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miércoles, 6 de julio de 2022

La señal y otros relatos.- Vsévolod Garshin (1855-1888)


Vsevolod M. Garshin — Stock Photo © Aviavlad3 #10610447
El cobarde


  «Definitivamente, la guerra no me permite estar tranquilo. Veo claramente que se dilata, y decir cuándo acabará es difícil. Nuestros soldados siguen siendo los extraordinarios soldados que fueron siempre, pero el enemigo resultó no ser tan débil como pensábamos; y he aquí que ya han pasado cuatro meses desde que fue declarada la guerra, y todavía no hemos logrado ningún éxito decisivo. Y, mientras tanto, cada día que pasa se lleva a centenares de personas. Tal vez sea cosa de mis nervios el que los telegramas con las cifras de muertos y heridos provoquen en mí una impresión mucho más fuerte que en quienes me rodean. Otro lee tranquilamente: “Las pérdidas de los nuestros son insignificantes. Herido tal oficial; muertos de grado inferior, 50; heridos, 100”, y aún se alegra de que sean pocos. Sin embargo, en lo que a mí respecta, la lectura de esa información hace que inmediatamente se me represente ante los ojos todo un cuadro sangriento. Cincuenta muertos, cien mutilados, ¡una cosa insignificante! ¿Por qué nos indignamos tanto cuando los periódicos dan la noticia de algún asesinato, cuando las víctimas son algunas personas? ¿Por qué el aspecto de los cadáveres atravesados por las balas, tirados en el campo de batalla, no nos golpea con el mismo horror que el aspecto del interior de la casa saqueada por el asesino? ¿Por qué sobre la catástrofe en los terraplenes de Tiligulski, que costó la vida a varias decenas de personas, habló, y mucho, toda Rusia, y al asunto de la avanzadilla con pérdidas “insignificantes”, también de varias decenas de personas, nadie le presta atención?
   Hace unos cuantos días, Lvov, un estudiante de medicina conocido mío con el que frecuentemente discuto sobre la guerra, me dijo:
  —Ya veremos, pacifista, cómo aplica sus convicciones humanitarias cuando le recluten como soldado y se vea obligado a disparar a la gente.
   —A mí, Vasili Petróvich, no me reclutarán: estoy inscrito en la milicia.
   —Sí, si la guerra se alarga, echarán mano hasta de la milicia. No se envalentone, su tumo también llegará.
   Se me encogió el corazón. ¿Cómo no se me había ocurrido eso antes? Realmente echarán mano hasta de la milicia, aquí no hay nada imposible. “Si la guerra se alarga…”. Sí, seguramente se alargará. Y si no se prolonga mucho esta guerra, de todas formas comenzará otra. ¿Por qué no luchar? ¿Por qué no realizar grandes hechos de armas? Me parece que la guerra actual es sólo el principio de las futuras, de las cuales no nos libraremos ni yo, ni mi hermano pequeño, ni el hijo de pecho de mi hermana. Y mi turno llegará muy pronto.
  ¿Dónde se meterá tu “yo”? Tú protestas con todas tus fuerzas contra la guerra, y aun así la guerra te obligará a echarte el arma al hombro, te obligará a ir a morir y a matar. ¡No, eso es imposible! Yo soy un joven tranquilo, de buen corazón, que hasta ahora sólo conocía sus libros, el aula, la familia y unas cuantas personas cercanas, que piensa en comenzar su propio trabajo dentro de uno o dos años, una tarea de amor y verdad; yo, al fin, acostumbrado a observar el mundo objetivamente, acostumbrado a ponerlo delante de mí, que pienso que en todas partes sé ver el mal existente y por lo tanto huyo de ese mal, veo todo mi edificio de tranquilidad derrumbado, y a mí mismo enfundado en los mismos harapos con agujeros y manchas que hace un instante sólo miraba. Y ningún progreso, ningún conocimiento propio ni del mundo, ninguna libertad espiritual me darán la triste libertad física, la libertad de disponer del propio cuerpo.
   Lvov se ríe cuando empiezo a exponerle mi indignación frente a la guerra.
  —Relaciónese de manera más simple con las cosas, querido amigo: la vida le resultará más fácil —dice—. ¿Cree que a mí me resulta agradable esta carnicería? Además de traer desgracia a todos, a mí me hace daño personalmente, no me permite completar los estudios. Dispondrán la graduación acelerada, y nos enviarán a cortar brazos y piernas. Y sin embargo no me dedico a hacer reflexiones inútiles sobre el horror de la guerra, porque por mucho que piense no haré nada para acabar con ella. Verdaderamente, es mejor no pensar y dedicarse a los asuntos propios. Y si me mandan a curar heridos, voy y los curo. Qué se le va a hacer: en semejantes circunstancias es necesario sacrificarse. Por cierto, ¿sabe usted que Masha va como hermana de la caridad?
   —¿De veras?
   —Lo decidió anteayer, y hoy ha ido a hacer prácticas de vendaje. Yo no la disuadí; sólo le pregunté cómo piensa arreglárselas con sus estudios. “Terminaré los estudios después —dijo—, si sobrevivo”. Pues nada, que vaya mi hermanita, algo bueno aprenderá.
   —¿Y qué dice Kuzma Fomich?
LA SEÑAL Y OTROS RELATOS   —Kuzma no dice nada, pero una melancolía atroz se ha apoderado de él y ha abandonado completamente los estudios. Me alegro por él de que mi hermana se vaya: verdaderamente, el hombre se consume, sufre, se ha convertido en su sombra, no hace nada. ¡En fin, cosas del amor! —Vasili Petróvich movió la cabeza—. Y ahora se fue corriendo para traerla a casa, ¡como si ella no hubiera andado por la calle siempre sola!
  —Me parece, Vasili Petróvich, que no es bueno que él viva con ustedes.
  —Por supuesto que no es bueno, pero ¿quién podía preverlo? Para mi hermana y para mí, este piso es grande, sobra una habitación. ¿Por qué no habríamos de alojar en ella a una buena persona? Y una buena persona la cogió y quedó pillado. A mí, la verdad, ella también me irrita: ¡¿en qué es Kuzma peor que ella?! Es bondadoso, nada tonto, bueno. Y a buen seguro ella no se fija en él. En fin, váyase de mi habitación, no tengo tiempo; si quiere ver a mi hermana con Kuzma, vaya al comedor; llegarán pronto.
   —No, Vasili Petróvich, yo tampoco tengo tiempo; ¡adiós!
   Nada más salir a la calle, vi a María Petrovna y a Kuzma. Caminaban callados: María Petrovna, con una expresión de concentración forzada en el rostro, delante, y Kuzma, un poco de lado y detrás, sin atreverse a ir a su lado y lanzando de vez en cuando una mirada de soslayo a su rostro. Pasaron a mi lado sin percatarse de mi presencia.
   No puedo hacer nada y no puedo pensar en nada. He leído sobre la tercera batalla de Plevna. Hubo doce mil bajas entre rusos y rumanos, eso sin contar a los turcos… Doce mil… Esta cifra tan pronto flota ante mí en forma de signos como se extiende en forma de cinta infinita de cadáveres que yacen uno al lado del otro. Si se colocaran hombro con hombro, se formaría un camino de ocho verstas… ¿Qué es esto?
  Me habían contado algo sobre Skóbelev, que se lanzó a no sé dónde, que atacó no sé qué, tomó no sé qué reducto o lo cogieron en él…, no recuerdo. En este espantoso asunto no recuerdo ni veo más que una cosa: una montaña de cadáveres que sirve de pedestal a grandiosos hechos de armas que se incluirán en las páginas de la historia. Es posible que esto sea necesario; no pretendo juzgarlo, y además no puedo hacerlo; no razono sobre la guerra, me refiero a ella visceralmente, indignado por la cantidad de sangre derramada. El toro, ante cuyos ojos matan a toros como él, siente, seguramente, algo parecido… No comprende para qué sirve su muerte, y mira con ojos desorbitados la sangre, y brama desesperado con una voz que desgarra el alma.
  ¿Soy o no soy un cobarde?
   Hoy me han dicho que soy un cobarde. Bien es verdad que lo ha dicho una persona muy frívola, ante quien he expresado el temor de ser reclutado como soldado y mi noluntad de ir a la guerra. Su opinión no me ha afligido, pero me ha suscitado una cuestión: ¿no soy en efecto un cobarde? ¿Puede ser que toda mi indignación contra lo que los demás consideran un gran hecho de armas sea fruto de que temo por mi propio pellejo? ¿Merece realmente la pena preocuparse por una insignificante vida cualquiera cuando se está ante un gran asunto? En definitiva, ¿soy capaz de arriesgar mi vida por alguna causa?
   No he dedicado mucho tiempo a estas cuestiones. He rememorado toda mi vida, todas aquellas situaciones —en verdad no muchas— en las que me vi cara a cara con el peligro, y no he podido culparme de cobardía. No temía por mi vida entonces y no temo ahora. Así que no es la muerte lo que me asusta…
  Continuamente nuevas batallas, nuevas muertes y sufrimientos. Leído el periódico, no soy capaz de acometer nada: en el libro, en lugar de letras, hay tiradas hileras de personas; la pluma parece un arma que le hace al blanco papel negras heridas. Si sigo así, acabaré teniendo auténticas alucinaciones. Además, ahora me ha surgido una nueva preocupación que me distrae un poco de unos y otros pensamientos deprimentes.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Contraseña, 2010, en traducción de Sara Gutiérrez. ISBN: 978-84-9378-183-5.]

lunes, 8 de febrero de 2021

La barraca.- Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928)

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IV

 «A las once y media, terminados los oficios divinos, cuando ya no salía de la Basílica más que alguna devota retrasada, comenzó a funcionar el tribunal.
 Sentáronse los siete jueces en el viejo sofá; corrió de todos los lados de la plaza la gente huertana para aglomerarse en torno de la verja, estrujando sus cuerpos sudorosos que olían a paja y lana burda, y el alguacil se colocó, rígido y majestuoso, junto al mástil rematado por un gancho de bronce, símbolo de la acuática justicia.
 Descubriéronse las siete acequias, quedando con las manos entre las rodillas y la vista en el suelo, y el más viejo pronunció la frase de costumbre:
 -S’obri el tribunal. [Se abre el tribunal]
 Silencio absoluto. Toda la muchedumbre, guardando un recogimiento silencioso, estaba allí, en plena plaza, como en un templo. El ruido de los carruajes, el arrastre de los tranvías, todo el estrépito de la vida moderna pasaba sin rozar ni conmover aquella institución antiquísima que permanecía allí tranquila, como quien se halla en su casa, insensible al tiempo, sin fijarse en el cambio radical de cuanto le rodeaba e incapaz de reforma alguna.
 Los huertanos estaban orgullosos de su tribunal. Aquello era hacer justicia; la pena al canto y nada de papeles, que es con lo que se enreda a los hombres honrados.
 La ausencia del papel sellado y del escribano que aterra era lo que más gustaba a unas gentes acostumbradas a mirar con cierto terror supersticioso el arte de escribir, que desconocen. Allí no había secretarios, ni plumas, ni días de angustia esperando la sentencia, ni guardias terroríficos, ni nada más que palabras.
 Los jueces guardaban las declaraciones en la memoria y sentenciaban enseguida con la tranquilidad del que sabe que sus decisiones han de ser cumplidas. Al que se insolentaba con el tribunal, multa; al que se negaba a cumplir la sentencia, le quitaban el agua para siempre y se moría de hambre.
 Con aquel tribunal no jugaba nadie. Era la justicia patriarcal y sencilla del buen rey de las leyendas saliendo por las mañanas a la puerta del palacio para resolver las quejas de sus súbditos; el sistema judicial del jefe de cabila sentenciando a la e
ntrada de la tienda. Así, así es como se castiga a los pillos y triunfa el honrado y hay paz.
 Y el público, no queriendo perder palabra, hombres, mujeres y chicos, estrujábanse contra la verja, agitándose algunas veces con violentos movimientos de espaldas para librarse de la asfixia.
 Iban compareciendo los querellantes al otro lado de la verja, ante aquel sofá tan venerable como el tribunal.
 El alguacil les recogía las varas y cayados, considerándolos como armas ofensivas incompatibles con el respeto al tribunal; les empujaba hasta dejarlos plantados a pocos pasos de los jueces, con la manta doblada sobre las manos; y si andaban remisos en descubrirse, de dos repelones les arrancaba el pañuelo de la cabeza. ¡Duro! A aquella gente socarrona había que tratarla así.
 Era el desfile una continua exposición de cuestiones intrincadas, que los jueces legos resolvían con pasmosa facilidad.
 Los guardias de acequias y los “atandadores”(*) encargados de establecer el turno en el riego formulaban sus denuncias y comparecían los querellados a defenderse con razones. El viejo dejaba hablar a los hijos que sabían expresarse con más energía; la viuda comparecía acompañada de algún amigo del difunto, decidido protector que llevaba la voz por ella.
 El ardor meridional asomaba la oreja en todos los juicios.
 En mitad de la denuncia, el querellado no podía contenerse. “¡Mentira! Lo que decían era falso y malo. ¡Querían perderle!”
 Pero las siete acequias acogían estas interrupciones con furibundas miradas. Allí nadie podía hablar mientras no le llegase el turno. A la otra interrupción pagaría tantos sueldos de multa. Y había testarudo que pagaba sòus y más sòus, [sueldos] impulsado por la rabiosa vehemencia, que no le permitía callar ante el acusador.
 Los jueces, sin abandonar su asiento, juntaban las cabezas como cabras juguetonas, cuchicheaban sordamente algunos segundos, y el más viejo, con voz reposada y solemne, pronunciaba la sentencia, marcando las multas en libras y sueldos, como si la moneda no hubiese sufrido ninguna transformación y aún fuese a pasar por el centro de la plaza el majestuoso Justicia con su gramalla roja y su escolta de ballesteros de la Pluma.
 Eran más de las doce y las siete acequias comenzaban a mostrarse cansadas de tanto derramar pródigamente el caudal de su justicia, cuando el alguacil llamó a gritos a Bautista Borrull, denunciado por infracción y desobediencia en el riego.
 Atravesaron la verja Pimentó y Batiste, y la gente se apretó más contra los hierros.
 Veíanse allí muchos de los que vivían en las inmediaciones de las antiguas tierras de Barret.
 Aquel juicio era interesante. El odiado novato había sido denunciado por Pimentó, que era el “atandador” de la partida.
 El valentón, mezclándose en elecciones y galleando en toda la contornada, había conquistado este cargo, que le daba cierto aire de autoridad y consolidaba su prestigio entre los convecinos, los cuales le mimaban y convidaban en los días de riego.
 Batiste estaba asombrado por la injusta denuncia. Su palidez era de indignación. Miraba con ojos de rabia todas las caras conocidas y burlonas que se agolpaban en la verja, y a su enemigo Pimentó, que se contoneaba con altivez, como hombre acostumbrado a comparecer ante el tribunal y a quien correspondía una pequeña parte de su indiscutible autoridad.
 -Parle vosté [Hable usted]–dijo avanzando un pie la acequia más vieja, pues por secular vicio, el tribunal, en vez de usar las manos, señalaba con la blanca alpargata al que debía hablar.
 Pimentó soltó su acusación. Aquel hombre que estaba junto a él, tal vez por ser nuevo en la huerta creía que el reparto del agua era cosa de broma y que podía hacer su santísima voluntad.
 Él, Pimentó, el “atandador”, el que representaba la autoridad de la acequia en su partida, le había dado a Batiste la hora para regar su trigo: las dos de la mañana. Pero sin duda, el señor, no queriendo levantarse a tal hora, había dejado perder su turno, y a las cinco, cuando el agua era ya de otros, había alzado la compuerta sin permiso de nadie (primer delito), había robado el riego a los demás vecinos (segundo delito) e intentado regar sus campos, queriendo oponerse a viva fuerza a las órdenes del “atandador”, lo que constituía el tercer y último delito.
 El triple delincuente, volviéndose de mil colores e indignado por las palabras de Pimentó, no pudo contenerse.
 Mentira y recontramentira!
 El tribunal se indignó ante la energía y la falta de respeto con que protestaba aquel hombre.
Resultado de imagen de la barraca catedra Si no guardaba silencio se le impondría una multa. Pero ¡gran cosa eran las multas para su reconcentrada cólera de hombre pacífico! Siguió protestando contra la injusticia de los hombres, contra el tribunal, que tenía por servidores a pillos y embusteros como Pimentó.
 Alteróse el tribunal; las siete acequias se encresparon.
 Cuatre sòus de multa! [¡Cuatro sueldos de multa!]
  Batiste, dándose cuenta de su situación, calló de repente, asustado por haber incurrido en multa, mientras en el público sonaban las risas y los aullidos de alegría de sus enemigos.
 Quedó inmóvil, con la cabeza baja y los ojos empañados por lágrimas de rabia, mientras su brutal enemigo acababa de formular la denuncia.
 -Parle vosté –le dijo el tribunal.
 Pero en las miradas de los jueces se notaba poca simpatía por aquel alborotador que venía a turbar con sus protestas la solemnidad de las deliberaciones.
 Batiste, trémulo por la ira, balbuceó, no sabiendo cómo empezar su defensa, por lo mismo que la creía justísima.
 Había sido engañado; Pimentó era un embustero y además su enemigo declarado. Le había dicho que su hora de riego era a las cinco, se acordaba muy bien, y ahora afirmaba que a las dos; todo para hacerle incurrir en multa, para matar unos trigos en los que estaba la vida de su familia… ¿Valía para el tribunal la palabra de un hombre honrado? Pues esta era la verdad, aunque no podía presentar testigos. ¡Parecía imposible que los señores síndicos, todos buenas personas, se fiasen de un pillo como Pimentó!
 La blanca alpargata del presidente hirió la baldosa de la acera, conjurando el chaparrón de protestas y faltas de respeto que veía en lontananza.
 -Calle vosté. [Calle usted]
 Y Batiste calló, mientras el monstruo de las siete cabezas, replegándose en el sofá de damasco, cuchicheaba preparando la sentencia.
 -El tribunal sentènsia… [El tribunal sentencia…]-dijo la acequia más vieja, y se hizo un silencio absoluto.
 Toda la gente de la verja mostraba en sus ojos cierta ansiedad, como si ellos fuesen los sentenciados. Estaban pendientes de los labios del viejo síndico.
 -Pagará el Batiste Borrull dos lliures de pena y cuatre sòus de multa. [Pagará el Batiste Borrull dos libras de pena y cuatro sueldos de multa]
 Esparcióse un murmullo de satisfacción y hasta una vieja comenzó a palmotear gritando “¡vítor! ¡vítor!”, entre las risotadas de la gente.»

  (*) Atandador: según la RAE, encargado de fijar la tanda o turno en el riego. [N. del T.]
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Cátedra, 2006, en edición de José Mas y María Teresa Mateu, pp. 110-115. ISBN: 84-376-1606-9.]

domingo, 23 de diciembre de 2018

La pequeña Vera.- María Jmelik (1961)


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Cartas del saco

«Cuando la película Pequeña Vera fue estrenada en los cines de la Unión Soviética, en los tres primeros meses de exhibición la vieron cuarenta y tres millones de espectadores. Una pequeña parte de esos millones se sentó a escribir cartas al Comité Estatal de Cinematografía, a organismos jurídicos, a estudios de cine, a redacciones de periódicos y de revistas, tanto de aquellos que tenían algo que ver con el cine como de los que no, a los artistas que habían participado en el reparto de la película, a su director, a mí.
 Las cartas dirigidas a mi nombre llegaron a llenar poco a poco un gran saco de celofán. En casa no había sitio para él y lo tuve que meter detrás del armario. De ese saco he escogido las cartas más típicas; algunas otras me fueron enviadas por los intérpretes de los papeles protagonistas y por el director de los estudios cinematográficos.
 Se diría que las habían escrito mis personajes: los padres de Vera, indignados por la amoralidad; sus compañeros, algunos de los cuales se atormentan tratando de descubrir su sitio en la  vida y otros que, por el contrario, están perfectamente seguros de sí mismos; la propia Vera, Serguei y, naturalmente, los vecinos, todos aquellos que viven en la misma casa de cinco pisos que Vera, en los mismos apartamentos-panales: obreros, jubilados, maestras eméritas, médicos, veteranos cubiertos de condecoraciones, chóferes y amas de casa. Incluso ese aficionado al yoga, el amigo fuerte de Chistiakova, también me ha mandado una carta.
 Al leer todas esas misivas me di cuenta de la terrible soledad de muchos de ellos. No tienen absolutamente a nadie con quien compartir sus vivencias, nadie hace caso a nadie, y ellos no cesan de escribir a gente desconocida y lejana, procurándose de esta manera un desahogo... Aparte de eso, resulta sobrecogedor el analfabetismo general. Unos giros lingüísticos del todo inimaginables, una ortografía... Así, por ejemplo, el autor de una carta en lugar de los puntos ponía guiones. En otra, por el contrario, no había ni un solo punto, sólo comas. Hasta donde era posible, he procurado conservar la ortografía y la puntuación originales, confío en que las cartas sean publicadas y en que el traductor conserve el estilo de cada una de ellas.
[...]
FISCALIA GENERAL DE LA URSS
Copia: Estudios Cinematográficos Centrales de Películas Infantiles y Juveniles M. Gorki
AL DIRECTOR
 Se recomienda que en las escenas cargadas del barato sensacionalismo de la patología sexual presentada de una forma perversa, participen personalmente el director y la guionista (y mejor sería que hiciesen una película sobre sí mismos, ya que para ellos no existe nada sagrado, y que la divulguen por el mundo entero, sin meter en juegos de esta índole a una principiante).
 En resumen, por lo que tienen de publicidad indisimulada de la pornografía y de las aberraciones sexuales, deben ser juzgados como culpables de complicidad e incitación a la reincidencia criminal.
 Es obligación de la Fiscalía General de la U.R.S.S., como organismo dedicado a la vigilancia del cumplimiento de las leyes, promover una querella criminal contra los autores de la película con arreglo al art. 120 del CP de la RSFSR, ya que la víctima del crimen (publicidad abierta del libertinaje) no es un espectador en particular, sino toda la Sociedad Soviética.
          A.I., coronel en reserva. Moscú.

 Somos mujeres casadas, hemos vivido de treinta y cinco a cuarenta años de vida matrimonial, somos de la ciudad de Gorki. Hemos ido a ver su película "P.V." y queremos que sepa que es una vergüenza, una obscenidad, que condenamos su film y que condenamos todo su estudio cinematográfico. No sólo es deshonrosa para el director sino también para el que había autorizado su rodaje. Nos daba vergüenza mirarla, así que dijimos al diablo con las entradas y nos marchamos en la primera parte. Nunca antes en nuestro país se había visto semejante porquería.
 Hemos sabido que los autores nacieron en el sesenta y uno, así que todavía no han tenido tiempo de comprender la vida en profundidad, no se han enterado todavía a quién, durante el acto sexual, le corresponde estar abajo y arriba, y qué es lo que mejor resulta, por lo que no se han parado en barras al representar a la pequeña Vera (una prostituta) montándole a él, mientras que él, un auténtico gandul, está tumbado, y que ella lo folle.
 Así que déjense ustedes de distorsiones y de ponzoñas, ¡no nos corrompan a nuestra juventud! Que ya de por sí lo está suficientemente... pero allá ella, la juventud. Nosotras, como mujeres mayores, nos avergonzamos del pasado de nuestro país...
     Siete firmas
[...]
 Os escribo en nombre de tres personas. Hoy hemos ido a ver la película "P.V." Por cierto, todos hemos rebasado la cincuentena, tenemos hijos que ya son mayores e incluso nietos en edad preescolar. Al salir del cine, a mi marido la película le había gustado porque la película representa una borrachera continua, pero yo y mi amiga no encontramos palabras que dirigiros, y si vosotros dos hubieseis sido mis hijos, os habría estrangulado o envenenado, tan asquerosa, vacía y depravada es la porquería que habéis filmado. Y encima se encontraron botarates que han consentido en que tamaña sinvergonzonería llegase a las pantallas. Vosotros seguro que lo que os proponíais con esa película era ganar un pastón, embaucar al mayor número posible de espectadores tontos. Pero muchos, al salir del cine, os ponen a parir, nadie va a escribiros. Ahora se está combatiendo el alcoholismo, mientras que en vuestra película no hay más que cogorzas y broncas, y eso que de broncas ya tenemos suficientes sin que os metáis vosotros. Hay broncas en Karabaj, hay broncas en Crimea, en Lituania, en Letonia, en Estonia y, en general, en toda la Unión Soviética no hay más que broncas, drogas y prostitución. No parece que se debe luchar con todo eso y que sólo se ha de mostrar los lados buenos y si alguien da un paso en falso, pues entonces se debe enseñar cómo se castiga a esa persona por todos los medios, o cómo le ocurre algo trágico, para que el espectador lo vea y reflexione sobre las consecuencias que pueda tener para él.
 Si sois jóvenes los dos, es que sois ambas personas vacías y perversas, y si sois viejos, pues estáis desvariando. Tendríais que haber pensado en que también la gente seria podía ir a ver vuestro film, además de los alcohólicos y las prostitutas.
 Yo personalmente hacía muchos años que no iba al cine, ni yo ni mi marido y ¿cómo creéis, por qué? Pues porque una vez fuimos a ver Un hombre y una mujer y el final de la película lo encontramos repulsivo. Y aquí nos tiene, hoy hemos visto esta película vuestra, que incluso es "mejor", así que hemos tomado la resolución de no gastar más dinero en vano.
 En resumen, tal como yo me imagino, vais con los morros sin afeitar, los ojos os miran cada uno por su lado,  uno hacia el vaso y el otro debajo de la falda, vais con melenas largas y desgreñadas, tan contentos con vosotros mismos por haber sido capaces de un numerito así. En resumen, esperamos veros un día en la pantalla de la televisión. Hasta la vista,
             Sin firma. Provincia de Crimea, Feodosia.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1990, en traducción de Elena Panteleeva. ISBN: 84-226-3353-1.]

martes, 18 de diciembre de 2018

El buen soldado.- Ford Madox Ford (1873-1939)


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Tercera parte

«Edward no se encontraba bien en aquella época, la causa, en su opinión, era un exceso de trabajo en los asuntos de su regimiento..., por entonces llevaba el comedor para oficiales. Y Leonora tampoco estaba bien: empezaba a temer que su matrimonio resultara estéril. Y a continuación el coronel Powys vino de Glasmoyle a pasar una temporada con ellos.
 Eran tiempos difíciles para Irlanda, según tengo entendido. En cualquier caso el coronel estaba obsesionado con los colonos: los suyos habían disparado contra él en varias ocasiones. Y, al conversar con el administrador de Branshaw, se le metió en la cabeza que Edward trataba  a los arrendatarios con una generosidad absurda. También tengo entendido que aquellos años, la década de los noventa, fueron muy malos para la agricultura. El trigo se pagaba tan sólo a unos pocos chelines las cien libras; el precio de la carne era tan bajo que el ganado apenas amortizaba lo que costaba criarlo, en Inglaterra se arruinaron condados enteros. Y Edward concedía a sus arrendatarios reducciones muy importantes.
 Para hacerles justicia a los dos es preciso decir que Leonora ha reconocido más tarde que estaba equivocada y que Edward seguía un plan mucho más previsor al proteger a sus mejores colonos durante una época difícil. No era como si todos sus ingresos procedieran de la tierra; una buena parte procedía de los ferrocarriles. Pero el viejo coronel Powys tenía la mosca detrás de la oreja y, aunque nunca abordó directamente a Edward para tratar de aquel tema, se dedicaba a adoctrinar a Leonora siempre que se le presentaba una oportunidad. Su idea favorita era que su yerno despidiera a todos sus arrendatarios e importara un grupo de agricultores escoceses. Eso era lo que estaban haciendo en Essex. Su opinión era que Edward se dirigía a pasos agigantados hacia la ruina.
 Esto preocupó mucho a Leonora..., le preocupó horriblemente; no conciliaba el sueño por las noches; tenía un rictus de ansiedad en la boca. Y esto, a su vez, preocupaba a Edward. No quiero decir que Leonora llegara a hablar con su marido de los colonos, pero él se enteró de que alguien, probablemente su suegro, había estado hablando con ella sobre el tema. Llegó a saberlo porque era costumbre del administrador hacerles una visita todas las mañanas hacia la hora del desayuno para informarle de cualquier contingencia. Y había un colono llamado Mumford que sólo había pagado la mitad de la renta en los tres últimos años. Una mañana el administrador explicó que no iba a estar en condiciones de pagar la renta en todo el año. Edward reflexionó un momento y luego dijo algo así como:
 -Bueno, es un hombre mayor y su familia lleva más de dos siglos arrendando nuestras tierras. Que no pague nada.
 Y entonces Leonora -recuerde usted que por entonces tenía razones para estar muy nerviosa y sentirse desgraciada- dejó escapar un sonido que se parecía mucho a un gemido. Aquello sobresaltó a Edward, que tenía algo más que sospechas sobre lo que estaba pasando por la mente de su mujer..., le sobresaltó y logró enojarle. Dijo con tono cortante:
 -No querrás que me deshaga de personas que han ganado dinero para nosotros durante siglos, personas que son responsabilidad nuestra, y ponga en su lugar a una pandilla de colonos escoceses, ¿no es cierto?
 Su marido le lanzó, según me explicó Leonora, lo que era prácticamente una mirada de odio y luego se levantó de la mesa a toda prisa. Leonora se dio cuenta de que probablemente el hecho de que su marido hubiese dado rienda suelta a su indignación delante de terceros sólo servía para empeorar las cosas. El administrador, un hombre moderado y bien equilibrado, cuya familia también llevaba más de un siglo con los Ashburnham, se encargó de explicar que, en su opinión, Edward estaba llevando una política perfectamente válida con sus arrendatarios. Quizá se pasaba un poco del lado de la generosidad, pero los malos tiempos eran los malos tiempos, y todo el mundo tenía que apretarse el cinturón, tanto el terrateniente como los colonos. Lo fundamental era no permitir qua la tierra se cultivara mal. Los granjeros escoceses se limitaban a agotar los campos y hacían que cada vez fuesen menos fértiles. Pero Edward tenía un grupo excelente de arrendatarios que trabajaban lo mejor posible para él y para ellos mismos. Por aquel entonces estos argumentos tuvieron muy poco efecto sobre Leonora. Pero de todas formas lo que más le preocupó fue el estallido de indignación de su marido.
 Lo cierto es que Leonora había estado haciendo economías en su departamento. Despidió a dos de las doncellas sin sustituirlas; también gastó mucho menos en ropa durante aquel año. Los menús que preparó para las cenas que daban en su casa fueron mucho menos abundantes y mucho menos costosos que en años anteriores y Edward empezó a advertir la dureza y la determinación del carácter de su mujer. La parecía ver una red que se iba estrechando a su alrededor: una red en la que se verían obligados a vivir como si fueran una de las familias acomodadas (comparativamente pobres) de la zona. Y, de la misteriosa manera en que dos personas que viven juntas llegan a saber lo que piensa el otro sin intercambiar una sola palabra, Edward se había enterado, incluso antes de su estallido, de que a Leonora le preocupaba su manera de administrar las propiedades. Eso le pareció intolerable. Y además se despreciaba intensamente a sí mismo por haberle hablado con aspereza delante del administrador. Leonora imaginó que su marido estaba empezando a acobardarse, y con toda seguridad muy pocos hombres podrían ser tan desgraciados como Edward en aquel período.
 Comprenda usted que en realidad era un hombre muy ingenuo..., extraordinariamente ingenuo. Creía que nadie puede llevar a cabo satisfactoriamente su tarea en la vida sin la cooperación leal y sincera de la mujer con la que vive. Y empezaba a advertir oscuramente que, mientras sus propias tradiciones eran enteramente comunitarias, su mujer era una individualista en estado puro. Su propia teoría, la teoría feudal de un señor que hace todo lo que está en su mano por los que de él dependen, y éstos a su vez le pagan en la misma moneda, era algo completamente ajeno al modo de ser de Leonora. Su mujer procedía de una familia de pequeños propietarios irlandeses: una guarnición hostil en un país saqueado. Y además Leonora pensaba incesantemente en los hijos que quería tener.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1995, en traducción de José Luis López Muñoz. ISBN: 84-376-1358-2.]

martes, 16 de mayo de 2017

"¡Indignaos!".-Stéphane Hessel (1917-2013)


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La indiferencia: la peor de las actitudes

«Es cierto, las razones para indignarse pueden parecer hoy menos nítidas o el mundo, demasiado complejo. ¿Quién manda? ¿Quién decide? No siempre es fácil distinguir entre todas las corrientes que nos gobiernan. Ya no se trata de una pequeña élite cuyas artimañas comprendemos perfectamente. Es un mundo vasto y nos damos cuenta de que es interdependiente. Vivimos en una interconectividad como no ha existido jamás. Pero en este mundo hay cosas insoportables. Para verlo, debemos observar bien, buscar. Yo les digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis. La peor actitud es la indiferencia, decir "paso de todo, ya me las apaño". Si os compartáis así, perdéis uno de los componentes esenciales que forman al hombre. Uno de los componentes indispensables: la facultad de indignación y el compromiso que la sigue.
 Ya podemos identificar dos nuevos grandes desafíos:
 1) La inmensa distancia que existe entre los muy pobres y los muy ricos, que no para de aumentar. [...]
 2) Los derechos humanos y la situación del planeta. [...]
 
La no violencia, el camino que debemos aprender a seguir

Estoy convencido de que el porvenir pertenece a la no violencia, a la conciliación de las diferentes culturas. Es por esta vía que la humanidad deberá superar su próxima etapa. Y aquí, coincido con Sartre, no podemos excusar a los terroristas que tiran bombas, podemos comprenderlos. Sartre escribe en 1947: "Reconozco que la violencia, cualquiera que sea la forma bajo la que se manifiesta, es un fracaso. Pero es un fracaso inevitable puesto que estamos en un mundo de violencia. Y si es cierto que el recurso a la violencia contra la violencia corre el riesgo de perpetuarla, también es verdad que es el único medio de detenerla". A lo que yo añadiría que la no violencia  es un medio más eficaz de detenerla. No podemos apoyar a terroristas tal y como hizo Sartre en nombre de este principio durante la guerra de Argelia; o en ocasión del atentado de los juegos de Múnich, en 1972, cometido contra atletas israelíes. No es eficaz, y el propio Sartre acabó por interrogarse, al final de su vida, sobre el sentido del terrorismo y llegó a dudar de su razón de ser. Decir "la violencia no es eficaz" es harto más relevante que saber si se debe condenar o no a quienes se entregan a ella. El terrorismo no es eficaz. En la noción de eficacia es necesaria una esperanza no violenta. De existir una esperanza violenta, ésta se encuentra en la poesía de Guillaume Apollinaire: "Qué violenta es la esperanza"; pero no en política. Sartre, en marzo de 1980, a tres semanas de su muerte, declaraba: "Hay que intentar explicar por qué el mundo actual, que es horrible, no es más que un momento en el largo desarrollo histórico; que la esperanza ha sido siempre una de las fuerzas dominantes de las revoluciones y de las insurrecciones, y cómo todavía siento la esperanza como mi concepción del porvenir."
 Hay que comprender que la violencia da la espalda a la esperanza. Hay que dotar a la esperanza de confianza, la confianza en la no violencia. Es el camino que debemos aprender a seguir. Tanto del lado de los opresores como de los oprimidos, hay que llegar a una negociación que haga desaparecer la opresión; eso es lo que permitirá que no haya violencia terrorista. Es por esta razón que no deberíamos acumular mucho odio.
 El mensaje de un Mandela, de un Martin Luther King encuentra toda su pertinencia en un mundo que ha sobrepasado la confrontación de las ideologías y el totalitarismo conquistador. Es un mensaje de esperanza relativo a la capacidad de las sociedades modernas para lograr la superación de los conflictos a través de una mutua comprensión y una atenta paciencia. Para conseguirlo, hay que basarse en los derechos cuya violación, cualquiera que sea el autor, debe provocar nuestra indignación. No cabe transigir respecto a estos derechos.»