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domingo, 26 de febrero de 2023

Proceso al azar.- Jorge Wagensberg (1948-2018) y otros


Jorge Wagensberg | Planeta de Libros
Las reglas del juego


  «Las cosas, sencillamente, ocurren. Estas frescas y breves palabras dicen la verdad. La cuestión, ya lo advirtió Aristóteles, se centra en distinguir entre el antes y el después. Los sucesos que ya han ocurrido ahí están, escritos en el gran libro del universo. Es un libro en el que ninguna corrección es posible. Ni una coma. El lector de la historia, raro y minúsculo habitante de la última página, comprueba efectivamente que las cosas ocurren para tejer así un pretérito que existe y que es único. Mirar hacia atrás es una tarea plácida; ciertos, pasajes se han emborronado y, mientras no mejoren mucho las técnicas de lectura, ya no es posible saber cuántas coces dio el caballo de Napoleón; otros fragmentos, en cambio, como la Sinfonía Concertante de Mozart, permanecen claros y nítidos. Por tal facultad de lectura, este individuo —el pensador— se considera parte privilegiada del todo. El universo en su devenir es contemplado, sí, por una de sus partes: la inteligencia. Pero todo empieza cuando nuestro héroe vuelve el rostro hacia el después, hacia las páginas (se diría que) en blanco. En este momento su alma se agita. Existe un solo pasado, pero ¿cuántos futuros? Grande es entonces su inquietud, grande y fértil. Porque el tratamiento inmediato para calmar una inquietud suele consistir en su traducción en una o varias preguntas:

   Primera pregunta: De lo escrito y de lo que puedo leer ¿es posible conseguir alguna garantía para hacer apuestas sobre lo que está por escribir?
   Segunda pregunta: ¿Acaso no puedo incluso influir, por modestamente que sea, en la redacción de lo todavía no escrito?

   La primera pregunta es el punto de partida de un valioso producto de la inteligencia, el conocimiento científico. Y la segunda resume la esperanza de una de las funciones más notables del conocimiento, la capacidad para elegir nuestro devenir: ¿la libertad?
   La ciencia es una forma de conocer el mundo que empieza por separar el lector de lo escrito, el observador de lo observado, el sujeto del objeto. Es el primer principio del método científico: si el mundo es objetivo, el observador observa sin por ello alterar la observación; es la hipótesis realista. El segundo principio que el científico asume tácitamente para elaborar ciencia podría llamarse la hipótesis determinista y afecta de lleno a esta convocatoria de Figueres: los sucesos del mundo no son independientes entre sí, exhiben cierta regularidad, causas parecidas producen efectos parecidos… El mundo, sí, es inteligible. Se trata de un fuerte principio que hace que la afirmación “los sucesos ocurren” no sea, precisamente, una tautología cándida. Dicho de otro modo, en virtud del principio determinista, adquiere sentido nada menos que el concepto de ley de la naturaleza. Porque en la naturaleza no todo es posible; de todos los sucesos virtuales que podrían ser —sea el caos— no todos son. Existen conjuntos de sucesos prohibidos y, cuando el científico cree descubrir una limitación que restringe el caos, entonces dice haber descubierto una ley. Podemos atribuir la potencia de una ley a su capacidad para prohibir, de modo que las leyes muy potentes pueden llegar a dar la sensación de obligar más que de prohibir. Es, sin duda, el caso de la física, disciplina que presume de la colección más prestigiosa de leyes de la naturaleza. Los objetos que obedecen a tales leyes (el sistema planetario, por ejemplo) tienen en verdad un aspecto muy poco caótico. Su comportamiento es ordenado y armónico, decimos. El científico no afirma “éste es el mejor de los mundos posibles”, pero sí cree que, “de todos los mundos posibles, no es éste el de menor armonía”. Capacidad para prohibir, he aquí, al menos, una buena aproximación al grado de determinismo que contiene una ley científica. Pero una presunta ley que aspire al calificativo de científica debe someterse todavía a un tercer principio: el de la dialéctica entre su enunciado y la experiencia. Ello requiere la invención de un método de contraste, llámese verificar, corroborar o falsar, y de ciertos mecanismos de conexión con el mundo real, llámese percibir, observar, experimentar o simular. La esencia de la ciencia es, pues, la investigación con un método que empuñe estos tres principios: de la realidad, de la inteligibilidad y de la dialéctica.
  Pero la complejidad de los objetos de nuestro interés puede llegar a desanimarnos a la hora de una rigurosa observación de tales principios. ¿Cómo ser realistas al abordar, por ejemplo, el estudio de la propia mente?, es decir, ¿cómo separar la mente de sí misma? ¿Cómo ser determinista al estudiar el caprichoso comportamiento de un ser vivo? ¿Cómo experimentar cuando diseñamos un programa macroeconómico a largo plazo? En tales casos, y si mantenemos nuestra pretensión de elaborar conocimiento en forma de leyes, los principios del método científico deben forzosamente relajarse. Por este procedimiento, por el procedimiento de ablandar el método, la ciencia deriva hacia la ideología. La esencia de la ideología ya no es la investigación, sino la creencia. De este discurso se infiere que hay que rellenar con ideología todos aquellos agujeros que la ciencia deja vacíos. Si nuestro propósito no es afrontar la segunda pregunta, si no pretendemos utilizar el conocimiento para conducir nuestro futuro, entonces no hay problema. Si el conocimiento que buscamos no es de leyes, sino de imágenes del mundo, abandonar el método científico puede ser muy recomendable; incluso puede convenir tomar principios radicalmente opuestos. Es el caso del arte, una forma de conocimiento en la que el creador tiene muy poco interés por distanciarse de lo creado. El conocimiento científico como producto, como resultado, está, pues, exento de ideología; es, si se quiere, frío, inodoro e insípido. Pero todo científico tiene, como ser humano, una ideología. Y ningún científico puede evitar en algún momento de su trabajo la colisión entre sus creencias y la ciencia que elabora o manipula. No hace falta profundizar demasiado en la cuestión para percatarse de que la misión de los tres principios del método científico consiste precisamente en ahuyentar perturbaciones ideológicas. La mente del científico se excluye a sí misma durante el propio proceso de investigación, pero no esquiva las interferencias ideológicas en dos importantes fases de su trabajo: al principio, cuando encara la formulación de sus preguntas, y al final, cuando analiza e interpreta las respuestas obtenidas. El científico se obliga a sí mismo a ser realista, determinista y dialéctico, por método, por oficio, pero esto no quiere decir que su visión del mundo contenga tales ingredientes. Más aún, en ocasiones debe admitir que los objetos que describe exhiben propiedades contrarias. ¡El objeto se opone al método! Pero incluso en estos casos el científico se aferra con fuerza a su método y retrocede todo lo que sea necesario para poder aplicarlo de nuevo. Si, por ejemplo, un suceso parece aleatorio, inventa la noción de probabilidad e intenta encontrar una ecuación determinista que utilice tal magnitud como variable. La física cuántica nos muestra una naturaleza con falta (entre otras cosas) de realismo y determinismo, pero realistas y deterministas son sus ecuaciones. La heterodoxia en esta disciplina tiene su origen en la ideología que se destila del propio método científico. Y la existencia de esta heterodoxia (llegue o no llegue a triunfar un día) ha hecho ya correr ríos de literatura científica, ha propuesto ya experimentos. La ideología, por tanto, influye en la investigación durante su fase de planteamiento. Supongamos ahora que cierta teoría (sugerida quizás en origen por cierta ideología) es elaborada científicamente, como debe ser, sin ideología. Decir que tal teoría no puede favorecer, a su vez, cierta ideología se parece más a un deseo o a un consejo que a la realidad. En la intimidad, el salto de lo epistemológico a lo ontológico es inevitable. La física cuántica dice: “El observador no puede saber…”. El salto consiste en que cierto científico (por ejemplo, Richard Feynman) añada: “… ni tampoco la propia naturaleza”. Es la transición del azar de la ignorancia al azar absoluto. ¿Por qué no? Las creencias no son el producto de conclusiones, sino, en todo caso, de estímulos. Cuando hablamos del determinismo del mundo (todo está escrito, incluso las páginas aparentemente en blanco) parece como si el peso de la demostración deba recaer sobre los indeterministas, sobre aquellos que conceden un margen de contingencia a la naturaleza. La razón está probablemente en las raíces de los grandes monoteísmos occidentales y en el propio método científico. Sin embargo, la ideología de un científico no es independiente de la disciplina en la que trabaja. La disciplina «marca» ideología. No se suelen hacer encuestas ideológicas entre científicos, pero creo que puede afirmarse que un observador de los planetas tiende a ser más determinista que un estudioso de la evolución biológica. Las ideologías son sensibles a los estímulos científicos. Luego las ideologías pueden debatirse discutiendo sus respectivos estímulos científicos. Si las ideologías no se discuten es porque los científicos que discuten entre sí son, cada día más, de una misma disciplina. Éste es el sentido de la convocatoria de Figueres: pensadores provenientes de diferentes disciplinas debaten sus ciencias y creencias ante una audiencia que procede de distintas áreas del conocimiento. La intención es conseguir un fuego cruzado de estímulos sobre una cuestión a la que ningún científico, ningún pensador, ningún artista, ningún ser humano puede sustraerse: el determinismo (o indeterminismo) del mundo (o del conocimiento del mundo).
  El segundo principio del método científico nos invita a una actitud determinista. La idea es seductora si nuestra voluntad es la investigación, pero puede entrar en conflicto con nuestra creencia. A cada uno le toca, en la intimidad, sufrir o consolarse con su propia visión del mundo. Entre el determinismo duro (todo estado del universo es consecuencia necesaria de cualquier otro, todo lo que acontece —en el pasado o en el futuro— está escrito en alguna parte) y su negación (existe el azar, no todo lo que ocurre es necesario, tiene causa u obedece a una ley), la inteligencia busca una posición en la que acomodar sus creencias, digamos, humanistas (la libertad, la creatividad artística e intelectual, la responsabilidad, la ética…). La inteligencia se enreda en un espinoso barullo de preguntas: ¿qué es el azar? ¿Un producto de nuestra ignorancia o un derecho intrínseco de la naturaleza? Si el azar es ignorancia, ¿qué sentido tiene decir que en la evolución del mundo interviene el despiste de un eventual observador? Es el azar ontológico (el Azar) y el azar epistemológico (el azar). Ornar Kayyam, por ejemplo, experimentaba amargura con la conclusión determinista:
Proceso al azar (Metatemas): Amazon.es: AA. VV.: Libros 
     “La vida es tan sólo un tablero cuyos cuadros blancos
       son los días y los negros las noches
       con el que el Hado se divierte con los humanos.
      Como si fueran piezas de ajedrez nos mueve a su antojo.
      Y con penas humanas da sus jaques mate.
      Terminado el juego nos saca del encasillado
       para arrojarnos, uno tras otro, en el cajón de la nada”.
 
   Para otros, en cambio, la misma visión determinista del mundo supone la garantía de la verdadera libertad, paz interior, incluso el más alto sentido de la creatividad artística e intelectual. Es el citadísimo caso de Einstein que extraía un gran consuelo del determinismo. Ésta es una frase de la carta de condolencia que Einstein escribiera a la viuda de su íntimo amigo Michele Besso:
 Michele se me ha adelantado en abandonar este extraño mundo. No tiene importancia. Para nosotros, físicos convencidos, la distinción entre pasado y futuro es una ilusión, aunque sea una ilusión tenaz”.
 Para Einstein, que moriría sólo tres semanas después de escribir estas líneas, las crueldades más absurdas se disolvían con su concepción determinista del mundo. Muchos artistas y escritores presumen también de determinismo: “Mi novela se escribe sola, tal cuadro, tal escultura tiene su propia dinámica, obedece a sus propias leyes, algo guía mi mano”. “Yo no busco, encuentro”, decía Picasso.
   En definitiva, distintos estímulos científicos favorecen actitudes distintas frente a la concepción del mundo, y una misma concepción del mundo puede producir muy diferentes inquietudes existenciales en el alma humana. He aquí, pues, la relación entre las reglas del juego en Figueres (los estímulos científicos de cada uno) y las reglas de juego del mundo (las leyes que producen tales estímulos y su interpretación). La ciencia es, en este caso, el anfitrión para prender la mecha de un diálogo: Peter T. Landsberg, por su protagonismo en tantos frentes de la ciencia actual, mecánica estadística, biofísica, pensamiento científico; Günther Ludwig, por su labor de fundamentación en la física cuántica; René Thom, creador de la teoría de las catástrofes, por su influencia en la evolución de las matemáticas; Evry Schatzman, por su penetración en la astrofísica y la cosmología; Ramón Margalef, por su contribución a las nuevas ideas en ecología y biología; e Ilya Prigogine, animador del concepto de autoorganización como paradigma interdisciplinar de la complejidad, por la teoría de los procesos irreversibles. Están, pues, representados el mundo abstracto, el imperceptible por pequeño, el imperceptible por grande y el imperceptible por complejo. En la historia del conocimiento existen momentos luminosos en los que el intercambio de estímulos se da espontáneamente. Ello era natural en Grecia, se dio durante el Renacimiento italiano, y basta abrir mentalmente la puerta de una cafetería de Viena de ciertos años de este siglo para encontrar el mismo fenómeno. En Figueres se intenta la experiencia de forzar esta clase de espontaneidad en un escenario que no en vano es la casa de Salvador Dalí. El intercambio de conocimientos es más difícil que el intercambio de estímulos porque, al fin y al cabo, uno no se alimenta sólo de lo que comprende profundamente. Es ésta, pues, una convocatoria para remover las investigaciones y las ideologías, las ciencias y las creencias, en torno al concepto del azar. No hay duda de que el marxismo contiene más ideología que el psicoanálisis; que el psicoanálisis contiene más ideología que la física atómica y que la física atómica contiene más ideología que la topología algebraica. No hay duda de que todas estas raciones de ideología tienen sus estímulos científicos. Por ello, las reglas del juego de Figueres se inventaron para que, sobre todo, circulara el aire fresco de los estímulos científicos bajo la cúpula geodésica del Teatro-Museo. Y así ocurrió, en una atmósfera polícroma y expectante, los días uno y dos de noviembre de mil novecientos ochenta y cinco. Cada uno se fue a su casa con su particular dosis de estímulos y acaso algún estímulo, en algún dominio, fructifique sin conciencia clara del momento y lugar de fecundación. El conocimiento elaborado olvida con frecuencia sus estímulos iniciales. No es grave. El conocimiento se nutre de la invención de reglas de juego para el mundo y también de reglas de juego para que los pensadores se encuentren en un mismo punto y se exciten con su mutua presencia. Este texto es el testimonio de uno de ellos.
   Mayo de 1986.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1986, pp. 10-18. ISBN: 978-84-7223457-4.]

jueves, 10 de diciembre de 2020

La vida en minúscula.-Alfred Polgar (1873-1955)

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Discurso, por desgracia nunca pronunciado, ante la tumba de las víctimas

  «Hablo con vosotros, los muertos; sin embargo, al decir "vosotros" estoy ya tergiversando, hago juegos de manos, me interno en una niebla retórica, en unas tinieblas propicias a toda clase de rumores. Porque ¿en quién estoy pensando cuando digo "vosotros"? ¿Me refiero a los cadáveres que están en sus ataúdes, a los pulverulentos despojos que hay en las urnas, cosas, por tanto, objetos a los que no cuadra (si no es en los cuentos) ni el "tú" ni tampoco el "yo"? ¿O me refiero, al decir "vosotros", a lo que fuisteis antes de convertiros en lo que sois ahora? Entonces mi "vosotros" sería también un engaño, aunque sólo fuera porque vosotros ya no sois en lo más mínimo aquello que fuisteis, sino algo completamente diferente: muertos; sólo por eso os dedico mi solemne discurso.
 Permitidme, con todo, os lo ruego, este hipotético "vosotros", pues de lo contrario mi discurso no conseguiría tomar alas y, por otra parte, ya sabéis que es la costumbre invocar a los muertos mientras se les entierra, es decir, cuando se hallan ya a varias eternidades de distancia, como si estuvieran aún a nuestro lado, como si estuvieran poniendo aún el pie en la barca de Caronte y pudieran todavía prestar oído a nuestro lacrimoso "¡buen viaje!" y contemplar el húmedo pañuelo con el que les decimos adiós. (Yo he llegado a oír como alguien despedía con un Leb wohl!* a un muerto al que iban a bajar a la fosa, lo que sonaba casi como si le aconsejaran tranquilidad y buenos alimentos).
 Me permito, pues, la mentira de decir "vosotros". Será sin embargo la única mentira de la que se pueda acusar a mi oración: lo que sigue es la pura verdad, despiadada, imperturbable, no traicionada por las lágrimas, la que sólo se puede decir hablando con los muertos, con un auditorio que no oye nada. Dicho esto, no puedo dejar de manifestaros que fuisteis unos locos consumados al sacrificaros por una "causa", que cometisteis una estupidez ilimitada, atroz, realmente merecedora de la muerte, al deshaceros de la vida en nombre precisamente de aquello que la hacía, en vuestra opinión, digna de ser vivida, cuando, para salvar el contenido, hicisteis pedazos, insensatos, el recipiente que lo protegía. Exhorto, pues, como los demás oradores y sin embargo de otro modo, a vuestros hermanos a que tomen ejemplo de vosotros. Disuasorio. Al morir por ella, habéis causado un daño irreparable  a la "Idea" por la que vivisteis; vuestra muerte, en el mejor de los casos, le ha servido de adorno, de patético atavío, mientras que vuestra vida le servía de fuerza motriz, de piedra basilar, de espíritu, de manos que construyen, de voluntad y de pasión. Vuestra muerte hace avanzar la causa por la que habéis muerto, afirman los pregoneros de vuestra Iglesia, pues, en su opinión, quien quiera contribuir a redimir a la humanidad ha de estar dispuesto a sacrificar su vida ante tal empresa. Puede ser (dejando aparte que cada redención de la humanidad se limita a dejarla en un estado que requiere a u vez una nueva redención y, así de nuevo, en una espiral infinita). Puede ser. Pero sacrificar la vida a una empresa, lo que significa es, bien entendido, dedicarle todas las energías y posibilidades de las que esa vida dispone, y no, como habéis hecho vosotros, arrebatársela radicalmente. ¿O acaso creéis de verdad que vuestra vida significa algo grandioso para la idea por la que vivíais? ¡Qué aires delirantes de Redentor, qué sobrevaloración megalómana de vuestro ya-no-estar, qué puerilidad tomar en serio el patetismo retórico con el que los supervivientes revisten vuestra muerte para no tener que reconocerla en toda su crasa insensatez! A los que celebran que hayáis muerto por la causa, ¿de dónde les viene el valor de hablar así? De la certeza de que ya no podéis oír lo que dicen. Si les faltara esa certeza, se cuidarían de mantener la boca cerrada y de agazaparse, muertos de miedo, en el corro más denso de los vivos. Venid, si es que algo terrenal os puede preocupar todavía, volved dentro de poco de la nada en la que os habéis precipitado y comprobad los resultados de vuestro heroico sacrificio. Preguntad a los que estuvieron más lejos de vosotros qué ha sido de la perpetua memoria que os fue prometida: con periódicos viejos habrán de refrescar la suya aquéllos que juraron no dejaros caer en el olvido. Preguntad a los que estuvieron más cerca de vosotros si la idea sublime por las que los dejasteis ha restado amargura a una sola de sus lágrimas. Me temo que habréis de oír a esposa e hijos maldecir la causa por la que derramasteis vuestra sangre. Volved al cabo de los años y buscad los templos sobre cuyos altares os dejasteis inmolar. No encontraréis sino ruinas pintorescas, depuestos ya los dioses, reducidos los sacros rituales a números de archivo, testimonio de los errores e insanos desvaríos de tiempos ya pasados.
 Yo no sé en aras de qué causa, partido, deber o idea habéis muerto. Supongo que aquello en cuyo dudoso interés os dejasteis masacrar debe de haber sido algo muy alto y muy hermoso, Pero eso no cambia en nada lo absurdo de vuestra acción. Como os faltaba luz en esta tierra efímera, os habéis precipitado en la interminable oscuridad. Para perfeccionar el mundo en el que respirabais, un mundo que existía, sin embargo, sólo en vosotros y a través de vosotros (pues el mundo es una función, una ficción del yo, y con la destrucción de cada yo es el mundo entero el que se destruye), lo habéis aniquilado enteramente. Por enaltecer la vida os habéis pasado a la muerte, su enemigo primordial.
 Vuestros correligionarios os tranquilizan diciendo que vuestra muerte no habrá sido en vano y se tranquilizan a sí mismos con el argumento de que sin víctimas la humanidad no progresa. Tal vez sea cierto. Lo que yo creo es, sin embargo, que sólo habremos llegado a una fase realmente superior de desarrollo cuando los combatientes se avergüencen de los compañeros inmolados en vez de enorgullecerse de ellos, cuando se depositen coronas en las tumbas porque nadie yace en ellas y cuando el culto a los caídos se sustituya por el culto a las tumbas vacías.
[…]

Muchacha de dieciséis años

 Una muchacha de dieciséis años se ha ahorcado en la cárcel.
 Había ido a la policía a pedir un "certificado sanitario", de los que necesitan las jóvenes para obtener el permiso y ofrecer libremente en la calle la alegría del sexo que esconden sus cuerpos. Las autoridades no consienten el comercio ambulante descontrolado. La venta al por menor de ungüentos, libretas, sexo, cordones de zapatos y otras naderías que precisamos en nuestra vida cotidiana está sujeta a licencia.
 Una muchacha superficial no se habría preocupado demasiado de las prescripciones. Pero Anna era una persona respetuosa con la policía, que sabía lo que es la ley. Así que se fue a visitar a papá Estado y le pidió el permiso.
Resultado de imagen de alfred polgar la vid a minuscula A los dieciséis años, a las muchachas de aquí no les dan el certificado sanitario. A los catorce pueden trabajar en las fábricas, a los diecisiete obtienen el derecho a la prostitución, a los veinte al voto.
 El hombre de la policía al que se había presentado Anna estaba obligado a decirle que no. Pero al ver que estaba tan acongojada y que se iba tan triste, se compadeció de la chiquita y la llamó para que volviera. La encerró en una celda en la que, además de chinches, había tres muchachas perdidas que se habían apartado con ligereza de la recta vía que las conducía a su inexorable destino de criadas o encargadas de los servicios.
 ¿Qué se puede hacer con una joven que ni es virtuosa ni tiene la edad legal para no serlo?
  ¿No hay que ser bondadoso con ella y decirle cosas amables, darle buenos consejos y mostrarle dónde está el hueco que dejó abierto el Hijo del Carpintero para que pudiera penetrar la luz hasta las más profundas tinieblas?
 Los huecos a los que el policía encamina a los atribulados y oprimidos no son de ese tipo.
 Lo sabemos por la biología: no existe vida sin células. Y lo mismo vale para el organismo social. Su existencia está ligada a la de la celda y la celda lo sostiene y consolida.
 En la cárcel reinan la paz y el silencio. Las paredes que la circundan no dejan pasar la voz de la tentación. Al abrigo estás, polillita, de los mortales halagos de la luz, sea del sol o de las bombillas. El solícito guardián te trae comida y bebida, que no tientan a tu tierno cuerpecillo, las horas van pasando en silencio y el ángel del recogimiento envuelve tu alma con sus alas protectoras y la convida a un suave refrigerio.
 A pesar de todo, Anna no estaba contenta.
 Le parecía una traición que la hubiesen detenido, una agresión contra ella, tan indefensa y confiada. Había acudido a cumplir con un deber que estipula la ley -legibus obsequimur- y ahora la castigaban por hacerlo. Había confiado su libertad a la protección de la superioridad... y la superioridad le había robado la libertad. Le pareció un engaño monstruoso. El orden moral del mundo, en el que creía estar integrada, se derrumbó con estrépito. Yo diría que eso fue lo que la llevó a suicidarse, y no el miedo al correccional y a sus métodos expeditivos y brutales para lograr que todos los ánimos entren en razón. No fue capaz de superar la felonía de la que había sido víctima. Se le hundió la ley bajo los pies, como si se hubiera abierto una trampa, y allí en el fondo, privada de la luz, poseídos por las tinieblas el tiempo y el espacio, se disolvió también la frontera entre la muerte y la vida.
 Le faltó la tierra bajo los pies y, como nadie puede vivir sin un punto de apoyo, se ahorcó en el marco de la ventana.»
 
 *Literalmente, "que vivas bien". (N. del T.)
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2005, en traducción de Manuel Lobo Serra, pp. 47-50 y 105-107. ISBN: 84-96489-05-1.]
 

viernes, 3 de julio de 2020

La consolación de la filosofía.- Severino Boecio (480-524/525)

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Libro V: La omnisciencia providente de Dios y la libertad de la voluntad humana son compatibles
Prosa tercera

    «1.-"Pues bien -dije-, ahora surge otra dificultad mayor".
 2.-"¿Cuál? Porque conjeturo ya lo que te inquieta".
 3.-"Me parece que hay absoluta oposición y repugnancia entre la presciencia universal de Dios y la existencia del libre albedrío.
 4.-Porque si Dios todo lo prevé sin que pueda equivocarse, necesariamente ha de verificarse lo que la Providencia ha previsto.
 5.-Luego si desde toda la eternidad conoce no solamente los actos sino también los propósitos y la voluntad de los hombres, no existe el libre albedrío, puesto que no se verificarán más que los actos y propósitos conocidos por la infalible presciencia de Dios.
 6.-Si los acontecimientos pudieran seguir una ruta diferente de la prevista, la presciencia del futuro no sería firme, sino más bien una conjetura incierta; y parece cosa impía atribuir esto a la divinidad.
 7.-Por otra parte me resulta del todo inaceptable la serie de razonamientos con que algunos pretenden soltar el nudo de la cuestión.
 8.-Dicen que si se producen determinados acontecimientos, no es porque hayan sido previstos por la Providencia, sino al contrario, por cuanto se habían de verificar, no pudieron evadirse de la infinita mirada de Dios. Con lo cual no hacen sino invertir la cuestión, sin por eso resolverla.
 9.-Porque lo necesario es que no suceda lo previsto sino que se prevea aquello que ha de suceder; como tratando de averiguar si la presciencia es la causa de que necesariamente ocurra un acaecimiento o a la inversa, si esta necesidad es la causa de la presciencia. Pero lo que importa demostrar es que cualquiera que sea el orden de las causas, forzosamente los acontecimientos cumplen lo previsto, aun cuando esta previsión  o presciencia no implique la necesidad de que aquéllos se verifiquen.
 10.-Por ejemplo: si una persona está sentada, el juicio que esto afirma es necesariamente cierto; y recíprocamente, si es cierto el juicio que afirma que está sentada tal persona, necesariamente aquella persona sentada está.
 11.-Existe, pues, una necesidad en los dos casos: en el segundo, la necesidad de que esté sentada, y en el primero la necesidad de que sea verdadero el juicio que tal cosa afirma.
 12.-Pero si uno está sentado, ello no se cumple porque sea cierto el juicio que lo declara; al contrario, este juicio es verdadero porque antes de él se ha dado el hecho de que alguien estuviera sentado.
 13.-De suerte que aun cuando la verdad procede de causa exterior, en los dos casos existe igual necesidad.
 14.-De análoga manera podemos razonar acerca de la Providencia y de los acontecimientos futuros; pues aun cuando sean previstos porque tienen que suceder, sin ser cierto que sucedan por haber sido previstos, sin embargo, por parte de la Providencia es de toda necesidad que lo que haya de suceder sea previsto y que todo lo previsto se verifique: con lo cual desaparece el libre albedrío humano.
 15.-Ahora bien, sería cosa absurda el afirmar que el desarrollo de los acontecimientos en el tiempo sea la causa de la presciencia divina.
 16.-Creer que Dios prevé las cosas futuras porque han de suceder, equivale a suponer que los hechos pasados son la causa de esta suprema Providencia.
 17.-Por lo demás, si yo sé con certeza que una cosa existe, es necesario que exista; e igualmente si con certeza sé que ha de existir, necesariamente un día u otro existirá: es decir, que es infalible la realización de una cosa prevista.
 18.-Por último, si uno se representa una cosa diferentemente de como es, no sólo tiene conocimiento de ella, sino que su idea es falsa, en un todo opuesta a la verdad del conocimiento.
 19.-Por consiguiente, si debe darse un hecho sin que su realización sea cierta y necesaria, ¿cómo puede preverse su cumplimiento?
LA CONSOLACIÓN DE LA FILOSOFÍA de Boecio: Bueno | Librovicios 20.-Pues así como el conocimiento verdadero excluye el error, de igual manera lo que mediante aquél se sabe no puede meno de existir tal y como se conoció.
 21.-Si la ciencia no conoce la mentira, es porque necesariamente las cosas son como aquélla se las representa.
 22.-¿Y cómo puede Dios prever los futuros inciertos?
 23.-Si juzga inevitable la realización de hechos que pueden no producirse, se equivoca; y es cosa impía no sólo el pensar sino aun decir tal cosa.
 24.-Y si juzga de los hechos como son en sí, es decir, que lo mismo pueden verificarse que no verificarse, ¿a qué se reduce la divina presciencia que nada sabe seguro ni firme?
 25.-En tal caso, ¿en qué se diferencia de aquel ridículo oráculo de Tiresias: 'Cuanto yo dijere, sucederá o no sucederá'?
 26.-¿En qué sería superior la Providencia a la opinión humana, si juzgaba como inciertos los acontecimientos cuya realización no es segura?
 27.-Por lo tanto, si en esta fuente universal del conocimiento en la que todo es certidumbre, nada puede haber incierto, es segura la realización de los hechos que la Providencia prevé como ciertos.
 28.-Luego, ni en los actos ni el propósito humano existe verdadera libertad, puesto que la inteligencia divina que todo lo prevé infaliblemente los encadena y relaciona entre sí de tal modo que necesariamente los conduce a un fin determinado.
 29.-Admitida esta doctrina, desplómase el edificio levantado por los hombres, como es fácil de ver.
 30.-Inútil será prometer recompensas a los buenos ni amenazar con castigos a los malos, ya que no merecieron una cosa ni otra por no ser libres y voluntarios lo movimientos del alma.
 31.-Se verá ser la máxima injusticia lo que hoy se considera la suma equidad, a saber, el castigar a los malos y premiar a los buenos: porque no lleva a los hombres al bien o al mal la propia voluntad, sino la invencible necesidad de lo que fatalmente tiene que suceder.
 32.-No habría ni virtudes ni vicios, sino desordenada e informe confusion de merecimientos. Más diré: si el orden universal procede de la Providencia, si la voluntad humana carece de toda facultad de elección, ¡oh pensamiento impío!, hasta nuestros mismos vicios tendrán por principio al autor de todo bien.
 33.-No habrá, pues, motivo alguno que nos induzca a esperar o a pedir mediante la oración. Porque ¿qué se puede esperar ni qué cabe suplicar si todo lo apetecible está sujeto a leyes inflexibles?
 34.-Con lo cual quedan suprimidos los únicos lazos que unen al hombre con Dios, la esperanza y la oración. Creemos, en efecto, que por el mérito de una humildad justa nos granjeamos el incomparable favor del beneplácito divino; y éste es el único medio de hablar con Dios y de unirnos, mediante la adoración, a su luz inaccesible, aun antes de poseerla".»
     
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Sarpe, 1984, en traducción de Pablo Masa. ISBN: 84-7291-692-8.]

jueves, 5 de marzo de 2020

Las profecías.- Michel Nostradamus (1503-1566)


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Prefacio. A César Nostradamus, vida y felicidad

«[…] Considerando también que las aventuras aquí definidas no están determinadas; y que todo es regido y gobernado por el poder inconmensurable de Dios, que nos inspira, no con la embriaguez, ni con los movimientos del delirio sino por afirmaciones astronómicas: han hecho predicciones animadas por la única voluntad divina y, particularmente, por el espíritu de profecía. Cuántas veces, desde hace mucho tiempo, en varias ocasiones, he predicho con mucha antelación lo que después ha sucedido, y ello en regiones particulares, atribuyéndolo todo a la acción de la virtud y la inspiración divina, así como otras aventuras felices o desgraciadas anunciadas por adelantado, en su acelerada instantaneidad, que han sucedido en diversas latitudes del mundo. Pero he querido callarme y abandonar mi obra a causa de la injusticia, no sólo de los tiempos actuales sino también de la mayor parte de los tiempos futuros; no he querido ponerlo por escrito porque los gobiernos, las sectas y los países sufrirán cambios tan opuestos, incluso diametralmente opuestos a los del presente, que si yo intentara contar lo que será el porvenir, los hombres de gobierno, de secta y de religión y convicciones, lo hallarían tan poco acorde a sus fantasiosos oídos, que serían llevados a condenar lo que podrá verse y reconocerse en los siglos por venir. Considerando también la sentencia del verdadero salvador: No deis a los perros lo que es sagrado y no arrojéis las perlas a los cerdos, por temor a que las pisoteen y se vuelvan luego contra vosotros. Razón por la cual he escondido mi lenguaje a la gente popular y he retirado mi pluma del papel, luego he querido extender mi declaración con respecto a la llegada de lo común, por medio de frases ocultas y enigmáticas con respecto a las causas por venir, incluso las más próximas, y aquellas que he percibido, aunque se produzca algún cambio humano, no escandalizarán a los oídos frágiles, pues todo ha sido escrito en forma nebulosa, más que cualquier profecía; hasta el punto de que eso ha sido ocultado a los sabios, a los prudentes y a los reyes, y revelado a los pequeños y a los humildes y, por la mediación de Dios inmortal, a los profetas que han recibido el espíritu de vaticinio, por el que ven las cosas lejanas y consiguen prever los acontecimientos futuros: pues nada puede realizarse sin él; tan grande es el poder y la bondad para los sujetos a quienes han sido entregados que, mientras meditan en ellos mismos, eso sujetos son sometidos a otros efectos que tienen como origen el buen espíritu; ese calor y ese poder vaticinador se acercan a nosotros: como lo hacen los rayos del sol que ejercen su influencia en los cuerpos simples y compuestos. Por lo que se refiere a nosotros, que somos humanos, nada podemos por nuestro conocimiento natural y nuestra inclinación de espíritu, para conocer los secretos ocultos de Dios el Creador. Porque no nos toca conocer el tiempo ni el momento, etc. Hasta el punto de que personajes por venir pueden ser vistos ya ahora, porque Dios el Creador ha querido revelarlos por medio de imágenes impresas, con algunos secretos del porvenir, de acuerdo con la astrología estimativa, como los del pasado, por cierto poder y facultad queridos eran dados por ellos, como la llama aparece del fuego, que, inspirándoselos, le llevaba a juzgar las inspiraciones divinas y humanas. Pues Dios viene a terminar las obras divinas que son todas absolutas: la mediana que está entre Ángeles, la tercera los malvados. Pero, hijo mío, te hablo aquí de un modo excesivamente oculto. Pero en cuanto a los vaticinios ocultos que se reciben del espíritu sutil del fuego, que excita la comprensión contemplando el más elevado de los astros, como en estado de vigilia, al igual que por publicaciones, estando sorprendido de publicar escritos sin temor a ser alcanzado por una impudente locuacidad: pero porque todo procedía del poder divino del gran Dios eterno de quien procede toda bondad. Además, hijo mío, yo no he insertado aquí el nombre de profeta, no quiero atribuirme un título tan sublime en el tiempo presente pues, quien hoy se llama profeta, antaño era llamado vidente; pues profeta, hablando con propiedad, hijo mío, es el que ve las cosas lejanas por medio del conocimiento natural de toda criatura.
Resultado de imagen de las profecias nostradamus barcanova Y puede suceder que el profeta, por medio de la luz perfecta de la profecía, haga aparecer, de modo manifiesto, cosas divinas y humanas, porque eso no puede hacerse de otro modo, dado que los efectos de la predicción futura se extienden muy lejos en el tiempo. Pues los secretos de Dios son incomprensibles y la virtud causal toca la larga extensión del conocimiento natural, tomando su más inmediato origen en el libre arbitrio, hace aparecer las causas que por ellas mismas no pueden hacer adquirir estos conocimientos para ser revelados, ni por las interpretaciones de los hombres ni por otro modo de conocimiento o ciencia oculta bajo la bóveda celeste, desde el momento presente hasta la total eternidad que comprende la globalidad del tiempo. Por medio de esta indivisible eternidad, por una poderosa agitación epileptiforme, las causas son conocidas por el movimiento del ciclo. No digo yo, hijo mío, para que lo comprendas bien, que el conocimiento de esta materia no pueda imprimirse todavía en tu débil cerebro, a saber que las causas futuras muy lejanas no se hallen al alcance del conocimiento de la criatura racional, si estas causas son llevadas sin embargo al conocimiento de la criatura de alma intelectual, cosas presentes y lejanas no le son ni demasiado ocultas ni demasiado reveladas; pero el perfecto conocimiento de estas causas no puede adquirirse sin la inspiración divina; visto que toda inspiración profética extrae su principal origen de la emoción de Dios el Creador, y luego de la suerte y de la naturaleza. Porque las causas indiferentes son producidas y no producidas indiferentemente, el presagio se realiza en parte tal como fue predicho. Pues la comprensión creada por la inteligencia no puede adquirirse de modo oculto sino por la voz hecha con la ayuda del zodíaco, por medio de la llamita en la que se desvelarán una parte de las causas futuras. Y también, hijo mío, te suplico que jamás emplees tu entendimiento en tales ensoñaciones y vanidades que desecan el cuerpo y acarrean la perdición del alma, turbando nuestro débil sentido, y sobre todo en la vanidad de la más que execrable magia reprobada antaño por las escrituras sagradas y los divinos Cánones, al inicio de los cuales se efectúa el juicio de la Astrología estimativa: por medio de la cual, con el socorro de la inspiración y de la revelación divina, por continuas suputaciones, he redactado por escrito mis profecías.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Barcanova, 1982, en edición de Jean-Charles de Fontbrune y traducción de Manuel Serrat Crespo. ISBN: 84-85923-97-9.]