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domingo, 30 de abril de 2023

Tú no eres como otras madres.- Angelika Schrobsdorff (1927-2016)


Editorial Periférica
Lo completamente distinto


  «En el transcurso de 1937, se restringió aún más el número de alumnos judíos matriculados en las escuelas alemanas. Y sólo en casos excepcionales se les concedían a los judíos pasaportes para viajar al extranjero.
 Al promulgarse esta ley, Else tuvo por primera vez una sensación eminentemente angustiosa, como si hubiera caído en una trampa a punto de cerrarse. No porque esa norma hubiera podido aplicársele a ella —al fin y al cabo estaba casada con un alemán del Reich y tenían una hija común—, sino por sus padres, por parientes y amigos a los que afectaba dicha ley.
 Entonces sí se planteó a sí misma la pregunta de qué otras medidas monstruosas adoptarían los nazis y cuándo se les pararían los pies.
 Erich, igual de alarmado que ella, dijo que ahora sí era momento de hacer ciertas reflexiones cautelares respecto a la situación. No porque a los hijos los amenazara peligro alguno, tampoco a los padres de ella, venerables ancianitos, sino simplemente porque no holgaba meditar sobre qué hacer si…
 Else, también por primera vez, habló sin rodeos con sus padres acerca del estado de cosas, pero solo encontró resignación, jocosa por parte de su padre, melancólica por la de su madre.
 —De todas formas, con nosotros ya nada se pierde —dijo Minna.
 —Ya no nos proponemos viajar alrededor del mundo —sonrió Daniel.
 —Sí, pero los jóvenes —suspiró Minna—, da miedo por ellos. Por suerte, los sionistas entre nosotros ya están en Palestina: Paula, Bruno y los niños, Lotte y su marido, Emanuel con su mujer y sus hijos. Pero, vaya por Dios, con los árabes tampoco se estará mejor. Además, uno no escapa a su destino.
 —No te preocupes por nosotros, Elschen —la tranquilizó Daniel—, no es el león tan fiero como lo pintan y las cosas se calmarán.
 Peter, el hijo de Else, no opinaba lo mismo. Dijo que las cosas no se calmarían, ni mucho menos, y que ella haría bien en no dejarse tranquilizar.
 ¡Era lo que a Else le faltaba! Lo que buscaba era la confirmación de que a los nazis no había que tomarlos tan en serio, y no la advertencia de que nunca se les podía tomar lo suficientemente en serio.
 Que por qué siempre y en todo tenía que exagerar sin medida, le preguntó irritada. ¿Acaso no estaba en edad de volverse adulto y, de paso, más equilibrado? Que ella consideraba más importante que reflexionara sobre su vida y no sobre el señor Hitler y su calaña. Que lo que estaba haciendo no era en el fondo más que una maniobra de distracción para escurrir el bulto de las decisiones personales. Si de verdad quería ayudarla y evitarle penas y pesares, sin duda no lo conseguiría con sombríos pronósticos políticos, sino dándole una dirección y un contenido a su vida.
 Que no sabía que ella fuera tan influenciable en sus análisis y pareceres, replicó Peter. Que la imagen que tenía de él debía de haber salido de la cabeza de Erich, y la que se hacía de Alemania, también. Peter, un botarate perezoso y superficial, y los alemanes, un pueblo de poetas y pensadores que por un breve momento se dejaba tentar por el diablo, como todos los grandes espíritus, pero que naturalmente volvería a encontrar su senda y conectar con su tradición. Si allí había un irresponsable o insensato redomado ese era Erich y no él. Consideraba a Erich un hombre demasiado débil para resistir una gran presión y demasiado ajeno a la realidad como para darse cuenta de lo que de veras ocurría a su alrededor. Ella no debería apostar por Erich en esos dos puntos.
 ¿Acaso debería apostar por él?, preguntó Else, irónica.
 Que no se lo podía asegurar, pero en cualquier caso siempre estaba dispuesto a deliberar con ella y apoyarla moralmente.
 ¡Ay, aquel hijo, aquel iluso, aquel lunático! ¡Como si supiera dónde estaba arriba y dónde abajo! Ciertamente, Erich era débil y ajeno a la realidad y seguía bajo la influencia de su familia, de la que ella nunca se había fiado. No obstante, era la única persona en la que podía confiar plenamente. Él nunca actuaría en contra de su conciencia, en contra de sus principios éticos.
Tú no eres como otras madres: Historia de una mujer apasionada ... Fue poco después de aquel enfrentamiento con su hijo cuando Else, en la tradicional comida de los domingos en casa de los Schrobsdorff, descubrió la insignia del partido en el imponente y floreado pecho de su suegra. No daba crédito a sus ojos, pero cada vez que miraba y apartaba la mirada veía la esvástica, y Annemarie, al parecer del todo inconsciente de la afrenta, se comportaba con la habitual desenvoltura y exaltación.
 Erich se empeñó en hacer la vista gorda, y fue Alfred quien al final de la comida, cuando la familia se retiraba a la siesta, tomó a Else aparte diciendo que tenía que hablarle. Se dirigieron al invernadero, y Alfred cerró la puerta tras ellos.
 —O sea que ahora también tu madre se ha conchabado con los nazis —dijo Else.
 —Qué remedio, qué remedio —repuso Alfred con una risita—. Como mi “viejo señor” no puede afiliarse al partido por masón, ha tenido que ser ella la que se arrime a la miel. Alguien tenía que hacerlo, de lo contrario los negocios se resentirían. ¡Puro oportunismo! A mi padre esos plebeyos no le agradan, y mi madre sólo sabe que ese sujeto se llama Hitler y que se le pone un “Heil” delante.
 Se descuajaringó de risa.
 —No me parece tan hilarante.
 —Si todo fuera tan divertido como eso —dijo Alfred poniéndose serio—, podríamos morirnos de risa tranquilamente, pero por desgracia no es el caso. La situación se está poniendo muy, pero que muy peliaguda. ¿Qué hago con mi suegra? Quiero a la anciana dama, es una persona callada y exquisita, ¿pero qué voy a hacer ahora con ella? Anja, que ya me hace la vida imposible por todo y por nada, no para de machacarme con el asunto. Quiere que saque a su madre, pero, en primer lugar, ya no le dan pasaporte y, en segundo, no puedo dejarla donde sea y decirle, hala, ahora búscate la vida. ¡Una situación abominable! Dime una cosa: ¿qué vas a hacer tú con tus padres?
 —Nada —dijo Else con sequedad, porque la pregunta pasaba de castaño oscuro. A Alfred nunca se le había podido tomar en serio, pero ahora, para colmo, se estaba volviendo loco.
 —Nada —repitió Alfred—, ya.
 —¿Acaso puedes darme una razón por la cual debería "hacer algo" con ellos?
 —Para prevenir que sean los nazis quienes hagan algo con ellos.
 —¡Por favor, Alfred! Son dos ancianitos inofensivos, ciudadanos alemanes de nacimiento, personas intachables en lo que se refiere a su conducta política y privada. O sea que haz el favor de no perder el juicio.
 —No soy yo el que pierde el juicio, Esnuf, son nuestros magníficos gobernantes. Aquí no se trata de ser intachable o no, joven o viejo, de tener nacionalidad alemana o china; aquí se trata de la raza. Que mi hermano Erilein vive en la luna ya lo sabía yo, pero que tú también te hayas retirado a su órbita me resulta nuevo. Tú y Anja estáis protegidas por el matrimonio con nosotros y los hijos comunes. Y Ulli lo está por descontado. Tiene por cónyuge a un camarada del partido y sus padres se han esfumado como por arte de magia. Es a los que no están casados con “ciudadanos arios del Reich” a quienes les van a buscar la yugular. ¡La yugular! Y muchos de los que eran contrarios a los nazis —me refiero ahora a los arios— empezarán a tambalearse, pues aunque no les busquen la yugular irán a por sus posiciones y fortunas y familias y lo que sea. ¡Así que baja de la luna y estate un poco más alerta!»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Periférica & Errata naturae, 2016, en traducción de Richard Gross, pp. 181-183. ISBN: 978-8416544134.]

domingo, 11 de julio de 2021

Tela de sevoya.- Myriam Moscona (1955)


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Pisapapeles


 «La única forma de traducción que la memoria tiene a su alcance es el lenguaje. Sólo el materno nos da la entrada a ese valle nativo y único en el que decimos mejor aquello que pensamos. Aun cuando hablemos con soltura otros idiomas, aquel en que nos brotan los insultos, las operaciones aritméticas y las expresiones intempestivas suele ser el de nuestra lengua primera. En ella conservamos los fotogramas de toda la cinta vital que nuestro cerebro nos traduce en forma de recuerdos. Aun nuestra memoria visual así como la de temperaturas y olores, texturas y matices, que no requiere de palabras (porque sus palabras son las sensaciones), la captamos a través de un proceso de lenguaje. De modo que no es del todo extraordinario que un grupo de exiliados conserve su lengua y la transmita a los suyos durante un tiempo, pero sí resulta notable que, durante alrededor de treinta generaciones, el ladino se haya mantenido en efervescencia pese a que sus hablantes estaban ya integrados en distintos países europeos y africanos. Lo extraño es lo que ocurrió en algunos destinos de la diáspora.
 La señora S. D., doctora en Bulgaria, estudió y se desarr
olló como pediatra en Sofía. El constante contacto con la realidad de su país, su vida profesional, día y noche, durante cincuenta años, estuvo siempre anclada al búlgaro. Al llegar a su casa, se retiraba la bata de trabajo y cambiaba del búlgaro al ladino. Todas sus relaciones íntimas y familiares, su lengua de hija, hermana, novia y esposa se dieron en ese español arcaico que conoció de niña y que ya no transmitió a sus hijos de la misma forma. Sus hijos nacieron en la segunda mitad del siglo XX, momento en que la práctica del ladino comenzaba a debilitarse. La creación del estado de Israel en 1948 y la aniquilación de cientos de miles de judíos sefardíes, hablantes naturales de la lengua, en los campos de exterminio nazi, son dos de los factores que explican este fenómeno. “Si Israel hubiese decretado además del hebreo, el yiddish y el judeoespañol como lenguas oficiales, la historia hubiese sido otra”, dice con una expresión dulce.
 El señor J. R., de Salónica, pasó toda su juventud en Grecia y jamás aprendió la lengua local. La comunidad sefardí de Salónica era tan numerosa antes de la Segunda Guerra Mundial que bastaba hablar judeoespañol para comprar un litro de leche en el mercado, para tratar con sastres, estibadores del muelle  amigos del barrio. Los hablantes de ladino llegaron a representar sesenta y cinco por ciento de la población total, convirtiéndola en lengua franca entre los pobladores judíos, cristianos y musulmanes. El padre del señor J. R. pertenecía a una familia de clase media alta que decidió mandar a su hijo al Liceo Francés. Su lengua materna era el ladino y su lengua de estudios el francés, tal como ocurría con muchos hijos de familias acomodadas. El joven J. R. podía prescindir del griego. Finalmente, su mundo inmediato se desarrollaba sin dificultades con estas dos lenguas. Después de la trágica historia de persecución (el noventa y cinco por ciento de la población que fue a dar a los campos de concentración no volvió), el señor J. R. llegó a México en los años cuarenta. Aprendió el español local, y aunque siguió empleando algunas expresiones insustituibles en ladino, les dijo a sus tres hijos mexicanos: “Después del exterminio no le veo ningún sentido a insistir en esta transmisión. Para mí, el djudezmo murió en los campos de exterminio y me parece absurdo revivirlo”. No fue el único.
Resultado de imagen de tela de sevoya Caso aparte son las comunidades que se establecieron en Siria (familias que se distinguen, por ejemplo, por los apellidos Galante, Picciotto, Laniado). Su integración a las comunidades locales fue tal que no conservaron el djudezmo como lengua familiar. Razón que explica sólo en parte el hecho de no haber continuado con la práctica del ladino pues no es el único grupo que se fundió con la sociedad local. Las razones profundas de por qué no adoptaron esa lengua que llevaban consigo al salir de España son un enigma aunque hay una posible explicación. Las comunidades judías en Siria son tan antiguas que incluso se mencionan en la Biblia. Damasco, por ejemplo, es considerada la ciudad más antigua del mundo con una población continua. Cuando en el siglo XV y XVI algunos expulsados de España que llegaron a Alepo y a Damasco se integraron a una comunidad que ya estaba allí, se fundieron lingüísticamente al árabe de tal forma que la práctica del castellano del siglo XV se debilitó poco después hasta perderse por completo.

Pisapapeles

 La mayoría de los judíos que vivían en Bulgaria eran simples y modestos trabajadores de los barrios pobres del país. Muy pocas familias gozaban de lujos. Y muy pocas también, si es que de verdad las hubo, eran prestamistas, banqueros o dueñas de negocios que produjeran envidia entre la gente. La imagen de los judíos búlgaros difería totalmente de la propaganda nazi que presentaba a “la raza” con la típica imagen de los usureros. “Nuestros judíos son españoles” le dijo el rey Boris al militar Joachim von Ribbentrop, el temible ministro de Relaciones Exteriores de la Alemania nazi. En este “nuestros judíos son españoles” se encerraba una defensa, sin duda, pero también se hacía hincapié en la lengua que serpenteaba en el país, tan distinta a la búlgara, y que lejos de complicar, enriquecía las condiciones culturales de la nación. Los judíos no eran calificados de extranjeros peligrosos que vestían y vivían diferente, hablaban una lengua extraña y llevaban a cabo ritos incomprensibles. Muchos polacos y ucranianos odiaban a los judíos instintivamente porque parecían distintos, extranjeros. Los judíos búlgaros, en cambio, vivían prácticamente igual que sus vecinos. Entre ellos no había hasídicos, ni usaban sombreros o talits (mantos para el rezo); los únicos judíos barbados eran los rabinos que difícilmente se topaban en las calles. Algunos judíos se cuidaban de comer todo kosher, pero la mayoría más bien apreciaba el sabor de los mariscos y de la carne común y corriente. Algunos rezaban durante los sábados y las fiestas sagradas, pero la mayoría no. Muchos trabajaban o se divertían los sábados como un día cualquiera. A los poetas, escritores, compositores de la comunidad judía, se les consideraba artistas nacionales búlgaros. Unos cuantos hablaban de la lengua mejor que los búlgaros de viejas raigambres y cantaban sus canciones y sentían un profundo amor por su país. Los judíos de Bulgaria eran, en suma, una comunidad heterodoxa que no parecía preocupada por su religión. Existía una historia para describir de qué modo, hasta la creencia en Dios era, entre los judíos búlgaros, poco popular. No así su sentido cultural, presente en sus dichos, proverbios, humor, gastronomía y ciertas expresiones verbales. Se contaba, pues, que cuando Jehová bajó a la Tierra a visitar a sus comunidades pudo entrar en todos los países del mundo donde encontraba población judía. Sólo unas puertas encontró selladas: las de Bulgaria. Los judíos no mostraban interés en visitas celestiales.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2014, pp. 81-85. ISBN: 978-84-16011-02-5.]

domingo, 4 de julio de 2021

Todos los colores del sol y de la noche.- Lenka Reinerová (1916-2008)


Resultado de imagen de lenka reinerova «A la celda. Cuántas cartas y notas clandestinas han tratado, sólo en el recién terminado siglo, de explicar “a los de fuera” qué significa tener que vivir en una celda. Como un objeto que está en manos de la voluntad ajena. Cuántos libros se han escrito ya al respecto, cuántas películas se han rodado. Y, sin embargo, hasta la fecha ningún médico ha sido capaz de registrar con sus aparatos las contracciones de un corazón humano que lo que anhela es la libertad. No hay matemático que conozca el número de sueños de un ser humano cautivo. Y nadie ha logrado todavía comprender cabalmente el dolor que causan la injusticia y la difamación.
 Incluso muchos años después, he pasado más de una noche en vela en la seguridad familiar de mi habitación, en la oscuridad serena y relajante que pendía del techo. Todo a mi alrededor era apacible y bueno. Tras las ventanas, la noche susurraba en la copa de un árbol viejo; por las calles soplaba el cálido aliento de la cercanía humana y yo no podía dormir porque una y otra vez me angustiaba la misma pregunta. Unos me la hacían con indiferencia, otros con esperanza y algunos incluso con maldad: “Después de todo lo ocurrido, ¿puedes continuar por el mismo camino que hasta ahora?” Y a mí me cuesta horrores exponer en términos claros con cuánta intensidad pensé en ello cuando estaba en la maldita celda: ¿escoger otro camino? ¿Uno que parezca más transitable y que me conduzca a una meta distinta y por la que, hasta la fecha, nunca me pareció que mereciera la pena luchar? ¿Puedo perseverar, pese a todos los abismos que entretanto se han abierto, en el camino que he seguido hasta el día de hoy? ¿Dónde se me presentará un nuevo camino en cuyas metas e ideales pueda creer? En algún lugar tiene que existir.
 Estas cavilaciones en la celda individual y espartana eran una ocupación agotadora, tal vez fueran demasiado para alguien completamente dejado de la mano de Dios. La mayor de las veces culminaban en una desesperación amarga, y sólo muy de tarde en tarde en el inesperado destello de un alivio, como ocurre cuando aprendemos una lección crucial: ahora lo sé. Y soy capaz. Finalmente he comprendido los errores y puedo tratar de volver a caminar con grandes pasos. Tengo que hacerlo.
 Tras horas como éstas se me cerraban los ojos de puro agotamiento. Y entonces veía los colores del sol. En la desconsoladora celda y también más adelante, ya una vez en casa.

 Cada vez que me llevaban de vuelta de los interrogatorios, pasaba horas, días y noches sola entre las cuatro paredes sin pintar que me habían asignado. Totalmente a solas, sin una persona a mi lado, sin siquiera un objeto. Era una perversidad, no me cabía en la cabeza. Como no tenía arreglo, decidí al menos defenderme. ¿Cómo? Eso estaba por resolver, pero había que defenderse a toda costa, porque allí todo estaba concebido para desmoralizar a los reclusos. Por eso había que estar alerta cuando se abría la puerta de la celda, por eso había que solicitar cada vez los utensilios de higiene más básicos, por eso la obligaban a una a dejar por la mañana sobre las mantas en las que dormía de noche el trapo con el que se fregaban el suelo y el retrete, por eso cada vez que inspeccionaban las celdas los hombres pisoteaban las mantas con las botas.
 Probablemente hubiera sido más razonable evitar los encontronazos absurdos, pero por desgracia no fui capaz. No dejaba el trapo sucio entre las mantas sin ventilar y a los insultos y groserías contestaba sin pensar con lengua afilada. Así me defendía, a la desesperada, aunque fuera completamente inútil. Cuando no quisieron cambiarme le jergón, cuyo relleno hacía tiempo que se había convertido en polvo, exigí hablar con el director de la cárcel. Y acudió. Era un tipo grueso, rechoncho, de manos fuertes y rostro inexpresivo. Entró en la celda sin mediar palabra, tocó con sus fuertes manos una esquina del jergón, como si no supiera que en cualquier otro sitio estaba deshecho, y murmuró:
 -La reclamación de la número 2.814 no procede.
Y se fue por donde había venido.
 Aparté la cabeza para que no pudiera ver mi cara de contrariedad.
 Todo aquello formaba parte de un sistema perfectamente definido que, sin embargo, cometía errores muchísimo más graves. Cada día que pasaba lo tenía más difícil con mi señor instructor. Sin duda él también conmigo. Era incapaz de comprender muchas de las cosas que quería que “aclaráramos”, lo cual lo ponía furioso. Lo peor sucedía cuando, tras haber acabado el interrogatorio, no podía notificar que había “descubierto” esto o “probado” lo otro y, sobre todo, que había “constatado” la culpabilidad de la acusada en otro delito. Por ejemplo, el de haber sobrevivido a un mal hasta entonces nunca visto.
 -Eso sí es interesante. Afirma que los nazis mataron a toda su familia. Y que a usted, precisamente a usted, no le pasó nada. Que tuvo una suerte tremenda. Convendrá conmigo en que la cosa es, cuando menos, extraña.
 -Sí, yo estoy viva –respondí enseguida, ya que quería impedir a toda costa que se explayara sobre ese punto, que era mi herida abierta-. ¿Acaso debería odiar mi vida?
 Quisiera olvidar lo que vino después. En ocasiones el señor instructor se ponía hecho una furia y perdía completamente la cabeza. En esos casos, yo no tenía más remedio que quedarme completamente inmóvil y tratar de no escuchar. A veces me abandonaban las fuerzas. Entonces daba rienda suelta a mis lágrimas y toda su rabia resultaba en vano, no me afectaba. No lo oía, no entendía nada de lo que gritaba; mi rostro, bañado en llanto, era como una especie de escudo. Detrás, él no existía.
 Y, sin embargo, en una ocasión logró burlar la barrera invisible.
 Aquel día, junto al gordo, estaba sentado al escritorio un hombre joven y guapo, con el semblante pálido de quien no ha dormido lo suficiente. Me observaba detenidamente y con descaro, aunque no era la mirada de un hombre a una mujer. Tal vez fuera ésa la manera como, antiguamente, la gente miraba a una bruja joven antes de prender fuego a la hoguera.
 -He venido a preguntarle –dijo el joven, lentamente y con voz anodina- por qué declara por principio una nacionalidad falsa. Porque usted es judía, ¿no?
 Sí, lo soy. Pero ¿por qué lo formuló como si fuera una acusación más? Mi madre mencionó en una ocasión que la última vez que había estado en una sinagoga había sido el día de su boda. No fue precisamente el día más feliz de su vida y, quizá por eso, maldijera un poco de Dios, que por lo demás no le concedió ningún favor especial. A sus hijas les dio entera libertad, incluso trató de ahondar en las ideas en las que ellas parecían creer. Jamás hizo el menor intento de convencernos de lo que formaba parte del pasado. En casa se hablaba muy poco de nuestras raíces judías. Se daban por sentado, como que vivíamos en los arrabales de Praga.
 Cuando Hitler subió al poder en Alemania, mi abuela estaba desconsolada:
 -Ninguno de nosotros sobrevivirá.
Resultado de imagen de lenka reinerova todos los colores del sol y de la noche Pero Praga era demasiado inteligente, demasiado progresista, las semillas del fascismo no encontraron aquí el terreno de cultivo adecuado. Cierto que en las calles y plazas podía verse a algunos vocingleros y que no faltaron las ratas que salieron a rastras de su ratonera. Pero, en un primer momento, nadie pensó que constituyeran una amenaza seria.
 A principios de 1939 acompañé a un periodista norteamericano a la pequeña ciudad de Chust, en el extremo oriental de Checoslovaquia, en Cárpato-Ucrania. Allí se había establecido una especie de gobierno, encabezado por un tal monseñor Volosín, con un proyecto descabellado: anexionarse la gran República Socialista Soviética de Ucrania. Este plan inverosímil llamó la atención de la prensa internacional. Reporteros de los países más diversos acudieron rápidamente a la minúscula metrópoli. En septiembre de 1938, tras la firma del Tratado de Munich, me había quedado sin trabajo, así que aproveché gustosa la oportunidad de acompañar como traductora al corresponsal del periódico americano The Baltimore Sun. No dejaba de ser una empresa arriesgada, porque mis conocimientos de inglés eran entonces bastante pobres. Sin embargo, conseguí desempeñar la tarea y el periodista quedó plenamente satisfecho del trabajo. Y con ello asistí por primera vez a la coexistencia de una Edad Media antigua y una Edad Media moderna.
 En aquella región oriental vivían muchos judíos. Estuvimos allí un viernes y vimos cómo, al atardecer, los hombres regresaban del culto en la sinagoga. Arrastrando los pies y en silencio, envueltos en caftanes oscuros y largos, cruzaban la plaza del mercado, ligeramente nevada. En la cabeza llevaban unos gorros redondos, adornados con colas de zorro o, por lo menos, de ardilla. Entre ellos había también algunos niños. Todo estaba tranquilo, no había ni un alma a su alrededor. Sólo se oía el crujido de sus abrigos y, a lo lejos, el aullido de un perro.
 En la cera, delante del único hotel del lugar, había un grupo de hombres jóvenes armando ruido. Iban embutidos en uniformes de un gris azulado y llevaban en la cadera izquierda un puñal decorado con la cruz gamada. Se trataba, como le hicieron saber orgullosos a mi americano, de un regalo de las Juventudes Hitlerianas a los grupos de combate recién iniciados de las SS cárpato-ucranianas, que habían adoptado el nombre de Sic, por la pequeña isla de la grande y deseable Ucrania.
 Los judíos caminaban lentamente por entre la danza muda de los copos de nieve, cuando de pronto algo hendió el aire con un silbido. Uno de los chicos cayó al suelo. Dos hombres lo levantaron rápidamente y se lo llevaron de allí. Nadie más se detuvo, nadie dijo ni pío. Se oyó una carcajada procedente del grupo de los Sic. Uno de ellos exclamó:
 -¡Perros cobardes!
 Los judíos ya no podían oírlo. Sobre la plaza nevada quedaba solamente una piedra de tamaño considerable y algunas gotas de sangre.     
      
Aquel día, durante el interrogatorio, no pude evitar pensar en eso. Al hombre con cara de haber dormido poco no le conté nada de todo aquello.
 El miedo de mi abuela resultó estar justificado. Su rastro se perdió en un camión de transporte; el de mi madre, en un vagón de tren precintado que abandonó la rampa de Theresienstadt en dirección al este. Una de mis hermanas murió en una cámara de gas de Lodz; la otra, la más pequeña, estuvo primero en Ravensbrück, pero le tocó morir en Birkenau. Como a tantas y tantas personas…
 -No tiene usted ningún derecho a preguntarme eso –dije cuando hube cogido aliento para recuperar la voz-. No tiene ningún derecho a decidir cuál es mi nacionalidad.
 Y aquí me atraganté. ¿Por qué hablaba de derechos y lo hacía además en un contexto como aquel?
 -Nosotros no decidimos su nacionalidad –dijo el tipo de voz anodina y rostro pálido-. Sólo la precisamos. Usted es judía, por más que trate de ocultarlo.
 -Nunca lo he ocultado –dije sin alzar la voz, aunque con más firmeza-. Ni siquiera ante los nazis.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2009, en traducción de Juan de Sola Llovet, pp. 70-76. ISBN: 978-84-92663-05-7.]

domingo, 20 de junio de 2021

Supervivientes.- Java Rosenfarb (1923-2011)


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El último poeta de Lódz


 «Después de que los alemanes conquistaran Polonia, Shayevitch se trasladó con su mujer  y su hija al gueto de Lódz, donde ocupaban una cabaña sórdida y ruinosa en el número 14 de la calle Lotnicza. La cabaña tenía una estancia y un cobertizo que hacía las veces de cocina. Sus padres y sus hermanas encontraron alojamiento en otra calle. Sin trabajo ni medios de subsistencia, Shayevitch vivió desde el principio bajo la amenaza de la muerte por inanición. Sus preocupaciones se dividían en dos casas: la de sus padres y la suya.  Empezó a buscar frenéticamente algo que hacer. Naturalmente orgulloso, tímido, de habla suave, y siempre dubitativo sobre su valía como escritor, adquirió una ferocidad leonina en la lucha por la supervivencia de su familia. Llamaba a puertas, mendigaba, negociaba y presumía de su vocación de escritor para defender que merecía un trato especial.
 Hasta comienzos de 1941, él y su familia vivían de la limosna del departamento de ayuda social de Rumkowski. Había poca comida en la casa, pero mucho tiempo para escribir. Pasó de escribir prosa a escribir poesía, porque debió de sentir que la poesía expresaría mejor el estado de su mente y de su alma.
 Obtuvo trabajo como conserje y portero en el mercado de verduras, el gran espacio donde se distribuían las raciones de verduras entre la población del gueto. En los días en los que se repartía la ración de unos nabos, zanahorias y alguna patata, su trabajo era quedarse en la puerta y dejar que entrasen los hambrientos habitantes del gueto, unos pocos cada vez, que estaban en la cola de la calle. Debía aguantar el insoportable tumulto de la gente que intentaba colarse para no quedarse solamente con los restos.
 No hay palabras que puedan describir mejor el tormento que soportaba en esa época que la carta que escribió a Rosenberg el 30 de septiembre, donde se quejaba de que hasta entonces había aceptado el trabajo con estoicismo, aunque los consumidores y el director le habían hecho sufrir. Este último, escribe Shayevitch, “acostumbrado a tiempos pasados en los que un conserje se ponía de rodillas ante su amo, no me soporta. Además, alguien ha delatado mi secreto de ser un escritor yiddish, y el director no necesita más para despreciarme y convertirme en el objetivo de su risa burlona. Me ha costado mucho tiempo lograr que adopte una actitud adecuada”. Después se queja de los consumidores que se aprovechan de su rechazo a maltratar físicamente a nadie: “Me humillan hasta el punto de hacerme sangre… Basta con pasar por esa experiencia una sola vez para quedar herido hasta la profundidad del alma”.
 A continuación confiesa: “Le juro que nunca en mi vida he sentido tanta amargura. En el mes de Sivan murió mi padre y treinta días después mi madre. ¡Y cómo me duele en la conciencia no haber podido hacer nada para salvarlos! Ahora tengo que ver cómo mi mujer y mi hija de cinco años se marchitan. La niña está enferma a menudo y no tengo  ningún medio (para salvarla)”.
 También confiesa a Rosenstein: “Estoy escribiendo un largo poema sobre el gueto. Nuestra compañera, la señora Ulinover, me animó, dijo que el poema sería un monumento a nuestras experiencias en el gueto, y otros superlativos parecidos”.
 Añade: “Como seguro que sabe, el trabajo en el mercado dura desde el alba a la noche. La gente que aparece en mi poema revolotea a menudo en el centro de mi mente con sus súplicas; los más arrogantes con amargura y amenazas, mientras que quienes son más permisivos azotan mi corazón con amargos reproches: ‘¿Por qué nos dejaste? ¿Por qué no dices: Hágase la luz en nuestro caos contemporáneo? ¿Nos has convertido en pequeños demonios?’. Uno de ellos, medio monstruo  y medio payaso, se burla de mí: ‘¡Que Dios lo prohíba! ¡Quizás no vivas para terminar tu trabajo!’”
 Shayevitch anota: “Soy consciente de que la opinión que expresan algunas personas no carece de fundamento, de que en el gueto todo es nitchevo [una palabra polaca que significa ‘nada’]. Pero discrepo. Uno puede decir con la cabeza fría que precisamente en este momento difícil hay que prestar la máxima atención a la cultura”. Continúa adulando a Rosenstein: “Estoy convencido –no me importa lo que piense al respecto- de que sólo usted puede entender la sensación de abatimiento y vacío que tengo estos días. Usted es el único capaz de oír el menor sonido de la desesperación en el gueto”. Después de muchos otros cumplidos, pide que Rosenstein lo salve de la opresión material y el vacío moral en los que se ha hundido. “Por favor –suplica-, garantíceme las condiciones para realizarme de acuerdo a mi potencial. […] Confíe por favor en las posibilidades que duermen en mi interior. Póngase en el papel del Alto Sacerdote que entra en el Sanctasanctórum para encender la llama de la menorá. ¡Qué renacer podría llevar a mi vida! Creo en usted y, de nuevo, creo en usted!”.
 A finales de 1941, la situación en el gueto había empeorado. Impotente, Shayevitch veía cómo los miembros de su familia sucumbían uno tras otro a la enfermedad y el hambre. Además habían empezado las deportaciones masivas del gueto. El invierno era inmisericorde. No había madera ni briquetas de turba para calentar las casas. Alguna gente estaba tan desesperada que se unió a las deportaciones voluntariamente. Nadie pensaba que el camino que habían elegido esos deportados voluntarios los llevaba directamente a su aniquilación.
 Shayevitch se encontró entre aquellos que estaban en lo más bajo de la jerarquía del gueto, los más pobres entre los pobres, los primeros en ser enviados. Sabía que cualquier día recibiría “una invitación de boda” –como llamaban a las convocatorias a la deportación los habitantes del gueto- y que le ordenarían que se uniera, con su mujer y su hija, a la procesión.
 Fue entonces cuando dejó a un lado el largo poema en el que estaba trabajando y se puso a escribir “Lekh-Lekho”. En ese poema se muestra como un profeta, que intuye que esas marchas eran marchas hacia la separación y la muerte. Abre el poema con las siguientes palabras a su hija de seis años:

 Y ahora, Blimele, hija mía,  /  apaga tu alegría de niña,
 el río plateado de tu risa. / Nos preparamos para el camino desconocido.

 No me mires curiosa / con esos grandes ojos marrones,
 y no me preguntes por qué y para qué /  tenemos que dejar nuestro hogar.

También le pide a Blimele:

Resultado de imagen de java rosenfarb Ponte las medias calientes / que tu madre remendó
 anoche para ti / mientras cantaba y reía,

 sin saber que esa sería / su última risa alegre,
 como la vaca que muge y no imagina / la navaja en la mano del matarife. […]

 Y ahora, Blimele, hija mía, / no me sonrías con esos dientes blancos.
 Abandonar nuestra casa / es todo el tiempo que nos queda. […]

 Y aunque eres una niña pequeña / y quien enseña la Torá a su hija
 es un hombre indigno / que le enseña un pecado,

 ha llegado el día amargo / en el que debo enseñarte
 mi niña /  la horrible sección “Lekh-Lekho”.

 Pero, ¡cómo puede compararse esa orden / al sangriento lekh-lekho de hoy?
“Y Dios dijo a Abraham: / Vete de tu tierra”.

 En el poema Shayevitch y su hija dejan su casa y todos los objetos que se han transformado en testigos de sus viejas alegrías y actuales penas. Los objetos, convertidos en registros de la existencia diaria de la familia, expanden los símbolos. Los versos del monólogo poético del padre se presentan con la mayor simplicidad, como se habla con un niño, pero el padre no oculta a la niña la terrible verdad. La desnudez del lenguaje sugiere la contención de un grito ahogado en el silencio. En el texto original los versos tienen rimas muy simples y encajan en el lamento oculto en la cadencia del ritmo.
 No mucho después, Rosenstein le hizo a Shayevitch un favor extraordinario, gracias al que Shayevitch pudo seguir escribiendo su obra épica sobre el gueto de Lódz. Le consiguió un trabajo en una “cocina de gas”. Siempre escaseaban la leña y las briquetas de turba en el gueto, y casi nunca había carbón. Así, ocurría a menudo que, si un habitante del gueto tenía algo que cocinar en su cacerola, no tenía nada con lo que cocinarlo. Las cocinas de gas eran salas comunes equipadas con hornos de gas donde por unos pocos pfennigs se podían hacer unos trozos de patata o se podía calentar la ración de sopa. La función del supervisor en una cocina de gas de esas características era mantener el orden en la cola de gente que esperaba con sus cacerolas, vigilar el reloj y recoger el dinero. Desde que llevaba la cocina, Shayevitch podía escribir en los intervalos entre esas actividades. En el ruido de los silbantes quemadores y las cacerolas humeantes, así como en la agitación general causada por gente impaciente y agotada, componía sus versos en una hoja de papel de contabilidad cubierta de letras por un lado y limpia por el otro.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Xórdica Editorial, 2016, en traducción de Daniel Gascón, pp. 178-183. ISBN: 978-84-16461-06-6.]