martes, 27 de noviembre de 2018

Escritos sobre música.- Robert Fludd (1574-1637)


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De la práctica de la música compuesta del alma
Capítulo IV: De las potencias racional, irascible y concupiscente del alma y de su mutua harmonía

«Explicadas en el capítulo precedente las cinco fuerzas del alma, a saber: sentido, imaginación, razón, intelecto e inteligencia, así como la harmonía práctica de ellas, me ceñiré ahora a la sinfonía práctica  de las tres potencias del alma, o sea: de la racionalidad, de la concupiscencia y de la irascibilidad. Y aunque a algunos les parecerá que no hay ninguna diferencia entre las fuerzas y las potencias, lo veremos, sin embargo, de hecho. Se ha explicado claramente más arriba que le hombre fue formado de dos substancias, a saber: del alma con la razón y del cuerpo con sus sentidos, a los que, sin embargo, no mueve la carne sin ayuda del alma; ésta, pues, posee su facultad de raciocinio sin la carne, puesto que es racional, concupiscente e irascible, potencias que obtuvo antes de mezclarse con el cuerpo ya que son connaturales a ella hasta el punto de no ser otra cosa que el alma misma, pues toda substancia del alma se encuentra plena y perfecta en estas tres, o sea: en la racionalidad, concupiscencia e irascibilidad, como en una cierta trinidad suya; y esta trinidad es la unidad del alma y el alma misma. Se diferencia, sin embargo, de Dios en que Él es todas las cosas; el alma, en cambio, sólo las suyas propias y éstas son, ciertamente, todas naturales. Por esta razón, toda esencia del ánimo está contenida en estas potencias y, sin embargo, no se divide en partes, puesto que es simple y única. Si algunas veces, en cambio, se dice que tiene partes, se ha de entender esto más bien en razón de la similitud que en lo que se refiere a la realidad de su composición. El alma es, pues, una substancia simple y la razón no es otra cosa ni está menos en dicha substancia que el alma; pero una y la misma substancia, según las distintas potencias, obtiene distintos vocablos.
 Por medio de la primera potencia, a saber: la racionalidad, el alma es capaz de ser iluminada para conocer alguna cosa bajo ella, sobre ella o junto a ella, como antes fue dicho. Conoce, por tanto, a Dios sobre sí, a los ángeles junto a sí y todo lo que se contiene en el ámbito del cielo, bajo sí. Por la concupiscencia puede amar y apetecer las cosas y por la irascibilidad, evitar algo y perseguirlo con odio. De lo cual se deduce que todo sentido nace de la racionalidad y toda pasión de las otras dos. Llamamos razón a la manifestación del alma gracias a la cual ve lo verdadero por sí misma y raciocinio, en cambio, a la indagación de la razón. Por este motivo, el alma necesita de la razón para ver y la razón necesita del raciocinio para investigar. Se observa que la pasión, que nace de las otras dos potencias del alma, es cuatripartita, o sea: de la concupiscencia nacen la alegría y la esperanza en tanto que nos regocijamos o esperamos regocijarnos con aquello que amamos; de la irascibilidad, el dolor y el temor, pues, nos dolemos o tememos dolernos de aquello que odiamos. Por tanto, estas cuatro pasiones del alma son como unos ciertos principios y materia común de todos los vicios y virtudes. Y puesto que la virtud es el hábito de la mente bien dispuesta, dichas pasiones se deben disponer, instituir y ordenar hacia lo que deben y del modo que deben para poder producir las virtudes; de otro modo, caerían fácilmente en los vicios. Así pues, cuando el amor y el odio se disponen prudente, templada, fuerte y justamente, se convierten en virtudes, esto es: en prudencia, templanza, fortaleza y justicia, las cuales son como el origen y fundamento de todas las demás virtudes y todas ellas se erigen en el alma eficaz y virtuosamente. También, por el odio hacia el mundo y hacia sí, progresa el alma en el amor a Dios y al prójimo y por el desprecio de las cosas temporales e inferiores crece en el deseo de lo eterno y superior. De aquí, pues, se deduce evidentemente que la razón no es inmune al error a no ser que sea iluminada por la mente; por lo cual, sucede que las pasiones buenas de aquélla producidas por la iluminación de la mente se llaman virtudes y las malas, en cambio, que proceden de la falta de iluminación, vicios, pues la mente es iluminada siempre por Dios; sin embargo, no siempre ilumina. En efecto, hay en Dios una primera luz que está por encima de todo intelecto, razón por la cual no puede ser llamada luz inteligible; pero cuando es infundida por Dios con un resplandor inmediato, se dice inteligible porque puede ser comprendida. Más adelante, cuando se une a la razón pasando a través de la mente, se hace racional y puede no sólo ser comprendida, sino también ser pensada. Posteriormente, cuando se introduce por medio de la razón en la representación del alma, donde opera la fantasía o imaginación, se hace no sólo pensable y racional, sino también imaginable, aunque todavía no corpórea; cuando desde allí se va al vehículo etéreo del alma, se hace inmediatamente corpórea; sin embargo, no es sensible de modo manifiesto hasta que no haya entrado en un cuerpo formado de elementos, ya simple (aéreo), ya compuesto, donde la luz se hace claramente visible al ojo.
 Finalmente, en lo que atañe a la harmonía y a las consonancias, por las que estas potencias del alma o virtudes consonan entre sí, se ha de saber que se disponen de modo proporcional respectivamente, del siguiente modo: la proporción de la consonancia del diapason se halla entre la racionalidad y la concupiscencia; entre la razón y la irascibilidad se encuentra la proporción de la consonancia de diatessaron y, finalmente, entre la irascibilidad y la concupiscencia se observa la consonancia sesquiáltera o de diapente. Además, se ha de saber que, si la razón es iluminada por la mente, se encuentran en el hombre una harmonía y consonancia admirables, por cuya sinfonía se producen las virtudes, hijas de Dios; es más: el odio y la ira misma se convierten en buenos. Por el contrario, donde está ausente la iluminación de la razón se deforman las virtudes en vicios malignos del diablo y se sumerge todo en lo malo y en los errores.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1979, en traducción de Luis Robledo. ISBN: 84-276-0497-1.]
 

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