Mostrando entradas con la etiqueta Química. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Química. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de febrero de 2021

El húsar en el tejado.- Jean Giono (1895-1970)

Resultado de imagen de jean giono 

Capítulo decimotercero

 «-Todo es excelente –dijo el hombre-. Si me tomo la molestia de hablarle del cólera, va a quedar asombrado. Ha visto cómo campaba a sus anchas por todas partes, y eso le ha hecho pensar que había bastantes cosas que ocultar, lo cual le resulta fácil, porque es joven; pero ver cómo invade un cuerpo el cólera es algo que predispone a la franqueza. Sin embargo, para tener un conocimiento, aunque sólo sea aproximado, de esas suntuosas panateneas es necesario, ante todo, familiarizarse con los paisajes en los que se desarrollan esas fiestas. El hígado, el bazo y el estómago, de los que le he hablado hace un rato, son palabras que enseguida están dichas, pero ¿qué son en realidad? ¿Qué son, sobre todo, antes de que uno esté tendido en la mesa de mármol de las autopsias? Llegados a este punto, no sirven ya para gran cosa. Son pequeños fuegos de artificio, cuentecillos, apenas útiles para influir en la opinión pública y mantener el decoro. Pero hoy día, para usted y para mí, por ejemplo, y para esa enorme multitud, fíjese bien, de hombres y mujeres vivos y que van a seguir viviendo, ¿qué es todo eso? No es mi intención soltarles un discursillo; no se trata, ni mucho menos, de anatomía. Un hígado de adulto, colocado en posición vertical y rebosante de salud en un hombre o una mujer, es un hermoso órgano. Aquí no necesitamos a Claude Bernard. Bernard nos dice que el hígado fabrica azúcar. Según él, ¿estamos más seguros en el mar si sabemos que fabrica sal? Si queremos tener una pequeña idea de la aventura humana no necesitamos a Claude Bernard, sino a La Pérouse y a Dumont d’Urville, o, mejor aún, a los grandes descubridores visionarios como Cristóbal Colón, Magallanes, Marco Polo. He disecado todo el hígado humano que he querido con mis bisturíes. Me he asegurado los lentes sobre las narices y he dicho: “Vamos a ver” como todo el mundo. ¿Qué he visto? Que en ocasiones estaba infartado o corrompido, congestionado u obstruido, y que a veces se adhería al diafragma. ¡Valientes enseñanzas!
 Les explicó entonces su huésped a Angelo y la joven dama, que sostenía la teoría de que el hígado es semejante a un extraordinario océano, en el que la sonda no toca jamás fondo y que conduce a Malabares, a Américas, a suntuosas navegaciones por espacios que se extendían entre el azul del cielo y el azul del mar. Como era de prever, ello le había valido ser tratado de espíritu no científico, y hasta de asno, por clínicos que, como cualquier hijo de vecino, atribuían sus cóleras y sus indignaciones a su hígado sin pararse a pensar ni por un momento que si esa falta de lógica era producto del azúcar, se trataba en todo caso de un azúcar con el que sería difícil que endulzaran su café.
 […]
 -Porque, denme ustedes un hígado y un esqueleto, de hombre o de mujer, ad libitum. Meto lo uno dentro de lo otro y ya tenemos con qué emprender, lograr o malograr todas las vicisitudes de la vida meditativa o de la vida en sociedad. Asesino a Fualdès y a Paul-Louis Courier. Compro negros, los manumito, hago con ellos paté o los utilizo para la política partidista en las asambleas consultivas. Invento, fundo la Compañía de Jesús y la hago funcionar, amo, odio, acaricio y mato, sin hablar de la mano de mi hermana en el pantalón del zuavo que asegura la perennidad de la especie.
 […]
 Paréntesis. El hombre quería destacar lo bien fundamentada que estaba su manera de ver las cosas. El cólera es una enfermedad más compleja de lo que parece; no se transmite por contagio, sino por proselitismo. Antes de ir más lejos era necesario considerar una cosa muy importante. Supongamos que tenemos a un hombre, o a una mujer, abierto de la cabeza a los pies como un buey en el mostrador sobre el cual se inclina el facultativo con todo su instrumental. Este último puede saber muy bien de qué ha muerto el hombre, o la mujer. Pero el sentido profundo del “porqué” es otro asunto. Un asunto que, para ser esclarecido, necesitaría el conocimiento de “cómo” ha vivido ese hombre o esa mujer. Ocurre que ese hombre, o esa mujer, ha amado, odiado y mentido y ha sido objeto del amor, el odio y las mentiras de los demás. Pero de eso no queda ninguna huella en la autopsia. Ese hombre, o esa mujer, ha amado y yo lo ignoro. Ha odiado, sin que yo sepa a quién  ni de qué manera. Ha gozado y sufrido: ¡todo es polvo! ¿Quién nos asegura que no hay ninguna relación, ni próxima ni remota, entre esta bilis verdosa que llena los intestinos y el amor? Cuando es un amor verdadero, profundo, tal como debe ser, y ha durado diez o veinte años, incluso aunque haya sido sentido por diversas personas, se lo concedo, ¿quién me garantiza que el odio y los celos no sean responsables, al menos en parte, de esas manchas purpúreas y lívidas, de esa carbonilla interna que descubro en los folículos mucosos del intestino? ¿Quién sostendría que la centella azul del goce, llena de pavos reales salvajes, se ha abatido miles de veces sobre este organismo sin dejar huellas en él? ¿Serán acaso éstas que estoy viendo? Cerremos el paréntesis.
Resultado de imagen de el husar en el tejado  -No, señorita, no he hablado del corazón: es una labor femenina. Es un león que llevamos bordado en la camisa. Nada hay que se le asemeje en mis autopsias. En el lugar que usted me indica hallo una bomba aspirante y expelente que hace su trabajo y, cuando se para, uno lo nota enseguida. Deje tranquilos a San Vicente de Paul y compañía. Viene de otra parte. Viene del océano violeta. Emerge de las aguas profundas, reluciente de ese extraño azúcar tan caro a Claude Bernard. Es una variante de “Venus aferrada por completo a su presa”. Con jugo gástrico soy capaz de fabricarle toda la clemencia, igual a la de Augusto, que quiera, y don Juan sólo me pide un segundo de distracción en mi dosis. El libre arbitrio es un manual de química.
 Esperaba ver en sus oyentes un arranque de orgullo. Pero no se producía. ¿No? ¿Seguro?
 -Quiero hacerles notar –les dijo- que esa supuesta humildad que muestran ustedes es resultado, simplemente, de la pereza ocasionada por la digestión, cerca de un buen fuego, tras un opíparo almuerzo y mientras fuera hace un tiempo extraordinario, un tiempo que continúa, si no me equivoco, y que hasta encrespa y se embellece más. Y también, para qué vamos a engañarnos, por el placer evidente que experimenta todo el mundo cuando me escucha discurrir sobre este tema. Pero en su interior ustedes están absolutamente convencidos de que no tienen nada de común con esas combinaciones químicas. Acarician subrepticiamente el león bordado sobre su camisa. Debajo tienen lo más íntimo de su ser. Y lo más íntimo del propio ser, en los dos sexos, es muy sensible.
 Pues bien, no quiero que lo ignoren por más tiempo: el cólera no es una enfermedad: es un arranque de orgullo. Un arranque de orgullo a escala de las grandes profundidades y de las vastas extensiones de que les he hablado hace un rato; a escala de las extrañas posibilidades de esas extensiones y abismos. Una hipertrofia de las florituras, por así decirlo; un organillo a la medida de una química desmesurada; el león bordado que se apoya en lo más íntimo de sus seres y que, de repente, adquiere un cuerpo y unas proporciones antediluvianos. Todo eso termina, desde luego, en la ineluctable química. Pero ¡qué hermoso fuego de artificio!
 ¿Saben cuál es el mejor atlas anatómico? Es un mapa, un mapa de la Ternura con unas Indias Orientales de verdad. Donde cuando es mediodía en París son las cinco de la mañana en Ceilán, mediodía en Tahití y las seis de la tarde en Lima. Mientras que un camello agoniza entre el polvo del Karakorum, una modistilla bebe champán en el Café Inglés, una familia de cocodrilos baja por el Amazonas, un manada de elefantes atraviesa el ecuador, una vicuña cargada con borato de sosa le escupe a la cara al arriero que la conduce en un sendero de los Andes, una ballena flota entre el Cabo Norte y las Lofoten y se celebra la fiesta de la Virgen en Bolivia. El globo terráqueo gira, no se sabe por qué ni cómo, en la soledad y las tinieblas.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1998, en traducción de Francesc Roca, pp. 395-399. ISBN: 84-339-0686-0.]

martes, 28 de abril de 2020

La décima sinfonía.- Pedro Zarraluki (1954)

Resultado de imagen de pedro zarraluki 

Unas palabras con Isabel Clara Eugenia.-La inauguración del Ictíneo.-Discusión con las zagalas.-La Vieja y Confucio.-Pego a Arrrjj.-La piedra filosofal.-Pesadilla.

«No me dejes, tengo que contarte muchas cosas, cuando vayas al bar de la Sílfide pide que te den los rompecabezas de Confucio, Confucio es mi hijo, y ha inventado un sistema para ordenar las cosas, a base de agruparlas y buscar sus posibles combinaciones, del que salen rompecabezas fabulosos, sólo sirve para esto y me iré poniendo nervioso, cada vez tendré más ganas de pegarla, pantera asquerosa, la empujaré hacia la cama y ella reirá y abrirá los brazos, pantera asquerosa, me sacaré el cinturón y le daré una vez, para probarla, y ella me mirará un momento, sólo un momento como para decir sí, ya entiendo, estaba equivocada, ¿sabes?, pensaba otra cosa, y se ovillará como un pájaro acorralado, no sabe ni quitarse los pantalones, y cuando habla se le pega la lengua al paladar y no le salen las palabras, Confucio es así, un genio a su manera, todo el mundo es un genio a su manera, y no dirá nada, ni siquiera un sollozo, la espalda hecha un mapa cuando me deje caer sobre la cama, agotado, mira lo que has hecho, esta tarde no podré cantar, ni mañana, ni durante un tiempo, pero supongo que tendrás tus motivos aunque yo no sabía nada, no sabía nada y tampoco hay para tanto, pobre sapo, debes tener problemas, si quieres puedes pegarme otra vez pero me hace daño, bueno, me voy, no te olvides de pedir los pasatiempos de Confucio y la Vieja se marcha con un trotecillo licencioso, la volvería a pegar, me levantaré sin decir nada y saldré de la casa, siempre me paso, he de aprender a controlarme para no desgastar energías pero es que la hubiera vuelto a pegar y el hombrecillo saca  un papel con la orden del día, último quehacer, Alsa: ¿bruja o científica? Visitarla.
 Ahorcado sobre la puerta, un antiguo pergamino enmarcado escupe latinismos: obscurum per oscurius, ignotum per ignotius, lo oscuro por lo más oscuro, lo desconocido por lo más desconocido. Alsa aparta la cortina sobre la que un bordado en plata reproduce a Mercurio como el anima mundi, de pie sobre el sol y la luna, y el sapo no puede evitar un estremecimiento al introducirse en la barraca y contemplar aquel maremágnum de retortas y crisoles, botes con polvos de plata y de cobre, sulfuro de arsénico, azufre y mercurio, bilis de toro y zumo de calidonia, grabados simbólicos de los cuatro estadios alquímicos, el arbor philosophica con las doce operaciones del proceso de transformación, la salamandra que se devora a sí misma en el agua que también es el fuego, Adán como prima materia con un enorme falo ramificado en forma de árbol, estantes putrefactos que soportan las obras de Ostano, de Zósimo, de Jamblico, Olimpiodoro y Khalid ibn Yazid, el "Corpus Hermeticum", la "Gebrina Sphinx" y las de Bacon, de Llull y de Arnaldo de Vilanova junto a la "Theorica" de Paracelso, el horno cósmico, apoltronado en el centro de la choza como un hipopótamo moribundo, y Alsa se ríe en silencio y le dice no te impresiones, estamos solos, no hay espíritus ni demonios porque no soy maga, soy alquimista, mira, y alcanza un bote con la mano y dice que es alcohol, lo destilé por casualidad buscando el elixir de la juventud y me sirve para hacer colonia, lo mezclo con hierbas aromáticas y se lo doy a Isabel Clara Eugenia para sus combinados, y le enseña el horno, Mira, es el uterus del filius philosophorum, un horno hermético completamente redondo para imitar el cosmos esférico, puesto que las influencias astrales son imprescindibles para el éxito de la operación, y se sube a una escalera en la oscuridad del laboratorio para alcanzar una cajita de marfil, mira, la abre con sumo cuidado y muestra unos polvos de color azafrán, toda una vida trabajando para conseguirlo, un año entero manteniendo el horno encendido a base de carbón y de estiércol seco, el ennegrecimiento de la materia que luego será blanca, verde, amarilla y roja por fin, la quintaesencia, la piedra filosofal que nos da el oro para los ladrillos del teatro, sí, el teatro que diseñó Sisebuto Sinsal y que se levantará en la playa, a horcajadas sobre el mar, todo de oro y el escenario de mármol negro, en brillante erección sobre las olas, será precioso, mira, voy a hacer un ladrillo, y le muestra la retorta del horno donde se funde un bloque de plomo, cubre con cera los polvos y los echa en su interior, dentro de hora y media el plomo se habrá transformado en un precioso bloque de oro para la columnata del teatro, don Canuto probó mi oro siete veces con antimonio, y no perdió nada de su peso, es tan bueno como el de la Gallina, irá bien para base, tiene que ser fuerte, ¿sabes?, lo dice Sisebuto, muy fuerte para aguantar la potencia de las olas, para que no se lo lleve la resaca, para poder estar donde va a estar, y se le llamará "Teatro Oceánico", y el tiempo y el mar en acción conjunta lo recubrirán de corales y tallos frescos de algas cosechadas por las corrientes submarinas, de fósiles de trilobites, escamas de todos los peces y esqueletos de monstruos solitarios, y entre toda esta coraza marina saltarán como gotas de luz los reflejos del oro, y Alsa agarra al sapo por el brazo y le arrastra por detrás del horno hacia una puertecita disimulada entre los cachivaches y lo empuja a un almacén donde se apilan centenares de bloques, fabulosas pilas apagadas en la oscuridad del recinto, falta mucho aún, pero aquí está la base de lo que será el teatro, los cimientos y la plataforma, y le saca a empujones del almacén y le dice mientras esperamos podemos dar un paseo.
Decima sinfonia: Amazon.es: Zarraluki, Pedro: Libros Un grupo de niños atraviesa la calle de las Aguas y rueda por la ladera hacia el río, perseguidos por Heriberto sofocado, Heriberto largo y flaco como una estaca, el pelo a lo Artaud y las manos huesudas, vacilante, siempre igual, Alsa lo detiene y Heriberto buenos días, Alsa, siempre igual, corriendo detrás de esa manada, arrastrando el pellejo y los huesos por la aldea, incontenible expresión de desaliento en la mirada y un rictus siniestro en la boca, todos los poetas no son iguales pero Heriberto es igual a todos los poetas, una especie de común denominador, un ejemplo clásico. Los niños lo llaman don Insólito y a Heriberto le gusta porque le gusta ser raro, buenos días, Alsa, vamos a representar cuentos y por eso van tan alocados, si ves a los siete enanos diles que ya estamos allí, dijeron que vendrían para enseñarles a hacer piruetas, suerte de ellos que aún pueden hacer piruetas, tan diferentes de mí, triste y cansado, "que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son". Y con un gesto vago se despide y se aleja por el sendero hacia el río.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argos Vergara, 1979. ISBN: 84-7017-793-1.]

miércoles, 23 de enero de 2019

Origen de la vida sobre la Tierra.- Aleksandr Ivánovich Oparin (1894-1980)


Resultado de imagen de a i oparin 
Conclusión

«Para terminar, quisiera referirme brevemente a una cuestión con frecuencia planteada a propósito del origen de la vida: la posibilidad de que esta última continúe originándose todavía en el momento actual. La literatura científica y, especialmente, la científico-popular, trata este problema en términos un tanto confusos. Ello se debe probablemente a la manera indiscriminada en que de costumbre es planteado, sin tener en cuenta los muy diferentes sentidos en que se le puede entender. Por tal motivo, sería conveniente que lo examinemos en todas sus posibles variantes.
 ¿Continúa la vida surgiendo en la actualidad? Por cierto que sí; de ello no cabe la menor duda. La vida, en cuanto forma particular de movimiento de la materia, surgirá en todo aquel momento en que en un punto cualquiera del Universo se reúnan las condiciones apropiadas para ello. La Astronomía moderna ha demostrada convincentemente que en la actualidad se están formando nuevas estrellas y nuevos sistemas planetarios en diversos lugares de nuestra Galaxia, y no hay razón para dudar que en muchos de estos planetas el proceso de desarrollo de la materia no cursará de manera análoga a cómo lo hizo en la Tierra, lo cual implica un eventual nacimiento de vida.
 Pero los que plantean esta cuestión, generalmente, lo hacen en un sentido más restringido. A saber, si en el momento actual es todavía posible que surja vida sobre nuestro planeta. Aquí ya no se considera el problema en su dimensión universal y, sin embargo, también se puede responder afirmativamente. Estamos presenciando a diario el nacimiento de seres vivos. La sustancia viva continúa originándose todavía en nuestros días, aunque ahora lo haga ya exclusivamente a través de otros seres vivos. Lo esencial aquí es que el nacimiento de estos seres vivos se verifica a un nivel muy elevado del desarrollo de la materia. Con la aparición de la vida y el metabolismo, entró en acción una vía nueva de síntesis de lo vivo de eficiencia extraordinaria. Con anterioridad al surgimiento de la vida, esto evidentemente no podía ocurrir y es por ello que el desarrollo de la materia, desde lo inerte a lo vivo, tuvo que recorrer los tortuosos e interminables senderos a que antes se hizo mención: inicialmente, a lo largo de muchos centenares de millones de años, aparecieron las sustancias orgánicas; éstas, a su vez, dieron lugar más tarde a la formación de polímeros elevados, los cuales originaron eventualmente unos sistemas polimoleculares individualizados. Pues bien, los organismos primarios, o formas más elementales de vida, solamente pudieron nacer como resultado de la evolución orientada de estos últimos sistemas.
 Sin embargo, una vez que este punto había sido alcanzado, la síntesis de lo vivo a partir de lo inerte comenzó a verificarse en una escala gigantesca y con eficiencia extraordinaria, tal como hoy en día se puede observar en todo lugar y momento.
 No obstante, la síntesis de sustancia viviente por intermedio de lo ya vivo es considerado por muchos como un fenómeno trivial y carente de interés, y la cuestión que realmente les preocupa es si en la Tierra contemporánea lo vivo puede surgir de modo primario, es decir, directamente a partir de la materia inerte. Pero esto viene a constituir un tercer aspecto del susodicho problema.
 A él, muchos responden de manera puramente especulativa, asegurando que toda forma de movimiento de la materia, si ha tenido ocasión de surgir una vez, debe igualmente poder surgir ahora. Por supuesto, esto es correcto por lo que se refiere al Universo en general, pero no necesariamente a propósito de un sistema limitado particular, tal como, por ejemplo, nuestro planeta. Un planteamiento semejante de la cuestión podría conducirnos a conclusiones por completo erróneas.
 A fin de aclarar este aspecto, consideremos el siguiente ejemplo elemental. La aparición del hombre representa, sin duda, una de las etapas más importantes en el desarrollo de la materia, siendo perfectamente equiparable al origen de la vida misma. Si el nacimiento dela vida significó la puesta en marcha de una forma nueva (biológica) de movimiento de la materia, el hombre vino a constituir un feliz remate a la línea biológica de desarrollo, representando el tránsito hacia un nivel todavía más elevado del movimiento de la materia: el social. Sabemos con certeza que el hombre surgió sobre la Tierra en un momento determinado del proceso evolutivo de la vida. Sin embargo, difícilmente podría aceptarse que la especie humana se origine todavía en la actualidad por algún medio diferente al de la reproducción ordinaria a partir de seres homólogos.
 Imaginemos ahora una masa de agua estéril (desprovista de seres vivos), en cuyo seno existen disueltas diversas sustancias orgánicas diferentes. Abandonada a sí misma, en su interior se producirían paulatinamente aquellos mismos procesos de metamorfosis química a que hicimos referencia en párrafos previos de este libro. Eventualmente, al término de muchísimos millones de años, estos procesos desembocarían en el surgimiento de la vida. Por el contrario, si en este medio orgánico se introducen seres vivos activos (por ejemplo, bacterias), el curso de los acontecimientos será bien distinto, ya que en tal caso prevalecerá, pasando a ocupar el primer plano, una forma más perfecta de movimiento de la materia. A partir de aquel instante, la conversión de lo inerte en viviente discurrirá a través de los nuevos mecanismos metabólicos, caracterizados por su colosal rapidez de acción, muy superior, desde luego, a la de los viejos procedimientos de naturaleza química. En las señaladas circunstancias, quedará por completo excluida toda posibilidad de que la vida surja primariamente (es decir, sin intervención de otros organismos vivos), ya que la inmensa mayoría de las sustancias orgánicas presentes en la solución son procesadas por los mecanismos metabólicos a una velocidad con la cual no pueden competir los fenómenos organoquímicos. A esto ya hizo mención Darwin y en la actualidad es fácilmente comprobable en la Naturaleza que nos rodea.
 Supongamos que en un rincón determinado de nuestro planeta y por razones desconocidas, faltasen los organismos vivos, pese a concurrir allí condiciones apropiadas para el desarrollo de la vida. Es indudable que en una situación tal, podría concebirse el que aún en nuestros días tuviese lugar una formación primaria de vida. No obstante, para que esta hipótesis resulte aceptable, sería necesario en primer lugar que se descubra este fenómeno en el medio natural, cosa que hasta el presente no ha sido conseguido. A nuestra manera de ver, la resolución del problema del origen de la vida encuentra perspectivas muchísimo más amplias en el estudio de los mecanismos metabólicos de conversión de la sustancia inerte en viviente. Al mismo tiempo, el análisis detallado de los procesos metabólicos nos permitirá eventualmente el llegar a su reproducción artificial en el laboratorio. Una vez que se halle bien conocida esta elevada forma de organización de la materia (metabolismo), será posible sintetizar vida mediante procedimientos infinitamente más rápidos que los utilizados originalmente por la Naturaleza.
 De algo se puede estar seguro y ello es que esta meta será alcanzada en un futuro ya no demasiado lejano.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Tecnos, 1979, en traducción de Jorge Asensio Peral. ISBN: 84-309-0464-6.]

domingo, 9 de septiembre de 2018

Introducción a la química.- Hazel Swaine Rossotti (1930)


Resultado de imagen de hazel rossotti  
Introducción: el arte y la práctica del químico

«Por frugal que sea su vida, hoy día pocos químicos podrían ser autosuficientes económicamente. Además de las necesidades personales, el coste de materiales y equipos sería prohibitivo. Más bien, el químico tiene que buscar algún tipo de subvención: de la industria, del Estado o de las universidades (las cuales, a su vez, son financiadas por el Estado y la industria). Naturalmente, el que paga manda o, por lo menos, señala el rumbo. Pero algunos patrones son más específicos que otros. En las universidades, a los químicos normalmente se les pide que "emprendan investigaciones", suponiéndose tácitamente que por lo menos producirán una serie de artículos que pasarán a engrosar el volumen, en rápido crecimiento, de la literatura química. En un centro de investigación gubernamental, el químico puede ser contratado para un proyecto específico, como por ejemplo "la investigación de los posibles efectos carcinógenos de la nicotina y sus derivados", pero a menudo podrá seguir libremente sus propias ideas dentro del marco estipulado. Algunos químicos industriales se encuentran más sujetos. Se les podría exigir que sinteticen un plástico más barato, menos maloliente, más transparente, fácil de teñir y apto para la fabricación por moldeado de mangos de cepillos para el cabello, y que informen sobre sus progresos al comité directivo. Otros que trabajan en la industria tienen tanta libertad como sus colegas que trabajan en las universidades. Aunque las recompensas económicas de la química industrial puedan ser importantes, muchos químicos modernos tienen gran interés en "los poderes y las virtudes de los cuerpos perceptibles" y con frecuencia están dispuestos a hacer considerables sacrificios económicos simplemente para aprovechar la oportunidad de "descubrir e informarse". Muchos de los químicos llamados de "investigación pura" trabajan en laboratorios universitarios, a menudo en grupos de menos de doce personas. Al contrario que la mayoría de sus compañeros que trabajan en la industria o en centros de investigación gubernamentales, los miembros más jóvenes de los grupos de investigación universitarios están, con frecuencia, preparando una tesis, por lo que trabajan principalmente como particulares más que como miembros de un equipo. La estructura social es algo parecida a la de una escuela de pintura del Renacimiento.
 El grupo está encabezado por un experto que habitualmente se ocupa tanto de la enseñanza y la administración como de la supervisión de su grupo. Sus actividades de investigador comprenden el mantenerse al corriente de los trabajos publicados en su campo, buscar la subvención del gobierno y de la industria, planificar la investigación, pedir aparatos de proveedores comerciales y de los talleres de vidrio, mecánicos y electrónicos del departamento, redactar los resultados de su trabajo para su publicación en forma de artículos o libros y tratar los problemas cotidianos de su grupo. Sólo si se tiene buena suerte, o gran determinación, tendrá tiempo para hacer él mismo algún trabajo experimental. Su elección de un tema de investigación viene dictada principalmente por lo que él considera interesante: es poco probable que se le ocurran buenas ideas a una persona que no haya profundizado en el problema. Entre los factores secundarios se cuentan las posibilidades de obtener resultados interesantes con los aparatos, materiales, recursos intelectuales y manuales y tiempo disponibles. No sólo es inútil, sino también perjudicial, asignar a un investigador novel un problema que le resulta demasiado difícil y que tenga pocas probabilidades de proporcionar datos interesantes.
 Los miembros más jóvenes del grupo podrían ser estudiantes que preparan un breve proyecto de investigación, licenciados que preparan la tesis doctoral, o investigadores ya doctorados. Un nuevo miembro del grupo, en primer lugar, tendrá que dominar el estado actual de los conocimientos sobre el tema que haya elegido, así como las técnicas necesarias para obtener estos conocimientos. Dichas técnicas podrían incluir las de la electrónica o del soplado de vidrio, o la de conseguir el crecimiento de cristales a partir de disoluciones poco prometedoras; las técnicas de manipulación de sustancias inestables o altamente radiactivas, tal vez en cantidades muy pequeñas; los métodos de estudio de procesos químicos a temperaturas y presiones extremas; el empleo de instrumentos de medición sensibles y a menudo caprichosos; un lenguaje de ordenador para elaborar programas; un lenguaje matemático sofisticado en el que poder interpretar sus resultados y el lenguaje sólo ligeramente menos esotérico empleado por los autores de artículos publicados en revistas especializadas. Pocos son los principiantes capaces de aspirar a desarrollar nuevas técnicas o inventar nuevas hipótesis en tanto no hayan dominado las establecidas. A medida que va adquiriendo experiencia, el joven investigador desarrolla un inmenso almacén de conocimientos, inestimables para su supervisor y los miembros más recientes del grupo. Ya que la mayoría de los laboratorios universitarios permanecen abiertos durante toda la noche, no es de extrañar que parte de este complejo proceso de aprendizaje y asimilación tenga lugar mientras otros investigadores holgazanean al lado del radiador, tomando café o haciendo crucigramas. Y en tales momentos surgen algunas de las mejores ideas.
 Hoy día los químicos apenas pueden afirmar que los experimentos sólo puedan llevarse a cabo con éxito por aquellas personas que hayan alcanzado una virtud moral ejemplar: tal afirmación sería difícil de sostener debido a la inmensa producción de informes sobre trabajos presuntamente bien logrados. Por otra parte, entre los químicos existen pocos charlatanes del tipo que dio a la alquimia su fama de fraudulenta. Podría parecer que el químico está menos expuesto a los juicios negativos que sus precursores alquimistas. Pero la investigación química, al igual que otras actividades, está repleta de oportunidades entre las que elegir, muchas de las cuales podrían considerarse esencialmente como objetos de decisiones de índole moral.
 Cualquiera que sea la finalidad última de su trabajo, el objetivo inmediato del químico experimental es formular preguntas apropiadas a los cuerpos perceptibles que está estudiando y permitirles que ellos mismos den la respuesta. La tarea del químico es observar e informar sobre las respuestas con una distorsión mínima; sólo así podrá tratar de interpretarlas. Falsificar los resultados es, desde luego, inexcusablemente fraudulento. Pero el químico debe tratar de evitar lapsos menores de su objetividad, como por ejemplo la selección de sólo aquellos resultados que apoyen una intuición o que se ajusten a un modelo atractivo.
 Puesto que los químicos rara vez trabajan aisladamente, tienen obligaciones para con sus colegas además de con su materia.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1994, en traducción de Claudi Mans. ISBN: 84-345-8915-X.]