por los hechos y por ser éstos todos los hechos.
1.12.-Porque la totalidad de los hechos determina lo que es el caso y también todo cuanto no es el caso.
1.13.-Los hechos en el espacio lógico son el mundo.
1.2.-El mundo se descompone en hechos.
1.21.-Algo puede ser el caso o no ser el caso, y todo lo demás permanecer igual.
2.-Lo que es el caso, el hecho, es el darse efectivo de estados de cosas.
2.01.-El estado de cosas es una conexión de objetos (cosas).
2.011.-Poder ser parte integrante de un estado de cosas es esencial a la cosa.
2.012.-En la lógica nada es casual: si la cosa puede ocurrir en el estado de cosas, la posibilidad del estado de cosas tiene que venir ya prejuzgada en la cosa.
2.0121.-Parecería algo así como un azar que a la cosa capaz de darse de modo efectivo por sí misma le correspondiera posteriormente un estado de cosas.
Que las cosas puedan ocurrir en estados de cosas, es algo que debe radicar ya en ellas.
(Algo lógico no puede ser meramente posible. La lógica trata de cualquier posibilidad y todas las posibilidades son sus hechos).
Al igual que no podemos en absoluto representarnos objetos espaciales fuera del espacio, ni temporales fuera del tiempo, tampoco podemos representarnos objeto alguno fuera de la posibilidad de su conexión con otros.
Si puedo representarme el objeto en la trama del estado de cosas, no puedo representármelo fuera de la posibilidad de esa trama. 
2.0122.-La cosa es independiente en la medida en que puede ocurrir en todos los posibles estados de cosas, pero esta forma de independencia es una forma de interrelación con el estado de cosas, una forma de dependencia. (Es imposible que las palabras aparezcan de dos modos diferentes, solas y en la proposición).
2.0123.-Si conozco el objeto, conozco también todas las posibilidades de su ocurrencia en estados de cosas.
(Cualquier posibilidad de este tipo debe radicar en la naturaleza del objeto).
No cabe encontrar posteriormente una nueva posibilidad.
2.01231.-Para conocer un objeto, no tengo ciertamente que conocer sus propiedades externas, pero sí debo conocer todas sus propiedades internas.
2.0124.-Dados todos los objetos, vienen dados también con ellos todos los posibles estados de cosas.
2.013.- Cualquier cosa está, por así decirlo, en un espacio de posibles estados de cosas. Puedo representarme vacío ese espacio, pero no la cosa sin el espacio.
2.0131.-El objeto espacial debe encontrarse en el espacio infinito. (El punto espacial es un lugar argumental).
La mancha en el campo visual no tiene, ciertamente, por qué ser roja, pero ha de tener un color: tiene, por así decirlo, el espacio cromático en torno suyo. El tono ha de tener una altura, el objeto del sentido del tacto una dureza, etc.
2.014.-Los objetos contienen la posibilidad de todos los estados de cosas.
2.0141.-La forma del objeto es la posibilidad de su ocurrencia en estados de cosas.
2.02.-El objeto es simple.
2.0201.-Cualquier enunciado sobre complejos puede descomponerse en un enunciado sobre sus partes integrantes y en aquellas proposiciones que describen completamente los complejos.
2.021.-Los objetos forman la sustancia del mundo. Por eso no pueden ser compuestos.
2.0211.-Si el mundo no tuviera sustancia alguna, el que una proposición tuviera sentido dependería de que otra proposición fuera verdadera.
2.0212.-Sería entonces imposible pergeñar una figura del mundo (verdadera o falsa).
2.022.- Es manifiesto que por muy diferente del real que se piense un mundo ha de tener algo en común con él -una forma-.
2.023.- Lo que constituye esta forma fija son precisamente los objetos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1997, en traducción de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera, pp. 15-21. ISBN: 84-487-0119-4.]

domingo, 19 de marzo de 2023

La experiencia de leer.- Clive Staples Lewis (1898-1963)


Biografía de C.S Lewis    «Ahora será oportuno hacer el siguiente resumen de la tesis que estoy tratando de exponer:
  1. Toda obra de arte puede ser “recibida” o “usada”. En el primer caso, la forma creada por el artista determina el comportamiento de nuestra sensibilidad, de nuestra imaginación y de otra serie de facultades. En el segundo, esa forma es un mero auxiliar para el ejercicio de nuestras propias actividades. Podríamos decir —usando una imagen anticuada— que lo primero es como hacer una excursión en bicicleta guiados por alguien que conoce caminos que nosotros aún no hemos explorado. Lo segundo, en cambio, es como añadir un pequeño motor a nuestra propia bicicleta para después recorrer uno de nuestros trayectos conocidos. En sí mismos, éstos pueden ser buenos, malos o indiferentes. Los “usos” que la mayoría hace del arte no son necesariamente vulgares, perversos o morbosos. Ésa es sólo una posibilidad. “Usar” las obras de arte es inferior a “recibirlas” porque al “usarlo” el arte no añade nada a nuestra vida y sólo se limita a proporcionarle brillo, asistencia, apoyo o alivio.
  2. Cuando se trata de la literatura, surge una complicación, porque «recibir» un texto siempre entraña, en cierto sentido, “usar” las palabras que lo integran, atravesarlas para llegar a algo imaginario que no es verbal. En este caso, por tanto, la distinción adopta una forma un poco diferente. Llamemos contenido a ese “algo imaginario”. El que “usa” la obra quiere usar ese contenido: como pasatiempo para los momentos de tedio o angustia, como mero ejercicio mental, como guía para construir castillos en el aire, o, quizá, como fuente de la que extraer “filosofías de vida”. En cambio, el que la “recibe” quiere detenerse en ese contenido, porque, al menos durante cierto tiempo, lo considera un fin en sí mismo. En este sentido, su relación con la obra podría compararse (hacia arriba) con la contemplación religiosa o (hacia abajo) con el juego.
  3. Sin embargo, paradójicamente, el que “usa” la obra nunca hace un uso pleno de las palabras, y, de hecho, prefiere las palabras que excluyen esa posibilidad. Le basta con captar el contenido en forma rápida y aproximativa, porque sólo le interesa usarlo para sus necesidades del momento. Si hay en las palabras elementos que invitan a considerarlas con mayor detenimiento, este tipo de lector los deja de lado; si, para entenderlas, es imprescindible detenerse a considerar esos elementos, simplemente es incapaz de seguir leyendo. Para él, las palabras son meros índices o postes indicadores. En cambio, cuando se lee correctamente un buen libro, las palabras, que, sin duda, indican, hacen algo mucho más sutil que lo que sugiere el término “indicar”: ejercen una coacción muy especial sobre las mentes deseosas, y capaces, de someterse a tan exquisita y fina exigencia. Por eso, cuando decimos que un estilo es “mágico” o “evocador” usamos una metáfora que no es sólo emotiva sino también idónea. Y por la misma razón tendemos a decir que las palabras poseen un “color”, un “sabor”, una “textura”, una “fragancia” o un “aroma”. Por eso, también, las grandes obras literarias parecen maltratadas cuando se les aplica la —inevitable— distinción entre palabras y contenido. Quisiéramos rechazar esa abstracción alegando que las palabras no son sólo el ropaje, ni del contenido siquiera la encarnación. Y no nos equivocamos. Es lo mismo que si intentásemos separar la forma y el color de una naranja. Sin embargo, a veces es necesario que hagamos esa separación con fines meramente analíticos.
  4. Como las “buenas” palabras son capaces de imponernos su voluntad y de guiarnos hacia los ámbitos más recónditos de la mente de un personaje —o de hacernos palpar la singularidad del Infierno de Dante, o la imagen de una isla para el ojo de los dioses— leer bien no es un mero placer adicional —si bien también puede serlo—, sino un aspecto del poder que las palabras ejercen sobre nosotros, y, por tanto, un aspecto de su significado.
  Esto vale, incluso, para la buena prosa, para la prosa eficaz. A pesar de su tono superficial y jactancioso, un prólogo de Bernard Shaw transmite una vitalidad tan jovial, tan atractiva y tan segura de sí misma que su lectura nos colma de placer; y ese sentimiento procede sobre todo del ritmo. Leer a Gibbon nos resulta tan estimulante por esa sensación de triunfo que, después de haber ordenado tantas miserias y grandezas, le permite contemplarlas con olímpica serenidad. Pues bien: son los períodos que escanden su prosa los que nos transmiten ese sentimiento. Son como viaductos que atravesamos a velocidad moderada y constante contemplando sin sobresaltos los valles risueños o impresionantes que se abren ante nosotros.
  Todas las actitudes típicas del mal lector podemos encontrarlas también en el bueno. Sin duda, también éste se emociona y siente curiosidad. Y lo mismo sucede con la dicha que también él es capaz de experimentar a través de los personajes. Desde luego, el buen lector nunca lee movido por ese único interés, pero, si la felicidad es un ingrediente legítimo de la historia, tampoco deja de compartirla. Cuando espera un final feliz no lo hace porque desee obtener ese placer, sino porque considera que, por diferentes razones, la obra misma lo requiere. (Las muertes y los desastres pueden ser tan notoriamente “artificiales” y disonantes como unas campanadas de boda).
  En cambio, el buen lector no persistirá demasiado en la fantasía egoísta. Sin embargo, sospecho que, sobre todo en la juventud o en otros períodos infelices, puede ser ella la que lo mueva a leer determinado libro. Se ha dicho que la atracción que Trollope o, incluso, Jane Austen ejercen sobre muchos lectores se debe a la riqueza con que supieron pintar el ocio de que gozaban por entonces los miembros de su clase —o de la clase que identifican con la suya—, a la sazón protegidos por una posición más próspera y estable. Quizá, a veces, suceda lo mismo con los libros de Henry James. En algunas de sus novelas, la vida que llevan los protagonistas resulta tan inaccesible para la mayoría de nosotros como la de las hadas o las mariposas; para ellos no existen obligaciones religiosas ni laborales, preocupaciones económicas, exigencias familiares o compromisos sociales. Sin embargo, eso sólo puede atraer al lector en un primer momento. Por importante e, incluso, obstinado que sea su propósito de valerse de autores como Trollope, Jane Austen o James para alimentar sus fantasías egoístas, el lector no tardará mucho en desalentarse.
  Al caracterizar estas dos maneras de leer he evitado deliberadamente el término “entretenimiento”. Aunque a veces aparezca reforzado con el adjetivo “mero”, sigue siendo demasiado ambiguo. Si designa el placer ligero y juguetón, entonces creo que eso es precisamente lo que nos proporcionan ciertas obras literarias como, por ejemplo, algunas frivolidades de Prior o de Marcial. Si se refiere a las cosas que “atrapan” al lector de novelas populares —el suspense, la emoción, etc.—, entonces yo diría que todo libro debería ser entretenido. Un buen libro será más entretenido, nunca menos. En este sentido, la capacidad de entretener al lector constituye una especie de prueba de calidad. Si una obra literaria no es capaz siquiera de brindar entretenimiento, no necesitamos seguir examinando sus méritos de mayor rango. Pero, desde luego, lo que “atrapa” a un lector puede no atrapar a otro. Allí donde el lector inteligente suspende la respiración, el corto de alcances podrá quejarse de que no sucede nada. De todos modos, espero que la mayoría de las connotaciones negativas que suele entrañar el término “entretenimiento” hayan quedado recogidas en mi clasificación.
La experiencia de leer (Trayectos Lecturas): Amazon.es: Lewis, C S ...  También me he abstenido de utilizar la expresión «lectura crítica» para describir el tipo de lectura que considero correcta. Salvo cuando se la utiliza elípticamente, esa expresión me parece muy engañosa. En un capítulo anterior he dicho que sólo podemos juzgar la pertinencia de una oración, e incluso de una palabra, por la función que cumple o deja de cumplir. El efecto siempre debe preceder al acto que lo juzga. Lo mismo vale para todo el libro. En el caso ideal, primero deberíamos leerlo, y después valorarlo. Lamentablemente, cuanto más tiempo llevamos ejerciendo una profesión literaria, o frecuentando los círculos literarios, menos respetamos esa norma. Quienes sí lo hacen, excelentemente, son los jóvenes. Cuando leen por primera vez una gran obra se sienten «aplastados». ¿Acaso la critican? ¡Por Dios, no! Lo que hacen es volver a leerla. Pueden demorarse mucho en formular el juicio: “Ésta debe de ser una gran obra”. Pero en etapas ulteriores no podemos dejar de juzgar a medida que leemos; esto se convierte en un hábito. No logramos crear el silencio interior, el vacío mental que requiere la recepción plena de la obra. Y mucho menos lo logramos cuando, al leer, sabemos que estamos obligados a formular un juicio; como cuando leemos un libro para escribir una reseña o cuando un amigo nos pasa un manuscrito porque quiere que le aconsejemos. Entonces el lápiz se pone a trabajar en el margen y las frases de censura o aprobación se forman por sí solas en nuestra mente.
  Por eso, dudo mucho de que la crítica sea un ejercicio adecuado para los lectores jóvenes. La reacción del alumno inteligente ante determinada obra se expresará de una manera mucho más natural a través de la parodia o la imitación. Si la condición necesaria de toda buena lectura consiste en «saber apartarnos del camino», es muy poco probable que logremos facilitar esa disposición en los jóvenes obligándolos a expresar continuamente sus opiniones. En este sentido, una de las cosas más perniciosas que puede hacer el profesor es incitarlos a abordar toda obra literaria con desconfianza. Sin duda, esa actitud será muy justificada. En un mundo lleno de sofistería y propaganda, queremos proteger a la nueva generación evitándole decepciones y precaviéndola contra el tipo de falsos sentimientos y de ideas confusas que con tanta frecuencia suele proponerle la palabra impresa. Pero, lamentablemente, el mismo hábito que le impide exponerse a la mala literatura puede impedirle todo contacto con la buena. El campesino “sagaz”, que llega a la ciudad demasiado aleccionado contra los cazadores de ingenuos, no siempre lo pasa precisamente bien; en realidad, después de haber rechazado muchas amistades genuinas, de haber desperdiciado muchas oportunidades reales y de haberse granjeado no poca antipatía, lo más probable es que caiga en las redes de algún pícaro que sepa alabar su «astucia». Lo mismo sucede en este caso. Ningún poema librará su secreto a un lector que penetre en él pensando que el poeta probablemente haya querido engañarle pero que en su caso no lo conseguirá. Si queremos obtener algo del poema, debemos correr ese riesgo. La mejor defensa contra la mala literatura es una experiencia plena de la buena; así como para protegerse de los bribones es mucho más eficaz intimar realmente con personas honradas que desconfiar en principio de todo el mundo.
  Desde luego, los muchachos sometidos a este entrenamiento capaz de atrofiar su sensibilidad, no acusan sus efectos condenando sin más todos los poemas que sus maestros les presentan. Determinada combinación de imágenes, rebelde a toda lógica e imposible de imaginar visualmente, merecerá sus elogios si la encuentran en Shakespeare, y su “denuncia” triunfal si la encuentran en Shelley. Pero esto se debe a que saben muy bien lo que se espera de ellos. Saben, por otro tipo de razones, que hay que elogiar a Shakespeare y condenar a Shelley. No responden correctamente porque su método les haya permitido descubrir la respuesta correcta, sino porque la conocían de antemano. No siempre es así; entonces, su respuesta reveladora puede encender en el maestro una tímida duda acerca de la eficacia del método.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2000, en traducción de Ricardo Pochtar, pp. 69-73. ISBN: 978-8484280378.]

viernes, 4 de septiembre de 2020

Teoría estética.- Theodor W. Adorno (1903-1969)

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Las categorías de lo feo, lo bello y la técnica
La categoría de lo feo

  «Es un lugar común que el arte no se agota en el concepto de lo bello, sino que, para llegar a la plenitud, necesita de lo feo como negación suya. Pero con esto no se ha suprimido la categoría de lo feo como regla de lo prohibido. Esta prohibición no se refiere sólo al quebranto de las reglas generales, sino a las del acierto inmanente. Su universalidad es lo mismo que el primado de lo singular: nada debe haber que no sea específico. La prohibición de lo feo se convierte en prohibición de todo lo no formado hic e nunc, de lo no proporcionado del estado bruto. El término técnico de su recepción por el arte es el de disonancia, pero la estética tanto como la actitud ingenua lo llaman sencillamente lo feo. Sea de esto lo que sea, lo cierto es que constituye, o puede constituir, uno de los momentos del arte. Rosenkranz, discípulo de Hegel, tiene una obra titulada Estética de lo feo. Tanto el arte arcaico como el tradicional, desde los faunos y silenos del helenismo, abundan en representaciones de lo que se considera feo. El peso de este elemento ha crecido tanto en el arte moderno que se ha convertido en una cualidad nueva. La estética tradicional contrapone este elemento a la dominante ley de la forma que lo integra y lo hace entrar en la obra de arte por causa de la libertad subjetiva y cualquiera que sea la materia de que se trate. Estas materias serían bellas en un sentido superior: bien por su cometido en la composición de la obra, bien porque producen un equilibrio dinámico. Es que, según Hegel, la belleza reside no sólo en un resultado equilibrado, sino también en la tensión misma que lo hace madurar. Una armonía resultante que negase esa tensión que late en ella es perturbadora, falsa, o si se quiere, disonante. Pero modernamente se protesta contra esta armonía que se supone en lo feo y así aparece algo cualitativamente nuevo. Los horrores anatómicos de Rimbaud y Benn, lo físicamente repugnante en Beckett o los rasgos escatológicos de algunos dramas contemporáneos nada tienen que ver con los campesinos de los cuadros holandeses del siglo XVII. Ha pasado ya esa soberbia del arte que creía poder integrar en sí mismo, de forma elevada, el placer anal; la ley de la forma capitula impotente ante lo feo. La razón es que la categoría de lo feo es absolutamente dinámica y necesaria, lo mismo que la de su opuesto, la de lo bello. Ambas se ríen de los intentos de fijarlas en definiciones, como hace cualquier estética, a cuyas normas, aunque sólo fuera indirectamente, tuvieran que obedecer. Juzgar que un paisaje asolado por una instalación industrial o un rostro deformado en pintura es sencillamente feo, puede ser la respuesta espontánea a tales fenómenos, pero carece de esa evidencia que cree poseer. Aún no se ha explicado satisfactoriamente la impresión de fealdad que producen la técnica y la industria, y no es imposible que esta impresión pudiera seguir existiendo en esas formas funcionales puras y estéticamente integradas de las que habla Adolf Loos. Lo que aquí opera es un principio de violencia, de destrucción. Los objetivos previstos son irreconciliables con el lenguaje de la naturaleza, por muchas mediaciones que ésta ofrezca. La violencia que la técnica ejerce sobre la naturaleza no sólo se ve reflejada por la representación sino que alta inmediatamente a los ojos. Esta situación podría cambiar si las fuerzas productivas cambiasen también, no sólo de objetivos, sino de relación con la naturaleza, a la que ahora se trata de tecnificar. Tras haber acabado con las necesidades inmediatas, las fuerzas de producción podrían orientarse hacia otras metas distintas del mero aumento cuantitativo de la producción. Hay ya indicios de este cambio en esas casas funcionales que adoptan sin embargo formas y líneas campestres, y también en esa selección de los materiales con que se construyen tomándolos del entorno y adaptándose a él, como sucede en muchos castillos y palacios. La llamada paisajística puede ser un bello esquema de esta posibilidad. Una racionalidad que se apropiase tales motivos serviría para cerrar las heridas de la racionalidad.
Libro Teoría estética, W. Adorno, Theodor, ISBN 48037590. Comprar en  Buscalibre Hasta en la sentencia simplista que dicta la conciencia burguesa contra la fealdad del paisaje destrozado por la industria existe una callada conformidad con que se domine la naturaleza donde ésta presente al hombre un rostro indómito. Esos destrozos llevan en su interior la ideología del dominio, pero su fealdad desaparecería cuando la relación de los hombres con la naturaleza dejara de tener ese carácter represivo, que es consecuencia de la opresión de los hombres, y no lo contrario. En un mundo asolado por la técnica, el potencial para el cambio está en una técnica que se hiciera específica, no en los esclavos que aquella técnica ha producido. Nada hay tan sencillamente feo que no pudiera perder esa su fealdad por su inclusión valiosa en una obra no hecha con gusto culinario. Lo que figura como feo es ante todo lo pasado históricamente, rechazado por el arte en busca de su autonomía y convertido así en una realidad mediatizada. El concepto de lo feo podría haber nacido al elevarse el arte de su fase arcaica, y nos señala ese permanente retorno tan propio suyo, retorno implicado en la dialéctica del entendimiento. La arcaica fealdad de esos amenazadores ídolos de los caníbales tenían su contenido, eran la imitación del miedo que nacía en ellos como un pecado. Al hacer desaparecer el sujeto adulto ese miedo mítico, vacía de contenido esos rasgos antes penetrados por el tabú: son, pues, feos comparados con la actitud de reconciliación introducida en el mundo por el sujeto adulto y su libertad viviente. Pero los viejos espantajos siguen existiendo en la historia, que no acepta la libertad y en la que el sujeto, como agente de esclavización, continúa imponiendo prohibiciones míticas contra las que sin embargo se rebela y bajo las que existe. La frase de Nietzsche de que todas las cosas buenas fueron amargas alguna vez, la idea de Schelling de lo que fue fecundo en los comienzos pudieron extraerse de sus experiencias estéticas. Cualquier contenido hundido y renacido de nuevo puede ser imaginativa y formalmente sublimado. La belleza no es el puro comienzo platónico sino algo que ha llegado a ser por la renuncia a lo que en otro tiempo se temía, y nace, en la etapa final, de la contemplación retrospectiva de su oposición a lo feo. Belleza es prohibición de prohibición, que le viene por vía de herencia. El sujeto subsume bajo la categoría abstracta y formal de lo feo cuanto condena en arte, lo sexual polimorfo y la violencia desordenada y mortal: de ahí el polimorfismo de la fealdad. Por su concepto mismo, el arte no sería nada si no apareciese lo antitéticamente contrapuesto a lo que en él mismo se hace presente de nuevo; si no existiera esa negatividad que corroe sus momentos más espiritualizados, esa antítesis de lo bello que fue antes su propia antítesis. En la historia del arte, la dialéctica de lo feo incluye en sí misma la categoría de lo bello. Desde este punto de vista, podemos llamar cursi a lo bello en cuanto feo, convertido en tabú en nombre de la hermosura que tuvo alguna vez y a la que ahora se opone por ausencia de tensión.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Fernando Riaza, revisada por Francisco Pérez Gutiérrez. ISBN: 84-7530-455-9.]

viernes, 15 de mayo de 2020

Cursos de la Bauhaus.- Wassily Kandinsky (1866-1944)

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Resumen del programa de enseñanza "Las Formas" (curso preparatorio)
IVº Semestre (invierno 1929-1930)
7ª clase, 25 de enero de 1929

  «Tema: la casa de vivienda (formando parte del tema "la vida"). Participan en el debate, sobre todo, Flake y Neumann. Su punto de vista: tomar en cuenta las funciones biológicas y la economía. Rechazan el edificio estándar, las casas deben corresponder a las necesidades y al gusto del cliente (actualmente no se construye para que dure un siglo, sino de aquí a veinte años).
 Me asombro de este individualismo, que contrasta con las opiniones anteriormente definidas. Resulta difícil precisar si hay que buscar la forma en la arquitectura. Respuesta de los estudiantes: "La forma se produce automáticamente, es una consecuencia lógica". El problema de si debe fomentarse o no la pequeña o la gran propiedad, queda sin resolver. Como los problemas de la forma entran dentro de las funciones psicológicas debemos tenerlas en cuenta. ¿De qué manera? No hemos hablado de ello. […]

10ª clase, 6 de julio de 1928

 […] Exposiciones de Lotte Beese y Tolziner sobre los principios de la arquitectura.
 Beese: el edificio está en función de la situación geográfica (insolación, altitud, clima, etc.), del hombre y del tráfico (por ejemplo: solución del problema del tráfico en Rotterdam por Berlage con gran despliegue de medios, por Stam de manera puramente funcional).
 Tolziner: presenta su proyecto de una casa para una pareja joven en Basilea (el hombre: funcionario; la esposa: "idealista", gran círculo de amigos [10 a 20 invitados]). La casa está dividida en tres partes, dos habitaciones hacia el sur, separadas por el cuarto de baño; hacia el este el cuarto de estar, gran ventanal que da al huerto, la cocina al norte, pequeño taller de bricolaje y dependencias.
 Debate: ¿En qué medida se toma en cuenta al hombre? ¿Tolziner se basó únicamente en las necesidades de esta pareja joven?
 Tolziner: Sí, en este caso, pero la construcción de casas-tipo es necesaria. Plantea la pregunta: ¿hay que construir de modo diferente para usuarios progresistas o retrógrados, incluso hostiles? No, debemos, a través de toda nuestra actividad, ayudar a los humanos a seguir el buen camino.
 Monastirski: Lo ideal sería disminuir las dificultades materiales de los hombres y educarlos en un espíritu de colectividad. Es imprevisible saber lo que harán con su futuro ocio, pero eso no es cosa nuestra.
 Observa que una laguna de la actividad de la Bauhaus es detenerse en los problemas de la actualidad, sin preocuparse por los imperativos del futuro. No puede obtenerse algo válido si no se apunta a un fin lejano. El peligro es convertirse en otra escuela de Artes Decorativas, pero de diferente estilo.
 Pregunta: ¿Por qué preferimos, por principio, las forma simples? Las viejas formas están ajadas, vivimos una vida sobre nuevas bases, rodeados de cosas "muertas". Reencontramos las relaciones perdidas con la "naturaleza" por una conciencia interior de las relaciones orgánicas del mundo y finalmente del cosmos, para resolver los problemas secundarios (por ejemplo, las colectividades). Todas las tareas actuales derivan de la transición que, después de la pérdida de las relaciones (estancamiento del siglo XIX), nos lleva hacia la gran síntesis. […]
Cursos de la Bauhaus Alianza Forma Af de Wassily Kandinsky 15 ene ... 
10ª clase, 1 de marzo de 1929

 Hablo del empleo de la horizontal y de la vertical en la arquitectura: dos tensiones, etc.
 Pregunta: ¿Diferencia entre una catedral gótica y una fábrica moderna? Las diferencias derivan del fin, de la intención. Defino las diferencias; la situación en el paisaje (la catedral a lo lejos, la fábrica formando parte de la ciudad). La forma de la entrada (oculta para la catedral, inmediatamente visible para la fábrica). La puerta (para la catedral un rincón hacia una pequeña abertura, para la fábrica una abertura ancha y grande). Luz: (en la catedral en seguida sombra, la entrada también, en la fábrica todo lo más claro posible). Oscuridad en la catedral con acentos coloreados, acceso directo hacia el altar, por arriba las bóvedas parecen ilimitadas, las naves laterales esfumadas, etc. En la fábrica exactamente lo contrario.
 Causa: el acceso y la entrada a la catedral deben arrancar al hombre de la vida de todos los días. Hay que forzar la entrada. La oscuridad y los colores crean una luz inmaterial, que acentúa lo irreal, apoyan al subconsciente. Las voces y las resonancias son deliberadamente mezcladas, confusas, irreales.
 En la iglesia católica: latín incomprensible.
 Causa interior: en la fábrica: estímulo del pensamiento consciente; en la catedral: embotamiento, tendente hacia una sensación interiorizada, secreta.
 Muestro imágenes de Arquitectura china en el paisaje. Las pagodas: la tensión vertical no se debilita por los acentos horizontales, sino que, por el contrario, se acentúa. Tensión y tensión opuesta o frenada, la ley no matemática que cito gustoso.
 Progresivamente las verticales se redondean en las puntas, es decir la vertical es subrayada en la horizontal.
 Teatro chino: pagoda (móvil religioso).
 Teatro chino comparado con el teatro europeo.
 Diferenciación descuidada entre las salas de teatro (ópera, tragedia), de cine, de conciertos, de conferencias o de reunión (en Europa). Al final del curso discusión sobre la "contestación primaveral" en la Bauhaus. Subrayo que entre nosotros el elemento humano está subestimado. Las nuevas formas, que hoy parecen de tanta actualidad, hallan una solución (dependen más de la "época" que de nosotros mismos) y pronto serán superadas. Sólo el elemento humano conserva una validez definitivamente.
 Pero no hay que ser parcial: lo concreto y lo humano deben desarrollarse simultáneamente y de manera equivalente.
 ¡Y!»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1985, en traducción de Ester Sananes. ISBN: 84-206-7011-1.]

martes, 21 de abril de 2020

El arte del relato.- Jakob Wassermann (1873-1934)

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 «Anciano: Hay tres clases de escritores: aquéllos que tienen un  estilo propio y son capaces de cultivarlo hasta una perfección suprema, aquéllos que buscan un estilo propio y, finalmente, aquéllos que hallan un estilo vulgar y se comportan con él como los huéspedes de una taberna con las mesas, jarras y sillas: nunca serán dueños de su palabra, de sus pensamientos, de sus construcciones; se les congelará la vivencia más ardiente; los sentimientos sublimes serán triviales; toda inspiración será intención; toda influencia ajena, imitación; todo lo intenso, brutal y lo fino, flojo. Pero no vamos a hablar de esos escritores que proporcionan mercancía a la gran masa. Tú perteneces a la segunda clase.
 Joven: Pues eso no está tan mal. Todos buscamos algo. Sí, se puede decir que incluso el grandísimo maestro no cesó de buscar hasta el día de su muerte. ¿Por qué sonríes?
 Anciano: Porque en esa observación reconozco que de momento sólo has entendido un poco de lo que he dicho. Cuando los grandes maestros buscan es porque quieren alcanzar una concordancia entre el fondo y la forma. Saben que una obra de arte no puede existir sin semejante armonía. Y porque lo saben y aspiran de esa forma a la perfección y se guardan mucho de desperdiciar su abundancia de recursos en el objeto o en el lugar equivocados, nacerá siempre algo digno del arte y de su propia personalidad creadora. Buscan con ojos de videntes: vosotros, en cambio, buscáis como ciegos; ellos recorren el camino más recto y alcanzan una meta, aunque ésta no siempre sea la deseada; vosotros os movéis dando tumbos, en círculos. Los buscadores que desconocen la esencia están condenados a caer.
 Joven: En verdad me preocupas. Te odiaría si no supiese que hablas realmente en serio. Adivino por dónde vas. Habla, pues, de mí.
 Anciano: Bien. De momento he de poner reparos a dos aspectos de tus trabajos, uno aparentemente extrínseco y otro aparentemente intrínseco: a saber, que no llenan de placidez al lector y que el mismo fondo carece de necesidad existencial. Ambos están mucho más íntimamente relacionados de lo que crees, te lo demostraré en un momento.
 Joven: ¿Qué quieres decir con placidez? Si es más bien lo contrario lo que tenemos por objeto cuando imaginamos ficciones: excitación, emoción, implicación, conmoción. Creo que te estás burlando de mí.
 Anciano: Entiendo la placidez en un sentido más elevado, artístico. Por ella entiendo la confianza ilimitada del lector ideal hacia el narrador. Esa confianza resulta de la credibilidad y la credibilidad resulta de la necesidad del objeto narrado. Observa, pues, qué sólida es la relación entre ambos aspectos y será aún más inseparable para el ojo y para el sentimiento mediante eso que el lego, el diletante, el crítico mediocre llama "técnica": mediante la forma del relato. Esto también es extrínseco sólo en apariencia, pues en realidad es el alma del arte épico.
 Joven: Estás dando demasiados rodeos. ¿No querías hablar de mis trabajos?
 Anciano: Pues bien, digo que a tus productos les falta placidez, porque no tienes ni los medios ni el conocimiento para producirla. Lo que escribes lleva inequívocamente el sello de la experiencia directa e indirecta, pero estas experiencias no están transfiguradas y elevadas artísticamente y por ello se quedan sin efectos poéticos. Tienes un sentimiento fuerte y natural, pero que rara vez actúa en toda su pureza porque el fondo no es capaz de fundirse totalmente con él. ¿Te das cuenta entonces de por dónde voy? ¿Notas cómo todo lo intrínseco es a la vez extrínseco y viceversa?
 Joven: No noto más que pedantería y no oigo nada más que palabrería. Si una forma artística no es suficiente para lo que yo quiero expresar, entonces habrá que ampliar esa forma. ¿Dónde están escritas esas leyes a las que me he de someter? ¿Quién las ha dictado y por qué debería doblegarme ante ellas?
STURREGANZ. EL ARTE DEL RELATO | JAKOB WASSERMANN | Comprar libro ... Anciano: ¿Que dónde están escritas? En el sentimiento humano. ¿Que quién las ha dictado? El sentimiento humano. ¿Que por qué te has de doblegar ante ellas? Porque si no, no podrás crear impresiones y tu palabra y tu obra tendrán una vida más efímera que un pedazo de hielo bajo el sol del mediodía. En el curso de los siglos, de los milenios, se ha descubierto aquello que emociona, consuela y deleita a la humanidad, lo que proviene de sus abismos y lo que se dirige hacia ellos. Aquéllos que lo observaron y alcanzaron semejantes efectos, no ciegamente, sino mediante saber brillantísimo, ésos fueron los maestros. El que se resista a las enseñanzas no puede siquiera llegar a aprendiz.
 Joven: Enséñame, pues.
 Anciano: Ya te dije antes que los elementos no se quieren mezclar en tu interior; argumento y sentimiento permanecen hostiles, uno frente a otro, sin fundirse. La consecuencia es una disonancia permanente que se manifiesta por doquier. Realmente no relatas acontecimientos, sino que describes situaciones. Te parece importante precisamente lo que en el relato es y debe ser irrelevante. Brincas de situación en situación, lo que está entre medias te resulta un recurso de urgencia, se convierte en un informe forzado que decepciona por su sobriedad. Como te das cuenta claramente de tu propia indecisión como creador, te ves apremiado a hacer compensaciones y has de recurrir a descripciones patético-líricas en las que la acción no avanza un solo paso. Porque de eso se trata, bien entendido: el movimiento lo es todo, pues todo arte nace del movimiento. La creación de tus personajes está íntimamente relacionada con eso. Tus figuras no tienen descanso. Están hábil y verosímilmente trazadas, mientras están vinculadas a la acción, pero consideradas individual y autónomamente parecen apagadas y torpes. Saben demasiado bien lo que tienen que hacer, no en su mundo, sino en el tuyo. Falta una intención suprema y el poder de la ilusión. Una figura tiene que estar viva a pesar de la acción, no gracias a la acción. ¿Si no, a qué se debe que en los escritores mediocres las figuras más verosímiles sean precisamente las que menos entrelazadas están con la acción y sus intrigas, las denominadas figuras episódicas? Sólo ellas difunden placidez, es decir, son verosímiles, porque aparentemente no persiguen ningún fin. Así que si se puede decir que el arte resulta del movimiento, hay que añadir que hace efecto mediante la aparente ineficacia del movimiento.
 Joven: Tengo más y más dudas. Me surgen cientos de preguntas, pues me doy cuenta de la profundidad que alcanzas. Vislumbro algún aspecto que antes ni siquiera hubiera podido sospechar. Pero permíteme que te haga unas preguntas. Decías que no relato acontecimientos, sino que describo situaciones, y tengo que reconocer que con ello se me confunden los conceptos. ¿No es un mero juego de palabras? ¿Qué diferencia crees que existe entonces entre relato y descripción? Quiero decir, ¿en qué medida puede mermar el efecto de una obra? ¿No son barreras metódicas?»
    
  [El texto procede de la edición en español de KRK Ediciones, 2009, en traducción de Héctor Canal Pardo. ISBN: 978-84-8367-249-5.]