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domingo, 23 de octubre de 2022

El orador cautivo.- Carlos Eugenio López (1954)


Editorial Funambulista
II


    «Nada lamentaría más que inducirle a pensar que pretendo, de un modo solapado, faltar a mi palabra. Yo me tengo por un hombre de honor. He prometido dejarle disfrutar en paz del paisaje, y mi intención es cumplir a rajatabla mi promesa. Pero... ¿no escucha usted como un murmullo? Preste atención... Cuando nos callamos... ¿Lo oye usted? (...) ¿No? Aguce el oído, por favor... ¿Seguro que no lo oye? Entre los traqueteos del tren. Es como si alguien hubiese encendido, justo donde usted se sienta, un walkman y estuviese siguiendo una lección de inglés. ¿Que usted continúa sin oírlo? Pues yo, le advierto, me precio de tener un oído excelente. Rock and roll aparte, soy de los que escuchan respirar a una mosca. Inténtelo otra vez, si no le supone mucha molestia... Una lección de inglés; débil y lejana, pero una lección de inglés. ¿No lo ha oído? “I am Carmelo. This is my dog”, acaba de decir. ¿Nada...? ¿Absolutamente nada...?
 Si usted insiste... Olvidémonos del asunto. ¿Quién iba a ponerse —reflexionando un poco— a seguir una lección de inglés en este compartimento, que sólo ocupamos usted y yo? A no dudar, el rumor ha de proceder del compartimento vecino y mi confusión tiene su origen en un ligero trastorno personal. Un trastorno físico, por supuesto; no vaya usted a pensar. ¡Este tren sale a una hora tan perversa...! O se resigna uno a almorzar en el abominable restaurante de la estación o se ve obligado a romper con todo horario racional de comidas. Se opte por la solución que se opte, ¿cuál es el resultado? Más o menos el mismo, se lo digo por experiencia: un viaje al ochenta por ciento de nuestra plenitud física, como mucho. Un desarreglo de las facultades sensoriales, producto de una baja o un exceso de azúcar, según los casos, no debe, por tanto, descartarse.
 ¿Que usted también ha comido en el restaurante de la estación y, sin embargo, se siente perfectamente? Otra cosa sería preocupante. Usted se encuentra en la flor de la vida. A usted aún le quedan muchos viajes hasta que comience a reparar en los nocivos efectos secundarios de la baja calidad de la comida que se sirve en ese antro criminal. Pero yo tengo ya mis años. A los suyos, un estofado más o menos infame tampoco me habría hecho localizar erradamente la procedencia de ningún “I am Carmelo”. Mi estómago ha sido el de un verdadero avestruz. Pero los años no pasan en balde. Cuando uno supera los cincuenta, tiene que empezar a meditar sobre el aceite que le pone a la máquina. Ya no sirve, como a su edad, cualquier cosa. Menos en un caso como el mío, obligado por tantas razones a una vida demasiado sedentaria. Se impone una cierta disciplina en las comidas. Y cuando esa disciplina se quebranta, el cuerpo nos advierte de inmediato la infracción. “Por hoy pase —nos dice—; pero cuidado, que ya no tienes veinte años, y los excesos, al final, siempre se acaban pagando.” Ya oirá usted también esa voz, ya. Sin caer en el fundamentalismo dietético (eso tampoco), una cierta precaución con lo que nos echamos al estómago es esencial. El cochinillo, la olla podrida o los callos, por sólo citar tres notables ejemplos de nuestra recia gastronomía nacional, no pueden sentarle bien a nadie. El organismo humano no está hecho para eso, nos pongamos como nos pongamos.
 La frugalidad en la comida y el ejercicio moderado han sido reconocidos desde la antigüedad como los mejores aliados de la salud. No es cosa de anteayer. El propio Sócrates lo apunta en más de una ocasión. Hipócrates y Galeno lo repiten hasta la saciedad. Y cuando, como sucede por desgracia en mi caso, las posibilidades de realizar ejercicio físico son muy reducidas, todo el hincapié que se haga en la moderación, equilibrio y orden de la dieta es poco. Las modernas técnicas pedagógicas han roto con muchas barreras y tabúes. Las nuevas generaciones de ciegos juegan incluso al fútbol. Pero a mí tales innovaciones ya me cogieron un poco tarde. En mi época, bastante afortunado se podía considerar uno si contaba con un tío dominico que nos adentrase en los pormenores demoníacos del dualismo bogomilista. En el fútbol ni se soñaba. Y eso se nota en la obstinada tendencia que tienen las grasas a crearnos problemas.
 Yo procuro no relacionarme más que lo imprescindible con el mundo de los ciegos. Mi relativa prominencia social, sin embargo, me ha obligado a mantener ciertos contactos con determinados círculos organizados en torno o con motivo de esta enojosa deficiencia que nos afecta. Pues bien, ¿sabe usted una cosa?, la preocupación por las grasas ha acabado siempre tendiendo puentes para la comunicación con una serie de individuos con los que no creo tener mucho en común. La grasa nos trae a maltraer a todos, con independencia de credo, talante o condición. Los tres últimos entierros de ciegos a los que me he visto obligado a asistir, por sólo referirme a hechos muy concretos, han estado presididos por el colesterol. No es ninguna broma. Una tromboflebitis, una hemorragia cerebral y un infarto, respectivamente.
 Restringido el disfrute de otra serie de placeres hasta extremos que a usted le resultaría difícil imaginar, los ciegos propendemos a la glotonería. De los siete pecados capitales, el de la gula es el cebo (nunca mejor dicho) con el que nos tienta el Maligno. En el infierno de Dante, nos hemos de encontrar en el círculo tercero, el de la pertinaz lluvia de nieve y agua sucia. Si otra cosa acontece, atribúyalo usted a la licencia o impericia poéticas. Yo mismo, pese a todas mis aprensiones, no siempre logro sobreponerme a la tentación. Con la plástica tostada con margarina en la boca y el exinanido aroma del descafeinado impregnando sin convicción alguna mis pituitarias, no es infrecuente que, ya a la temprana hora del desayuno, una rebeldía momentánea me lleve a exclamar: “¡Pero qué vida es ésta!”. La ensaimada con nata, el croissant con mantequilla normanda, el castizo chocolate con churros son ideas que atropelladamente se me vienen en esos momentos a mi soliviantada cabeza. Eso entiendo yo por vida sin matices, frente a la devaluada “vida esta” del descafeinado y la margarina sin sal. Pero, amigo mío, hay que saber contenerse.
 La mía es una edad crítica en el curso vital de las arterias. Un descuido, y adiós. El corazón no da tiempo a arrepentirse. Le fallan a usted el hígado, los riñones y el sistema respiratorio al unísono, y aún tendrá probablemente una segunda oportunidad en este mundo. Con el corazón, no; con el corazón se ven siempre las orejas al lobo cuando ya es demasiado tarde. De pronto un día le parece a uno percibir una pequeña molestia en la región torácica y, antes de que le dé tiempo a decir: “Mañana, sin falta, dejo de fumar”, ¡zas!, se acabó lo que se daba. No hay pieza menos caritativa en el engranaje humano. El corazón es a la biología lo que el calvinismo es a la historia de las religiones, el emblema sin compromisos de la inmisericordia, la intransigencia y la beligerancia radical con las debilidades de la carne. Un cigarrillo, unos buñuelos, unas manitas de cordero de más..., y olvídese usted del pacto, de las componendas, de los tiras y aflojas de última hora, siempre posibles con otros órganos y vísceras más esencialmente católicos de nuestra anatomía.
El Orador Cautivo: Amazon.es: Carlos Eugenio Lopez: Libros Según mi médico, en mi caso particular concurren circunstancias más favorables de lo que yo quiero creer. En mi familia, por fortuna, no abundan los precedentes de dolencias cardíacas. Habría que remontarse a un tío abuelo materno para encontrar un antecedente, y ni siquiera es seguro. Mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, murieron todos, con una sola y lamentable excepción, octogenarios. Mi madre, a sus setenta y nueve años, tiene aún la tensión arterial de una niña. Todo ello, al parecer de mi médico, ha de considerarse a la hora de ponderar el riesgo. Los factores hereditarios representan un papel notable que yo, en su opinión, no parezco valorar adecuadamente. «La naturaleza del juicio coronario —me repite— no es tan sumaria como usted supone.» Forma educada, como otra cualquiera, de acusarme olímpicamente de hipocondría. Los médicos, ya lo comprobará usted, y le deseo con toda sinceridad que lo haga tarde, son así. Lo que en cualquier otra disciplina de la ciencia se llama humildemente «ignorancia propia», en la medicina se denomina con indignante prepotencia «hipocondría ajena». Pero es lo que yo le digo al médico: “Doctor, tampoco mis bisabuelos fueron ciegos”. Circunstancia que, me concederá usted, debiera dar que pensar. Mi pobre madre hace aún hoy cuatro veces más ejercicio que yo a mis veinte años, descontando mi fugaz y malaventurado coqueteo con el rock and roll.
 Un análisis de sangre y un electrocardiograma mensual, que es cuanto yo le pido al médico, no constituye, habida cuenta de mi crónico sedentarismo, ninguna extravagancia cuyo visado contravenga el juramento hipocrático. Al colesterol hay que seguirle los pasos muy de cerca. Y, por otra parte, ¡qué cuernos!, los electrocardiogramas me los pago yo. Si quiero hacerme uno al mes, como si se me antoja hacerme dos docenas. ¡Será posible el país en que vivimos! Mate uno a cuchilladas al amante de su mujer, y no habrán de faltar voces que justifiquen, con las razones más peregrinas, el acto; quiera  usted hacerse un electrocardiograma mensual, pagado a precio de oro de su libérrimo bolsillo, y hasta su propio médico se le entigrece. ¿Así queremos hacernos un hueco en el concierto de las naciones civilizadas?
 Y no le pido su opinión. Usted preferirá tal vez no pronunciarse tampoco sobre este particular. Permítame, no obstante, que le apunte (sin ánimo de forzar su hermetismo, eso sí) que hay quien considera el silencio una peligrosísima fuente de endomorfinas. Dicho sea, por descontado, con carácter nada más que general e informativo. No es que yo subscriba o deje de subscribir tales teorías. Mucho menos que insinúe que quepa referirlas, ni siquiera indirectamente, a su persona. Ni por un momento me atrevería yo a dudar de su excelente condición mental. Como no dudo que ese “I am Carmelo”, que tan nítidamente vuelvo a oír, procede de otro compartimento. El que usted prefiera no manifestarse sobre mi particular arquetipo de civilización no es motivo para suponerle ni debilidad cerebral alguna ni, cuánto menos, la grosería de iniciarse en la lengua de la pérfida Albión al amparo de mi ceguera. Cada cual es como es, y no se hable más.
 Usted puede incluso preferir no manifestar su opinión a impulsos de una esmerada cortesía, que le impide contradecir abiertamente mis tesis. Delicadeza innecesaria, pues, insisto una vez más, habla usted con un hombre plenamente consciente de la naturaleza multiforme de la verdad. Pero delicadeza no, por carente de razón objetiva de ser, menos exquisita y digna de encendido aplauso. Cuánto mejor nos iría a todos si, a la hora de calibrar el grado de consideración que le debemos al prójimo, errásemos, como usted, por exceso y no por defecto.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 1997, pp. 51-55. ISBN: 84-89618-14-3]

jueves, 4 de abril de 2019

Rimado de Palacio.- Pero López de Ayala (1332-1407)


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Los pecados mortales

«Otrosí, Señor, pequé en los siete pecados / muy malos e muy feos, de muerte condenados,
que son dichos mortales, por su nombre llamados, / quales yo aquí dire, ca los he bien usados.
[...]
 
Luxuria es pecado de la carrne mortal, / que destruye el cuerpo e faze mucho mal
al alma e a la fama; a todos es egual / en darles perdimiento, por lo que çedo fal'.
 
Es de muchas maneras este feo pecado; / en él es adulterio, que es de omne casado;
otro es el [estupro] de monja de sagrado, / del santo monesterio, que a Dios está fundado.
 
Otro es [inçesto], quien peca con parienta; / pecado es que a Dios pesa, e dello mucho se sienta;
pone en grant vergüença a omne e en afruenta, / e pénalo grauemente si se non arrepienta.
 
A todos es común nombre fornicación; / qualquier' que así peca en esta ocasión,
fornicador lo llaman, e es tribulación / si en ello perseuera, el mesquino varón.
 
Los viejos que a Susaña falsamente acusaron, / por este mal pecado, a sí mesmos çegaron;
muchos señores grandes en esto tronpeçaron; / quál fue la fin de ellos, muchos la señalaron.
 
Esta es la enemiga de la virginidat, / de santa continençia e noble castidat;
su contraria es della la limpia puridat, / la sinple inoçencia, la derecha bondat.
 
Desta son ocasión el mucho conuersar / sienpre con las mujeres, e non se bien tenprar
en comer e en beuer, e ociöso estar; / por ende de todo [esto], conuiene [se] bien guardar.
 
Tú me libra, Señor, deste duro pecado; / ca por él, mucho tienpo, só por tierra abaxado;
la tu graçia me acorra e sea ayudado, / non me vença el diablo, que asaz me ha dañado.
 
Enbidia es un pecado, que muchos males ha: / de bienes de tu próximo, grant pesar te fará,
e de sus grandes daños sienpre te alegrará; / ésta pierde al alma e al cuerpo gastará.
 
Peca en el Spirtu Santo, quien de inbidia pecó, / que contra la voluntad de Dios, Señor, erró,
e de çierta maliçia, della se enbargó; / por ende es menester perdón si fallesçió.
 
El diablo artero, que del cielo cayó, / por [aqu]este pecado, al omne engañó,
quando en paraíso del árbol le mandó / comer por que perdiese el bien que Dios le dio.
 
Los fijos de Isrrael con envidia perdieron / a Josep, su hermano, quando le así vendieron,
e después a su padre con maliçia mintieron / que bestia fiera lo matara, falsamente dixeron.
 
Leemos que Saúl por esto aborresçía / a Dauid, maguer mucho menester lo avía;
con grant envidia pura, sienpre lo perseguía; / por ende después ouo fuerte postrimería.
 
Enbidioso e malo, e de mal coraçón / fue, yo sienpre, Señor, e en toda sazón;
busqué mal a mi hermano sin ninguna razón; / plógome de su daño e de su perdición.
 
Señor, perdón te pido, non quieras Tú catar / atanta culpa mía, en que te fiz' pesar:
aya yo tu perdón e puédame emendar, / e segunt Tú me mandaste, a mi próximo amar.
 
Gula e tragonía es un mortal pecado; / por éste fue Adam del paraíso echado,
porque quiso comer lo que le era vedado, / maguera lo él comió, caro costo el bocado.
 
Leemos que Noé, después que fue poblar / la viña, el vino quiso ende gustar;
beuiendo dello mucho, óvose a desnudar, / mostrando sus vergüenças, non podía acordar.
 
El uno de sus fijos luego le fue cobrir, / el otro començó fuertemente a rreír;
quando el padre lo vio, óuole a maldezir: / en él la seruidumbre començó a venir.
 
Lot, el que [en] Sodoma non pudieran vençer, / vençiólo mucho vino, por que se fue perder,
e ouo sus dos fijas él mesmo a conosçer; / desto muchos enxienplos, se podrían traer.
 
Escripto es que Esaú por un pobre manjar, / la primogenitura a Jacob fuera dar;
fincó desuenturado por una vez fartar / el vientre, que non puede farto mucho durar.
 
Léese que Judi[t], que ha Olifernes mató, / desque de mucho vino, muy farto lo sintió,
e con el desatiento, luego se adormeció: / pero mujer e flaca, la cabeça le cortó.
 
E dexo yo al pobre de fanbre peresçer, / que con pan e agua, le pudiera acorrer,
e d'él he poco duelo por verle irse perder, / tanto que al mi cuerpo, cunpla [e]l su placer.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1987. ISBN: 84-7039-486-X.]
  

miércoles, 6 de junio de 2018

Breve historia de la medicina.- José María López Piñero (1933-2010)


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4.-La medicina científica contemporánea durante los siglos XIX y XX
 La cirugía

«Durante la primera mitad del siglo XIX, la mentalidad anatomoclínica estimuló de forma decisiva el desarrollo de la patología y la clínica quirúrgicas. Guillaume Dupuytren (1777-1835), gran figura de la escuela de París, aplicó con rigor en este terreno el programa de Bichat de asociar sistemáticamente la práctica clínica y las lesiones observadas en la sala de autopsias mediante los signos anatomopatológicos. Resulta muy significativo que legara parte de la fortuna que había reunido con su extraordinario éxito profesional para la creación de una cátedra de anatomía patológica y un museo de la nueva disciplina básica.
 Al progreso del diagnóstico se unió el de la técnica quirúrgica en la línea iniciada el siglo anterior. Sin embargo, los resultados prácticos distaban mucho de ser satisfactorios. Las tasas de mortalidad postoperatoria se elevaron de forma aparentemente paradójica, porque los cirujanos del período anatomoclínico, como los de todas las épocas, tenían que enfrentarse con las tres barreras que superó más tarde la llamada revolución quirúrgica: el dolor, la hemorragia y la infección.
 La primera de estas barreras fue superada, a mediados de la pasada centuria, con la invención de la anestesia quirúrgica. Comenzaron utilizándose como anestésicos generales por inhalación sustancias volátiles como el éter etílico, el cloroformo y el óxido nitroso que a dosis adecuadas producen un estado de inconsciencia reversible acompañado de relajación muscular. Los químicos señalaron los efectos de estas sustancias, algunas de las cuales, sobre todo el éter y el óxido nitroso o gas hilarante, alcanzaron popularidad en manos de charlatanes y en irresponsables fiestas juveniles. Entre los numerosos autores que iniciaron su utilización como anestésicos cabe destacar el dentista norteamericano William T.G. Morton (1819-1868). En 1844 comenzó a usar éter en su práctica odontológica y dos años más tarde anestesió con la misma sustancia a un enfermo al que le fue extirpado un tumor del cuello en el Hospital General de Boston. La nueva técnica alcanzó rápida difusión en todo el mundo. Uno de los primeros en utilizarla en Gran Bretaña fue James Y. Simpson, catedrático de obstetricia en Edimburgo, quien además introdujo el cloroformo como anestésico en 1847. Más tarde, se incorporaron otros anestésicos generales administrados por inhalación o por otras vías (intravenosa, intrarraquídea, intrarrectal, etc.), así como anestésicos locales, el primero de los cuales fue la cocaína, que el alemán Carl Koller empezó a usar en oftalmología el año 1884.
 La hemorragia operatoria pudo ser vencida gracias a la invención, a lo largo del siglo XIX, de una heterogénea serie de técnicas de hemostasia: pinzamiento o presión sobre los vasos sanguíneos que irrigan la zona operatoria, ligadura o sutura de los mismos, aplicación de sustancias que favorecen la formación del coágulo sanguíneo, etc. La transfusión sanguínea, quizá el arma más eficaz contra la hemorragia quirúrgica, se había intentado ya en el siglo XVII, pero sólo fue posible técnicamente tras el descubrimiento por el austríaco Karl Landsteiner, a partir de 1901, de diferentes grupos sanguíneos.
 La infección subsiguiente a las intervenciones quirúrgicas impidió el abordaje operatorio del abdomen, el tórax, la cavidad craneal y las demás cavidades somáticas hasta la introducción de la antisepsia primero y de la asepsia más tarde. Pueden citarse muchos precursores, algunos lejanos como Paré, Hidalgo de Agüero y los demás defensores de la "cirugía limpia" en el siglo XVI; otros, más cercanos, como el húngaro Ignaz Philipp Semmelweiss, quien en 1846 consiguió bajar drásticamente la mortalidad por fiebre puerperal de las parturientas, haciendo que el personal que las asistía se lavara antes las manos con la solución de cloruro cálcico. Sin embargo, la infección quirúrgica no fue vencida hasta que se dispuso de una explicación científica acerca de la misma. Por ello, la doctrina microbiana de Pasteur fue el fundamento inmediato de la obra del cirujano británico Joseph Lister (1827-1912), iniciador de la era de la antisepsia. Tras usar otras sustancias, Lister recurrió al ácido fénico, pulverizándolo en la sala de operaciones y aplicando curas de pomada fenicada, con el fin de destruir los microorganismos que infectaban el campo operatorio. Con ello consiguió reducir la mortalidad operatoria de casi el cincuenta por ciento a sólo un seis por ciento. Expuso la técnica, sus fundamentos y sus resultados en la monografía titulada On the Antiseptic Principle in the Practice of Surgery (Sobre el principio antiséptico en la práctica de la cirugía), que apareció en 1867. Entre los más tempranos seguidores del "listerismo" figuraron los cirujanos alemanes, entre ellos Ernst von Bergmann (1836-1907), principal creador más tarde de la asepsia quirúrgica. A diferencia de la antisepsia, la asepsia se basó en un planteamiento preventivo, no intentando destruir los gérmenes durante el acto quirúrgico, sino evitar su aparición en el mismo, operando en un ambiente estéril. En 1886, Bergmann utilizó por vez primera la esterilización por el vapor de los guantes y las ropas del cirujano y sus ayudantes y de todos los instrumentos. El acto quirúrgico no tardó en adquirir el aspecto que le caracteriza desde entonces.
 Vencidos el dolor, la hemorragia y la infección, pudo hacerse realidad la cirugía abdominal, la torácica, la neurocirugía y todas las demás vertientes del panorama quirúrgico actual. De acuerdo con la mentalidad anatomoclínica, el objetivo fundamental de la cirugía consistía en extirpar lesiones anatómicas. Más tarde, bajo el influjo de la fisiopatológica, sus metas se hicieron más ambiciosas, ya que aspiró a corregir disfunciones y a devolver al cuerpo humano su integridad original. El punto de partida de esta moderna cirugía restauradora y funcional puede personificarse en la obra del suizo Theodor Kocher (1841-1917), en especial por sus investigaciones experimentales y quirúrgicas acerca del bocio, que sirvieron de base para la constitución de la cirugía de la glándula tiroides y, en general, del sistema endocrino.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2005. ISBN: 84-206-3953-2.]