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domingo, 3 de mayo de 2026

Obras escogidas.- Carl Spitteler (1845-1924)


 Narraciones breves
Lissele

 «Lissele descendía de una de aquellas familias aprensivas que consideraban el colmo de la cordura humana acertar a sacar el hilo negro de todas las cosas para mostrárselo mutuamente y comentarlo con toda prolijidad.
 Todas las noches, en cuanto el reloj sonaba, la señora del doctor Fixle gritaba estremecida:
 -¿Es posible que ya sean las ocho?
 Y su marido, que se estaba quedando dormido sobre el periódico, respondía sobresaltado:
 -¿Por qué no? O estás soñando o no estás en tus cabales.
 Cuando comprobaron en la esfera del reloj la hora con una rápida mirada, ambos quedaron un momento tan serios y sus rostros reflejaron tal solemnidad que la pequeña Lissele contuvo el aliento y no se atrevió a pronunciar ni una palabra, llena de timidez y respeto.
 Les traía a mal traer que los días menguaran tan desagradablemente en el otoño y que crecieran tan bruscamente en primavera. Los días de fiesta se convertían en días de duelo por arte filosófica de la señora del doctor. En navidades solía decir:
 -Ya no es lo mismo que hace veinte años; la Nochebuena no se goza más que cuando se es niño.
 Y con estas reflexiones se acercaban a la ventana para mirar fijamente a lo lejos, llenos de melancolía.
 La noche de San Silvestre lloraban al año viejo tanto como a una tía moribunda; en cambio, saludaban al venidero con voz de Casandra:
 -¡Quién sabe lo que nos traerá!
 Lo peor era el día del cumpleaños de Lissele. Tenía ésta la mala costumbre de envejecer un año en cada nuevo aniversario; fácil es comprender el espanto de los sorprendidos padres. Desde que Lissele alcanzaba a recordar, su cumpleaños había suscitado siempre este comentario:
 -¿Te das cuenta, Lissele, lo vieja que eres? ¡Cuatro años!
 Y lo decían con tal voz como si Lissele hubiera alcanzado el cenit, como si hubieran encanecido ya sus cabellos y como si sus dientes blanquísimos, que la Naturaleza acababa de regalarle, hubieran desaparecido para siempre. Al año siguiente, fueron, como es natural, "¡cinco años!", que suscitaron serias reflexiones. Pero estas advertencias no dieron fruto; Lissele, convencida también de la descortesía de su raudo envejecer, no fue nunca joven.
 Y así en todo lo demás. En las raras excursiones y viajes veraniegos que hacían, el matrimonio Fixle no dejaba una aldea ni un arroyo sin antes haberse despedido de ellos, con la triste sospecha de hacerlo por última vez. Y si Lissele replicaba sonriendo que no era tan terrible desgracia no volver a pisar en Echlettstadt o en Kolmar, pues otras muchas ciudades habría y más hermosas, la replicaban diciendo:
 -¡Ríe, ríe, Lissele! ¡No reirás así cuando sepas lo que es la vida!
 Cuando el recuerdo del pasado y de la caducidad de la existencia dominaba a los buenos ancianos, surgía continuamente en su charla la palabra "vida", con la que querían designar el impreciso terror que el futuro les producía. "Vida" era para ellos la hostilidad de los hombres, la adversidad de los acontecimientos, la perfidia del destino, los cuidados, las preocupaciones y muchas otras cosas indefinidas; sí, hasta la muerte era "vida" para ellos. Todo lo que aquella palabra encerraba en sí producía en Lissele un respeto alegórico hacia la "vida", personificándola en su fantasía en la figura de un maestro invisible con una palmeta metafísica en la mano, dispuesto a vapulear a los mayores, como un profesor de caligrafía a los niños.
 A pesar de todos estos suspiros y lamentos y a pesar del vertiginoso envejecer de un cumpleaños a otro, Lissele estaba cada vez más fresca y hermosa y llegó a convertirse al fin en una señorita encantadora, cuyos graciosos hoyuelos en las mejillas inspiraron multitud de poemas a los señores oficiales, a los jóvenes empleados y a los dependientes de comercio; mas todo fue en vano, pues Lissele, como muchacha bien educada, entregaba todos aquellos mensajes incendiarios a su mamá sin leerlos, y ésta los conservaba muy bien guardados, como futuro arco de triunfo para el día de la boda.
 Cuando los homenajes amorosos crecieron en número, fue convocado un gran consejo de familia, cuyo acuerdo final consistió en que un primo de Lissele, el joven doctor Wäjele, de Strassburg, viniera a residir al pueblo del doctor Fixle, le atendiera la clientela de los caseríos y se sentara a la mesa con él tres veces por semana; la lengua de las gentes hizo lo demás y, antes de que el doctor Wäjele se percatara de ello, se vio hecho novio.
 Ahora, naturalmente, empezó a oír tantas advertencias sobre Lissele como elogios le hicieran antes de ella; debía reflexionar mucho sobre el particular; Lissele era un poco dominante y, si no andaba con cuidado, tendría que estar sumiso al padre y a la hija. Pero él no hacía mucho caso de aquellas admoniciones, pues los hoyitos risueños de sus mejillas decían todo lo contrario.
 Mas una mañana, estando escribiendo una receta en el despacho del viejo doctor, entró Lissele inopinadamente, se puso frente a él, le miró un momento con los tristes ojos muy abiertos en los que espejeaban las lágrimas, susurrando al fin:
 -¿Crees que seré una mala mujer para ti?
 Un beso fue la respuesta y, desde aquel momento, se amaron entrañablemente.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Promoción y Ediciones Club Internacional del Libro, 1990, pp. 237-239. ISBN: 84-7461-144-X.]

viernes, 12 de marzo de 2021

La muerte de Virgilio.- Hermann Broch (1886-1951)


Fuego - El descenso  
 
   «así en la activa tristeza,
 así se le revela al hombre la belleza,
 se le revela cerrada en sí misma, en
 el símbolo y el equilibrio,
 flotando hechicera en el lado de enfrente
 del yo que contempla la belleza y del mundo colmado de ella,
 cada uno de ambos en su espacio, cada uno de ambos limitado a sí mismo,
 cada uno encerrado en sí mismo en su propio equilibrio y por eso mismo ambos
 en equilibrio recíproco, por eso mismo en un espacio común;
 así se le revela al hombre
 cómo está cerrada en sí la bella terrenalidad,
 cómo está cerrado en sí el espacio sustentado por el tiempo, petrificado en el tiempo, extendido
 flotante, mágicamente bello, que ya no se renueva en pregunta alguna, ni se ensancha ya en ningún
 conocimiento,
 constante totalidad del espacio irrenovable e inensanchable, sostenida por el equilibrio de la belleza   que actúa en él; y esta totalidad cerrada en sí del espacio se revela en cada una de
 sus partes,
 en cada uno de sus puntos, como si cada uno fuera su límite más interno,
 se revela en cada una de las figuras, en cada cosa, en cada obra del hombre,
 símbolo en cada una de su propia espacialidad,
 como su límite más interno, donde cada esencia se anula a sí misma,
 el símbolo que anula el espacio, la belleza que anula el espacio, anulando el espacio
 por la unidad, que establece entre el límite más interno y el más externo,
 por lo cerrado en sí mismo de lo infinitamente limitado,
 la infinidad limitada, la tristeza del hombre;
 así se le revela la belleza, como un acontecer del límite, y el límite, el exterior como el interior,
 ya el del más lejano horizonte, ya el de un solo punto, está tendido entre lo infinito y lo finito
 en lo más alejado, a pesar de ello siguiendo siempre en lo terreno, siguiendo siempre
 en el tiempo terrenal; sí, él limita al tiempo y realiza su duración,
 su perduración basada en sí misma al límite del espacio,
 pero no anula el tiempo,
 es mero símbolo, terreno símbolo de la anulación del tiempo,
 mero símbolo de la anulación de la muerte, nunca ella misma,
 límite de lo humano, que todavía no ha alcanzado más allá de sí mismo,
 y en esta dirección también límite de lo in-humano;
 se revela al hombre el acontecer de la belleza como lo que es, como lo que es la belleza,
 como lo infinito en lo finito,
 como la terrena apariencia de infinito
 y por eso juego,
 como el juego de lo infinito del hombre terreno en su terrenalidad,
 como el juego simbólico en el extremo limite terreno, belleza; el juego en sí,
 el juego que el hombre juega con su propio símbolo y así,
 simbolizando —lo único posible— escapar a la angustia de la soledad,
 el bello engaño de sí mismo repetido de nuevo y de nuevo,
 la fuga hacia la belleza, el juego de la fuga;
 aquí se le revela al hombre la rigidez del mundo embellecido,
 su incapacidad de cualquier crecimiento, la limitación de su perfección,
 que sólo en la repetición se torna imperecedera y
 por esa aparente perfección debe ser buscado siempre de nuevo,
 se le revela el juego del arte que sirve a la belleza,
 su desesperación, su desesperado intento
 de crear lo imperecedero a partir del ser perecedero,
 de palabras, de sonidos, de piedras, de colores,
 para que el espacio figurado
 sobreviva a las edades
 como hito cargado de belleza para las razas venideras, arte
 que crea espacio en cada imagen,
 lo inmortal en el espacio, no en el hombre,
 y por eso sin crecimiento,
 ligado a la perfección sólo repetitiva, estancada, que nunca se alcanza a sí misma, tanto más
 desesperada cuanto más perfecta se torna,
 encarcelada en el eterno retorno a su punto de partida en sí misma,
 y por eso dura,
 dura contra el dolor humano, porque ya no le importa como ser perecedero, ya no como palabra,
 piedra, sonido o color,
 empleada para la búsqueda de la belleza, para el descubrimiento de la belleza
 en constante repetición;
 y se desvela al hombre la belleza como crueldad,
 como la creciente crueldad del juego desenfrenado que
 en el símbolo promete el goce de lo infinito,
 goce de la terrena infinidad aparente,
 goce sibarita que desprecia el conocimiento
 de la aparente infinitud terrena
 y por eso puede infligir sin reparo dolor y muerte,
 porque ocurre en el reino de la belleza exento de límites,
 ya sólo alcanzable para la mirada, ya sólo alcanzable para el tiempo, pero no para la condición
 humana y la humana obligación;
 así se le desvela al hombre la belleza como ley sin conocimiento,
 la abyección de una belleza que se ha fijado a sí misma como ley,
 por su propia voluntad
 encerrada en sí misma, irrenovable, inensanchable, indesarrollable,
 el goce como ley de juego de la belleza
 ansioso de goce, voluptuoso, impúdico, inmutable
 el juego impregnado de belleza y de belleza impregnante, que
 perdido él mismo en belleza
 transcurre en el límite de la realidad y,
 pasando el tiempo pero sin suprimirlo,
 sirviéndose de la casualidad pero sin dominarla,
 sin fin repetible, sin fin continuable y sin embargo
Resultado de imagen de la muerte de virgilio destinado de antemano a acabarse,
 porque sólo lo humano es divino;
 y así se desvela al hombre la ebriedad de la belleza
 como el juego perdido de antemano, perdido
 a pesar de lo imperecedero del equilibrio en que ocurre,
 a pesar de la necesidad en la que debe ser siempre repetido,
 perdido, porque lo inevitable de la repetición es también al mismo tiempo
 lo inevitable de la pérdida,
 ambas inexorablemente unidas
 la ebriedad de la repetición y la del juego,
 ambas sometidas a la duración,
 ambas crepusculares,
 sin crecimiento ambas, pero sí en creciente crueldad, mientras que el verdadero crecimiento,
 el crecimiento del saber del hombre que conoce
 se desarrolla en el tiempo sin límites de duración y libre de repetición,
 desarrollando el tiempo en eternidad, de modo que
 ella, consumiendo toda duración, con creciente realidad
 arranca y traspasa frontera tras frontera, la más interna como la más externa,
 abandonando a sus espaldas símbolo tras símbolo y aunque así tal vez
 no se destruya el último simbolismo de la belleza,
 intacta la necesidad de su última proporción,
 queda desenmascarado, no menos necesariamente, lo terreno de su juego;
 desenmascarada la insuficiencia del símbolo terreno,
 se descubre la tristeza y la desesperación de la belleza,
 descubierta la ebriedad de la belleza en su despertar,
 privado del conocimiento y perdido en la falta de conocimiento el yo desembriagado,
 su pobreza...»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2000, en versión de J.M. Ripalda sobre traducción de A. Gregori, pp. 54-57. ISBN: 84-206-4377-7.]
                                    

lunes, 23 de marzo de 2020

Cantos.- Giacomo Leopardi (1798-1837)

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XXI.- A Silvia

«¿Recuerdas, todavía, / Silvia, aquel tiempo de tu vida, cuando
brillaba la belleza / en tus ojos rientes, fugitivos,
y, alegre y pensativa, los umbrales / de juventud cruzabas?
 Sonaban las tranquilas / estancias, y las calles,
con tu perpetuo canto, / cuando al trabajo femenil atenta
te sentabas, alegre / del bello porvenir que imaginabas.
Era el mayo oloroso; y tú solías / transcurrir así el tiempo.
 Yo el agradable estudio / dejando a veces, y las arduas páginas,
donde mi edad primera / y lo mejor de mí se agotó en parte,
en los balcones del paterno albergue / de tu voz escuchaba el dulce acento
y el rumor de tu mano / que la penosa tela recorría.
Miraba el suave cielo, / los huertos y las sendas,
aquí el mar desde lejos y allá el monte. / Lengua mortal no puede
decir lo que sentía.
 ¡Qué pensamientos suaves, / qué dulces ilusiones, Silvia mía!
¡Cómo se nos mostraba / la vida y el destino!
Cuando me acuerdo de esperanza tanta, / me embarga un sentimiento
amargo y desolado, / y me vuelve a doler mi desventura.
¿Por qué, ¡oh naturaleza!, / no entregas todo aquello
que prometiste entonces? ¿Por qué tanto / engañas a tus hijos?
Antes que invierno el campo marchitase, / por oculta dolencia combatida,
morías, tierno amor. Y no pudiste / ver la flor de tus años;
no acarició tu pecho / dulces elogios a tu negro pelo
o miradas esquivas y amorosas, / ni en los días de fiesta tus amigas
de amor contigo hablaban.
 También moría entonces / mi esperanza dulcísima; a mi vida
también negó el destino / la juventud. ¡Ay, cómo,
cómo pasaste, amada / compañera de mis primeros años,
mi llorada esperanza!
 ¿Es éste el mismo mundo, / éstas las obras, el amor, y aquellos
sucesos de que juntos tanto hablamos? / ¿Esta la suerte de la humana gente?
Al llegar la verdad, / tú, mísera, caíste, y con la mano
la fría muerte y la desnuda tumba / de lejos señalabas.
[...]

XXXI.-Sobre el retrato de una bella mujer esculpido en el monumento sepulcral de la misma

 Tal fuiste: hoy bajo tierra / polvo, esqueleto eres. Sobre el fango,
inmóvilmente colocado en vano, / mudo, mirando de la edad el vuelo,
está, de la memoria / y del dolor custodio, el simulacro
de la muerta hermosura. La mirada / dulce, que hacía temblar si, como ahora,
se fijaban en otro; el labio, donde / el placer derramábase
cual de urna llena; el cuello, circuido / ya de deseo; la amorosa mano,
Resultado de imagen de cantos leopardi orbisque a menudo, al posarse, / sintió helada la mano que oprimía,
y el seno, ante el que todos / se tornaban visiblemente pálidos,
fueron un tiempo; huesos / y fango eres ahora;
visión tan triste oculta hoy una piedra.
 A eso reduce el hado / a aquello que creíamos la más viva
imagen celestial. Misterio eterno / de nuestra vida. Inenarrable fuente
de excelsos pensamientos y sentires, / hoy triunfa la belleza,
y parece, cual llama / de natura inmortal en este yermo,
de altísimos destinos, / de afortunados reinos y áureos mundos
esperanza segura / dar al mortal estado;
mañana leve fuerza / en abyecto, soez y abominable
trocará a lo que tuvo / casi angélico aspecto,
y también de las mentes / desaparece aquello
que admirable concepto suscitaba. / Deseos infinitos
y soberbias visiones / crea en el pensamiento
por natural virtud, docta armonía, / y por un deleitoso mar, arcano
yerra el humano espíritu / como por divertirse
osado nadador por el océano; / mas si un discorde acento
hiere el oído, en nada / se torna aquel edén en un instante.
 Natura humana, ¿cómo, / si polvo y sombra eres,
si eres frágil y vil, sientes tan alto? / Si gentil todavía,
¿por qué el más digno de tu pensamiento / es así de liviano
y origen de razones despreciables?»
     
   [Los poemas pertenecen a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Diego Navarro. ISBN: 84-7530-384-6.]

viernes, 5 de octubre de 2018

La guarida.- Norman Manea (1936)


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Cuarta parte

«Hablé largo y tendido con Augustin Gora, en las semanas y meses que siguieron, sobre la vejez.
 El tema no le parecía sombrío, ni tras la confirmación, en circunstancias no elucidadas, del fallecimiento de nuestro amigo más joven, Peter Gaspar. No replicó ni cuando le confesé la sospecha de que redactaría ahora, tras aquella reciente y tardía noticia, su propio Obituario, no se sabe cuán fiel a la biografía. Habría sido presuntuoso por mi parte suponer -añadí- que, como consecuencia de nuestras conversaciones cada vez más frecuentes tras la desaparición de Peter, me hubiera convertido yo mismo en el protagonista de un texto similar. No contestó, retomó el tema de la vejez.
 -Hasta el shock de la angioplastia, no noté la edad. Al no tener hijos, ignoraba la velocidad del calendario. Mi cuarenta y mi cincuenta cumpleaños los registré y los eché en el olvido. El encuentro con los médicos, con sus aparatos y sus salas de hospital me despertó. Luego vino un año duro, muy duro. La Ninfómana, como la llamaba el difunto, seguía poniéndome a prueba: vivía en un continuo estado de tensión. Entonces sentí la enfermedad como una advertencia. Porque esto es la vejez, ¿no? La conciencia cada vez más aguda de la fragilidad, la iniciación en el desgaste, la iniciación en el final, el tiempo alertado, presuroso, empujándonos, día y noche, más cerca de la lejanía que nos aterra. Como si la vida no fuera también así. Cada nueva mañana es un umbral hacia lo desconocido que puede ser cualquier cosa: también, el final, pues.
 No le faltaba razón: la enfermedad te prepara para la extinción. Sin semejantes preliminares, uno piensa que puede prolongar cuanto quiera el equívoco.
 -¿Melancolía y vacío? Uno mira al horizonte en el que se desintegra como si no hubiera existido, pero la rutina es más fuerte. Lo devuelve a uno a la inmediatez. Los instintos siguen vivos. Uno ingresa de nuevo en el caos que consume el tiempo imperceptible e implacablemente.
 -Sólo en el momento en que se dicta con claridad el veredicto, cambia la percepción. Te comunican el final del trayecto. La caducidad. Como ocurre con cualquier producto. La fecha de caducidad: veintitrés años, treinta y cuatro años, sesenta y un años, tres meses, dos semanas y cinco días. El tumor es incurable: le quedan seis meses de vida. El último aplazamiento. Los médicos de hoy en día no tienen la libertad de mentirte en relación con el plazo.
 -Sí, cada día se convierte en un don, hasta entonces ignorado. Uno está pendiente de cada instante, de cada hoja, de cada brisa, de cada página, te gustaría sorberlo todo y conservarlo todo en ti hasta el final. ¿Tenías miedo? ¿Tienes miedo también ahora? ¿Del vacío? ¿De la nada en que te conviertes?
 -Entonces, sí. La sorpresa me cogió desprevenido, me revolvió las vísceras. Ahora, menos. Menos. Estoy tranquilo.
 -¿La maldad ayuda al final? ¿La furia, las decepciones, el cansancio, la repulsión por todo, incluso por la asquerosa muerte?
 -Puede ser. Pero la furia es vital, no es aceptación.
 -¿Y la bondad? Serenidad y gratitud. Resignación, sumisión al destino.
 -¿Como una iluminación? ¿Candor? ¿Abandono? ¿Cómo la fe?
 -La fe promete una esperanza. Imposible de comprobar. Puede que un día se llegue al estadio en que se pueda comprobar la promesa.
 -Palade no era creyente, pero creía en la transmigración de las almas. En reencarnaciones sucesivas.
 -No era el único. Él afirmaba que recibía signos codificados. Quienes no los reciben no pueden llevarle la contraria.
 Pedí a Gora que me describiera lo que veía por la ventana. Primero me dijo la hora: cuatro y ocho minutos de la tarde.
 -No podemos ignorar la hora. Hablamos de la vejez, de la muerte, o sea, del tiempo. El tiempo de la caducidad. -Tras una pausa, añadió-: Julio, 19 de julio.
 Esperaba que me dijera el año, pero no lo hizo. ¿Qué aspecto tenía en su ventana, el día del 19 de julio, cuando tanta gente muere y nace, como en cualquier otro día?
 Me describió el jardín, luego el valle reverdecido, verde vital, vigoroso y más allá, el bosque alto y verde. En el jardín de delante de la ventana, una familia de pavos salvajes. La madre y sus nueve crías, el padre ausente, en la biblioteca. Ardillas. Dos corzas jóvenes, indecisas. Un gato perezoso y gordo.
 -¡Paraíso! ¿El paraíso, no?
 -Sí, pero no me aburro. Tengo los libros en la estantería y las palabras dentro de mí.
 -Desaparecerán.
 -¿Que ya no estarán mis libros? ¿Qué ya no estaré entre ellos, quieres decir?
 -¿Envidias a la gente que se queda? ¿Te afecta separarte de ella?
 -¿Envidia? Los que se quedan no son inmortales. Se quedan provisionalmente. Cuando desaparezcan, también ellos serán recordados durante un tiempo. Por los familiares y los amigos, en libros y fotografías. Hasta que se borre la última huella. No importa cuándo. Sí, lo cierto es que te entra el mareo, como un vahído, cuando piensas en tus seres queridos. Aunque no los hayas visto desde hace tiempo. Sabes que están aquí, todavía aquí, en alguna parte. Nuestro cansado planeta también desaparecerá, ¿verdad? Terrible, ¿no?
 -¿Te gustaría volver a encontrarte con alguien en el más allá?
 -Pues sí. Con mis padres. De vez en cuando. Y con otros seres..., también así, de vez en cuando. Si los llevamos en nuestra memoria, es suficiente y es más seguro. Sin cambios deprimentes.
 Le pregunté cómo veía el instante final. ¿Extendiéndose hasta el infinito o breve, breve como un espasmo? [...]
 -No sé, no he pensado en el instante, es un pensamiento insoportable -me contestó, sin mucha convicción, Gora.
 De hecho, no hablábamos de la vejez, sino de la vida. La vejez era vida ralentizada, pero vida. Ahora frágil, disminuida, pero vida. La muerte no existe sin vida.
 -¿La muerte de la materia? De lo perecedero, lo orgánico. ¿Y con la trascendencia qué hacemos? Las oraciones, los libros, los manuscritos, las partituras los dibujos que intentan desafiar la materia, incluso cuando la representa. ¿Vanidades?
 -Intensidad. No es más vana que otras vanidades. Nuestra intensidad privilegiada. Nuestro don y nuestra donación.
 -¿Al igual que el amor?
 La pregunta lo había puesto fuera de sí, me di cuenta, oí el nervioso crujido de papeles y las gafas golpeando la mesa.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2012, en traducción de Rafael Pisot y Cristina Sava. ISBN: 978-84-8383-389-6.]