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domingo, 4 de junio de 2023

Sesenta millones de romanos.- Jerry Toner (¿...?)


Editorial Océano - Jerry Toner
2.-Salud mental

Factores estresantes en la sociedad romana

 «En el fondo de la pirámide social romana se encontraban los esclavos. La sociedad romana tenía un número sustancial de esclavos, y es posible que alrededor de un cuarto de la población italiana tuviera un estatus servil. Bradley ha señalado que la vida de un esclavo no era demasiado diferente de la de un asno: una vida de palizas, trabajo duro y comida escasa, así como de abusos sexuales, sin apenas derechos o estatus. Si se presentaban ante los tribunales, así fuera como testigos, se los torturaba para garantizar que su testimonio era fiable. Sometidos a un régimen embrutecedor, su humillación psicológica era total. Los esclavos no eran más que “herramientas articuladas”.
 Se esperaba que incluso los recios se mostraran naturalmente sumisos, y sus amos sentían la necesidad de recordárselo con frecuencia y de modo enérgico. La forma en que se los trataba podía ser asombrosamente brutal. Diodoro Sículo describe a los esclavos que trabajaban en las minas como sujetos “físicamente destruidos [...] obligados por los latigazos de sus supervisores a soportar las penalidades más espantosas”; a menudo, “rezan pidiendo la muerte debido a la magnitud de su sufrimiento”. La violencia se convertía en una cuestión rutinaria: una inscripción de Puteoli recoge el precio estándar de una flagelación: cuatro sestercios (aproximadamente el precio de diez kilos de trigo), lo que incluía una horca para atar al esclavo. Soñar con carne de ternera era malo para los esclavos, “pues tanto las correas como los látigos están hechos de cuero de buey”. “¿Qué razón hay”, se pregunta el filósofo Séneca, “para que yo castigue con azotes y cadenas una respuesta un poco altiva de mi esclavo, un gesto un poco rebelde y una murmuración que no llega hasta mí?” “¿Por qué nos apresuramos a azotarlo inmediatamente, a quebrarle enseguida las piernas?”
 El abuso físico podía llegar a tener una crueldad casi cómica: en una ocasión el emperador Adriano le sacó un ojo a un esclavo con su pluma. Galeno afirmaba que “nunca he puesto mis manos sobre un sirviente, una disciplina que también practicaba mi padre, quien con frecuencia reprendía a sus amigos por las magulladuras que se hacían en las manos al golpear a los sirvientes en los dientes”. Solo con que hubieran esperado a que su ira amainara, continúa, podrían “infligir la cantidad de golpes que desearan, llevando a cabo la tarea de acuerdo con su juicio. Se sabe incluso de algunos que usan no sólo los puños sino también los pies contra los sirvientes, o los apuñalan con el lápiz que por casualidad tienen en la mano”. Un amigo de Galeno, un “hombre valioso”, tenía tan mal carácter que “regularmente usaba sus manos con sus sirvientes, y en ocasiones también sus piernas; más frecuente, sin embargo, era que los atacara con una correa de cuero, o con cualquier objeto de madera que tuviera a mano”. Para la mayoría de los romanos, el hecho de que algunos “agotaran a sus propios esclavos mediante el hambre, la tortura, la enfermedad o el esfuerzo constante”, no implicaba en absoluto que estuvieran incidiendo en el ser íntimo de los esclavos: “lo que arruina al esclavo es su propia naturaleza maligna, no la crueldad del amo”. Los amos superaban con facilidad cualquier remordimiento de conciencia que pudieran sentir: “Si uno lamenta haber dado un golpe, bien sea que lo haya infligido con la mano o mediante un proyectil, y en el acto se escupe en la palma de la mano que causó la herida, el resentimiento de la víctima se alivia de inmediato”. No había ninguna necesidad de pedir disculpas.
 Los abusos sexuales abundaban. De hecho, soñar que se tenían relaciones sexuales con los propios esclavos era favorable porque significaba que el soñador “derivará placer de sus posesiones”. Los embarazos indeseados entre las esclavas eran, lo bastante comunes como para hacer chistes al respecto: “Cuando un cerebrito tuvo un hijo con una esclava, su padre le aconsejó matar al bebé. Pero él le respondió: ‘Mata primero a tus propios hijos antes de decirme que mate a los míos’.”. Los esclavos también tenían sueños: “Sé de un esclavo que soñó que la mano de su amo le acariciaba y excitaba el pene”, pero en este caso eso significaba que le atarían a una columna y “recibiría muchos golpes”. El resentimiento que esta clase de abusos podía engendrar se insinúa en el Satiricón, donde un liberto señala que “rescaté a mi compañera, para que nadie tenga más el derecho de secarse las manos en su seno”. Muchos niños y niñas esclavos eran utilizados por sus amos para tener relaciones sexuales. El liberto Trimalción dice que desde que era “tan alto como este candelabro” se convirtió en “la delicia de mi patrono”, pero se defiende señalando que “no hay ninguna vergüenza en hacer lo que el amo manda”. Esa era probablemente la forma en la que la mayoría de los amos justificaba sus actos, o, al menos, como los habrían justificado de haber sentido que era necesario hacerlo. Desde su punto de vista, sus esclavos eran una propiedad que podían usar según les pareciera conveniente.
 Otros problemas que enfrentaban los esclavos iban desde el tedio absurdo que se derivaba de ser uno de los esclavos que los ricos empleaban en tareas ostentosas pero sin sentido, como anunciar las horas: una vida entera dedicada a mirar el reloj, hasta lidiar con amos con problemas mentales, como el propietario de una tienda de paños en Roma, que arrojó a su esclavo por una ventana para divertir a la gente que pasaba por delante de su casa. El predominio de la figura del amo en la vida del esclavo medio implicaba que un cambio inminente o sospechado podía ser motivo de gran preocupación. Un abderitano (la gente de Abdera, a la que se la ridiculizaba por su estupidez) estaba intentando vender una vasija sin asas. “¿Por qué le has cortado las orejas?”, preguntó alguien. “Para que no fuera a oír que la iba a vender y se diera a la fuga”, respondió. Fugarse conllevaba graves riesgos para un esclavo: a los fugitivos asiduos se los marcaba o tatuaba en la frente para que pudieran ser reconocidos con facilidad, o se les ponía collares grabados con las iniciales TMQF (tene, me quia fugio: retenme porque soy un fugitivo). El astrólogo Doroteo incluyó en su obra una sección sobre esclavos fugados, y sus destinos constituyen una lectura deprimente: el fugitivo “se ahorcará”; “se suicidará”; será devuelto a su amo, donde “le alcanzarán la miseria y las cadenas en su fuga”; sufrirá “palizas y encarcelamiento”; y “el miedo de la muerte será desmedido en él”. Algo justificado en vista de que sufrirá “una muerte desagradable» y «se le cortarán las manos y los pies” o se le estrangulará, crucificará o quemará vivo.
 E incluso dentro del mundo de los esclavos había una jerarquía. Todos los esclavos no gozaban del mismo estatus: estaban los esclavos que trabajaban en el campo, los esclavos domésticos, los esclavos que nacían en casa, los bárbaros importados, los esclavos con alguna educación y los esclavos que tenían contacto personal con el amo o a los que se había confiado alguna posición de autoridad. En ocasiones, los esclavos no eran más sensibles que sus patrones en sus relaciones con otros esclavos: Salviano cuenta que a algunos esclavos les “aterrorizaban sus compañeros de esclavitud”. De hecho, la caricatura del liberto es la de alguien que trata con particular brutalidad a sus propios esclavos, como Trimalción en el Satiricón, que exige decapitaciones y flagelaciones como una forma de compensar con exceso su anterior estatus servil.
 Incluso en este entorno, muchos esclavos conseguían tener una familia, aunque en la mayoría de los casos era el amo el que asignaba las parejas. Tener hijos no dejaba de tener recompensas: a una esclava que tenía tres hijos, Columela le otorgó “exención del trabajo”, y “a una mujer que tenía más, la libertad”. Pero luego vivían temiendo constantemente la venta de algún miembro de su familia. La moraleja de la fábula de la paloma y la corneja declara: “los más desafortunados de los servidores son los que más hijos engendran en la esclavitud”. Asimismo, los hijos podían ser testigos de la venta de sus padres viejos o enfermos: “vende a tus esclavos viejos, a tus esclavos enfermos y a cualquier otro que sea superfluo”, aconseja Catón. Catón era un auténtico hijo de puta, pero la práctica era lo bastante común como para que el emperador Claudio tuviera que actuar para intentar impedir que la gente en general abandonara a sus esclavos enfermos o inservibles en la isla Tiberina en Roma.
SESENTA MILLONES DE ROMANOS: LA CULTURA DEL PUEBLO EN LA ANTIGUA ... El trato espantoso y las humillaciones cotidianas que los esclavos tenían que soportar debían de tener un impacto psicológico significativo en ellos. Séneca pensaba que quienes nacían como esclavos estaban mejor porque no habían conocido otra vida. En cambio, al bárbaro recién capturado era necesario doblegarlo. En su opinión había que compadecerse de ese esclavo cuando “mantiene un resto de libertad y no acude diligente a los trabajos sórdidos y fatigosos”. Pero Séneca escribe como un filósofo que intenta convencer a su audiencia de sus argumentos. Y no cabe duda de que ante ese esclavo la mayoría de los amos romanos habría reaccionado de cualquier forma salvo con compasión. En la mayoría de los casos, el efecto de la intimidación y el trato brutal constantes llevaban a la desmoralización de los esclavos, que se volvían obsequiosos y retraídos. En la interpretación de los sueños, un ratón significa un esclavo doméstico pues vive en la casa y es “tímido”. El esclavo al que Adriano sacó un ojo sólo entonces se armó de valor y rechazó el regalo que se le ofreció como compensación: “pues ¿qué regalo puede compensar la pérdida de un ojo?”. Varrón también aconseja a los amos no comprar demasiados esclavos de la misma nacionalidad, “pues con mucha frecuencia esto es causa de disputas domésticas”. En consecuencia muchos esclavos extranjeros se hallaban en condiciones de aislamiento y soledad, carentes de cualquier red de apoyo que pudiera ayudarles a enfrentarse a su penosa situación. Uno de los dolores de cabeza de los propietarios de esclavos era que tenían que confiar en personas que siempre estaban deshaciéndose en lágrimas y maldiciendo. Los intentos de suicidio eran suficientemente comunes para merecer una opinión jurídica, a saber, que el vendedor estaba obligado a revelar a los compradores potenciales si el esclavo o la esclava habían intentado matarse. En las comedias, los esclavos en situaciones difíciles piensan en el suicidio casi de forma rutinaria. Algunos fugitivos capturados preferían “un hierro clavado en las entrañas” que ser llevados de vuelta o “regresar sumisos junto a su amo”. El suicidio y el intento de suicidio no son en sí mismos un síntoma de enfermedad mental. Muchos de los suicidios de la élite eran actos políticos organizados cuidadosamente. Sin embargo, el suicidio siempre es una señal de las tensiones y el estrés de la vida de un individuo, y en el mundo del esclavo romano estos podían con facilidad hacerse apabullantes.
 Es posible argumentar que la mayoría de los esclavos romanos no tenían en realidad identidad y, por tanto, el tipo de trato que hemos visto les afectaba mucho menos? Si para empezar no tenían noción de su propia valía, entonces el impacto psicológico del maltrato podría haber sido menor. Solo es posible humillar y degradar a alguien que posee una idea de su propio valor. Las pruebas indican que muchos esclavos tenían opiniones firmes acerca de la justicia y su propio valor. Androcles, famoso por la historia del león, dice que se había visto obligado a huir de su amo debido a las palizas injustificadas que recibía todos los días. De modo que huyó al desierto para buscar comida o, si todo lo demás fallaba, matarse. El dolor que le causaban esos ataques era más que físico. De forma similar, había muchos esclavos que “anhelan la libertad” y hacían grandes sacrificios para alcanzarla. Séneca menciona que “el dinero que los esclavos han ahorrado robando a sus estómagos lo entregan como precio de su libertad”. Algunos esclavos domésticos recibían un pequeño salario y muchos optaban por ahorrarlo con gran esfuerzo para alcanzar la libertad a largo plazo, incluso si ello implicaba comer poco. Las inscripciones de las manumisiones délficas demuestran que muchos esclavos pagaron grandes sumas de dinero para garantizar su libertad, a menudo en una fecha incierta en el futuro, habitualmente con la muerte de su amo. Algunos de esos contratos estipulaban que los esclavos tendrían que dejar a uno de sus hijos como reemplazo. Que accedieran a hacerlo evidencia cuánto deseaban ser libres. Si alcanzaban su meta, el ex esclavo paranoico era un personaje lo bastante reconocible como para ser caricaturizado como alguien que temblaba con solo pensar en los grilletes y que reverencia el molino como si fuera un santuario (a los esclavos se los castigaba obligándolos a girar la rueda del molino en lugar de las bestias). Los libertos también se esforzaban para intentar ocultar las marcas físicas de la servidumbre: algunos médicos se especializaban en ocultar las señales de “impuesto pagado” que se tatuaba en las frentes de los esclavos exportados mediante el método de quemar la piel para que cicatrizara de nuevo.
 Las pruebas que tenemos nos dicen que la no élite romana debía hacer frente a factores sociales estresantes muy poderosos. Además, cuanto más abajo en la jerarquía social se encontraba un individuo, más intensos resultaban estos factores estresantes. Las investigaciones modernas sobre salud mental, y acaso también el sentido común, nos dicen que es de esperar que tales condiciones tengan un impacto perjudicial en su bienestar psicológico, y que la consecuencia sea un nivel bajo de salud mental. Asimismo, nos dicen que es de esperar una incidencia elevada de trastornos mentales en los grupos de menos estatus, en especial los esclavos. Lo que no pueden decirnos son las formas que tales trastornos mentales adoptaban. Las influencias sociales afectan de forma suficiente a las enfermedades mentales como para que estas se manifiesten de manera diferente de una cultura a otra. Cada contexto particular produce cierto estilo de expresión psiquiátrica. Y tampoco pueden decirnos cómo esta forma única de expresión ayudaba a los romanos a entender y moldear su mundo.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2012, en traducción de Luis Noriega, pp. 87-93. ISBN: 978-8498923216.]

domingo, 30 de abril de 2023

Tú no eres como otras madres.- Angelika Schrobsdorff (1927-2016)


Editorial Periférica
Lo completamente distinto


  «En el transcurso de 1937, se restringió aún más el número de alumnos judíos matriculados en las escuelas alemanas. Y sólo en casos excepcionales se les concedían a los judíos pasaportes para viajar al extranjero.
 Al promulgarse esta ley, Else tuvo por primera vez una sensación eminentemente angustiosa, como si hubiera caído en una trampa a punto de cerrarse. No porque esa norma hubiera podido aplicársele a ella —al fin y al cabo estaba casada con un alemán del Reich y tenían una hija común—, sino por sus padres, por parientes y amigos a los que afectaba dicha ley.
 Entonces sí se planteó a sí misma la pregunta de qué otras medidas monstruosas adoptarían los nazis y cuándo se les pararían los pies.
 Erich, igual de alarmado que ella, dijo que ahora sí era momento de hacer ciertas reflexiones cautelares respecto a la situación. No porque a los hijos los amenazara peligro alguno, tampoco a los padres de ella, venerables ancianitos, sino simplemente porque no holgaba meditar sobre qué hacer si…
 Else, también por primera vez, habló sin rodeos con sus padres acerca del estado de cosas, pero solo encontró resignación, jocosa por parte de su padre, melancólica por la de su madre.
 —De todas formas, con nosotros ya nada se pierde —dijo Minna.
 —Ya no nos proponemos viajar alrededor del mundo —sonrió Daniel.
 —Sí, pero los jóvenes —suspiró Minna—, da miedo por ellos. Por suerte, los sionistas entre nosotros ya están en Palestina: Paula, Bruno y los niños, Lotte y su marido, Emanuel con su mujer y sus hijos. Pero, vaya por Dios, con los árabes tampoco se estará mejor. Además, uno no escapa a su destino.
 —No te preocupes por nosotros, Elschen —la tranquilizó Daniel—, no es el león tan fiero como lo pintan y las cosas se calmarán.
 Peter, el hijo de Else, no opinaba lo mismo. Dijo que las cosas no se calmarían, ni mucho menos, y que ella haría bien en no dejarse tranquilizar.
 ¡Era lo que a Else le faltaba! Lo que buscaba era la confirmación de que a los nazis no había que tomarlos tan en serio, y no la advertencia de que nunca se les podía tomar lo suficientemente en serio.
 Que por qué siempre y en todo tenía que exagerar sin medida, le preguntó irritada. ¿Acaso no estaba en edad de volverse adulto y, de paso, más equilibrado? Que ella consideraba más importante que reflexionara sobre su vida y no sobre el señor Hitler y su calaña. Que lo que estaba haciendo no era en el fondo más que una maniobra de distracción para escurrir el bulto de las decisiones personales. Si de verdad quería ayudarla y evitarle penas y pesares, sin duda no lo conseguiría con sombríos pronósticos políticos, sino dándole una dirección y un contenido a su vida.
 Que no sabía que ella fuera tan influenciable en sus análisis y pareceres, replicó Peter. Que la imagen que tenía de él debía de haber salido de la cabeza de Erich, y la que se hacía de Alemania, también. Peter, un botarate perezoso y superficial, y los alemanes, un pueblo de poetas y pensadores que por un breve momento se dejaba tentar por el diablo, como todos los grandes espíritus, pero que naturalmente volvería a encontrar su senda y conectar con su tradición. Si allí había un irresponsable o insensato redomado ese era Erich y no él. Consideraba a Erich un hombre demasiado débil para resistir una gran presión y demasiado ajeno a la realidad como para darse cuenta de lo que de veras ocurría a su alrededor. Ella no debería apostar por Erich en esos dos puntos.
 ¿Acaso debería apostar por él?, preguntó Else, irónica.
 Que no se lo podía asegurar, pero en cualquier caso siempre estaba dispuesto a deliberar con ella y apoyarla moralmente.
 ¡Ay, aquel hijo, aquel iluso, aquel lunático! ¡Como si supiera dónde estaba arriba y dónde abajo! Ciertamente, Erich era débil y ajeno a la realidad y seguía bajo la influencia de su familia, de la que ella nunca se había fiado. No obstante, era la única persona en la que podía confiar plenamente. Él nunca actuaría en contra de su conciencia, en contra de sus principios éticos.
Tú no eres como otras madres: Historia de una mujer apasionada ... Fue poco después de aquel enfrentamiento con su hijo cuando Else, en la tradicional comida de los domingos en casa de los Schrobsdorff, descubrió la insignia del partido en el imponente y floreado pecho de su suegra. No daba crédito a sus ojos, pero cada vez que miraba y apartaba la mirada veía la esvástica, y Annemarie, al parecer del todo inconsciente de la afrenta, se comportaba con la habitual desenvoltura y exaltación.
 Erich se empeñó en hacer la vista gorda, y fue Alfred quien al final de la comida, cuando la familia se retiraba a la siesta, tomó a Else aparte diciendo que tenía que hablarle. Se dirigieron al invernadero, y Alfred cerró la puerta tras ellos.
 —O sea que ahora también tu madre se ha conchabado con los nazis —dijo Else.
 —Qué remedio, qué remedio —repuso Alfred con una risita—. Como mi “viejo señor” no puede afiliarse al partido por masón, ha tenido que ser ella la que se arrime a la miel. Alguien tenía que hacerlo, de lo contrario los negocios se resentirían. ¡Puro oportunismo! A mi padre esos plebeyos no le agradan, y mi madre sólo sabe que ese sujeto se llama Hitler y que se le pone un “Heil” delante.
 Se descuajaringó de risa.
 —No me parece tan hilarante.
 —Si todo fuera tan divertido como eso —dijo Alfred poniéndose serio—, podríamos morirnos de risa tranquilamente, pero por desgracia no es el caso. La situación se está poniendo muy, pero que muy peliaguda. ¿Qué hago con mi suegra? Quiero a la anciana dama, es una persona callada y exquisita, ¿pero qué voy a hacer ahora con ella? Anja, que ya me hace la vida imposible por todo y por nada, no para de machacarme con el asunto. Quiere que saque a su madre, pero, en primer lugar, ya no le dan pasaporte y, en segundo, no puedo dejarla donde sea y decirle, hala, ahora búscate la vida. ¡Una situación abominable! Dime una cosa: ¿qué vas a hacer tú con tus padres?
 —Nada —dijo Else con sequedad, porque la pregunta pasaba de castaño oscuro. A Alfred nunca se le había podido tomar en serio, pero ahora, para colmo, se estaba volviendo loco.
 —Nada —repitió Alfred—, ya.
 —¿Acaso puedes darme una razón por la cual debería "hacer algo" con ellos?
 —Para prevenir que sean los nazis quienes hagan algo con ellos.
 —¡Por favor, Alfred! Son dos ancianitos inofensivos, ciudadanos alemanes de nacimiento, personas intachables en lo que se refiere a su conducta política y privada. O sea que haz el favor de no perder el juicio.
 —No soy yo el que pierde el juicio, Esnuf, son nuestros magníficos gobernantes. Aquí no se trata de ser intachable o no, joven o viejo, de tener nacionalidad alemana o china; aquí se trata de la raza. Que mi hermano Erilein vive en la luna ya lo sabía yo, pero que tú también te hayas retirado a su órbita me resulta nuevo. Tú y Anja estáis protegidas por el matrimonio con nosotros y los hijos comunes. Y Ulli lo está por descontado. Tiene por cónyuge a un camarada del partido y sus padres se han esfumado como por arte de magia. Es a los que no están casados con “ciudadanos arios del Reich” a quienes les van a buscar la yugular. ¡La yugular! Y muchos de los que eran contrarios a los nazis —me refiero ahora a los arios— empezarán a tambalearse, pues aunque no les busquen la yugular irán a por sus posiciones y fortunas y familias y lo que sea. ¡Así que baja de la luna y estate un poco más alerta!»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Periférica & Errata naturae, 2016, en traducción de Richard Gross, pp. 181-183. ISBN: 978-8416544134.]

domingo, 27 de junio de 2021

Tengo quince años y no quiero morir.- Christine Arnothy (1930-2015)


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XIII


 «Muertos de sueño, nos mantenemos sentados sobre los asientos de madera del tren local. Un revisor huraño agujerea los billetes con indiferencia. Frente a mí, un hombre enciende  su pipa con cuidado. El olor nauseabundo del tabaco barato me da asco. Llueve de nuevo. El paisaje se confunde con el cielo gris. A lo lejos desfilan las chimeneas de las fábricas y las ruinas, y siempre las ruinas. Tengo la impresión de encontrarme en el tren desde hace años, como si la suerte me hubiera clavado a este duro asiento de madera y me hiciera viajar sin cesar entre ruinas, entre seres silenciosos. Creía que más allá de la frontera, del otro lado de Hungría, en los países que llamamos occidentales, el cielo era azul y la gente estaba feliz. Creía que nos rodearían de alegría y que, al acogernos, su sonrisa nos haría olvidar el tiempo pasado. Pero en este tren nadie sonríe, y el humo del tabaco se hace cada vez más espeso e insoportable.
 Nos acercamos a Viena. Miro afuera con avidez. Mi corazón late apresuradamente. ¡Cuántas veces mis padres me han hablado de esta ciudad encantada, siempre chispeante de alegría! El tren se detiene en medio de ruinas. Debe de ser la estación, pues todo el mundo baja. Nosotros también bajamos. La lluvia corre a lo largo de las paredes incendiadas, negras, con las tuberías rotas. En pocos segundos nos mojamos hasta los huesos. La multitud nos arrastra hacia la salida. Mi abrigo pesa cada vez más, y me gustaría romper estos trapos que llevo encima desde hace días. De pronto siento que las ataduras que retienen el pliegue de mi camisón ceden. Imposible evitar que se deslice completamente. Estoy de pie bajo la lluvia, que corre por mi cara y sobre mi abrigo gris, debajo del cual se ve el camisón de seda. Me siento impotente y ridícula. Ese azul claro contrasta de tal modo con el gris, que comienza a atraer las miradas. La gente se detiene y me contempla sin la menor sonrisa.
 Llorando, corro hacia una barraca cercana. El camisón me molesta al correr, se me pega a los tobillos. El lodo penetra en mis zapatos y salpica mi ropa. Cuando llego a la barraca debo esperar a que mis manos dejen de temblar. Primero quiero desgarrar la tela que tan desgraciadamente sobrepasa mi abrigo, pero el tejido se resiste. Es más fuerte que yo. No me queda otra solución que la de los alfileres. Al fin puedo reunirme con mis padres y dejamos la estación. La cortina de lluvia enturbia la vista. ¿Dónde está Viena?
 Nos ponemos en marcha al azar. La suerte nos conduce ante la puerta de un café. Entramos en él. El mozo nos mira y luego sigue su conversación con un cliente. En otra mesa una pareja bebe café. El hombre dice algunas palabras de cuando en cuando. La mujer no responde nunca.
 Nos sentamos. El mozo se acerca y pasa la servilleta por la mesa.
 -Tres cafés y algo para comer –dice mi padre en alemán.
 Estamos tan fatigados que no encontramos nada que decirnos. Sentados, inmóviles, miramos la calle, donde el viento, ahora, forma remolinos con la lluvia. Una señora anciana y obesa empuja la puerta y entra con un perrito pachón muy gordo en los brazos. Eso me recuerda a nuestro perro. Quizá corre todavía desesperado persiguiendo el tren y la confianza en los hombres.
 El mozo nos trae el café y tres minúsculos panecillos grises. Me inclino sobre la taza a la vez que cierro los ojos. Este brebaje sólo tiene de café el nombre, pero está ardiendo y calienta el cuerpo y el corazón. La calle me parece ya menos hostil. Devoro uno de los panecillos. En ese momento me veo en un espejo que está frente a mí y me doy cuenta de que sonrío.
 -Lo hemos logrado –murmura mi padre.
Resultado de imagen de christine arnothy tengo quince años y no quiero morir Pide la cuenta, saca de un rollo de billetes uno de cien schillings y lo deposita sobre la mesa. El mozo se acerca y contempla el billete sin tocarlo.
 -Está caducado –dice-. Todo el dinero que usted tiene ahí se retiró de la circulación hace más o menos un año. No tiene ningún valor.
 El corazón me empieza a latir tan fuertemente que cada golpe me produce el mismo dolor que una herida. Mi madre está espantada, mi padre está pálido. Contemplamos los schillings sobre la mesa.
 El mozo adopta una actitud hostil.
 -¿No tienen ustedes con qué pagar la cuenta?
 Su voz se ha vuelto aguda como una voz de mujer.
 El hombre de la mesa vecina deja su periódico y observa la escena apoyándose en los codos. La pareja silenciosa se vuelve también hacia nosotros. La mujer del perro nos observa.
 Mi madre se quita su único anillo, su último anillo, el que no se quitaba jamás y que lo llevaba desde su boda en el mismo dedo que el de la alianza. Del brillante brota una chispa azul como un grito de angustia. Mi madre tiende el anillo al mozo.
 -Por esos cafés. Ignorábamos que nuestro dinero ya no valía.
 El mozo toma el anillo con desconfianza.
 -¿No será falso?
 Pero el brillante centellea a tal punto que no necesitamos nada más para convencerlo.
 -No se lo des –suplico a mi madre en húngaro.
 -No hay más remedio –dice mi padre-. Sabe Dios lo que nos espera si monta cualquier escándalo. Acabamos de llegar ilegalmente y no tenemos los papeles en regla.
 -Volveremos para recuperarlo –dice mi madre al mozo.
 Éste asiente, pero está claro que ha decidido no recordarnos nunca y, si se diera el momento, negarlo todo.
 Coge el anillo, lo lanza al aire y después se lo guarda en el bolsillo.
 Mientras recoge las tazas nos dice:
 -Acaban ustedes de llegar, ¿verdad? –pregunta, luego se retira al fondo de la sala.
 -¿Y ahora? –pregunto angustiada.
 Mis padres están callados. Durante esos cinco minutos han envejecido varios años.
 Una atroz desesperación se apodera de mí. Quisiera estallar en sollozos, pero mis ojos están secos.
 Y me pregunto si la vida tendrá un día al fin piedad de mí. Si consentirá que yo tenga una existencia propia.
 ¡Qué bueno sería nacer!»

   [El texto pertenece a la edición en español de Barril Barral editores, 2009, en traducción de Paula Emilia Sanz, pp. 119-123. ISBN: 978-84-937136-2-1.]

domingo, 18 de abril de 2021

Un retrato de época. Las memorias de infancia de la nieta de Darwin.- Gwen Raverat (1885-1957)


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IV.-Educación


 «Las teorías de mi madre sobre la enseñanza eran tan revolucionarias y sensatas que las ideas modernas todavía no las han asimilado. Antes de que yo cumpliera seis meses, escribe: “Creo que hay que criar a las chicas para que de mayores tengan una profesión, como se hace con los chicos. Luego son más felices. Gwen será matemática”. Pero más adelante salió derrotada, por una vez en la vida, confundida ante mi incompetencia matemática. Esto fue muy extraño porque estaba convencida de que todo el mundo podía hacer lo que se propusiera. Por ejemplo, hasta el día que murió me presionó para que dibujara postales graciosas de estudiantes para vender y hacer con ellas mucho dinero: “Qué absurdo, claro que lo puedes hacer. Si sabes dibujar es facilísimo. Eres una tonta por no intentarlo”. Pero la defraudé, como en muchas otras cosas. Y me da pena pensarlo. Debí intentar dibujar a un estudiante subido a una farola. Pero nunca lo hice.
 Mantenía también que educar las manos desarrollaba la mente. Nosotros éramos niños muy conservadores y no estábamos de acuerdo. Aunque esto puede que se debiera al hecho de que las mentes de nuestras institutrices no estaban desarrolladas adecuadamente. Por lo menos, sus intentos de enseñarnos manualidades fracasaron. Como siempre, la teoría era buena pero la práctica salió mal. Nos oponíamos con firmeza a que nos sacaran de clases de verdad (como mates o gramática del latín) para hacer cestas destartaladas que nadie quería, o para hacer dobleces a folios mientras la institutriz leía el libro para averiguar qué se suponía que debíamos hacer a continuación. Nos aburría muchísimo y atentaba contra nuestra dignidad. Sencillamente, no nos parecía bien hacer esas cosas en horario lectivo. Y coser era básicamente esclavitud.
 Lo peor de todo es que había una teoría que decía rotundamente que los colegios para chicas eran malos. Así, aunque Charles empezó en Goody’s (St. Faith’s) a una edad temprana, a las chicas nos confinaron en la aburrida clase en casa, bajo la supervisión de una serie de institutrices. Esto se debió en parte a que la escuela para señoritas Perse tenía mala fama y en parte a que mis tías ni en sueños habrían enviado allí a mis primas. La clase alta veía el colegio con malos ojos, aunque a veces se admitía que las chicas mayores fueran a un internado. La aristocracia, sin embargo, ni siquiera aceptaba los internados. Recuerdo que una duquesa que conocíamos enfureció a mi madre al decir “nosotros no mandamos a nuestras hijas al colegio”. Aun así, creo que la razón por la que nos retuvieron tantos años en casa era que mi madre no había sido muy feliz en el colegio. Porque si hubiera pensado que debíamos ir, nos habría mandado, por muchas duquesas y tías que se opusieran.
 Yo, en realidad, deseaba ir al colegio, aunque claro, nunca lo dije. Cualquier cosa habría sido mejor que las clases en casa. No entiendo por qué los cuatro primos no dábamos clase juntos si teníamos la misma edad. Margaret era más joven, pero Ruth, Nora, Frances y yo éramos de la misma edad. Seguramente habría sido suficientemente exclusivo, incluso para nuestra refinada familia. Y habría sido muy divertido para nosotras. Pero ni se les ocurrió, que yo sepa, y así acabamos, tres chicas en tres aulas distintas con tres profesoras distintas. Era increíble.
 A diferencia de los primos teníamos institutrices que no vivían en casa, sino que venían todos los días, más que nada porque a mi madre le parecía aburrido tenerlas allí, y porque tenía una teoría según la cual necesitaban sentirse independientes. Pero aunque la mayoría eran escocesas, no habían alcanzado la independencia a pesar de wha haear. Wha haear es una de las principales diversiones de los escoceses, como explica Burns en un poema largo y difícil que comienza Escoceses wha hae. Estas mujeres vivían en apartamentos alquilados sus vidas solitarias y tristes. Por lo general, estaban enamoradas, aunque pensaban que no lo sabíamos. Algunas tenían “circunstancias familiares” y otras también eran religiosas, lo que empeoraba las cosas para ellas y para nosotros. Y wha haeaban sobre Wallace y Bruce y nos restregaban por la cara las arañas, las gachas y los tartanes de la insufrible superioridad universal de los escoceses, hasta tal punto que lo único que podíamos hacer era meternos en los rincones y dar gracias al cielo de no tener ni una sola gota de sangre escocesa. Tuvieron que pasar muchos años para que pudiéramos ver algo escocés sin prejuicios. A excepción de las novelas de Scott, que nos encantaban. Escribo esto a propósito para que las institutrices escocesas se den por aludidas y aprendan a ser menos intensas. Nuestra aya, Nana, era escocesa y se llamaba Helen Jean Campbell… pero nunca había vivido allí ni había aprendido doxología escocesa.
 Todas eran mujeres amables, bonachonas y aburridas. Un tema interesante puede volverse increíblemente estúpido si lo explica una profesora aburrida y a la que no le gusta la enseñanza. Pero claro, si estas señoras hubiesen tenido ambición, no habrían estado con nosotros, sino en una escuela desarrollando su carrera profesional. Sin embargo, y doy gracias a Dios, también recibí alguna clase especial con profesores de verdad a los que les interesaba el tema.
 Nuestros paseos diarios con la institutriz nos dejaban tiesos de aburrimiento. En invierno, pasear era el único ejercicio que hacíamos, porque ya éramos mayores para jugar a los piratas y trepar por los árboles. Ruth y Nora tuvieron una institutriz que les obligaba a pasear dando pasos cortitos, porque así hacían más ejercicio.
 Siempre me quedaba la clase de dibujo de los miércoles, con Miss Mary Greene. Era el epicentro de mi vida juvenil, y vivía para los miércoles. No sólo porque dibujar era un placer, también porque como persona Miss Greene era cálida, generosa y afectuosa, y esto me hacía sentir libre y animada. Además, lo pasábamos bien porque venían los primos. Hacíamos cosas emocionantes como explorar los sótanos del museo Cast con una caja de cerillas (en vez de dibujar El gladiador moribundo), o quedarnos encerrados en Round Church con un loco, cuando estudiábamos la arquitectura Normanda.
 Con Miss Greene hacíamos de todo, no nos limitábamos a dibujar en clase –aunque eso también me apasionaba, sobre todo si venía una modelo de verdad-. Nos llevaba a dibujar los edificios y las calles y los árboles y los animales. Aprendimos de arquitectura y perspectiva y anatomía. Nos hablaba de los grandes maestros y nos mostraba copias de sus obras. Aún recuerdo casi toda la charla sobre Hogarth, cómo se escapó con la hija de su maestro, y la simbología de las extrañas figuras en Calais Gate y sobre todo Gin Lane y cómo odiaba la crueldad. Cada semana nos ponía de deberes un dibujo de algo real, y una composición sobre un tema. La mejor obra de Charles fue sobre el tema “una sorpresa”: tres diablos rojos en fila, mofándose de un hombrecillo montado en un caballo que reculaba asustado. Una obra muy llamativa, aunque Charles no era el mejor. Los dibujos de Frances eran los que más me gustaban, parecían tan reales (entonces éste era mi único criterio artístico). Aunque recuerdo que dibujaba mal las piernas de la gente, los muslos parecían hinchados y raros. Por lo demás, sus obras eran preciosas.
 Desde que empezamos las clases de dibujo, cuando yo contaba nueve años, siempre tuve un libro de bocetos donde pintaba todo lo que veía. Dibujaba mal, aunque supongo que iba aprendiendo un poco –por lo menos a observar-. Nadie me dijo nunca que dibujar no es copiar, aunque tampoco lo habría entendido. Tardé mucho en darme cuenta yo sola. Toda la gente de mi entorno pensaba que un dibujo debía ser como una foto, realista. Pero de vez en cuando me imaginaba un paisaje, no un paisaje real, y si lo dibujaba me daba cuenta de que salía mejor que los paisajes que copiaba con tanto esmero. No sabía por qué. Estoy convencida de que nunca me habrían seleccionado como una artista prometedora, porque mi uso del color era aún peor que mi dibujo. No tenía nada de especial, excepto las ganas.
 Cuando me llevaron al extranjero por primera vez sólo tenía trece años. Pasamos por Ámsterdam donde había una gran exposición de Rembrandt. Me volví loca y empecé a copiarlo todo, a lápiz en un cuadernillo sucio. Luego me regalaron un librito de grabados de Rembrandt y lo llevé en el bolsillo a todas partes durante años e incluso dormía con él. Si por entonces me hubieses preguntado qué quería hacer de mayor habría respondido “hacer cuadros de gente trabajando”. Unos años más tarde, a raíz de una charla sobre Turner de Miss Greene, fui sola a visitar el museo de Fitz William. Pedí que me dejaran ver las acuarelas de Turner. Esto requería valor. Sacaron unas acuarelas sobre papel azul y con líneas retocadas. No las entendí y me fui decepcionada. Rembrandt seguía siendo Dios. Pero cuando fui a The Slade ya había empezado a comprender que las mejores obras de Turner son abstractas, y que era uno de los grandes pintores del mundo. Por supuesto, no habría usado el término abstracto entonces, pero era lo que quería decir cuando caí rendida ante cuadros como Interior at Petworth y The Sea Monster.
 Desde que recuerdo, siempre me gustaron los cuadros y también la poesía, y sabía que daba lo mismo que la entendiese o no. La música, en cambio, me traía sin cuidado. O peor, me aburría mucho. A veces nos llevaban a conciertos para niños, donde luchaba contra el sopor o jugaba con los dedos mientras miraba el reloj. Nunca se me había ocurrido escuchar hasta que un día que volvíamos de un concierto y estábamos haciendo el cafre en los Backs, un chico dijo “Callaos, que quiero pensar en la música”. Me quedé atónita. Sabía que se podía pensar en la pintura y poesía, pero no sabía lo de la música. Incluso después de esto, sólo escuchaba con la mente y no con los oídos. La música me emocionaba pero de una forma que no me gustaba. Sobre todo las bandas militares y los órganos de iglesia, y Mrs. N. tocando Beethoven al piano de una manera enérgica. (No sabía que era Beethoven, pero ahora creo que sí).
Resultado de imagen de un retrato de época Yo era una pianista muy mala. Sin embargo, fui capaz de impresionar a Margaret cuando era pequeña. Porque una vez le robamos el diario y leímos: “Gwen tocó el piano muy bien, y Olwen y yo nos tumbamos en el suelo y pensamos triste y melancólicamente”. A Margaret la chinchamos con esto durante años.
 Era tan ignorante y me aburría tanto la música que cuando me mandaron al colegio y en el examen de cultura general me preguntaron acerca de mis tres compositores favoritos, tuve problemas para nombrar a tres. Y no tenía ni idea de lo que habían escrito. Fue tan sólo culpa mía que supiera tan poco: no se asimila lo que aburre.
 En casa, la música para los niños la tocaba una enorme pianola en la que se metían unos cartones perforados amarillos, por los que se metían unas clavijas cuando girabas la manivela, para tocar The Minstrel Boy o She wore a wreath of roses. Charles insistía en hacerlo más interesante y metía los cartones boca arriba para que la música saliera al revés. Era un adepto de hacer las cosas al revés. Todavía recuerdo cómo empieza (o acaba) el alfabeto griego; me lo enseñó en el andén de la estación de Rugby: agemo, isp, ik, if, nolispé, uat. También se inventó un idioma que sólo tenía verbos irregulares.
 Me he distraído hablando de institutrices. Mi madre era bastante feminista, y le habría gustado inspirarles la ambición de tomar una de las nuevas profesiones que se iban abriendo a las mujeres. Pero no lo logró. Sí hubo una con la que mi madre podría haber hecho algo, una que por lo menos tenía iniciativa. Vino como institutriz para las vacaciones, y estuvo poco tiempo con nosotros. No tenía que darnos clase en serio y supongo que aceptó el trabajo por esa razón. Miss Z. era alta y atlética, con ojos negros y un cuello almidonado y traía una enorme bolsa de palos de golf. Era un poco maleducada y no nos gustaba mucho, pero tenía una actitud “si quiero, puedo” que nos intrigaba. Me acuerdo que, en broma, amenazó con un “os voy a bajar las bragas y azotar el pompis”. Nos pareció vulgar pero a la vez interesante, porque era distinto a cualquier cosa que hubieran podido decir las otras institutrices. También enseñó a Margaret, que tendría seis años, a cantar una parodia de Cuando acabe el baile que decía “Mírala quitarse la peluca”. A mi madre no le caía bien, pero se resignó a que acabara el contrato.
 Unos meses más tarde leímos en un periódico que nuestra Miss Z. había demandado a un hombre por difamación. El hombre estaba de invitado en la casa donde ella ejercía de institutriz y les dijo a los dueños que la reconocía y que había sido criada en otra casa. Ella lo negó, pero resultó ser cierto y perdió el empleo. Parece ser que se dedicaba a hacer trabajos temporales, a veces de institutriz y otras de criada. En aquellos tiempos, la diferencia social entre una institutriz y una criada era infranqueable. Era como si una gamba se hiciera pasar por un tigre. Nos preguntamos si los palos de golf no los había robado, aunque tampoco creo que hubiera hecho nada malo excepto hacerse pasar por una señora. Aunque Dios sabe que eso ya era mucho. Mi madre se rió: “Menos mal que sólo estuvo aquí poco tiempo. No creo que haya tenido ningún efecto pernicioso en los niños”. Las otras institutrices, sin embargo, sí nos hicieron mal, aunque con las mejores intenciones.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Siglo XXI Editores, 2009, en traducción de Richard García Nye, pp. 55-60. ISBN: 978-84-323-1351-6.]