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miércoles, 27 de abril de 2022

Bajo el hielo.- Bernard Minier (1960)


Bernard Minier: “Estamos en la época posmoderna de la novela negra ...
Tercera parte: Blanco

23

 «-Gracias –dijo mientras plegaba la hoja para guardarla en el bolsillo. Luego titubeó un instante-. Querría hacerle una pregunta que no tiene nada que ver con la investigación. Es una pregunta que dirijo al psiquiatra y al hombre, no al testigo. –Xavier enarcó una ceja, intrigado-. ¿Usted cree en la existencia del mal, doctor?
 El silencio del psiquiatra fue más prolongado de lo previsto. Durante todo ese tiempo, detrás de sus gafas rojas, mantuvo la mirada fija en Servaz, como si quisiera adivinar adónde quería ir a parar.
 -En mi condición de psiquiatra –contestó por fin-, le responderé que esta cuestión no entra dentro del ámbito de la psiquiatría, sino de la filosofía, y más concretamente de la moral. Desde ese punto de vista, vemos que el mal no se puede concebir sin el bien, que uno va de la mano del otro. ¿Ha oído hablar de la escala del desarrollo moral de Kohlberg? –preguntó el psiquiatra.
 Servaz negó con la cabeza.
 -Laurent Kohlberg es un psicólogo americano. Se inspiró en la teoría de los estadios de la adquisición de Piaget para postular la existencia de seis fases de desarrollo moral en el hombre. –Xavier hizo una pausa durante la cual se arrellanó en el sillón y cruzó las manos sobre el vientre, organizando las ideas-. Según él, el sentido moral de un individuo se adquiere por estadios sucesivos en el transcurso del desarrollo de su personalidad. No puede saltarse ninguna de esas etapas. Una vez que ha alcanzado un estadio moral, el individuo no puede volver atrás: ha adquirido ese nivel para toda la vida. No obstante, no todos los individuos alcanzan el último nivel, ni mucho menos. Muchos se quedan en un estadio moral inferior. Por otra parte, esas etapas son comunes al conjunto de la humanidad, son las mismas en cualquier cultura. Son transculturales, pues.
 Servaz se dio cuenta de que había despertado el interés del psiquiatra.
 -En el nivel 1 –reanudó Xavier la exposición con entusiasmo-, el bien es lo que suscita una recompensa y el mal lo que suscita un castigo. Como cuando se golpean los dedos de un niño con una regla para hacerle comprender lo que está mal. La obediencia se percibe como un valor en sí mismo, el niño obedece porque el adulto tiene el poder para castigarlo. En el nivel 2, el niño ya no obedece solo para obedecer a una autoridad sino para obtener gratificaciones. Así comienza a haber un intercambio… -Esbozó una sonrisa-. En el nivel 3, el individuo llega al primer estadio de la moral convencional, pretende satisfacer las expectativas de los otros, de su medio. Lo importante es el juicio de la familia, del grupo. El niño aprende el respeto, la lealtad, la confianza, la gratitud. En el nivel 4, la noción de grupo se amplía al conjunto de la sociedad. Aquí entra el respeto a la ley y el orden. Seguimos en el ámbito de la moral convencional, en el estadio del conformismo: el bien consiste en cumplir el deber y el mal es lo que la sociedad reprueba. –Xavier adelantó el torso-. A partir del nivel 5, el individuo se desprende de esa moral convencional y la supera. Entra en la moral posconvencional. De egoísta pasa a ser altruísta. Sabe asimismo que todo valor es relativo, que aunque deben ser respetadas, las leyes no son siempre buenas; piensa sobre todo en el interés colectivo. Finalmente, en el nivel 6, el individuo adopta unos principios éticos libremente elegidos que pueden entrar en contradicción con las leyes de su país si las considera inmorales; lo que prevalece es su conciencia y su racionalidad. El individuo moral del nivel 6 tiene una visión clara, coherente e integrada de su propio sistema de valores. Es un actor comprometido en la vida asociativa, en las acciones caritativas, un enemigo declarado del mercantilismo, del egoísmo y la codicia.
 -Es muy interesante –alabó Servaz.
 -¿Verdad? Huelga decir que un gran número de individuos permanecen bloqueados en los estadios 3 y 4. Para Kohlberg existe también un nivel 7, al que acceden muy pocos. El individuo del nivel 7 está impregnado del amor universal, la compasión y lo sagrado, muy por encima del común de los mortales. Kohlberg cita sólo algunos ejemplos, como Jesús, Buda, Gandhi… En cierta manera, se podría decir que los psicópatas permanecen atascados en el nivel 0, aunque no sea una noción muy académica para un psiquiatra.
 -¿Y cree usted que se podría establecer, de la misma manera, una escala del mal?
 Al oír aquella pregunta, al psiquiatra se le iluminaron los ojos detrás de las gafas rojas mientras se relamía con avidez.
 -Es una cuestión muy interesante –dijo-. Confieso que yo mismo me la he planteado. En esa clase de escala, una persona como Hirtmann se situaría en el otro extremo del espectro, como una especie de espejo invertido de los individuos del nivel 7, por así decirlo…
 El psiquiatra lo miraba directamente a los ojos, a través del vidrio de las gafas, como si se preguntara en qué nivel se había detenido Servaz. Éste sintió que volvía a sudar, que volvía a acelerársele el pulso. En su pecho estaba estallando algo: un miedo cerval… Volvió a ver los faros en su retrovisor, a Perrault gritando en la cabina, el cadáver desnudo de Grimm colgado del puente, el caballo decapitado, la mirada del gigante suizo posada en él, la de Lisa Ferney en los pasillos del Intituto… El miedo se hallaba allí desde el principio, dentro de él, como una semilla que sólo esperaba para germinar y prosperar… Le dieron ganas de echar a correr como un poseso, de huir de ese lugar, de ese valle, de esas montañas.
Bajo el hielo (Bestseller Criminal): Amazon.es: Bernard Minier: Libros -Gracias, doctor –dijo, levantándose con precipitación.
 Xavier se puso en pie sonriendo y le tendió la mano por encima del escritorio.
 […]
 Hirtmann se detuvo para lanzarle una prolongada mirada cargada de recelo, antes de reanudar sus idas y venidas sin pronunciar palabra alguna.
 -¿Le molesta? –inquirió Diane.
 […]
 -Apuesto a que no. ¿A qué ha venido doctora Berg?
 -Acabo de decírselo.
 -Ah, ah… ¡Es increíble la poca psicología que tienen a veces los psicólogos! Yo soy una persona bien educada, doctora Berg, pero no me gusta que me tomen por idiota –agregó con tono tajante.
 -¿Está usted al corriente de lo que ocurre en el exterior?  -insistió ella, abandonando el típico tono profesional de psicóloga.
 Hirtmann bajó la mirada y pareció meditar un instante. Después se decidió a sentarse con el torso adelantado, el antebrazo encima de la mesa y los dedos cruzados.
 -¿Se refiere a esos asesinatos? Sí, yo leo los periódicos.
 -Entonces, toda la información de que dispone figura en los periódicos, ¿no es así?
 -¿Adónde quiere ir a parar? ¿Qué es lo que ocurre fuera que la ha puesto en este estado?
 -¿Qué estado?
 -Parece asustada. Y no sólo eso. Parece una persona que busca algo… incluso un animalillo, un animalillo hurgador. Ése es el aspecto que tiene en este momento, el de un sucio ratoncillo… ¡Si pudiera ver la mirada que tiene! Por Dios, doctora Berg, ¿qué le pasa? No soporta este sitio, ¿es eso? ¿No tiene miedo de perturbar la buena marcha de este establecimiento con todas sus preguntas?
 -Cualquiera diría que está hablando el doctor Xavier –se mofó.
 -¡Ah, no, por favor! –contestó él con una sonrisa-. Mire, la primera vez que entró aquí capté enseguida que este no es su lugar. ¿Qué pensaba encontrar al venir aquí? ¿A unos genios del mal? Aquí sólo hay desdichados psicóticos, esquizofrénicos, paranoicos, infelices y enfermos, y yo mismo me permito incluirme en el mismo paquete. La única diferencia con los que se encuentran fuera radica en la violencia… Y créame que no se da tan sólo en los pacientes… -Separó las manos-. Ah, ya sé que el doctor Xavier tiene una visión… digamos, romántica, de las cosas… Que nos ve como seres maléficos, emanaciones de Némesis y otras idioteces por el estilo, que se cree encargado de una misión. Para él, este sitio es algo así como el santo Grial de los psiquiatras. ¡Qué bobadas! –Mientras hablaba, la mirada se le iba volviendo más sombría y más dura, y ella retrocedió instintivamente en su silla-. Aquí, como en otras partes, todo es mugre, mediocridad, malos tratos y dosis masivas de drogas. La psiquiatría es la gran estafa del siglo XX. No hay más que fijarse en los medicamentos que utilizan. ¡Ni siquiera saben por qué funcionan! ¡La mayoría los han descubierto por casualidad en otras disciplinas!
 Diane lo miraba fijamente.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Roca Editorial, 2011, en traducción de Dolors Gallart, pp. 416-419 y 425-427. ISBN: 978-84-9918-358-9.]

viernes, 23 de abril de 2021

Libro de los Entretenimientos.- Yosef ben Meir ibn Zabarra (c. 1140 - 1194)


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Capítulo I

 «Había un hombre en el Condado de Barcelona, cuyo nombre era Yosef ben Zabarra, vivía tranquilo y sosegado con sus amigos y compañeros desde su adolescencia. Los que le conocían, se le acercaban, y los amigos le amaban y le consideraban como un príncipe y un noble. Todo el mundo quería cultivar su amistad. También él los honraba y asistía, los servía y cuidaba. Con la ayuda de su Hacedor, preparaba medicamentos que cicatrizan para curar al que de ellos estuviera enfermo, según su buen saber y entender. Se ocupaba de su enfermedad sirviéndole y dándole asistencia con amor y clemencia. Al primogénito según su primogenitura y al más joven con arreglo a su juventud. Todos le amaban mucho y deseaban su amistad. ¡Como siervo se vendió a José!
 Era de noche y yo, José, estaba durmiendo sobre mi lecho con dulce sueño, que era la única recompensa por mi fatiga. Hay cosas que suponen esfuerzo del alma y descanso del cuerpo, y otras que son esfuerzo del cuerpo y descanso del alma, pero el sueño es descanso del cuerpo y del alma juntamente. Este hecho no se le oculta a nadie.
 Preguntaron a Hipócrates, el piadoso: “¿Qué es el sueño?”
 Respondió: “La profundización de las fuerzas hasta el fondo del alma, para que el cuerpo pueda encontrar reposo y descanso”. Y ya dijo Aristóteles: “El sueño natural es el remedio para cualquier enfermedad”. Y Galeno afirmaba: “El sueño natural aumenta las fuerzas pero debilita los humores”.
 El sabio Yohani añadió: “El sueño a su debido tiempo lleva el cuerpo a la salud”.
 Cuando yo estaba durmiendo vi ante mí, en sueños, una persona de gran talla que tenía figura de hombre. El me despertó como se despierta a uno de su sueño y me dijo:
 -¡Levántate, hombre! ¿Cómo puedes dormir? ¡Despierta! Mira cómo rojea el vino. ¡Ea, incorpórate! Siéntate y come de la caza que te traigo, de lo que conseguí yo mismo. Como estaba amaneciendo, me levanté con precipitación y vi ante mí pan, vino y viandas. Entretanto tenía el hombre en la mano una lámpara encendida cuya luz se dispersaba por todos los rincones. Comencé yo a hablar diciendo:
 -¿Qué es esto, mi señor?
 Él contestó:
 -Mi vino, mi pan y mi comida. Siéntate a comer y beber conmigo, pues te amo como si fueras mi hermano.
 Pero yo, después de agradecerle su bondad y honor, su amistad y su generosidad, le repliqué:
 -No puedo, mi señor, comer ni beber sin haber rezado al que comprende mi camino y endereza mis pasos y mi caminar y el que hace por mí todo lo que necesito. Y Moisés, nuestro maestro, el elegido entre los profetas, el principal de todos los llamados, la paz sea con él, ha dicho: “no comeréis sangre, ni adivinaréis, ni haréis hechizos”. Advirtió así a los israelitas para que no comieran hasta haber rezado por su vida, porque la sangre es la vida. Saúl habló de esta manera: “Degolladlos aquí y comedlos, pero no pequéis contra Dios tomando la sangre”. Además, todo el que come antes de rezar y rogar es llamado amigo del diablo y hechicero. Le preguntaron a Aristóteles: “¿Qué tiene preferencia, la oración o la comida?” Respondió: “La oración, pues la oración es la vida del alma y la comida la vida del cuerpo. Además, plegaria y rezo no son posibles para una persona saciada y un vientre lleno”. Preguntaron a un filósofo: “¿Qué es mejor, comer o rezar?” Contestó: “El mucho rezar es provechoso, pero el mucho comer es nocivo”. Otro sabio dijo: “La oración introduce en la comida”. Uno de los sabios añadió: “La plegaria es como el viento que se eleva por las alturas y la comida como el cadáver que desciende bajo tierra”.
 (Mi interlocutor) dijo entonces:
 -Reza según tu voluntad y haz lo que mejor te parezca. Me lavé las manos y la cara, oré ante Dios y después comí de todo lo que puso ante mis ojos porque su persona me resultaba agradable. A media comida pedí agua de la fuente para beber, pero me dijo con reproche:
 -Bebe vino, pues todas las perlas no son nada comparadas con él, y es delicioso a la vista.
 Respondí:
 -No lo quiero, ni deseo beberlo, pues tengo miedo de él.
 Él me replicó:
 -¿Por qué me lo odias en tu corazón, si es el gozo y la alegría de todos los corazones?
 Le respondí de esta manera:
 -No puedo beberlo porque todo el que lo hace se embriaga y ni siquiera a su hermano reconoce. El vino nubla la vista y oscurece la blancura de los dientes. Engendra el olvido y embrutece el alma sabia. Quita el don del habla a los expertos y a los ancianos el buen sentido. Debilita las fuerzas del cuerpo y hace temblar los miembros con sus movimientos, porque debilita los tendones que los mueven y engendra muchas enfermedades como la hemiplejía, deterioro y torcedura de la boca y entumecimiento. Aplasta a todas las partes y a todas las fuerzas del cuerpo. Divulga los secretos de los amigos y compañeros, produce disputas entre hermanos. Es por tanto un traidor el vino, que quita la ropa en tiempo de frío.
 Y así habló el poeta para todo aquel en quien se despierte el deseo de beber:
 No se incline, amigo mío, tu corazón tras el vino
pues aunque endulce más que un panal de miel,
como las aguas de Mara es.
Conspira contra todos sus amigos,
traiciona a los que le aman,
incluso en tiempo de frío
Resultado de imagen de libro de los entretenimientosla ropa te quitará.

Y entonó este proverbio:
 Cuídate mucho, amigo mío, de no
Mirar al vino cuando rojea.
Pues cuando tu amigo clame por su subsistencia,
tú estarás durmiendo.

 Además añadió:
 Bebe, amigo mío, zumo de granadas,
para que no colme el corazón del hombre hasta embriagarlo.
Guárdate y no andes vacilando con el vino
como un ebrio que se tambalea vomitando.

 Moseh, nuestro maestro, sobre él sea la paz, prohibió al nazireo* cualquier vino o licor porque está consagrado durante su nazireato, para no pecar por ello y profanar su nazireato. También el sacerdote cuando iba a servir en el Santuario tenía prohibido el vino.
 Se encolerizó aquel hombre y dijo:
  -¿A qué viene que tú injuries el vino, lo desprecies y emitas contra él calumnias, no pocas sino muchas, y recuerdes lo malo y olvides lo bueno? ¿Es que no sabes, ni has oído que es quien engendra la alegría y expulsa la tristeza y la nostalgia? ¡Que beba y olvide su miseria todo el que esté atormentado! Además, el vino ayuda a hacer la digestión, es eficaz con el dolor que no se puede apaciguar, quita el catarro y es útil para los enfermos intestinales, pues si se rebaja con agua, es laxante. Fortalece el corazón agotado, expulsa los humores de venas y riñones, asegura el engendrar el apetito y despierta en el corazón mezquino la generosidad. Alarga la juventud, retrasa la vejez, aguza los pensamientos, alegra el rostro e ilumina las ideas. Ya dijeron nuestros rabinos, sean sobre ellos las bendiciones: “El vino y el perfume dan clarividencia”. Y por el pecado que por el vino cometiera el nazireo en su nazireato, ordena la Escritura ofrecer dos tórtolas o dos pichones para expiarlo del pecado cometido sobre el alma humillada.
 […]
 Pero yo le dije:
 -Después de que te me adelantaste con tu misericordia, señor mío, no se encienda tu cólera contra tu siervo, has de saber que los médicos de la antigüedad, que eran sabios y entendidos, ordenaron beber agua durante la comida porque es más pesada que el vino, y con su pesadez hace bajar el alimento a lo más recóndito del estómago, donde favorece su digestión con la ayuda del calor del hígado que está debajo. Una o dos horas después de la comida, prescribían beber un poco de vino sin agua para aumentar el calor natural y favorecer la fuerza de la digestión.
 Entonces me dijo:
 -Bien has hablado, también yo me reafirmo en tus palabras, porque un poco es provechoso pero mucho es nocivo.»
 
  *Nazireo: hombre que se consagra a Dios haciendo unos votos e imponiéndose abstinencias. Sobre este tema hay mucha literatura en la Misna, el Talmud y también algo en la Biblia. (N. del T.)
        
     [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1983, en edición de Marta Forteza Rey, pp. 65-70. ISBN: 84-276-0641-9.]

martes, 1 de octubre de 2019

Esta salvaje oscuridad. La historia de mi muerte.- Harold Brodkey (1930-1996)

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Fines de otoño de 1995

«Estoy tomando los últimos medicamentos de la larga lista que recetan cuando tienes sida. Ahora me despierto con miedo; es una forma de miedo extraña: geométrica, limitada, final.
 Estar así enfermo combina la conmoción -esta vez moriré- con un dolor y un sufrimiento que no son familiares, que me arrancan de mí mismo. Es como vivir el propio funeral, como vivir la pérdida en su forma más pura y vasta; además de ser desconocida, en esta cruel oscuridad no se puede entrar como uno mismo. Uno ya pertenece por entero a la naturaleza, al tiempo: la identidad era un juego. No es cruel lo que pasa después, es tan sólo una forma de ser apresado. Hay que poner fin a la memoria, completa y clara o huidiza, hay que hacerla a un lado, como si uno saliera de la capilla y terminara la oración mentalmente. Es la muerte lo que baja al centro de la tierra, a esa gran iglesia funeraria que es la tierra, y luego va a los confines curvos del universo, como se dice que hace la luz.
 Llamémosla fosa, la fosa melodramática: el insondable miedo del mundo tiene al final un fondo de sangre y es el fin de la conciencia. Sin embargo no me despierto enfadado ni rabiosamente dispuesto a combatir o acusar. (No sé por qué, nunca tuve mucha rabia. Tenía determinación y empeño, pero rabia no. A menudo pensaba que los hombres hedían a rabia; por eso prefería a las mujeres y a los homosexuales.) Me despierto con la noción no del todo enfermiza de ser meramente joven otra vez y estar en paz de un mundo extraño, observador consciente del transcurso del tiempo, consciente de que ha ocurrido la última metamorfosis.
 Estoy en un especie de adolescencia al revés, tan misteriosa como la primera, salvo que esta vez la siento como una declinación de las posibilidades de vivir un tiempo más, de poder pasarla durmiendo. Y como una alteración del lenguaje: no puedo decir Te veré este verano. No puedo vivir sin dolor, y la fuerza a la cual recurro todo el día es la de Ellen. Por momentos no consigo creer del todo que alguna vez haya estado vivo, que alguna vez fui otro ser y escribí, y amé o no fui capaz de amar. En realidad no comprendo esta eliminación. Puedo comprender que algo se cierre, que un gran poder me reemplace por otro (y por el silencio), pero esta incapacidad de tener una identidad ante la muerte creo que nunca lo vi en ninguna de las escenas de la muerte ni en las descripciones de la vejez que he leído. Es curioso que mi vida se haya tambaleado hasta tal punto que mis recuerdos ya no sean aptos para el cuerpo en el que se forman mis palabras.
 Quizá digan ustedes que he hecho muy poco con mi vida, pero la douceur, si ésa es la palabra, la palabra de Tayllerand, fue abrumadora. Dolorosa, cegadora y maravillosa.
 Tengo aún miles de opiniones -pero es lo que queda de millones- y, como siempre, no sé nada.
 No sé si la oscuridad crece por dentro o si estoy disolviéndome, explotando suavemente en trocitos constitutivos de otras existencias: microexistencia. Soy sensible a la velocidad de los momentos y al entrar en la zona de mi cabeza alerta al movimiento del mundo como conciencia de que la vida nunca fue perfecta, sin tacha. Esto da satisfacción, incluso temeridad. Separación, desapego, muerte. Contemplo la insistencia de uno u otro en los méritos de su vida -deberes, intelecto, realizaciones- y veo que es casi todo un sinsentido. Y yo, mierda, soy un genio o un fraude, o bien -como en realidad pienso- desde el pliegue más temprano de la memoria estoy poseído por voces y acontecimientos y nunca he existido salvo como un jardín de Illinois donde estas cosas se interpretan e interpretarán una y otra vez hasta que muera.
 Me molesta saber que no veré el final del siglo porque, cuando era joven, en Saint Louis, recuerdo haberle dicho a Marilyn, mi hermana adoptiva, que era eso lo que quería vivir: setenta años. Y entonces ver los festejos. Recuerdo la luz real de la habitación; digo real porque no es una luz de sueño. Marilyn es muy bonita, con un toque de exhibicionismo, generosa de carnes y quiere no ser nunca vieja como la abuela. Si está viva, hoy andará por los setenta; si la viese por la calle tal vez no la reconocería.
 Yo -tenía seis o siete años- le preguntaba a todo el mundo, y era a todo el mundo, los niños de la escuela, los maestros, las mujeres de la cafetería, los padres de otros muchachos: "¿Tú cuánto quieres vivir?" Supongo que el secreto de la pregunta era: ¿Con qué disfrutas? ¿Te gusta vivir? ¿Tratarías de seguir viviendo en cualquier circunstancia?
 Hasta el fin del siglo, decía yo cuando me preguntaban. Bien, no lo conseguiré.
 Las historias reales, las historias autobiográficas, como algunas novelas, empiezan hace mucho, antes de las acciones registradas, antes de que nacieran algunas personas del relato. De modo que una autobiografía sobre la muerte debería incluir, en mi caso, una crónica de la judería europea y de acontecimientos rusos y judíos: pogromos, huidas, asesinatos y la revolución que empujó a mi madre a venir aquí. (Una familia de rabinos como la mía, que puede rastrearse a lo largo de cuarenta siglos, es una red de cópulas que engloba a la mitad del mundo y sus huellas genéticas, de modo que, si yo echo a vagar por los relatos de mí mismo, me encuentro con sombras de Nuremberg, Hamburgo o San Petersburgo.) Asimismo debería escribir una invocación a Norteamérica, a Illinois, a ciertos rincones del mundo, y a la inmigración, al nomadismo, al orgullo de las mujeres, a lascivias y, en algunos casos, a prudencias. Debería hacer una frase musical que se fuera repitiendo sobre la cuestión de la clase social tal como se combina con la creencia apasionada y la autodefinición, un ritmo sobre los que insisten en que ellos mismos y no la sociedad, no las nociones prefijadas, definen quiénes son. En esa gente se basa mi vida, mi obra y mis sentimientos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2001, en traducción de Marcelo Cohen. ISBN: 84-339-6931-5.]

miércoles, 16 de mayo de 2018

Aprendiendo de las drogas (Usos, abusos, prejuicios y desafíos).- Antonio Escohotado (1941)


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1.-Las variables del asunto

«Las cosas que entran en nuestro cuerpo por cualquier vía -oral, epidérmica, venosa, rectal, intramuscular, subcutánea- pueden ser asimiladas y convertidas en materia para nuevas células, aunque pueden también resistir esa asimilación inmediata.
 Las que se asimilan de modo inmediato merecen el nombre de alimentos, pues gracias a ellas renovamos y conservamos nuestra condición orgánica. Entre las que no se asimilan inmediatamente cabe distinguir dos tipos básicos: a) aquellas que -como el cobre o la mayoría de los plásticos, por ejemplo- son expulsadas intactas, sin ejercer ningún efecto sobre la masa corporal o el estado de ánimo; b) aquellas que provocan una intensa reacción. 
 Este segundo tipo de cosas comprende las drogas en general, que afectan de modo notable aunque absorbamos cantidades ínfimas, en comparación con las cantidades de alimentos ingeridas cada día. Hoy, cuando empiezan a conocerse los complejos procesos biológicos, la actividad extraordinaria de este tipo de cosas sugiere que están ligadas a equilibrios básicos en los organismos. Normalmente, no afectan por ser cosas de fuera, sino por parecerse como gotas de agua a cosas de muy adentro.
 Pero dentro de este tipo de sustancias es preciso distinguir entre compuestos que afectan somáticamente (como la cortisona, las sulfamidas o la penicilina) y los que afectan no sólo somática sino también sentimentalmente. Estos últimos -que parecieron milagrosos a todas las culturas antiguas- son en su mayoría parientes carnales de las sustancias que trasladan mensajes en el sistema nervioso (los llamados neurotransmisores) o antagonistas suyos, y reciben el nombre vulgar de "drogas".

Toxicidad
 Llámense drogas o medicamentos, estos compuestos pueden lesionar y matar en cantidades relativamente pequeñas. Como a una sustancia con tales características la llamamos "veneno", es propio de todas las drogas ser venenosas o tóxicas. La aspirina, por ejemplo, puede ser mortal para los adultos a partir de tres gramos, la quinina a partir de bastante menos y el cianuro de potasio desde una décima de gramo.
 Sin embargo, lo tóxico o envenenador de una cosa no es nunca esa cosa abstractamente, sino ciertas proporciones de ella conforme a una medida (como el kilo de peso). De ahí, siguiendo con el ejemplo, la enorme utilidad que extraemos de la aspirina, la quinina y el cianuro, a pesar de sus peligros. La proporción que hay entre cantidad necesaria para obrar el efecto deseado (dosis activa media) y cantidad suficiente para cortar el hilo de la vida (dosis letal media) se denomina margen de seguridad en cada droga.
 ¿Cómo puede ser terapéutico un veneno? Fundamentalmente, porque los organismos sufren muy distintos trastornos, y ante ellos el uso de tóxicos en dosis no letales puede ser la única, o la mejor, manera de provocar ciertas reacciones. Apenas hay, por eso, venenos de los que no se hayan obtenido valiosos remedios: el curare, la atropina, el ergot o la planta digital son casos bien conocidos de una lista interminable.
 Dentro del margen de seguridad, el uso de tóxicos plantea fundamentalmente dos cuestiones, que son el coste de la ganancia y la capacidad del organismo para adaptarse a su estado de intoxicación. El coste depende de los efectos que se llaman secundarios o indeseados, tanto orgánicos como mentales. La capacidad del organismo para "hacerse" al intruso depende del llamado factor de tolerancia aparejado a cada compuesto. 
 La tolerancia y el coste psicofísico pueden prestarse a juicios algo subjetivos, comparados con la objetividad matemática del margen de seguridad. [...]
 En todo caso, estos tres elementos -margen de seguridad, coste psicofísico y tolerancia- son los lados materiales o cuantificables del efecto producido por las drogas. Prestarles atención ayuda a plantear de modo objetivo ese efecto. [...]

Los principales empleos
 El estado que produce una droga psicoactiva puede llamarse intoxicación (si se considera su contacto con nuestro organismo) y llamarse ebriedad (si se considera el efecto que esa sustancia ejerce sobre el ánimo); para la intoxicación intensa de alcohol disponemos de la palabra "embriaguez", o "borrachera" en casos límite.
 Cabe hablar de uso colectivo y uso individual, uso antiguo y uso moderno. Sin embargo, quizá la forma más sencilla de abarcar el consumo de drogas sea distinguir entre empleos festivos, empleos lúdicos o recreativos y empleos curativos o terapéuticos. [...]  
 
Epílogo
La cuerda que sirve al alpinista para escalar una cima sirve al suicida para ahorcarse y al marino para que sus velas recojan el viento. Lo sacro y eterno sea loado. Seguiríamos en las cavernas si hubiésemos temido conquistar el fuego, y entiendo que aquí, como en todos los demás campos de la acción humana, hay desde el primer momento una alternativa ética: obrar racionalmente -promoviendo aumentos en la alegría- y obrar irracionalmente, promoviendo aumentos en la tristeza; una conducta irreflexiva acabará haciéndonos tan insensibles a lo buscado como inermes ante aquello de lo que huíamos. De ahí que sea vicio -mala costumbre o costumbre que reduce nuestra capacidad de obrar- y no dolencia, pues las dolencias pueden establecerse sin que se intervenga nuestra voluntad, pero los vicios no: todo vicio jalona puntualmente una rendición suya.
 Otra cosa es que presentar el uso de drogas como enfermedad y delito haya acabado siendo el mayor negocio del siglo. Llevado a su última raíz, este negocio pende de que las drogas no se distingan por sus propiedades y efectos concretos, sino por pertenecer a categorías excéntricas, como artículos vendidos en tiendas de alimentación, medicinas y sustancias criminales. Una arbitrariedad tan enorme sólo puede estimular desorientación y usos irreflexivos.
 Tras lo arbitrario está la lógica económica de dos mercados permanentes, uno blanco y otro negro. Esta dicotomía aleja la perspectiva de que el campo psicofarmacológico se racionalice alguna vez, con pautas de precio, calidad y dispensación que le quiten a las drogas -a las drogas en general- su naturaleza de puras mercancías. Salvo casos raros, como los vinos y licores realmente buenos, apenas hay productos de mercado blanco capaces de subsistir bajo condiciones de clandestinidad; sin embargo, al incluir los más deseables en el mercado negro se aseguran superdividendos para sucedáneos autorizados, mientras se multiplica el margen de beneficio para originales prohibidos. Otra cosa no explotaría a fondo las posibilidades del ramificado negocio, que juega con una baraja en la mesa y otra en la manga.» 
 
  [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2005. ISBN: 84-339-1441-3.]