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domingo, 14 de diciembre de 2025

Lo que Sócrates diría a Woody Allen.- Juan Antonio Rivera (1958 - 2024)

5.- El aburrimiento como fuente de maldad. Calle Mayor.

 «Es algo que también les pasaba a Álex y sus "drugos" en La naranja mecánica: la infraestimulación mental puede convertirse en una terrible, y poco conocida, forma de sufrimiento, capaz de empujar a quien la padece a la comisión de atrocidades aparentemente inexplicables y gratuitas. Y aquí da lo mismo que nos movamos en el entorno psicodélico y futurista de La naranja mecánica o en la atmósfera de viscosas usanzas tradicionales que nos muestra Calle Mayor. Es un fenómeno ubicuo, universal; y para entenderlo mejor, le propongo repasar las nociones de placer y comodidad que están en el núcleo cordial de la película de Bardem.
 La distinción entre placer y comodidad se la debemos al economista de origen húngaro Tibor Scitovsky (1), aunque recuerda fuertemente la separación que ya hiciera en el siglo III a.C. el filósofo griego Epicuro entre placeres estáticos y placeres cinéticos. El placer y la comodidad, aunque son cambios que normalmente experimentan las terminaciones de nuestro sistema nervioso periférico avecindadas en los ojos, la nariz, la piel o las mucosas, se registran como tales en el cerebro. Podemos, como muestra la figura 1, trazar un segmento imaginario en que queden indicados los distintos niveles de activación general del cerebro. En algún punto intermedio de ese segmento se encuentra el óptimo de estimulación cerebral: a la izquierda de ese punto está la zona de infraestimulación y a la derecha, la de sobreestimulación.




 La comodidad (el placer estático, que diría Epicuro) se alcanza cuando estamos instalados en el óptimo y, por ello, libres tanto del dolor de la sobreestimulación (sed, hambre, frío, excitación sexual) como del de la infraestimulación (tedio); cuando estamos fuera de ese óptimo experimentamos displacer, incomodidad. Y el placer es un fenómeno cinético que consiste en el viaje desde la incomodidad hasta la comodidad. Como decía San Agustín: "No hay placer en comer y beber a menos que preceda el malestar del hambre y de la sed". Este viaje placentero lo conseguimos cuando aliviamos la sed bebiendo o la tensión sexual copulando; pero también cuando escapamos del frío calmo del aburrimiento y caldeamos nuestro desnutrido cerebro con alguna novedad que lo alimente. Esto último ha sido menos notado en general. Freud, por ejemplo, concebía el placer de una manera un tanto unilateral: como descarga de la sobreexcitación; descuidando con ello que también hay dolor (y, por lo tanto, posibilidad de escapar de él y, por ello, posibilidad de placer) en la infraestimulación, cuando estamos atrapados en una cierta atonía mental y conseguimos desplazarnos, gracias a alguna novedad benefactora, desde la infraestimulación al óptimo de activación o despertamiento cerebral.
 Como digo, esta última causa de sufrimiento basada en la infraestimulación ha sido menos advertida, y es probable que su primer reconocimiento científico ocurriera durante la Guerra de Corea, cuando los prisioneros de guerra estadounidenses sufrieron eficaces "vaciados de cerebro" sin más presión que la privación prolongada de estímulos mediante un confinamiento en solitario. (Recientemente, funcionarios estadounidenses han puesto en práctica este sofisticado método de tortura con prisioneros de Al Qaeda recluidos en la base de Guantánamo tras el atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York). Desde entonces, varios experimentos de laboratorio han confirmado plenamente el hecho de que la privación sensorial puede llegar a ser en extremo dolorosa. En una prueba llevada a cabo en 1957 se emplearon como sujetos experimentales a estudiantes universitarios bien pagados, bien alimentados y bien atendidos a lo largo de todas las sesiones de prueba; de hecho, sólo tenían que hacer algo tan anodino como reposar en un cuarto protegido de ruidos, usar lentes impenetrables y tener las manos enfundadas en guantes para evitar así toda percepción. Los voluntarios de este experimento pasaron por un período inicial de sueño o relajamiento, pero luego empezaron a padecer los efectos de la privación sensorial prolongada, muy difíciles de soportar: en el lapso de una a ocho horas acabaron teniendo jaqueca, náuseas, confusión, fatiga, alucinaciones y una afectación temporal de diversas facultades mentales. Los universitarios sintieron un deseo agudo de estímulos externos y, tras la experiencia, encontraron alivio y disfrute en cosas tan insípidas como un viejo informe del mercado de valores o una plática sobre los peligros del alcohol dirigida a niños de seis años.
 El sencillo esquema de la figura 1 nos permite sacar algunas interesantes y no muy intuitivas conclusiones. En primer lugar, para poder sentir el placer hay que estar fuera de la situación de comodidad; hay que volver a incurrir en el dolor, en la incomodidad, para poder revivir el placer. Lo malo del dolor no es tanto el dolor mismo cuanto que nos sintamos indefensos para escapar de él hacia la comodidad.» 

 (1) T. Scitovsky, The Joyless Economy, Oxford University Press, Nueva York, 1992.

[El texto pertenece a la edición en español de Espasa Calpe, 2003, pp. 84-86. ISBN: 84-670-1261-7.]

domingo, 29 de diciembre de 2024

Los sonetos del Cancionero.- Francesco Petrarca (1304-1374)

2ª parte (Ciclo: Tras la muerte de madonna Laura)
269

 «Cayeron la alta columna y el laurel verde
que sombra daban a mi fatigado pensamiento;
perdí lo que encontrar ya nunca espero
de norte a sur, o del mar índico al moro.
 Quitado me has, Muerte, el doble tesoro
que daban alegría y orgullo a mi vida;
ni compensarlo pueden tierra o imperio,
gema oriental ni la fuerza del oro.
 Pero, si lo consiente así el destino,
¿qué puedo sino tener el alma triste,
siempre húmedos los ojos y bajo el rostro?
 ¡Oh, vida nuestra, tan bella en apariencia!
¡Qué fácilmente pierdes en una mañana
lo que en muchos años penosamente se conquista!
[...]

272

 Huye la vida y no se detiene una hora, 
detrás viene la muerte a grandes pasos,
y las cosas presentes y pasadas
me dan guerra, e incluso las futuras;
 y el recordar y el aguardar me angustian
por igual, tanto que, a decir verdad,
si no tuviera de mí mismo piedad
estaría ya de estos pensamientos fuera.
 Evoco si alguna dulzura tuvo
el triste corazón; y por el otro lado
preveo a mi navegar turbados vientos;
 veo tormenta en el puerto, ya cansado
mi piloto, rotos mástil y jarcias,
y las bellas luces que miré, apagadas.

273

 ¿Qué haces? ¿Qué piensas? ¿Qué miras aún atrás
hacia el tiempo que ya volver no puede?
Alma desconsolada, ¿por qué vas
echando leña al fuego en que tú ardes?
 Las suaves voces y las dulces palabras
que, una por una, has descrito y pintado,
marcháronse del mundo; y, bien lo sabes,
es aquí inútil buscarlas, y tarde.
 ¡Oh! No renueves lo que nos da muerte;
no sigas un pensar vago, falaz,
mas firme y cierto, que a buen fin nos lleve.
 Busquemos el cielo, si aquí nada nos place;
que para nuestro mal aquella beldad vimos,
si viva y muerta había de quitarnos la paz.

274
 
 Dadme paz, oh mis duros pensamientos:
¿no es bastante que Amor, Fortuna y Muerte
me combatan en torno, y a las puertas,
para adentro encontrarme otros guerreros?
 Y tú, mi corazón, ¿aún eres cual eras?
Sólo a mí desleal, que espías feroces
vas agrupando, y te has vuelto aliado
de mis prestos y ligeros enemigos.
 En ti sus mensajes secretos el Amor,
en ti Fortuna abre toda su pompa,
y Muerte la memoria de esa herida
 que conviene destroce lo que de mí queda;
en ti los bellos pensamientos se arman de error:
por ello de mis males sólo a ti te culpo.
[...]

277

 Si Amor nuevo consejo no nos trae,
por fuerza convendrá perder la vida:
tanto miedo y dolor sufre el alma triste,
que el deseo vive y la esperanza ha muerto;
 por lo cual se desconcierta y desalienta
mi vida en todo, y noche y día llora,
cansada, sin gobierno en mar tormentoso,
y en vía dudosa sin guía de confianza.
 Imaginaria guía la conduce,
que la verdadera está bajo tierra, mejor dicho en el cielo,
desde donde más que nunca clara en el corazón reluce;
 mas no en los ojos, que un doliente velo
les contiene la deseada luz,
y a mí tan pronto me encanece el pelo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Bosch, casa editorial, 1981, en traducción de Atilio Pentimalli, pp. 523-537. ISBN: 84-7162-850-3.] 

domingo, 3 de marzo de 2024

El arte y la ciencia de no hacer nada.- Andrew J. Smart (¿...?)

TAJAMAR EDITORES
VI.-Revolución o suicidio

  «La colectivización de las granjas soviéticas en la década de 1930 y el desarrollo agrícola de las colonias estadounidenses constituyeron claros intentos verticalistas de imposición de estructuras para beneficio de quienes detentaban el poder. Con el objetivo de amasar mayor poder simbólico o económico, un grupo reducido en cada una de esas sociedades implementó un sistema de orden autoritario que procuró imponer a diversos grupos humanos.
 Los individuos no participaron en esos proyectos de manera voluntaria: para asegurarse de que trabajaran, tuvieron que amenazarlos con castigos severos y vigilarlos en forma continuada.
 Con frecuencia, la naturaleza se resiste a que la administren. La “silvicultura científica”, por ejemplo, se inventó en Alemania en el siglo XVIII con la intención de obtener control sobre los rebeldes bosques naturales. Ciertos burócratas gubernamentales querían aumentar el rendimiento de algunas especies, lo que no podían tener la certeza de lograr con bosques de ejemplares centenarios. Además, necesitaban medir y cuantificar con toda precisión el rendimiento del bosque.
 El antropólogo James C. Scott describe el surgimiento de la silvicultura científica en su influyente libro Seeing Like a State. Los especialistas en silvicultura reemplazaron los complejos ecosistemas de los bosques naturales con bosques “científicos” simplificados para maximizar el rendimiento de ciertos tipos de madera. Plantaron los bosques como si se tratara de una planilla de cálculo de Excel: hilera tras hilera de árboles del mismo tipo prolijamente ordenados, es decir, un monocultivo. En la primera generación, la técnica funcionó de maravillas: los rendimientos aumentaron, la madera era fácil de cosechar y los burócratas pudieron contar los árboles con eficiencia para elaborar predicciones para el futuro.
 Como era inevitable, los bosques se rebelaron. En una generación, el rendimiento de algunas especies decreció el treinta por ciento. Los alemanes, perplejos, inventaron una palabra para describir lo sucedido: Waldsterben (muerte del bosque), es decir, la alteración del ciclo de nutrientes del suelo más allá del punto de reparación como resultado del monocultivo. En los peores casos, la totalidad del bosque murió. El motivo por el que la “silvicultura científica” se enfrentó con el fracaso radicó en la total ignorancia del modo en que funcionan los bosques.
 Los bosques, también, son sistemas autoorganizados. Su salud se mantiene como resultado de la interacción, compleja en extremo, entre diversos tipos de suelo, animales, insectos (como hormigas), plantas, hongos, árboles y el clima. Al alterar este sistema, exquisitamente equilibrado y armonioso, a través de la uniformidad y los intentos de volverlo “productivo”, la silvicultura científica logró que el ecosistema del bosque se derrumbara. ¿Estamos seguros de que los principios de la “silvicultura científica” quedaron relegados a la pila de cenizas de la historia? Pensemos en Apple. ¿Estamos seguros de que Apple, la empresa más valiosa del mundo, el fabricante de los dispositivos digitales más geniales que ha conocido la humanidad, evita los anticuados principios de la silvicultura alemana?
 El lector seguramente habrá oído hablar de las pésimas condiciones en las que las fábricas chinas producen la casi totalidad de nuestros equipos electrónicos. Su preocupación pasajera podría haberse mitigado con los recientes anuncios de que las fábricas están procurando mejorar las condiciones de trabajo de sus obreros. Foxconn, una empresa taiwanesa radicada en China, fabrica los productos de Apple. Se enorgullece de aplicar lo que se denominan técnicas de “administración científica” de sus millones de trabajadores.
 La justificación es siempre la misma: un grupo pequeño de poderosos desea controlar sistemas que son intrínsecamente incontrolables para lograr que esos sistemas lleven a cabo actividades que de otro modo no realizarían. Tales soluciones a corto plazo siempre se reciben como revelaciones. Y sin duda, producen resultados a corto plazo espectaculares.
 Pero ya sea que hablemos de bosques o seres humanos, el hecho científico respecto de esos sistemas es que son autoorganizados y, por lo tanto, un agente externo no puede controlarlos. Obligarlos a suprimir sus fluctuaciones y complejidades naturales en nombre de la productividad desembocará, de manera inevitable, en revolución, crisis o colapso. En el caso de los bosques, lo que se obtiene es Waldsterben; en el de los seres humanos, el suicidio es un resultado posible: puede provocarse el derrumbe de una corporación o de un sector completo de fabricación.
 El enfoque de la administración adoptado por Foxconn es muy sencillo: hacer que cada obrero ejecute una tarea repetitiva muy especializada para que no sea necesario ningún tipo de pensamiento o habilidad. Esta clase de trabajo especializado funciona sin inconvenientes en las colonias de hormigas porque las hormigas son criaturas simples y están genéticamente especializadas en la realización de ciertas tareas sin que les sea necesario pensar.
 Los seres humanos son, a decir verdad, terribles cuando se trata de especialización. Este es el motivo por el que todos los intentos de convertir a los seres humanos en insectos-obreros, para el beneficio de los más ricos, han dado como resultado la miseria generalizada. Terry Gou, director ejecutivo de Foxconn, así lo admite al decir que quienes desean obtener un ascenso deben memorizar que: “El sufrimiento es el hermano gemelo del crecimiento”.
 En una investigación notable sobre la reciente racha de suicidios registrados en el proveedor de Apple, Pun Ngai y Jenny Chan describen el caso de Tian Wu, una empleada de diecisiete años que el 17 de marzo de 2010 se arrojó desde el cuarto piso del dormitorio que compartía con otras obreras. Tian acababa de llegar de Hubai, una aldea rural, para trabajar en la fábrica de Foxconn, situada en Longhua. Quienes la conocieron antes de lo que ella denomina “su accidente”, la describen como una joven despreocupada que amaba las flores.
 Después de trabajar en la sede de Foxconn en Longhua treinta y siete días, intentó suicidarse. A diferencia de otros catorce compañeros de trabajo que también intentaron suicidarse en un periodo de dos meses en 2010 y 2011, Tian sobrevivió. Muy probablemente, deberá seguir en silla de ruedas el resto de su vida.
 Foxconn tiene un programa de producción que abarca las veinticuatro horas del día, todos los días de la semana; a menudo, se obliga a los obreros a cumplir horas extra. Los trabajadores viven en dormitorios custodiados por guardias armados; las habitaciones son tan pequeñas que la privacidad personal es casi inexistente. La asignación de los trabajadores a las habitaciones es aleatoria; ese proceso rompe las redes sociales existentes y reduce la organización de los obreros al mínimo. No se permiten visitantes que se queden durante la noche. La vida de un trabajador de Foxconn está dedicada a la producción de equipos electrónicos a bajo costo, en su mayoría para consumo occidental.
 En el último tiempo, se ha intensificado la presión sobre empresas de tecnología como Apple y otras para que revisen su relación con proveedores chinos como Foxconn. Sin embargo, sostengo que es la naturaleza fundamental del trabajo lo que impulsa a los individuos al suicidio. Trabajar en Foxconn es el extremo lógico de la administración del tiempo. La administración programa el aseo, la alimentación y el sueño de modo tal que coincidan con plazos de producción y maximicen la eficiencia de la rotación de turnos.
 En Occidente, nos enorgullecemos de nuestra nueva economía, cuya base es la movilidad, y de nuestra revolución de la información. Pareceríamos considerar que la producción industrial es una pintoresca reliquia de mediados del siglo XX, como si ahora nos hubiéramos liberado de la fealdad y la poca “onda” de la fabricación. Todos vivimos en la nube. Y en rigor, Foxconn es el empleador privado más grande de China: emplea a más de un millón cuatrocientos mil personas; en una sola de las instalaciones de la empresa, trabajan cuatrocientos mil personas: cuatrocientos mil personas —casi la población de Minneapolis— trabajando en una sola fábrica.
 Hace poco, The Fair Labor Association llevó a cabo una investigación de la empresa Foxconn, con las siguientes conclusiones: “Las fábricas trabajaban sin respetar los límites legales y estatutarios en lo atinente a horas de trabajo; no registraban ni pagaban correctamente las horas extra trabajadas fuera de horario; permitían que los empleados trabajaran horas extra en violación de lo establecido por las reglamentaciones vigentes en China y, en periodos pico, los trabajadores debían trabajar hasta más de siete días seguidos sin un día de descanso. Además, la investigación registró numerosos problemas de insalubridad e inseguridad, y halló que, a pesar de que existe un sindicato y un acuerdo de negociación colectiva, ese acuerdo no se adecua a los estándares internacionales o nacionales”.
EL ARTE Y LA CIENCIA DE NO HACER NADA | ANDREW J. SMART | Comprar ... Un trabajador de Foxconn comenta: “Nos gritan todo el tiempo. Es muy difícil todo por aquí. Estamos atrapados en un ‘campo de concentración’ de la disciplina laboral: Foxconn nos dirige aplicando el principio ‘obediencia, obediencia y obediencia absoluta’. ¿Debemos sacrificar nuestra dignidad como personas en aras de la eficiencia en la producción?” En este ambiente inhumano, el estudio conducido por Ngai encontró actos de resistencia de parte de los trabajadores, como robo de productos, trabajo a desgana, interrupción de labores, huelgas de pequeña escala y, en ocasiones, sabotajes, que retrasan la producción. Y después, claro, está también el suicidio, la última opción que les queda a los trabajadores para ejercer control sobre sus vidas. El sistema —en este caso, el cerebro del trabajador— procura inyectar variación en su vida —robo y sabotaje— para encontrar un ámbito más estable en el que la dinámica intrínseca del sistema se encuentre en equilibrio con el medio ambiente.
 Los sistemas complejos existen en las proximidades del límite entre orden y desorden; esa cercanía se denomina “criticidad autoorganizada” y permite la adaptación a nuevos entornos. Al filo del caos, los sistemas modifican con rapidez sus estructuras internas hasta que encuentran un estado estable. Sin embargo, esa adaptabilidad tiene límites, que no son lineales. Al superar un umbral, el sistema se derrumba, catastrófica y completamente. Un ejemplo notable de ese fenómeno es el derretimiento de los glaciares: los glaciares soportan cierta cantidad de calentamiento, pero cuando el proceso de derretimiento llega a cierto umbral (el término común para ese umbral es “momento crítico”), el glaciar empieza a desaparecer, aunque la temperatura vuelva a descender.
 Los apilamientos de arena suelen usarse como ejemplo para ilustrar el hecho de que los sistemas autoorganizados se sitúan en el límite entre orden y desorden, así como para esclarecer el concepto de umbral no lineal. Imaginemos una superficie totalmente plana sobre la cual se vierte arena a una velocidad constante. Los granos de arena caen de manera aleatoria hacia uno u otro lado de la pila, a medida que la pila va creciendo en altura. Al principio, la pila es pequeña, de modo que el ángulo de la pendiente es muy reducido. Al seguir agregando arena, la pila se limitará a ganar altura.
 Al llegar a cierto punto, el ángulo de la pila se volverá tan pronunciado que la adición de más arena provocará pequeñas avalanchas. Finalmente, el ángulo de la pila y la frecuencia de las avalanchas convergerán en un equilibrio tal que la forma general de la pila se mantendrá. Sin embargo, la clave de ese equilibrio reside en que haya una disipación abierta de arena, que dejará la pila para compensar la nueva arena que se vierte. Si se sigue añadiendo arena, el ángulo de la pila se volverá tan empinado que al agregar un solo grano más, se producirá una avalancha catastrófica que hará desaparecer la pila. Gracias a la eficiencia y la productividad de China, los occidentales contamos con una provisión infinita de dispositivos digitales móviles a bajo precio, lo que nos ha permitido convertirnos en una economía que opera las veinticuatro horas de todos los días de la semana.
 Trabajar sin cesar se ha convertido en una nueva medalla de honor entre la clase profesional digital. Circulamos cargando con todos nuestros artefactos tratando de definir nuestra propuesta de valor. La compulsión de permitir que sean las empresas quienes organicen nuestra vida mediante aplicaciones y calendarios proviene de una profunda ignorancia del modo en que en realidad funciona el cerebro. Nos negamos a admitir que nuestro cerebro es, de por sí, un milagro de la organización compleja.
 En un ensayo escrito en 1949 con el título Why Socialism? que recibió muy escasa atención, Albert Einstein señaló: “Si nos preguntamos cómo debería modificarse la estructura de la sociedad y la actitud cultural del hombre para que la vida humana fuera lo más satisfactoria posible, tendríamos que tener siempre presente que existen ciertas condiciones que no podemos alterar. Como ya se mencionó, para todos los fines prácticos, la naturaleza biológica del hombre no se encuentra sujeta a cambios”.
 Si bien nuestra comprensión de “la naturaleza biológica del hombre” se actualiza a diario, Einstein estaba en lo cierto al señalar que nuestro cerebro tiene límites. Aunque nuestras vidas son más fáciles, existimos en el mismo espectro que los trabajadores chinos: el precio del logro es el mismo para ambos. Con frecuencia cada vez mayor, las empresas de nuestra sociedad de la información procuran que su organización sea «plana». Sin embargo, cuanto menos explícita es la jerarquía en los puestos de trabajo, mayor es la responsabilidad que se espera que asuma cada trabajador. La línea entre la vida y el trabajo se desdibuja cuando una lista interminable de tareas empieza a distribuirse entre todo el mundo por igual.
 Los dispositivos móviles garantizan que estaremos disponibles las veinticuatro horas de los siete días de la semana para atender solicitudes relacionadas con el trabajo. Ya no existe un lugar físico en el que no podamos trabajar. La mente jamás puede descansar. Un trabajador moderno de la sociedad de la información puede sentir que jamás deja de trabajar. Desde el punto de vista de los inversores capitalistas, inducir el temor de perder en una competencia que no tiene fin es más efectivo que emplear jefes que intimiden a los trabajadores. La coacción a trabajar es una forma de orden impuesto externamente y puede adoptar la forma de un cronograma de trabajo, una lista de tareas pendientes, un proceso comercial, proyectos vanos, actividades de administración del tiempo o indicaciones de un cliente que esperaba obtener resultados seis meses antes.
 En el otro extremo del espectro, encontramos trabajadores como Tian Wu en las plantas de Foxconn en China. Pagan el precio de nuestra movilidad digital, a veces con su vida. Mijaíl Bakunin, un pensador anarquista, escribió: “La libertad de todos es esencial para mi libertad”: si existen algunos esclavos, nadie es verdaderamente libre.
 En La riqueza de las naciones, Adam Smith dice: “El trabajo duro, ya sea de la mente o del cuerpo, continuado durante varios días, es seguido en la mayoría de los hombres por un gran deseo de relajación, que, de no ser sofocado por la fuerza o alguna necesidad profunda, es casi irresistible. Es la llamada de la naturaleza, que requiere ser satisfecha mediante cierta indulgencia, a veces sólo de descanso, pero en otras ocasiones también de disipación y diversión. Si esto no se cumple, las consecuencias a menudo son peligrosas y en ocasiones fatales, y casi siempre, más tarde o más temprano, acarrean la dolencia peculiar del oficio. Si los patrones siempre escucharan los dictados humanitarios y de la razón, con frecuencia tendrían ocasión de moderar antes que acicatear la aplicación de muchos de sus trabajadores”.
 Debemos preguntarnos por qué y para quién trabajamos tanto. Recordemos que nuestro cerebro tiene cien mil millones de neuronas conectadas, cada una de ellas, mediante doscientos billones de sinapsis. Su actividad se encuentra regulada por una orquesta sublime de actividad eléctrica que sincroniza y desincroniza neuronas y regiones cerebrales para generar la compleja armonía que nos permite ser seres humanos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Clave Intelectual, 2014, en traducción de Elena Luján Odriozola, pp. 68-73. ISBN: 978-84-9420-731-0.]

domingo, 24 de julio de 2022

Verso y prosa.- Blas de Otero (1916-1979)


Bilbaopedia - Blas de Otero
Obra


 … Bien sabemos lo difícil que es hacerse oír de la mayoría. También aquí son muchos los llamados y pocos los escogidos. Pero comenzad por llamarlos, que seguramente la causa de tal desatención está más en la voz que en el oído.

* * *

 Tarea para hoy: demostrar hermandad con la tragedia viva, y luego, lo antes posible, intentar superarla. Naturalmente, esto es lo mas difícil. No hay creador capaz de levantar unas ruinas si no dispone de un ideal positivo; si primero él no ha forjado -cual un futuro ya presente- su escala de valores y su escuela de verdades.

* * *

 Creo en la poesía social, a condición de que el poeta (el hombre) sienta estos temas con la misma sinceridad y la misma fuerza que los tradicionales.
 (1950)
[…]

Mundo

CUANDO San Agustín escribía sus Soliloquios.
Cuando el último soldado alemán se desmoronaba de asco y de impotencia.
Cuando las guerras púnicas
y las mujeres abofeteadas en el descansillo de una escalera
entonces,
cuando San Agustín escribía la Ciudad de Dios con una mano
y con la otra tomaba notas a fin de combatir las herejías,
precisamente entonces,
cuando ser prisionero de guerra no significaba la muerte, sino la casualidad de encontrarse vivo,
cuando las pérfidas mujeres inviolables se dedicaban a reparar las constelaciones deterioradas
y los encendedores automáticos desfallecían de póstuma ternura, entonces, ya lo he dicho,
San Agustín andaba corrigiendo las pruebas de su Enchiridion ad Laurentium
y los soldados alemanes se orinaban encima de los niños recién bombardeados.
Triste, triste es el mundo,
como una muchacha huérfana de padre a quien los salteadores de abrazos sujetan contra un muro.
Muchas veces hemos pretendido que la soledad de los hombres se llenase de lágrimas.
Muchas veces, infinitas veces, hemos dejado de dar la mano
y no hemos conseguido otra cosa que unas cuantas arenillas pertinazmente intercaladas entre los dientes.
Oh si San Agustín se hubiese enterado de que la diplomacia europea
andaba comprometida con artistas de variétès de muy dudosa reputación
y que el ejército norteamericano acostumbraba recibir paquetes donde la más ligera falta de ortografía
era aclamada como venturoso presagio de la libertad de los pueblos oprimidos por el endoluminismo.
Voy a llorar de tanta pierna rota
y de tanto cansancio que se advierte en los poetas menores de dieciocho años.
Nunca se ha conocido un desastre igual.
Hasta las Hermanas de la Caridad hablan de crisis
y se escriben gruesos volúmenes sobre la decadencia del jabón de afeitar entre los esquimales.
Decid adónde vamos a parar con tanta angustia
y tanto dolor de padres desconocidos entre sí.
Cuando San Agustín se entere de que los teléfonos automáticos han dejado de funcionar
y de que las tarifas contra incendios se han ocultado tímidamente en las cabelleras de las muchachitas rubias,
ah entonces, cuando San Agustín lo sepa todo
Verso y prosa (Letras Hispánicas): Amazon.es: Otero, Blas de: Librosun gran rayo descenderá sobre la tierra y en un abrir y cerrar de ojos nos volveremos todos idiotas.
[…]

Encuesta

Quiero encontrar, ando buscando la causa del sufrimiento. / La causa a secas del sufrimiento a veces
mojado en sangre, en lágrimas, y en seco / muchas más. La causa de las causas de las cosas
horribles que nos pasan a los hombres. / No a Juan de Yépez, a Blas de Otero, a León
Bloy, a César Vallejo, no, no busco eso, / qué va, ando buscando únicamente
la causa del sufrimiento / (del sufrimiento a secas),
la causa a secas del sufrimiento a veces… / Y siempre vuelta a empezar.
Me pregunto quién goza con que suframos los hombres. / Quién se afeita a favor del viento de la angustia.
Qué sucede en la sección de Inmortalidad / cuando según todas las pruebas nos morimos para siempre.
Sabemos poco en materia de sufrimiento. / Estamos muy orgullosos con nuestro orgullo,
pero si yo les arguyo con el sufrimiento no saben qué decirme. / Mire usted en la guía telefónica,
o en la Biblia, es fácil que allí encuentre algo. / Y agarro la biblia telefónica,
y agarro / con las dos manos la Guía de pecadores… y se caen al suelo todos los platos.
Desde los siete años / oyendo lo mismo a todas horas, cielo santo,
santo, santo, como de Dios al fin obra maestra. / Pero, del sufrimiento, como el primer día:
mudos y flagelados a doble columna. Es horrible.
[…]

Juicio final

 Yo, pecador, artista del pecado, / comido por el ansia hasta los tuétanos,
yo, tropel de esperanza y de fracasos, / estatua del dolor, firma del viento.
Yo, pecador, en fin, desesperado / de sombras y de sueños: me confieso
que soy un hombre en situación de hablaros / de la vida. Pequé. No me arrepiento.
Nací para narrar con estos labios / que barrerá la muerte un día de estos,
espléndidas caídas en picado / del bello avión aquel de carne y hueso.
Alas arriba disparó los brazos, / alardeando de tan alto invento;
plumas de níquel: escribid despacio. / Helas aquí, hincadas en el suelo.
Éste es mi sitio. Mi terreno. Campo / de aterrizaje de mis ansias. Cielo
al revés. Es mi sitio y no lo cambio / por ninguno. Caí. No me arrepiento.
Ímpetus nuevos nacerán, más altos. / Llegaré por mis pies -¿Para qué os quiero?-
a la patria del hombre: al cielo raso / de sombras ésas y de sueños ésos.
…porque la mayor locura que puede / hacer un hombre en esta vida es
dejarse morir sin más ni más…
[…]

En la inmensa mayoría

 Podrá faltarme el aire, / el agua,
el pan, / sé que me faltarán.
El aire, que no es de nadie. / El agua, que es del sediento.
El pan… Sé que me faltarán. / La fe, jamás.
Cuanto menos aire, más. / Cuanto más sediento, más.
Ni más ni menos. Más.
[…]

 Noticias de todo el mundo

 A los cuarenta y siete años de mi edad, / da miedo decirlo, soy sólo un poeta español
(dan miedo los años, lo de poeta, y España) / de mediados del siglo XX. Esto es todo.
¿Dinero? Cariño es lo que yo quiero, / dice la copla. ¿Aplausos? Sí, pero no me entero.
¿Salud? Lo suficiente. ¿Fama? / Mala. Pero mucha lana.
Da miedo pensarlo, pero apenas me leen / los analfabetos, ni los obreros, ni
los niños. / Pero ya me leerán. Ahora estoy aprendiendo
a escribir, cambié de clase, / necesitaría una máquina de hacer versos,
perdón, unos versos para la máquina / y un buen jornal para el maquinista,
y, sobre todo, paz, / necesito paz para seguir luchando
contra el miedo, / para brindar en medio de la plaza
y abrir el porvenir de par en par, / para plantar un árbol
en medio del miedo, / para decir “buenos días” sin engañar a nadie,
“buenos días, cartero” y que me entregue una carta / en blanco, de la que vuele una paloma.
[…]

Todo

Gracias doy a la vida por haberme nacido. / Gracias doy a la vida porque vi los árboles, y los ríos y el mar.
Gracias en la bonanza y en la procela. / Gracias por el camino y por la verdad.
Gracias por la contradicción y por la lucha. / Gracias por el aire y por la cárcel.
Gracias por el asombro y por la obra. / Gracias por morir; gracias por perdurar.»


  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1982, en edición del autor. ISBN 84-207-1000-8 ]

jueves, 3 de marzo de 2022

La procesión infinita.- Diego Trelles Paz (1977)


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Parte final

París. Verano, 2015
Uno

 «Es un poco así. El tedio profundo, como una niebla callada, reúne a todos los hombres en una común y extraña indiferencia. Estoy parafraseando. Eso no lo escribí yo sino Heidegger, y yo leí a Heidegger en el colegio, a los dieciséis. No entendí mucho. Me gustaba, sí, la elegancia de sus palabras y su tono elegíaco. El adjetivo que usa el filósofo alemán para describir ese estado emocional donde todo parece inútil (“profundo”), me hace pensar en la nada que todo lo rodea y contagia. Me hace también pensar en mí y en esta historia que empieza por el final, es decir, conmigo, anegado por el sudor y las lágrimas y mirando el techo de mi buhardilla parisina sin saber por qué.
 Sospecho que es el dolor de la ignorancia, el sufrimiento que arrastro por no saber qué pasó. Una vez más: la misma sensación, el mismo tortuoso sometimiento que me sumerge en estas depresiones pasajeras que ya no me permiten escribir. Pienso en Francisco constantemente, no puedo evitarlo. Dulce amigo mío, libérame de tu sombra: ¿por qué hiciste eso? ¿Por qué nunca dijiste nada? ¿Por qué te fuiste así de pronto sin hablar conmigo? Las mismas preguntas sin respuesta. El caso cerrado desde hace dos años. El suicidio confirmado que clausuró toda investigación. Y ya nadie se acuerda. Las absurdas explicaciones que lo reducen todo a su depresión, al final de su matrimonio, a sus adicciones, a sus múltiples deudas, a su posible bancarrota. Ninguno de ellos sabe lo que nos ocurrió en Berlín. Ninguno considera relevante que Francisco se suicidara en la misma habitación del mismo hotel que tomamos en 2008.
 “Los suicidas tiene sus propios rituales. Cuando no dejan notas explicativas, uno puede interpretar su última voluntad por el lugar y la forma en que se matan. Sobre todo si su muerte toma por sorpresa a sus parientes y amigos”. Así me lo dijo –en inglés- el hombre calvo y lampiño que lidiaba con estos asuntos en Berlín. No había mucho más que hacer. El asalto y la agresión contra Francisco y la posible muerte de la prostituta rubia, que yo relataba cinco años más tarde, no tenían ninguna denuncia policial que las sustente. Tampoco habían aparecido en la prensa de la época. El burócrata me miraba con cortés aprensión, pensando seguramente que yo estaba demente o muy dañado por lo ocurrido. No volví a insistir. Regresé a París abatido y molesto. Fue, por entonces, que el estrés empezó a afectarme seriamente.
 Aquí en Francia ese estado de feroz melancolía se llama spleen y fue popularizado por Charles Baudelaire. “Una angustia atroz y despótica”, escribió en uno de sus versos más célebres. El spleen es más común de lo que uno cree. El spleen mata sin causa aparente. Pero mejor dejemos eso por un  momento. No quisiera ser descortés y continuar este manuscrito sin presentarme. Mi nombre es Diego, pero mis amigos en Lima me dicen el Chato. Es cierto que escribo y que he podido publicar algunos de mis libros en el Perú y en otros países. Vine a París un poco por inercia, siguiendo la ruta de otros escritores que descubrí en mi adolescencia y que ya están muertos. Hoy, por cierto, cumplí  treinta y ocho y, como todos los años desde que resolví odiarlo (antes hacía fiestas en mi casa y aterrorizaba a mis padres con el ruido), sintiendo en el pecho las patitas peludas de la angustia, pensé seriamente en los infinitos inconvenientes y pesares que genera un suicidio.
 La imagen de las patas tiene algo de espeluznante pero la considero precisa: el ahogo y los agudos dolores de pecho que preceden la llegada del pánico tienen, en mi cabeza, forma de araña. La metáfora animal no es gratuita. Es casi un testimonio porque vivo con una araña francesa que se alimenta de mí cuando duermo. Tengo los brazos y las piernas salpicados de pústulas de agua turbia que siento placer al reventar. La médica dijo que era una araña y me mostró en Google la imagen de un bicho azul y alargado que parecía un ciempiés. La voluntad de matarla me parecía lógica y necesaria porque las ampollas pican y pueden ser dolorosas, pero luego pensé que no sería una mala idea encontrarla, atraparla y tenerla cautiva en uno de los cofrecitos de la marihuana holandesa que me trae el buen Omar Nietzsche; y quizás darle un nombre (algo que ya hice aunque nunca la he visto, se llama Filomena y lleva mi apellido porque mis mascotas son como mis hijos), y observarla, de madrugada, con una lupa de juguete y decirle: Filomena, mira lo que me hiciste en la piel por pendeja, lo nuestro es una historia de amor salvaje.
Resultado de imagen de diego trelles paz la procesio infinita Desafiando con la vista el sol parisino que incendia mi buhardilla por las mañanas, pienso en esto que escribo y en la verdadera utilidad de la escritura. ¿Por qué estoy llorando?, me pregunto en silencio, ¿me sigue haciendo tanto daño lo de Francisco? No lo sé. O de repente sí lo sé pero no me atrevo a verbalizarlo. Es como si ahora las palabras pudieran hacerlo todo más grave y perturbador hasta el punto de convertirlo en irreversible. Las palabras. Lo único que siempre he defendido con intensidad y altura, con la voz y con el cuerpo, como si en esa lucha por aceptar el profundo sentido de las cosas se me hubiese ido la vida, o lo que se supone que es la vida cuando la nombras, cuando capturas con signos lingüísticos la lógica de esa realidad impuesta que nos agrede y nos envilece y nos tuerce el cuello. El horror, ahora mismo, es perderlas. Permitir que el luto que arrastro por dentro destruya, sin ellas, mi identidad. Repetir como un rezo perpetuo la ceremonia del adiós y hundirme, enfermo de muerte, en esa infinita melancolía que es el preludio del fin.
 Mi antídoto transitorio ha sido disociarme. Ser otro. Pensar como otro. Vivir como otro. Observar con distancia el duelo que hunde su pico en mis órganos y los devora con lentitud. Negar el dolor con frialdad y cinismo. De eso se trata. Es una estrategia útil pero tiene su límite perverso. Disociar es como aguantar la respiración bajo el agua. Al final, ¿qué queda? Nada, no queda nada: aire o muerte, no hay otra opción. Esto que escribo, por el contrario (dicen los psicólogos, lo leí en Internet), serviría para procesar el dolor. La idea es escribir como una forma de terapia. Una idea que ciertamente me repugna. Una idea a la que me aferro con cobardía pero que es, en realidad, una afrenta. Nunca pensé que caería tan bajo. ¿De qué sirve el escritor que desconfía de sus palabras? Si les teme, si la realidad que contienen se ha vuelto espejismo y simulacro y pesadilla eterna, ¿qué otro camino le queda sino la muerte?
 Ah, la muerte. Recuerdo esa vez que un editor español se ofendió profundamente conmigo porque dije que los suicidas eran valientes. Fui imprudente, lo confieso: un estudiante suyo, de catorce o quince años, un chico sincero y brillante –quién iba a pensarlo-, se había lanzado de madrugada a las vías del tren, y ese pequeño pueblo costero de Barcelona, en el que nació y creció y perdió la virginidad y abandonó para siempre con el corazón hecho un hueco, fue tomado por esa desesperación colectiva que produce la incertidumbre. Es probable, entonces, que me equivocase. Mis lecturas han sido fundamentales para reafirmar valores y convicciones, y también implacables en la formación de mi temperamento. La valentía del suicida –creo recordar- estaba relacionada con una cita en la que Arthur Schopenhauer habla del suicidio como de la afirmación más poderosa de la voluntad y del querer vivir. “El suicida ama la vida; lo único que pasa es que no acepta las condiciones en que se le ofrece”, afirma el filósofo alemán, y con ello comprendí que el suicidio no es señal del deseo de muerte sino, por el contrario, manifestación de la aceptación y la afirmación de una vida sin sufrimientos.
 En cuanto a las palabras que me abandonaron, que aparentemente se fueron, tengo un enorme dilema. En realidad es miedo: tengo miedo de no poder volver a escribir. Es la primera vez, en muchos meses, que puedo pasar de una página sin borrarla o destruirla por vergüenza. Vuelvo, entonces, sobre mi plan indecoroso de luchar contra mi sequía creativa escribiendo sobre mi amigo muerto. Las posibilidades de que esto termine siendo una novela son nulas. A lo máximo podría aspirar a convertirse en un diario de apuntes o en una miscelánea sobre mi búsqueda. Permítanme, entonces, hablarles un poco sobre esto último: mi búsqueda. No es verdad que sólo haya venido a París a escribir. Mentí un poco. Algunos meses después de la muerte de Francisco, estando en Lima, me enteré de que Cayetana Herencia vivía aquí desde 2011. Sé que todo esto es confuso (ya intentaré explicarlo). Bastará decir que Cayetana fue, al parecer, mujer de Francisco y estuvo en Berlín el día en que fue asaltado y agredido, de una manera brutal, por una banda de delincuentes.
 ¿Cómo contar todo esto como si fuera falso? ¿Cómo intentar resolver el enigma de la muerte de mi amigo en tiempo real? Es un poco raro: soy sólo un escritor bloqueado fracasando en París, pero parece que las circunstancias me empujaran a pensar y actuar como un detective. Lo más probable es que, al final, me quedé con la segunda opción. Ya dije que no veo cómo esto pueda llegar a ser una novela, y la única historia que deseo relatar es aquella en la que descubro lo que ocurrió con Francisco y el spleen de mi vida se acaba para siempre.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2017, pp. 191-196. ISBN: 978-84-339-9338-5.]