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domingo, 7 de diciembre de 2025

Lais.- María de Francia (siglo XII)

El desdichado (Chaitivel) 

 «Me ha venido el deseo de recordar un lai del que he oído hablar a menudo. Os contaré la aventura, os diré el nombre de la ciudad de donde procede. Lo llaman El desdichado, aunque muchos lo nombran Los cuatro duelos. 

 En Nantes de Bretaña vivía una dama muy bella y bien criada, de maneras muy distinguidas. No hubo en la tierra caballero que no la suplicase, amase y requiriese, con sólo haberla visto una vez. No podía amarlos a todos, pero tampoco quería matarlos de dolor. A todas las damas del mundo mejor les vendría aceptar el amor que no desesperar a unos locos, impulsándoles a cometer actos irresponsables.

 La dama debe agradecer la corte que se le hace con buenos sentimientos. Por cuanto si ella no quiere prestar oídos a sus pretendientes, tampoco debe herirlos con sus palabras, sino honrarlos, guardarles cariño y saber agradecer su amor.

 La dama de la que os quiero hablar, que fue tan requerida de amores por su belleza y gran valía, era cortejada día y noche. Había en Bretaña cuatro barones, cuyos nombres no sabría deciros. Eran muy jóvenes mas de gran hermosura, y caballeros esforzados, valientes, liberales, corteses y generosos. Gozaban de gran estima pública como gentilhombres de la región.

 Los cuatro amaban a la dama y se esforzaban por acometer hazañas de valor. Para obtener su amor, todos hacían cuanto podían. Cada uno la requería para sí y ponía en ello todo su empeño. No hubo ninguno de los cuatro que no cuidase ser el único en conseguirla.

 La dama poseía muy buen sentido. No se precipitó. Reflexionaba a menudo: quería saber cuál sería más digno de su amor, pues parejo valor tenían todos. La elección iba haciéndose imposible. No quería perder a tres a cambio de uno. A todos les ponía buena cara, les daba prendas de su amor, les enviaba sus mensajes. Cada uno sabía no ser el único pero ninguno de los cuatro era capaz de alejarse de la dama, pues todos mantenían la esperanza de ser los elegidos por sus servicios y ruegos.

 De los cuatro conservó el amor, hasta que un año, después de la Pascua, se proclamó un torneo en Nantes. Para reunirse con los cuatro enamorados no sólo vinieron caballeros de la región sino también de otros países: de Francia, de Normandía, de Flandes, de Brabante, del Bolonés, del Anjou. Todos se han congregado allí muy de su gusto y permanecen juntos muchos días. Piensan herirse, la tarde del torneo, con mucha dureza.

 Los cuatro enamorados se armaron y salieron fuera de la ciudad. Detrás venían sus caballeros, pero sobre ellos cuatro recaía principalmente el peso de la hazaña. Los de fuera los han reconocido por sus enseñas y sus escudos y han enviado contra ellos a cuatro de sus caballeros, dos de Flandes y dos del Hainaut, preparados para el ataque. Ninguno de ellos piensa rehuir la batalla. Los enamorados ven que se acercan, no sienten deseos de huir. Lanza baja, picando espuelas, escoge cada uno a su contrincante. Con tal furia se acometieron que los cuatro de fuera cayeron por tierra; los vencedores no recogieron sus caballos, los dejaron vagar sin dueño.

 Se mantenían sobre los vencidos cuando éstos recibieron socorro de sus caballeros. Se trabó gran combate para rescatarlos, no descansaban las espadas.

 La dama, desde una torre, bien podía ver a los suyos. Contemplaba las hazañas de sus enamorados, sin saber a cuál de ellos debía apreciar más.  

 Así dio comienzo el torneo. Las filas, cada vez más nutridas, se cerraron. Más de una vez, ante las puertas, se renovó el combate aquel día. Tan bien se comportaban los cuatro amantes que todos los apreciaban mucho. Hasta que, cuando oscurecía e iban ya a tener que separarse, temerariamente se expusieron lejos de sus mesnadas.

 Y lo pagaron caro, que tres de ellos fueron muertos y el cuarto malherido: una lanza le atravesó el cuerpo por el muslo. A consecuencia de un ataque por el flanco, cayeron los cuatro por tierra. Quienes los han herido así de muerte, arrojan sus propios escudos al suelo. Sentían gran dolor por los caídos; no lo habían hecho a propósito. Gritos y llantos se oyeron por doquier, nunca se había presenciado un duelo semejante. Los de la ciudad se dirigieron al lugar del suceso, deponiendo los otros su hostilidad. Llenos de dolor, dos mil caballeros se despojaron de sus yelmos, mesándose cabello y barbas. Todos eran partícipes de un mismo duelo. Colocaron a cada uno encima de su escudo y los llevaron a la ciudad, a casa de la dama que los había amado.

 En cuanto supo ella esta aventura, cayó desmayada sobre el pavimento. Cuando volvió en sí, recordó a cada uno por su nombre.

 "¡Pobre de mí! -dijo-, ¿qué haré? Ya nunca recuperaré mi alegría. Yo amaba a estos cuatro caballeros y quería a cada uno por sí mismo. ¡Muy gran bien tenía con ellos! Me amaban sobre toda cosa. Yo, por mi parte, les di a entender mi amor, pues se lo merecían por su belleza, por sus hazañas, por su valor, por su generosidad. No quería perderlos a todos para quedarme con uno. Ahora no sé a cuál debo llorar más, pero no he de engañarme: el uno herido, los otros tres muertos, ¡nada queda en el mundo que pueda consolarme! Haré enterrar a los muertos y, si el herido puede curarse, con mucho gusto le cuidaré y le proporcionaré buenos médicos".

 Le hace llevar entonces a las habitaciones y, después, ordena vestir a los otros, ataviándolos rica y noblemente con todo su amor. Gran ofrenda y donación hizo a la riquísima abadía en que recibieron sepultura. ¡Dios les conceda la salvación!»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1975, en edición de Luis Alberto de Cuenca, pp. 253-263. ISBN: 84-276-1276-1.] 

miércoles, 6 de julio de 2022

La señal y otros relatos.- Vsévolod Garshin (1855-1888)


Vsevolod M. Garshin — Stock Photo © Aviavlad3 #10610447
El cobarde


  «Definitivamente, la guerra no me permite estar tranquilo. Veo claramente que se dilata, y decir cuándo acabará es difícil. Nuestros soldados siguen siendo los extraordinarios soldados que fueron siempre, pero el enemigo resultó no ser tan débil como pensábamos; y he aquí que ya han pasado cuatro meses desde que fue declarada la guerra, y todavía no hemos logrado ningún éxito decisivo. Y, mientras tanto, cada día que pasa se lleva a centenares de personas. Tal vez sea cosa de mis nervios el que los telegramas con las cifras de muertos y heridos provoquen en mí una impresión mucho más fuerte que en quienes me rodean. Otro lee tranquilamente: “Las pérdidas de los nuestros son insignificantes. Herido tal oficial; muertos de grado inferior, 50; heridos, 100”, y aún se alegra de que sean pocos. Sin embargo, en lo que a mí respecta, la lectura de esa información hace que inmediatamente se me represente ante los ojos todo un cuadro sangriento. Cincuenta muertos, cien mutilados, ¡una cosa insignificante! ¿Por qué nos indignamos tanto cuando los periódicos dan la noticia de algún asesinato, cuando las víctimas son algunas personas? ¿Por qué el aspecto de los cadáveres atravesados por las balas, tirados en el campo de batalla, no nos golpea con el mismo horror que el aspecto del interior de la casa saqueada por el asesino? ¿Por qué sobre la catástrofe en los terraplenes de Tiligulski, que costó la vida a varias decenas de personas, habló, y mucho, toda Rusia, y al asunto de la avanzadilla con pérdidas “insignificantes”, también de varias decenas de personas, nadie le presta atención?
   Hace unos cuantos días, Lvov, un estudiante de medicina conocido mío con el que frecuentemente discuto sobre la guerra, me dijo:
  —Ya veremos, pacifista, cómo aplica sus convicciones humanitarias cuando le recluten como soldado y se vea obligado a disparar a la gente.
   —A mí, Vasili Petróvich, no me reclutarán: estoy inscrito en la milicia.
   —Sí, si la guerra se alarga, echarán mano hasta de la milicia. No se envalentone, su tumo también llegará.
   Se me encogió el corazón. ¿Cómo no se me había ocurrido eso antes? Realmente echarán mano hasta de la milicia, aquí no hay nada imposible. “Si la guerra se alarga…”. Sí, seguramente se alargará. Y si no se prolonga mucho esta guerra, de todas formas comenzará otra. ¿Por qué no luchar? ¿Por qué no realizar grandes hechos de armas? Me parece que la guerra actual es sólo el principio de las futuras, de las cuales no nos libraremos ni yo, ni mi hermano pequeño, ni el hijo de pecho de mi hermana. Y mi turno llegará muy pronto.
  ¿Dónde se meterá tu “yo”? Tú protestas con todas tus fuerzas contra la guerra, y aun así la guerra te obligará a echarte el arma al hombro, te obligará a ir a morir y a matar. ¡No, eso es imposible! Yo soy un joven tranquilo, de buen corazón, que hasta ahora sólo conocía sus libros, el aula, la familia y unas cuantas personas cercanas, que piensa en comenzar su propio trabajo dentro de uno o dos años, una tarea de amor y verdad; yo, al fin, acostumbrado a observar el mundo objetivamente, acostumbrado a ponerlo delante de mí, que pienso que en todas partes sé ver el mal existente y por lo tanto huyo de ese mal, veo todo mi edificio de tranquilidad derrumbado, y a mí mismo enfundado en los mismos harapos con agujeros y manchas que hace un instante sólo miraba. Y ningún progreso, ningún conocimiento propio ni del mundo, ninguna libertad espiritual me darán la triste libertad física, la libertad de disponer del propio cuerpo.
   Lvov se ríe cuando empiezo a exponerle mi indignación frente a la guerra.
  —Relaciónese de manera más simple con las cosas, querido amigo: la vida le resultará más fácil —dice—. ¿Cree que a mí me resulta agradable esta carnicería? Además de traer desgracia a todos, a mí me hace daño personalmente, no me permite completar los estudios. Dispondrán la graduación acelerada, y nos enviarán a cortar brazos y piernas. Y sin embargo no me dedico a hacer reflexiones inútiles sobre el horror de la guerra, porque por mucho que piense no haré nada para acabar con ella. Verdaderamente, es mejor no pensar y dedicarse a los asuntos propios. Y si me mandan a curar heridos, voy y los curo. Qué se le va a hacer: en semejantes circunstancias es necesario sacrificarse. Por cierto, ¿sabe usted que Masha va como hermana de la caridad?
   —¿De veras?
   —Lo decidió anteayer, y hoy ha ido a hacer prácticas de vendaje. Yo no la disuadí; sólo le pregunté cómo piensa arreglárselas con sus estudios. “Terminaré los estudios después —dijo—, si sobrevivo”. Pues nada, que vaya mi hermanita, algo bueno aprenderá.
   —¿Y qué dice Kuzma Fomich?
LA SEÑAL Y OTROS RELATOS   —Kuzma no dice nada, pero una melancolía atroz se ha apoderado de él y ha abandonado completamente los estudios. Me alegro por él de que mi hermana se vaya: verdaderamente, el hombre se consume, sufre, se ha convertido en su sombra, no hace nada. ¡En fin, cosas del amor! —Vasili Petróvich movió la cabeza—. Y ahora se fue corriendo para traerla a casa, ¡como si ella no hubiera andado por la calle siempre sola!
  —Me parece, Vasili Petróvich, que no es bueno que él viva con ustedes.
  —Por supuesto que no es bueno, pero ¿quién podía preverlo? Para mi hermana y para mí, este piso es grande, sobra una habitación. ¿Por qué no habríamos de alojar en ella a una buena persona? Y una buena persona la cogió y quedó pillado. A mí, la verdad, ella también me irrita: ¡¿en qué es Kuzma peor que ella?! Es bondadoso, nada tonto, bueno. Y a buen seguro ella no se fija en él. En fin, váyase de mi habitación, no tengo tiempo; si quiere ver a mi hermana con Kuzma, vaya al comedor; llegarán pronto.
   —No, Vasili Petróvich, yo tampoco tengo tiempo; ¡adiós!
   Nada más salir a la calle, vi a María Petrovna y a Kuzma. Caminaban callados: María Petrovna, con una expresión de concentración forzada en el rostro, delante, y Kuzma, un poco de lado y detrás, sin atreverse a ir a su lado y lanzando de vez en cuando una mirada de soslayo a su rostro. Pasaron a mi lado sin percatarse de mi presencia.
   No puedo hacer nada y no puedo pensar en nada. He leído sobre la tercera batalla de Plevna. Hubo doce mil bajas entre rusos y rumanos, eso sin contar a los turcos… Doce mil… Esta cifra tan pronto flota ante mí en forma de signos como se extiende en forma de cinta infinita de cadáveres que yacen uno al lado del otro. Si se colocaran hombro con hombro, se formaría un camino de ocho verstas… ¿Qué es esto?
  Me habían contado algo sobre Skóbelev, que se lanzó a no sé dónde, que atacó no sé qué, tomó no sé qué reducto o lo cogieron en él…, no recuerdo. En este espantoso asunto no recuerdo ni veo más que una cosa: una montaña de cadáveres que sirve de pedestal a grandiosos hechos de armas que se incluirán en las páginas de la historia. Es posible que esto sea necesario; no pretendo juzgarlo, y además no puedo hacerlo; no razono sobre la guerra, me refiero a ella visceralmente, indignado por la cantidad de sangre derramada. El toro, ante cuyos ojos matan a toros como él, siente, seguramente, algo parecido… No comprende para qué sirve su muerte, y mira con ojos desorbitados la sangre, y brama desesperado con una voz que desgarra el alma.
  ¿Soy o no soy un cobarde?
   Hoy me han dicho que soy un cobarde. Bien es verdad que lo ha dicho una persona muy frívola, ante quien he expresado el temor de ser reclutado como soldado y mi noluntad de ir a la guerra. Su opinión no me ha afligido, pero me ha suscitado una cuestión: ¿no soy en efecto un cobarde? ¿Puede ser que toda mi indignación contra lo que los demás consideran un gran hecho de armas sea fruto de que temo por mi propio pellejo? ¿Merece realmente la pena preocuparse por una insignificante vida cualquiera cuando se está ante un gran asunto? En definitiva, ¿soy capaz de arriesgar mi vida por alguna causa?
   No he dedicado mucho tiempo a estas cuestiones. He rememorado toda mi vida, todas aquellas situaciones —en verdad no muchas— en las que me vi cara a cara con el peligro, y no he podido culparme de cobardía. No temía por mi vida entonces y no temo ahora. Así que no es la muerte lo que me asusta…
  Continuamente nuevas batallas, nuevas muertes y sufrimientos. Leído el periódico, no soy capaz de acometer nada: en el libro, en lugar de letras, hay tiradas hileras de personas; la pluma parece un arma que le hace al blanco papel negras heridas. Si sigo así, acabaré teniendo auténticas alucinaciones. Además, ahora me ha surgido una nueva preocupación que me distrae un poco de unos y otros pensamientos deprimentes.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Contraseña, 2010, en traducción de Sara Gutiérrez. ISBN: 978-84-9378-183-5.]

martes, 22 de junio de 2021

Los samuráis.- Wolfgang Schwentker (1953)


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5.-Vida cotidiana y ámbito doméstico del samurái

Formas de morir

 «Después del nacimiento, del ritual de iniciación a la edad adulta y del matrimonio, la muerte constituía el cuarto y último acontecimiento fundamental en la vida de todo samurái. La muerte podía sobrevenir al guerrero de dos maneras totalmente diferentes: a consecuencia de un accidente, de una enfermedad o, simplemente, de la edad, o bien a resultas de una lucha o una decisión tomada libremente. En el primer caso se trataba de una muerte involuntaria que puede adscribirse sin dudar a la vida privada de un samurái. En caso de enfermedad grave que no pudiese curarse con remedios caseros solía consultarse, en el período Edo, a un médico perteneciente a la casta samurái y versado en medicina china (y a partir de 1780 aproximadamente, también en medicina occidental). Si ya no había salvación posible y el guerrero enfermo moría, se lo enterraba por lo común según los dictados del ritual budista. Este hecho guarda relación directa con el departamento creado por el bakufu tras el aniquilamiento del cristianismo en 1640 para controlar los asuntos religiosos, así como con el conjunto de ordenanzas que se decretaron, referentes al ejercicio de la religión. Cada individuo y cada familia debía inscribirse en un templo budista que dispusiese de un cementerio en sus terrenos. Resulta así muy lógico que los difuntos del estamento samurái y de otras clases sociales fuesen enterrados según el ritual budista en la mayoría de los casos.
 Cuando un guerrero fallecía de muerte natural, se procedía en primer lugar a lavar su cadáver, a envolverlo en un kimono blanco de algodón y a colocarlo en un ataúd en el que se introducían plantas, perfumes y monedas que servían como pago de la travesía al más allá. Aunque el sintoísmo prohibía las incineraciones, éstas estaban muy extendidas, si bien aún no generalizadas, en el ámbito budista del Japón premoderno. El tipo de funeral dependía del estatus y de los deseos personales expresados en vida por el difunto. Cuando el sexto shogún Ienobu murió en 1712 a la edad de 51 años, sus vasallos más cercanos leyeron en voz alta su testamento y dieron a conocer su deseo de ser enterrado en el templo Zojo de Edo según el ritual budista. Por lo común, los familiares, amigos y vasallos del difunto se reunían la tarde anterior al entierro en un velatorio, una tarea que en las zonas rurales se hacía necesaria para proteger al cadáver de los animales salvajes. Las viudas se cortaban el pelo en señal de renuncia a un nuevo matrimonio, aunque este deseo así manifestado podía tornarse en su contrario tan pronto como el cabello volvía a crecer. El luto duraba por norma general un año para los parientes de primer grado y para los miembros de la corte en caso de fallecimiento del tennó, y se reducía en consonancia con el grado de parentesco guardado con el difunto.
 Suele asociarse al samurái un género de muerte que guarda relación directa con la manera, propia y específica del guerrero japonés, en que éste afrontaba el fin de su vida en la tierra. Nos referimos a la muerte sobrevenida en el campo de batalla, así como al suicidio ritual de carácter voluntario denominado seppuku y que nosotros conocemos generalmente como harakiri. Esta forma de muerte iba unida a la pretensión de conseguir fama y gloria, dos valores que, al estar socialmente condicionados, hacían del seppuku un acontecimiento de carácter público (un carácter que, de no existir, despojaría al suicidio ritual de todo su sentido). Por esta razón, la persona que lo practicase podía hacerlo bien en función de su calidad de individuo directamente afectado, o bien actuar como miembro elegido para representar a un grupo concreto de índole elitista. Aún hoy siguen existiendo dudas acerca de los orígenes precisos del seppuku. Ikegami Eiko localiza sus principios en las luchas y rebeliones que precedieron a la fundación del shogunato Kamakura, es decir, en el último tercio del siglo XII, al tiempo que considera que los suicidios rituales realizados en el campo de batalla fueron más frecuentes entre los Minamoto del nordeste que entre los Taira del sudoeste de Japón. En las fuentes que nos informan sobre las luchas acontecidas en el período Heian no consta caso alguno en que esta costumbre fuese llevada a la práctica. Muy al contrario, parece ser que los primeros samuráis no se caracterizaron por luchar hasta perder al último de sus hombres: en caso de peligro intenso optaban por huir o rendirse al enemigo. Sea como fuere, el número de víctimas que causaron estos enfrentamientos, incluidos los de mayor envergadura, es sorprendentemente pequeño.
 Esta situación cambió en la segunda mitad del siglo XII. De epopeyas militares tales como el Hógen monogatari o el Heike monogatari puede deducirse que sobre todo los jefes guerreros de los Minamoto ponían a prueba su honor en cada batalla que emprendían, que luchaban en nombre de tal honor y que preferían, cuando no les quedaba escapatoria, suicidarse antes que caer en manos del enemigo. La reputación individual, obtenida en función de los méritos militares conseguidos y de la entereza demostrada en la lucha, tenía más peso que la posición social o la familia. Esta actitud ideológica denota, además, una nueva forma de asumir la muerte y la “impureza” (kegare) a ella asociada: en este sentido, la conducta del samurái se diferenciaba claramente de los hábitos de la alta nobleza cortesana de Kyoto. Ésta, acorde con la idea de pureza propia del sintoísmo, procuraba que la muerte y el enterramiento de altos dignatarios, e incluso del tennó, tuviesen lugar de forma separada del resto de la sociedad. La idea de “impureza” asociada a la muerte era, en cambio, desconocida para el budismo, y así éste propagaba a través de sus distintas comunidades religiosas la “unidad de la vida y la muerte” y el carácter efímero de la existencia, ideas que gozaron de gran aceptación entre los samuráis.
 En el período Edo se produjo una transformación del seppuku como consecuencia de la pacificación de la sociedad en el curso de la unificación del imperio en torno al año 1600. A partir de entonces, las posibilidades al alcance de un samurái de morir de manera honrosa en el campo de batalla pasaron a ser de índole meramente teórica. En la práctica esto sólo se hizo posible en casos excepcionales, como por ejemplo en las represiones de las revueltas, pues el Estado no tuvo ya necesidad de declarar más guerras. De este modo, el seppuku se convirtió en un método indirecto de ejecución, así como en la forma privilegiada de castigo que se imponía a los samuráis de alto rango. Si un miembro de la clase social más distinguida era declarado culpable de un delito grave, podía ser condenado al suicidio ritual. Con ello se conseguía no sólo reparar el honor del delincuente, sino también evidenciar públicamente la autoridad del Estado y de la clase alta.
Resultado de imagen de wolfgang schwentker los samurais Se tiene constancia de una gran cantidad de normas reguladoras de las ceremonias y los procedimientos a seguir en un ritual  de este tipo, que muestran hasta qué punto se extendió la práctica del suicidio en el período Edo. Al condenado le estaba permitido tomar un baño purificador y hacerse un peinado ceremonial. Se le vestía a continuación con ropa interior blanca y un kimono del mismo color. El seppuku tenía lugar sobre dos tatamis previamente dispuestos, cubiertos con telas blancas. Una vez que el condenado tomaba asiento, recibía dos tazas de sake y viandas exquisitas y finalmente, sobre una bandeja, una espada que a veces estaba envuelta en papel blanco. Detrás de la persona que iba a morir se colocaba un padrino (kaishaku), cuya función consistía en decapitar al condenado una vez que éste se había hundido la espada en el estómago y se había practicado un corte en sentido ascendente. En el transcurso del período Edo el ritual se fue refinando de forma paulatina, con el resultado de que en ocasiones se entregaba  al condenado una daga de madera o un abanico como símbolo del suicidio y que servían al padrino de señal para proceder a la decapitación. Se hablaba en estos casos de ogibara donde ogi significaba “abanico” y bara “estómago”.
 Un tipo específico de suicidio es el denominado “séquito de la muerte” (junshi), en el que un vasallo de alto rango seguía a su señor a la tumba. Esta costumbre ha seguido practicándose en el Japón moderno, si bien sólo de forma ocasional. Se hizo famoso el caso del general Nogi Maresuke quien, junto con su esposa, se suicidó durante el entierro de “su” tennó Meiji el 13 de septiembre de 1912. Durante la Edad Media el “séquito de la muerte” adquirió un carácter inmediato, en el sentido de que los vasallos más cercanos seguían a su señor militar a la muerte aún antes de abandonar el campo de batalla, siempre y cuando no se vislumbrara otra salvación posible para el conjunto de la tropa. En tales situaciones, el suicidio representaba la mejor y más perfecta forma de morir, al tiempo que constituía la expresión más radical del lazo de lealtad que unía a señor y vasallo. Se dieron incluso casos extremos de suicidios masivos. Valga como ejemplo el caso de Hojo Nakatoki quien, tras luchar desesperadamente y sin éxito por hacerse con el shogunato Kamakura, se quitó la vida en el patio del templo Renge (en la provincia de Omi) en 1333 y fue acto seguido imitado por 432 de sus súbditos más fieles.
 En años posteriores, los gobiernos de los shogunes Tokugawa intentaron extirpar esta costumbre de la sociedad, con el fin de poner freno a la pérdida de miembros de la elite militar. Así, el junshi se prohibió bajo fuertes amenazas, tal como consta en varios apéndices a las Leyes para la aristocracia guerrera de los años 1663 y 1683. Una de las medidas de disuasión y castigo que se tomaron consistió en decapitar a los hijos de los criados domésticos que hubiesen seguido a su daimio a la tumba. Aunque el bakufu obtuvo un gran éxito con la aplicación de estas disposiciones,no dejó de haber casos en los que la nueva ley se infringió. Por una parte, el séquito de la muerte continuó considerándose como una “buena costumbre” que servía para mantener vivo el antiguo espíritu samurái, incluso en una sociedad pacificada; por otra parte estaba el compromiso de entregar una gratificación a la familia del finado. Estas creencias fueron diluyéndose de forma paulatina en el curso del período Tokugawa. En el Japón moderno sólo algún que otro héroe solitario ha llegado a practicar el junshi, casi siempre como expresión de sentimientos políticos chovinistas o de mantenimiento de la tradición.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza editorial, 2015, en traducción de Mª Carmen Arias Rodríguez, pp. 107-113. ISBN: 978-84-206-8773-5.]

sábado, 19 de diciembre de 2020

La caída del rey.- Johannes V. Jensen (1873-1950)

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El invierno

El tiempo

  «Y pasó el tiempo. El tiempo se hizo dueño de la situación. Los días se extendían y los años se propagaban como un mal contagioso más allá de cualquier poder mortal. Las gentes apenas alcanzaban a iniciar a medias aquello que emprendían, y lo que entreveían acabado en la distancia el tiempo se lo arrojaba a los pies cual mamarracho. Y ya habían transcurrido años y días; los viejos hablaban de todo ello como de un recuerdo. […]
 Gustaf Trolle recibió una herida mortal en la batalla de Oksnebjaerg y cayó. Se desplomó en tierra cuan largo era con todo su armamento, cubierto de hierro de la cabeza a los pies, sintiéndose interiormente dividido entre el dolor y la dicha. Al repasar, con la herida mortal in mente, su vida y sus acciones, se sintió poseído por una intensa rabia al verlas así cercenadas; mas la conmoción hizo tal mella en él que, fatigado y mísero, acogió con agrado su reposo. Pero tenía un sentido su final, pues venía a poner un justo término a toda una serie de sinrazones. Ningún remordimiento lo asaltaba fuera del remordimiento de las cosas nunca hechas. Allí yacía, tan lejos como al principio pese a haber llegado a ser un hombre anciano. Se había quedado solo por defender una causa y solo terminaba. El círculo de su vida se cerraba sin cabida para otra cosa que provisionalidad y carencias. Se podría decir que en aras de un objetivo por lo demás desconocido se había aislado y enfrentado a todo ser viviente. Al sentirse en manos del destino, Gustaf Trolle saboreó al fin la dulzura de la sumisión y permaneció echado, caliente y dócil; al sentir las fiebres de la muerte se entregó por vez primera en su vida.    
 […]
 Tras la batalla de Oksnebjaerg, Fionia vio muy quebrantada su resistencia. Los selandeses pasaron a ser los únicos en dejar su vida y propiedades en manos del rey Christian, pero una vez que ellos también quedaron doblegados, Johan Ranzau conquistó todo el país. Se había visto a ir arrancando una región tras otra igual que se ha de arrastrar a un caballo testarudo pata por pata para moverlo del sitio. Los mismos daneses que diez años atrás abandonaran al rey eran ahora del parecer de que era preferible traerlo de vuelta o morir. En Dinamarca eran igual de veleidosos que de tercos. Copenhague resistió un sitio de un año. En sus últimos meses sus habitantes se vieron reducidos a los más bajos extremos que puede conocer un ser humano; al principio se resignaron a comer los infames alimentos de albañaleros y paganos, caballos, gatos y perros, después hubieron de contentarse con la misma comida de las más viles bestias comedoras de gusanos, los ratones y escarabajos; por último se hartaron como animales de carroña y otros deshechos. Los niños morían al pecho de sus madres como siempre que hay una auténtica hambruna, tampoco faltaban quienes se desplomaban muertos según iban caminando. Y después de sacrificarse y sufrir tan indecibles padecimientos por conservar la ciudad para el rey, cuando ya no quedaba penuria que no hubiesen pasado ni tormento que no hubiesen probado, la ciudad se rindió para coronar así la infructuosidad de todo ello.
 Ambrosius Bogbinder, el amigo de la infancia del rey Christian que jamás había sabido de mesura en su celo por la causa del monarca, ¡tomó veneno! Con un silbido, su vida y su energía volvieron sobre sí mismas como la trayectoria que describe un bumerán.
Resultado de imagen de johannes v jensen la caida del rey  Al año siguiente moría desterrado en Lübeck Jens Andersen Beldenak. Se serenó en sus últimos años abrumado por el peso de la edad; además, era un lisiado. Jens Andersen, que jamás le había perdonado la vida a nadie, fue generosamente maltratado por sus enemigos apenas se acercó a ellos lo bastante. Era un hombre anciano cuando saciaron su sed de venganza con lentos y terribles suplicios a su persona. Las chanzas aceradas que en sus días lozanos disparaba contra todo hijo de vecino recalaron en su cuerpo cuando quedó lisiado. Una vez caído en desgracia, aquel servidor de Dios fue puesto en cueros, embadurnado de miel y abandonado al sol como blanco de moscas y mosquitos. ¡Qué espectáculo su figura gigantesca rapiñada por la edad, desnuda y a merced de los insectos! ¡Ése era el gran obispo y soldado, el infatigable tratante de bueyes, sibarita y hombre de leyes! ¡Ése era el nigromante, el adepto que hacía conjuros con el libro en el pomo del arzón! El tiempo había renegado de él, el tiempo lo había abandonado. Ese despojo fue otrora un indómito intelectual y un intrigante. Donde ahora humeaba una tenue fumarada, antaño se alzaba una hoguera de apetitos.
 Jens Andersen, hijo bastardo de natura con los talentos de un rey y una cabeza que albergaba la más feliz conjunción de teología y derecho jamás vista en Dinamarca. Él, que de acuerdo con su época era un eminente esteta, supo resumir su vida y su filosofía en dos breves poemas latinos. Uno de ellos era un parco epitafio. El otro presentaba en una pila de dísticos descarnados el inventario de sus torturas.
 ¡Pero cuánta verdad había en los huesudos poemas de Jens Andersen! Sus versos parecían el esqueleto de la historia de la humanidad. Dos de ellos recrujen así: Os, dentes, nares, genitalia, brachia dantur / Torturis, quibus adjunge manusque pedes*.
 Entretanto el rey llevaba ya muchos años prisionero en Sonderborg. Desde la batalla de Aalborg, Mikkel Thogersen compartía cautiverio con su señor y recibía por ello seis marcos de Lübeck al año.
 Ahora que contaba con un puesto fijo como prisionero en compañía del monarca, se veía obligado a llevar una existencia tranquila. Siempre había sentido que su suerte corría pareja a la del rey. En cierto modo, habían ido juntos por el mismo camino. ¡Cuánto más se aproximaba Mikkel al rey, más abajo caía éste!»
 
 *Se someten a torturas la boca, los dientes, las narices, los genitales, los brazos y a todo esto añade las manos y los pies. (N. del T.)
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Nórdica Libros, 2007, en traducción de Blanca Ortiz Ostalé, pp. 258-262. ISBN: 978-84-935578-7-4.]