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domingo, 8 de febrero de 2026

El conde Lucanor.- Don Juan Manuel (1282-1348)

 
Cuento XVIII
Lo que sucedió a don Pedro Meléndez de Valdés cuando se le rompió la pierna

 «Un día, hablando el conde Lucanor con Patronio, su consejero, díjole así:
 -Patronio, vos sabéis que yo tengo un pleito con un señor, vecino mío, que es muy poderoso, y hemos convenido ir los dos a una villa, y que el que primero llegue se quede con ella; también sabéis que tengo reunida a toda mi gente y que estoy seguro de que si por misericordia de Dios yo pudiera ir probablemente ganaría la villa. Pero me preocupa mucho ver que no puedo hacerlo por no estar muy sano. Aunque la de la villa es pérdida muy grande, más me preocupa lo que la gente diga en elogio suyo y vituperio mío. Por la confianza que tengo en vos os ruego me digáis lo que en este conflicto debo yo hacer.
 -Señor conde Lucanor -respondió Patronio-, aunque no os falta razón para lamentaros, me gustaría que supierais lo que sucedió a don Pedro Meléndez de Valdés, que bien puede servir de regla para casos tales.
 El conde le pidió que se lo refiriera.
 -Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, don Pedro Meléndez era un honrado caballero leonés, que tenía costumbre de decir, siempre que sufría una contrariedad: "Bendito sea Dios, que pues él lo ha hecho será por bien". Este don Pedro Meléndez gozaba de mucha privanza con el rey de León. Otros consejeros, enemigos suyos, llenos de envidia, le calumniaron, acusándole de tantos crímenes que el rey se resolvió a mandarle matar. Estando don Pedro en su casa llególe una orden del rey, que fuera inmediatamente a hablar con él. Los que le habían de matar estaban esperándole a media legua de donde él vivía. Yendo a cabalgar don Pedro Meléndez para ver al rey, cayó por una escalera y se rompió una pierna. Cuando aquellos de sus servidores que habían de acompañarle vieron lo que le había pasado lo sintieron mucho y empezaron a echarle en cara su confianza en Dios de este modo:
 -Ea, don Pedro, vos que siempre decís que lo que Dios hace es lo mejor, recibid la merced que Dios os ha hecho.
 Él respondióles que podían estar seguros de que, aunque esta desgracia les contrariara y les entristeciera, al final verían que, pues Dios lo había hecho, sería por bien. Y por más que replicaron no pudieron hacerle cambiar de opinión.
 Los que estaban esperando para matarle, por orden del rey, cuando vieron que no venía y supieron la causa, se fueron al rey y le dijeron por qué no habían podido cumplir su mandato.
 Don Pedro Meléndez pasó mucho tiempo sin poder cabalgar. En este tiempo se enteró el rey de que eran falsas las acusaciones de sus enemigos, a los que, en vista de ello, mandó prender; hecho esto, fue a ver a don Pedro, que seguía sin poder moverse, y le dijo cómo había sido calumniado y cómo él mandó que le mataran y, pidiéndole perdón, le hizo muchas mercedes para compensarle. Después de lo cual mandó ejecutar en su presencia a los que falsamente le habían acusado. Así libró Dios a don Pedro Meléndez de sus enemigos y calumniadores y resultó verdad que, como él decía, lo que Dios hace es siempre para bien.
 Vos, señor conde Lucanor, no os lamentéis por la contrariedad que ahora sufrís, mas tened por cierto en vuestro corazón que lo que Dios hace es siempre lo mejor; si así lo pensáis, él os sacará de todo con bien. Pero debéis saber que las cosas que pueden sucedernos son de dos clases: unas son aquéllas en que se puede poner remedio; las otras son aquéllas contra las que no es posible hacer nada. En las cosas que pueden remediarse debe el hombre buscar los medios para ello, sin esperar a que se enderecen por causalidad o por voluntad de Dios, ya que esto sería tentar a Dios; mas pues el hombre tiene entendimiento y razón, ha de hacer todo lo que pueda para poner remedio a sus desdichas. Por el contrario, en aquellas cosas en que no es posible hacer nada debemos creer que, pues Dios las dispone, son por nuestro bien. Y como la enfermedad que os ha sobrevenido es una de las cosas a que no podemos poner remedio, convenceos de que, pues Dios lo ha dispuesto, será por bien, y de que Dios hará que todo salga como deseáis.
 El conde vio que Patronio decía la verdad y le daba un consejo muy bueno, obró según él y le fue muy bien. Como don Juan creyó que este cuento era bueno lo hizo escribir en este libro y compuso unos versos que dicen así:
 No te quejes de lo que Dios hiciere,
que será por tu bien cuando Él quisiere.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1990, en versión española moderna de Enrique Moreno Báez, pp. 71-73. ISBN: 84-7039-024-4.]


miércoles, 30 de septiembre de 2020

Libro de Buen Amor.- Juan Ruiz, Arcipreste de Hita (1283-1350)

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Propósito del Libro de Buen Amor

  «Palabras son del sabio y díjolo Catón: / el hombre, entre las penas que tiene el corazón,
debe mezclar placeres y alegrar su razón, / pues las muchas tristezas mucho pecado son.
 
 Como de cosas serias nadie puede reír, / algunos chistecillos tendré que introducir;
cada vez que los oigas no quieras discutir / a no ser en manera de trovar y decir.
 
 Entiende bien mis dichos y medita su esencia, / no me pase contigo lo que al doctor de Grecia
con el truhán romano de tan poca sapiencia, / cuando Roma pidió a los griegos su ciencia.
 
 Así ocurrió que Roma de leyes carecía; / pidióselas a Grecia, que buenas las tenía.
Respondieron los griegos que no las merecía / ni había de entenderlas, ya que nada sabía.
 
 Pero, si las quería para de ellas usar, / con los sabios de Grecia debería tratar,
mostrar si las comprende y merece lograr; / esta respuesta hermosa daban por se excusar.
 
 Los romanos mostraron enseguida su agrado; / la disputa aceptaron en contrato firmado,
mas, como no entendían idioma desusado, / pidieron dialogar por señas de letrado.
 
 Fijaron una fecha para ir a contender; / los romanos se afligen, no sabiendo qué hacer,
pues, al no ser letrados, no podrán entender / a los griegos doctores y su mucho saber.
 
 Estando en esta cuita, sugirió un ciudadano / tomar para el certamen a un bellaco romano
que, como Dios quisiera, señales con la mano / hiciese en la disputa y fue consejo sano.
 
 A un gran bellaco astuto se apresuran a ir / y le dicen: -"Con Grecia hemos de discutir;
por disputas por señas, lo que quieras pedir / te daremos, si sabes de este trance salir".
 
 Vistiéronle muy ricos paños de gran valía / cual si fuese doctor en la filosofía.
Dijo desde un sitial, con bravuconería: / -"Ya pueden venir griegos con su sabiduría".
 
 Entonces llegó un griego, doctor muy esmerado, / famoso entre los griegos, entre todos loado;
subió en otro sitial, todo el pueblo juntado. / Comenzaron sus señas, como era lo tratado.
 
 El griego, reposado, se levantó a mostrar / un dedo, el que tenemos más cerca del pulgar,
y luego se sentó en el mismo lugar. / Levantóse el bigardo, frunce el ceño al mirar.
 
 Mostró luego tres dedos hacia el griego tendidos, / el pulgar y otros dos con aquél recogidos
a manera de arpón, los otros encogidos. / Sentóse luego el necio, mirando sus vestidos.
 
 Levantándose el griego, tendió la palma llana / y volvióse a sentar, tranquila su alma sana;
levantóse el bellaco con fantasía vana, / mostró el puño cerrado, de pelea con gana.
 
 Ante todos los suyos opina el sabio griego: / -"Merecen los romanos la ley, no se la niego".
Levantáronse todos con paz y con sosiego, / ¡gran honra tuvo Roma por un vil andariego!
 
 Preguntaron al griego qué fue lo discutido / y lo que aquel romano le había respondido:
-"Afirmé que hay un Dios y el romano entendido, / tres en uno, me dijo, con su signo seguido.
 
 Yo: que en la mano tiene todo a su voluntad; / él: que domina al mundo su poder, y es verdad.
Si saben comprender la Santa Trinidad, / de las leyes merecen tener seguridad".
 
 Preguntan al bellaco por su interpretación: / -"Echarme un ojo fuera, tal era su intención
al enseñar un dedo, y con indignación / le respondí airado, con determinación,
 
 que yo le quebraría, delante de las gentes, / con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes.
Dijo él que si yo no paraba mientes, / a palmadas pondría mis orejas calientes.
 
 Entonces hice seña de darle una puñada / que ni en toda su vida la vería vengada;
cuando vio la pelea tan mal aparejada / no siguió amenazando a quien no teme nada".
 
 Por eso afirma el dicho de aquella vieja ardida / que no hay mala palabra si no es a mal tenida,
toda frase es bien dicha cuando es bien entendida. / Entiende bien  mi libro, tendrás buena guarida.
 
 La burla que escuchares no la tengas por vil, / la idea de este libro entiéndela, sutil;
pues del bien y del mal, ni un poeta entre mil / hallarás que hablar sepa con decoro gentil.
 
 Hallarás muchas garzas, sin encontrar un huevo, / remendar bien no es cosa de cualquier sastre nuevo:
a trovar locamente no creas que me muevo, / lo que Buen Amor dice, con razones te pruebo.
 
 En general, a todos dedico mi escritura; / los cuerdos, con buen seso, encontrarán cordura;
los mancebos livianos guárdense de locura, / escoja lo mejor el de buena ventura.
 
Resultado de imagen de el libro de buen amor odres nuevos Son, las de Buen Amor, razones encubiertas; / medita donde hallares señal y lección ciertas,
si la razón entiendes y la intención aciertas, / donde ahora maldades, quizá consejo adviertas.
 
 Donde creas que miente, dice mayor verdad, / en las coplas pulidas yace gran fealdad;
si el libro es bueno o malo por las notas juzgad, / las coplas y las notas load o denostad.
 
 De músico instrumento, yo, libro, soy pariente; / si tocas bien o mal te diré, ciertamente; 
en lo que te interese, con sosiego detente / y si sabes pulsarme, me tendrás en la mente.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1991, en versión de María Brey Mariño, pp. 43-47. ISBN: 84-7039-026-0.]
 

martes, 14 de abril de 2020

Lírica latina medieval I.- Archipoeta de Colonia (s. XII)

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Ardiendo en mi interior

 «Ardiendo en mi interior por apasionada ira, / con toda la amargura de mi alma hablo:
hecho con la materia de un elemento liviano, / soy parecido a una hoja con la que el viento juega.
Siendo propio del hombre inteligente / el poner los cimientos sobre la roca firme,
estúpido de mí, soy comparable al río que se desliza / y jamás en un punto idéntico se halla.
Arrastrado me veo cual nave sin piloto; / soy llevado como ave vagabunda por los caminos del aire.
Ningún lazo me retiene, ni me detiene una llave. / Voy buscando a mis iguales, y a los depravados me uno.
La seriedad del corazón me parece cosa seria. / Es amable la alegría y más dulce que un panal.
Las exigencias de Venus resultan suave tarea: / en los corazones indolentes jamás pone su morada.
Por el ancho camino voy andando, como hace la juventud; / en los vicios me sumerjo, de la virtud olvidado,
ansioso de los placeres, mas que de la salvación: / muerto en el alma, me preocupo bien del cuerpo.
Discretísimo prelado, imploro tu perdón; / es buena la muerte que me mata y dulce la ira que me hiere;
mi pecho lo desgarra la belleza de las jóvenes, / y, pues no puedo tocarlas, las gozo con el corazón al menos.
Vencer al propio carácter ardua tarea resulta, / mantener pura la mente contemplando a una doncella.
Acatar tan dura ley los jóvenes no podemos, / como el no prestar cuidado a nuestros cuerpos volubles.
¿Quién, colocado en el fuego, por el fuego no es quemado? / ¿Puede mantenerse casto alguien que viva en Pavía,
donde venus caza jóvenes con un gesto de su dedo, / los enlaza con sus ojos, los cautiva con su rostro?
Si en el día de hoy a Hipólito en Pavía lo dejaras, / tan sólo un día después Hipólito ya no sería:
todos los caminos conducen hasta el tálamo de Venus; / en medio de tantas torres no está la torre de Aricia.
En segundo lugar, me acusan de jugador; / mas cuando el juego me deja desnudo el cuerpo,
aunque esté frío por fuera, sudo por el calor de mi espíritu, / y es entonces cuando escribo mis mejores versos y canciones.
En un tercer apartado menciono la taberna: / jamás la he despreciado ni habré de despreciarla,
hasta que vea llegar a los ángeles del cielo / entonando por los muertos el "requiem aeternam".
Morir en la taberna es mi propósito, / por tener el vino cerca de la boca del moribundo.
Los coros de los ángeles alegremente cantarán entonces: "Que Dios resulte propicio para este bebedor".
Con las copas se me enciende la lucerna del espíritu; / el corazón, en néctar empapado, a lo alto emprende el vuelo.
El vino de la taberna me sabe mucho más dulce / que aquel que mezcla con agua el copero del prelado.
Ved que mi depravación yo mismo estoy denunciando, / aquella de que me acusan vuestros propios servidores.
Ninguno de ellos, en cambio, a sí mismo se denuncia, / aunque ansían divertirse y disfrutar de la vida.
Ahora que delante me hallo del venerable prelado, / ateniéndose a la regla del mandato de Señor,
sobre mí la piedra arroje y no perdone al poeta / cuyo ánimo no es consciente de su pecado.
He hablado en contra mía lo que sabía de mí, / y vomité la ponzoña que alimenté tanto tiempo.
La vida siente desagrado de lo viejo; costumbres nuevas agradan; / el hombre contempla el rostro, mas el corazón lo conoce sólo Júpiter.
Ahora aprecio las virtudes; los vicios me encolerizan; / regenerado de ánimo, renazco por el espíritu;
y como a un recién nacido, leche nueva me amamanta: / que mi corazón ya nunca de vanidad sea vasija.
Lírica latina medieval. I: Poesía profana: 1 (NORMAL): Amazon.es ...¡Oh, Elector de Colonia! Perdona a este penitente; / muestra tu misericordia al que perdón te suplica;
e imponle la penitencia a quien confiesa su culpa. / De buen grado cumpliré lo que quieras ordenarme.
El león, rey de las fieras, el perdón a sus súbditos otorga, / y se olvida de la ira que hacia los súbditos siente.
Haced vosotros lo mismo, príncipes de las naciones. / Lo que de dulzor carece es amargo en demasía.

Todo tiene su tiempo

"Todo tiene su tiempo" y yo sólo reclamo unos instantes / para poder en persona recitarte algunos versos.
Al entrar con rala veste en este sacro palacio, / hablo como una doncella invadida de rubor.
¡Salud, excelso varón! El poder se te confía: / con tu criterio y vigorosa mano el derecho se ejercita.
Eres flor de los prelados, y entre ellos el mayor. / Que vivas sano y salvo, vaso de sabiduría, más que Néstor.
¡Oh piadoso varón! ¡Oh varón justo! Permite que te ofrezca mi consejo, / ¡oh varón, eminente por su ingenio, y a quien el mundo entero rinde honores!:
propio es del magnánimo varón de los más humildes preocuparse. / ¡Torna tu corazón a los infortunados, pues hidalguía tal cuadra contigo!
Socórreme con tu piedad habitual, pues colmado de pobreza estoy; / tú, que transmontano eres, ayuda a quien también es transmontano.
La única esperanza de mi vida, en ti radica.
El frío y el hambre me arrebatarán la vida: / la crudeza del invierno y el hielo horrendo me matan;
padezco una tos continua y medio tísico estoy; / y por mi pulso colijo que lejos de la muerte no me hallo.
Mis pies descalzos, lo mismo que mi cuerpo, indican que soy pobre. / Por ello con rostro avergonzado te dirijo palabras de súplica;
vestido de esta forma no me hallo sin pudor en tu presencia: / ¡ojalá que estés libre de la muerte y que te acuerdes mí!»

   [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 1995,  en traducción de Manuel-A. Marcos Casquero y José Oroz Reta. ISBN: 84-7914-170-0.] 

sábado, 4 de enero de 2020

El defensor menor.- Marsilio de Padua (c. 1275 - 1342)

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Capítulo octavo

«Hay otra nueva conclusión que algunos extraen de la susodicha autoridad de las llaves y de la plenitud de poder de éstas que atribuyen al obispo de Roma: que el mismo obispo de Roma, llamado Papa, y otros obispos o sacerdotes a los que ha querido conferir o conceder este poder, pueden absolver a cualquier fiel cristiano o liberarlo de cualquier voto que haya ofrecido, de manera que no esté ya de ninguna forma obligado al cumplimiento de ese voto. Para examinar con mayor claridad esta conclusión conviene preguntarse, en primer lugar, qué es un voto; a continuación, qué persona puede hacer votos u ofrecer un voto y quedar así obligada a su cumplimiento; en tercer lugar, acerca de qué se puede o se debe hacer un voto; y, por último, por qué y a quién debe ofrecérselo el que ha hecho un voto.
 En lo que concierne al primer punto, digamos que, según la opinión más extendida, el voto es una promesa voluntaria, hecha mentalmente o de viva voz, de hacer algo o de abstenerse de algo con suficiente conocimiento de causa, con objeto de conseguir algún fin en esta vida o en la otra. En cuanto al segundo punto, digo que una persona que haga un voto debe formularlo a una edad en la que se presuma que tiene entendimiento o posee uso de razón; algunos hombres prudentes consideran que esa edad es la de quince años para el sexo masculino y fijan, en cambio, doce años para el sexo femenino.
 En lo referente al tercer punto, no debemos ignorar que en materia de actos humanos que se pueden hacer u omitir y son susceptibles de ser objeto de un voto, algunos están regidos por precepto de la ley humana o divina. Otros, sin embargo, pueden caer dentro de lo que está permitido tanto por la ley humana como por la ley divina;  y hay otros que forman parte de la categoría de los consejos y que conciernen más a la ley divina que a la ley humana. En qué se distinguen los preceptos, tanto los afirmativos como los negativos, llamados en general prohibiciones, de las cosas permitidas por las leyes y de los consejos, lo hemos tratado bastante en los capítulos VIII y XII de la Segunda parte del Defensor; sin embargo, como resumen de lo que afecta a nuestro propósito hemos de decir que los preceptos o prohibiciones, tanto de la ley divina como de la humana, no pueden ser objeto de voto, ni se puede formular un voto sobre ellos, porque los humanos de ambos sexos están obligados bajo pena en esta vida, en la otra, o incluso en las dos, a cumplirlas todos, tanto los divinos como los humanos, pues los preceptos humanos no contradicen la ley divina. En efecto, la ley divina ordena obedecer a los gobernantes y a las leyes humanas que no contradigan la ley divina, como hemos mostrado antes con las palabras de Cristo y de los apóstoles. Del mismo modo, tampoco se hace un voto sobre ciertas cosas permitidas por la ley humana o por la divina, como, por ejemplo, dar o no mis vestidos a un saltimbanqui, o preparar un festín para otra persona o no prepararlo, y otras cosas semejantes en relación con las cuales quien hace un voto no se priva de algún tipo de placer en esta vida para rendir homenaje a Dios o al espíritu de algún santo; no se hace un voto para esto, pues nadie está obligado al cumplimiento de tales cosas bajo pena en esta vida o en la otra.
 Se suele hacer un voto, en cambio, a propósito de cosas permitidas por la ley humana o por la ley divina, y sobre aquellas que es propio llamar consejos según la ley divina, con el fin de adquirir algún mérito o evitar un mal en esta vida o en la otra, a cuyo cumplimiento parece que los hombres quedan obligados, como vamos a ver con más extensión a continuación. Por dar un ejemplo de ello, si uno puede hacer un voto por haber conseguido o evitado algo, como tener un hijo varón de su esposa, vencer a un enemigo, obtener un beneficio, escapar a un peligro en tierra o en mar, recobrar la salud, no ir a prisión y muchas otras cosas igualmente deseables o temibles en el estado y para el estado en esta vida, de modo similar uno puede hacer un voto sobre asuntos llamados con propiedad consejos de la ley divina, a fin de obtener una mayor o menor felicidad o de evitar un mayor o menor mal  para el estado no en la vida presente, sino en la futura. Para resumir la definición del voto a partir de lo que hemos expuesto, diremos que el voto es una promesa humana voluntaria, que entra en la categoría de consejo, no de precepto, hecha mentalmente o de viva voz, o de las dos maneras, por una persona de edad apropiada, acerca de algo que le es suficientemente conocido o sabido y que debe hacer o abstenerse de hacer, por permisión o consejo, a fin de obtener o evitar alguna cosa en este mundo o en el otro, sólo en virtud de la gracia divina o por la intercesión del espíritu de algún santo. Digo, además, que tal voto puede ser formulado por quien lo ofrece, bien en el sentido de hacer o de abstenerse de hacer por completo o de modo absoluto, o bien de modo condicionado, es decir, en la medida en que a otra persona le agrade que tal voto sea cumplido o se deje de cumplir.
 Planteadas así estas premisas, extraigamos de ellas algunas conclusiones: la primera de ellas será que nadie está sujeto ni obligado a hacer un voto bajo pena en esta vida, puesto que lo que cae sólo dentro de lo que está permitido o del consejo, pero no de lo prescrito o prohibido por la ley divina o humana, no obliga a nadie bajo pena en esta vida o en la otra. Los votos conciernen en efecto a cosas permitidas o consejos, no a las prescritas o prohibidas por ley, como ha quedado claro en la definición de voto adoptada antes.
 Pero otra conclusión será que todo hombre está obligado bajo algún tipo de pena al cumplimiento del voto prometido. En efecto, así como lo que la ley humana permite a un hombre hacer o abstenerse de hacer, obliga bajo pena civil a quien por un motivo lícito ha prometido su cumplimiento, de la misma manera lo que se promete a Dios obliga a aquel que hace un voto o una promesa a cumplirla bajo algún tipo de pena, por ejemplo, en la vida futura, lo que parece ser conforme con la Sagrada Escritura. […]
 Por tanto, quien hace un voto lícito a Dios queda obligado para con Él y se obliga a cumplir su voto; pero de ningún modo para con el obispo de Roma o para con otro sacerdote.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Biblioteca Nueva, 2005, en traducción de Bernardo Bayona Aznar y Pedro Roche Arnas. ISBN: 84-9742-493-X. ]

lunes, 21 de enero de 2019

Discursos.- Isócrates (436 a.C. - 338 a.C.)


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Sobre la paz (VIII)

«Creo que nosotros debemos no sólo votar la paz antes de abandonar la asamblea sino también deliberar cómo la mantendremos sin hacer lo que acostumbramos: dejar pasar algún tiempo para volver a los mismos desórdenes, y cómo lograremos no un aplazamiento sino una liberación de los males presentes. Nada de esto se puede conseguir antes de persuadiros de que la tranquilidad es más útil y provechosa que el afán de novedades, más la justicia que la injusticia y más el cuidado de los asuntos particulares que la ambición de los ajenos. Sobre esto ningún orador se atrevió a hablaros jamás. Yo, en cambio, quiero dedicar a estos temas la mayoría de mis palabras hacia vosotros, porque veo que está en ellos la felicidad y no en lo que ahora hacemos. Quien intente hablar ante el pueblo de manera distinta a lo habitual, y quiera cambiar vuestra manera de pensar, debe tocar en su discurso muchos asuntos, expresarse con prolijidad, recordar unas cosas, criticar otras, aplaudir algunas y aconsejar sobre otras. Difícilmente con todo esto uno podría induciros a pensar en lo mejor.
 La situación es la siguiente: me parece que todos desean su conveniencia y tener más que otros, pero no saben qué acciones conducen a esto, sino que sus opiniones difieren mucho entre sí. Unos tienen una manera de pensar conveniente y que puede tender a su provecho, pero la opinión de otros les hace apartarse totalmente de su utilidad. Esto es precisamente lo que le sucede a la ciudad. Porque nosotros creemos que si navegamos por el mar con muchas trirremes, si obligamos a las ciudades a pagarnos tributos y a enviar aquí consejeros, lograremos algo provechoso. Pero nos engañamos por completo. Nada de lo que esperábamos ha sucedido y de eso mismo nos han venido enemistades, guerras y gastos enormes. Cosa lógica. Antes, partiendo de un afán parecido nos pusimos en los peores peligros. Pero cuando ofrecimos la ciudad como garantía de justicia, socorrimos a los agraviados y no deseamos lo ajeno, recibimos la hegemonía de los griegos, que nos la dieron de buen grado. Ahora, desde hace ya mucho tiempo, los despreciamos de manera absurda y muy a la ligera. Algunos han llegado a tal grado de insensatez como para creer que la injusticia es censurable, pero ventajosa y útil para la vida diaria, mientras que la justicia es estimada, pero perjudicial y capaz de ayudar más a los ajenos que a quienes la poseen. No saben que para la riqueza, la fama, las buenas acciones y, en una palabra, la felicidad, nada reúne tanto poder como la virtud y sus partes. Pues con los bienes que tenemos en el alma adquirimos también las demás ventajas que necesitamos. Por eso los que descuidan su inteligencia se olvidan de que, al mismo tiempo, desdeñan pensar y actuar mejor. Me asombra que alguno crea que quienes se ejercitan en la piedad y en la justicia y son firmes y perseverantes en ellas esperen quedar en inferioridad antes los malvados y no crean que conseguirán de los dioses y de los hombres más que otros. Yo estoy convencido de que sólo ellos son superiores en lo que se debe desear, mientras que los demás lo son en cosas peores. Porque veo que quienes prefieren la injusticia y consideran el mayor bien apoderarse de lo ajeno, sufren lo mismo que los animales atraídos por un cebo: disfrutan al principio de lo que cogieron, pero poco después se encuentran en las mayores calamidades. En cambio, quienes viven con piedad y justicia, pasan con seguridad el tiempo presente y tienen las más dulces esperanzas para la eternidad. Y si esto no suele suceder siempre de esta manera, al menos así ocurre la mayoría de las veces. Es preciso que los inteligentes demuestren que escogen lo que sirve frecuentemente de ayuda, ya que no somos capaces de distinguir lo que siempre puede aprovecharnos. En cambio, son los más insensatos cuantos piensan que la justicia es una hermosa práctica y más grata a los dioses que la injusticia, pero creen que vivirán peor los que la usan que los que prefieren la maldad.
 Me gustaría que tan fácil como es aplaudir la virtud, igual lo fuera persuadir a los oyentes a practicarla. Pero mi temor ahora es que hablemos inútilmente. Pues hace ya mucho tiempo que estamos corrompidos por hombres que no pueden hacer otra cosa sino engañar. Ellos desprecian tanto al pueblo que, cuando quieren dirigir la guerra contra alguien, reciben dinero para atreverse a decir que debemos imitar a los antepasados y no permitir que se rían de nosotros ni que naveguen por el mar quienes no quieren pagarnos tributo. Con gusto preguntaría a esos individuos a qué antepasados nos ordenan parecernos; ¿acaso a los que vivieron las guerras pérsicas o a los que gobernaron la ciudad antes de la guerra de Decelia? Si se refieren a estos últimos, no nos aconsejan otra cosa que volver a correr el riesgo de la esclavitud. Si se trata, en cambio, de los que vencieron a los bárbaros en Maratón y de sus antecesores, ¿cómo no serían estos consejeros los más desvergonzados de todos si, aplaudiendo a los que entonces gobernaban, os inducen a hacer lo contrario de aquéllos y a cometer errores tan graves que no sé qué hacer, si servirme de la verdad como en otros casos o callar por temor a vuestra enemistad? Me parece que lo mejor será hablar de ello, aunque veo que vosotros tratáis peor a quienes critican el mal que a los que lo han producido. No me daría vergüenza mostrarme como alguien que piensa más en su propia fama que en la salvación común. Es tarea mía y de otros que se preocupan por la ciudad elegir no los discursos más gratos, sino los más útiles. Por vuestra parte, debéis saber que los médicos han encontrado muchos remedios de todo tipo para las enfermedades del cuerpo, pero que para las almas ignorantes y cargadas de malos deseos no hay otro remedio que el discurso que se atreve a reprender a los equivocados. Debéis saber también que sería ridículo soportar las cauterizaciones y amputaciones de los médicos para librarnos de dolores mayores y, en cambio, rechazar los discursos antes de saber con claridad si tienen tanto poder como para ayudar a los oyentes.
 Advertí estas cosas porque quiero hablaros del resto sin ocultar nada, sino con completa libertad.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de RBA, 2007, en traducción de Juan Manuel Guzmán Hermida. ISBN: 978-84-473-5414-6.]