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domingo, 2 de agosto de 2026

Dios y la nueva física.- Paul Davies (1946)

X.- Libre albedrío y determinismo

 «En la actualidad, muchos físicos se inclinan por la llamada interpretación de la teoría cuántica de los múltiples universos de Everett. Este enfoque (discutido brevemente en el capítulo 8) tiene curiosas consecuencias para el libre albedrío. De acuerdo con Everett, cada mundo posible se hace realidad y todos los mundos alternativos coexisten en paralelo. Esta multiplicidad de mundos se extiende a la elección humana. Supongamos que nos enfrentamos a una elección: ¿té o café? Según la interpretación de Everett, el Universo se divide inmediatamente en dos ramas. En una de las ramas tomamos té y en la otra café. ¡De este modo lo tenemos todo!
 La teoría de los múltiples universos parece satisfacer el criterio definitivo para la libertad de elección discutido más arriba. Cuando se produce la división, las circunstancias que conducen a cada resultado son verdaderamente idénticas en todos los aspectos (son de hecho el mismo Universo) aunque se hagan dos elecciones distintas (como dije anteriormente, nada puede verificar esta teoría, puesto que cualquiera debe quedar restringido a una de las ramas del Universo dividido). Sin embargo, la victoria parece pírrica. Si no podemos evitar hacer todas las elecciones posibles, ¿somos realmente libres? La libertad parece excesiva, destruida por su propio éxito. Queremos elegir té o café, pero no té y café.
 Ahora bien, el defensor de los múltiples universos respondería probablemente: "¡Ah! ¿Qué es lo entiende aquí por nosotros?" El "nosotros" que está tomando el té no es el "nosotros" que está tomando el café. Habitan universos distintos. Estos dos individuos a los cuales nos hemos referido un tanto a la ligera como "nosotros" diferirán, como mínimo, en su experiencia perceptual (por ejemplo, en el sabor de la bebida). No pueden ser la misma persona. Así que, una vez hecha la elección, no tomamos en realidad té y café. Uno de los dos "nosotros" es quien ha hecho la elección. De acuerdo con este punto de vista, decir que hemos preferido té en lugar de café no significa más que dar una definición de "nosotros". Decir "elijo té" significa simplemente que "soy un bebedor de té". Así, aunque un solo "nosotros" tuvo que enfrentarse a la elección, el resultado afecta a los dos individuos y no a uno solo. En la teoría de Everett, el yo se desdobla continuamente en incontables copias parecidas (sería interesante explorar las consecuencias que esto comporta para el concepto tradicional de un alma única).
 Se ha escrito mucho sobre la relación entre el libre albedrío y el tema de la responsabilidad y culpabilidad ante el delito. Si el libre albedrío es una ilusión, ¿por qué debe responder nadie de sus actos? Si todo está determinado, todos nosotros estamos atrapados en un curso de acontecimientos decidido antes de nuestra existencia. En un Universo múltiple de Everett, ¿no podría un delincuente aducir que uno de sus múltiples yo se vio obligado por las leyes de la mecánica cuántica a cometer el crimen? Quizá sería mejor apartarnos de este terreno espinoso y preguntarnos sobre la posición de Dios en un Universo determinista. Tan pronto como entra Dios en escena surge una avalancha de enigmas.
 ¿Puede Dios tomar decisiones y ejercer el libre albedrío?
 Si el hombre posee libre albedrío, Dios probablemente lo poseerá también. En este caso, muchos de los problemas anteriores sobre el concepto de libertad se extienden a Dios. Están, además, todas las confusiones habituales asociadas con una deidad infinita y omnipotente. Si Dios tiene un plan para el Universo, plan que implementa como parte de su voluntad, ¿por qué no creó simplemente un Universo determinista en el cual la consecución del objetivo final del plan fuera inevitable? O mejor todavía, ¿por qué no lo creó con este objetivo ya alcanzado? Sin embargo, si el Universo no es determinista, ¿estará limitado el poder de Dios por su incapacidad de predecir o decidir cuál va a ser el resultado?
 Se podría quizá aducir que Dios es libre de renunciar a una parte de su poder, si así lo desea. Él nos puede dar libertad para actuar en contra de su plan si así lo queremos, puede introducir el factor cuántico en los átomos para transformar su creación en un juego cósmico de azar. Sin embargo, esto introduce el problema lógico de cómo puede un ente omnipotente renunciar a una parte de su poder.
 La libertad asociada a la omnipotencia es bastante distinta de la libertad que disfrutan los seres humanos. Se puede ser libre de elegir té o café siempre y cuando dispongamos de las dos bebidas. No somos libres de hacer cualquier cosa que deseemos: atravesar el Atlántico a nado, por ejemplo, o convertir la Luna en queso. El poder humano es limitado y sólo podemos realizar una pequeña parte de nuestros deseos. Por el contrario, el poder de un Dios omnipotente no tiene límite, y un ser de estas características es libre de obtener todo cuanto desee.
 La omnipotencia plantea algunas embarazosas cuestiones teológicas. ¿Tiene Dios libertad para prevenir el mal? Si es omnipotente, la respuesta debe ser afirmativa. ¿Por qué entonces no lo evita? He aquí un argumento devastador debido a David Hume: si el mal del mundo se debe a la intención de Dios, entonces Él no es benevolente. Si en cambio, el mal es contrario a su intención, entonces no es omnipotente. No puede, pues, ser omnipotente y benevolente a la vez como sostienen la mayoría de las religiones.
 Una posible réplica a este argumento es que el mal se debe enteramente a las actividades humanas. Dado que Dios nos ha dado libertad, tenemos capacidad de hacer el mal y frustrar así el plan divino. Pero aún podemos decir que si Dios tiene libertad para prevenirnos de hacer el mal, ¿no debe compartir alguna responsabilidad si no hace nada para evitarlo? Cuando un padre permite a un niño travieso cometer tropelías molestando a los vecinos y causando destrozos, le asignamos normalmente gran parte de culpa. ¿Debemos, por tanto, llegar a la conclusión de que el mal forma parte del plan  divino o Dios, después de todo, no tiene libertad para impedirnos actuar contra él?
 Nuevos e interesantes enigmas aparecen al considerar la doctrina cristiana según la cual Dios trasciende el tiempo, puesto que el concepto de libertad de elección es intrínsecamente un concepto temporal. ¿Qué significado se debe dar a hacer una elección hecha no en un instante particular sino de un modo atemporal? Por otra parte, si Dios conoce el futuro de antemano, ¿qué significado debemos darle a un plan cósmico y a nuestra participación en él? Un Dios infinito conocerá lo que está sucediendo en todas partes, pero, como hemos visto, no hay un instante presente universal, de modo que el conocimiento de Dios se debe extender en el tiempo si se extiende en el espacio. Por tanto, debemos concluir que no tiene sentido que un Dios cristiano eterno tenga libertad de elección. Pero, ¿es concebible que el hombre posea una facultad de la cual no dispone su creador? Nos vemos forzados a llegar a la paradójica conclusión de que la libertad de elección es, en realidad, una restricción que padecemos, es decir, nuestra incapacidad de conocer el futuro. Dios, liberado de las rejas del presente, no tiene ninguna necesidad de libre albedrío.
 Los problemas parecen insuperables. La nueva física abre indudablemente nuevas perspectivas para el antiguo enigma del libre albedrío y el determinismo, pero no los resuelve. La física cuántica socava el determinismo, pero introduce sus propias dificultades en relación a la libertad, no siendo la menor de ellas la posibilidad de realidades múltiples. La teoría de la relatividad presenta un Universo que se extiende en el tiempo y en el espacio, pero todavía deja la puerta abierta para algún tipo de libertad de acción. Sin ninguna duda, los futuros avances en nuestra comprensión del tiempo arrojarán nueva luz sobre estos problemas fundamentales de nuestra existencia.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1994, en traducción de Jordi Vilá, pp. 166-169. ISBN: 84-345-8922-2 (Volumen 42).] 
 

martes, 14 de enero de 2020

Compendio de Teología.- Santo Tomás de Aquino (1225-1274)

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Segunda parte
Capítulo VI: Donde se demuestra que Dios, nuestro Padre, a quien dirigimos nuestras oraciones, puede oírlas, por lo mismo que decimos "Que estás en los cielos" 

«Sucede frecuentemente que la esperanza queda frustrada por la impotencia de aquel cuyo auxilio esperamos. En efecto, para la seguridad de la esperanza no basta que aquel en quien la fundamos tenga voluntad para socorrernos, sino también poder para prestarnos el socorro. Nosotros expresamos suficientemente la disposición pronta de la voluntad divina para socorrernos cuando decimos "Padre nuestro"; pero para que no dudemos de la excelencia de su poder, añadimos "Que estás en los cielos". No decimos que estás en los cielos como contenido en un lugar, sino en el sentido de que con su poder abarca los cielos, según este pasaje del Eclesiástico XXIV: "Yo he recorrido solo la circunferencia de los cielos." Su poder es mayor que la inmensidad de los cielos, según estas palabras del salmo VIII: "Tu magnificencia ¡oh Dios mío! está elevada sobre los cielos." Para dar a nuestra esperanza una seguridad firme y completa, confesamos el poder de Dios; poder que sostienen los cielos y aún va mucho más allá.
 Haciéndolo así excluimos de la oración un error funesto. Hay algunos que creen que las cosas humanas están bajo la influencia necesaria y fatal de los astros, contrariando con su dicho este testimonio de San Jerónimo X: "No temáis nada de los astros del cielo, como temen los gentiles." Este error destruye el fruto de la súplica, porque si nuestra vida está bajo la influencia de los astros, no puede verificarse en ella mutación alguna y sería en vano que por medio de nuestras oraciones imploráramos la consecución de algún bien o librarnos de algún mal. Para que esta creencia no turbe la seguridad de nuestra esperanza en la oración, decimos: "Que estás en los cielos"; esto es, que Dios es Señor de ellos y el que les comunica movimiento. El auxilio que esperamos de Dios no puede, por consiguiente, encontrar obstáculo en la acción de los cuerpos celestes. Para que la oración sea eficaz ante Dios es necesario, además, que el hombre implore lo que dignamente pueda esperar de Dios.
 En efecto, leemos en Santiago, IV: "Pedís, y no recibiréis porque pedís mal." En efecto, malas peticiones son aquellas que están inspiradas o movidas por la sabiduría de la tierra y no por la del cielo. Por esta razón dice San Juan Crisóstomo: "Cuando decimos que estás en los cielos, no es en el sentido de encerrar a Dios en ellos, sino en el sentido de que el que ora deja a la tierra para elevarse a las regiones superiores." Hay además otro obstáculo para la oración y para la confianza en Dios, y consiste en pensar el que ora que la Providencia divina no se ocupa de las cosas de este mundo, según este pasaje de Job, cap. XXII, dirigido a los impíos: "Se esconde detrás de las nubes, no se ocupa de las cosas de este mundo y se pasea en las profundidades de los cielos." En Ezequiel, VIII, leemos también: "El Señor no nos ve, el Señor dejó la tierra." El Apóstol san Pablo nos enseña lo contrario cuando dice a los atenienses: "No está lejos de cada uno de vosotros, porque en Él es en quien vivimos, por quien somos y nos movemos. En efecto, ¿quién conserva nuestra existencia, quién gobierna nuestra vida y dirige nuestros movimientos?" Según estas palabras del libro de la Sabiduría: "Vuestra Providencia, ¡oh Padre! es la que todo lo gobierna desde el principio", porque aun los animales más pequeños son objeto de los cuidados de su providencia, según estas palabras de san Mateo, X: "¿Por ventura no se venden dos pajarillos por un cuarto, y uno de ellos no caerá sobre la tierra sin vuestro Padre? Aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados." La divina Providencia cuida tan particularmente de los hombres, que el Apóstol dice hablando de ella: "Dios no se ocupa de los animales"; no porque no se ocupe de ellos, sino porque no se ocupa de ellos como de los hombres, a los cuales castiga o remunera por sus buenas o malas obras, y los destina a la vida eterna. Ésta es la razón por la que después de las palabras citadas, añade el Señor: "Pero todos los cabellos de vuestra cabeza están contados." Como si todo lo que pertenece al hombre debiera ser restaurado en la resurrección, sin que de ello deba haber duda alguna, porque en seguida añade: "No temáis, porque vosotros valéis más que muchos pájaros." Por esto, como dijimos antes, se lee en el salmo XXXV: "Los hijos de los hombres esperarán a la sombra de vuestras alas." Aun cuando se diga que Dios está cerca de todos los hombres por el cuidado particular que de ellos tiene, se dice, sin embargo, de un modo especial que está cerca de los buenos, porque éstos, mediante su fe y su amor, se esfuerzan más para acercarse a Él, según estas palabras de Santiago, IV: "Acercaos a Dios y se acercará a vosotros"; y por esto se dice también en el salmo CXLIV: "Dios está cerca de todos los que le invocan en verdad." No solamente está cerca de ellos sino que habita en ellos por su gracia, según estas palabras de san Jerónimo. "Tú estás en nosotros, Señor." Por consiguiente, para aumentar la esperanza de los santos, se dice: ""Que estás en los cielos", es decir, en los santos, como explica San Agustín, porque como dice este mismo, parece que hay tan gran diferencia espiritual entre los justos y los pecadores como la que hay entre el cielo y la tierra. Para significar esto, al orar nos volvemos hacia el Oriente, que es de donde el cielo se levanta. Lo que también aumenta la esperanza de los santos y su confianza en la oración, además de su proximidad a Dios, es el pensamiento de la dignidad que han recibido de Dios, haciendo de ellos un cielo para Cristo, según estas palabras de Isaías, LI: "Para establecer el cielo y fundar la tierra." En efecto, el que hizo los cielos no les rehusará los bienes celestiales.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1986, en traducción de León Carbonero y Sol. ISBN: 84-7530-888-0.]

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Apoteosis.- Aurelio Prudencio (348-413)

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Sobre la naturaleza del alma

«Al paso sale aquí con sus dudas un discutidor, y objeta si tiene cabida en la fe que una substancia inspirada por el soplo de Dios pueda sufrir tormento y que descienda a los abismos del infierno y se abrase en el averno. Cree que el alma no es Dios, pero cree que ella es la más excelsa de las cosas creadas; cree que también ella ha sido creada. Formada fue por la boca de Dios el alma que antes no existía, pero fue formada hermosísima en su modo de ser, ataviada con dádivas divinas, llena de Dios y semejante a su Creador. Pero ella no es Dios, porque no procede por generación, sino que es hechura de Dios. Del corazón del Padre sólo salió el Hijo verdadero, Él también Dios verdadero. Al alma, que antes no existía, se le dio súbita existencia. El Hijo, en cambio, es coeterno con el Padre y existe siempre en Él; no ha sido creado, sino nacido, tiene todo cuanto tiene el Padre. El alma es como sombra a semejanza de Dios. Así habló el Creador mismo cuando se disponía a formar al hombre a semejanza suya, asociando ambos elementos creados. Pero la sombra no posee la solidez del cuerpo real, cuya copia se refleja en la sombra; y una cosa es la verdad y otra la imagen de la verdad. El alma es semejante a Dios porque no se destruye con los siglos, porque es racional y capaz de justicia, y como reina del universo manda, prevé, sopesa, precave, habla, es inventora de palabras y de costumbres, está pertrechada de incontables recursos y enseñada a recorrer el cielo con el pensamiento. En todo esto hizo Dios el alma a su imagen, pero distinta en lo demás. Sin duda, es fácil entender el alma y cuál es la medida y figura que fija sus límites; pero Dios, inmenso y que desborda todo lo creado, no tiene en sí límite alguno de suerte que pueda ser encerrado o abarcado por el pensamiento del hombre. Inabarcado permanece el poder que carece de último confín y que se extiende en un espacio inconmensurable. Por tanto, el alma, creada, inferior a su gran Creador y mayor que las otras cosas y señora de todas ellas, la absorbe en su nacimiento la turbia corrupción de la carne gangrenada y al ser infundida en miembros corruptibles la hace partícipe de su propia hez; entonces surge la naturaleza pecadora, ya que es mezcla de lodo y de espíritu puro.
 Pero, puesto que el alma salió de la boca de Dios, quizá digas que no fue hecha ni creada, como si una parte de Dios (blasfemia es decirlo) pudiese, mancillada, contraer negras culpas y, condenada al abismo, precipitarse en el oculto caos del infierno. Que ella sea algo de Dios, no lo niego. Sin embargo, de ninguna manera puede llamarse parte de Dios la que tuvo principio en el tiempo, ni considerarse anterior o más antigua que el primer hombre. Pues yo la veo creada en el momento en que entró como hermana en el hogar del corazón amigo y, huésped del reciente limo, ella también reciente tomó asiento en su habitación fraterna. Ella es, sin duda, un soplo del Señor; pero no espíritu y fuerza llena de Dios, puesto que fue emitida en aquella exacta medida en la que el que le comunicó el aliento quiso mantener el ímpetu de su propio soplo.
 Es imposible contemplar los profundos misterios del Dios de los ejércitos, pero el hombre es el espejo de la divinidad. Inteligente, aprende a ver en el cuerpo un poder no corpóreo, según la enseñanza de Cristo, que en su cuerpo mortal muestra a su propio Padre. Examina con cuidado cuán variadas maneras de aliento emitimos de nuestra boca cuantas veces exhalamos las auras del alma que respira. A veces, el calor exhalado emite un soplo tibio, lanzando como brumitas de rocío de la húmeda garganta; cuando nos place, sale de nuestra boca, en forma de gélido viento con soplo frío, un sonido agudo y hace silbar el aire. Añade, además, las diferentes clases de viento que crea la flauta de los músicos. O es exiguo, cuando se reduce a su modulación; o levanta henchido zumbido en abundante soplo, o rompe en roncas armonías, o susurra suave, o, al sacar sutil aire, produce notas agudas; o, al bajar la voz, articula un dulce murmullo. Cuando ves que tú puedes hacer todo esto en tu cuerpo mortal, ¿por qué no vas a creer que el Dios Eterno haya podido infundir el alma tal como Él la quiso? Puesto que, al darle existencia, la exhaló e infundió según el plan que Él trazara de antemano, resulta necesario que haya sido creada. Por último, la potencia de nuestra alma alcanza a saber muchas cosas; pero no las sabe todas, porque es delimitado lo que a ella se le ha ordenado saber y prever. A la que se ha dotado ya de un límite determinado y no se le ha concedido conocerlo todo, es hechura de Dios; por esto se demuestra haber sido creada y aumentada en su capacidad.
 Deduce, por comparación, si es ella hechura de Dios. La mano del Señor, ciertamente, creó el cuerpo mortal y configuró el lodo con sus dedos. ¿Pero es que la mano de Dios está compuesta de articulaciones? ¿Es que tiene Él palma? ¿Es que puede cerrar en puño las flexibles uñas o alargar las manos abiertas? Esa es la forma de nuestra mano, que no tiene en sí el Señor infinito, sino que se le atribuyó esa forma conocida y familiar a la mente humana para que diese a entender cómo se afirma, a través de esa imagen corpórea, que fue Él quien plasmó la figura del cuerpo. De igual manera, la substancia espiritual fue creada, a su vez, por un soplo incorpóreo, y se dice que ella es obra de la boca de Dios, por la cual apareció refulgente la forma del alma con su fina textura y percibió haber sido creada con un poder aún rudimentario.
 Si nuestra carne no es hechura de la mano de Dios, tampoco es el alma hechura de su boca, originada por un soplo y un aliento y transmitida a cierto lugar, al cuerpo; porque todo lo que saca a la existencia el momento del nacimiento, lo recibe un lugar concreto, y lo que un lugar puede contener es algo limitado y no se extiende a todas partes, y lo que es tan limitado que viene a fijarse en un lugar determinado, puede ya vacilar, y lo que vacila cae naturalmente en el pecado y, en fin, lo pecaminoso está expuesto al triste castigo. Esto no es Dios, creedme. O si el alma es divinidad, mostradme qué significa eso de que una gracia nueva se derrame abundante en el alma caída y necesitada de Cristo, a la que ennoblece, hecha justa por el bautismo, el Espíritu Santo, y añade a esa sierva de Dios el honor que le faltaba. Puesto que este honor se le otorga por méritos y por yerros se le niega, absurdamente se dice que sea Dios o una parte de Dios la que, por su obediencia, bebe unas veces de la fuente eterna el divino y sumo bien, y otras lo pierde por sus culpas y crímenes; ora sufre castigo, ora queda libre hollándolo bajo sus pies.
 ¿Te asombras de que peque el alma, a quien ha cabido en suerte habitar en una morada hecha de carne, cuando peca hasta el mismo ángel, que es incapaz de entrar en el frágil hogar de una coraza (cuerpo) corruptible? Peca porque también él ha sido creado, no engendrado. De qué manera haya sido él creado, lo sabe sólo el Señor, su hacedor. Básteme a mí saber que ha sido creado. Carece de mancha sólo el Creador de mundo, el Dios no engendrado y engendrado, el Padre y Aquél que nació del Padre. Y Él solo, exento de recibir triste tormento, actúa sin mancharse y no siente amargura alguna.»

    [El texto pertenece a la edición en español de La Editorial Católica, 1981, en traducción de Alfonso Ortega. ISBN:84-220-1020-8.]

miércoles, 11 de diciembre de 2019

El excelso Protocreador, más viejo que los días.- San Columba de Iona (521-597)


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«El excelso Protocreador, más viejo que los días, el Increado, / estaba al margen del origen de todo principio y límite:
es y será por los siglos de los siglos infinitos. / Su Hijo unigénito -Cristo- y el Espíritu Santo
son coeternos con Él en la gloria eterna de su deidad. / No proclamamos tres dioses, sino "Único Dios" los definimos.
(Sin quebrantar la fe en las tres gloriosísimas personas).

 Creó a los ángeles buenos, a los órdenes y a los Arcángeles, / Principados y Tronos, Potestades y Virtudes
para que su bondad no fuese ociosa y se manifestara / en todos sus dones, la majestad y largueza de la Trinidad,
y en ellos se revelaran los privilegios celestes / con toda la grandeza y sublimidad posibles.

De la cima del reino del cielo y del esplendor de su angélica / morada, soberbio por la belleza de su fulgente hermosura,
Lucifer, a quien Él había creado, rodó al abismo; / los ángeles apóstatas se vieron arrastrados en la lúgubre caída
del promotor de la gloria vana y de la envidia obstinada, / mientras todos los demás permanecían en sus principados.

El gran dragón, repugnantísimo, terrible y viejo, / que fue la resbaladiza serpiente, más sabia que todas
las bestias y animales más feroces de la tierra, / consigo arrastró al abismo de las regiones infernales
y de las diversas cárceles a la tercera parte de los astros, / y a quienes rehuían la verdadera luz, precipitados por el Devorador.

El Excelso, al concebir la máquina y la armonía del mundo, / hizo el cielo y la tierra; creado había el mar, las aguas,
los gérmenes de las hierbas, los arbustos con sus ramas, / el sol, la luna y los astros, el fuego y todo lo necesario,
aves, peces y rebaños, bestias y animales, / y al fin, al primer hombre para que a su capricho los rigiese.

 Y al par fueron creados los astros, luminarias del cielo, / y los ángeles cantaron alabanzas al Señor, celeste Artista,
por la admirable creación de tan inmensas proporciones; con un egregio coro, dieron gracias al Señor
por su amor y su proyecto, don inexistente en la Naturaleza.

 Con el engaño y seducción de nuestros dos primeros padres, / por segunda vez el diablo rodó al abismo junto con sus satélites,
cuyos rostros horrendos y vuelo estrepitoso / espantaban a los débiles hombres aterrados por el miedo,
incapaces de contemplar aquello con sus ojos carnales. / Ahora están atados por haces de cadenas en las ergástulas.

 Éste, apartado de los demás, fue expulsado por el Señor: / el espacio aéreo que ocupaba invadido se vio por el tropel
de sus satélites, torbellino de traidores invisibles, / para que, imbuidos de malos ejemplos y de crímenes,
jamás separados ni por leyes ni por muros, los hombres / no puedan fornicar públicamente a la vista de todos.

 Las nubes arrastran aguaceros invernales desde fuentes / tres veces más profundas que las olas del mar océano,
que las regiones del cielo, que los cerúleos torbellinos; / beneficiosas serán para sementeras, viñedos y plantíos,
agitadas por los vientos emergidos de donde abundan, / cada uno de los cuales, alternativamente, agitan los estanques marinos.

 Caduca, tiránica y momentánea, la gloria de los reyes / del presente mundo sujeta está a la voluntad de Dios.
He ahí a los gigantes, gimiendo bajo las aguas tras sufrir / grandes heridas, consumidos por las llamas y suplicios
del Cocito, ahogados por las turgentes Caribdis, / sumergidos por las ondas de la Escila y despedazados en los escollos.

 El Señor regula a menudo las aguas condensadas en la nubes, / para que no se precipiten de repente arrastrando a su paso
cuanto hallan. Sus veneros más fecundos, como pechos, / flotan pausadamente por diferentes regiones de la tierra,
heladas o calientes, según las diversas estaciones, / de modo que los ríos jamás fluyan carentes de caudal.

 Por los poderes celestiales del Dios supremo penden / el globo de la vasta tierra y su órbita sobre el abismo plantados,
teniendo por soporte a Dios y la poderosa mano del Omnipotente. / Columnas como postes los sustentan,
promontorios y roquedos de sólidos cimientos, / como asentados en unas bases inmóviles.

 Nadie duda que el infierno está en las profundidades, / que allá moran las tinieblas, gusanos, bestias feroces;
que allá el fuego sulfuroso en voraces llamaradas arde; / que allá sólo alaridos de hombres hay, llanto y crujido de dientes;
allá el llanto terrible y antiguo de la Gehenna; / allá, el ardor de las llamas, el espanto de la sed y el hambre.

 Sabemos, por haberlo leído, que los habitantes de las entrañas del mundo, / postrados de rodillas, suplican de continuo al Señor que se apiade;
mas es para ellos imposible atrás volver el libro escrito, / sellado con siete sellos por las profecías de Cristo,
que se sellará de nuevo después de mostrarse vencedor, / cumpliendo así las proféticas predicciones de su venida.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, en traducción de Manuel A. Marcos Casquero y José Oroz Reta. ISBN: 84-7914-326-6.]

miércoles, 4 de enero de 2017

"Controversia sobre mentes y máquinas".- Alan Mathison Turing (1912-1954) y otros

 
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  Maquinaria computadora e inteligencia
 Opiniones contrapuestas sobre la cuestión principal

  «Consideremos ahora que hemos despejado el terreno y podemos ya pasar al debate de la pregunta "¿Pueden pensar las máquinas?" y de su variante, expuesta al final de su apartado anterior. No podemos descartar totalmente la forma original del problema, ya que habrá diversidad de opiniones con respecto a la pertinencia de la sustitución y no podemos por menos que atender lo que se diga sobre el asunto.
 Simplificaré las cosas para el lector si, en primer lugar, explico mi propia opinión sobre el tema. Consideremos primero la forma más exacta de la pregunta. Personalmente creo que, dentro de unos cincuenta años, se podrá perfectamente programar computadoras con una capacidad de almacenamiento aproximada de 10 elevado a 9 para hacerlas jugar tan bien al juego de imitación que un preguntador corriente no dispondrá de más del 70 por ciento de las posibilidades para efectuar una identificación correcta a los cinco minutos de plantear las preguntas. Me parece que la pregunta original, "¿Pueden pensar las máquinas?", no merece discusión por carecer de sentido. No obstante creo que, a finales del siglo, el sentido de las palabras y la opinión profesional habrán cambiado tanto que podrá hablarse de máquinas pensantes sin levantar controversias. Creo además que de nada sirve ocultar las ideas. La opinión tan generalizada de que los científicos proceden siempre de un hecho bien demostrado a otro hecho bien demostrado, y nunca se dejan influir por una conjetura no probada, es bastante errónea. A condición de que quede bien claro qué son hechos probados y qué son conjeturas, no existe ningún peligro. Las conjeturas son de suma importancia, porque sugieren posibles vías de investigación.
 Ahora consideraré opiniones contrarias a la mía:
 1.-La objeción teológica. El pensamiento es una función del alma inmortal del hombre. Dios ha dado un alma inmortal a todos los hombres y mujeres, pero no a ningún animal ni máquina. Por lo tanto, ni los animales ni las máquinas pueden pensar.
 Personalmente son ideas que rechazo totalmente, pero intentaré refutarlas en términos teológicos. La argumentación resultaría más convincente si se clasificara a los animales con el hombre, ya que existe mucha más diferencia, para mí, entre lo genuinamente animado y lo inanimado que entre el hombre y los animales. El carácter arbitrario de la opinión ortodoxa se evidencia aún más si tenemos en cuenta la opinión de los creyentes de otras religiones: ¿cómo ve el cristianismo el dogma musulmán según el cual la mujer no tiene alma? Pero dejemos esto y volvamos a la cuestión principal. Creo que el citado argumento implica una grave restricción de la omnipotencia del Todopoderoso. Se admite así que hay cosas de las que Él es incapaz, como es hacer que uno sea igual a dos, pero ¿dudaremos de su libertad para insuflar alma a un elefante, si lo tiene a bien? Cabe esperar que únicamente ejerciese tal poder en conjunción con una mutación que dotase al elefante de un cerebro mejorado que respondiera a las necesidades de esa alma. Podemos argüir exactamente lo mismo en el caso de las máquinas. Puede parecer distinto por ser más difícil de "tragar", pero esto únicamente significa que pensamos que es menos verosímil que Él considere adecuadas las circunstancias para dotarlas de alma. Las circunstancias en cuestión se discuten en el resto de este trabajo. Al intentar construir este tipo de máquinas no estamos usurpando irreverentemente Su poder de crear almas, igual que no lo hacemos al procrear niños; en realidad, en ambos casos somos instrumentos de Su voluntad al procurar moradas para las almas que Él crea.
 Pero todo esto es mera especulación. No me impresionan mucho los argumentos teológicos, aunque se utilicen como apoyo. A lo largo de la historia se ha comprobado cuánto dejan que desear. En tiempos de Galileo se argumentaba que las Sagradas Escrituras decían: "Y el sol se detuvo... y no fue hacia el ocaso durante casi un día" (Josué X,13) y que: "Él creó los fundamentos de la Tierra para que no se moviera" (Salmo C, v. 5) como refutación convincente de la teoría copernicana. Con los conocimientos actuales estos argumentos resultan fútiles, pero en una época de escasos conocimientos científicos causaban muy distinta impresión.
 2.-La objeción "del avestruz". "Las consecuencias de que las máquinas piensen serían horribles. Creamos y esperemos que no sea posible."
 Este argumento rara vez se expone de forma tan abierta, pero afecta a la mayoría de quienes reflexionan sobre ello. Nos gusta creer que el hombre es en algún modo superior al resto de la creación, y tanto mejor si podemos demostrar que es necesariamente superior, pues entonces no existe peligro de que pierda su posición dominante. La popularidad del argumento teológico está claramente vinculada a esta idea y cuenta con muchos adeptos entre los intelectuales, pues éstos aprecian más que otras personas el poder del pensamiento y se muestran más inclinados a basar su convencimiento de la superioridad del hombre en este poder.
 No creo que este argumento sea lo bastante fundado para molestarme en refutarlo. Tal vez sea mejor consolarse, buscándolo quizá en la transmigración de las almas.
 3.-La objeción matemática. Pueden citarse toda una serie de resultados de la lógica matemática para demostrar que hay limitaciones en el poder de las máquinas de estado discreto. El más conocido es denominado teorema de Gödel, que demuestra que en cualquier sistema lógico lo bastante potente pueden formularse afirmaciones que no pueden demostrarse ni refutarse dentro del sistema, salvo en caso de que posiblemente tal sistema sea incoherente.»