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miércoles, 6 de julio de 2022

La señal y otros relatos.- Vsévolod Garshin (1855-1888)


Vsevolod M. Garshin — Stock Photo © Aviavlad3 #10610447
El cobarde


  «Definitivamente, la guerra no me permite estar tranquilo. Veo claramente que se dilata, y decir cuándo acabará es difícil. Nuestros soldados siguen siendo los extraordinarios soldados que fueron siempre, pero el enemigo resultó no ser tan débil como pensábamos; y he aquí que ya han pasado cuatro meses desde que fue declarada la guerra, y todavía no hemos logrado ningún éxito decisivo. Y, mientras tanto, cada día que pasa se lleva a centenares de personas. Tal vez sea cosa de mis nervios el que los telegramas con las cifras de muertos y heridos provoquen en mí una impresión mucho más fuerte que en quienes me rodean. Otro lee tranquilamente: “Las pérdidas de los nuestros son insignificantes. Herido tal oficial; muertos de grado inferior, 50; heridos, 100”, y aún se alegra de que sean pocos. Sin embargo, en lo que a mí respecta, la lectura de esa información hace que inmediatamente se me represente ante los ojos todo un cuadro sangriento. Cincuenta muertos, cien mutilados, ¡una cosa insignificante! ¿Por qué nos indignamos tanto cuando los periódicos dan la noticia de algún asesinato, cuando las víctimas son algunas personas? ¿Por qué el aspecto de los cadáveres atravesados por las balas, tirados en el campo de batalla, no nos golpea con el mismo horror que el aspecto del interior de la casa saqueada por el asesino? ¿Por qué sobre la catástrofe en los terraplenes de Tiligulski, que costó la vida a varias decenas de personas, habló, y mucho, toda Rusia, y al asunto de la avanzadilla con pérdidas “insignificantes”, también de varias decenas de personas, nadie le presta atención?
   Hace unos cuantos días, Lvov, un estudiante de medicina conocido mío con el que frecuentemente discuto sobre la guerra, me dijo:
  —Ya veremos, pacifista, cómo aplica sus convicciones humanitarias cuando le recluten como soldado y se vea obligado a disparar a la gente.
   —A mí, Vasili Petróvich, no me reclutarán: estoy inscrito en la milicia.
   —Sí, si la guerra se alarga, echarán mano hasta de la milicia. No se envalentone, su tumo también llegará.
   Se me encogió el corazón. ¿Cómo no se me había ocurrido eso antes? Realmente echarán mano hasta de la milicia, aquí no hay nada imposible. “Si la guerra se alarga…”. Sí, seguramente se alargará. Y si no se prolonga mucho esta guerra, de todas formas comenzará otra. ¿Por qué no luchar? ¿Por qué no realizar grandes hechos de armas? Me parece que la guerra actual es sólo el principio de las futuras, de las cuales no nos libraremos ni yo, ni mi hermano pequeño, ni el hijo de pecho de mi hermana. Y mi turno llegará muy pronto.
  ¿Dónde se meterá tu “yo”? Tú protestas con todas tus fuerzas contra la guerra, y aun así la guerra te obligará a echarte el arma al hombro, te obligará a ir a morir y a matar. ¡No, eso es imposible! Yo soy un joven tranquilo, de buen corazón, que hasta ahora sólo conocía sus libros, el aula, la familia y unas cuantas personas cercanas, que piensa en comenzar su propio trabajo dentro de uno o dos años, una tarea de amor y verdad; yo, al fin, acostumbrado a observar el mundo objetivamente, acostumbrado a ponerlo delante de mí, que pienso que en todas partes sé ver el mal existente y por lo tanto huyo de ese mal, veo todo mi edificio de tranquilidad derrumbado, y a mí mismo enfundado en los mismos harapos con agujeros y manchas que hace un instante sólo miraba. Y ningún progreso, ningún conocimiento propio ni del mundo, ninguna libertad espiritual me darán la triste libertad física, la libertad de disponer del propio cuerpo.
   Lvov se ríe cuando empiezo a exponerle mi indignación frente a la guerra.
  —Relaciónese de manera más simple con las cosas, querido amigo: la vida le resultará más fácil —dice—. ¿Cree que a mí me resulta agradable esta carnicería? Además de traer desgracia a todos, a mí me hace daño personalmente, no me permite completar los estudios. Dispondrán la graduación acelerada, y nos enviarán a cortar brazos y piernas. Y sin embargo no me dedico a hacer reflexiones inútiles sobre el horror de la guerra, porque por mucho que piense no haré nada para acabar con ella. Verdaderamente, es mejor no pensar y dedicarse a los asuntos propios. Y si me mandan a curar heridos, voy y los curo. Qué se le va a hacer: en semejantes circunstancias es necesario sacrificarse. Por cierto, ¿sabe usted que Masha va como hermana de la caridad?
   —¿De veras?
   —Lo decidió anteayer, y hoy ha ido a hacer prácticas de vendaje. Yo no la disuadí; sólo le pregunté cómo piensa arreglárselas con sus estudios. “Terminaré los estudios después —dijo—, si sobrevivo”. Pues nada, que vaya mi hermanita, algo bueno aprenderá.
   —¿Y qué dice Kuzma Fomich?
LA SEÑAL Y OTROS RELATOS   —Kuzma no dice nada, pero una melancolía atroz se ha apoderado de él y ha abandonado completamente los estudios. Me alegro por él de que mi hermana se vaya: verdaderamente, el hombre se consume, sufre, se ha convertido en su sombra, no hace nada. ¡En fin, cosas del amor! —Vasili Petróvich movió la cabeza—. Y ahora se fue corriendo para traerla a casa, ¡como si ella no hubiera andado por la calle siempre sola!
  —Me parece, Vasili Petróvich, que no es bueno que él viva con ustedes.
  —Por supuesto que no es bueno, pero ¿quién podía preverlo? Para mi hermana y para mí, este piso es grande, sobra una habitación. ¿Por qué no habríamos de alojar en ella a una buena persona? Y una buena persona la cogió y quedó pillado. A mí, la verdad, ella también me irrita: ¡¿en qué es Kuzma peor que ella?! Es bondadoso, nada tonto, bueno. Y a buen seguro ella no se fija en él. En fin, váyase de mi habitación, no tengo tiempo; si quiere ver a mi hermana con Kuzma, vaya al comedor; llegarán pronto.
   —No, Vasili Petróvich, yo tampoco tengo tiempo; ¡adiós!
   Nada más salir a la calle, vi a María Petrovna y a Kuzma. Caminaban callados: María Petrovna, con una expresión de concentración forzada en el rostro, delante, y Kuzma, un poco de lado y detrás, sin atreverse a ir a su lado y lanzando de vez en cuando una mirada de soslayo a su rostro. Pasaron a mi lado sin percatarse de mi presencia.
   No puedo hacer nada y no puedo pensar en nada. He leído sobre la tercera batalla de Plevna. Hubo doce mil bajas entre rusos y rumanos, eso sin contar a los turcos… Doce mil… Esta cifra tan pronto flota ante mí en forma de signos como se extiende en forma de cinta infinita de cadáveres que yacen uno al lado del otro. Si se colocaran hombro con hombro, se formaría un camino de ocho verstas… ¿Qué es esto?
  Me habían contado algo sobre Skóbelev, que se lanzó a no sé dónde, que atacó no sé qué, tomó no sé qué reducto o lo cogieron en él…, no recuerdo. En este espantoso asunto no recuerdo ni veo más que una cosa: una montaña de cadáveres que sirve de pedestal a grandiosos hechos de armas que se incluirán en las páginas de la historia. Es posible que esto sea necesario; no pretendo juzgarlo, y además no puedo hacerlo; no razono sobre la guerra, me refiero a ella visceralmente, indignado por la cantidad de sangre derramada. El toro, ante cuyos ojos matan a toros como él, siente, seguramente, algo parecido… No comprende para qué sirve su muerte, y mira con ojos desorbitados la sangre, y brama desesperado con una voz que desgarra el alma.
  ¿Soy o no soy un cobarde?
   Hoy me han dicho que soy un cobarde. Bien es verdad que lo ha dicho una persona muy frívola, ante quien he expresado el temor de ser reclutado como soldado y mi noluntad de ir a la guerra. Su opinión no me ha afligido, pero me ha suscitado una cuestión: ¿no soy en efecto un cobarde? ¿Puede ser que toda mi indignación contra lo que los demás consideran un gran hecho de armas sea fruto de que temo por mi propio pellejo? ¿Merece realmente la pena preocuparse por una insignificante vida cualquiera cuando se está ante un gran asunto? En definitiva, ¿soy capaz de arriesgar mi vida por alguna causa?
   No he dedicado mucho tiempo a estas cuestiones. He rememorado toda mi vida, todas aquellas situaciones —en verdad no muchas— en las que me vi cara a cara con el peligro, y no he podido culparme de cobardía. No temía por mi vida entonces y no temo ahora. Así que no es la muerte lo que me asusta…
  Continuamente nuevas batallas, nuevas muertes y sufrimientos. Leído el periódico, no soy capaz de acometer nada: en el libro, en lugar de letras, hay tiradas hileras de personas; la pluma parece un arma que le hace al blanco papel negras heridas. Si sigo así, acabaré teniendo auténticas alucinaciones. Además, ahora me ha surgido una nueva preocupación que me distrae un poco de unos y otros pensamientos deprimentes.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Contraseña, 2010, en traducción de Sara Gutiérrez. ISBN: 978-84-9378-183-5.]

lunes, 15 de julio de 2019

La familia Moskat.- Isaac Bashevis Singer (1902-1991)


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Parte II
Capítulo uno
2

«-Mamá, acuéstate conmigo.
 -¿Para qué? No hay bastante sitio. Además, mueves las piernas como un caballito.
 -No te daré patadas.
 -No. Prefiero sentarme. Me duelen los huesos de estar acostada. Escucha, Hadassah, tengo que hablar seriamente contigo. Tú sabes, hija mía, lo que te quiero. No tengo en el mundo más que a ti. Tu padre, Dios quiera que no le sobrevenga ningún mal, es un hombre egoísta.
 -Por favor, no digas cosas de papá.
 -No tengo nada contra él. Él es lo que es. Vive para sí mismo, como un animal. Estoy acostumbrada. Pero a ti quiero verte feliz. Quiero ver que tú tienes la felicidad que yo no he tenido.
 -Mamá, ¿de qué estás hablando?
 -Yo nunca he creído en obligar a una muchacha a casarse. He visto bien lo que resulta de tales cosas. Pero, a pesar de eso, tú estás siguiendo un mal camino, hija mía. En primer lugar, Fishel es un joven decente, juicioso, un buen hombre de negocios. No se encuentran hombres como él todos los días. Y en segundo lugar, su abuelo está cargado de dinero y un día, aunque le deseo una larga vida, bien lo sabe Dios, todo irá a parar a Fishel.
 -Mamá, será mejor que lo olvides. No me casaré con él.
 -Al menos, déjame terminar lo que tengo que decirte. Supongo que tienes la idea de que eres hija de una familia rica. Desgraciadamente, estás equivocada. Tu padre tiene unos cuantos rublos, lo justo para cubrir una necesidad inesperada si se presenta. Él no querría tocar ese dinero para ningún otro fin. Eres una muchacha sin dote y una muchacha enferma, además. Así está la situación. Esa es la entera verdad.
 -No entiendo lo que quieres de mí, mamá.
 -Tu abuelo ha decidido ser tan terco como una mula. Ya le ha dado órdenes a Koppel de que no nos pague la asignación semanal. Jura que no va a dejarnos un céntimo en su testamento. Y puedes creerlo. Nos quedaremos todos en la calle. Tu padre, no tengo que decírtelo, es incapaz de ganarse la vida. No sabe hacer más que comer y dormir. Y yo soy una mujer enferma, más de lo que tú imaginas. Sólo Dios sabe hasta cuándo podré aguantar.
 -¡Mamá!
 -No me interrumpas. No quiero decir nada de tu tío Abram. Por lo que a mí se refiere me parece una buena persona y le tengo afecto. Pero no es alguien de quien se pueda depender. Ha hecho a su propia mujer una miserable y no ha sido ninguna bendición para esa otra, ¿cómo se llama?, Ida Prager. Sus hijas no tienen un céntimo. Y ahora se ha acercado a nosotros. Quiere usarnos para vejar a tu abuelo.
 -No quiero dejarte decir nada malo de él. Lo quiero.
 -Yo también siento afecto por él. Pero ¿de qué sirve? El hombre es una llave vuelta del revés, un entrometido que se mezcla en los asuntos de los demás. Y ese nuevo, como le llaméis, Asa Heshel, no me cae nada bien. Yo no le daré entrada en esta casa, ¿lo oyes? Lo echaré de aquí.
 -Ya no viene por aquí.
 -Eres una muchacha pobre. No lo olvides. Es verdad que no eres fea. Dios quiera que no te ocurra nada. Pero una persona no es siempre joven y hermosa. A Fishel lo cazarán antes de que te des cuenta. ¿Y qué te quedará a ti?
 -Que lo cacen. Por mí, que sea hoy mismo.
 -¿Y adónde irás a parar tú? Especialmente sin una dote. Tu abuelo no te dará un céntimo.
 -No me hace falta su dinero.
 -Cambiarás de opinión, hija mía. Ha habido muchos otros como tú. Cuando estaba en el sanatorio, que Dios te dé salud en adelante, costó cientos y cientos de rublos. Dios sabe que no quiero asustarte, pero cuando se trata de pulmones delicados, nunca se está seguro.
 -¡Entonces me moriré!
 -¡Ay, Hadassah, me estás clavando un cuchillo en el corazón! No creas que no he meditado las cosas bien. Noche tras noche paso horas en la cama pensando. ¿Qué otro amigo tienes más íntimo que yo? Estás en peligro, te lo aseguro. Gran peligro.
 -Oh, mamá, deja de lamentarte por mí. Aún no estoy muerta. Te lo sigo con toda seguridad, para acabar ya con este tema: no me casaré con Fishel.
 -¿Y esa es tu última palabra?
 -Sí.
 -¡Bien, que Dios tienda sus brazos misericordiosos hacia ti! Sí, es verdad lo que dicen: un hijo es un enemigo. Tu padre tampoco era de mi gusto cuando yo era joven. Pero cuando mi madre, que Dios la haya acogido, lloró y suplicó, yo dije: "Está bien; condúceme al tálamo." No, los hijos de hoy no tienen corazón, sólo rocas. Bueno, que sea así. Me callaré. Pero tu padre no se callará. Nos quedaremos sin un pedazo de pan.
 -Yo trabajaré.
 -¡Claro! ¡Mi delicada señorita irá a trabajar! Simplona, ¡no sabes mover un dedo! Es un milagro que estés viva. Si no te estuviera sirviendo a todas horas, serías incapaz de moverte por tus propios pasos. Necesitas ayuda. Necesitas dinero. Si yo me muero, tu padre te traerá a casa una madrastra antes de que yo me haya enfriado en la tumba.
 -¡Déjame en paz! -Hadassah se tapó la cara con las manos.
 -Está bien. Me voy. Algún día te acordarás de mis palabras. Pero entonces será demasiado tarde.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1979, en traducción de Juan José Guillén. ISBN: 84-320-4117-3.]

martes, 21 de mayo de 2019

Introducción a la historia de la filosofía.- Georg W. F. Hegel (1770-1831)


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A.-Noción de la historia de la filosofía
 I.-Determinaciones preliminares

«Estas determinaciones son: Pensamiento, Concepto, Idea o Razón y la evolución de los mismos.
 Son éstas las determinaciones de la evolución y de lo concreto. El producto del pensar, el pensamiento en general es el objeto de la filosofía. El pensamiento se nos aparece, por de pronto, como formal, el concepto como pensamiento determinado (como pensamiento definido); la idea es el pensamiento en su totalidad, el pensamiento determinado en sí y por sí. La idea es, en general, lo verdadero, y lo verdadero solamente. La naturaleza de la idea es ahora desenvolverse (evolucionar).
 
 1.-El pensamiento como concepto e idea
 
 a) El pensamiento
 Por lo tanto, lo primero es el pensamiento.
 La filosofía es activamente pensante; esto lo hemos considerado ya. El pensar es lo más interno de todo, el egomonicón. El pensar filosófico es el pensar de lo universal. El producto del pensar es el pensamiento. Este puede ser subjetivo u objetivo. En la consideración objetiva llamamos al pensamiento lo universal: el noús de Anaxágoras es lo universal. Pero nosotros sabemos que lo universal se diferencia por eso de lo abstracto y de lo particular. Pues lo universal es solamente la forma , y a ella se opone lo particular, el contenido. Si nos detenemos en el pensamiento como universal, no nos detendremos mucho, o tendremos conciencia de que lo abstracto no es suficiente, no basta. De aquí la expresión: son sólo pensamientos. La filosofía tiene que ocuparse con lo universal, el cual tiene su contenido en sí mismo. Pero lo primero es lo universal como tal; éste es abstracto; es el pensamiento, pero como puro pensamiento y pura abstracción: "Ser" o "esencia", "lo uno", etc., son tales pensamientos totalmente abstractos.
 
b) El concepto
 El pensamiento no es nada vacío, abstracto, sino que es determinante y precisamente determinante de sí mismo; o el pensamiento es esencialmente concreto. A este pensamiento concreto lo llamamos concepto. El pensamiento tiene que ser un concepto; por abstracto que pueda parecer, tiene que ser concreto en sí, o tan pronto como el pensamiento es filosófico, es concreto en sí. Por una parte, esto es exacto, si se dice que la filosofía se ocupa de abstracciones; precisamente hasta aquí ha tenido que ver con pensamientos, es decir, con lo llamado concreto, abstraído de lo sensible. Pero, por otra parte, es enteramente falso; las abstracciones pertenecen a la reflexión del entendimiento, no a la filosofía; y precisamente aquellos que hacen ese reproche a la filosofía son los que están más absortos en las determinaciones de la reflexión, aunque ellos crean estar en el contenido más concreto. Reflexionando sobre las cosas, tienen, por una parte, solamente lo sensible y, por otra, el pensamiento subjetivo, es decir, abstracciones.
 En segundo lugar está el concepto. Es otra cosa que el pensamiento puro (en la vida ordinaria el concepto es tomado generalmente sólo como un pensamiento determinado). El concepto es un saber verdadero, no el pensamiento como puro universal; además, el concepto es el pensamiento, el pensamiento en su vitalidad y actividad, o en tanto que se da su contenido a sí mismo. o el concepto es lo universal que se particulariza a sí mismo (por ejemplo, el animal, como mamífero, añade esto a la determinación exterior de animal). Concepto es el pensamiento, el cual devenido activo, puede determinarse, crear, producir; tampoco es mera forma para un contenido, sino que se forma a sí mismo, se da a sí mismo un contenido y se determina la forma (la determinación del mismo ha ocurrido en la historia de la filosofía misma). Esto, que el pensamiento no es ya abstracto, sino determinado al determinarse a sí mismo, lo resumimos con la palabra "concreto". El pensamiento se ha dado un contenido, ha devenido concreto, es decir, se ha unificado al desarrollarse; donde se han concebido y unido inseparablemente varias determinaciones en una unidad, estas distintas determinaciones no han de ser separadas. Las dos determinaciones abstractas que él reduce a unidad, son lo universal y lo particular. Todo lo que es realmente viviente, y verdadero es, así, un compuesto, tiene varias determinaciones en sí. La actividad viviente del espíritu es así concreta. Luego la abstracción del pensamiento es lo universal; el concepto es lo determinante de sí, lo que se particulariza a sí mismo.
 
 c) La idea
 El pensamiento concreto, directamente expresado, es el concepto y, aún más determinado, es la idea. La idea es el concepto en tanto que él se realiza. Para realizarse debe determinarse a sí mismo, y esta determinación no es otra cosa que él mismo. Así es su contenido él mismo. Este es su infinito relacionarse consigo mismo, para que él se determine sólo desde sí mismo.
 La idea o la razón también es concepto; pero así como el pensamiento se determina como concepto, así la razón se determina como pensamiento subjetivo. Cuando nosotros hablamos de un concepto, se determina, aunque sea abstracto. La idea es el concepto lleno, el cual se llena consigo mismo. La razón, o la idea, es libre, rica, plena de contenido en sí mismo; ella es el concepto que se pone a sí mismo pleno de contenido, que se da su realidad. Yo puedo muy bien decir "concepto (o noción) de algo", pero no puedo decir "idea de algo"; porque ésta tiene su contenido en sí misma. La idea es la realidad en su verdad. La razón es el concepto dándose realidad a sí mismo, es decir, se compone de concepto y realidad
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Alba Libros, 1998, pp. 39-41. ISBN: 84-89592-50-0.]

domingo, 4 de marzo de 2018

"Bienestar, justicia y mercado".- Amartya K. Sen (1933)

 
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Conferencias "Dewey" de 1984
 La libertad y la condición de ser agente
 2.-Pluralidad, bienestar y ser agente

«Usted está disfrutando comiendo un bocadillo en un hermoso día de primavera, sentado a la orilla del río Avon. Mientras tanto, lejos de allí, un hombre que no sabe nadar se está ahogando. Usted no puede hacer nada para salvarle -está a cientos de millas de donde está usted. Considérese ahora una situación contrafáctica en la que ese hombre en vez de estar ahogándose solo en un lugar distante, está ahogándose justo en frente de usted. ¿Cómo le afectaría este cambio contrafáctico? Su libertad de ser agente se ve, de un modo notable, incrementada. Probablemente usted pueda ahora salvarlo. Supongamos que usted valorase esta oportunidad altamente y decidiese salvarlo y, además, que usted lo lograse. Tirará su bocadillo, se zambullirá en la corriente fría del río y sacará al hombre. Su libertad de ser agente habrá sido bien usada y el estado resultante habrá sido mejor, tal y como usted lo juzga.
 Pero posiblemente su bienestar se ha reducido. Naturalmente, es posible que usted goce salvando una vida y, así, una parte de su bienestar ciertamente se puede ver positivamente afectada por la oportunidad de hacer el bien. Pero es posible que si se considera todo, su propio bienestar no sea mayor y supongamos (para seguir con los contrastes) que realmente es menor -al cambiar una comida tranquila por un baño en la corriente helada, arriesgando su propia vida en la operación de salvarle la vida a otra persona. Una ampliación de la libertad de ser agente puede ir acompañada de una reducción de su bienestar real, por su propia elección y aunque a usted no le sea ningún modo indiferente su propio bienestar.
 ¿Y qué ha pasado con su "libertad de bienestar"? Que ciertamente no se ve aumentada por el cambio contrafáctico. La oportunidad añadida de salvar al que se ahoga no le dio un modo mejor (ni siquiera tan bueno) de buscar su propio bienestar. De hecho, de un modo notable, el cambio contrafáctico realmente redujo su libertad de bienestar. Ya no era libre de comerse su bocadillo sin ansiedad, y en términos de las realizaciones "refinadas" -examinadas en la conferencia anterior- hay una pérdida genuina de oportunidad para buscar su propio bienestar.
 Puesto que su libertad de ser agente incluye entre otras cosas la libertad de buscar su propio bienestar, se puede decir evidentemente que en ese aspecto su libertad de ser agente habría sido también perjudicada. Pero si es el caso (como hemos supuesto) que, dada tal elección, usted preferiría tener la oportunidad de salvar a la persona que se está ahogando a comerse el bocadillo sin ansiedad y que sus valoraciones como agente confirman la corrección de esa elección, entonces hay una clara ganancia neta en términos de su libertad de ser agente. Como agente, usted valora la nueva oportunidad (salvar a una persona) más que la oportunidad perdida (comerse el bocadillo sin ansiedad). Pero en términos de su libertad de bienestar, hay una pérdida neta, puesto que la oportunidad perdida es más valiosa que la nueva oportunidad desde la  -estrecha- perspectiva de su propio bienestar. En este sentido, se puede argumentar que incluso aunque la libertad de ser agente "incluya" la libertad de bienestar, esta última puede disminuir mientras que la primera aumenta (y viceversa, claro está). El ordenamiento de las oportunidades alternativas desde el punto de vista del ser agente no tiene por qué ser el mismo que el ordenamiento hecho en términos de bienestar; y de este modo es como los juicios de la libertad de ser agente y los de la libertad de bienestar pueden llevarnos por caminos opuestos. Así, aun cuando la libertad de ser agente sea "más amplia" que la libertad de bienestar, la primera no puede subsumir a la segunda.
 En la medida en que el provecho que saca cada persona exige atención y respeto en el cálculo moral, la faceta de bienestar de las personas tiene que ser considerada directamente. Este papel no se puede echar sobre las espaldas de la información del agente. Aunque la faceta de ser agente y la de bienestar son importantes, son importantes por razones bastante diferentes. Bajo una perspectiva, la persona es considerada como alguien que actúa y juzga, mientras que bajo la otra se considera a esa misma persona como un beneficiario cuyos intereses y ganancias han de ser tenidos en cuenta. No hay ningún modo de reducir esta base de información plural a una monista sin que se pierda algo importante.
 La faceta de bienestar puede ser especialmente importante en algunos contextos específicos, por ejemplo, al hacer provisiones públicas para la seguridad social o al planificar la satisfacción de las necesidades básicas. Al juzgar lo que una persona puede esperar de las estructuras sociales, las exigencias de bienestar (y, en el caso de adultos responsables, también de libertad de bienestar) pueden ser de gran importancia. Por otro lado, en muchos asuntos de moral personal, la faceta de ser agente y la propia responsabilidad hacia los demás pueden ser esenciales. Tanto la faceta de bienestar como la de agente exigen atención, pero lo hacen de modos diferentes, con varia importancia según los diferentes problemas.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de la editorial Ediciones Paidós, en traducción de Damián Salcedo. ISBN: 84-493-0362-1.]