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miércoles, 9 de junio de 2021

La biotecnología al desnudo. Promesas y realidades.-- Eric S. Grace (¿...?)


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7.-Cuestiones éticas


 «¿Deberíamos o no? Las cuestiones éticas tratan de los efectos que nuestras acciones (u omisiones) tienen sobre el mundo que nos rodea. Si algo es perjudicial, no deberíamos hacerlo. Pauta simple, en teoría, pero que no resulta de mucha utilidad cuando las consecuencias de una actividad no están aún claras, o cuando sus efectos pueden ser a la vez dañinos y útiles. La biotecnología se encuentra en este campo ambiguo. La mayor parte de las divergencias entre defensores y detractores de la manipulación genética se resumen en distintas visiones de los posibles riesgos y beneficios.
 Las preocupaciones típicas pueden ser agrupadas en unas cuantas áreas, que van desde los efectos de la biotecnología sobre el medio ambiente y la salud humana hasta su impacto sobre las estructuras sociales y económicas y los valores morales y religiosos (véase más adelante). Algunas de las cuestiones han surgido específicamente de la propia naturaleza de la biotecnología, mientras que otras, como la explotación de los recursos de los países pobres por los ricos, formaban parte de dilemas ya existentes.
  
Ejemplos de cuestiones de interés público sobre la biotecnología

Seguridad medioambiental:
·        ¿Alterarán los organismos transgénicos el equilibrio de las poblaciones de los ecosistemas naturales?
·        ¿Transferirán los organismos transgénicos sus genes alterados a parientes salvajes o silvestres, o reducirán la biodiversidad?

Seguridad en alimentos y salud:
  • ¿Serán seguros los alimentos a base de animales y plantas transgénicos?
  • ¿Tendrán los alimentos transgénicos igual valor nutritivo?
Efectos sociales y económicos:
·        ¿Qué efectos globales tendrá la biotecnología sobre la industria agrícola mundial?
·        ¿Otorgarán las patentes el control sobre cultivos clave a unas cuantas compañías?

Cuestiones morales y éticas:
  • ¿Son expoliados los países pobres de sus recursos genéticos?
· ¿Tenemos derecho a no utilizar la biotecnología, aunque sirva de ayuda para el tratamiento de enfermedades y el incremento de la producción de alimentos?

Cuestiones legales:
·      ¿Otorgan las leyes actuales suficiente protección a los agricultores, consumidores, ganaderos y medio ambiente?
·         ¿Deberían etiquetarse como tales los alimentos transgénicos?

 La percepción pública de las cuestiones relacionadas con la biotecnología, así como sobre la naturaleza de sus riesgos potenciales, es crucial para lograr un consenso entre ciencia, política e intereses comerciales. ¿Cómo se entera la gente de los problemas relacionados con la biotecnología y cómo reacciona ente ellos?
[…]

 Seres humanos patentados

 En una acción sin precedentes, la U.S. Patent Office otorgaba el 14 de marzo de 1995 la patente nº 5.387.696, a favor de los National Institutes of Health (NIH), sobre el material genético de un ciudadano extranjero, un hagahai de las tierras altas de Papuasia-Nueva Guinea. Esta tribu, que cuenta con apenas 260 miembros, entró en contacto por primera vez con el mundo exterior en 1984. Los NIH se consideran propietarios de una estirpe de células que contiene el ADN original del donante, así como de varios métodos que permiten usarlo para la detección de retrovirus relacionados con el HTLV-1.
 “En los tiempos del colonialismo, los investigadores iban tras los recursos de los indígenas. […] Ahora, en los tiempos de la biocolonización, van tras los propios indígenas”, dice Pat Mooney, director ejecutivo de la Rural Advancement Foundation International (RAFI), grupo que lidera la oposición a la comercialización de los genes humanos.
 Los NIH han buscado genes humanos que patentar en otros 19 países, normalmente sin ninguna compensación económica para los propietarios originales de las células que toman y usan. Ello forma parte del Proyecto Diversidad del Genoma Humano, un programa internacional que intenta obtener muestras de sangre y tejidos del mayor número posible de grupos indígenas del mundo. Indignados por lo que denominan el “proyecto vampiro”, pueblos indígenas, gobiernos y ONG del Pacífico Sur están trabajando para redactar un tratado que prohíba obtener patentes de las formas de vida del Pacífico.
 El principal valor del ADN humano procedente de poblaciones aisladas es su potencial para ayudar en el diagnóstico y el tratamiento de enfermedades, así como en la obtención de vacunas. Una empresa biotécnica californiana adquirió, por ejemplo, muestras de sangre obtenidas de habitantes asmáticos de la remota isla de Tristán da Cunha, en el Atlántico Sur. Dicha compañía vendió a su vez por setenta millones de dólares los derechos sobre su tratamiento contra el asma, cuya eficacia aún no ha sido comprobada, a la empresa farmacéutica alemana Boehringer Ingelheim.
 Las pretensiones estadounidenses de derechos sobre material genético humano son defendidas en el extranjero por una división del Departamento de Comercio. Para dejar clara la posición de su gobierno en esta controvertida cuestión, Ronald Brown, ex secretario de Comercio de Estados Unidos, argumentaba: “Según nuestras leyes […] todo lo relacionado con las células humanas es patentable, y no hay en ellas provisión alguna que obligue a tener en consideración el origen de las células que puedan ser objeto de solicitud de patente”.
 La RAFI opina que éste es el inicio de una peligrosa tendencia, en la que los pobladores indígenas del globo son considerados mera materia prima por las corporaciones estadounidenses y de otros países industrializados. Esta organización lleva controlando las patentes del ADN de pueblos indígenas desde 1993 y ejerce presión para que el tema sea llevado ante el Tribunal Internacional de La Haya.
Resultado de imagen de eric s grace Los científicos están recogiendo muestras genéticas de poblaciones aisladas para establecer un archivo de la diversidad y evolución humanas antes de que esos grupos exóticos pasen a ser un recuerdo histórico. Sus oponentes, sin embargo, temen que el descubrimiento de genes útiles conduzca inevitablemente a patentar y comercializar partes del genoma humano, posibilidad que atacan por considerarla explotadora e inmoral. En su escrito a la National Science Foundation, Leon Shenandoah, del Consejo de Jefes de la Nación Onandaga, proclamaba: “Su proceder carece de ética, constituye una intromisión e incluso quizás sea criminal. Viola los derechos grupales e individuales de nuestras gentes y de las poblaciones indígenas de todo el mundo. Su proyecto atañe a la propia estructura genética de nuestro ser”.
 En Europa el tema fue llevado ante el comité de apelación cuando el Partido Verde del Parlamento Europeo se enfrentó a la decisión de la OEP de conceder una patente sobre un fragmento de ADN humano, que codificaba una determinada proteína. Los oponentes a dicha concesión argumentaban que el código del ADN era un descubrimiento, más que un invento, y que otorgar la patente de un gen humano constituye una ofensa a la moral.
 El comité de apelación rechazó ambos argumentos. Por lo que respecta al primer punto, las normas de la OEP permiten que sustancias naturales sean reconocidas como nuevas cuando son aisladas por primera vez. En cuanto a la moral, el comité dictaminó que el mero acto de tomar tejido humano no se podía considerar, como se pretendía, “una ofensa contra la dignidad humana” cuando el donante daba su consentimiento. La extracción de tejidos es práctica habitual en medicina. Tampoco cabía considerar la patente de genes humanos como “una forma de esclavitud moderna”, puesto que no otorga ningún derecho sobre la persona de la que proceden los genes patentados.
 Por lo que respecta al argumento de que patentar genes humanos es intrínsecamente inmoral y equivalente a patentar la vida, el comité resolvió que lo único que se patentaba era una determinada sustancia química. Concluyó, asimismo, que “patentar un gen humano aislado no tiene nada que ver con patentar la vida humana. Aún en el supuesto de que cada uno de los genes del genoma humano fuera clonado (y, probablemente, patentado), resultaría imposible reconstruir un ser humano partiendo de la suma de sus genes”.
 El comité no halló ninguna diferencia moral entre “la patente de genes y la de otras sustancias de procedencia humana, sobre todo, porque sólo mediante la clonación de genes podían obtenerse con facilidad muchas proteínas humanas importantes en cantidades suficientes para su utilización médica”.

 Problemas con las patentes

 Para conseguir una patente, un invento debe ser original y útil e introducir alguna mejora real. El propósito de la patente es otorgar a quien la posea el uso exclusivo de lo patentado durante cierto período de tiempo (normalmente, quince o veinte años). El propietario de la patente podrá entonces monopolizar la producción de su invento o bien otorgar licencias de explotación.
 El dilema ante el que se encuentran los biotecnólogos consiste en saber exactamente qué declarar como resultado de sus trabajos de investigación, así como en qué momento de ésta resulta conveniente presentar la solicitud de patente. En muy pocos casos el valor de un descubrimiento resulta claro y obvio, como, por ejemplo, el de un método para dividir el ADN. Pero, en general, las aplicaciones de un nuevo descubrimiento no resultan claras y son más un perfeccionamiento de algo ya conocido que un hallazgo revolucionario.
 Para salvaguardar el valor potencial de su trabajo y evitar perder la carrera frente a la competencia, algunos laboratorios se han visto tentados a solicitar patentes para aplicaciones amplias en las primeras fases de una investigación. Los NIH, por ejemplo, solicitaron patentes para varios millares de secuencias parciales de ADN humano que habían identificado, antes de conocer sus funciones o sus posibles aplicaciones comerciales. Su solicitud fue rechazada y desistieron de ella.
 Otros, en cambio, alegan derechos de extrapolación. El éxito de Harvard al alterar el genoma de ratones, por ejemplo, llevó a la universidad a solicitar patentes para posibles aplicaciones de su invento en otros mamíferos, aun sin haberlo podido demostrar.
 Si bien estas pretensiones pueden parecer simples actos de codicia y poco razonables, las empresas argumentan que necesitan la protección de una patente para compensar sus costes de investigación y desarrollo. Suelen ser necesarios varios años y muchos millones de dólares antes de que una aplicación biotecnológica pueda salir al mercado. Si la patente de una aplicación se limita a una descripción específica y muy concreta de lo que se ha obtenido en el laboratorio, podría resultar insuficiente para compensar el trabajo y el capital invertidos. Por otro lado, si la patente pretende abarcar un área excesivamente amplia, como un concepto, una técnica o un grupo de animales o plantas, podría limitar las posibilidades de otros investigadores en el mismo campo, retardar el progreso y dividir a la industria.» 
   
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1999, en traducción de David Sempau, pp. 231-232 y 240-245. ISBN: 84-339-0555-4.]

domingo, 23 de mayo de 2021

Psicoanálisis de la gula.- Giséle Harrus-Révidi (¿...?)


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Cuarta parte: Las delicias de la mesa

Capítulo VII: El plato

 «El deseo oral se asienta en el plato, que adquiere así, en cada comida, el estatuto efímero de territorio de la oralidad. A ninguno de nosotros le suscitan interrogantes su uso y su absoluta necesidad y, sin embargo, paradójicamente, no son demasiado evidentes:
 -Desde el punto de vista sociológico: ciertas civilizaciones, sobre todo africanas o norafricanas, dan preferencia a la fuente colectiva frente al plato individual, sin que aparentemente suponga molestia o motivo de conflicto para los individuos. La comunión amistosa, realzada por la hospitalidad tradicional, prevalece sobre la consumición individual.
 -Desde el punto de vista histórico y cultural: se han dado variaciones de hábitos, puesto que, “en Francia, se prefirió, durante bastante tiempo, una rebanada compacta de pan sobre la que se disponían los alimentos (tajadero)”. Formas y materiales de los platos fueron variando según los siglos y las clases sociales: primero fue un simple hueco en la madera de la mesa, después barro cocido, cobre, estaño, plata, plata dorada, oro macizo. Hoy en día, el plato puede ser blanco o coloreado, de loza o de porcelana, y aparentemente estas opciones sólo presuponen consideraciones estéticas.

 1.-El plato, territorio oral

 El territorio, en su acepción etológica (Lorenz), es la zona, fundamentada en el dominio sexual y en la posibilidad de saciar el hambre, que un animal se reserva y cuyo acceso se prohíbe a sus congéneres. En la actualidad, la noción de territorio casi ya no existe en el hombre (aun cuando los recientes acontecimientos yugoslavos podrían ser interpretados en parte desde esta óptica), mientras que los grupos prehistóricos, la civilización medieval en Europa o, en especial, las tribus de África o de Australia hacían todavía un uso riguroso de la misma.
 En una filiación inconsciente, etológica y sociológica a la vez, el modesto plato cumple la función de territorio oral exclusivo de cada uno, tornándose de esta suerte en espacio simbólico privilegiado, puesto que en nuestra civilización, sea cual fuere el aspecto considerado –político, económico, social o psicológico-, espacio y territorio individuales son cada vez más limitados y cada vez más precisos: “La evolución de nuestras grandes sociedades modernas tiende a pulverizar los marcos intermedios, a reducir los individuos a átomos intercambiables, a desposeerlos en provecho de un poder centralizado y anónimo”.
 ¿Qué posee realmente en exclusiva, para él solo, insistimos, el Homo economicus moderno, que no sea propiedad de ningún grupo, familia o holding?
 Todo individuo dotado de un vulgar instinto predador ejercido sobre los bienes materiales, incluso si es “normalmente” consciente de su alienación, se negaría a reconocer que únicamente su plato, su ropa (sobre todo sus zapatos) y su coche delimitan estructuras estrictamente personales, y quizás ni eso, únicamente por un breve lapso de tiempo. En cuanto al resto, lo quiera o no lo quiera, lo comparte: su casa, su cama, su dinero, sus hijos… Tenemos otra prueba más en el consumo: los artífices de la moda, fundados en símbolos económicos inconscientes, continúan poniendo límites sin cesar, “puesto que el mantel nivelador y unificador es sustituido por los sets individuales que señalan el territorio de cada uno, impidiendo que se me
zclen demasiado la existencia y los destinos de los partícipes reunidos en torno a una mesa”.
 El plato contiene nuestra parte de comida, dicho de otra manera: la porción de mundo que nos está reservada. De esta forma representa materialmente nuestra posibilidad de sobrevivir, porque la oscura angustia de la falta, contrariamente a las apariencias de nuestra sociedad de consumo, perdura en el fantasma arcaico. Esta ambigüedad entre lo real y lo imaginario nos conduce consecuentemente a la comprensión instintiva de ese rasgo de comportamiento, hoy chocante, por el que el plato es siempre defendido de las agresiones, incluso ficticias, del otro. En efecto, este utensilio es un fragmento de realidad y cumple inconscientemente la función de representación metonímica del instinto predador que, bien o mal reprimido, está presente en las pulsiones.
 En el fondo, está claro que “lo que se espera de la vajilla es que recoja y delimite una porción de mundo en la que se concentrará la atención y, a partir de ahí, se empezará a ordenar el mundo”. Hic et nunc, el orden del mundo comienza, y comenzará siempre, por el respeto hacia el contenido del palto del otro. Es frecuente observar que existe una agresividad que, en el momento de elegir los trozos de la fuente común para el propio plato, tiene ya buen cuidado de enmascararse con una aparente indiferencia que no resiste una observación cuidadosa. Los odios familiares irreversibles –todos lo sabemos aun cuando queramos ignorarlo- no tienen a menudo otro origen: “ellos” (los padres) comían demasiado o no lo suficiente, engullían egoístamente, se moderaban con ostentación. Por el sentimiento de culpa de mis padres o por sus reivindicaciones, el niño que fui era privado del conciliábulo feliz con su plato…
Resultado de imagen de gisele harrus revidi El depósito de alimentos en un plato señala la apropiación de su contenido. Por esta razón inconsciente, la gente que está a régimen se comporta  a veces en la mesa, de forma aparentemente absurda, comiendo de pie, sirviéndose directamente de la fuente común sin hacer transitar el alimento por su plato, evitando así la apropiación simbólica, comportamiento que su entorno soporta mal. Procediendo así, consumen un alimento “anónimo” que, por arte de magia, no puede resultarles perjudicial, cosa que los demás, dentro de la misma lógica del inconsciente, viven como una agresión en la parte que personalmente les corresponde.
 Picotear o comer del plato ajeno abre un abanico de relaciones que abarca todos los registros de la agresividad humana, desde la rivalidad de odio fraterno hasta los preludios de la agresión amorosa, en la que el plato prefigura el lecho donde se unirán los cuerpos.
 Finalmente, junto con el lecho, el plato es siempre el último refugio contra la angustia de la soledad y el sentimiento de pérdida de uno mismo: es la superficie en donde, una y otra vez, se busca la sustancia vital que debería tapar la grieta que se produce en el cuerpo. En las prisiones o, anteriormente, en el ejército, los individuos desposeídos de todo tenían, sin embargo, su escudilla personal. ¿Ofrecían inconscientemente dichas instituciones un objeto que permitiera evitar la pérdida de identificación? Transmutado a veces en objeto transicional, en determinados momentos de autismo presentes en todos, el plato permite también reconocer el mundo exterior simbolizado mediante los buenos objetos incorporables. “Entre la persona social y su propio cuerpo en el que la naturaleza se desata, entre ese mismo cuerpo y el universo biológico y físico los utensilios de mesa o de aseo cumplen una función eficaz a título de aislantes o de mediadores. La interposición de sus presencias evita la descarga catastrófica que amenazaría con producirse”. Los utensilios canalizan la pulsión arcaica situando la cultura entre el hombre primario y el mundo. Al hacer esto, ejercen una función política, ya que la función de lo político es gestionar la penuria, ya sea la materialidad, la falta en ser o la castración lo que aquella recubra. Los pletóricos servicios de la mesa versallesca tenían por función el interponerse entre el rey y sus súbditos y acentuaban, por su suntuosidad, la distancia entre las reales pulsiones y las necesidades vitales proletarias.
 El plato es finalmente, y sobre todo, negación del vacío, objeto de renegación de la falta. Todo continente sustenta la evidencia de un contenido, todo contenido participa, por tanto, teóricamente de la lucha contra el horror vacui. Cuando la mirada abarca la superficie de ese objeto familiar, representaciones imaginarias, incluso alucinatorias, coexisten en el propio acto de la percepción. De todas formas, incluso vacío, el plato no es tanto vacío absoluto del mundo como vacío de una porción familiar, aquella, concebible, abocada a la ingestión y no la de la angustia metafísica profunda. Un vacío estrictamente delimitado frustra, castiga o angustia, pero puede ser contenido en la psique sin temor de derrumbamiento.
 En torno a la mesa familiar, la silla y el plato vacíos designan el sitio del otro: viajero, pobre, ausente o muerto. Esta vacuidad hace presente al Desconocido que puede surgir y reclamar lo que se le debe y, como respuesta, el gesto caritativo sirve de hecho para conjurar la miseria, la soledad, el duelo. Ex nihilo, el espacio infinito es espacio de vida, sin límites humanos, representación de la inexistencia de sí mismo y de Dios. Baudelaire hace rimar vide (vacío) con avide (ávido), porque en la propia angustia del vacío nace una avidez insaciable: “Cuando ávido (avide) responde a vacío (vide), el vacío se experimenta en el fondo de una boca que desea, se siente en el hueco de la garganta o en el hueco del estómago, como una necesidad “devoradora”, o como una insatisfacción que nada clama […]. La insaciabilidad es indicio del error cometido por los que escogen alimentos corruptibles y que dependen del azar”. El plato y el alimento efímero con que se llena fijan al hombre en el instante, en lo inmanente, en lo relativo, mientras que el vacío contra natura lo llena de una angustia fría y mortífera.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Trea, 2004, en traducción de Matilde Bohigas Hurtado, pp. 141-146. ISBN: 84-9704-125-9.]

miércoles, 16 de mayo de 2018

Aprendiendo de las drogas (Usos, abusos, prejuicios y desafíos).- Antonio Escohotado (1941)


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1.-Las variables del asunto

«Las cosas que entran en nuestro cuerpo por cualquier vía -oral, epidérmica, venosa, rectal, intramuscular, subcutánea- pueden ser asimiladas y convertidas en materia para nuevas células, aunque pueden también resistir esa asimilación inmediata.
 Las que se asimilan de modo inmediato merecen el nombre de alimentos, pues gracias a ellas renovamos y conservamos nuestra condición orgánica. Entre las que no se asimilan inmediatamente cabe distinguir dos tipos básicos: a) aquellas que -como el cobre o la mayoría de los plásticos, por ejemplo- son expulsadas intactas, sin ejercer ningún efecto sobre la masa corporal o el estado de ánimo; b) aquellas que provocan una intensa reacción. 
 Este segundo tipo de cosas comprende las drogas en general, que afectan de modo notable aunque absorbamos cantidades ínfimas, en comparación con las cantidades de alimentos ingeridas cada día. Hoy, cuando empiezan a conocerse los complejos procesos biológicos, la actividad extraordinaria de este tipo de cosas sugiere que están ligadas a equilibrios básicos en los organismos. Normalmente, no afectan por ser cosas de fuera, sino por parecerse como gotas de agua a cosas de muy adentro.
 Pero dentro de este tipo de sustancias es preciso distinguir entre compuestos que afectan somáticamente (como la cortisona, las sulfamidas o la penicilina) y los que afectan no sólo somática sino también sentimentalmente. Estos últimos -que parecieron milagrosos a todas las culturas antiguas- son en su mayoría parientes carnales de las sustancias que trasladan mensajes en el sistema nervioso (los llamados neurotransmisores) o antagonistas suyos, y reciben el nombre vulgar de "drogas".

Toxicidad
 Llámense drogas o medicamentos, estos compuestos pueden lesionar y matar en cantidades relativamente pequeñas. Como a una sustancia con tales características la llamamos "veneno", es propio de todas las drogas ser venenosas o tóxicas. La aspirina, por ejemplo, puede ser mortal para los adultos a partir de tres gramos, la quinina a partir de bastante menos y el cianuro de potasio desde una décima de gramo.
 Sin embargo, lo tóxico o envenenador de una cosa no es nunca esa cosa abstractamente, sino ciertas proporciones de ella conforme a una medida (como el kilo de peso). De ahí, siguiendo con el ejemplo, la enorme utilidad que extraemos de la aspirina, la quinina y el cianuro, a pesar de sus peligros. La proporción que hay entre cantidad necesaria para obrar el efecto deseado (dosis activa media) y cantidad suficiente para cortar el hilo de la vida (dosis letal media) se denomina margen de seguridad en cada droga.
 ¿Cómo puede ser terapéutico un veneno? Fundamentalmente, porque los organismos sufren muy distintos trastornos, y ante ellos el uso de tóxicos en dosis no letales puede ser la única, o la mejor, manera de provocar ciertas reacciones. Apenas hay, por eso, venenos de los que no se hayan obtenido valiosos remedios: el curare, la atropina, el ergot o la planta digital son casos bien conocidos de una lista interminable.
 Dentro del margen de seguridad, el uso de tóxicos plantea fundamentalmente dos cuestiones, que son el coste de la ganancia y la capacidad del organismo para adaptarse a su estado de intoxicación. El coste depende de los efectos que se llaman secundarios o indeseados, tanto orgánicos como mentales. La capacidad del organismo para "hacerse" al intruso depende del llamado factor de tolerancia aparejado a cada compuesto. 
 La tolerancia y el coste psicofísico pueden prestarse a juicios algo subjetivos, comparados con la objetividad matemática del margen de seguridad. [...]
 En todo caso, estos tres elementos -margen de seguridad, coste psicofísico y tolerancia- son los lados materiales o cuantificables del efecto producido por las drogas. Prestarles atención ayuda a plantear de modo objetivo ese efecto. [...]

Los principales empleos
 El estado que produce una droga psicoactiva puede llamarse intoxicación (si se considera su contacto con nuestro organismo) y llamarse ebriedad (si se considera el efecto que esa sustancia ejerce sobre el ánimo); para la intoxicación intensa de alcohol disponemos de la palabra "embriaguez", o "borrachera" en casos límite.
 Cabe hablar de uso colectivo y uso individual, uso antiguo y uso moderno. Sin embargo, quizá la forma más sencilla de abarcar el consumo de drogas sea distinguir entre empleos festivos, empleos lúdicos o recreativos y empleos curativos o terapéuticos. [...]  
 
Epílogo
La cuerda que sirve al alpinista para escalar una cima sirve al suicida para ahorcarse y al marino para que sus velas recojan el viento. Lo sacro y eterno sea loado. Seguiríamos en las cavernas si hubiésemos temido conquistar el fuego, y entiendo que aquí, como en todos los demás campos de la acción humana, hay desde el primer momento una alternativa ética: obrar racionalmente -promoviendo aumentos en la alegría- y obrar irracionalmente, promoviendo aumentos en la tristeza; una conducta irreflexiva acabará haciéndonos tan insensibles a lo buscado como inermes ante aquello de lo que huíamos. De ahí que sea vicio -mala costumbre o costumbre que reduce nuestra capacidad de obrar- y no dolencia, pues las dolencias pueden establecerse sin que se intervenga nuestra voluntad, pero los vicios no: todo vicio jalona puntualmente una rendición suya.
 Otra cosa es que presentar el uso de drogas como enfermedad y delito haya acabado siendo el mayor negocio del siglo. Llevado a su última raíz, este negocio pende de que las drogas no se distingan por sus propiedades y efectos concretos, sino por pertenecer a categorías excéntricas, como artículos vendidos en tiendas de alimentación, medicinas y sustancias criminales. Una arbitrariedad tan enorme sólo puede estimular desorientación y usos irreflexivos.
 Tras lo arbitrario está la lógica económica de dos mercados permanentes, uno blanco y otro negro. Esta dicotomía aleja la perspectiva de que el campo psicofarmacológico se racionalice alguna vez, con pautas de precio, calidad y dispensación que le quiten a las drogas -a las drogas en general- su naturaleza de puras mercancías. Salvo casos raros, como los vinos y licores realmente buenos, apenas hay productos de mercado blanco capaces de subsistir bajo condiciones de clandestinidad; sin embargo, al incluir los más deseables en el mercado negro se aseguran superdividendos para sucedáneos autorizados, mientras se multiplica el margen de beneficio para originales prohibidos. Otra cosa no explotaría a fondo las posibilidades del ramificado negocio, que juega con una baraja en la mesa y otra en la manga.» 
 
  [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2005. ISBN: 84-339-1441-3.]
 

sábado, 6 de mayo de 2017

"El pan salvaje".- Piero Camporesi (1926-1997)

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2.-El pan huidizo

 «Los intelectuales y los literatos barrocos, rodeados por las amenazadoras multitudes de pordioseros y de montañeses sin pan, por las descompuestas y vociferantes procesiones del hambre, se van a defender -conforme a su tradicional inclinación- disparando cínicas y venenosas andanadas contra la marea de harapientos, contra las "hormigas holgazanas". Tal es el caso de Baldassare Bonifacio, que durante 1629 vive en Treviso una agitada crisis pauperista, plasmada al poco tiempo en los sonetos crueles y corrosivos de Il paltoniere.
 La angustia de unos pocos frente al fluctuar enloquecido, por las calles, de los innumerables devoradores de basuras, los hombres-oruga, los hombres-insecto; la ansiedad de los grupos del poder en relación con la grande y amenazadora proliferación incontrolada de miserables y con el espectro de una sociedad negativa que, reacia a la integración, enarbola la ilusoria bandera de una sociedad que se opone a ellos, conforman en los sonetos de Bonifacio la imagen obsesiva de la marea que sube irremediablemente hasta provocar la asfixia final. La tensión entre las castas se traslada a una serie metafórica de versos, de los que se desprende el medroso desprecio de los hombres del pan blanco hacia los hombres del pan negro o de los sin pan, los "llamapuertas" o "matapanes" que engrosaban -amenazadores cual una rabiosa plaga de langostas- la "gran nube de pícaros y de listos".
 En realidad, más allá de su efecto literario y de la dramatización ritual del tumulto y del miedo, los tumultos de los depauperados, aun cuando pudieran suscitar inquietud y desconcierto, no pasaban de algunos saqueos incontrolados, incapaces de transformarse en algo más que una rabiosa pero caótica y efímera rebelión. Los estereotipos lingüísticos de la violencia y de la rebelión se transmiten de siglo en siglo según las letanías de la desesperación, que tienen en común el mismo registro tenso y emocionado; así en el Libro del biadaiolo del siglo XIV, en el que la carestía (al igual que, por lo demás, en los sonetos de Bonifacio) habla con los acentos de la tragedia dantesca. Pero no dejan de ser estereotipos lingüísticos, en tanto que los propios protagonistas de las insurrecciones "no se mostraban interesados en cambiar las estructuras de la sociedad en que vivían".
 En una sociedad fragmentada y cerrada en un número muy elevado de gremios, la noción de "clase" no podía tener ningún sentido. Los estatus medievales conformaban la estructura de un mundo en lentísima evolución, en el que la vida colectiva se modificaba con enormes dificultades y, se diría, casi con repugnancia. Castas y gremios paralizaban el nacimiento de la idea, totalmente decimonónica, de "clase". La liberación del "mal de vivir" no se perseguía políticamente sino con métodos de saneamiento directos, como el gran consumo de bebidas alcohólicas, las prácticas sexuales exageradas y "salvajes", las fiestas rituales, la transgresión privada o de grupo de la norma civil o religiosa. Los sueños no estimulaban fermentos revolucionarios sino viajes a la evasión imaginaria. Las utopías -incluso las más radicales- se esfuman en las fabulaciones doctrinales y sapienciales. Incluso el gran mito de Jauja no llega ser nunca el motor de una auténtica renovación política y social, a pesar del deseo reinante de la equitativa posesión comunitaria de los bienes materiales y de la propiedad, a pesar del sueño de la eterna juventud, del amor no controlado socialmente y del eros no institucionalizado.
 En los años de coyuntura adversa, los pequeños propietarios de tierras, obligados a vender sus campos a la gran propiedad a precios de usura, acababan de pordioseros por los caminos. Hasta el olímpico Alvise Cornaro amplió enormemente sus ya grandes propiedades utilizando a menudo, como hombre de confianza, intermediario y corredor, al poeta Angelo Beolco, el Ruzante...
 El pan de los pobres, los harapientos, los desocupados y especialmente de aquellos que, víctimas de una lógica económica y social paradójica, lo producían, es decir, los campesinos, es un pan que huye continuamente, inalcanzable como en una pesadilla a cámara lenta, de interminable duración. En los años malos se soñaba, en ilusionada espera, a partir de finales de otoño, con la época de las nuevas cosechas, con el verano y sus frutos, con la estación en la que se podría volver a sentir el sabor del "pan nuevo".
 El Menego del Dialogo facetissimo, de Ruzante, representado durante la escasez de 1528, cuenta, ayudándose con los dedos, los meses que le separan del pan huidizo:
 "Enero, febrero, marzo, abril, mayo y hasta medio junio para el trigo. [Suspira] ¡Oh, no llegaremos nunca! Caramba, es un año muy largo éste. Yo sé que el pan se escapa de nosotros, sí, más que los gorriones del halcón."
 El registro cómico de este diálogo (facetissimo -jocosísimo- sólo por antífrasis) sirve para alejar al terrible enemigo, el hambre, exorcizándolo con el humor y se desahoga con amplio repertorio inventivo en las agridulces ocurrencias de los campesinos, en sus trucos ideados para contrarrestar las necesidades alimenticias: trágicas bufonadas inventadas por quien tiene la carne torturada por la cizaña del hambre. Esta imagen cruel, extraída de los horrores de las cámaras de tortura, es desplazada después y se vuelve inocua con los ridículos expedientes encontrados para intentar desviar o, por lo menos, atenuar las duras leyes de la necesidad del hambre, del fatum fisiológico, proponiendo el uso de astringentes como las serbas, o la surrealista estratagema de "taparse el agujero de debajo". De este modo, los excrementos, al no poder salir, mantendrían los intestinos llenos [...]
 Como una amarga paradoja, se busca la enfermedad para apagar el hambre, porque como Menego le explica a Duozo, "intento enfermar por todos los medios porque, compadre, cuando estoy enfermo se me quita el hambre, y con tal de no tener hambre yo ya no querría nada más."
 Los pordioseros del campo recitaban inútilmente refranes falsamente consoladores, letanías surgidas de la resignada y desconsolada cohabitación con el hambre milenario. También se anhelaba la estación de las hierbas, no sólo la de los cereales y las legumbres: "Cuando haya pasado todo enero, saldrá un poco de hierba y crecerá como los hombres". La hierba les ayudaría a sobrevivir, [...]»


domingo, 9 de abril de 2017

"Los secretos de una casa. El mundo oculto del hogar".- David Bodanis (...)


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  Primera parte: las horas diurnas.
 III.-A última hora de la tarde
 
«En todos los hábitats que pueden formarse en una cocina reposa una colonia de salmonelas que fue trasladada allí de manera accidental. Esta colonia descansa varios días pacíficamente, y cada uno de sus miembros se empapa sin esfuerzo con la ligera película de agua que le rodea, utilizando sus flagelos ondulantes -como los tentáculos de un pulpo- para atraer los gránulos alimenticios que circulan en el ambiente. Sin humedad, la salmonela de una cocina moriría de sed al cabo de una semana, y lo único que quedaría de ella sería un cuerpo en gradual descomposición. No obstante, antes de que transcurra ese lapso, un dedo que toque su lugar de reposo recibirá lo que para una persona no es más que un micropunto invisible, pero que para estas criaturas constituye una gran familia de varios centenares de miembros.
 Estas bacterias son semejantes a algunas de las primeras formas de vida que se desarrollaron en el planeta Tierra, y han sobrevivido durante tanto tiempo porque, gracias a su diminuto tamaño, hay una cantidad enorme de territorios donde pueden prosperar. En una casa existen para ellas tantos refugios como los que habría para los seres humanos en un nuevo planeta, el extenso terreno que proporciona una pila de lavar húmeda o una mesa seca en una sala. (Más adelante se hará referencia a los atractivos territorios que brinda el cuerpo humano.) A veces resulta tentador atribuir determinadas intenciones a estas criaturas, pero esto sería erróneo, ya que no son más que células aisladas y microscópicas, una especie de plantas químicas en movimiento que no tienen cabeza, ni cerebro, ni nervios, son sólo vida.
 Una vez que llegan al dedo, las salmonelas tratan de adaptarse a este nuevo hábitat. No les perturba este súbito traslado a un objeto vivo y móvil (excepto, naturalmente, aquellas pocas que resultan aplastadas por el contacto). Son demasiado pequeñas para orientarse y darse cuenta de lo que era antes el asa de la puerta del refrigerador y lo que es ahora el dedo. A escala de una salmonela, un dedo es un terreno agreste y cenagoso. Hay redondeadas colinas formadas por la capa superior de las células cutáneas que acaban en repentinas cavernas. También hay numerosas y atractivas piscinas de limo y de grasa sobre la rugosa superficie, que son los resultados de la transpiración y de otros fluidos de la piel, donde la salmonela se sumerge. Esta transpiración es nutritiva, ya que el sudor de los dedos contiene potasio, sodio, zinc, glucosa, vitamina C, riboflavina y más de una docena de aminoácidos. En este terreno la salmonela se puede reproducir, dividiéndose por la mitad o introduciendo en otros individuos largas cintas de protoplasma con ADN, a través de orificios en sus cuerpos.
 No obstante, en este medio tan propicio para el desarrollo y la nutrición, también existen aspectos negativos. Las yemas de los dedos que inadvertidamente recogieron la salmonela mientras se movían por la cocina constituyen un territorio tan atractivo que muchos otros diminutos organismos unicelulares han acabado por instalarse allí a lo largo del tiempo. Estos otros organismos tratan a las salmonelas recién llegadas como una amenaza que hay que exterminar lo antes posible, ya que la nutritiva transpiración, indispensable también para su desarrollo, se produce en cantidades limitadas.
 Este comité de recepción microbiano no tiene necesariamente un aspecto temible ya que todos sus miembros son ciegos, muchos padecen hambre, y su velocidad máxima se limita a un lento arrastrarse por las anfractuosidades y los pantanos cutáneos. Sin embargo, cuando se aproximan a alguna de las salmonelas recién llegadas, muchos de ellos emiten chorros concentrados de antibióticos mortales; otros serpentean a corta distancia de la salmonela e intentan absorber toda la comida que encuentren alrededor para que, al cabo de un tiempo, la salmonela muera de inanición. Al principio, las salmonelas quedan desconcertadas por la sorpresa y se produce una matanza, pero más tarde se recuperan. Algunas devuelven el golpe y lanzan su propio chorro concentrado de antibióticos en contra de los atacantes. (Estos sprays defensivos no se limitan a matar individuos microscópicos, sino que se muestran muy rudos con las colonias de criaturas microcelulares que habitan en el intestino humano, y son los que provocan el envenenamiento a causa de la salmonela si llegan a ingerirse.) Otras salmonelas se dedican a acosar a los atacantes más cercanos y los expulsan de su lado sin haber saciado su hambre. Algunas otras, finalmente, que se encuentran en el centro de la colonia, continúan con sus actividades reproductivas, para producir nuevos efectivos que se enfrenten con las amenazas externas.
 Estas batallas tienen lugar sobre la superficie de la piel de casi todas aquellas personas que pasan una hora en la cocina preparando la comida. Si en un momento de concentración se frotan las yemas de los dedos sobre la frente, aquí se desencadenará una nueva batalla, y si se tamborilea con los dedos sobre una superficie cualquiera, parte de las colonias bacterianas morirán y sus previsiones tácticas quedarán absolutamente perturbadas, ya que los sobrevivientes se hundirán en la fragosidad de la superficie dactilar. Cualquier movimiento que realice una persona representa una catástrofe para algunos individuos bacterianos, y el nirvana para otros. Un roce casual del brazo mientras se intenta descifrar una receta del libro de cocina hará que algunas salmonelas aterricen sobre un territorio especialmente húmedo e invitante, la parte interior del codo. Si a continuación se toca la punta de la lengua con el índice como paso previo al giro de la página del libro de cocina se producirá una matanza, ya que las colonias se han visto expuestas a la feroz alcalinidad de la saliva. Incluso puede haber momentos de recuperación milagrosa para estos individuos microscópicos. Abrir la nevera para sacar más mantequilla, por ejemplo, equivale a dejar caer algunas salmonelas en su lugar de origen, y los fatuos atacantes que residían en la piel -y que han sido trasladados junto a ellas- se ven completamente superados en número por las hordas de salmonelas que hay en el asa de la puerta de la nevera.
 Al mismo tiempo que realizan todas sus otras operaciones, las salmonelas se introducen en la comida recién preparada. Quizás ello se deba al fugaz roce de un dedo sobre un trozo de zanahoria tierna que acompaña al estofado ya preparado, o a que se ha tocado sin darse cuenta el puré de patatas. Casi todas las salmonelas que caigan en el estofado, que sigue estando muy caliente, morirán rápidamente. Pero en el puré de patatas que se enfría con gran rapidez, y donde hay abundante almidón, agua y probablemente un trozo de mantequilla en algún sitio, las salmonelas prosperan. Y prosperan de tal modo que, gracias a su reproducción individual o en grupo, aproximadamente cada 50 minutos su número se multiplica por dos.»