Mostrando entradas con la etiqueta Palabra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Palabra. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de septiembre de 2026

De la dignidad del hombre.- Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494)

 

Apéndice primero
Carta de Juan Pico de la Mirandola a Hermolao Barbaro

 «¿Quién no condenará y detestará, en efecto, los zarcillos y el aderezo de ramera en una honesta doncella? Tanta es la contrariedad entre el oficio del filósofo y del retórico que no pueda ser mayor. Pues ¿cuál es el oficio del retórico sino mentir, engañar, acorralar, embaucar? Es vuestro, decís vosotros mismos, poder a voluntad cambiar con la palabra lo negro en blanco, lo blanco en negro, poder, según se quiera, quitar, tirar, agrandar, achicar, por medio de la fuerza casi mágica de la elocuencia (os preciáis de ello) trasfigurar las cosas mismas, poniéndoles el rostro que os venga en gana, de modo que, si no hacéis que sean lo que no son de su propia condición, al menos aparezcan tal como queréis al que os escucha. Todo esto ¿es otra cosa que pura mentira, mera impostura y simple embaucamiento? Siempre a espaldas de la realidad, saliéndose de ella por más o cortándola por menos, jugando con los ánimos de los oyentes, halagando sus oídos con cantos falaces y envolviéndolos en redes de engaños y fantasmagorías. ¿Es que va a haber hermandad de éste con el filósofo, cuyo empeño todo está en conocer y demostrar la verdad a los demás? Junta a ello que nosotros no pondremos fe alguna en los que afectan las exquisiteces y las galanuras de las palabras, como si fiáramos menos de las cosas mismas y, no haciéndonos fuertes en lo verdadero, buscáramos más bien arrastrar a los hombres con estos halagos.
 Vale para esto leer los libros sagrados más tosca que elegantemente escritos, y ver que nada hay más impropio y nocivo en cualquier materia, donde de conocer la verdad se trata, que todo este género refinado de hablar. Quédese esto para los asuntos del foro y de la plaza, no para las cuestiones naturales y celestes. No es propio de los que andamos por la Academia, sino de los que se mueven dentro de la República aquella, en la que cuanto se dice y hace se lleva a refrendo popular, donde las flores tienen más peso que los frutos. ¿No sabes aquello de "No a todos les cae bien el mismo aire"? Elegante cosa es (lo confesamos) la abundancia de verbo llena de atractivo y deleite, pero en el filósofo no es ni hermosa ni agradable. ¿Quién va a condenar en el histrión el paso muelle, las manos vivaces, los ojos lúbricos? ¿Quién no lo reprenderá y abominará en el ciudadano, en el filósofo? Si a la muchacha la vemos graciosa de meneos, dicharachera, la alabamos, se nos van los besos; en una grave matrona lo condenamos, lo perseguimos, No nosotros, sino ellos, los estúpidos, los que a los pies de Vesta festejan bacanales, los que afean la gravedad y la casta verdad de las cosas de la filosofía con juergas y tramoyas de feria. Vale decir de este modo de discursos lo que Sinesio dice del mocito afeminado, con su melena siempre ungida de molicie. Nosotros preferimos la nuestra (oración) hirsuta, suelta de pelo, fofa, desaliñada, más que bellamente peinada, con la nota o sospecha de insinceridad.
 Y para que no quede nada por decir, esto es verdaderísimo, que nada hay más impropio del oficio del filósofo, en cualquier asunto, que lo que de algún modo sabe a lujo o a fausto. Los zapatos sicionios valen y se adaptan al pie, decía Sócrates, pero no se adaptan a Sócrates. No es la misma ley de vestir la del civil y la del filósofo; como tampoco la de la mesa ni la del hablar. Usa de ellas el filósofo por sola necesidad; usa de ellas el civil aun para solaz. Si el civil las usa descuidadamente, no es civil; si se apega a ellas no será aquél filósofo. Si pudiera Pitágoras vivir sin comer, aun de las verduras se abstendría. Sin con sólo su rostro, o al menos con menos que una conversación pudiera expresar sus pensamientos, omitiría el mismo hablar; tan lejos está de cuidarse, de pulir y adornar el lenguaje. Lo que nos pone en guardia para que el lector no se quede en la lengua engolosinado por la piel redomada y no penetre hasta la médula y la sangre, la que muchas veces vimos asomar manchada bajo un rostro maquillado. Vimos, quiero decir, en todo esto a muchos que ya se acostumbraron a detener al lector en esta primera fachada con tonos musicales variados, cuando por dentro y por detrás nada hay que no sea vano y huero. Que si hace esto el filósofo, clamará Musonio que no es allí el filósofo el que habla, sino la trompeta que suena. No se nos achaque, pues, como vicio el no haber hecho lo que es vicio hacer. Miramos lo que vamos a decir, no cómo lo vamos a decir, más aún, miramos el cómo, a saber, que sea sin floreo ni pompa de palabras, no que nuestra oración sea placentera, bella y airosa, sino útil, ponderada y respetable, que alcance la majestad por el temor antes que la gracia por la blandura; no esperamos el aplauso del teatro, atusando los oídos con frases cortadas con justeza cadenciosa, esto va falso, aquello gracioso, sino buscamos más el silencio de pocos, por la admiración, al penetrar en algún punto, ya deducido de los misterios de la naturaleza, ya traído a los hombres desde el alcázar del cielo; o bien algo tan evidenciado que no necesite defenderse, tan defendido que no deje lugar a la impugnación.
 Admírennos a nosotros, sagaces en inquirir, circunspectos en el explorar, sutiles en el contemplar, graves en el señalar, comprometidos en el atar, diestros en el desatar. Admiren en nosotros la concisión de estilo henchida de muchas y grandes cosas, bajo atinadas palabras, en trascendentalísimas proposiciones llenas de problemas, llenas de soluciones. Lo capaces que somos, lo adiestrados para eliminar ambigüedades, disolver objeciones, desenredar lo implicado, abatir lo falso y confirmar lo verdadero con elásticos silogismos. Con estos títulos, ¡oh Hermolao!, salvaremos nuestra memoria del olvido para la hora presente y no dudamos de que también de ahora en adelante; que si dices que para el vulgar pasamos por sórdidos, rudos, incultos, esto cede más en nuestra gloria que en nuestro deshonor; no escribimos para el vulgo sino para ti y para los semejantes a ti. No de otro modo que los mayores, nuestros antepasados, que con sus ropajes de enigma y de fábula alejaban a los hombres idiotas de los misterios, también nosotros tomamos la costumbre de espantarlos de nuestros manjares, que no harían más que emporcar, con la corteza un poco amarga de nuestro lenguaje. Que también los que quieren ocultar sus tesoros, si no los pueden apartar lejos, suelen taparlos con barreduras y cascotes, para que los pasan al lado no los descubran, si no son aquéllos solos que se hubieren hecho dignos de tal favor. Similar empeño de los filósofos en celar sus cosas al pueblo, del cual no sólo no pueden esperar que los apruebe, pero ni que los entienda, y tampoco por ello es razonable que las cosas que escriben tengan algo de teatral, bueno para el aplauso, de eco popular, que en una palabra parezca que buscan acomodarse al sabor de la multitud.
 Pero quieres que te aclare la idea de nuestro alegato. Es la mismísima que la de los silenos de nuestro Alcibíades; sus estatuas presentaban un rostro horripilante, triste y vil, pero dentro estaban llenas de joyas, de recamados y raros vestidos. Por eso si de fuera lo miras, verás una fiera, si por dentro, un numen.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en edición de Luis Martínez Gómez, pp. 145-149. ISBN: 84-276-0653-2.]

domingo, 5 de abril de 2026

La conciencia de Zeno.- Italo Svevo (1861-1928)

 

La esposa y la amante

 «Recuerdo con claridad una cosa: mi principal preocupación era no parecer borracho. Me mantenía erguido y hablaba poco. Me desafiaba a mí mismo, sentí la necesidad de analizar cada palabra antes de decirla. Mientras se desarrollaba la conversación general, tenía que renunciar a participar porque no me dejaba tiempo para aclarar mi turbio pensamiento. Quise iniciar una conversación por mi parte y dije a mi suegro:
 -¿Te has enterado de que el Extérieur ha bajado dos enteros?
 Había dicho algo que no me concernía en absoluto y que había oído decir en la Bolsa; sólo quería hablar de negocios, cosas serias de las que no suele acordarse un borracho. Pero, al parecer, para mi suegro era menos indiferente y me llamó pájaro de mal agüero. Con él no acertaba una.
 Entonces me ocupé de mi vecina, Alberta. Hablamos de amor. A ella le interesaba en teoría y a mí, por el momento, no me interesaba nada en la práctica. Por eso, era hermoso hablar de ello. Me preguntó lo que yo pensaba y yo descubrí al instante una idea que parecía resultar evidente por mi experiencia de aquel mismo día. Una mujer era un objeto que variaba de precio mucho más que valor alguno de la Bolsa. Alberta no me entendió bien y creyó que yo quería decir una cosa sabida de todos: que una mujer de cierta edad tenía un valor muy distinta de otra. Me expliqué con mayor claridad: una mujer podía tener cierto valor a una hora determinada de la mañana y ninguno a mediodía, para valer por la tarde el doble que por la mañana y acabar por la noche con valor del todo negativo. Expliqué el concepto de valor negativo: una mujer tenía tal valor cuando un hombre calculaba la suma que estaría dispuesto a pagar para enviarla muy lejos, pero que muy lejos, de él.
 No obstante, la pobre comediógrafa no veía la exactitud de mi descubrimiento, mientras que yo, recordando el cambio de valor que aquel día mismo habían experimentado Carla y Augusta, estaba seguro de ello. Intervino el vino, cuando quise explicarme mejor y me extravié por completo.
 -Mira -le dije-: suponiendo que tú ahora tengas el valor X y yo me permita apretar tu piececito con el mío, aumentas de inmediato por lo menos otra X.
 Acompañé al instante las palabras con el acto.
 Alberta, muy roja, retiró el pie y, queriendo parecer graciosa, dijo:
 -Pero eso es práctica y ya no teoría. Voy a reclamar a Augusta.
 Debo confesar que también yo sentía aquel piececito como algo muy distinto de una árida teoría, pero protesté gritando con la expresión más cándida del mundo:
 -Es pura teoría, purísima, y haces mal en interpretarlo de otro modo.
 Las fantasías del vino son auténticos acontecimientos.
 Por mucho tiempo Alberta y yo no olvidamos que yo había tocado una parte de su cuerpo, al tiempo que le advertía que lo hacía para gozar. La palabra había resaltado el acto y el acto la palabra. Hasta que se casó, siempre tuvo para mí una sonrisa y un rubor; luego, en cambio, rubor e ira. Las mujeres están hechas así. Cada día les aporta una nueva interpretación del pasado. Debe de ser una vida poco monótona la suya. En cambio, para mí, la interpretación de aquel acto fue siempre la misma: el hurto de un pequeño objeto de sabor intenso y fue culpa de Alberta que en cierta época yo intentara hacer recordar aquel acto, mientras que más adelante habría pagado, en cambio, cualquier cosa para que quedara del todo olvidado.
 Recuerdo también que antes de abandonar aquella casa ocurrió otra cosa mucho más grave. Por un instante me quedé solo con Ada. [...] Yo miré largo rato a Ada, vestida de encaje blanco, con los hombros y los brazos desnudos. Permanecí mudo largo rato, a pesar de que sentía la necesidad de decirle algo; pero, tras analizarla, desechaba todas las frases que me venían a los labios. Pero [...] lancé a Ada tal mirada, que ella se levantó y salió tras haberse vuelto a mirar espantada, lista tal vez para echarse a correr.
 También una mirada se recuerda, cuando es mejor que una palabra; es más importante que una palabra porque en todo el vocabulario no hay palabra que pueda desnudar a una mujer. Yo sé ahora que aquella mirada mía falseó, al simplificarlas, las palabras que había concebido. Para Ada, mi mirada había intentado penetrar más allá de los vestidos y hasta de su epidermis. Y había significado sin lugar a dudas: "¿Quieres venirte ahora mismo a la cama conmigo?" El vino es un gran peligro, sobre todo porque no saca a relucir la verdad. Todo lo contrario de la verdad: revela especialmente la historia pasada y olvidada del individuo y no su voluntad actual; saca a relucir, caprichoso, todas las ideas absurdas que ha acariciado en épocas más o menos recientes; no tiene en cuenta las tachaduras y lee todo lo que aún es perceptible en nuestro corazón. Y sabido es que en éste no hay modo de borrar nada tan radicalmente, como se hace con una palabra equivocada en una letra de cambio. Toda nuestra historia está siempre legible en él y el vino la grita, olvidando lo que después la vida ha añadido.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1982, en traducción de Carlos Manzano, pp. 260-263. ISBN: 84-02-08995-X.] 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Más allá de la noticia. La filosofía detrás de los titulares.- Julián Baggini (1968)

6.- Pensamiento verde: la conceptualización del medio ambiente
Lenguaje lastrado de valor

 «Hay un rasgo retórico importante del discurso sobre el medio ambiente que se interpone en el camino del pensamiento claro. Es común ver la oposición entre retórica y argumentación propiamente dicha en que la meta de la primera es persuadir por cualquier medio, mientras que el objetivo de la segunda es ofrecer argumentos de solidez racional. En realidad, la diferencia no es tan clara. Desde que Platón atacó a los sofistas por presentar argumentaciones persuasivas para sostener lo que quien les pagaba por ello quería que sostuvieran, se supone que los filósofos renuncian a la retórica. Pero en muchos artículos y libros de filosofía se encontrarán ejemplos de retórica en acción. Análogamente, a veces un buen argumento también puede ser muy persuasivo, de modo que una buena argumentación y una buena pieza de retórica pueden ser una y la misma cosa.
 Nuestro interés se centra en los casos en que la retórica y la buena argumentación están claramente separadas. En estos casos, la gente emplea palabras con el fin de realzar el atractivo de su argumento, pero esas palabras no agregan sustancia alguna al razonamiento que parecen proponer. Encontramos un ejemplo manifiesto de retórica cuando alguien habla de hacer algo "por el bien de nuestros hijos", sin aportar ninguna evidencia ni argumento a favor de que lo que desean hacer es lo mejor para sus hijos. En un buen discurso o artículo (desde el punto de vista de la retórica) la ausencia de argumento o de evidencia no se nota.
 El aspecto retórico del debate sobre el medio ambiente en el que deseo centrarme es que las palabras mismas que se usan para describir los problemas tienen connotaciones evaluativas. Esto podemos advertirlo cuando se llama "ecoterroristas" o "vándalos" a los manifestantes ecologistas. Pero son los ecologistas los que más han conseguido enmarcar el debate en palabras que les convienen. Por ejemplo, el 17 de octubre de 2001, el Guardian, al informar de la absolución de los activistas de Greenpeace, decía: "El jurado aceptó la defensa de Greenpeace, según la cual el daño criminal estaba justificado si se lo empleaba para defender un interés público mayor, a saber, la prevención de la contaminación del medio ambiente por organismos transgénicos".
 Aquí, la palabra clave es "contaminación". Es evidente que se trata de una palabra con connotaciones negativas. Si se preguntara a la gente si aprueba que se contamine el campo con cultivos transgénicos, la mayor parte respondería que no, simplemente porque es difícil entender que la contaminación pudiese llegar a ser buena. Pero, en este caso, ¿qué significa realmente "contaminación"? Significa que habría interpolinización entre los cultivos GM y los cultivos próximos a ellos. La interpolinización se da permanentemente en la naturaleza, así que referirse a ella como contaminación es forzar el lenguaje mediante el uso de una palabra negativa para describir lo que normalmente no es bueno ni malo. Así que únicamente se puede justificar el uso de este término si previamente se cree que la interpolinización es dañina. Pero, por supuesto, eso es precisamente lo que está en discusión, de modo que los ecologistas se han anotado aquí un gran triunfo retórico. Han conseguido establecer la palabra "contaminación" como término corriente para el cruce de polinización entre cultivos transgénicos y no transgénicos. Tal es su éxito que la mayor parte de los medios de comunicación más importantes del país emplean la palabra en lo que se supone que es una mera descripción fáctica. Sin embargo, la expresión "descripción fáctica" enmascara una evaluación parcial que ha entrado de contrabando.
  En la batalla por corazones y pensamientos, este frente lingüístico es vital. En un artículo escrito con posterioridad al proceso judicial, Lord Melchett emplea la frase "contaminación genética" para describir la interpolinización entre cultivos GM y no GM de otra manera igualmente lastrada de valor. Para los defensores de la campaña contra los cultivos GM, es importante que esas frases se adopten de modo generalizado. En el discurso ecologista ya se han establecido otras palabras de esa familia. Una de ellas es "explotación". Todas las criaturas, seres humanos, castores, aves y moscas, hacen uso de su medio ambiente. Lo adaptan para satisfacer sus necesidades. Se podría decir que explotan el medio y hay un sentido perfectamente aceptable del término "explotar" que no comporta connotaciones negativas. Pero lo cierto es que tendemos a emplear la palabra "explotar" en situaciones en que alguien utiliza algo de forma inapropiada. Así, el término adquiere una significación negativa. Esto quiere decir que los ecologistas pueden hablar de la explotación del medio ambiente por los seres humanos como si describieran simples hechos, mientras al mismo tiempo depositan en la descripción un juicio negativo.
 Hay innumerables ejemplos de esto, algunos más evidentes que otros. Algunos son muy complejos. Considérese la simple frase "perturbar el equilibrio natural". Aquí, tenemos dos palabras, "naturaleza" y "equilibrio", que llevan consigo connotaciones positivas, junto a la negativa "perturbar". Sin embargo, esto se ha convertido en un modo tan natural de hablar (natural no significa necesariamente bueno, por supuesto) que los intentos de descripción en términos más neutrales pueden parecer artificiales: "alterar la distribución existente de organismos en el mundo" no tiene la misma resonancia.
 Cuando las palabras que empleamos para informar y discutir las noticias sobre medio ambiente son portadoras de estas connotaciones evaluativas, es más difícil aún superar la retórica para abrazar argumentos serios. Sin embargo, es preciso que hagamos ese esfuerzo, pues de lo contrario corremos el riesgo de que el lenguaje nos ciegue ante la verdad que se propone representar. Si queremos saber si los alimentos transgénicos son buenos o malos, difícilmente comenzaremos nuestra investigación sobre una base imparcial si describimos como polución o contaminación cosas que pueden ser malas o no.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2004, en traducción de Marco Aurelio Galmarini, pp. 179-182. ISBN: 84-376-2126-7.]
 

domingo, 23 de noviembre de 2025

La felicidad Zen. Los más bellos cuentos Zen.- Henri Brunel (1928-2020)

La palabra justa

"En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba vuelto hacia Dios y el Verbo era Dios".
Evangelio según San Juan, prólogo, I.


 «Buddha enseñaba que la práctica del "noble sendero óctuple":

    1.- La opinión justa
    2.- El pensamiento justo
    3.- La palabra justa
    4.- El acto justo
    5.- La subsistencia justa
    6.- El esfuerzo justo
    7.- La atención justa
    8.- La concentración justa

conduce a la liberación espiritual, a la sabiduría, a la felicidad. Si no hubiese que coger más que una flor en el sendero, pediría el privilegio de escoger "la palabra justa". Soy un escritor, o digamos un escribidor, un escritorzuelo, en suma, un comerciante de palabras y frases. Pero por insuficiente que yo sea, desde hace catorce obras conozco la pena de escribir. La "palabra" no puede echarse a voleo, a la ligera, sin tener que tragársela algún día y arrepentirse de ella. ¡Hay que cortar, esquejar, injertar, acodar, coger con pinzas, podar, trasladar, sacar del tiesto y trasplantar...!
 "Pon tu obra en el telar, recomienza veinte veces. Púlela sin cesar, repule y vuelve a pulir", escribe Boileau en L'Art poétique. ¿Quieres un ejemplo, lector? Una vez tenía que presentar mi pueblo natal en un diario nacional. Me habían concedido una sola frase. ¡En una sola frase, tenía que "alzarse" un pueblo con su personalidad única, su "resplandor" singular, que lo hiciese "ver", conocer, tal vez amar...! Lo intenté. 
 [...] Entonces me peleé con las palabras, con el papel. Inventé cien giros extraños. Libré aquel "combate con el ángel" del que habla el poeta Rainer Maria Rilke. Era preciso que en unas cuantas palabras hiciese existir mi pueblo, con su rugosidad, su paz, sus campos sembrados de piedras y el circo de los bosques. [...] Todo ello en una sola frase. Escribí:
 "Broc, mi pueblo entre Loira y Loir, es un guijarro atravesado en la garganta de los bosques".
 No sé si lo logré. Uno nunca lo sabe. Pero al azar en una firma de libros, una señora quiso confiarme que yo había conseguido transmitirle el sabor de mi pueblecito, y el redactor en jefe del periódico masculló que, por una vez, no me había excedido en el número de líneas que se me habían asignado. ¡Qué difícil es la palabra justa!
 Estas consideraciones sobre el arte de escribir, que me tocan muy de cerca, no nos alejan del pensamiento zen tanto como parece. La "palabra justa", según los maestros espirituales, es una palabra honrada, apropiada, equitativa. Mantenida al borde del silencio, consciente y breve, reviste a veces una importancia extrema y puede cambiar un destino. He aquí, a este respecto, un bonito cuento indio.


El hombre importante que se hizo anacoreta

 Había una vez un hombre importante casado y padre de familia, fiel devoto de Buddha. Había salido de viaje para presentar sus respetos al Bienaventurado con ocasión de la fiesta de aniversario de su muerte y adornar sus altares con guirnaldas de flores. Su esposa, que se había quedado en casa, recibió la visita de su madre:
 -Entonces, hija, ¿sigues siendo feliz con tu marido? ¿Qué tal se porta contigo?
 -¡No tengo queja, mi querido esposo es un hombre bueno, sabio y virtuoso como un anacoreta!
 La buena señora, que era algo dura de oído, no oyó más que la última palabra, "anacoreta". Enseguida se deshizo en gritos y lamentos:
 -¡Cómo -exclamó-, vaya marido, que abandona a su joven esposa recién casada, con un niño y otro en camino! ¡Eso es abominable! ¡Hacerse anacoreta cuando tiene mujer e hijos pequeños!
 Y, casi llorando, se arañó el rostro, se arrancó los pelos y se cubrió la cabeza de cenizas, todo ello delante de los vecinos: "¡Anacoreta! ¡Qué desgracia más terrible!"
 -¡Que no, mamá -exclamaba alarmada la joven esposa-, que mi marido no se ha hecho anacoreta! 
 -¡Anacoreta! ¡Ay! - se desgañitaba la vieja sorda-. ¡Qué catástrofe! ¡Qué va a ser de mi hija y de mis pobres nietos! ¡Qué desgracia, qué pena!
 Y corría por el pueblo anunciando a todo el mundo la noticia.
 Cuando Kalyana regresó a casa, sus conciudadanos lo acogieron convencidos de que ahora era anacoreta. Asombrado, consideró que aquello debía de ser un signo del cielo. Arregló sus asuntos, se despidió de su esposa y sus hijos y regresó al monasterio zen del que había sido huésped durante sus devociones. Se hizo realmente anacoreta, pronto se hizo famoso por su santidad y, cuando murió, entró en el cielo de Brahma.

*

 Una palabra puede cambiar el destino.
 Ninguna palabra es totalmente inocente. La "palabra justa" es parca. No hay que añadir sufrimiento al mundo; hay que curar, si se puede, la relación entre los hombres. Ni mentir, ni calumniar, evitar los comadreos. Hablar de un tercero nunca es sabio. Decir mal de él es perjudicarlo, hablar demasiado bien de él es despreciar por comparación al interlocutor. Alentar, reconfortar, valorar, equilibrar, sonreír. Despertar el gusto por las cosas espirituales. La "palabra justa", según los maestros zen, aporta un poco de paz, de sabiduría y de felicidad a este mundo.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones El Barquero, 2004, en traducción de Jerónimo Sahagún, pp. 48-52. ISBN: 84-9716-227-7.]

domingo, 24 de noviembre de 2024

101 experiencias de filosofía cotidiana.- Roger-Pol Droit (1949)

 

44.-Hacer caligrafía
Duración: de 20 a 30 minutos
Material: papel y pluma de buena calidad
Efecto: concentrador

 «Escribir no es una actividad intelectual. Es, en primer lugar, un ejercicio de la mano. Quizá principalmente eso. Lo que pensamos, lo que escribimos en el papel como supuestos o pretendidos significados, tiene, sin duda, mucha menos importancia, y mucho menos interés, que la atención que se requiere para formar bien las letras, esbozar estéticamente su contorno exacto, realizar minúsculos equilibrios entre líneas rectas y curvas, bucles y puntos.
 Para experimentarlo, debes empezar por esforzarte en trazar al mismo ritmo, sin brusquedad, de manera regular, las frases, incluso las más triviales, que te pasen por la cabeza. Lo que cuenta, una vez más, no es el alcance de lo que estás escribiendo. El contenido de los signos, su "sentido", como se suele decir, no tiene más que una importancia secundaria. Lo único que vale es la regularidad de los trazos, su progresión metódica, el hecho de escribir, en orden, unas letras encadenadas, bien formadas, legibles, proporcionadas, claras.
 Concentra tu atención en los movimientos exactos y minúsculos de tus músculos, los cortos recorridos de la punta del bolígrafo o la pluma. Procura no detenerte, o lo menos posible, entre dos frases. Mantén el mismo ritmo. Lo que escribes no tiene ninguna importancia. El acto de escribir es suficiente. Evita en la medida de lo posible acelerar el ritmo o aminorarlo. La letra debe ser cuidada, dibujada, pero también monótona, constante y fluida en su avance. Su velocidad debe variar lo menos posible. Tienes que conseguir una continuidad casi perfecta, automática. Esta vez, también, solamente cuenta el hecho de que vas trazando, inexorablemente, con una aplicación cada vez más indiferente a toda voluntad, unas líneas horizontales dibujadas en el papel mediante la obstinada sucesión de letras y palabras.
 Puedes escribir todo lo que se te ocurra, recuerdos de la niñez, lista de la compra, insultos nuevos, parodia de un informe policial, postales de vacaciones, confesiones íntimas, cartas de amor, declaración de impuestos, parte de accidente. Lo esencial es que, cada vez, te preocupes menos por lo que significan las frases. Sea cual sea su significado, debes considerarlas como simples ocasiones para que la escritura prosiga.
 La experiencia consiste en sentir que el avance de las líneas, la caligrafía de las páginas que se suceden unas tras otras, permanece indiferente a lo que las frases quieren decir. Por un lado, el bullicio de nociones, sintaxis y sentimientos, el alboroto del sentido, la proliferación de coherencias y conflictos. Por otro lado (¿es realmente un "lado"?), el pulso de la grafía, sin sentido, casi pura, automática, movida por la única necesidad de seguir avanzando, por la regularidad repetida de ser incesantemente idéntica a sí misma.
 Quizá así llegues a sentir que todo lo que creemos decir y pensar es doble. Más allá del sentido más evidente que transmitimos, más o menos conocido pero siempre en apariencia disponible, probablemente distingas la permanencia secreta, inagotable, imposible de delimitar, de una inscripción corriente, arrastrada por su propio movimiento. Nada que ver con lo que significan las palabras. Por completo indiferente a lo que transmiten los textos en cuanto a ideas, informaciones, afectos. Grafía, nada más que grafía. Atravesando los cuerpos, los pensamientos, los músculos, las hojas. El interminable flujo de lo escrito.
[...]

77.- Oír nuestra voz grabada
Duración: unos minutos
Material: una grabación donde se oiga nuestra voz
Efecto: descolocante

 Uno siempre se sorprende. "¿Ése soy yo?" Tu propia voz te parece demasiado aguda o demasiado grave, demasiado lenta o demasiado rápida, mal puesta, mal colocada, desfasada, inesperada. Al principio no reconoces el timbre ni la velocidad. Y eso que la grabación refleja correctamente la voz de los demás. Pero la tuya, no.
 Sabes que eres tú quien ha pronunciado esas palabras y esas frases. Por otra parte, identificas sin dudar tu discurso, pero como al bies, de perfil, desde un ángulo curioso. Tú y no tú. Caes en una falla, un vacío que se ha abierto de repente. Tú te conoces "desde dentro". Ahora te percibes "desde fuera". Los profesionales están acostumbrados. Los profesionales de radio y de grabaciones se conocen la voz desde fuera tanto como desde dentro. Trabajan con y en esta materia. Están acostumbrados a oírse y ya no experimentan la sorpresa y el malestar que suscitan, por lo común, las primeras veces que uno escucha su propia voz tal como la oyen los demás.
 Jamás ningún ser humano, en el mundo de otras épocas, pudo oír su voz como los demás la oían. Como tampoco ver su imagen como los demás la veían. Las máquinas han hecho posible este descentramiento. No es un salir de sí mismo. Confirma, con el apoyo de las herramientas, que nuestra intimidad es ignorancia. La técnica ayuda a la filosofía. Nos lleva a preguntar con qué apariencia quedarnos: ¿la que nos ofrece, desde dentro, una imagen de nosotros mismos o bien la que parece objetiva y se graba? La misma pregunta es válida para la cara, los pensamientos, para el conjunto de nuestros comportamientos. Permanece indefinidamente sin respuesta. Siempre sorprende.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Blackie Books, 2015, en traducción de Esther Andrés Gromaches, pp. 141-144 y 239-241. ISBN: 978-84-941676-7-6.]

domingo, 19 de mayo de 2024

Obras morales y de costumbres I (Moralia).- Plutarco (45-120)


Plutarco de Queronea (ca. 50-120 d. C.). Museo de Delfos, Grecia ...
Sobre cómo se debe escuchar

3
  «Por esto en fin, porque el escuchar proporciona a los jóvenes un gran provecho y un no menor riesgo, creo que es bueno dialogar siempre con uno mismo y con otro, sobre el oír. Ya que también de esto vemos que la mayoría hacen mal uso, los que se ejercitan en hablar antes de acostumbrarse a escuchar y creen que de las palabras existen un aprendizaje y una práctica; en cambio, de la acción de escuchar creen que también los que la utilizan de cualquier forma sacan provecho. Sin embargo, para los que juegan a la pelota se da a la vez el aprendizaje de lanzar y coger la pelota, pero en el uso de la palabra el recibirla bien es anterior al lanzarla, igual que el recibir y mantener algún germen de vida es anterior a su nacimiento.
 En efecto, también se dice que las aves tienen partos de huevos vacíos procedentes de ciertas concepciones imperfectas y sin vida; también el discurso de los jóvenes, que no son capaces de escuchar ni están acostumbrados a beneficiarse del acto de oír, surgiendo, en realidad, vacío:
       Se esparce bajo las nubes sin gloria y sin ser visto*.
 Por otra parte las vasijas se inclinan y se vuelven para la recogida de los líquidos vertidos, para que, en realidad, se produzca una adquisición y no una pérdida; en cambio, ellos no aprenden a entregarse al que habla y adaptar lo escuchado con atención, para que no se escape ninguna de las cosas dichas con utilidad, sino que lo que es más ridículo de todo es que, si se encuentran casualmente con alguien, que les cuenta un banquete, una fiesta, un sueño o un ultraje que le ha ocurrido a él con otro, lo escuchan en silencio y continúan escuchándolo con interés; pero si alguien, intentando convencerlos, les enseña algo de utilidad o les aconseja lo necesario, o les reprocha cuando cometen errores, o les apacigua cuando se enfadan, no lo soportan, sino que, si pueden, pretendiendo ser superiores, discuten abiertamente sus palabras; si no lo consiguen, escapándose cambian a otras conversaciones y vaciedades, llenando sus oídos como vasijas de mala calidad y rotas de todo tipo de cosas más que de lo necesario. En efecto, a los caballos, los que los crían bien, los hacen obedientes al freno y a los niños sumisos a las palabras, enseñándoseles a escuchar mucho, pero no a hablar. Pues también Espíntaro, elogiando a Epaminondas, decía que no era fácil encontrar a ningún otro hombre que conociera más cosas y que hablara menos. También se dice que la naturaleza nos dio a cada uno de nosotros dos orejas, y en cambio, una sola lengua, porque debe cada uno hablar menos que escuchar.

4
 Ciertamente, en cualquier caso, para el joven un adorno seguro es el silencio, sobre todo, cuando, al escuchar a otro, no se altera ni se alborota ante cada cuestión, sino que, aunque el discurso no sea demasiado agradable, lo soporta y espera a que termine el interlocutor, y una vez que termina, no se lanza inmediatamente a la réplica, sino que, como dice Esquines, deja pasar un tiempo, por si quisiera añadir algo a lo dicho el que ha hablado o cambiar y quitar algo. Los que inmediatamente se oponen, actúan torpemente, porque ni escuchan ni son escuchados al hablar a los que estaban hablando; pero el que está acostumbrado a escuchar con moderación y con respeto recibe y conserva el discurso provechoso; en cambio, distingue y descubre mejor el inútil o falso, mostrándose amigo de la verdad y no amigo de la disputa ni impetuoso ni alborotador. De ahí que, no sin razón, dicen algunos que es más necesario sacar de los jóvenes el aire presuntuoso y la vanidad que el aire de los odres, si se quiere verter en ellos algo provechoso, y, si no, no pueden admitir nada, porque están llenos de orgullo y de arrogancia.

5
 Y, ciertamente, la envidia, cuando se presenta con la maledicencia y la mala voluntad, no sólo a ninguna acción hace bien, sino que para todo lo bueno es un obstáculo y para el que escucha es el peor asesor y consejero, porque hace lo provechoso molesto, desagradable y difícil de admitir a causa de que los que tienen envidia disfruten más con cualquier cosa que con lo que está bien dicho. Sin embargo, al que le molesta la riqueza, la fama y la belleza que se encuentra en otros, es simplemente un envidioso; pues se disgusta con los demás porque son afortunados; pero, en cambio, cuando uno se irrita con un discurso bien expresado se aflige de su propio bien. En efecto, así como la luz para los que ven, también la palabra para los que oyen es un bien, si quieren aceptarla. Ciertamente, algunas otras inclinaciones deformadas y perversas crean envidia en otras cosas; la engendrada contra los que hablan a partir de una inoportuna ambición y de un injusto afán de honra, ni siquiera permite que el que está en esta situación ponga atención a lo que se dice, sino que se inquieta y desvía su pensamiento, porque al mismo tiempo inspecciona su propia condición, si es inferior a la del que habla, porque a la vez observa a los demás, por si se maravillan y se quedan admirados y porque está perturbado por los elogios y enfadado con los presentes, si aceptan al orador, dejando y descuidando los discursos ya pronunciados, porque le causa pena al recordarlos, y ante los que quedan por pronunciar, agitado y temeroso de que puedan llegar a ser mejores que los que ya se han pronunciado, esforzándose, para que los que hablan terminen lo más rápidamente posible cuando hablan hermosamente; y, una vez acabada la intervención, no está a favor de nada de lo que se ha dicho, sino que está dispuesto a poner a votación las voces y las posturas de los presentes y a los que hacen elogios, huyéndoles como a los locos y apartándose de ellos; en cambio, corre y se une en rebaño con los que censuran y distorsionan lo dicho. En el caso de que no haya nada que distorsionar, lo comparan con otros, en la idea de que han hablado mejor y con mayor poder de persuasión sobre el mismo tema, destruyendo y estropeando la intervención, hasta que, la convierten en algo inútil y vano.
078. Obras morales y de costumbres I. Sobre la educación de los ... 
6
 Por eso, es preciso que, uno, habiendo hecho un pacto con su deseo de escuchar frente a su deseo por la fama, escuche al que habla con actitud propicia y favorable, como si estuviera invitado a un banquete sagrado y a las primicias de un sacrificio, elogiando aquellas partes, en las que halla fuerza, compartiendo con gusto el afán mismo del que expone en público aquellas cosas que conoce e intenta convencer a los demás por medio de los argumentos por los que él mismo ha sido convencido. En efecto, lo que se ha tratado rectamente se debe pensar que, no de casualidad ni de manera espontánea, se ha tratado bien, sino por dedicación, esfuerzo y aprendizaje, y se deben imitar estas cosas admirándolas e intentando emularlas; en cambio, en las que se han cometido errores es necesario que la inteligencia inspeccione a causa de qué motivos y de dónde ha surgido la desviación.
 Pues, así como dice Jenofonte que los que administran la casa compran tanto a los amigos como a los enemigos, así también los oradores, no sólo cuando lo hacen rectamente sino también cuando cometen errores, proporcionan provecho a los que están pendientes de ellos y prestan atención a su discurso, pues también la simplicidad del pensamiento, la pobreza en la expresión, la forma vulgar, la inquietud con un deleite, falto de gusto hacia el elogio y otras cosas semejantes se nos hacen más evidentes en otros, cuando escuchamos, que en nosotros mismos, cuando hablamos. Por lo que es preciso trasladar el examen del que habla hacia nosotros mismos, observando atentamente por si cometemos algún error semejante sin darnos cuenta. Pues es lo más fácil del mundo reprochar al vecino, aunque sea sin provecho y sin fundamento, a no ser que nos lleve a una rectificación y vigilancia de errores semejantes. Y no debe uno vacilar, ante los que cometen errores, de aplicarse a sí mismo aquello de Platón: “¿Seré yo acaso igual que ellos?” pues, así como en los ojos de los más cercanos vemos que brillan los nuestros, así también en los discursos es preciso que los nuestros se reflejen en los de los demás, para que no despreciemos con demasiado atrevimiento a los otros y nos esforcemos en poner mayor cuidado al hablar nosotros.
 También es provechosa para esto la comparación, cuando, al quedarnos solos después de la audición y habiendo tomado alguna de las partes, que parece que no ha sido expresada de forma bella o conveniente, intentamos lo mismo y nos animamos a nosotros mismos, ensayando unas veces la manera de cómo subsanar un fallo, rectificar otras, decir lo mismo de manera diferente o reelaborar el tema desde el principio en otras ocasiones. Esto también lo hizo Platón con el discurso de Lisias. Pues el hacer objeciones a un discurso ya dicho no es difícil sino muy fácil; pero el oponer otro mejor es, ciertamente, laborioso.
 Igual que aquel lacedemonio, que habiendo oído que Filipo había destruido Olinto totalmente, dijo: “Pero él no hubiera sido capaz de levantar una ciudad semejante”. En efecto, cuando en una discusión sobre el mismo tema no nos diferenciamos claramente de los que ya han hablado, nos cuidamos mucho de despreciarlos, y, rápidamente, quedan rotas nuestra presunción y propia estima, refutadas con tales comparaciones.»

*Verso de autor desconocido, quizá de Empédocles.

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1992, en traducción de  C. Morales Otal y J. García López y revisada por R. M. ª Aguilar, pp. 102-105. ISBN: 978-84-2490-973-4.]

domingo, 19 de marzo de 2023

La experiencia de leer.- Clive Staples Lewis (1898-1963)


Biografía de C.S Lewis    «Ahora será oportuno hacer el siguiente resumen de la tesis que estoy tratando de exponer:
  1. Toda obra de arte puede ser “recibida” o “usada”. En el primer caso, la forma creada por el artista determina el comportamiento de nuestra sensibilidad, de nuestra imaginación y de otra serie de facultades. En el segundo, esa forma es un mero auxiliar para el ejercicio de nuestras propias actividades. Podríamos decir —usando una imagen anticuada— que lo primero es como hacer una excursión en bicicleta guiados por alguien que conoce caminos que nosotros aún no hemos explorado. Lo segundo, en cambio, es como añadir un pequeño motor a nuestra propia bicicleta para después recorrer uno de nuestros trayectos conocidos. En sí mismos, éstos pueden ser buenos, malos o indiferentes. Los “usos” que la mayoría hace del arte no son necesariamente vulgares, perversos o morbosos. Ésa es sólo una posibilidad. “Usar” las obras de arte es inferior a “recibirlas” porque al “usarlo” el arte no añade nada a nuestra vida y sólo se limita a proporcionarle brillo, asistencia, apoyo o alivio.
  2. Cuando se trata de la literatura, surge una complicación, porque «recibir» un texto siempre entraña, en cierto sentido, “usar” las palabras que lo integran, atravesarlas para llegar a algo imaginario que no es verbal. En este caso, por tanto, la distinción adopta una forma un poco diferente. Llamemos contenido a ese “algo imaginario”. El que “usa” la obra quiere usar ese contenido: como pasatiempo para los momentos de tedio o angustia, como mero ejercicio mental, como guía para construir castillos en el aire, o, quizá, como fuente de la que extraer “filosofías de vida”. En cambio, el que la “recibe” quiere detenerse en ese contenido, porque, al menos durante cierto tiempo, lo considera un fin en sí mismo. En este sentido, su relación con la obra podría compararse (hacia arriba) con la contemplación religiosa o (hacia abajo) con el juego.
  3. Sin embargo, paradójicamente, el que “usa” la obra nunca hace un uso pleno de las palabras, y, de hecho, prefiere las palabras que excluyen esa posibilidad. Le basta con captar el contenido en forma rápida y aproximativa, porque sólo le interesa usarlo para sus necesidades del momento. Si hay en las palabras elementos que invitan a considerarlas con mayor detenimiento, este tipo de lector los deja de lado; si, para entenderlas, es imprescindible detenerse a considerar esos elementos, simplemente es incapaz de seguir leyendo. Para él, las palabras son meros índices o postes indicadores. En cambio, cuando se lee correctamente un buen libro, las palabras, que, sin duda, indican, hacen algo mucho más sutil que lo que sugiere el término “indicar”: ejercen una coacción muy especial sobre las mentes deseosas, y capaces, de someterse a tan exquisita y fina exigencia. Por eso, cuando decimos que un estilo es “mágico” o “evocador” usamos una metáfora que no es sólo emotiva sino también idónea. Y por la misma razón tendemos a decir que las palabras poseen un “color”, un “sabor”, una “textura”, una “fragancia” o un “aroma”. Por eso, también, las grandes obras literarias parecen maltratadas cuando se les aplica la —inevitable— distinción entre palabras y contenido. Quisiéramos rechazar esa abstracción alegando que las palabras no son sólo el ropaje, ni del contenido siquiera la encarnación. Y no nos equivocamos. Es lo mismo que si intentásemos separar la forma y el color de una naranja. Sin embargo, a veces es necesario que hagamos esa separación con fines meramente analíticos.
  4. Como las “buenas” palabras son capaces de imponernos su voluntad y de guiarnos hacia los ámbitos más recónditos de la mente de un personaje —o de hacernos palpar la singularidad del Infierno de Dante, o la imagen de una isla para el ojo de los dioses— leer bien no es un mero placer adicional —si bien también puede serlo—, sino un aspecto del poder que las palabras ejercen sobre nosotros, y, por tanto, un aspecto de su significado.
  Esto vale, incluso, para la buena prosa, para la prosa eficaz. A pesar de su tono superficial y jactancioso, un prólogo de Bernard Shaw transmite una vitalidad tan jovial, tan atractiva y tan segura de sí misma que su lectura nos colma de placer; y ese sentimiento procede sobre todo del ritmo. Leer a Gibbon nos resulta tan estimulante por esa sensación de triunfo que, después de haber ordenado tantas miserias y grandezas, le permite contemplarlas con olímpica serenidad. Pues bien: son los períodos que escanden su prosa los que nos transmiten ese sentimiento. Son como viaductos que atravesamos a velocidad moderada y constante contemplando sin sobresaltos los valles risueños o impresionantes que se abren ante nosotros.
  Todas las actitudes típicas del mal lector podemos encontrarlas también en el bueno. Sin duda, también éste se emociona y siente curiosidad. Y lo mismo sucede con la dicha que también él es capaz de experimentar a través de los personajes. Desde luego, el buen lector nunca lee movido por ese único interés, pero, si la felicidad es un ingrediente legítimo de la historia, tampoco deja de compartirla. Cuando espera un final feliz no lo hace porque desee obtener ese placer, sino porque considera que, por diferentes razones, la obra misma lo requiere. (Las muertes y los desastres pueden ser tan notoriamente “artificiales” y disonantes como unas campanadas de boda).
  En cambio, el buen lector no persistirá demasiado en la fantasía egoísta. Sin embargo, sospecho que, sobre todo en la juventud o en otros períodos infelices, puede ser ella la que lo mueva a leer determinado libro. Se ha dicho que la atracción que Trollope o, incluso, Jane Austen ejercen sobre muchos lectores se debe a la riqueza con que supieron pintar el ocio de que gozaban por entonces los miembros de su clase —o de la clase que identifican con la suya—, a la sazón protegidos por una posición más próspera y estable. Quizá, a veces, suceda lo mismo con los libros de Henry James. En algunas de sus novelas, la vida que llevan los protagonistas resulta tan inaccesible para la mayoría de nosotros como la de las hadas o las mariposas; para ellos no existen obligaciones religiosas ni laborales, preocupaciones económicas, exigencias familiares o compromisos sociales. Sin embargo, eso sólo puede atraer al lector en un primer momento. Por importante e, incluso, obstinado que sea su propósito de valerse de autores como Trollope, Jane Austen o James para alimentar sus fantasías egoístas, el lector no tardará mucho en desalentarse.
  Al caracterizar estas dos maneras de leer he evitado deliberadamente el término “entretenimiento”. Aunque a veces aparezca reforzado con el adjetivo “mero”, sigue siendo demasiado ambiguo. Si designa el placer ligero y juguetón, entonces creo que eso es precisamente lo que nos proporcionan ciertas obras literarias como, por ejemplo, algunas frivolidades de Prior o de Marcial. Si se refiere a las cosas que “atrapan” al lector de novelas populares —el suspense, la emoción, etc.—, entonces yo diría que todo libro debería ser entretenido. Un buen libro será más entretenido, nunca menos. En este sentido, la capacidad de entretener al lector constituye una especie de prueba de calidad. Si una obra literaria no es capaz siquiera de brindar entretenimiento, no necesitamos seguir examinando sus méritos de mayor rango. Pero, desde luego, lo que “atrapa” a un lector puede no atrapar a otro. Allí donde el lector inteligente suspende la respiración, el corto de alcances podrá quejarse de que no sucede nada. De todos modos, espero que la mayoría de las connotaciones negativas que suele entrañar el término “entretenimiento” hayan quedado recogidas en mi clasificación.
La experiencia de leer (Trayectos Lecturas): Amazon.es: Lewis, C S ...  También me he abstenido de utilizar la expresión «lectura crítica» para describir el tipo de lectura que considero correcta. Salvo cuando se la utiliza elípticamente, esa expresión me parece muy engañosa. En un capítulo anterior he dicho que sólo podemos juzgar la pertinencia de una oración, e incluso de una palabra, por la función que cumple o deja de cumplir. El efecto siempre debe preceder al acto que lo juzga. Lo mismo vale para todo el libro. En el caso ideal, primero deberíamos leerlo, y después valorarlo. Lamentablemente, cuanto más tiempo llevamos ejerciendo una profesión literaria, o frecuentando los círculos literarios, menos respetamos esa norma. Quienes sí lo hacen, excelentemente, son los jóvenes. Cuando leen por primera vez una gran obra se sienten «aplastados». ¿Acaso la critican? ¡Por Dios, no! Lo que hacen es volver a leerla. Pueden demorarse mucho en formular el juicio: “Ésta debe de ser una gran obra”. Pero en etapas ulteriores no podemos dejar de juzgar a medida que leemos; esto se convierte en un hábito. No logramos crear el silencio interior, el vacío mental que requiere la recepción plena de la obra. Y mucho menos lo logramos cuando, al leer, sabemos que estamos obligados a formular un juicio; como cuando leemos un libro para escribir una reseña o cuando un amigo nos pasa un manuscrito porque quiere que le aconsejemos. Entonces el lápiz se pone a trabajar en el margen y las frases de censura o aprobación se forman por sí solas en nuestra mente.
  Por eso, dudo mucho de que la crítica sea un ejercicio adecuado para los lectores jóvenes. La reacción del alumno inteligente ante determinada obra se expresará de una manera mucho más natural a través de la parodia o la imitación. Si la condición necesaria de toda buena lectura consiste en «saber apartarnos del camino», es muy poco probable que logremos facilitar esa disposición en los jóvenes obligándolos a expresar continuamente sus opiniones. En este sentido, una de las cosas más perniciosas que puede hacer el profesor es incitarlos a abordar toda obra literaria con desconfianza. Sin duda, esa actitud será muy justificada. En un mundo lleno de sofistería y propaganda, queremos proteger a la nueva generación evitándole decepciones y precaviéndola contra el tipo de falsos sentimientos y de ideas confusas que con tanta frecuencia suele proponerle la palabra impresa. Pero, lamentablemente, el mismo hábito que le impide exponerse a la mala literatura puede impedirle todo contacto con la buena. El campesino “sagaz”, que llega a la ciudad demasiado aleccionado contra los cazadores de ingenuos, no siempre lo pasa precisamente bien; en realidad, después de haber rechazado muchas amistades genuinas, de haber desperdiciado muchas oportunidades reales y de haberse granjeado no poca antipatía, lo más probable es que caiga en las redes de algún pícaro que sepa alabar su «astucia». Lo mismo sucede en este caso. Ningún poema librará su secreto a un lector que penetre en él pensando que el poeta probablemente haya querido engañarle pero que en su caso no lo conseguirá. Si queremos obtener algo del poema, debemos correr ese riesgo. La mejor defensa contra la mala literatura es una experiencia plena de la buena; así como para protegerse de los bribones es mucho más eficaz intimar realmente con personas honradas que desconfiar en principio de todo el mundo.
  Desde luego, los muchachos sometidos a este entrenamiento capaz de atrofiar su sensibilidad, no acusan sus efectos condenando sin más todos los poemas que sus maestros les presentan. Determinada combinación de imágenes, rebelde a toda lógica e imposible de imaginar visualmente, merecerá sus elogios si la encuentran en Shakespeare, y su “denuncia” triunfal si la encuentran en Shelley. Pero esto se debe a que saben muy bien lo que se espera de ellos. Saben, por otro tipo de razones, que hay que elogiar a Shakespeare y condenar a Shelley. No responden correctamente porque su método les haya permitido descubrir la respuesta correcta, sino porque la conocían de antemano. No siempre es así; entonces, su respuesta reveladora puede encender en el maestro una tímida duda acerca de la eficacia del método.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2000, en traducción de Ricardo Pochtar, pp. 69-73. ISBN: 978-8484280378.]