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domingo, 17 de mayo de 2026

Tratado sobre la tolerancia.- Voltaire (1694-1778)

 

V. De cómo puede ser admitida la tolerancia

 «Me atrevo a suponer que un ministro ilustrado y magnánimo, un prelado humano y sabio, un príncipe que sabe que su interés consiste en el gran número de sus súbditos y su gloria en la felicidad de éstos, se digne echar una mirada sobre este escrito informe y defectuoso; lo suple con sus propias luces; se dice a sí mismo: ¿qué arriesgaría yo viendo la tierra cultivada y adornada por más manos laboriosas, aumentados los tributos, más floreciente el Estado?
 Alemania sería un desierto cubierto por los esqueletos de los católicos, evangélicos, reformados y anabaptistas, degollados entre sí, si la paz de Westfalia no hubiese procurado por fin la libertad de conciencia.
 Nosotros tenemos judíos en Burdeos, en Metz, en Alsacia; tenemos luteranos, molinistas, jansenistas: ¿no podemos tolerar y dar cabida a calvinistas en las mismas condiciones poco más o menos en que son tolerados los católicos en Londres? Cuantas más sectas hay, menos peligrosa es cada una; la multiplicidad las debilita, todas son reprimidas por justas leyes que prohíben las asambleas tumultuosas, las injurias, las sediciones y que siempre están en vigor por la fuerza coactiva.
 Sabemos que varios cabezas de familia, que han conseguido grandes fortunas en los países extranjeros, están dispuestos a regresar a su patria; sólo piden la protección de la ley natural, la validez de sus matrimonios, la certeza de la situación de sus hijos, el derecho a heredar a sus padres, la franquicia de sus personas; nada de templos públicos, nada de derecho a los cargos municipales ni a las dignidades: no los tienen los católicos ni en Londres ni en varios países más. No se trata ya de dar privilegios inmensos, plazas de seguridad a una facción, sino de dejar vivir a un pueblo pacífico, de suavizar unos edictos acaso necesarios en otro tiempo y que ya no lo son. No nos corresponde a nosotros señalar al ministro lo que puede hacer: basta con implorarle en favor de los desgraciados.
 ¡Cuántos medios para volverlos útiles e impedir que alguna vez sean peligrosos! La prudencia del ministerio y del consejo, apoyada por la fuerza, encontrará con mucha facilidad esos medios, que tantas otras naciones emplean tan felizmente.
 En el populacho calvinista todavía hay fanáticos, pero es sabido que hay más en el populacho convulsionario. La hez de los insensatos de Saint-Médard apenas tiene importancia para la nación, la de los profetas calvinistas ha sido aniquilada. El gran medio para disminuir el número de los maníacos, si alguno queda, es entregar esa enfermedad del espíritu al régimen de la razón, que ilustra lenta pero infaliblemente a los hombres. Esta razón es dulce, es humana, inspira a la indulgencia, ahoga la discordia, afirma la virtud, vuelve digna de amor la obediencia a las leyes, más todavía de lo que las mantiene la fuerza. ¿Y carecerá de importancia el ridículo unido en la actualidad al entusiasmo por todas las personas honradas? Ese ridículo es una poderosa barrera contra las extravagancias de todos los sectarios. Los tiempos pasados son como si nunca hubiesen existido. Siempre hay que partir del punto en el que estamos y de aquel al que han llegado las naciones.
 Hubo un tiempo en que se creyó obligatorio promulgar decretos contra los que enseñaban una doctrina contraria a las categorías de Aristóteles, al horror al vacío, a las quiddidades* y al universal de la parte de la cosa. En Europa tenemos más de cien volúmenes de jurisprudencia sobre la brujería y sobre la manera de distinguir los falsos brujos de los verdaderos. La excomunión de las langostas y de los insectos nocivos para las cosechas ha sido muy utilizada y todavía subsiste en varios rituales. La costumbre ha desaparecido: se deja en paz a Aristóteles, a los brujos y a las langostas. Los ejemplos de estas graves demencias, tan importantes en el pasado, son innumerables: de vez en cuando vuelven otras; pero cuando han hecho su efecto, cuando uno se ha saciado de ellas, desaparecen por sí mismas. Si a alguien se le ocurriese hoy día ser carpocrático, o eutiquiano, o monotelista, monofisita, nestoriano, maniqueo, etc., ¿qué ocurriría? Se reirían de él, como de un hombre vestido a la antigua, con una gorguera y un jubón.
 La nación empezaba a entreabrir los ojos cuando los jesuitas Le Tellier y Doucin fabricaron la bula Unigenitus, que enviaron a Roma; creyeron estar todavía en aquellos tiempos de ignorancia en que los pueblos adoptaban sin examinar las aserciones más absurdas. Osaron proscribir esa proposición, que es de una verdad universal en todos los casos y en todo tiempo: "El temor a una excomunión injusta no debe impedir cumplir el deber propio". Eso era proscribir la razón, la libertades de la Iglesia galicana, y el fundamento de la moral; era decir a los hombres: Dios os ordena no cumplir jamás vuestro deber, si es que teméis la injusticia. Nunca se ha atacado el sentido común de forma más descarada. Los consultores de Roma no se preocuparon. Se convenció a la corte de Roma de que esa bula era necesaria y de que la nación la deseaba: fue firmada, sellada y enviada; ya se saben las secuelas; seguramente, si se hubieran previsto, se hubiera suavizado la bula. Las querellas fueron vivas, la prudencia y la bondad del rey las han calmado finalmente.
 Lo mismo ocurre con una gran parte de los puntos que dividen a los protestantes y a nosotros; hay algunos que no tienen ninguna consecuencia; hay otros más graves, pero sobre los que el furor de la disputa se ha amortiguado tanto que los protestantes mismos no predican hoy la controversia en ninguna de sus iglesias.
 Es, por tanto, este tiempo de desagrado, de saciedad, o más bien de razón, el que puede aprovecharse como una época y una prenda de tranquilidad pública. La controversia es una enfermedad epidémica que toca a su fin, y esa peste, de la que estamos curados, no pide más que un régimen suave. Por último, el interés del Estado estriba en que unos hijos expatriados vuelvan con modestia a la casa de su padre: el sentido de humanidad lo pide, la razón lo aconseja y a la política no puede asustarle.»

(*) Uno de los términos empleados para designar la esencia de las cosas. "Quidditas" era usado por los escolásticos y en su acepción más común significa el modo de entender la esencia. Según San Agustín, la "quidditas" es "aquello por lo cual algo tiene un ser: hoc per quod aliquid habet esse quid". [N del T.]

 [El texto pertenece a la edición en español de Ciro Ediciones, 2011, en traducción de Mauro Armiño, pp. 69-73. Depósito legal: M-7399-2011.]

domingo, 1 de febrero de 2026

El viaje al poder de la mente.- Eduardo Punset (1936-2019)

   Capítulo 10
Hace falta ser inteligente tanto para amar como para castigar

  «No vamos a sugerir, pues -otros lo seguirán haciendo-, que la cocina nos hizo humanos, en lugar de la capacidad de fabricar herramientas o de reconocerse en el espejo. Pero lo cierto es que, en el debate sobre qué nos hizo humanos, nunca se ha dado la importancia que merecía -con la excepción del biólogo Richard Wrangham- a la cocción de los alimentos. Tanto es así que su parecer, expuesto en la extensa conversación que mantuvimos en su despacho académico en Harvard, no debería omitirlo aquí.
 No sorprende oír a Wrangham, con su aspecto de profesor distraído, destilar los juicios más sabios de toda la comunidad científica al hablar de la agresividad de los chimpancés, con los que ha convivido muchos años. Sorprende, en cambio, oírle hablar con idéntica clarividencia de los afectos, de las singularidades amorosas de los bonobos o chimpancés pigmeos y, particularmente, del futuro de la especie humana, más tierno que el pasado, si se confirman las predicciones.
 En este libro nos estamos refiriendo a los grandes descubrimientos de los que nadie habla y que, no obstante, han transformado la vida del ser humano corriente hasta niveles inimaginables. Estamos mencionando el poder de la mente porque de su conocimiento depende que pueda controlar su propia vida. Así ocurrió cuando descubrimos que no éramos el centro del Universo; que el cerebro está preparado, aunque no le guste, para cambiar de opinión; que construimos el futuro en torno al pasado; que no todos los sistemas irracionales de la mente son inválidos; que estamos programados mentalmente para ser únicos y que, tal vez, en ello resida la explicación de nuestra capacidad infinita para hacernos infelices. Y, finalmente, que al cambiar todo a nuestro alrededor, incluida la estructura de la materia, difícilmente no íbamos a cambiar nosotros también.
 De todos estos grandes descubrimientos, a pesar del impacto poderoso y, a veces, tenebroso, sobre el control de la propia vida cotidiana de la gente, la capacidad de cocinar es singular. En primer lugar, no es un mecanismo puramente mental, sino químico que pertenece al mundo de los materiales. En segundo lugar, se ha subestimado su alcance en la historia de la evolución, como no ha ocurrido con ningún otro de los rasgos que, supuestamente, nos hicieron humanos. En tercer lugar, nos transformó físicamente puesto que nos permitió dosificar el aporte energético necesario, contribuyó a la consolidación del sedentarismo humano, así como al nacimiento de las primeras formas organizativas de simulacros de Estado. Por último, y eso lo agradecen particularmente los paleontólogos acostumbrados a manipular el concepto geológico de tiempo, sabemos exactamente cuándo ocurrió: hace 1,6 millones de años.
 Habría que empezar por el comienzo. Hay tres cosas que sorprenden en los primates y especialmente en los homínidos: la violencia agresora en los humanos y los chimpancés; la tolerancia social en los humanos y en los bonobos, y el erotismo de estos últimos, que es mucho menor en los humanos.
 La observación básica es extraordinaria. Sólo hay dos especies de animales en el mundo en las que el macho tiende a vivir en grupos con sus familiares más cercanos y en los que a veces estos machos salen y hacen expediciones para matar, deliberadamente, a los miembros de otros grupos. Esos dos animales a los que me refiero son los humanos y los chimpancés. Hay otro colectivo, el bonobo, que no muestra este tipo de comportamiento. Los orígenes de la violencia no son el reflejo de una expresión falaz de algún instinto ancestral, sino que es el resultado del desarrollo cognitivo. La inteligencia, es cierto, transforma el afecto en amor y también la agresión en castigo y ganas de controlar.
 Todo da a entender que la inteligencia es una pieza importante en todo esto. Pero los bonobos y los chimpancés tienen la misma inteligencia. La otra cara de la moneda es que hay algo en la psicología evolutiva que predispone a seguir rumbos más sofisticados. El principal argumento de Wrangham es que en el pasado vivíamos en territorios que tenían que ser defendidos por los machos, y los grupos que vivían dentro del territorio se vieron obligados a dividirse en pequeñas unidades a causa de las condiciones de alimentación. Cuando ya no queda comida disponible, es mejor dividirse en pequeñas unidades. Eso es lo que vemos en los chimpancés. Exactamente lo contrario de lo que hacen las amebas, que se transforman en un organismo único en tiempos azarosos.
 Tenemos dos colectivos vecinos y uno de ellos vive en grupo porque hay mucha comida y el otro se divide en agrupaciones pequeñas porque la comida escasea. Si un gran grupo se encuentra con un individuo solo en su territorio, ¿qué harán sus miembros? Como se suele decir: disparar a matar. Lo golpearán e intentarán matarlo. Lo exterminarán con gran ferocidad, con mucha crueldad, y nunca dejarán heridos porque son lo bastante inteligentes para tomar la decisión de atacar sólo cuando gozan de todas las ventajas. De modo que la víctima tendrá cicatrices en toda la parte frontal del cuerpo. Quizá le hayan cortado la garganta, arrancado los testículos y la piel junto al codo donde ha mordido el chimpancé. Es un acto muy deliberado y, sin embargo, ningún atacante ha resultado herido porque un individuo sujetaba una mano de la víctima, otro sujetaba la otra, un tercero sujetaba un tobillo... La presa era impotente, era como una crucifixión, podían hacer lo que quisieran con ella.
 La contribución insólita de Richard Wrangham, no sólo al conocimiento de la idiosincrasia de los chimpancés, sino al estudio del origen de la violencia en los humanos, fue el papel desempeñado por la inteligencia. Se necesita inteligencia para planear todo el calvario anterior, pero también hay un poco de nuestra psicología y de la psicología de los chimpancés.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2010, pp. 238-240. ISBN: 978-84-233-4248-8.]

domingo, 17 de diciembre de 2023

Continente salvaje.- Keith Lowe (1970)


Keith Lowe
Parte I: El legado de la guerra

3.-Desplazamiento

 «Si la Segunda Guerra Mundial mató más europeos que cualquier otra guerra de la historia, fue también la causa de algunos de los mayores movimientos de población que el mundo ha visto nunca. En la primavera de 1945, Alemania estaba atestada de trabajadores extranjeros. Al final de la guerra el país tenía casi ocho millones de obreros forzados traídos de todos los rincones de Europa para trabajar en las fábricas y granjas alemanas. Sólo en el oeste de Alemania, la UNRRA, la Administración de las Naciones Unidas para el Socorro y la Reconstrucción, atendió y repatrió a más de 6,5 millones de desplazados. La mayoría de ellos procedía de la Unión Soviética, Polonia y Francia, aunque también había un número importante de italianos, belgas, holandeses, yugoslavos y checos. Una gran proporción de estos desplazados eran mujeres y niños. Uno de los muchos aspectos que hacen que la Segunda Guerra Mundial sea única entre las guerras modernas es el hecho de que se hizo prisionera a una gran cantidad de civiles además de los prisioneros militares tradicionales. En efecto, las mujeres y los niños, así como los hombres, fueron tratados como botín de guerra. Fueron esclavizados de un modo que no se había visto en Europa desde la época del Imperio romano.
 Para hacer la situación en Alemania aún más complicada, millones de alemanes fueron desplazados dentro de su propio país. A principios de 1945 se calculaba que había 4,8 millones de refugiados internos, sobre todo en el sur y el este, que habían sido evacuados de las ciudades bombardeadas y cuatro millones más de alemanes desplazados que habían huido de las zonas de influencia orientales del Reich por miedo al Ejército Rojo. Cuando añadimos los casi 275.000 prisioneros de guerra británicos y americanos, esto hace un total de al menos 17 millones de desplazados sólo en Alemania. Esta es una estimación bastante conservadora, y otros historiadores han dado cifras mucho más elevadas. Según un estudio, en el conjunto de Europa más de 40 millones de personas fueron desplazadas a la fuerza durante periodos de mayor o menor duración en el transcurso de la guerra.
 A medida que se acercaba el fin de las hostilidades, enormes cantidades de gente salieron a las carreteras para empezar el largo viaje a casa. A mediados de abril de 1945, Derek Henry, zapador británico con los Ingenieros Reales, empezó a encontrar grupos de desplazados cerca de Minden.
  Nos dijeron que estuviéramos al acecho de grupos aislados de soldados alemanes que seguían presentando batalla, pero afortunadamente todo lo que encontramos fueron miles de desplazados y refugiados de todas las nacionalidades dirigiéndose hacia nosotros y al oeste: búlgaros, rumanos, rusos, griegos, yugoslavos y polacos —de todo, estaban ahí, algunos en grupos pequeños de dos o tres, cada uno con su fardo lastimoso de pertenencias amontonadas en una bici o una carreta, otros en grupos grandes hacinados en autobuses repletos o en la parte posterior de los camiones, era interminable. Siempre que nos deteníamos se abalanzaban sobre nosotros con la esperanza de que les diésemos comida.
  Tiempo después, según el agente de inteligencia estadounidense Saúl Padover, “miles, decenas de miles, en definitiva millones de esclavos liberados salieron de las haciendas, las fábricas y las minas y se echaban en tropel a las carreteras”. Las reacciones ante este enorme torrente de desplazados fueron muy distintas dependiendo de las personas que lo presenciaron. En opinión de Padover, que tenía poco tiempo para los alemanes, fue “tal vez la emigración más trágica de la historia” y sencillamente una prueba más de la culpabilidad alemana. Era comprensible que la población local viera con nerviosismo esos grandes grupos de extranjeros descontentos para la que representaban una amenaza. “Parecían criaturas salvajes”, escribió una alemana después de la guerra, “podrían dar miedo.” Para las autoridades agobiadas del gobierno militar cuya tarea era lograr algún tipo de control sobre ellos, eran simplemente una “multitud”. Llenaban las carreteras, que ya estaban demasiado deterioradas para darles cabida, y sólo podían alimentarse saqueando y robando tiendas, almacenes y granjas a lo largo del camino. En un país en el que los sistemas administrativos se habían venido abajo, la policía local había sido asesinada o encarcelada, en el que no existía alojamiento, y donde los alimentos ya no se distribuían, representaban una carga intolerable y una amenaza insoportable para el estado de derecho.
 Pero así es como veían a esta gente desde fuera. Para los propios desplazados, eran simplemente personas que trataban de encontrar el modo de ponerse a salvo. Soldados franceses, británicos o americanos recogían a los afortunados y los llevaban a centros para desplazados en el oeste. Pero en muchísimos casos no había suficientes soldados aliados para ocuparse de ellos. Cientos de miles fueron de hecho abandonados a su suerte. “No había nadie”, recuerda Andrzej C, que sólo tenía nueve años cuando finalizó la guerra. El, su madre y su hermana habían sido trabajadores forzados en una granja de Bohemia. En las últimas semanas de la guerra les reunieron y les llevaron a la ciudad de los Sudetes de Karlsbad (la moderna Karlovy Vary, en la República Checa), donde los últimos guardias alemanes les abandonaron. “Nos encontramos en un vacío. No había rusos, ni americanos, ni británicos. Un vacío absoluto.” Su madre decidió dirigirse al oeste, hacia las líneas americanas, porque pensaba que sería más seguro que ponerse en manos de los soldados rusos. Pasaron varias semanas andando por Alemania, cruzando una y otra vez las líneas americanas a medida que las tropas estadounidenses se replegaban hacia la zona de ocupación que tenían asignada. Andrzej recuerda esto como una época de inquietud, mucho más estresante incluso que ser prisionero de los alemanes.
 Realmente fue una época de hambre porque no había nada. Mendigábamos, robábamos, hacíamos lo que podíamos. Sacábamos patatas de los campos... Solía soñar con comida. Puré de patata con beicon por encima —eso era el summum. No se me ocurría nada mejor. ¡Un montón de excelente puré de patata humeante!
 Viajaba con una multitud de refugiados compuesta de grupos separados que parecían no mezclarse unos con otros. Su grupo lo formaban unas 20 personas, muchas de ellas polacas. La gente del lugar que pasaba por el camino distaba mucho de simpatizar con su difícil situación. Cuando a Andrzej le adjudicaron la tarea de apacentar un caballo que había comprado un hombre de su grupo, un campesino alemán le gritó: “¡Largo de aquí!”. En otros momentos les negaron el agua, los perros les atacaban y, como eran polacos, hasta les echaban la culpa de empezar la guerra y hacer caer esta completa desgracia sobre Alemania—una acusación que debieron haber considerado doblemente irónica dada la enorme desigualdad de sus dificultades relativas.
 Lo que vio Andrzej durante su mes largo de caminata hacia la seguridad quedó marcado en su memoria. Recuerda pasar por un hospital de campaña alemán en un bosque, donde vio a hombres con los brazos rotos en jaulas metálicas, algunos estaban vendados de pies a cabeza, otros “apestando a demonios, descomponiéndose en vida”. No había nadie allí para ayudarles porque todo el personal médico había huido. Recuerda llegar a un campo de prisioneros de guerra polaco donde los internos se negaban a salir, a pesar de que las puertas estaban abiertas de par en par, porque nadie les había dado la orden de hacerlo. “Eran soldados y pensaban que alguien iba a darles la orden de marchar a alguna parte. Quién —dónde— no tenían ni idea. Estaban completamente perdidos.” Vio grupos de prisioneros con sus pijamas a rayas, que aún trabajaban los campos bajo la supervisión de civiles alemanes. Posteriormente, se adentró en un valle en el que miles y miles de soldados alemanes estaban sentados tranquilamente, algunas hogueras esparcidas entre ellos, y custodiados sólo por un puñado de policías militares americanos.
 Cuando por fin pasaron los puestos de control americanos de Hof, en Baviera, les enviaron a un edificio con una bandera roja ondeando sobre él. Esto produjo unos momentos de pánico porque su madre pensó que les iban a mandar a un campo ruso, hasta que se dio cuenta de que ésa era la bandera de la UNRRA —una bandera roja con una inscripción blanca. Al fin estaban a salvo.
 Los peligros y los apuros que tuvieron que superar los refugiados como Andrzej no deberían menospreciarse. Puede que no se hicieran evidentes de inmediato para un niño de nueve años, pero para las generaciones mayores eran demasiado obvios. El señor y la señora Druhm eran berlineses y tenían cerca de setenta años cuando terminó la guerra. Después de pasar un corto periodo de tiempo rodeados del desorden del Ejército Rojo, decidieron arriesgarse a viajar a casa de su hija al otro lado del Elba, a 144 kilómetros de distancia. No fue una decisión tomada a la ligera, pero desde el primer momento su viaje estuvo lleno de dificultades, sobre todo una vez que llegaron al campo a las afueras de Berlín.
 En algunos lugares seguían produciéndose escaramuzas. Oíamos disparos y a menudo teníamos que parar hasta que se calmara. En estas zonas remotas los soldados no sabían que la guerra había terminado. Muchas veces los puentes habían desaparecido y las carreteras estaban tan dañadas que teníamos que volver y encontrar otra ruta... Tuvimos muchos incidentes lastimosos, como recorrer kilómetros penosamente y luego no poder seguir y tener que regresar. Una vez íbamos por una carretera principal ancha y absolutamente desierta. Vimos un gran panel escrito en ruso y seguimos, pero no nos sentíamos muy seguros. De repente nos gritaron. No vimos a nadie pero entonces una bala pasó zumbando al lado de mi oreja y me hizo un rasguño en el cuello. Nos dimos cuenta de que no deberíamos estar ahí, así que volvimos sobre nuestros pasos y dimos muchas vueltas para llegar donde queríamos.
 La devastación que encontraron por el camino dejaba entrever la violencia reciente, tanto de la guerra propiamente dicha como de las tropas rusas de ocupación.
CONTINENTE SALVAJE: EUROPA DESPUES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL ...
  En los bosques había sofás y camas de plumas, colchones y almohadas, muchas veces reventados o rajados y las plumas estaban por todas partes, incluso en los árboles. Había cochecitos de niño, tarros de fruta en conserva, hasta motocicletas, máquinas de escribir, coches, carros, pastillas de jabón, montones de plumas estilográficas que ocultan una navaja en su interior y zapatos nuevos recién comprados... También vimos caballos muertos, algunos con un aspecto horrible y oliendo fatal...
 Y finalmente estaban los demás desplazados en la carretera, que representaban la misma amenaza potencial para una pareja de ancianos alemanes que los soldados rusos.
 Había mucha gente de todas las nacionalidades que iban en dirección contraria a la nuestra, la mayoría trabajadores forzados que iban a su casa. Muchos de ellos tenían bebés y robaban lo que querían, caballos y carros de los granjeros, a veces una vaca atada a la parte posterior, y utensilios de cocina. Parecían criaturas salvajes...
 Al menos, los Druhm tuvieron la ventaja de poder llamar a la puerta de los granjeros y pedir ayuda a sus compatriotas. La mayoría de estas “criaturas salvajes” no tenía otra opción que robar a la población local. No eran bien recibidos y, en todo caso, después de haber sido tratados brutalmente por los guardias alemanes, no estaban dispuestos a confiar en ningún alemán en absoluto.
 Una de estas personas era Marilka Ossowska, una chica polaca de veintiún años. Para abril de 1945 ya había pasado dos años en Auschwitz, Ravensbrück y Buchenwald antes de escapar finalmente de una marcha de la muerte hacia Checoslovaquia. Después de presenciar la brutalidad de los libertadores soviéticos, ella y un grupo de exprisioneros decidieron que estarían más seguros si se encaminaban hacia las líneas americanas. También la sorprendió la gran cantidad de gente en las carreteras.
  En 1945, Alemania era un hormiguero gigantesco. Todo el mundo se desplazaba. Ése era el aspecto que presentaban los territorios del este de Alemania. Había alemanes escapando de los rusos. Estaban todos los prisioneros de guerra. Estábamos algunos de nosotros —no tantos, pero aun así... Era verdaderamente increíble, bullía de gente y movimiento.
 Ella y dos amigas polacas se unieron a tres trabajadores franceses, dos prisioneros de guerra británicos y un soldado americano negro. Juntos se encaminaron hacia el río Mulde que en aquella época marcaba el límite entre los ejércitos ruso y americano. Mientras viajaban rogaban a los granjeros locales, o les intimidaban, para que les entregaran algo de comida. La presencia de un hombre negro sin duda ayudaba en este sentido: normalmente, el americano era bastante reservado en presencia de Marilka, pero en estos casos ponía de relieve los prejuicios raciales de los alemanes desnudándose, poniéndose un cuchillo entre los dientes y bailando ante ellos como un salvaje. Al verlo, las amas de casa aterrorizadas estaban más que dispuestas a entregarle cestas de comida y librarse de él. Luego volvía a vestirse y continuaba el viaje como si nada.
 En la ciudad sajona de Riesa, más o menos a medio camino entre Dresde y Leipzig, Marilka y sus dos amigas engañaron a unos soldados rusos para que les proporcionaran algún tipo de transporte. Encontraron a dos soldados con cara de aburridos que custodiaban un almacén con cientos de bicicletas robadas y de inmediato pusieron en marcha su encanto. “¡Vaya, debéis sentiros muy solos!”, dijeron. “Podemos venir y haceros compañía. ¡Y sabemos donde hay algo de aguardiente!” Los guardias, encantados, les dieron tres bicicletas para que fueran a buscar ese aguardiente ficticio y nunca volvieron a verlas.
 Después de seis días pedaleando, el grupo llegó finalmente a Leipzig en la zona americana, donde las mujeres fueron cargadas en camiones y llevadas a un campo en Nordheim cerca de Hanover. Desde allí Marilka hizo autoestop hasta Italia, y por fin fue transportada a Gran Bretaña a finales de 1946. No regresó a Polonia hasta pasados 15 años.
 Estas pocas historias han de multiplicarse cientos de miles de veces para ofrecer una idea del caos que existía en las carreteras de Europa en la primavera de 1945. Enjambres de refugiados que hablaban 20 idiomas distintos se vieron obligados a gestionar una red de transporte que había sido bombardeada, sembrada de minas y abandonada debido a seis años de guerra. Se reunían en ciudades que los bombardeos aliados habían destruido por completo y en las que no había alojamiento ni siquiera para la población local, y mucho menos para la enorme afluencia de recién llegados. El que los diversos gobiernos militares y los organismos de socorro fueran capaces de reunir a la mayoría de estas personas, alimentarlas, vestirlas, localizar a familiares desaparecidos y luego repatriar a la mayor parte de ellas en los seis meses siguientes, es poco menos que un milagro.
 Sin embargo, este proceso rápido de repatriación no pudo borrar el daño que se había producido. Los desplazamientos de la población con motivo de la guerra tuvieron un efecto profundo en la psicología de Europa. A nivel individual no sólo fue traumático para los desplazados, sino también para los que se quedaron, los cuales pasaron años preguntándose qué había sido de sus seres queridos arrebatados de su medio. A nivel comunitario también fue desolador: el reclutamiento obligatorio de todos los jóvenes privó a las comunidades de su principal sostén y las dejó indefensas ante la hambruna. Pero es en el plano colectivo donde los desplazamientos en tiempo de guerra fueron quizá más significativos. Al normalizar la idea de desarraigar sectores enteros de la población, proporcionaron un patrón para movimientos poblacionales de posguerra más amplios. El programa paneuropeo de expulsiones étnicas que tendría lugar después de la guerra sólo fue posible porque el concepto de comunidades estables, inalterado durante generaciones, fue erradicado de una vez por todas. La población de Europa ya no era una constante fija. Ahora era inestable, volátil —pasajera.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Galaxia Gutenberg, 2012, en traducción de Irene Cifuentes, pp. 38-43. ISBN: 978-84-1547-212-4.]

jueves, 6 de mayo de 2021

Escritos filosóficos.- Denis Diderot (1713-1784)


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Coloquio de un filósofo con la mariscala de ***


  «Crudeli: Señora Mariscala, ¿hay algún bien en este mundo que carezca de inconvenientes?
 Mariscala: Ninguno.
 Crudeli: ¿Y algún mal que carezca de ventajas?
 Mariscala: Ninguno.
 Crudeli: ¿Qué llamáis, pues, mal o bien?
 Mariscala: El mal será lo que tenga más inconvenientes que ventajas; y el bien, por el contrario, lo que tenga más ventajas que inconvenientes.
 Crudeli: ¿Tendrá la señora mariscala la bondad de acordarse de su definición de bien y mal?
 Mariscala: Me acordaré. ¿Le llamáis a eso una definición?
 Crudeli. Sí.
 Mariscala: ¿Es, pues, filosofía?
 Crudeli: Excelente.
 Mariscala: ¡Resulta que he hecho filosofía!
 Crudeli: Así que estáis persuadida de que la religión tiene más ventajas que inconvenientes; ¿y es por eso por lo que la consideráis un bien?
 Mariscala: Sí.
 Crudeli: Por mi parte, no dudo de que vuestro intendente os robe un poco menos en víspera de Pascua que pasadas las fiestas; y que de vez en cuando la religión impida numerosos pequeños males y produzca pequeños bienes.
 Mariscala: Poco a poco, termina por ser mucho.
 Crudeli: ¿Pero creéis que los terribles estragos que ha causado en tiempos pasados, y que causará en los futuros, se vean suficientemente compensados por esos jirones de ventajas? Pensad que ha creado y que perpetúa la más violenta antipatía entre las naciones. No hay un musulmán que no imagine hacer una acción agradable para Dios y el santo Profeta exterminando a todos los cristianos, que, por su parte, no son mucho más tolerantes. Pensad que ha creado y que perpetúa en un mismo país divisiones que raramente se acaban sin efusión de sangre. Nuestra historia nos ofrece recientes y funestos ejemplos. Pensad que ha creado y que perpetúa en la sociedad entre los ciudadanos, y en la familia entre los parientes, los odios más fuertes y constantes. Cristo dijo que venía a separar al esposo de la mujer, a la madre de sus hijos, al hermano de la hermana, al amigo del amigo; y su predicción se ha cumplido con sobrada fidelidad.
 Mariscala: Eso son abusos, pero el asunto no es ése.
 Crudeli: Es ése, si los abusos son inseparables de él.
 Mariscala: ¿Y cómo vais a demostrarme que los abusos de la religión son inseparables de la religión?
 Crudeli: Muy fácilmente: decidme, si un misántropo se hubiera propuesto causar la desdicha del género humano, ¿qué habría podido inventarse mejor que la creencia de un ser incomprensible respecto al cual los hombres no pudiesen entenderse jamás y al que concediesen más importancia que su propia vida? Pues bien: ¿es posible separar de la noción de una divinidad la incomprensibilidad más profunda y la importancia mayor?
 Mariscala: No.
 Crudeli: Sacad la conclusión.
 Mariscala: Concluyo que es una idea que tiene consecuencias en la cabeza de los locos.
 Crudeli: Y añadid que los locos siempre han sido y serán la mayoría; y que los más peligrosos son los que la religión origina y de los que los perturbadores de la sociedad saben siempre sacar buen provecho, llegada la ocasión.
 Mariscala: Pero es preciso que haya algo que espante a los hombres de las malas acciones que escapen de la severidad de las leyes; y, si destruís la religión, ¿con qué la sustituiréis?
 Crudeli: Aunque no pudiese poner nada en su lugar, siempre sería un terrible prejuicio menos; sin contar con que, en ningún siglo ni en ningún país, han servido las opiniones religiosas de base a las costumbres nacionales. Los dioses que adoraban los antiguos griegos y los antiguos romanos, la gente más honrada de la tierra, eran la canalla más disoluta: un Júpiter como para quemarlo vivo; una Venus como para encerrarla en el Hospital, y un Mercurio como para llevarlo a Bicêtre*.
 Mariscala: ¿Y creéis que es completamente indiferente que seamos cristianos o paganos; que, si fuésemos paganos, no valdríamos menos, y que, siendo cristianos, no valemos más?
 Crudeli: A fe mía, que estoy convencido de ello, con la salvedad de que seríamos un poco más alegres.
 Mariscala: Eso no puede ser.
 Crudeli: Pero, señora mariscala, ¿acaso hay cristianos? Nunca los he visto.
 Mariscala: ¿Y eso es a mí a quien se lo decís, a mí?
 Crudeli: No, señora, no es a vos; es a una de mis vecinas, que es honrada y piadosa como lo sois vos, y que se creía cristiana con la mejor fe del mundo, como vos os creéis.
 Mariscala: ¿Y le hicisteis ver que se equivocaba?
 Crudeli: En un instante.
 Mariscala: ¿Cómo os las arreglásteis?
 Crudeli: Abrí un Nuevo Testamento, del que se había servido mucho, pues estaba muy usado. Le leí el Sermón de la Montaña y, a cada artículo, le preguntaba: “¿Hacéis esto? ¿Y esto? ¿Y esto otro?” Fui todavía más lejos. Es bella, y aunque muy honesta y devota, no lo ignora; tiene la piel muy blanca, y aunque no conceda gran precio a esta frágil ventaja, no se enfada si se la elogian; tiene el pecho tan hermoso como es posible tenerlo y, aunque es muy modesta, le gusta que se den cuenta de ello.
 Mariscala: Mientras que no sean más que ella y su marido los que lo sepan…
 Crudeli: Creo que su marido lo sabe mejor que ningún otro; pero para una mujer que se precia de gran cristianismo eso no basta. Le digo: “¿No está escrito en el Evangelio que quien ha deseado a la mujer de su prójimo ha cometido adulterio en su corazón?”
 Mariscala: ¿Os respondió ella que sí?
 Crudeli: Le digo: “¿Y el adulterio cometido en el corazón, acaso no condena tan ciertamente como el adulterio más condicionado?”
 Mariscala: ¿Os respondió ella que sí?
 Crudeli: Le digo: “Y si el hombre se condena por el adulterio que ha cometido en su corazón, ¿cuál será la suerte de la mujer que invita a todos los que se le acercan a cometer ese crimen?” Esta última pregunta le resultó embarazosa.
 Mariscala: Comprendo; resulta que no velaba demasiado rigurosamente ese pecho que tenía tan hermoso como es posible tenerlo.
 Crudeli: Es cierto. Me respondió que era una cuestión de usanza; ¡como si no fuese la usanza más común proclamarse cristiano y no serlo!; que no había que vestirse ridículamente, ¡como si pudiera compararse el hacer un miserable pequeño ridículo con su condenación eterna y la de su prójimo!; que se dejaba vestir por su costurera, ¡como si no valiese más cambiar de costurera que renunciar a su religión!; que era un capricho de su marido, ¡como si un esposo fuese lo suficientemente insensato como para exigir de su mujer el olvido de la decencia y de sus deberes, y una verdadera cristiana debiese llevar la obediencia a un esposo extravagante hasta el sacrificio de la voluntad de su Dios y el desprecio de las amenazas de su Redentor!
 Mariscala: Sabía de antemano todas esas puerilidades; quizá os las hubiese dicho como vuestra vecina; pero tanto ella como yo habríamos actuado ambas de mala fe. Pero, ¿qué partido tomó, después de vuestra filípica?
 Crudeli: Al día siguiente de esta conversación (era un día festivo) subía yo a mi casa, y mi devota y bella vecina bajaba de la suya para ir a misa.
 Mariscala: ¿Vestida como de costumbre?
 Crudeli: Vestida como de costumbre. Le sonreí, me sonrió; pasamos uno junto a otro, sin hablarnos. ¡Una mujer honrada, señora mariscala!, ¡una cristiana!, ¡una devota! Después de este ejemplo, y cien mil otros de la misma especie, ¿qué influencia real puedo concederle a la religión sobre las costumbres? Casi ninguna, y mejor así.
 Mariscala: ¿Cómo que mejor?
Resultado de imagen de escritos filosoficos diderot Crudeli: Sí, señora; si le diese a veinte mil habitantes de París por conformar estrictamente su conducta al Sermón de la Montaña…
 Mariscala: Pues bien, habría unos cuantos pechos hermosos mejor cubiertos.
 Crudeli: Y tantos locos que el teniente de policía no sabría qué hacer con ellos, pues nuestros manicomios no bastarían. Hay en todos los libros inspirados dos morales: una general y común a todas las naciones, a todos los cultos, y que es más o menos seguida; otra, propia de cada nación y de cada culto, en la que se cree, que se predica en los templos, que se preconiza en las casas y que no se sigue ni poco ni mucho.
 Mariscala: ¿Y de dónde proviene esa cosa tan rara?
 Crudeli: De que es imposible doblegar a un pueblo a una regla que no conviene más que a unos cuantos hombres melancólicos, que la han calcado de su carácter. Sucede con  las religiones como con las constituciones monásticas, que todas se relajan con el tiempo. Son locuras que nada pueden contra el impulso constante de la naturaleza, que nos vuelve a poner bajo su ley. Y haced que el bien de los particulares esté tan estrechamente unido al bien general que un ciudadano apenas pueda dañar a la sociedad sin dañarse a sí mismo; asegurad a la virtud su recompensa, tal como habéis asegurado a la maldad su castigo; que, sin ninguna distinción de culto, en cualquier condición que el mérito se encuentre, conduzca a los grandes puestos del Estado y no contéis con otros malvados que con un pequeño número de hombres, a los que una naturaleza perversa, que nada puede corregir, arrastra al vicio. Señora mariscala, la tentación está demasiado próxima y el infierno demasiado lejano: no esperéis que valga la pena que un sabio legislador se ocupe de un sistema de opiniones extravagantes, que sólo se le imponen a los niños, que estimula al crimen por la comodidad de las expiaciones; que envía al culpable a pedir perdón a Dios de la ofensa hecha a los hombres y que envilece el orden de deberes naturales y morales, subordinándolo a un orden de deberes quimérico.
 Mariscala: No os comprendo.
 Crudeli: Me explico; pero me parece que ahí está la carroza del señor mariscal, que vuelve muy pronto para impedirme decir una tontería.
 Mariscala: Decid, decidme vuestra tontería, que no la oiré; estoy acostumbrada a no oír más que lo que quiero.            
 Crudeli: (Me acerqué a su oído y le dije muy bajo:)  Señora mariscala, preguntad al vicario de vuestra parroquia cuál de estos dos crímenes, mear en un vaso sagrado o mancillar la reputación de una mujer honrada, es más atroz. Se estremecerá de horror con el primero, gritará que es sacrilegio; y la ley civil, que apenas toma consideración de la calumnia, mientras que castiga el sacrilegio con la hoguera, acabará de embrollar las ideas y de corromper los espíritus.
 Mariscala: Conozco a más de una mujer que tendría escrúpulo en comer carne en viernes y que… ya iba yo también a decir mi tontería. Continuad.»

 *Al Hospital solían ser llevadas las prostitutas públicas; Bicêtre era un penal. [N. del T.]    

    [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1983, en traducción de Fernando Savater, pp. 120-127. ISBN: 84-276-1228-1.]