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miércoles, 6 de julio de 2022

La señal y otros relatos.- Vsévolod Garshin (1855-1888)


Vsevolod M. Garshin — Stock Photo © Aviavlad3 #10610447
El cobarde


  «Definitivamente, la guerra no me permite estar tranquilo. Veo claramente que se dilata, y decir cuándo acabará es difícil. Nuestros soldados siguen siendo los extraordinarios soldados que fueron siempre, pero el enemigo resultó no ser tan débil como pensábamos; y he aquí que ya han pasado cuatro meses desde que fue declarada la guerra, y todavía no hemos logrado ningún éxito decisivo. Y, mientras tanto, cada día que pasa se lleva a centenares de personas. Tal vez sea cosa de mis nervios el que los telegramas con las cifras de muertos y heridos provoquen en mí una impresión mucho más fuerte que en quienes me rodean. Otro lee tranquilamente: “Las pérdidas de los nuestros son insignificantes. Herido tal oficial; muertos de grado inferior, 50; heridos, 100”, y aún se alegra de que sean pocos. Sin embargo, en lo que a mí respecta, la lectura de esa información hace que inmediatamente se me represente ante los ojos todo un cuadro sangriento. Cincuenta muertos, cien mutilados, ¡una cosa insignificante! ¿Por qué nos indignamos tanto cuando los periódicos dan la noticia de algún asesinato, cuando las víctimas son algunas personas? ¿Por qué el aspecto de los cadáveres atravesados por las balas, tirados en el campo de batalla, no nos golpea con el mismo horror que el aspecto del interior de la casa saqueada por el asesino? ¿Por qué sobre la catástrofe en los terraplenes de Tiligulski, que costó la vida a varias decenas de personas, habló, y mucho, toda Rusia, y al asunto de la avanzadilla con pérdidas “insignificantes”, también de varias decenas de personas, nadie le presta atención?
   Hace unos cuantos días, Lvov, un estudiante de medicina conocido mío con el que frecuentemente discuto sobre la guerra, me dijo:
  —Ya veremos, pacifista, cómo aplica sus convicciones humanitarias cuando le recluten como soldado y se vea obligado a disparar a la gente.
   —A mí, Vasili Petróvich, no me reclutarán: estoy inscrito en la milicia.
   —Sí, si la guerra se alarga, echarán mano hasta de la milicia. No se envalentone, su tumo también llegará.
   Se me encogió el corazón. ¿Cómo no se me había ocurrido eso antes? Realmente echarán mano hasta de la milicia, aquí no hay nada imposible. “Si la guerra se alarga…”. Sí, seguramente se alargará. Y si no se prolonga mucho esta guerra, de todas formas comenzará otra. ¿Por qué no luchar? ¿Por qué no realizar grandes hechos de armas? Me parece que la guerra actual es sólo el principio de las futuras, de las cuales no nos libraremos ni yo, ni mi hermano pequeño, ni el hijo de pecho de mi hermana. Y mi turno llegará muy pronto.
  ¿Dónde se meterá tu “yo”? Tú protestas con todas tus fuerzas contra la guerra, y aun así la guerra te obligará a echarte el arma al hombro, te obligará a ir a morir y a matar. ¡No, eso es imposible! Yo soy un joven tranquilo, de buen corazón, que hasta ahora sólo conocía sus libros, el aula, la familia y unas cuantas personas cercanas, que piensa en comenzar su propio trabajo dentro de uno o dos años, una tarea de amor y verdad; yo, al fin, acostumbrado a observar el mundo objetivamente, acostumbrado a ponerlo delante de mí, que pienso que en todas partes sé ver el mal existente y por lo tanto huyo de ese mal, veo todo mi edificio de tranquilidad derrumbado, y a mí mismo enfundado en los mismos harapos con agujeros y manchas que hace un instante sólo miraba. Y ningún progreso, ningún conocimiento propio ni del mundo, ninguna libertad espiritual me darán la triste libertad física, la libertad de disponer del propio cuerpo.
   Lvov se ríe cuando empiezo a exponerle mi indignación frente a la guerra.
  —Relaciónese de manera más simple con las cosas, querido amigo: la vida le resultará más fácil —dice—. ¿Cree que a mí me resulta agradable esta carnicería? Además de traer desgracia a todos, a mí me hace daño personalmente, no me permite completar los estudios. Dispondrán la graduación acelerada, y nos enviarán a cortar brazos y piernas. Y sin embargo no me dedico a hacer reflexiones inútiles sobre el horror de la guerra, porque por mucho que piense no haré nada para acabar con ella. Verdaderamente, es mejor no pensar y dedicarse a los asuntos propios. Y si me mandan a curar heridos, voy y los curo. Qué se le va a hacer: en semejantes circunstancias es necesario sacrificarse. Por cierto, ¿sabe usted que Masha va como hermana de la caridad?
   —¿De veras?
   —Lo decidió anteayer, y hoy ha ido a hacer prácticas de vendaje. Yo no la disuadí; sólo le pregunté cómo piensa arreglárselas con sus estudios. “Terminaré los estudios después —dijo—, si sobrevivo”. Pues nada, que vaya mi hermanita, algo bueno aprenderá.
   —¿Y qué dice Kuzma Fomich?
LA SEÑAL Y OTROS RELATOS   —Kuzma no dice nada, pero una melancolía atroz se ha apoderado de él y ha abandonado completamente los estudios. Me alegro por él de que mi hermana se vaya: verdaderamente, el hombre se consume, sufre, se ha convertido en su sombra, no hace nada. ¡En fin, cosas del amor! —Vasili Petróvich movió la cabeza—. Y ahora se fue corriendo para traerla a casa, ¡como si ella no hubiera andado por la calle siempre sola!
  —Me parece, Vasili Petróvich, que no es bueno que él viva con ustedes.
  —Por supuesto que no es bueno, pero ¿quién podía preverlo? Para mi hermana y para mí, este piso es grande, sobra una habitación. ¿Por qué no habríamos de alojar en ella a una buena persona? Y una buena persona la cogió y quedó pillado. A mí, la verdad, ella también me irrita: ¡¿en qué es Kuzma peor que ella?! Es bondadoso, nada tonto, bueno. Y a buen seguro ella no se fija en él. En fin, váyase de mi habitación, no tengo tiempo; si quiere ver a mi hermana con Kuzma, vaya al comedor; llegarán pronto.
   —No, Vasili Petróvich, yo tampoco tengo tiempo; ¡adiós!
   Nada más salir a la calle, vi a María Petrovna y a Kuzma. Caminaban callados: María Petrovna, con una expresión de concentración forzada en el rostro, delante, y Kuzma, un poco de lado y detrás, sin atreverse a ir a su lado y lanzando de vez en cuando una mirada de soslayo a su rostro. Pasaron a mi lado sin percatarse de mi presencia.
   No puedo hacer nada y no puedo pensar en nada. He leído sobre la tercera batalla de Plevna. Hubo doce mil bajas entre rusos y rumanos, eso sin contar a los turcos… Doce mil… Esta cifra tan pronto flota ante mí en forma de signos como se extiende en forma de cinta infinita de cadáveres que yacen uno al lado del otro. Si se colocaran hombro con hombro, se formaría un camino de ocho verstas… ¿Qué es esto?
  Me habían contado algo sobre Skóbelev, que se lanzó a no sé dónde, que atacó no sé qué, tomó no sé qué reducto o lo cogieron en él…, no recuerdo. En este espantoso asunto no recuerdo ni veo más que una cosa: una montaña de cadáveres que sirve de pedestal a grandiosos hechos de armas que se incluirán en las páginas de la historia. Es posible que esto sea necesario; no pretendo juzgarlo, y además no puedo hacerlo; no razono sobre la guerra, me refiero a ella visceralmente, indignado por la cantidad de sangre derramada. El toro, ante cuyos ojos matan a toros como él, siente, seguramente, algo parecido… No comprende para qué sirve su muerte, y mira con ojos desorbitados la sangre, y brama desesperado con una voz que desgarra el alma.
  ¿Soy o no soy un cobarde?
   Hoy me han dicho que soy un cobarde. Bien es verdad que lo ha dicho una persona muy frívola, ante quien he expresado el temor de ser reclutado como soldado y mi noluntad de ir a la guerra. Su opinión no me ha afligido, pero me ha suscitado una cuestión: ¿no soy en efecto un cobarde? ¿Puede ser que toda mi indignación contra lo que los demás consideran un gran hecho de armas sea fruto de que temo por mi propio pellejo? ¿Merece realmente la pena preocuparse por una insignificante vida cualquiera cuando se está ante un gran asunto? En definitiva, ¿soy capaz de arriesgar mi vida por alguna causa?
   No he dedicado mucho tiempo a estas cuestiones. He rememorado toda mi vida, todas aquellas situaciones —en verdad no muchas— en las que me vi cara a cara con el peligro, y no he podido culparme de cobardía. No temía por mi vida entonces y no temo ahora. Así que no es la muerte lo que me asusta…
  Continuamente nuevas batallas, nuevas muertes y sufrimientos. Leído el periódico, no soy capaz de acometer nada: en el libro, en lugar de letras, hay tiradas hileras de personas; la pluma parece un arma que le hace al blanco papel negras heridas. Si sigo así, acabaré teniendo auténticas alucinaciones. Además, ahora me ha surgido una nueva preocupación que me distrae un poco de unos y otros pensamientos deprimentes.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Contraseña, 2010, en traducción de Sara Gutiérrez. ISBN: 978-84-9378-183-5.]

martes, 3 de marzo de 2020

El arte de desgranar alubias.- Wieslaw Mysliwski (1932)

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Ocho

«Se lo aseguro, me cambió la vida. Pues el almacenero aquel. Antes le hablé de él. Almacenero, y resultó ser un saxofonista. No sé por qué se extraña usted. Sepa que en aquellos tiempos pocos ejercían de lo que eran. El Cura, un soldador. Y muchos como él trabajaban en la construcción, ocultos tras oficios muy diversos. Con frecuencia uno se enteraba de esas cosas compartiendo una botella de vodka. Y no en la primera ocasión. El que no bebía o bebía solo de vez en cuando, no era digno de confianza. Por eso me habitué a la bebida. Sí, te investigaban, pero sólo por encima. Fue más tarde cuando empezaron a indagar con mayor profundidad en el pasado de la gente. Y hasta a meterle mano a las conciencias. Más aún porque la conciencia resultó ser algo distinto a lo que era. ¿Usted piensa que la conciencia es algo estable? Pues lástima que no trabajó usted en alguna obra durante aquella época. Seguro que en otros sitios era igual, pero yo trabajé en la construcción y sólo puedo hablar de la construcción. Mire, todo cambio en el mundo es un golpe a las conciencias. Y ya no digamos si se trata de cambiar el mundo por uno nuevo, mejor, que entonces es sobre todo a las conciencias.
 En cualquier caso, en ningún otro lugar encontraría usted tantas personas diferentes. Albañiles, estucadores, soldadores, electricistas, fontaneros, gruistas, conductores, abastecedores y demás, y lo mismo en las oficinas, y luego resultaba que éste era esto, aquél aquello, éste venía de tal sitio, aquél de tal otro, o habían estado en campos de concentración, o en prisión, o en tal ejército, o en tal otro, o en la insurrección, o en los bosques, con los riñones machacados, o sin dientes, o sin uñas, menores de edad o aún muy jóvenes, pero ya canosos. Cada una de esas obras era una auténtica torre de Babel, pero no de idioma sino de destinos humanos. Aunque también había algunos, y no precisamente pocos, que por sí mismos cambiaron de oficio para unirse a la edificación de ese mundo nuevo y mejor, porque habían dejado de creer en el viejo.
 Ya no me acuerdo en qué obra trabajaba uno que se encargaba de la planificación. Uno decía, el de la planificación, y ya todos sabían de quién se trataba. Pues una vez, bebiendo, confesó que era profesor de Historia. No tenía mucho aguante bebiendo, se emborrachó y empezó a contar que la historia le había engañado. ¿Se lo imagina usted? Que la historia le había engañado. Como si la historia pudiera engañar a alguien. Nosotros somos los que engañamos continuamente a la historia, dependiendo de lo que queramos de ella.
 De todas formas, en mi opinión cada cual vive por sí mismo y cada vida es una historia diferente. Puede que intentemos verter todo eso en un solo recipiente, en una sola inmensidad, pero de ahí no se desprende la verdad sobre el hombre. Después de todo, puede uno imaginarse una historia de personas individuales que hayan vivido en cualquier época. ¿Imposible, dice usted? Ya sé que es imposible. Pero imaginarla se puede. Nada existe como un conjunto generalizado y mucho menos el hombre. No sé desde qué perspectiva mira usted el mundo. Yo, ya le digo, miro desde tal o cual obra. Siempre eran personas individuales, no se parecían entre sí. Se decía equipo, igual que se dice historia, pero solo en las reuniones.
Resultado de imagen de Mysliwski el arte de desgranar alubias Por ejemplo, en una de las obras trabajaba un estudiante de Filosofía. En realidad, había terminado los estudios, sólo le quedaba un examen cuando estalló la guerra. Y tras la guerra aprendió a pavimentar. Era incluso jefe de equipo, me hice amigo suyo. ¡Buf, cómo le daba! Su cabeza no sólo tenía aguante para la filosofía. Y una vez, mientras bebíamos, empezó a hablar de sus estudios sin terminar, y otro le preguntó:
 -¿Y por qué no los terminaste? Después de la guerra pudiste hacerlo. Por un examen...
 Pareció que los ojos le iban a explotar, y eso que no habíamos bebido tanto.
 -¿Y para qué coño? ¿De qué me vale la filosofía después de todo eso? ¡Ninguna mente habría comprendido eso! ¡Ningún Platón, ningún Sócrates, ningún Descartes, Spinoza, Kant! ¡Que se vayan al cuerno! -Y dio un porrazo en la mesa con el vaso.
 Nos miramos unos a otros, porque ninguno sabíamos quiénes eran ésos que tanto le contrariaban. Tampoco se atrevía nadie a preguntar, porque lo mismo ya deberíamos saberlo. Lo único que dijo uno fue:
 -Está visto que en todas partes te encuentras con los mismos hijos de puta. Y no sólo en la construcción. -Y le llenó el vaso hasta arriba-. Toma, bebe.
 Créame, si no hubiera trabajado en la construcción... Bueno, y si no hubiera bebido. En fin, de cualquier forma, aprendí a vivir en la construcción. Y todo gracias a tanta gente diferente como uno se encontraba y que no habría encontrado en ningún otro lugar. Sí señor, les debo mucho. Incluso le diré que lo mismo a ninguno de ellos le apetecía vivir. Cada uno por una razón. Y sin embargo vivían. Lo que les debo sobre todo es eso, aunque a menudo parezca que uno no está en condiciones de pagar un precio tan alto y no tiene a quién pedir prestado, se debe vivir. Y lo más importante, me convencí de que yo no era una excepción. Si lo soy, entonces el mundo está habitado por excepciones. Pero todo eso salía compartiendo el vodka. Así que, ¿cómo no iba a beber?
 Por ejemplo, el que trabajaba en el departamento social, repartía las pastillas de jabón, las toallas, las botas de goma, los guantes. Eso lo podía hacer cualquiera, pero luego bebiendo resultaba que era esto o lo otro. O el de la excavadora, parecía que aparte de manejar la excavadora sólo estaba capacitado para beber vodka, y después de medio litro o de un litro se ponía a recitar poesías de memoria, otro a Cicerón en latín. Y gracias al vodka incluso les escuchábamos con atención.
 En otra obra trabajaba uno que había sido policía antes de la guerra. No sé si estará de acuerdo conmigo en que todo cambio de mundo empieza por la policía.»

   [El texto pertenece a la edición en español de 451 Editores, 2011, en traducción de Francisco Javier Villaverde. ISBN: 978-84-92891-15-3.]

domingo, 29 de septiembre de 2019

Vestidas para un baile en la nieve.- Monika Zgustova (1957)

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Judith del siglo XX. Ela Markman
3

«Marina volvió a un Moscú dominado por el pánico a la represión, a los arrestos y a la muerte. La histeria se percibía en el aire, la gente se acostaba  con un maletín preparado para la cárcel o para Siberia. Se arrestaba y ejecutaba sin miramientos y sin ningún tipo de lógica. En el verano de 1939, toda la familia vivía en una cabaña de madera cerca de Moscú con gente que había mandado el NKVD. El menor movimiento estaba bajo control estricto. Con todo, Serguéi Efrón, que se trataba allí el corazón, se recuperaba poco a poco gracias a la presencia de Marina y los hijos. Y entonces sucedió.
 Al mes y medio del regreso de Marina, la noche del 27 al 28 de agosto, alguien llamó a la puerta. Varios policías secretos llevaron a cabo un registro domiciliario a fondo que se prolongó hasta el amanecer. Por la mañana se llevaron a Ariadna. "Incluso en tal situación se mantuvo todo el rato a la altura: se reía y bromeaba, si bien algo rígida", anota Marina. No se despidió ni de su madre ni de su padre ni del hermano: creía que volvería en cuanto se viera que se trataba de un malentendido.
 "¿Te vas sin despedirte?, preguntó Marina.
 Ariadna, entonces sí bañada en lágrimas, les dijo adiós con la mano.
 No volvió a verlos.
 Al padre lo encerraron el 10 de octubre. Una desesperada Marina escribió al ministro del Interior, Beria: "Mi marido está gravemente enfermo; he vivido con él treinta años y en la vida he conocido a mejor persona". Esta y otras cartas quedaron sin respuesta.
 Desde este momento, Marina acudía en Moscú a dos prisiones: su marido y su hija se encontraban separados. Temblaba de miedo, le castañeaban los dientes. Después de una de las visitas, anotó: "Dentellaba de tal manera que no he sido capaz de dar las gracias".
 ¿Qué pasaba entretanto con los reclusos? En 1954, un año después de la muerte de Stalin, cuando las condiciones se relajaron un poco, Ariadna presentó una solicitud al fiscal general de la URSS en la que describía la experiencia de su encarcelamiento: "Cuando me encerraron, los que me interrogaron querían: 1.-Que confesara que era agente del servicio de inteligencia francés. 2.-Que confesara que mi padre lo sabía. 3.-Que confesara que mi padre también pertenecía al servicio de inteligencia francés. Me pegaron desde el primer interrogatorio. Me interrogaban de día y de noche, incluso en la celda; no me dejaban dormir, me encerraban descalza y desnuda en celdas heladas, me azotaban con porras de goma llamadas "interrogadores para mujeres", me amenazaban con fusilarme, representaban mi ejecución".
 Ariadna aguantó meses de torturas y de presión psíquica para que acusara a su padre de algo que no había hecho.
 Una vez más, la devolvieron a la celda con la cara morada, medio inconsciente. Mucho tiempo después escribió al respecto: "No podía creer que fuera yo: yo, todo esto, ¡no lo podría aguantar!", y suena como una paráfrasis de los versos de Anna Ajmátova, cuyo hijo se hallaba también en una prisión estalinista y cuyo primer marido fue fusilado después de la revolución, mientras que al segundo lo mandaron al gulag: "No soy yo esa, es otra quien sufre. Yo no lo resistiría".
 Finalmente, destrozada física y psíquicamente, Ariadna firmó el papel que le tendían.
 Después de un año de sufrimiento, interrogatorios y torturas en la cárcel, la condenaron de manera arbitraria, sin juicio, a siete años de trabajos forzados en el campo penitenciario con el régimen más estricto de todos.
 Su padre, Serguéi Éfron, encarcelado también, nunca claudicó a pesar de que lo torturaron de modo parecido a la hija, si no más. En aquella época demostró tanta voluntad y carácter como nunca en la vida. Es algo común entre los presos que saben que ya no tienen nada que perder, porque en cualquier caso está todo perdido de manera irremediable y el único, el último resto de terreno humano que les queda y con el que pueden demostrarse que todavía son humanos es manifestar una fuerte voluntad y no traicionar a sus allegados, y por lo tanto tampoco a sí mismos. El empeño de Éfron era tanto más digno de admirar por el hecho de que se hallaba en un estado lamentable. Tras un intento desesperado de suicidio, el psiquiatra de la cárcel escribió sobre su estado: "El preso sufre alucinaciones, a menudo auditivas; tiene la impresión de que alguien habla de él en el pasillo, que lo quieren arrestar, que su mujer está muerta. Sufre ansiedad, muestra señales de abatimiento y extenuación, piensa sólo en el suicidio y tiene un temor y convencimiento insólitos de que le espera algo terrible".
 Lo fusilaron tras dos años de prisión, un mes y medio después de la muerte de su esposa. Más tarde se encontró un papel con su firma totalmente deformada e ilegible que atestigua el estado en el que se encontraba.
 Marina, entretanto, se había quedado sin medios siquiera para alimentar a su hijo Mur. Nadie quería darle trabajo a alguien que había emigrado y que estaba perseguido por el NKVD, todos temían relacionarse con una mujer cuyos marido e hija eran presos políticos: les daba miedo que les trajera la desgracia. El NKVD le pidió su colaboración: si no aceptaba, se encargarían de que le negaran el salario allí adonde fuera. Marina lo rechazó. Una de las últimas manifestaciones escritas que dejó fue una solicitud de trabajo: "Ruego me asignen un puesto de lavaplatos". Por orden del NKVD no se lo asignaron. La escritora que muchos consideran la mayor poeta del siglo XX se vio de ese modo empujada al suicidio.
 En 1944 Mur, el hermano de Ariadna, murió en el frente, defendiendo la misma Unión Soviética que había destruido a su familia.
 Ariadna no hablaba a menudo de los campos de trabajo, pero recordaba el viaje al gulag: la metieron en un vagón para ganado en el que había más de cincuenta ladrones y asesinos. Ella, que tenía entonces veintiocho años, comprendió al instante lo que le esperaba y, horrorizada, se dejó caer de rodillas junto a la puerta, ya corrida y cerrada.»
      [El texto pertenece a la edición en español de Galaxia Gutenberg, 2017. ISBN: 978-84-17088-14-9.]

miércoles, 14 de agosto de 2019

Mil novecientos treinta y ocho. Antología poética.- Charles Simic (1938)

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De "Una boda en el infierno" (1994)
El mundo 

«A ti que me torturas / cada día
con tus crueles herramientas, / estoy a punto de confesarte
una desesperación / más oscura que todas tus noches
más oscuras.

Fue el día que me trajiste / la foto de una mujer
y un niño huyendo / por un camino con una hilera de árboles,
después vi otra foto de ellos dos / en el suelo
con sus cabezas ensangrentadas / en el mismo camino sinuoso.

Había un cielo sin nubes / de final de verano
y los árboles se estremecían / con la primera lluvia
fueron los días en que pusimos / toda nuestra confianza en el mundo
sólo para ser engañados.


De "Paseando al gato negro" (1996)
Lo que los gitanos le dijeron a mi abuela cuando todavía era una joven

Guerra, enfermedad y hambre te harán su nieta favorita.
Serás como una ciega viendo una película muda.
Cortarás cebollas y trozos de tu corazón en la misma sartén.
Tus hijos dormirán en una maleta atada con una cuerda.
Tu marido te besará los pechos cada noche como si fueran dos lápidas.

Los cuerpos ya se acicalan para ti y tu gente.
Tu hijo mayor se acostará con moscas en los labios sin sonreír y sin mover un dedo.
Envidiarás a cada hormiga que encuentres en tu vida y hasta a la maleza del camino.
Tu cuerpo y tu alma se sentarán en peldaños diferentes
mascando el mismo trozo del chicle.

Muñeca ¿estás en venta?, te dirá el Diablo.
El sepulturero comprará un juguete para tu nieto.
Tu mente será un avispero aun en tu lecho de muerte.
Le rogarás a Dios pero Dios colgará el cartel de no molesten.
No preguntes más, es todo cuanto sé.


De "Señor de las máscaras" (2010)
Mil novecientos treinta y ocho

Fue el año en que los Nazis invadieron Viena, / Superman debutó en Action Comics.
Stalin mataba a sus camaradas revolucionarios, / abrieron la primera Dairy Queen en Kankakee, III,
mientras en la cuna yo me orinaba en los pañales.

"Seguro que fuiste un precioso bebé", cantaba Bing Crosby.
Un piloto a quien los periódicos llamaron "El despistado Corrigan"
despegó de Nueva York hacia California / y aterrizó en Irlanda, mientras yo veía a mi madre
sacarse el pecho de su bata azul y acercarse a mí.

Ese septiembre hubo un huracán que hizo que un teatro / en Westhampton Beach acabara en el mar.
La gente temía que fuera el fin del mundo.
Un pez que se creía extinguido desde hace más de setenta millones de años
apareció en una red en la costa de Sudáfrica.

Yo estaba tumbado en mi cuna mientras los días eran / cada vez más cortos y fríos,
y la primera gran nevada cayó de noche / silenciando las cosas en mi habitación.
Pienso que entonces me oí llorar por mucho, mucho tiempo.»


 [Los textos pertenecen a la edición en español de Valparaíso Ediciones, 2014, en traducción de Nieves García Prados. ISBN: 978-84-942373-6-2.]

jueves, 13 de julio de 2017

"Pablo y Virginia".- Bernardin de Saint-Pierre (1737-1814)


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«Me gustaba acudir a este lugar en el que se goza a la vez de unas vistas inmensas y de una profunda soledad. Un día que estaba sentado al pie de esas cabañas, considerando sus ruinas, acertó a pasar por los alrededores un hombre ya de cierta edad. Se vestía, según la costumbre de los antiguos habitantes, con una chaquetilla y un calzón largo. Andaba descalzo y se apoyaba en un bastón de madera de ébano. Su pelo era completamente blanco y su fisonomía noble y sencilla. Lo saludé respetuosamente. Me devolvió el saludo y, tras examinarme un momento, se me acercó y vino a descansar en el montículo donde me sentaba. Muy animado por este rasgo de confianza, le dirigí la palabra. "Abuelo, le dije, ¿podría decirme a quién pertenecieron estas dos cabañas?" Me respondió: "Hijo mío, estas casuchas y esta tierra agreste estaban habitadas, hace unos veinte años, por dos familias que habían encontrado en ellas la felicidad. Su historia es conmovedora: pero, en esta isla, fuera de la ruta de las Indias Orientales, ¿qué europeo puede interesarse por la suerte de unos particulares sin importancia? ¿Quién querría incluso vivir aquí feliz, pero pobre e ignorado? Los hombres sólo quieren conocer la historia de los grandes y los reyes, que no le sirve a nadie." "Padre, proseguí, resulta fácil juzgar por su aspecto y sus palabras que ha adquirido una gran experiencia. Si tiene tiempo, cuénteme, se lo ruego, lo que sabe de los antiguos habitantes de este desierto, y crea que, incluso al hombre más depravado por los prejuicios del mundo, le gustaría oír hablar de la felicidad que dan la naturaleza y la virtud."
 Entonces, como alguien que busca recordar diversas circunstancias, tras apoyar un momento sus manos en la frente, esto es lo que el anciano me contó.
 En 1726 un joven de Normandía, el señor de La Tour, después de haber solicitado en vano trabajo en Francia y ayuda a su familia se decidió a venir a esta isla y buscar fortuna. Tenía con él una joven a la que amaba mucho y que lo amaba igualmente. Provenía de una antigua y rica casa de su provincia; pero la había desposado en secreto y sin dote, porque los padres de su mujer se habían opuesto al matrimonio, dado que él no era de noble linaje. La dejó en Puerto Luis y se embarcó para Madagascar con la esperanza de comprar algunos negros y volver con prontitud aquí para establecer una propiedad. Desembarcó en Madagascar en la época del mal tiempo que empieza a mitad de octubre; y poco después de llegar murió a causa de las fiebres pestíferas que allí reinan durante seis meses al año, y que siempre impedirán a las naciones europeas establecer asentamientos fijos.
 Los efectos que había traído consigo se dispersaron tras su muerte, como ocurre normalmente a los que mueren fuera de su patria. Su mujer, que se había quedado en la Isla de Francia, se encontró viuda, embarazada y sin otro bien en el mundo que una negra, en un país donde no tenía ni crédito ni recomendación. No queriendo solicitar nada de ningún hombre tras la muerte del que únicamente había amado, su desgracia le dio valor. Resolvió cultivar con su esclava un pequeño trozo de tierra, a fin de procurarse el sustento.
 En una isla casi desierta, en la que había terreno a voluntad, no escogió las tierras más fértiles ni las más favorables para el comercio; sino que, buscando alguna quebrada, algún refugio oculto en el que poder vivir sola e ignorada, se encaminó desde la ciudad hacia estos riscos para retirarse en ellos como en un nido. Es instinto común a todos los seres sensibles y dolientes refugiarse en los lugares más salvajes y desiertos; como si los riscos fueran murallas contra el infortunio y como si la calma de la naturaleza pudiera apaciguar las desdichadas turbaciones del alma. Pero la Providencia, que viene en nuestro auxilio cuando no queremos más que los bienes necesarios, reservaba uno a la señora de La Tour que no dan ni las riquezas ni los honores; era una amiga.
 En ese lugar, desde hacía un año, vivía una joven llena de vida, buena y sensible, se llamaba Margarita. Había nacido en Bretaña en el seno de una modesta familia de campesinos, que la quería y que la hubiera hecho feliz, si no hubiera tenido la debilidad de dar crédito al amor de un hombre noble de su entorno que había prometido desposarla, pero, éste, una vez satisfecha su pasión, se alejó de ella y rehusó asegurarle el mantenimiento del hijo que esperaba de él. Decidió entonces abandonar para siempre el pueblo en el que había nacido e ir a esconder su falta a las colonias, lejos de su país, donde había perdido la única dote de una muchacha pobre y honesta, la honra. Un viejo negro, que había adquirido con algún dinero prestado, cultivaba con ella un trocito de estos terrenos.
 La señora de La Tour, seguida por su negra, encontró en este lugar a Margarita dando de mamar a su hijo. Le encantó dar con una mujer en situación que juzgó semejante a la suya. Le habló en pocas palabras de su antigua condición y de sus necesidades actuales. Margarita se conmovió por el relato de la señora de La Tour; y queriendo hacerse merecedora de su confianza antes que de su estima, le confesó sin alterar nada la imprudencia de la que había sido culpable.
 "Yo, dijo, he merecido mi suerte; pero usted, señora..., usted..., ¡prudente y desdichada!" Y le ofreció llorando su cabaña y su amistad. La señora de La Tour, emocionada por una acogida tan tierna, le dijo estrechándola entre sus brazos: "¡Ah! Dios quiere acabar mis penalidades, ya que le inspira hacia mí, que le soy extraña, mayor bondad que la que nunca encontré en mis padres."
 Yo conocí a Margarita y, aunque vivo a legua y media de aquí, en los bosques, detrás de la Montaña Larga, me consideraba su vecino.
 En las ciudades de Europa una calle, una simple pared, impiden a los miembros de una misma familia reunirse durante años enteros, pero en las nuevas colonias se considera como vecinos a aquellos de los que se está separado por bosques y montañas. En aquel tiempo, sobre todo, cuando esta isla comerciaba poco con la India, el simple hecho de ser vecinos era un título de amistad y la hospitalidad con los extranjeros una obligación y un placer. Cuando me enteré de que mi vecina tenía una compañera, fui a verla para intentar serles útil a una y a otra. Encontré en la señora de La Tour una persona de rostro interesante, lleno de nobleza y melancolía. Estaba entonces a punto de dar a luz. Les dije a las dos señoras que convenía, en interés de sus hijos, y, sobre todo, para impedir que algún otro habitante se estableciera allí, repartir entre ellas el fondo de esta cuenca que contiene en aquel lugar unas seiscientas áreas. Se dirigieron a mí para ese reparto.»