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domingo, 19 de julio de 2026

Relatos italianos del siglo XX.- Federigo Tozzi (1883-1920) y otros autores

 

Alma juvenil [de "Le novelle"]

 «Se había levantado temprano porque tenía que pagar una pareja de bueyes por la mañana en la ciudad; y antes había querido dar una vuelta por su campo. La hierba estaba tan helada y húmeda que con sólo quedarse parado cinco minutos los pies se le habían entumecido. De modo que dio unos pasos, se dirigió a una vid, la primera de una hilera, y arrancó una hoja para quitarle la escarcha. También la hoja estaba fría, retrocedió y se apoyó con una mano en un ciprés que salía de un montón de piedras que deberían servir para avenar las nuevas fosas de la viña. El ciprés, en cuanto lo tocó, le lanzó encima las gotas de su escarcha que empezaba a deshacerse. Pero no le importó nada. Desde allí miró las encinas y los castaños que marcaban los límites del campo desde debajo de la casa hasta donde empezaba una zanja apenas visible, pues se había llenado de tierra y no la habían vuelto a cavar. Después el campo descendía, y había otras encinas que ya no querían crecer; luego, un ribazo con la hierba seca del año anterior que ahora acababa de pudrirse encima de la nueva; después estaban los sauces, luego un cañizal, y después, un nogal. Y ése era todo su campo.
 Era el mes de marzo y la campiña aún tenía un aspecto invernal. Bostezó y volvió sobre sus pasos, lentamente, con las manos a la espalda. Mientras tanto el sol había conseguido asomar y él, volviéndose a mirarlo, quedó deslumbrado. La campiña relucía y una bandada de gorriones se atravesó ante sus ojos.
 Quizá su padre, que le tenía que dar las mil quinientas liras para pagar los bueyes, ya se había vestido, de modo que fue hasta las ventanas y lo llamó.
 El viejo golpeó en los cristales desde dentro del cuarto, para darle a entender que ya bajaba y que no corría tanta prisa.
 En la era estaba extendido el arado y los ladrillos que había debajo estaban secos; en cambio, la punta de la reja estaba completamente mojada. Pero notó que se había roto y que tenía que mandarla al herrero para que la arreglase. Dos campesinos cambiaban la paja en la pocilga; y él sentía que otro estaba en la cabaña recogiendo el pasto para llevarlo al establo.
 Era la primera vez que su padre le mandaba a la ciudad a pagar una suma tan grande; por eso estaba impaciente. Se figuraba que ya se encontraba entre los tratantes, que esperaba al que le había vendido los bueyes, que lo saludaba con una sonrisa y le decía que llevaba los cuartos en el bolsillo. El otro le entregaría el recibo; él lo leería, tras desdoblarlo bien. Después volvería a pasar entre los tratantes, dando codazos a diestro y siniestro, pues todos los sábados se encontraban para cerrar sus tratos entre la Costarella y la Croce del Travaglio, en el punto más concurrido de Siena; delante de aquel café donde sólo entraban señores bien vestidos; y cuando los tratantes y los campesinos tenían que hablar, no se apartaban ni aunque pasara un carruaje o una carreta.
 Entre tanto, mientras esperaba en la era, el tiempo no pasaba nunca; y no se le ocurría nada que hacer; aunque sí le habría gustado ocultar su emoción, cada vez más intensa. ¡Ahora advertía que el pago de los bueyes le daba una especie de fiebre! No quiso decir nada, ni siquiera a los dos campesinos; le habría resultado imposible parar mientes en algo; y, mirándolos, la tomaba con ellos. Tampoco iba al establo porque se había abrillantado los zapatos y se había limpiado los pantalones desde los pies, donde siempre estaban embarrados y cubiertos de polvo.
 Ahora, ya que su padre lo mandaba a pagar los bueyes, podría ir pensando en tomar mujer; tenía que elegir entre las dos hijas de un administrador, que siempre las llevaba en calesa, o también estaba una señorita hija de un médico que vivía en un pueblo cerca de Siena. Le parecía que en un solo minuto vivía años enteros; y también esto le impacientaba; más aún, eso sobre todo. El corazón le temblaba y le entraban ganas de llorar al pensar en ello. ¿Por qué pensaba en todas esas cosas cuando los días eran siempre iguales?
 También estaba impaciente por verse de vuelta en casa, porque sentía un gran deseo de trabajar más que su padre; había que podar todas las viñas, había que cavar unos trozos de tierra que nunca estaban limpios de grama, había que sembrarlo todo y que plantar el huerto donde quería probar cierta clase de habichuelas; por la noche había ido a robar la semilla en un campo ajeno. Y además quería hacer unos injertos de peras que se vendían carísimas en el mercado. Pensó en todas esas cosas; y habría querido que ya estuvieran hechas. Aquellos dos campesinos le parecían demasiado lentos y no se explicaba cómo el otro aún no había salido de la cabaña; en el establo, los bueyes mugían; estaba claro que tenían hambre.
 Por fin bajó su padre; pero vio que no iba en mangas de camisa, como esperaba; se había acabado de vestir y llevaba en la mano el bastón de serbal que cogía siempre cuando iba a las ferias y a Siena.
 -¿Va usted, padre? ¿Por qué, pues, ayer me dijo que iría yo?
 -Pensé, mientras me esperabas, que tengo que hablar con Bista, el administrador de las Casine, para enterarme de algo.
 -¿Me lleva con usted al menos?
 -¿Conmigo? No harías más que perder el tiempo. En cambio, irás a la bodega y trasegarás esas barricas de vino bajo; no pueden quedarse allí. Hay que hacerlo antes de que avance la estación y cambie la luna.
 -¿Y me lo dice ahora?
 El padre le regañó, diciéndole que no tenía tiempo de charlar con él. Después, con un silbido, llamó al de la cabaña, le dio una orden y se marchó, tras haberse mirado los zapatos, cerrando de golpe la cancela. El perro fue tras él durante un trecho de camino, pero después comprendió que no debía seguirlo y regresó a la era meneando la cola.
 Pero él se había quedado tan descontento y de tan mal humor que en vez de subir a coger las llaves de la bodega se apoyó en un sostén del emparrado, sin hacer nada.
 Por la cabeza le pasaban malas ideas, y sentía que no conseguía obedecer ya a su padre. De haber podido, habría aprendido otro oficio y se habría ido por su lado, poniendo casa.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1974, en selección de Guido Davico Bonino y traducción de María Esther Benítez, pp. 28-30. ISBN: 84-206-1498-X.]   

domingo, 29 de diciembre de 2024

Los sonetos del Cancionero.- Francesco Petrarca (1304-1374)

2ª parte (Ciclo: Tras la muerte de madonna Laura)
269

 «Cayeron la alta columna y el laurel verde
que sombra daban a mi fatigado pensamiento;
perdí lo que encontrar ya nunca espero
de norte a sur, o del mar índico al moro.
 Quitado me has, Muerte, el doble tesoro
que daban alegría y orgullo a mi vida;
ni compensarlo pueden tierra o imperio,
gema oriental ni la fuerza del oro.
 Pero, si lo consiente así el destino,
¿qué puedo sino tener el alma triste,
siempre húmedos los ojos y bajo el rostro?
 ¡Oh, vida nuestra, tan bella en apariencia!
¡Qué fácilmente pierdes en una mañana
lo que en muchos años penosamente se conquista!
[...]

272

 Huye la vida y no se detiene una hora, 
detrás viene la muerte a grandes pasos,
y las cosas presentes y pasadas
me dan guerra, e incluso las futuras;
 y el recordar y el aguardar me angustian
por igual, tanto que, a decir verdad,
si no tuviera de mí mismo piedad
estaría ya de estos pensamientos fuera.
 Evoco si alguna dulzura tuvo
el triste corazón; y por el otro lado
preveo a mi navegar turbados vientos;
 veo tormenta en el puerto, ya cansado
mi piloto, rotos mástil y jarcias,
y las bellas luces que miré, apagadas.

273

 ¿Qué haces? ¿Qué piensas? ¿Qué miras aún atrás
hacia el tiempo que ya volver no puede?
Alma desconsolada, ¿por qué vas
echando leña al fuego en que tú ardes?
 Las suaves voces y las dulces palabras
que, una por una, has descrito y pintado,
marcháronse del mundo; y, bien lo sabes,
es aquí inútil buscarlas, y tarde.
 ¡Oh! No renueves lo que nos da muerte;
no sigas un pensar vago, falaz,
mas firme y cierto, que a buen fin nos lleve.
 Busquemos el cielo, si aquí nada nos place;
que para nuestro mal aquella beldad vimos,
si viva y muerta había de quitarnos la paz.

274
 
 Dadme paz, oh mis duros pensamientos:
¿no es bastante que Amor, Fortuna y Muerte
me combatan en torno, y a las puertas,
para adentro encontrarme otros guerreros?
 Y tú, mi corazón, ¿aún eres cual eras?
Sólo a mí desleal, que espías feroces
vas agrupando, y te has vuelto aliado
de mis prestos y ligeros enemigos.
 En ti sus mensajes secretos el Amor,
en ti Fortuna abre toda su pompa,
y Muerte la memoria de esa herida
 que conviene destroce lo que de mí queda;
en ti los bellos pensamientos se arman de error:
por ello de mis males sólo a ti te culpo.
[...]

277

 Si Amor nuevo consejo no nos trae,
por fuerza convendrá perder la vida:
tanto miedo y dolor sufre el alma triste,
que el deseo vive y la esperanza ha muerto;
 por lo cual se desconcierta y desalienta
mi vida en todo, y noche y día llora,
cansada, sin gobierno en mar tormentoso,
y en vía dudosa sin guía de confianza.
 Imaginaria guía la conduce,
que la verdadera está bajo tierra, mejor dicho en el cielo,
desde donde más que nunca clara en el corazón reluce;
 mas no en los ojos, que un doliente velo
les contiene la deseada luz,
y a mí tan pronto me encanece el pelo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Bosch, casa editorial, 1981, en traducción de Atilio Pentimalli, pp. 523-537. ISBN: 84-7162-850-3.] 

domingo, 25 de agosto de 2024

Historias de cronopios y de famas.- Julio Cortázar (1914-1984)

 

Historias de cronopios y de famas
II.- Historias de cronopios y de famas

Historia

  «Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.

 La cucharada estrecha

 Un fama descubrió que la virtud era un microbio redondo y lleno de patas. Instantáneamente dio a beber una gran cucharada de virtud a su suegra. El resultado fue horrible: esta señora renunció a sus comentarios mordaces, fundó un club para la protección de alpinistas extraviados y en menos de dos meses se condujo de manera tan ejemplar que los defectos de su hija, hasta entonces inadvertidos, pasaron a primer plano con gran sobresalto y estupefacción del fama. No le quedó más remedio que dar una cucharada de virtud a su mujer, la cual lo abandonó esa misma noche por encontrarlo grosero, insignificante y en un todo diferente de los arquetipos morales que flotaban rutilando ante sus ojos.
 El fama lo pensó largamente, y al final se tomó un frasco de virtud. Pero lo mismo sigue viviendo solo y triste. Cuando se cruza en la calle con su suegra o su mujer, ambos se saludan respetuosamente y desde lejos. No se atreven ni siquiera a hablarse, tanta es su respectiva perfección y el miedo que tienen de contaminarse.

La foto salió movida

  Un cronopio va a abrir la puerta de la calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe y a lo mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar y la guía del teléfono llena de música y el ropero lleno de abonados y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas y los campos llenos de tranvías. Así es que este cronopio se aflige horriblemente y corre a mirarse al espejo, pero como el espejo está algo ladeado lo que ve es el paragüero del zaguán, y sus presunciones se confirman y estalla en sollozos, cae de rodillas y junta sus manecitas no sabe para qué. Los famas vecinos acuden a consolarlo  y también las esperanzas, pero pasan horas antes de que el cronopio salga de su desesperación y acepte una taza de té, que mira y examina mucho antes de beber, no vaya a pasar que en vez de una taza de té sea un hormiguero o un libro de Samuel Smiles. 
 [...]

Su fe en las ciencias 

 Una esperanza creía en los tipos fisonómicos, tales como los ñatos, los de cara de pescado, los de gran toma de aire, los cetrinos y los cejudos, los de cara intelectual, los de estilo peluquero, etc. Dispuesto a clasificar definitivamente estos grupos empezó por hacer grandes listas de conocidos y los dividió en los grupos citados más arriba. Tomó entonces el primer grupo, formado por ocho ñatos y vio con sorpresa que en realidad estos muchachos se subdividían en tres grupos, a saber: los ñatos bigotudos, los ñatos tipo boxeador y los ñatos estilo ordenanza del ministerio, compuestos respectivamente por 3, 3 y 2 ñatos. Apenas los separó en sus nuevos grupos (en el Paulista de San Martín, donde los había reunido con gran trabajo y no poco mazagrán bien frappé) se dio cuenta de que el primer subgrupo no era parejo, porque dos de los ñatos bigotudos pertenecían al tipo carpincho, mientras el restante era con toda seguridad un ñato de corte japonés. Haciéndolo a un lado con ayuda de un buen sandwich de anchoa y huevo duro, organizó el subgrupo de los dos carpinchos, y se disponía a inscribirlo en su libreta de trabajos científicos cuando uno de los carpinchos miró para un lado y el otro carpincho miró hacia el lado opuesto, a consecuencia de lo cual la esperanza y los demás concurrentes pudieron percatarse de que mientras el primero de los carpinchos era evidentemente un ñato braquicéfalo, el otro ñato producía un cráneo más apropiado para colgar un sombrero que para encasquetárselo. Así fue cómo se le disolvió el subgrupo, y del resto no hablemos porque los demás sujetos habían pasado del mazagrán a la caña quemada, y en lo único que se parecían a esa altura de las cosas era en su firme voluntad de seguir bebiendo a expensas de la esperanza.
[...]

Haga como si estuviera en su casa

 Una esperanza se hizo una casa y le puso una baldosa que decía: Bienvenidos los que llegan a este hogar.
 Un fama se hizo una casa y no le puso mayormente baldosas.
 Un cronopio se hizo una casa y siguiendo la costumbre puso en el porche diversas baldosas que compró o hizo fabricar. Las baldosas estaban colocadas de manera que se las pudiera leer en orden. La primera decía: Bienvenidos los que llegan a este hogar. La segunda decía: La casa es chica, pero el corazón es grande. La tercera decía: La presencia del huésped es suave como el césped. La cuarta decía: Somos pobres de verdad, pero no de voluntad. La quinta decía: Este cartel anula todos los anteriores. Rajá, perro.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Edhasa / Editorial Sudamericana, 1978, pp. 116-124. Depósito legal: B. 34.318 - 1978.]

domingo, 11 de agosto de 2024

Oficio de tinieblas 5.- Camilo José Cela (1916-2002)

 «1085 esteban hubner el resucitado de bohemia el primo de tuprimo se confesó ante el espejo del mago de coimbra te creen rico y eres pobre lo mismo le sucedió a gabriel capius el autor del mundo de los cornudos y el infierno de los desagradecidos te creen feliz y eres desdichado lo mismo le aconteció a la señorita de lenormand sibila que decía la buena ventura estudiando la huella del bagazo del café te creen joven y eres viejo lo mismo le pasó a polícrito el gobernador que devoró a su hijo hermafrodita ante el terror del populacho te creen alto y eres enano o casi enano lo mismo le acaeció a juan bautista gofridi el mago que seducía casadas y doncellas tan sólo soplándoles en la cara te creen bello y eres horrible lo mismo le ocurrió a bodo de labour la bruja que en la misa del sábado consagraba una hostia negra de forma triangular esteban hubner el resucitado de bohemia el primo de tuprimo tras confesarse ante el espejo portugués sintió un gran alivio en el alma y se murió de nuevo y definitivamente  
 
1086  nadie sabe cómo se pronuncia una palabra en inglés hasta que oye esa palabra en inglés nadie sabe cómo es una vaca hasta que ve una vaca nadie sabe cómo canta un pájaro hasta que escucha el canto de ese pájaro nadie sabe cómo el gusano de seda teje su capullo hasta que ve un gusano de seda tejiendo su capullo nadie sabe nada de la luna hasta que ve la luna navegando en la noche y estudia todas sus fases y se las sabe de memoria nadie sabe los rumbos de la rosa de los vientos hasta que se los explican con la rosa de los vientos en la mano las excepciones a esta regla general son escasas muy escasas los profetas menores no tienen rigor ni fundamento son poco de fiar y más vale no hacerles caso alguno

 1087 la hija menor de lot para mimar la paidofilia de su padre dejó crecer sus trenzas y se paseaba de uniforme azul y chalina de lunares blancos con una cartera de colegial llena de lápices y cuadernos colgada en bandolera mientras era poseída por su violentísimo padre se entretuvo en pensar: la hermosa verga de mi padre hundiéndose casi entera en mi vulva todavía no muy habituada a las penetraciones brilla con los siete rayos del sol desgarrando la mañana sólo yahvé sabe si estoy iluminada por dentro después se quedó dormida al lado de su padre en posición no del todo correcta padre mío si os queda una gota de semen dádmela también

 1088 la mujer vestida de harapos de oro llegó al equipo quirúrgico desangrándose le prestaremos auxilio pero tenemos la obligación de dar parte a la policía esas sospechosas desgarraduras en el vientre y en las nalgas no nos autorizan a no cumplir el trámite legal la mujer vestida de harapos de oro salió huyendo y dejó un reguero de sangre sobre el adoquinado de la ciudad la policía y los perros policías la encontraron en el cementerio civil desmayada sobre la tumba de tu padre no pronuncies su nombre cuya calavera sonreía en su ataúd de tabla innoble en su ataúd de solitario abandono en el hospital a la mujer vestida de harapos de oro le hicieron varias transfusiones de sangre y mejoró algo un perro policía le arrancó de un mordisco una oreja pero en el hospital pudieron pegársela de nuevo debes reconocer que le quedó bien pegada aunque quizás un poco torcida

 1089 la novia de tuprimo a espaldas de la bruja dominguina maletuna trata de amaestrar a nabudoconosor el ciempiés de los mil juegos eróticos que aova donde puede digamos a la sombra de los dieciséis pezones herméticos de la novia de tuprimo que tanto repugnan a tuprimo dos en los calcañares dos en las corvas dos en la rabadilla dos en su sitio otros dos casi pegados a los anteriores dos en el uno y el otro codo dos en los párpados y dos en el colodrillo de la meningitis con un ramito de milenrama y otro de ortigas puestos a macerar en la savia de siete raíces de malvavisco pelopea la pestilente suicida pescaba truchas a mano mientras rezaba entre dientes el infalible conjuro de alberto el grande ananizapta dei miserere mei malatrón caladatón corobán uriel sabahot eloine tuprimo no creía en ensalmos cualquier ocasión es buena para tundir a su novia a zapatazos

1090 al enfermo que camina apoyado en el báculo de la esperanza no le queda mejor consuelo que emborracharse con la caridad de los alegres lagares el dogo berecillo se duerme en la ceguera mientras ulpiano el lapidario de acuerdo con la piadosa policía sobornable inunda la ciudad de marihuana y la novia de tuprimo bebe licor de cerezas chupando por la goma de lavativa tras escalar la fachada al término del confuso ritual (no has enunciado innúmeras etapas intermedias) se duerme sobre el seboso vellón con una paz infinita reflejándosele en el semblante tuprimo está desvelado y se entretiene en componer fábulas ejemplares: la yerba de oro o yerba de baaras se cría en el camino de damasco en la ladera del monte líbano por el mes de mayo cuando ya las nieves se derriten por las noches semeja un enjambre de luciérnagas y por el día se borra convierte en oro cualquier metal desbarata los hechizos y espanta los demonios y las almas condenadas no se puede coger si no es regándola con sangre de monstruo en la noche del justo plenilunio de lo contrario mata a quien la toca y malhiere y enferma a quien la mira»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argos Vergara, 1979, pp. 214-217. ISBN: 84-7017-741-9.]

jueves, 15 de julio de 2021

Diario.- Petter Moen (1901-1944)


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Jueves, 27 de julio. 175º día.


 «Jueves por la tarde.
Muchos estarán decepcionados por mi “estado espiritual”. Estoy pensando sobre todo en padre y los demás “creyentes” de mi familia. En mis hojas del diario de la celda de aislamiento supongo que leerían más o menos el siguiente argumento: ¿Ves? En el sufrimiento y en el miedo –ahí es donde encontraste el camino de la salvación de Dios. Ahora que crees que ha pasado el peligro –ahora lo conviertes todo en obra del hombre –psicología y “casualidad”- y niegas al Dios ante el que te has arrodillado y llorado en rezo.
 Para mí la celda de aislamiento queda como una experiencia. Fue una vivencia espiritual -¡¡por fin!! Ante todo me ha enseñado que “lo religioso” es algo exclusivamente espiritual. No es un asunto ni del pensamiento ni de la voluntad. Es un sentimiento –generado por la necesidad. La educación y la tradición ponen a nuestra disposición ciertas formas de fe y éstas se aceptan a causa del valor emocional que las acompaña. Supongo que también puede tener lugar algo “religioso” en un individuo que carezca de educación religiosa y que pertenezca a una sociedad sin experiencia religiosa. Podemos ver que la historia  lo muestra.
 La necesidad de “salvación” se genera por el miedo y el sufrimiento y aspira a una salvación completamente terrenal. En la necesidad –en manos del enemigo- la idea de un “poder superior” al enemigo surge con una fuerza y una naturalidad que provienen del instinto de conservación y de la voluntad de defensa. Estos elementos naturales de la mentalidad religiosa son “racionalizados” en un sistema de teo-logía –saber sobre “Dios” o “los dioses”. La racionalización se lleva a cabo con toda la lógica de la que dispone el individuo o la estirpe y por un tiempo representa la experiencia espiritual de la estirpe de un modo completamente válido. Este tiempo hace mucho que ha pasado en el caso de la teología cristiana ortodoxa. Podía vencer en el ánimo humano cuando la estirpe aún no había roto el anillo mágico de la ilusión. Ahora está roto. Todo esto ya lo sabía antes con la cabeza. Ahora la cuestión está también aclarada como “asunto del corazón”. Intelectual y emocionalmente el asunto –la cuestión religiosa- ha arrojado la siguiente “solución” o respuesta: quien busca se encuentra a sí mismo. Encuentra su propio miedo –su desamparo en manos del enemigo y su deseo “que anhela el cielo” de salvarse del miedo, la muerte y el sufrimiento. Quien pueda librarme (librarlo) de estas “potencias del mal” sin duda es “Dios”. Quien pueda abolir estos pensamientos y sentimientos míos sin duda también es una “gran potencia”.
[…]

 Sábado, 29 de julio. 177º día

 “Mataniños” llamamos a uno de los carceleros. Él y “Rojo” fueron los que nos procuraron el castigo del hambre por un juego de cartas.
 Desde entonces ha estado imposible. Se comporta de un modo descarado, grosero y malicioso. Ayer volvió a venir por aquí para pavonearse. Constató algo de polvo sobre un estante y enseguida sacó la pestilente palabra “Schwein*”. De nada sirve protestar o dar explicaciones. En tal caso nos ronda el castigo de hambre. Esta semana nos han amenazado dos veces con eso.
 Cualquiera tendría que entender que haya polvo en una celda en la que sencillamente no se puede ventilar porque la “ventana” es un ventanuco a la altura del techo tapado por un postigo. Como es obvio limpiamos todo el polvo que podemos pero de poco sirve. El polvo está aquí y no podemos quitarlo. Esto también lo sabe “Zampa-niños” como es natural. Aun así nos llama “Schwein”. En fin –esto es una nimiedad- pero es tan típica del “sistema” de aquí que merece su lugar.
 Lo típico es que carecemos de cualquier derecho –incluso de los más simples derechos de la decencia.
[…]

Lunes, 31 de julio. 179º día

 El optimismo en el bando noruego de la cárcel con respecto al final de la guerra es enorme. ¡¡Se espera que llegue en los próximos dos meses!! ¡¡Y las puertas de la libertad se abrirán para nosotros!! dice el correo V. Es evidente que resulta tentador creer en semejante evangelio –pero sin duda hay un número considerable de factores inciertos en este producto del “Visto y oído” y del deseo.
 Ayer entró un hombre nuevo en la D 35. ¡¡Dice que la gente cree que la guerra se va a acabar dentro de un mes!! Yo no creo nada pero espero que el final llegue este año. No es una esperanza del todo infundada. Cf. Arne Ording.
Resultado de imagen de petter moen Es por la tarde del 31 de julio. Los otros tres habitantes de la C 35 están durmiendo en el suelo. El recién llegado está inquieto y se despierta a menudo de un respingo. Es un tipo majo y tranquilo de veinte años que hoy ha estado en su primer interrogatorio. No han llegado a pegarle pero el látigo estaba allí. Han usado un lenguaje horroroso así que el veinteañero está un poco alterado, como es normal. Su caso no es en absoluto un caso. Estaba de vacaciones visitando a un tío suyo y es posible que el caso ataña a su tío. Esto no lo sabe el joven y tampoco sabe en qué podría consistir semejante caso in casu.

 Martes, 1 de agosto. 180º día

 Se ha vuelto a declarar la guerra entre 5984 y yo. Creo que de hecho todo lo que se puede pedir y más para evitar la discordia. Pero a la larga es imposible. Reidar Olaf Erichsen es un verdadero canalla cuyos modales canallescos tienen que acabar con la paciencia de cualquier persona sensata. No hace falta nada para sacarlo de sus casillas y entonces dispara sus insultos de cloaca y riñe a diestro y siniestro con la “lógica” de un niño de ocho años. No recuerda sus propias afirmaciones un segundo después de haberlas defendido.
 Sus “argumentos” consisten en débiles analogías del tipo: “Dices que soy basto y maleducado. Ergo debes de pensar que tú eres mucho más fino y mejor que los demás”. Erichsen no entiende que el ergo de este “argumento” no es válido y no se percata de la advenediza introducción de los términos ‘los demás’ en vez de ‘yo’ (si el argumento por lo demás fuera válido). Una serie de errores de este tipo no tardan en enmarañarlo todo.
 Por añadidura, los argumentos tienen para él una importancia subordinada o casi inexistente. En su lugar utiliza palabrotas. Sus palabrotas son excepcionalmente groseras –recogidas de los basureros del sexualismo y la escatología. Van acompañadas por amenazas de ponerte los “ojos morados” –de “limarte la boca”, etc. Así que las maldiciones son la argamasa de esta construcción de primitivismo y sexualismo.
 Le he aguantado mucho a este paria. He hecho lo suficiente para mantener una buena relación con él. Ya no quiero más. Callo.

 Miércoles, 2 de agosto. 181º día

 El cuatro de agosto –el viernes- hará medio año que estoy en la cárcel. Ese día me hubiera gustado hacer un “balance” por escrito. Tendría que incluir las pérdidas y ganancias de las experiencias y reflexiones de los últimos seis meses. Debería arrojar un resultado en forma de un sí o un no a algunas cuestiones de importancia.
 No creo que llegue a hacerlo. No hay aquí suficiente tranquilidad para semejante empresa.
 Ahora estamos cuatro hombres en diez metros cuadrados. El calor del verano hace sofocante la celda… y yo no dispongo de la tensión interior que se precisa.

 Jueves, 3 de agosto. 182º día


 El desaliento respecto de mí mismo y del ser humano en general se ha visto fuertemente reforzado durante mi tiempo en la cárcel. Lo visto y lo oído me muestran con claridad y distinción que deambulamos estúpidamente por una maleza de infantilismos. Hombres grandes y poderosos, con la gorra ladeada y cordones y cintas de colores por aquí y por allá, salen a la caza de una astilla –un trocito de cordel- un trapo. Aparentan enfurecerse sobremanera por asuntos ínfimos que inflan hasta convertirlos en “Staats und Hauptaffairen”**. Todo esto es enteramente ridículo y sobre el trasfondo de las muertes masivas y la destrucción resulta desquiciado preocuparse por una astilla de madera cuando todo el reino está siendo destruido –porque la vanidad está vinculada con la astilla de madera- es auténticamente humano – y despreciable.
 Muchos de mis pensamientos actuales están relacionados con la conducta humana habitual aquí en el mundo. Este tipo de pensamientos se ven necesariamente marcados por el pesimismo. La conducta humana es por lo general insensata e inmoral. Se sacrifica sin remedio al individuo a favor del reglamento de las hordas y éstas no conocen más que el blanco y el negro. Esta polarización de los conceptos y los sentimientos es la reacción normal a la realidad.»

 *Cerdo, en alemán.
** Asuntos principales y de Estado, en alemán

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Veintisiete Letras, 2009, en traducción de Cristina Gómez Baggethun, pp. 115-121. ISBN: 978-84-92720-03-3.]

martes, 20 de abril de 2021

Antología poética.- Luis Cernuda (1902-1963)


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La visita de Dios [ de Las nubes (1937-1940)]


«Pasada se halla ahora la mitad de mi vida. / El cuerpo sigue en pie y las voces aún giran
y resuenan con encanto marchito en mis oídos, / mas los días esbeltos ya se marcharon lejos;
sólo recuerdos pálidos de su amor me han dejado. / Como el labrador al ver su trabajo perdido
vuelve al cielo los ojos esperando la lluvia, / también quiero esperar en esta hora confusa
unas lágrimas divinas que aviven mi cosecha.

 Pero hondamente fijo queda el desaliento, / como huésped oculto de mis sueños.
¿Puedo esperar acaso? Todo se ha dado al hombre / tal distracción efímera de la existencia;
a nada puede unir este ansia suya que reclama / una pausa de amor entre la fuga de las cosas.
Vano sería dolerse del trabajo, la casa, los amigos perdidos / en aquel gran negocio demoníaco de la guerra.

 Estoy en la ciudad alzada para su orgullo por el rico, / adonde la miseria oculta canta por las esquinas
o expone dibujos que me arrasan de lágrimas los ojos. / Y mordiendo mis puños con tristeza impotente
aún cuento mentalmente mis monedas escasas, / porque un trozo de pan aquí y unos vestidos
suponen un esfuerzo mayor para lograrlos / que el de los viejos héroes cuando vencían
monstruos, rompiendo encantos con su lanza.

 La revolución renace siempre, como un fénix / llameante en el pecho de los desdichados.
Esto lo sabe el charlatán bajo los árboles / de las plazas, y su baba argentina, su cascabel sonoro,
silbando entre las hojas, encanta al pueblo / robusto y engañado con maligna elocuencia,
y canciones de sangre acunan su miseria.

 Por mi dolor comprendo que otros inmensos sufren / hombres callados a quienes falta el ocio
para arrojar al cielo su tormento. Mas no puedo / copiar su enérgico silencio, que me alivia
este consuelo de la voz, sin tierra y sin amigo, / en la profunda soledad de quien no tiene
ya nada entre sus brazos, sino el aire en torno, / lo mismo que un navío al alejarse sobre el mar.

 ¿Adónde han ido las viejas compañeras del hombre? / Mis zurcidoras de proyectos, mis tejedoras de esperanzas
han muerto. Sus agujas y madejas reposan / con polvo en un rincón, sin la melodía del trabajo.
Como una sombra aislada al filo de los días, / voy repitiendo gestos y palabras mientras lejos escucho
el inmenso bostezo de los siglos pasados.

 El tiempo, ese blanco desierto ilimitado, / esa nada creadora, amenaza a los hombres
y con luz inmortal se abre ante los deseos juveniles. / Unos quieren asir locamente su mágico reflejo,
mas otros le conjuran con un hijo / ofrecido en los brazos como víctima,
porque de nueva vida se mantiene su vida / como el agua del agua llorada por los hombres.

 Pero a ti, Dios, ¿con qué te aplacaremos? / Mi sed eras tú, tú fuiste mi amor perdido,
mi casa rota, mi vida trabajada, y la casa y la vida / de tantos hombres como yo a la deriva
en el naufragio de un país. Levantados de naipes, / unos tras otro iban cayendo mis pobres paraísos.
¿Movió tu mano el aire que fuera derribándolos / y tras ellos, en el profundo abatimiento, en el hondo vacío,
se alza al fin ante mí la nube que oculta su presencia?

 No golpees airado mi cuerpo con tu rayo; si el amor no eres tú, ¿quién lo será en tu mundo?
Compadécete al fin, escucha este murmullo / que ascendiendo llega como una ola
al pie de tu divina indiferencia. / Mira las tristes piedras que llevamos
ya sobre nuestros hombros para enterrar tus dones: / la hermosura, la verdad, la justicia, cuyo afán imposible
tú solo eras capaz de infundir en nosotros. / Si ellas murieran hoy, de la memoria tú te borrarías
como un sueño remoto de los hombres que fueron.
[...] 

A un poeta futuro [de Como quien espera el alba (1941-1944)]

  No conozco a los hombres. Años llevo / de buscarles y huirles sin remedio.
¿No les comprendo? ¿O acaso les comprendo / demasiado? Antes que en estas formas
Evidentes, de brusca carne y hueso, / súbitamente rotas por un resorte débil
si alguien apasionado les allega, / muertos en la leyenda les comprendo
mejor. Y regreso de ellos a los vivos, / fortalecido amigo solitario,
como quien va del manantial latente / al río que sin pulso desemboca.

 No comprendo a los ríos. Con prisa errante pasan / desde al fuente al mar, en ocio atareado,
llenos de su importancia, bien fabril o agrícola; / la fuente, que es promesa, el mar sólo la cumple,
el multiforme mar, incierto y sempiterno. / Como en fuente lejana, en el futuro
duermen las formas posibles de la vida / en un sueño sin sueños, nulas e inconscientes,
prontas a reflejar la idea de los dioses. / Y entre los seres que serán un día
sueñas tu sueño, mi imposible amigo.

 No comprendo a los hombres. Mas algo en mí responde / que te comprendería, lo mismo que comprendo
los animales, las hojas y las piedras, / compañeros de siempre silenciosos y fieles.
Todo es cuestión de tiempo en esta vida, / un tiempo cuyo ritmo no se acuerda,
por largo y vasto, al otro pobre ritmo / de nuestro tiempo humano corto y débil.
Si el tiempo de los hombres y el tiempo de los dioses / fuera uno, esta nota que en mí inaugura el ritmo,
unida con la tuya se acordaría en cadencia, / no callando sin eco entre el mudo auditorio.

 Mas no me cuido de ser desconocido / en medio de estos cuerpos casi contemporáneos,
vivos de modo diferente al de mi cuerpo / de tierra loca que pugna por ser ala
y alcanzar aquel muro del espacio / separando mis años de los tuyos futuros.
Sólo quiero mi brazo sobre otro brazo amigo, / que otros ojos compartan lo que miran los míos.
Aunque tú no sabrás con cuánto amor hoy busco / por ese abismo blanco del tiempo venidero
la sombra de tu alma, para aprender de ella / a ordenar mi pasión según nueva medida.

 Ahora, cuando me catalogan ya los hombres / bajo sus clasificaciones y sus fechas,
disgusto a unos por frío y a los otros por raro, / y en mi temblor humano hallan reminiscencias
muertas. Nunca han de comprender que si mi lengua / el mundo cantó un día, fue amor quien la inspiraba.
Resultado de imagen de antologia poetica alianza editorialYo no podré decirte cuánto llevo luchando / para que mi palabra no se muera
silenciosa conmigo, y vaya como un eco / a ti, como tormenta que ha pasado
y un son vago recuerda por el aire tranquilo.

 Tú no conocerás cómo domo mi miedo / para hacer de mi voz mi valentía,
dando al olvido inútiles desastres / que pululan en torno y pisotean
nuestra vida con estúpido gozo, / la vida que serás y que yo casi he sido.
Porque presiento en este alejamiento humano / cuán míos habrán de ser los hombres venideros,
cómo esta soledad será poblada un día, / aunque sin mí, de camaradas puros a tu imagen.
Si renuncio a la vida es para hallarla luego / conforme a mi deseo, en tu memoria.

 Cuando en hora tardía, aún leyendo / bajo la lámpara luego me interrumpo
para escuchar la lluvia, pesada tal borracho / que orina en la tiniebla helada de la calle,
algo débil en mí susurra entonces: / los elementos libres que aprisiona mi cuerpo
¿fueron sobre la tierra convocados / por esto sólo? ¿Hay más? Y si lo hay, ¿adónde
hallarlo? No conozco otro mundo si no es éste, / y sin ti es triste a veces. Ámame con nostalgia,
como a una sombra, como yo he amado / la verdad del poeta bajo nombres ya idos.

 Cuando en días venideros, libre el hombre / del mundo primitivo a que hemos vuelto
de tiniebla y de horror, lleve el destino / tu mano hacia el volumen donde yazcan
olvidados mis versos, y lo abras, / yo sé que sentirás mi voz llegarte,
no de la letra vieja, mas del fondo / vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
que tú dominarás. Escúchame y comprende. / En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
y entonces en ti mismo mis sueños y deseos / tendrán razón al fin, y habré vivido.»
  
  [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1984, en selección de Philip Silver,  pp. 78-81 y 101-103. ISBN: 84-206-9231-X.]          

domingo, 11 de abril de 2021

El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera.- Andrea Köhler (1957)


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II.- Tiempo sentido

Déjalo

 «Hacer esperar es privilegio de los poderosos. Entre lo más granado de los que nos hacen esperar están los que custodian nuestro tiempo y lo consumen, voraces y displicentes. El que nos hace esperar celebra su poder sobre nuestro tiempo de vida y el hecho de que jamás lleguemos a saber si nos están haciendo esperar a propósito es lo que le confiere a este poder un carácter ominoso. La prohibición de moverse ha sido siempre prerrogativa del poder patriarcal. El que nos hace esperar nos ata a un lugar. Esto ya era así en el paraíso, violar este mandamiento nos acarreó la expulsión. Cuando esperamos a alguien, experimentamos siempre, como si fuera la primera vez, que uno no se puede marcha sin ser castigado; y si a pesar de todo lo hacemos, se nos impedirá el regreso. Todo confinamiento se caracteriza por la retirada de esa disposición que uno tiene sobre los propios ritmos y espacios. La cárcel es el lugar en el que hasta el interruptor de la luz obedece a otro dedo. El carácter totalitario de las medidas disciplinarias que enajenan al preso de cualquier segundo y de todo movimiento lo analizó en detalle Michel Foucault en Vigilar y castigar. En el contexto militar, donde a menudo la espera entraña un alto valor estratégico, el frente de batalla consiste a menudo en una exasperante inactividad. Quizá por eso se castiga con la pena de muerte la deserción en tiempos de guerra.
 De forma que condenar a esperar es una maldición, y el que condena nos tiene en su mano. Alguien –una persona, una institución- nos está imponiendo una medida temporal ajena, y lo más angustioso es que el tiempo que percibimos lo dirige otro. La espera es impotencia y que no estemos en situación de modificar este estado es una humillación que hace tambalearse al mundo. Por eso el que aguarda tiene a menudo la sensación de sufrir una injusticia, de ser castigado por algo que desconoce. Ahí está, esperando como el que recibe una tunda. Es esa pasividad, la sensación de ser un condenado, lo que nos provoca el dolor y la vergüenza en la espera.
 No por nada la tortura de la espera se ha convertido en símbolo de la autoritaria arbitrariedad de todo aparato burocrático y quintaesencia de los estados dictatoriales. El despacho es la auténtica antesala de la modernidad. Aquí el sinsentido de la espera se vierte, como un veneno en el sistema nervioso del que aguarda. Siegfried Kracauer ha descrito en un texto sobre las oficinas de la administración berlinesa de desempleo en los años treinta el efecto desmoralizador de las salas de espera públicas: “Aquí la pobreza se entrega a su propia contemplación. Bien se ufana con manchas bien visibles y trapos, bien se retira, con burguesa vergüenza, a un rincón. […] Si en uno de sus extremos es capaz de cubrirse, es seguro que en otro destacará con mayor furor. […] Y así, expuestas a un contacto directo, las personas sentirán una redoblada opresión en la espera. Buscan pasar el rato de todas las maneras imaginables. Pero hagan lo que hagan, el sinsentido no les deja en paz […] Los mayores quizá terminen reconciliándose con la espera como un compañero; mas para los jóvenes parados es un veneno que los va taladrando lentamente”.
 Cierto que hoy la situación de los parados es distinta a la de entonces, pero sigue siendo verdad que la irradiación de estos espacios oficialmente uniformes refleja las condiciones sociales predominantes. Kracauer los llamaba “sueños de la sociedad”, jeroglífico cuyo descifrado deja al descubierto la “base de la realidad social”. Todo lo negado, todo lo que se ha barrido bajo la alfombra, saldrá finalmente a la luz. El que espera en las antesalas de la administración es mejor que no sepa con qué o con quién se las tiene que ver.
 Siempre se percibe en estos espacios la sensación de que se trata de domesticar a quien espera: el mobiliario gastado, la desnuda luz de neón, números que te asignan un lugar exacto en la cola, la acre transpiración del suplicante. Esta deprimente arquitectura para peticionarios de todo color dicta también la triste realidad de estos asilos y campos de tránsito en los que la espera de un futuro mejor no es más que un ínterin entre huida y expulsión. Y aunque tales escenarios comiencen a ceder ante el diseño frío que imponen las sociedades de servicios, sobre los pasillos de linóleo permanecerá siempre el rastro de esta larga historia de la demora burocrática. En ellos anida la oscura esencia de la espera.
 Este tiempo absurdamente perdido en el laberinto de la burocracia lo asió en primer lugar Kafka en una metáfora existencial. Su carácter masivo, capaz de atrapar una vida y un cuerpo, se fija para siempre, como emblema de la modernidad, en la figura del empleado de seguros Gregor Samsa convertido en escarabajo. El horror del que despierta es el contrapunto de esa ensoñada búsqueda del tiempo perdido de Marcel  Proust. “Durante mucho tiempo me acosté temprano” – “Al despertar una mañana, tras un sueño inquieto, Gregor Samsa se encontró convertido en un monstruoso insecto”, rezan las frases iniciales de dos empresas literarias radicalmente distintas: una vende su alma al pasado; la otra, a la inutilidad. Proust y Kafka son nuestros testigos privilegiados de la transición hacia el tiempo acelerado, y Franz Kafka es el primero que enjuicia en sus novelas al hombre administrado. El hombre que dilapida su vida ante una puerta en la célebre parábola “Ante la Ley” –retenido únicamente por un cargo menor, o por su propia pusilanimidad- de la novela El proceso es el medroso hombre de la era moderna. “Déjalo”, tal el horror de su final, ante el cual decae toda expectativa.
 “Ante la Ley hay un guardián. A este guardián le llega un hombre del campo y le ruega que le deje entrar en la Ley. Pero el guardián le dice que no puede entrar aún. El hombre reflexiona y pregunta si, entonces, podrá entrar más tarde. ‘Es posible’, dice el guardián, ‘pero no ahora’. Como la puerta de la Ley está abierta como siempre y el guardián se echa a un lado, el hombre se asoma para mirar por la puerta al interior. Cuando el guardián lo ve, se ríe y dice: ‘Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero ten en cuenta una cosa: soy poderoso. Y sólo soy el más humilde de los guardianes. Sin embargo, sala tras sala hay otros guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ni siquiera yo puedo soportar ya la vista del tercer guardián’. […]
 El hombre del campo no había previsto aquellas dificultades; la Ley, piensa, debería ser accesible siempre y para todos, pero cuando mira con más atención al guardián, con su abrigo de piel, su gran nariz puntiaguda y su barba tártara escasa y negra, prefiere recibir autorización para entrar. El guardián le da un taburete y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí pasa días y años”.
 El guardián, que para el “campesino” que no reconoce cuál es su situación llega a convertirse en el pilar de la espera, es el ángel caído que frustra su regreso al paraíso burgués proustiano: “El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para su viaje, lo utiliza todo, por precioso que sea, para sobornar al guardián. Este lo acepta todo, pero al hacerlo dice: ‘Lo acepto sólo para que no creas que has dejado de intentarlo todo’. Durante todos esos años el hombre observa casi ininterrumpidamente al guardián. Olvida  a los otros guardianes, y ese primero le parece el único obstáculo para entrar a la Ley. […] Finalmente, su vista se debilita y ya no sabe si realmente se ha hecho más oscuro a su alrededor o si sólo lo engañan sus ojos. Sin embargo, percibe ahora en la oscuridad un resplandor que brota inextinguible de la puerta de la Ley. No vivirá ya mucho. Antes de su muerte, todas las experiencias de todo ese tiempo se acumulan en su cabeza en una pregunta que hasta entonces no ha hecho el guardián […]: ‘¿Qué quieres saber aún?’, le pregunta el guardián. ‘Eres insaciable’. ‘Todos ansían llegar a la Ley’, dice el hombre, ‘¿cómo puede ser que, en todos estos años, nadie más que yo haya solicitado entrar?’ El guardián se da cuenta de que el hombre se está muriendo y, para hacer llegar las palabras a su oído, que se va perdiendo, le grita. ‘Por aquí no podía entrar nadie más, porque esta entrada te estaba sólo destinada a ti. Ahora me iré y la cerraré’.”
 Esta parábola, que entraña lo principal de la novela El proceso, constituye un alarde sobre la espera que se agota en sí misma. Como los héroes de los laberintos inexplorados de Kafka, atisbamos ese brillo a lo lejos y no nos atrevemos a seguirlo, porque los mil pequeños obstáculos que se interponen nos parecen tan poderosos como al campesino el guardián. Sólo llegamos a ver la realidad cuando ya es tarde; el que lleva toda una vida esperando comprende al fin: “Esta entrada te estaba sólo a ti destinada”. Medio siglo después, el poeta americano Robert Lowell recoge este tope de nuestro horizonte de espera en la expresión: “La luz al final del túnel es la del tren que se nos viene encima”.
[…]

III.-El titubeo antes del nacimiento
El tiempo es oro

 Podríamos describir la modernidad –en la medida en que cabe concebirla como historia de la movilidad- como un proceso de acortamiento de los tiempos de espera; la técnica trabaja en la eliminación de los intervalos entre tiempos y espacios. Sin embargo, no fue hasta 1800 cuando esta tendencia liberó los procesos por medio de los cuales se crea el fenómeno de la “velocidad”. A partir de la revolución industrial la vida se mide en tiempo fundamentalmente secular. La manía de ver las horas del día como un presupuesto disponible es producto de una economía mundial de la aceleración, cuyo correlato aparentemente privado es la agenda cuajada de citas. No puede haber huecos, sería una mancha. En el momento en que ya sólo se experimenta el tiempo como retraso, nos encontramos plenamente bajo el dictado de esa pulsión explotadora que responde sucintamente a la divisa “el tiempo es oro”. Este principio se basa, como todos sabemos, en la paradoja de que con cada ahorro de tiempo crece la falta de tiempo.
 Aquello que esta era de la aceleración ha supuesto como ahorro objetivo en tiempo se representa bajo la perspectiva de las tecnologías y nuevas formas de comunicación como improductiva dilapidación de tiempo y dinero. Las distancias son menores, los espacios más estrechos y las unidades de medida del tiempo, fracciones cada vez más pequeñas. Al mismo tiempo, en los centros de la sociedad móvil va creciendo la fila de los que esperan. Ya sea en la antesala del negociado o al final de la cola: la experiencia esencial es una sensación de pérdida de tiempo. Tiempos muertos en las estaciones de tren, los aeropuertos, en los vestíbulos de la vida: “Espere, por favor” es el mantra de una retórica apaciguadora, que, cual incesante cantinela, erige a la paciencia en virtud cardinal de nuestra sociedad de servicios.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2018, en traducción de Cristina García Ohlrich, pp. 46-52 y 85-86. ISBN: 978-84-17007-33-1.]