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domingo, 24 de diciembre de 2023

La conexión cósmica.- Carl Sagan (1934-1996)


Carl Sagan - Wikipedia
26.-La conexión cósmica


 «Desde los primeros tiempos, los seres humanos han reflexionado sobre el lugar que ocupan en el Universo. Se han preguntado si están conectados de alguna manera con el asombroso e inmenso Cosmos en el que la Tierra está inmersa.
 Hace muchos miles de años se inventó una seudo-ciencia llamada Astrología. Las posiciones de los planetas, al nacer un niño, se creía que desempeñaban un papel importantísimo en determinar su futuro. Los planetas, puntos de luz de eterno parpadear, eran dioses. En su vanidad, el hombre imaginó un Universo diseñado para su propio beneficio y perfectamente organizado para su uso particular.
 Quizá se supuso que los planetas eran dioses a causa de sus movimientos irregulares. La palabra “planeta” significa, en griego, vagabundo. El imprevisible comportamiento de los dioses en muchas leyendas puede haber correspondido con los, al parecer, también imprevisibles movimientos de los planetas. Se supone que se razonó así: Los dioses no se sujetan a normas; los planetas no se sujetan a normas; los planetas son dioses.
 Cuando la antigua casta sacerdotal astrológica descubrió que el movimiento de los planetas no era irregular, sino previsible, se guardaron la información para sí. No valía la pena preocupar innecesariamente al populacho, socavar sus creencias religiosas y erosionar las bases del poder político. Además, el Sol era la fuente de vida. La Luna, mediante las mareas, dominaba la agricultura, especialmente en las cuencas de ríos como el Indo, el Nilo, el Yangtze, y el Tigris-Éufrates. ¡Cuán razonable era entonces que estas luces menores, los planetas, ejercieran influencia sobre la vida humana, una influencia más sutil, pero no menos eficaz!
 La búsqueda de una conexión, el eslabón entre la gente y el Universo, no ha disminuido desde los albores de la astrología. A pesar de los avances de la ciencia, aún persiste tal necesidad.
 Ahora sabemos que los planetas son, aproximadamente, mundos como el nuestro. Sabemos también que su luz y gravedad no influyen en absoluto en el nacimiento de un niño. Sabemos que hay enormes cantidades de otros objetos —asteroides, cometas, pulsars, quasars, galaxias explosivas, agujeros negros, etcétera—, objetos desconocidos para los antiguos especuladores que inventaron la astrología. El Universo es muchísimo más grande de lo que pudieron haber imaginado.
 La Astrología no ha tratado de mantenerse a la altura de los tiempos. Incluso los cálculos de los movimientos planetarios y posiciones establecidos por la mayor parte de los astrólogos son normalmente inexactos.
 Ningún estudio muestra estadísticamente un índice de éxitos significativos al predecir, mediante sus horóscopos, el futuro o los rasgos de la personalidad de los recién nacidos. No hay ningún campo de radio-astrología, o astrología por rayos X, o astrología por rayos gamma, que tengan en cuenta las nuevas fuentes astronómico-energéticas descubiertas en años recientes.
 Sin embargo, la Astrología sigue siendo sumamente popular en todas partes. Por lo demás, hay diez veces más astrólogos que astrónomos. Un gran número, probablemente la mayor parte, de periódicos en los Estados Unidos publican diariamente sus secciones de horóscopos.
 Mucha gente joven, gente brillante y socialmente bien situada, siente gran interés por la Astrología. Satisface una necesidad interior de sentirse importantes como seres humanos en un Cosmos inmenso y asombroso, creer que de alguna manera nos relacionamos con el Universo, ideal de muchas experiencias religiosas y con drogas, el samadhi de algunas religiones orientales.
 Los grandes conocimientos de la astronomía moderna demuestran que, en algunos aspectos muy diferentes a los imaginados por los antiguos astrólogos, estamos conectados con el Universo.
 Los primeros científicos y filósofos —Aristóteles, por ejemplo— imaginaron que el cielo estaba hecho de un material diferente al de la Tierra, una especie de substancia celeste, pura e inmaculada. Ahora sabemos que éste no es el caso. Trozos del cinturón de asteroides llamados meteoritos, las muestras de la Luna traídas por los astronautas del Apolo y por las sondas soviéticas, el viento solar y los rayos cósmicos, que probablemente se generan por la explosión de estrellas y sus restos, todos ellos muestran la presencia de los mismos átomos que conocemos aquí, en la Tierra. La espectroscopia astronómica puede determinar la composición química de estrellas situadas a miles de millones de años luz de distancia. Todo el Universo está hecho con material familiar. Los mismos átomos y moléculas se hallan presentes a enormes distancias de la Tierra como lo están dentro de nuestro Sistema Solar.
 Estos estudios conducen a una notable conclusión. No solamente el Universo está en todas partes constituido por los mismos átomos, sino que los átomos, hablando en términos generales, están presentes en todas partes y en aproximadamente las mismas proporciones.
La conexión cósmica una perspectiva extraterrestre[1973] sagan carl … Casi toda la substancia de las estrellas y la materia interestelar entre estrellas es hidrógeno y helio, los dos átomos más simples. Todos los demás átomos son impurezas, constituyentes vestigiales. Esto también puede aplicarse a los grandes planetas exteriores de nuestro Sistema Solar, como Júpiter. Pero no es así en cuanto se refiere a los trozos comparativamente pequeños de roca y metal en la parte interior del Sistema Solar, como nuestro planeta Tierra. Esto ocurre porque los pequeños planetas terrestres tienen gravedades demasiado débiles para retener sus atmósferas originales de hidrógeno y helio, atmósferas que gradualmente han escapado al espacio.
 Los siguientes átomos más abundantes en el Universo son el oxígeno, carbono, nitrógeno y neón. Todo el Mundo ha oído hablar de estos átomos. ¿Por qué los elementos que más abundan en el plano cósmico son los más razonablemente corrientes en la Tierra, y no, por ejemplo, el Ytrio o el praseodimio?
 La teoría de la evolución de las estrellas está lo suficientemente avanzada para que los astrónomos puedan comprender sus diferentes clases y sus relaciones: cómo una estrella nace del gas y polvo interestelares, cómo brilla y se desarrolla mediante reacciones termonucleares en su ardiente interior, y cómo muere. Estas reacciones termonucleares son de la misma clase que las reacciones que fundamentan las armas nucleares (bombas de hidrógeno): la conversión de, cuatro átomos de hidrógeno en uno de helio.
 Pero en las posteriores etapas de la evolución estelar en el interior de las estrellas se alcanzan elevadas temperaturas, y los elementos más pesados que el helio se generan por procesos termonucleares. La astrofísica nuclear indica que los átomos más abundantes, producidos en estas gigantescas estrellas ardientes, son precisamente los átomos que más se encuentran en la Tierra y en cualquier otra parte del Universo. Los átomos pesados, generados en los interiores de los gigantes rojos, son arrojados al medio interestelar mediante un lento reflujo desde la atmósfera de la estrella, como nuestro propio viento solar, o por medio de poderosas explosiones estelares, algunas de las cuales pueden hacer que una estrella brille mil millones de veces más que nuestro Sol.
 Un reciente estudio espectroscópico con infrarrojos de estrellas en fusión descubrió que están lanzando al espacio silicatos, polvo de roca arrojado al medio interestelar. Las estrellas de carbono probablemente lanzan partículas de grafito al espacio cósmico que las rodea. Otras estrellas desprenden hielo.
 En sus primeras etapas históricas, probablemente algunas estrellas como el Sol lanzaron fuera de sí grandes cantidades de compuestos orgánicos al espacio interestelar; de hecho y mediante el empleo de métodos radioastronómicos, se encuentran moléculas orgánicas simples que parecen rellenar el espacio entre las estrellas. La nebulosa planetaria más brillante que se conoce (una nebulosa planetaria es una nube en expansión, por lo general rodeada por una estrella explosiva llamada nova) parece contener partículas de carbonato de magnesio.
 Estos átomos pesados —carbono, nitrógeno, oxígeno, silicio, y demás— flotan en el medio interestelar hasta que en algún momento posterior se da una condensación gravitacional local y se forman un nuevo sol y nuevos planetas. Este sistema solar de segunda generación está enriquecido por elementos pesados.
 El destino de los seres humanos puede no estar conectado de una manera profunda con el resto del Universo, pero la materia de que estamos hechos se halla íntimamente ligada a procesos que ocurrieron durante inmensos intervalos de tiempo y enormes distancias en el espacio lejos de nosotros. Nuestro Sol es una estrella de tercera generación. Todo el material rocoso y metálico sobre el cual nos encontramos el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros dientes, o el carbono de nuestros genes se produjeron hace miles de millones de años en el interior de una gigantesca estrella roja. Estamos hechos de material estelar.
 Nuestra conexión molecular y atómica con el resto del Universo es un circuito cósmico real y nada caprichoso o imaginativo.
 Al explorar el firmamento que nos rodea con el telescopio y con las naves espaciales, es posible que surjan otros circuitos. Pueden ser una red de civilizaciones extraterrestres intercomunicadas a las que probablemente mañana tengamos que unirnos nosotros. La fallida declaración de la astrología —que las estrellas influyen sobre nuestros caracteres individuales— no será confirmada por la astronomía moderna.
 Pero la profunda necesidad humana de buscar y comprender nuestra conexión con el Universo, es un objetivo dentro de nuestro alcance.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1986, en traducción de Jaime Piñeiro, pp.168-172. ISBN: 978-84-7634-115-5.]

domingo, 26 de septiembre de 2021

Políticas de la naturaleza. Por una democracia de las ciencias.- Bruno Latour (1947)


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5.-La exploración de los mundos comunes

Las dos flechas del tiempo

 «Mientras que los modernos iban siempre de la confusión a la claridad, de lo complicado a lo simple, de lo arcaico a lo objetivo y ascendían siempre por la escalera del progreso, nosotros –aunque seguiremos progresando- lo haremos descendiendo por un camino que, sin embargo, no es el de la decadencia: iremos de lo confuso a lo todavía más confuso, de lo complicado a lo todavía más complicado, de lo explicado a lo implicado. No esperamos del futuro que nos emancipe de todos nuestros vínculos, sino que nos vincule, al contrario, mediante lazos más estrechos, a mayores multitudes de aliens que hayan pasado a ser miembros a tiempo completo del colectivo (1) en vías de formación. “Mañana –exclaman los modernos- nos habremos desprendido más”. “Mañana –murmuran los que debemos llamar no-modernos- estaremos más ligados”. Mark Twain afirmaba que no hay nada seguro aparte de la muerte y los impuestos; será preciso añadir a partir de ahora una certeza más: mañana el colectivo estará más intrincado que ayer. Será preciso, en efecto, mezclarnos aún más íntimamente con la existencia de una multitud todavía mayor de seres humanos y no-humanos, cuyas demandas serán todavía más inconmensurables que las del pasado, y en las que, sin embargo, deberemos ser capaces de refugiarnos sin una morada común. Ya no esperamos que ninguna lluvia de fuego venga a ponernos a todos de acuerdo, matándonos a golpes de objetividad. No hay terminación en nuestra historia. La única que da por sentado el fin de la historia es la flecha de los modernos. Dado que el hecho de convertirse poco a poco en un cosmos no tiene final, no hay, pues, para la ecología política, ningún Apocalipsis que temer: al contrario, regresa a casa, al oikos, a los aîtres ordinarios, a la existencia banal.
 La ecología política no se contenta con poner fin a la historia de los modernos, sino que suprime además la aberración más extraña ofreciéndole retrospectivamente una explicación completamente distinta de su destino. En efecto, los modernos, a pesar de estar obsesionados con el tiempo, nunca han tenido ninguna oportunidad con él, porque, para hacer funcionar su vasta maquinaria, siempre han precisado situar el mundo de los hechos indiscutibles fuera de la historia. Nunca han encontrado la manera, por ejemplo, de instituir una historia de las ciencias mínimamente creíble: han tenido que contentarse con tener, bajo este nombre, una historia de los humanos que descubrían la naturaleza indiscutible e intemporal. Los modernos se han encontrado, pues, inmersos en un dilema que, como todo lo demás, ha acabado por atraparlos de nuevo: se anticiparon con la esperanza de tener en cuenta cada vez menos proposiciones, cuando, algunos siglos atrás, habían puesto en marcha una máquina formidable que elaboraba el mayor número posible de entidades –culturas, naciones, hechos, ciencias, genes, artes, animales, industrias-, un inmenso trastero que no dejaban de movilizar o de destruir cada vez que afirmaban querer simplificar, depurar, naturalizar, excluir. Se deshacían del resto del mundo en el momento en que, como Atlas, cargaban el mundo sobre sus vastos hombros, pretendían externalizarlo todo, a pesar de que internalizaban la Tierra entera. En tanto que imperialistas, afirmaban no depender de nadie; y, al estar en deuda con el universo entero, se creían libres de todo vínculo; implicados, querían lavarse las manos de toda responsabilidad.
 Cuando los modernos, como iguales de Dios, pasaron finalmente a ser coextensivos a la Creación, ¡aprovecharon ese momento para entregarse al aislacionismo más completo y creer que habían quedado fuera de la historia! No es de extrañar que su reloj se detuviera al mismo tiempo que su bicameralismo (2) se hundía, aplastado bajo el peso de todos aquellos que lo habían reclutado todo, pretendiendo no tenerlo en cuenta ni ofrecerle un mundo común (3). No puede uno entrometerse en el mundo y arrojarlo luego al exterior, en reserva o en descarga. Si debemos extraer una lección del mito de Frankenstein, es precisamente la inversa a la de Víctor, el desdichado inventor del célebre monstruo. En el momento en que, con lágrimas de cocodrilo en los ojos, se arrepiente de haber jugado a aprendiz de brujo cuando, al innovar indiscriminadamente, oculta tras el pecado venial el pecado mortal del que su criatura lo acusa con razón: haber huido del laboratorio abandonándola, bajo el pretexto de que, como todas las innovaciones, había nacido monstruosa. Nadie puede considerarse Dios y no enviar enseguida a su único hijo a intentar arreglar el peliagudo asunto de la Creación caída…
Resultado de imagen de bruno latour politicas de la naturaleza La ecología política hace algo mejor que suceder a la modernidad: la desinventa. Ve retrospectivamente en este movimiento contradictorio de vinculación y desvinculación una historia mucho más interesante que la de un frente de modernización que avanza inexorablemente desde las tinieblas del arcaísmo hasta las claridades de la objetividad –y, por supuesto, mucho más rica que el antirrelato de los antimodernos que releen esta historia según la inclinación, igualmente inexorable, de una decadencia que nos ha alejado de una dichosa matriz para arrojarnos a la frialdad de un mundo helado por el cálculo-. Los modernos siempre han hecho lo contrario a lo que han dicho: ¡esto es lo que les salva! No hay ni una sola cosa (4) que no sea una asamblea. No hay ni uno de los hechos indiscutibles que no sea el resultado de una discusión meticulosa en el núcleo mismo del colectivo. No hay ni un solo objeto sin riesgo (5) que no acarree tras de sí una larga cabellera de consecuencias inesperadas que persigan al colectivo, obligándolo a reanudarse. No hay ni una sola innovación que no rediseñe de arriba a abajo la cosmopolítica (6), obligando a cualquiera a recomponer la vida pública. Los modernos no han distinguido ni una vez en su corta historia los hechos de los valores, las cosas de las asambleas. Ni una sola vez han logrado volver insignificantes e irreales a los que creían poder excluir para siempre y sin proceso alguno. Se han creído irreversibles sin lograr irreversibilizar nada. Todo esto sigue estando tras de sí, a su alrededor, ante ellos, en ellos, como un acreedor que llama a la puerta exigiendo únicamente que se retome, explícitamente y sobre unas nuevas bases, el trabajo de exclusión e inclusión. En el mismo momento en que lloran por vivir en un mundo indiferente a su ansiedad, siguen habitando en esta República (7) en la que han nacido de forma muy ordinaria.
 La ecología política no condena, pues, la experiencia moderna, ni la anula, ni tampoco la revoluciona: la rodea, la envuelve, la desborda y la encaja en un procedimiento que finalmente le da su sentido. Digamos las cosas en términos morales: la ecología política perdona. Con piadosa sensatez, reconoce que es posible que no hubiera mejor manera de proceder; acepta, bajo ciertas condiciones, hacer borrón y cuenta nueva. A pesar del sentimiento de culpabilidad que les gusta arrastrar tras de sí, los modernos no han cometido todavía el pecado mortal de Víctor Frankenstein. Cometerían uno, de todas formas, si aplazaran para más tarde esta reinterpretación de su experiencia que les ofrece la ecología política y si, viéndose rodeado por una multitud de aliens, enloquecieran, prolongando todavía la forma moderna de creerse contemporáneos al mundo; si creyeran vivir en una sociedad envuelta de una naturaleza; si se consideraran finalmente capaces de modernizar el planeta a fuerza de objetividad. A juzgar por su ingenuidad –y quizás incluso por su inocencia-, se arriesgan a caer en el proverbio: perseverare diabolicum est.

 Notas:
(1)      Colectivo: debe distinguirse de la sociedad, término que conlleva una mala repartición de los poderes; acumula además los antiguos poderes de la naturaleza y de la sociedad en un único recinto, antes de ser partido de nuevo en distintos poderes (consideración, planificación, seguimiento). A pesar de su utilización en singular, el término no se refiere a una unidad ya establecida, sino a un procedimiento de recolección de las asociaciones de humanos y de no-humanos.
(2)      Bicameralismo: expresión de ciencias políticas para describir los sistemas representativos de dos cámaras (Asamblea y Senado, Cámara de los Comunes y Cámara de los Lores); aquí debe entenderse la descripción de la repartición de poderes entre la naturaleza (concebida, por lo tanto, como un poder representativo) y la política. Sin embargo, a este “mal” bicameralismo debe seguirle un “buen” bicameralismo que distinga dos poderes representativos: el de la consideración –la cámara alta- y el de la planificación –la cámara baja-.
(3)      Mundo común: (o igualmente, buen mundo común, cosmos, el mejor de los mundos): la expresión designa el resultado provisional de la unificación progresiva de las realidades exteriores (a las que se reserva la expresión de pluriverso); el mundo, en singular, no es lo que es dado sino lo que se debe obtener reglamentariamente.
(4)      Cosa: aquí se utiliza su sentido etimológico, que conlleva siempre una discusión en el seno de una asamblea, que exige un juicio efectuado en común, en contraste con el objeto. Por lo tanto, la etimología de la palabra comprende el indicio del colectivo (res, thing, ding) que se intenta convocar aquí.
(5)      Objeto sin riesgo: expresión inventada para recordar que las crisis ecológicas no tratan sobre una clase de seres (por ejemplo, la naturaleza, los ecosistemas), sino sobre la manera de fabricar todos los seres: tanto las consecuencias inesperadas como el modo de producción y los fabricantes siguen ligados a los vínculos de riesgo, mientras que aparecen separados de los objetos propiamente dichos.
(6)      Cosmos, cosmopolítica: aquí se retoma el sentido griego de combinación, de armonía, al mismo tiempo que el sentido más tradicional del mundo. Lo que Isabelle Stengers denomina cosmopolítica (no en el sentido multinacional, sino en el sentido metafísico de política del cosmos) es, pues, un sinónimo del buen mundo común. Se podría designar su antónimo con la palabra cacosmos, aunque Platón, en el Gorgias, prefiere acosmos.
(7)      República: no designa la asamblea de los humanos entre ellos, ni la universalidad del humano separado de todos los vínculos tradicionales arcaicos, sino al contrario: al volver a la etimología de la cosa pública, se designa al colectivo en su esfuerzo por lanzarse a la búsqueda experimental de lo que lo unifica; es el colectivo agrupado reglamentariamente y fiel al orden de la Constitución.»

      [El texto pertenece a la edición en español de R.B.A. Libros, 2013, en traducción de Enric Puig, pp. 274-278. ISBN: 978-84-9006-474-0.]

viernes, 6 de marzo de 2020

12 accidentes metafísicos.- Roberto Casati (1961)

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La lengua de los ángeles

«La lengua de los ángeles. Tesis presentada para el título de Doctor en Filosofía por Johannes Jung
 "La mente de los hombres, que según ellos está tan estrechamente unida al cuerpo que llegan a dudar de que pueda haber vida después de la muerte física, no es capaz de comprender el trágico horror de un espíritu desencarnado. Los autores que han logrado concebir la forma del pensamiento angélico la llamaron beatitud sublime. ¡Qué gran error! Y además difícil de corregir. Los que llegaron incluso a concebir una comunicación de pensamientos entre los ángeles elevaron himnos a la misma, y miraron con compasión a la que les parecía la imperfecta transmisión de conocimientos e ideas mediante los instrumentos caducos de la voz y del papel. ¡Qué peligrosa confusión! Con muchas y nefastas consecuencias. Porque según cualquier juicio de valor lógico y racional, los ángeles viven en un infierno eterno, al igual que toda criatura que de una forma o de otra se acerca a Dios según el rasero con que se mide la perfección. De hecho, la felicidad, y ello sea dicho sin miedo a equivocarnos, es algo humano, y como tal una profunda imperfección; pero sin embargo deseable. La felicidad es algo humano porque se refiere a la unión de cuerpo y el alma, y por ello es de una naturaleza sumamente imperfecta. Surge de la confusión de los sentidos que se refleja en la confusión del intelecto, y ni siquiera puede concebirse más allá de esa doble debilidad. Quien ve todas las minucias de la naturaleza  no es capaz de ser feliz -de la misma forma, por otra parte, que  no es capaz de estar triste-. Al alejarnos de las imperfecciones del hombre, y subiendo por la escala de los seres hacia Dios, también nos alejamos de la bendición de la felicidad. La misma se ve sustituida por unos estados de contemplación aséptica, que se basa en principios asépticos que son más útiles para comprender los equilibrios sutiles entre las esencias y para descifrar los números y las razones del universo. Pero esas reservas de infelicidad o tal vez de indiferencia celestial se comprenderán mejor si intentamos imaginar cómo podrían representarse en el teatro del mundo de los hombres la comunicación instantánea del pensamiento y la transparencia de la mente de los ángeles. El carácter imperfecto de la representación es un detalle que no vamos a tener en cuenta, dado que se ha preferido una analogía sencilla y comprensible en lugar de un exceso de detalles que habría dificultado la inteligibilidad de la idea.
 Imaginemos pues un espacio desnudo y desierto, como si se tratara de un enorme escenario que se extiende sin fin en todas las direcciones, y en el que el sonido se transmite instantáneamente. Sitúen en él, para siempre y a la misma distancia, de modo que ocupen todo el escenario de manera uniforme -por ejemplo, uno en cada vértice de las casillas de un gran ajedrez- a hombres y mujeres absolutamente iguales, a los hombres y a las mujeres de nuestro planeta, que serán nuestros actores. No pueden moverse, pero respiran, escuchan y desean al igual que nosotros, y pueden hablar. Pueden hablar pero con una sola e insuperable limitación: cada vez que uno de ellos mueve la boca para decir una palabra, todos los demás, en ese preciso instante, hacen lo mismo; y dicen exactamente las mismas cosas que el otro, al mismo rito, superponiéndose a su voz, y cubriéndola en la inmensidad el rumor cósmico. En el escenario de ese mundo, hacer una pregunta a su vecino quiere decir preguntar a todo el universo y, al mismo tiempo, quiere decir recibir una pregunta de todo el universo. Y cuando nuestro compañero contesta a la pregunta, nosotros le estamos contestando con las mismas palabras, que además son las palabras utilizadas por todos los demás. A un observador ajeno los habitantes de ese mundo le parecerían una comunidad de locos que se pregunta sobre cuestiones a las que todos (o nadie) pueden dar una respuesta. Pero tal vez los miembros de esa comunidad no poseen las nociones de pregunta y de respuesta, dado que para los mismos tener una pregunta que hacer es tener al mismo tiempo la respuesta a tal pregunta, ya lista para salir de la orgía de bocas y resonar por todas las esquinas de ese espacio sin fin.
 Lo que es más: el lenguaje de ese mundo sólo permitiría a sus hablantes un uso muy limitado de expresiones como esto, aquello, aquí. Aquí acabaría indicando el lugar en el que está el mundo en su totalidad, dado que un actor de nuestro teatro imaginario no puede referirse al lugar en el que él mismo se encuentra porque todos sus conciudadanos harían y comprenderían lo mismo a la vez que él. La única huella del lugar especial en que se encuentra cada uno de ellos que quedaría en ese grito colectivo sería, pues, el mundo en su totalidad. Esto indicaría sólo aquellos grandes acontecimientos que afectan a todas nuestras cobayas: un gran relámpago de luz, el anochecer en el cielo inmenso, la explosión de un trueno ubicuo. Es obvio que todos estarían de acuerdo en el uso de palabras como ahora y nosotros, dado que en ese universo en que el sonido se propaga a una velocidad infinita y en el que las acciones de esa enorme tropa están perfectamente coordinadas el momento presente es común a todos. Pero ese acuerdo sería poca cosa.
Resultado de imagen de 12 accidentes metafísicos Aún hay un problema grave, el más difícil de todos: el del alma de cada uno de los actores, de los habitantes de ese mundo unísono; el problema del sentido de la palabra "yo". Existen dos soluciones que se excluyen entre sí. Según la primera, tales actores no poseen en absoluto un alma individual. No son conscientes de su propio yo, sino que forman un único intelecto, cuyo cuerpo se propaga, dividido en una infinidad de espejismos, hasta los límites de lo pensable. Un alma común a tantos cuerpos, y finalmente un solo intelecto, y un solo pensamiento. Se trata de un solipsismo sin precedentes y sin duda terrible. Terrible porque la desaparición de cualquiera de esos cuerpos no tendría ninguna consecuencia para la existencia del espíritu único, y por ello la aportación de cada individuo a la gran máquina del universo no tendría importancia, aunque sea necesario que en ese mundo extraordinario haya al menos un individuo (no importa quién sea) para el desarrollo de las actividades espirituales. Uno cualquiera de esos cuerpos es necesario, pero ninguno lo es en particular -ésa es la increíble paradoja que hace que el mundo que estamos describiendo sea profundamente inhumano.
 Según la otra teoría, cada individuo posee una mente o un alma, y esa alternativa tal vez sea más cruel que la que acabamos de proponer. Porque esa mente no podría expresarse en el lenguaje unísono e impersonal de la comunidad y por lo tanto el lenguaje no podría transmitir el pensamiento. Los actores de nuestro espectáculo tendrían, por así decirlo, una doble vida espiritual: por una parte, la misma sería completamente interior, tan íntima que ni siquiera podría comunicarse; por otra parte, sería absolutamente exterior, pero tanto que todos los actores la compartirían. ¿Pero podríamos aún llamar mente a esa dimensión pública del ser? Junto a los pensamientos más profundos en los que de vez en cuando cada actor se encierra, y que cada uno de ellos busca para contemplar las formas imprevisibles y maravillosas, también se darían esos horribles conatos verbales del alma colectiva. Se parecerían más a hechos naturales, movimientos de tierra, relámpagos, truenos, ajenos a la mente que los percibe, que a manifestaciones del alma. Si los pensamientos no fueran el fruto de un esfuerzo y sólo tuviesen lugar, ¿seguirían siendo nuestros pensamientos? ¿Aún serían pensamientos?
 Finalmente podemos intuir la inmensidad del horror de la inteligencia de los ángeles. La transparencia absoluta hace que el alma se parezca al caparazón vacío de las iglesias estériles, rodeadas de vidrio, en las que la luz pasa por todas partes sin encontrar resistencia alguna, al tener que iluminar solamente las cabezas peladas y absolutamente vacías de los clérigos del coro y de los creyentes apretados en la nave. Porque así son los espíritus seráficos: un conjunto de mónadas sin pensamientos, seráficas porque están condenadas a la inacción y a la falta de voluntad para no llenar el cielo con la cacofonía unánime de su pensamiento unánime. Para esas almas infelices (siempre desde el punto de vista de la felicidad terrena), el deseo mismo de pensar algo es un deseo que todas comparten, que la otra conciencia adivina de inmediato y que se propaga de nuevo desde cada lugar de ese universo hacia el punto en el que, mediante una cruel ilusión, parecía haberse originado. El mundo de los ángeles es el mundo de la armonía preestablecida, sencilla y perfecta, y por ello mismo solemne y petrificada. Es cierta la hipótesis según la cual el estado de quietud cósmica al que los ángeles están condenados ha sido el resultado de la maduración muy lenta y dolorosa de su comunidad, que durante épocas celestes enteras, antes de la creación del mundo, ha combatido contra el individuo, logrando por fin acabar con él mediante un esfuerzo increíble de autocensura y moderación. En efecto, el tumulto del pensamiento y su eco sin límites es absolutamente intenso e inaguantable".»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2009, en traducción de Silvia Acierno. ISBN: 84-206-4965-8.]

miércoles, 11 de diciembre de 2019

El excelso Protocreador, más viejo que los días.- San Columba de Iona (521-597)


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«El excelso Protocreador, más viejo que los días, el Increado, / estaba al margen del origen de todo principio y límite:
es y será por los siglos de los siglos infinitos. / Su Hijo unigénito -Cristo- y el Espíritu Santo
son coeternos con Él en la gloria eterna de su deidad. / No proclamamos tres dioses, sino "Único Dios" los definimos.
(Sin quebrantar la fe en las tres gloriosísimas personas).

 Creó a los ángeles buenos, a los órdenes y a los Arcángeles, / Principados y Tronos, Potestades y Virtudes
para que su bondad no fuese ociosa y se manifestara / en todos sus dones, la majestad y largueza de la Trinidad,
y en ellos se revelaran los privilegios celestes / con toda la grandeza y sublimidad posibles.

De la cima del reino del cielo y del esplendor de su angélica / morada, soberbio por la belleza de su fulgente hermosura,
Lucifer, a quien Él había creado, rodó al abismo; / los ángeles apóstatas se vieron arrastrados en la lúgubre caída
del promotor de la gloria vana y de la envidia obstinada, / mientras todos los demás permanecían en sus principados.

El gran dragón, repugnantísimo, terrible y viejo, / que fue la resbaladiza serpiente, más sabia que todas
las bestias y animales más feroces de la tierra, / consigo arrastró al abismo de las regiones infernales
y de las diversas cárceles a la tercera parte de los astros, / y a quienes rehuían la verdadera luz, precipitados por el Devorador.

El Excelso, al concebir la máquina y la armonía del mundo, / hizo el cielo y la tierra; creado había el mar, las aguas,
los gérmenes de las hierbas, los arbustos con sus ramas, / el sol, la luna y los astros, el fuego y todo lo necesario,
aves, peces y rebaños, bestias y animales, / y al fin, al primer hombre para que a su capricho los rigiese.

 Y al par fueron creados los astros, luminarias del cielo, / y los ángeles cantaron alabanzas al Señor, celeste Artista,
por la admirable creación de tan inmensas proporciones; con un egregio coro, dieron gracias al Señor
por su amor y su proyecto, don inexistente en la Naturaleza.

 Con el engaño y seducción de nuestros dos primeros padres, / por segunda vez el diablo rodó al abismo junto con sus satélites,
cuyos rostros horrendos y vuelo estrepitoso / espantaban a los débiles hombres aterrados por el miedo,
incapaces de contemplar aquello con sus ojos carnales. / Ahora están atados por haces de cadenas en las ergástulas.

 Éste, apartado de los demás, fue expulsado por el Señor: / el espacio aéreo que ocupaba invadido se vio por el tropel
de sus satélites, torbellino de traidores invisibles, / para que, imbuidos de malos ejemplos y de crímenes,
jamás separados ni por leyes ni por muros, los hombres / no puedan fornicar públicamente a la vista de todos.

 Las nubes arrastran aguaceros invernales desde fuentes / tres veces más profundas que las olas del mar océano,
que las regiones del cielo, que los cerúleos torbellinos; / beneficiosas serán para sementeras, viñedos y plantíos,
agitadas por los vientos emergidos de donde abundan, / cada uno de los cuales, alternativamente, agitan los estanques marinos.

 Caduca, tiránica y momentánea, la gloria de los reyes / del presente mundo sujeta está a la voluntad de Dios.
He ahí a los gigantes, gimiendo bajo las aguas tras sufrir / grandes heridas, consumidos por las llamas y suplicios
del Cocito, ahogados por las turgentes Caribdis, / sumergidos por las ondas de la Escila y despedazados en los escollos.

 El Señor regula a menudo las aguas condensadas en la nubes, / para que no se precipiten de repente arrastrando a su paso
cuanto hallan. Sus veneros más fecundos, como pechos, / flotan pausadamente por diferentes regiones de la tierra,
heladas o calientes, según las diversas estaciones, / de modo que los ríos jamás fluyan carentes de caudal.

 Por los poderes celestiales del Dios supremo penden / el globo de la vasta tierra y su órbita sobre el abismo plantados,
teniendo por soporte a Dios y la poderosa mano del Omnipotente. / Columnas como postes los sustentan,
promontorios y roquedos de sólidos cimientos, / como asentados en unas bases inmóviles.

 Nadie duda que el infierno está en las profundidades, / que allá moran las tinieblas, gusanos, bestias feroces;
que allá el fuego sulfuroso en voraces llamaradas arde; / que allá sólo alaridos de hombres hay, llanto y crujido de dientes;
allá el llanto terrible y antiguo de la Gehenna; / allá, el ardor de las llamas, el espanto de la sed y el hambre.

 Sabemos, por haberlo leído, que los habitantes de las entrañas del mundo, / postrados de rodillas, suplican de continuo al Señor que se apiade;
mas es para ellos imposible atrás volver el libro escrito, / sellado con siete sellos por las profecías de Cristo,
que se sellará de nuevo después de mostrarse vencedor, / cumpliendo así las proféticas predicciones de su venida.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, en traducción de Manuel A. Marcos Casquero y José Oroz Reta. ISBN: 84-7914-326-6.]