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domingo, 3 de mayo de 2026

Obras escogidas.- Carl Spitteler (1845-1924)


 Narraciones breves
Lissele

 «Lissele descendía de una de aquellas familias aprensivas que consideraban el colmo de la cordura humana acertar a sacar el hilo negro de todas las cosas para mostrárselo mutuamente y comentarlo con toda prolijidad.
 Todas las noches, en cuanto el reloj sonaba, la señora del doctor Fixle gritaba estremecida:
 -¿Es posible que ya sean las ocho?
 Y su marido, que se estaba quedando dormido sobre el periódico, respondía sobresaltado:
 -¿Por qué no? O estás soñando o no estás en tus cabales.
 Cuando comprobaron en la esfera del reloj la hora con una rápida mirada, ambos quedaron un momento tan serios y sus rostros reflejaron tal solemnidad que la pequeña Lissele contuvo el aliento y no se atrevió a pronunciar ni una palabra, llena de timidez y respeto.
 Les traía a mal traer que los días menguaran tan desagradablemente en el otoño y que crecieran tan bruscamente en primavera. Los días de fiesta se convertían en días de duelo por arte filosófica de la señora del doctor. En navidades solía decir:
 -Ya no es lo mismo que hace veinte años; la Nochebuena no se goza más que cuando se es niño.
 Y con estas reflexiones se acercaban a la ventana para mirar fijamente a lo lejos, llenos de melancolía.
 La noche de San Silvestre lloraban al año viejo tanto como a una tía moribunda; en cambio, saludaban al venidero con voz de Casandra:
 -¡Quién sabe lo que nos traerá!
 Lo peor era el día del cumpleaños de Lissele. Tenía ésta la mala costumbre de envejecer un año en cada nuevo aniversario; fácil es comprender el espanto de los sorprendidos padres. Desde que Lissele alcanzaba a recordar, su cumpleaños había suscitado siempre este comentario:
 -¿Te das cuenta, Lissele, lo vieja que eres? ¡Cuatro años!
 Y lo decían con tal voz como si Lissele hubiera alcanzado el cenit, como si hubieran encanecido ya sus cabellos y como si sus dientes blanquísimos, que la Naturaleza acababa de regalarle, hubieran desaparecido para siempre. Al año siguiente, fueron, como es natural, "¡cinco años!", que suscitaron serias reflexiones. Pero estas advertencias no dieron fruto; Lissele, convencida también de la descortesía de su raudo envejecer, no fue nunca joven.
 Y así en todo lo demás. En las raras excursiones y viajes veraniegos que hacían, el matrimonio Fixle no dejaba una aldea ni un arroyo sin antes haberse despedido de ellos, con la triste sospecha de hacerlo por última vez. Y si Lissele replicaba sonriendo que no era tan terrible desgracia no volver a pisar en Echlettstadt o en Kolmar, pues otras muchas ciudades habría y más hermosas, la replicaban diciendo:
 -¡Ríe, ríe, Lissele! ¡No reirás así cuando sepas lo que es la vida!
 Cuando el recuerdo del pasado y de la caducidad de la existencia dominaba a los buenos ancianos, surgía continuamente en su charla la palabra "vida", con la que querían designar el impreciso terror que el futuro les producía. "Vida" era para ellos la hostilidad de los hombres, la adversidad de los acontecimientos, la perfidia del destino, los cuidados, las preocupaciones y muchas otras cosas indefinidas; sí, hasta la muerte era "vida" para ellos. Todo lo que aquella palabra encerraba en sí producía en Lissele un respeto alegórico hacia la "vida", personificándola en su fantasía en la figura de un maestro invisible con una palmeta metafísica en la mano, dispuesto a vapulear a los mayores, como un profesor de caligrafía a los niños.
 A pesar de todos estos suspiros y lamentos y a pesar del vertiginoso envejecer de un cumpleaños a otro, Lissele estaba cada vez más fresca y hermosa y llegó a convertirse al fin en una señorita encantadora, cuyos graciosos hoyuelos en las mejillas inspiraron multitud de poemas a los señores oficiales, a los jóvenes empleados y a los dependientes de comercio; mas todo fue en vano, pues Lissele, como muchacha bien educada, entregaba todos aquellos mensajes incendiarios a su mamá sin leerlos, y ésta los conservaba muy bien guardados, como futuro arco de triunfo para el día de la boda.
 Cuando los homenajes amorosos crecieron en número, fue convocado un gran consejo de familia, cuyo acuerdo final consistió en que un primo de Lissele, el joven doctor Wäjele, de Strassburg, viniera a residir al pueblo del doctor Fixle, le atendiera la clientela de los caseríos y se sentara a la mesa con él tres veces por semana; la lengua de las gentes hizo lo demás y, antes de que el doctor Wäjele se percatara de ello, se vio hecho novio.
 Ahora, naturalmente, empezó a oír tantas advertencias sobre Lissele como elogios le hicieran antes de ella; debía reflexionar mucho sobre el particular; Lissele era un poco dominante y, si no andaba con cuidado, tendría que estar sumiso al padre y a la hija. Pero él no hacía mucho caso de aquellas admoniciones, pues los hoyitos risueños de sus mejillas decían todo lo contrario.
 Mas una mañana, estando escribiendo una receta en el despacho del viejo doctor, entró Lissele inopinadamente, se puso frente a él, le miró un momento con los tristes ojos muy abiertos en los que espejeaban las lágrimas, susurrando al fin:
 -¿Crees que seré una mala mujer para ti?
 Un beso fue la respuesta y, desde aquel momento, se amaron entrañablemente.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Promoción y Ediciones Club Internacional del Libro, 1990, pp. 237-239. ISBN: 84-7461-144-X.]

domingo, 23 de marzo de 2025

La Regenta.- Leopoldo Alas , "Clarín" (1852-1901)

 

Capítulo VIII

 «La excelentísima señora doña Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana, se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete. La gran chimenea tenía lumbre desde octubre a mayo. De noche iba al teatro doña Rufina siempre que había función, aunque nevase o cayeran rayos; para eso tenía carruajes. Si no había teatro, y era esto muy frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete, donde recibía a los amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía los periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas. Sólo intervenía en la conversación para hacer alguna advertencia del género de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas breves interrupciones, doña Rufina demostraba un gran conocimiento del mundo y un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no había más pecado mortal que la hipocresía; y llamaba hipócritas a todos los que no dejaban traslucir aficiones eróticas que podían no tener. Pero esto no lo admitía ella. Cuando alguno salía garante de una virtud, la marquesa, sin separar los ojos de sus caricaturas, movía la cabeza de un lado a otro y murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase negaciones. A veces pronunciaba claramente:
 -A mí con ésas... que soy tambor de marina.
 No era tambor, pero quería dar a entender que había sido más fiel a las costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas históricas solían referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis XIV. 
 En tanto, el salón amarillo estaba en una discreta oscuridad, si había pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encendía una lámpara de cristal tallado, colgada en medio del salón. Estaba a bastante altura; sólo podía llegar a la llave del gas Mesía, el mejor mozo. Los demás se quejaban. Era una injusticia.
 -¿Para qué poner tan alta la lámpara? -decían algunos un tanto ofendidos.
 Doña Rufina se encogía de hombros.
 -Cosas de ése -respondía, aludiendo a su marido.
 No era muy escrupuloso el marqués en materia de moral privada; pero una noche había entrado palpando las paredes para atravesar el salón, y al llegar al gabinete, una puerta estaba entornada; su mano tropezó con una nariz en las tinieblas, oyó un grito de mujer -estaba seguro-,  y sintió ruido de sillas y pasos apagados en la alfombra. Calló por discreción, pero ordenó a los criados que colocaran más alta la lámpara. Así nadie podría quitarle luz ni apagarla. Pero resultó una desigualdad irritante, porque Mesía, poniéndose de puntillas, llegaba a la llave del gas.
 De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola se habían casado, y vivían en Madrid; Emma, la segunda, había muerto tísica. Aquella escasa vigilancia a que la marquesa se creía obligada cuando sus hijas vivían con ella había desaparecido. Era el único consuelo de tanta soledad. En tiempo de ferias, doña Rufina hacía venir a alguna sobrina de las muchas que tenía por los pueblos de la provincia. Aquellas lugareñas linajudas esperaban con ansia la época de las ferias, cuando les tocaba el turno de ir a Vetusta. Desde niñas se acostumbraban a mirar como temporada de excepcional placer la que se pasaba con la tía, en medio de lo mejorcito de la capital. Algunos padres timoratos oponían argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al marqués, pero al fin la vanidad triunfaba, y siempre tenía su sobrina en ferias la señora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los aposentos de las hijas ausentes; el de Emma no volvió a ser habitado, pero se entraba en él cuando hacía falta.
 Las muchachas animaban por algunas semanas con el ruido de mejores días aquellas salas y pasillos, alcobas y gabinetes, demasiado grandes y tristes cuando estaban desiertos. De noche, sin embargo, no faltaba algazara en el piso principal, hubiera sobrinas o no. En el segundo, de día y de noche, había aventuras, pero silenciosas. Un personaje de ellas siempre era Paquito. Cuando estaba sereno, juraba que no había cosa peor que perseguir a la servidumbre femenina en la propia casa; pero no podía dominarse. Videor meliore, le decía don Saturno, sin que Paco lo entendiese. En la tertulia de la marquesa, con sobrinas o sin ellas, predominaba la juventud. Las muchachas de las familias más distinguidas iban muy a menudo a hacer compañía a la pobre señora que se había quedado sin sus tres hijas. Previamente se daba cita al novio respectivo, y cuando no, esperaban los acontecimientos. Allí se improvisaban los noviazgos, y del salón amarillo habían salido muchos matrimonios in extremis, como decía Paquito, creyendo que in extremis significaba una cosa muy divertida. Pero lo que salía más veces era asunto para la crónica escandalosa. Se respetaba la casa del marqués, pero se despellejaba a los tertulios. Se contaba cualquier aventurilla y se añadía casi siempre:
 -Lo más odioso es que esas... tales hayan escogido para sus... cuales una casa tan respetable, tan digna.
 Los liberales avanzados, los que no se andaban con paños calientes, sostenían que la casa era lo peor.
 Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa donde había tantas aventuras.
 Aunque algo se habían relajado las costumbres y ya no era un círculo tan estrecho como en el tiempo de doña Anuncia y doña Águeda (q.e.p.d.) el de la clase, aún no era para todos el entrar en la tertulia de confianza de Vegallana. Los mismos tertulios procuraban cerrar las puertas, porque se daban tono así y además no les convenían testigos. "Estamos mejor en petit comité". El espíritu de tolerancia de la marquesa había contagiado a sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual a su asunto. Como el ama de la casa autorizaba sobradamente la tertulia, las madres, que nada esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a las niñas solas. Además, nunca faltaban casadas todavía ganosas de cuidar la honra de sus retoños o de divertirse por cuenta propia. ¿Y quién duda que éstas se harían respetar? Allí estaba Visitación, por ejemplo. Algunas madres había que no pasaban por esto; pero eran las ridículas, así como los maridos seguían una conducta análoga. Algún canónigo solía dar mayores garantías de moralidad con su presencia, aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el canónigo paraba allí mucho tiempo. [...]
 La marquesa sabía que en su casa se enamoraban los jóvenes un poco a lo vivo.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Sarpe, 1984, pp. 151-153. ISBN: 84-7291-675-8.] 

domingo, 1 de diciembre de 2024

La tía Tula.- Miguel de Unamuno (1864-1936)

 

VII

 «Ahora, ahora que se había quedado viudo, era cuando Ramiro sentía todo lo que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de sus consuelos, el mayor, era recogerse en aquella alcoba en que tanto habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio.
 Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma. Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios, sino a medir sus palabras.
 Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era éste tan sencillo, tan transparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado ni recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y extendía ésta en gesto de oferta y con las entrañas espirituales al aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol de que aquél era el manantial cerrado.
 [...]
 ¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la perseguía él por la casa toda, fingiendo un triunfo para cobrar como botín besos largos y apretados, boca a boca; aquel cogerle la cara con ambas manos y estarse en silencio mirándole el alma por los ojos y, sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella, ciñéndole con los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón, le decía: "¡Calla, déjale que hable!"
 Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos de luto a que asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: "Sois unos chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no es ésta la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se instituyó para casar, dar gracias a los casados y que críen hijos para el cielo".
 ¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó un mes y otro y algunos más y al no notar señal ni indicio de que hubiese fructificado aquel amor, "¿tendría razón -decíase entonces- Gertrudis? ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido y mujer, y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto de la bendición del amor justo?" Pero lo que más le molestaba entonces, recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso hubiese quien le creyera a él, por no haber podido hacer hijos, menos hombre que otros. ¿Por qué no había de hacer él, y mejor, lo que cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Heríale en su amor propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de tener hijos o no tenerlos debía depender -decíase entonces- de la mayor o menor fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por conveniencias de fortuna y ventura, que se cargan de críos. Pero -y esto sí que lo recordaba bien ahora- para explicárselo había fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y juntos, amor fecundo siempre. ¿No querría él lo bastante a Rosa o no le querría lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora cómo había tratado de descifrar el misterio mientras la envolvía en besos, a solas, en el silencio y oscuridad de la noche, y susurrándola, una y otra vez al oído, en letanía, un rosario de "¿me quieres, me quieres, Rosa?", mientras a ella se le escapaban los síes desfallecidos. Aquello fue una locura, una necia locura, de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando le fue anunciado el hijo. Fue un transporte loco..., ¡había vencido! Y entonces fue cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.
  El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritores amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor -decíase Ramiro ahora- sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oración no es tanto algo que haya que cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recogido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente, con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser el comer, y el beber, y el pasearse, y el jugar, y el leer, y el escribir, y el conversar y hasta el dormir, y el rezo todo, y nuestra vida un continuo y mudo "hágase tu voluntad" y un incesante "¡venga a nos el tu reino!", no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fue, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fue como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío del amor pasado y vivido.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1969, pp. 52-55. Depósito legal: M-8.545-1969.]

domingo, 15 de octubre de 2023

La piqueta.- Antonio Ferres (1924-2020)


Gadir Editorial - Antonio Ferres
Segunda parte

VI

  «Faltan cinco días. El tiempo se escurre, como cuando los chicos bajan por una cucaña.
  Faltan cuatro días.
  Faltan tres días.
  Andrés no podía quitárselo de la cabeza: faltaban sólo tres días. Sin embargo, hacía apenas un par de ellos le parecía que empezaba a ver las cosas con ojos distintos. Era ya viernes. Llegó del trabajo, dejó la tartera vacía sobre la mesa, como hacía siempre, y se sentó en una silla de la cocina sin decir palabra. Parecía una sombra, un ser que no contase para nada. Aunque hacía calor, se quedó sentado en la silla de la cocina, en el extremo más oscuro de la habitación, mirando, desde allí, las pavesas que saltaban de la lumbre de carbón vegetal. Se decía para sus adentros:
  “Que me aspen si no es una puñetera vida. Te pones a dar patás cuando tiés uso de razón, o antes, sabe Dios, y ahora estoy cansao, me empieza el cansancio en las plantas y me sube por las cañas de los huesos; pero no es esto lo malo, el caso es que te metes a ensoñar o a dar güeltas por el magín a lo que has pasao en este pajolero mundo pa verte asín. Porque voy y llego a un pueblo mejor que onde mi madre me parió, y caigo bien, y te ajustan una temporá, aunque saquen las túrdigas y tengas que echar puntos en boca, y le llamas en la ventana a una mujer, aunque el buey solo bien se lame, pero lo que pasa es que te la llevas contigo, a lo mejor por no cantar la gallina, y mientras la esperas te la figuras siempre pasándolo bien, en pelota o retozando y descansado en la casa, pero no te figuras que te vas haciendo viejo y que toas las cosas se van haciendo viejas, ni te maginas que tiés que robar aceitunas pa ir viviendo, ni te vas a llenar de nenes que te piden pan. Toas las noches piensas lo mesmo, pero te llenas de nenes, y te pones a mirarte en ellos, porque no te conformas con que sean cémilas, como toa tu casta, ni sepan dar más que un jornal o ponerse a quitarle mocos a los señoritos. Y alguien te endica que en las capitales, en los Madriles se vive mejor y que no hay paraos, ni tiés que mendigar y lamer culos pa sacarte una peoná. Y te vienes. (Los chicos no jacian más que mirarme los trenes y preguntarme por qué eran tan altísimas las casas). Y nos vinimos a los Madriles”.
  Andrés sonreía, sonreía él solo, mientras seguía pensando:
  “Venga de poner piedras y ladrillos y hasta hacer la casa. Ni siquiera nos plantan una multa, aunque algún cenizo dice que van a tirar abajo las casillas, porque en to los laos hay cenizos y pájaros de mal agüero, pero resulta que ha salío en los papeles diciendo que no quieren más gente y ahora pasa que vas a tener que coger los bártulos y largarte con la música a otra parte, y te dicen que por ahí te pudras como un perro”.
  María cruzó delante de su marido, por en medio de la cocina, y dio una vuelta al puchero. Metió la cuchara y sacó a lo alto los garbanzos amarillos y pequeños que ya casi estaban blandos, con el piquillo abierto. Olía bien, como a huesos rancios y azafrán. Pensó que los chicos tendrían hambre y que iba a machacar los garbanzos con un poco de caldo.
  —¡Santorrostro! Mi Andresillo, el pobre, que es bonico como un San Luis, y mi Mario, tan chiquito, que se los vaya a tener que llevar la mujer de Joaquín, y no es porque ella sea guarra, que no es, pero si tié que preocuparse más de alguno, será de los suyos, si falta un cacho de pan… Y los chicos, separaos de una, le van a perder el cariño. Y lo que más siento es por mi Maruja, que es una alhaja, que no quiero que se la deshonre ningún hijo de mala madre, sino un mozo como Dios manda, y no quiero que se vea tirá por ahí sin casa, como una zorra, que es sanita como una manzana, que hasta el Paco, el que hacía de praticante en el pueblo, cuando tuvo que ponerla las indeciones para la pulmonía, dijo que era la carne más bonica del mundo y eso que la chica no había cumplío los trece. Y a mí se me arruga el corazón con to. Y cuando oigo lloriquear a los chicos, ya creo que se los están llevando, pa no verlos más. Y me gustaría hablar con ese mozo que platica con mi Maruja, que ojalai que sea bueno, y decirle que me la respete como a la madre que le parió, que toas las mujeres somos unas pobres que no podemos ni tenerle cariño a un hombre, ni que sea un santo varón. Y seguro que me iba a echar a llorar, aunque una paezca una fiera, pues es que una no quiere ver que se deshaga to y que se lo lleve el diablo, como cuando sopla la ventisca en una era.
  Maruja estaba cosiendo y levantó varias veces la cabeza, cuando vio a su madre trajinar, a su madre, que movía el puchero, mecánicamente. Hizo Maruja, por dos veces, intención de levantarse de la silla que había entre la puerta y la mesa, entre el candil encendido que estaba en la mesa y la escasa luz que entraba del campo. Ya no veía para coser.
  Se levantó, por fin, y se dirigió a su madre, que seguía en lo hondo de la cocina.
  —¿Va a estar la cena?
  —Sí —respondió la madre—. Hoy no has salío con ese chico.
  —No.
  —¿Os pasa algo?
  —No.
  Maruja dejó la costura sobre su regazo y volvió a sentarse. Le daba el reflejo del candil en la cara. Se puso a pensar:
  “Mañana seguro que viene, tiene que decidirse a hablar con mi padre. El lunes va y me dice el Luis que va a hablar con mi padre, que en cuanto tiren la chabola va a llevarme con él a su casa, pero como se pasa solo, casi siempre, porque su tía está sirviendo con unos señoritos por ese barrio que llaman de Salamanca, dice el Luis que es capaz de llevarse a su casa a la niña de otra tía suya que vive también por Lavapiés, para que duerma conmigo y que él echará una manta al suelo, mismamente. Y yo no dije nada y me callé, aunque conozco a mi padre, que mi madre dice es como moro. Pero, sí, a lo mejor me voy con Luis y se echa con una manta al suelo, ahora que no hace frío, pero cuando llegue el otoño, agarra un enfriamiento el pobrecillo, como la pulmonía que yo tuve en el pueblo, cuando la aceituna. No sé de qué forma vamos a salir, porque las mujeres deben casarse como está mandao; pero tan pronto me dice el Luis que sí, como está relatando lo de que tiene que hacer la mili y buscarse algo más seguro de sueldo, ganar dineros para alquilar una habitación con derecho a cocina o ponernos a turno pa una casa de esas de los curas o del Sindicato, una casa de portal; porque es de Madrí y tos los de aquí son un poco señoringos, pero son mejores que los mozos del pueblo, que allí las mujeres cuando se casan no salen de la cocina, ni van a beber una caña ni un vermú a la taberna y están hechas unas esclavas y se cargan de hijos que no sé cómo se las arreglan… Pero Luis venga a darle vueltas y no se decide a decirle a papa que tampoco es pa tanto, aunque a mí me da más vergüenza que a él. Y hasta le he dicho que si quiere que ya no somos novios”.
  Maruja se alegró de que estuvieran tan a oscuras. Se pasó la mano por la cara, por los ojos y se sorbió la nariz.
LA PIQUETA | ANTONIO FERRES | Comprar libro 9788494201868  “Me da más pena el pensar que ya no seamos novios y que voy a estar acordándome siempre de este campo, porque no sé qué cosa me da cuando veo la fuente y la senda y el prao, que se ha puesto amarillo del calor, y se me echan los ojos a llorar. Y no me voy a poner novia más con ningún chico. Y no sé lo que me va a pasar”.
 Maruja se salió un poco a la puerta, para que le diera el aire. Quería que el día se pasara deprisa, acostarse pronto y esperar a mañana. Se figuraba que el sábado vendría Luis. “Mañana quedarán ya sólo dos días”. Los chiquillos estaban delante de la chabola, sentados en el suelo, jugando con una madera.
  —Mama dice que en seguida va a estar el cocío —dijo la muchacha—. No iros por ahí.
  —Estamos haciendo un patín —dijo Andresillo—. Pa juegar a los indios.
  Estaba raspando el trozo de madera con una piedra de filo. Ras, ras, ras. Le daba vueltas en su cabeza a sus cosas.
  “El Pepe dice que los indios de las películas son mentira. El Manolo no quié dejarme la rueda de rozamiento, dice que nos van a echar de la casa como a los gitanos porque somos paletos, y le quié pegar al hermano, pero como le sacuda a mi Mario, le voy a hacer pedrea, le vamos a hacer una pedrea y le vamos a ganar. Y mi papa me va a hacer una cometa pa que cuando suba por to el aire, se chinchen, porque mi papa sí sabe hacer cometas que suben alto como los aeroplanos y su papa es de Madrí y los de Madrí no saben hacer cometas».
  Mario, el pequeño, miraba a su hermano, a la madera que el otro iba desgastando poco a poco. Ras, ras. Iba haciendo montones de arena.
  “El hermano me va hacé un patín. Yo soy un campeón. Le pego más patás a la pelota que el Fernando, el de la pipera, y le meto gol. En el cine se ven los hombres muertos, y el mar, que es mucha agua, y los hombres que se montan en los caballos. Tengo que trabajar como pa, pa, pa ganar dineros y comprar un patín mejor que los de ruedas de rodamiento. Yo también sé trabajar, sé pegar golpes a una madera con una piedra».

   VII

  Se escapaba la semana. Luis no sabía qué iba a pasar cuando llegaran los de la piqueta. Quedaban escasamente tres días, y él no había visto a Maruja y no sabía nada. Era viernes. En el campo, detrás de la ciudad, estaban los umbrales de otra vida. Luis se daba cuenta de esto y se encontraba lleno de inquietud.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gadir, 2014, pp. 73-76. ISBN: 978-84-94201-86-8.]

domingo, 14 de febrero de 2021

Némesis.- Agatha Christie (1890-1976)

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Capítulo XVIII: El archidiácono Brabazon

 «-¿Puede usted decirme por qué no se casaron? Por favor, no me tome por una entrometida. No es la curiosidad lo que me mueve. Yo también tengo un propósito definido, aunque lo mío no es un peregrinaje sino una misión. Yo también quiero saber por qué no se casaron Michael Rafiel y Verity Hunt.
 El archidiácono miró  a su interlocutora con una expresión pensativa.
 -Veo que está usted involucrada en este asunto, aunque no sé sus razones.
 -Estoy involucrada por expreso deseo del padre de Michael Rafiel. Antes de morir me pidió que lo hiciera.
 -No hay ningún motivo que me impida decirle lo que sé –manifestó el archidiácono-. Usted me pregunta lo mismo que me hubiera preguntado Elizabeth Temple, me pregunta algo que no sé. Aquellos dos jóvenes, miss Marple, querían casarse. Habían hecho los preparativos para la boda. Yo oficiaría la ceremonia. Era una boda, por lo que entendí, que debía mantenerse en secreto. Conocía a los dos jóvenes. Conocía a mi querida Verity desde que era una niña. Yo la preparé para la confirmación. Yo oficiaba las misas de Cuaresma, la Pascua y, en ciertas ocasiones en el colegio de Elizabeth Temple. Era un colegio excelente y ella una mujer extraordinaria, una maestra única en su clase, con una gran capacidad para valorar la capacidad de sus alumnas, para saber cuál era su vocación. Aconsejaba que estudiaran una carrera a aquéllas que disfrutarían haciéndolo y no obligaba a aquéllas que no sacarían ningún provecho.
 Era una gran mujer y una gran amiga. Verity era una niña, mejor dicho muchacha, de las más bellas que he conocido a lo largo de mi vida. Hermosa de mente y de corazón, además de la belleza física. Tuvo la gran desgracia de perder a sus padres antes de llegar a la edad adulta. Ambos murieron en un accidente de avión cuando volaban hacia España. Cuando acabó el colegio, Verity se fue a vivir con miss Clotilde Bradbury-Scott, a la que sin duda usted conoce, ya que vive aquí. Era amiga íntima de la madre de Verity. Eran tres hermanas, aunque la mediana estaba casada y vivía en el extranjero, o sea que sólo dos vivían aquí.
 Clotilde, la hermana mayor, quería muchísimo a Verity. Hizo todo lo posible por darle una vida feliz. La llevaba al extranjero, le pagó los estudios de arte en Italia y se ocupó de ella con un gran cariño en todos los sentidos. Verity llegó a quererla como si fuera su verdadera madre. Dependía de Clotilde, que era una intelectual y muy culta. No insistió en que Verity estudiara una carrera, pero eso sólo porque Verity no quería estudiar ninguna. Prefería estudiar arte, música y cosas por el estilo. Vivía aquí, en la casona, y creo que tuvo una vida muy feliz. Por lo menos, parecía serlo. Naturalmente, no la volví a ver cuando se trasladó aquí, porque Fillminister, donde yo era párroco de la catedral, está a unas sesenta millas de aquí. Le escribía por Navidad y por las fiestas, y ella siempre me recordaba enviándome una felicitación. Pero no supe nada más de ella, hasta que un buen día apareció sin más, convertida en una hermosa mujer, en compañía de un joven muy atractivo a quien yo conocía, el hijo de Mr. Rafiel, Michael. Vinieron a verme porque estaban enamorados y querían casarse.
 -¿Accedió usted a la petición?
 -Sí, lo hice. Quizá crea usted, miss Marple, que no debí acceder a la petición. Era obvio que había venido a verme en secreto. Me imaginé que Clotilde Bradbury-Scott había intentado impedir el romance entre ellos. Estaba en todo su derecho. Michael Rafiel, y se lo digo con toda franqueza, no era el marido que nadie querría para una hija o un familiar. Ella, en realidad, era muy joven para tomar una decisión y Michael siempre había causado problemas desde muy joven. Había tenido que presentarse ante el tribunal de menores, tenía amigos delincuentes, había participado en actividades del crimen organizado, había saqueado edificios y cabinas de teléfono. Había mantenido relaciones íntimas con varias muchachas y debía pagar varias pensiones de paternidad. Sí, era un demonio en cuestión de mujeres, pero era muy guapo y atractivo. Las muchachas se enamoraban de él y se comportaban como verdaderas tontas. También había estado en la cárcel en dos ocasiones. A pesar de su juventud, tenía un largo historial delictivo. Yo conocía a su padre, y creo que él hizo todo lo posible, todo lo que podía hacer un hombre de su carácter para ayudar a un hijo. Acudió en su ayuda, le consiguió trabajos en los que podría haber destacado, pagó sus deudas, pagó los daños. Hizo todo eso, pero no sé si…
  -¿Cree usted que podría haber hecho más?
 -No. He llegado a una edad en la que sé que debemos aceptar a los seres humanos tal como son. No creo que Mr. Rafiel sintiera afecto por su hijo, al menos un afecto normal entre padre e hijo. Digamos que, como mucho, lo apreciaba. En ningún momento le dio el amor de un padre. Tampoco sé si las cosas hubieran sido de otro modo si se lo hubiese dado. Quizá no hubiera representado ninguna diferencia. La situación era penosa. El muchacho no era un estúpido. Tenía inteligencia y talento. Podría haber triunfado de habérselo propuesto, pero su naturaleza le empujaba a ser un delincuente.
Resultado de imagen de némesis rba Tenía algunas cualidades que sería injusto negarle. Tenía sentido del humor, era generoso y amable. Era capaz de echar una mano a un amigo, siempre dispuesto a ayudarle a salir de un apuro. En cambio, trataba muy mal a sus amigas, las ponía en una situación comprometida y después las abandonaba para irse con alguna otra chica. Así que me enfrenté a aquellos dos y acepté casarlos. Le expliqué a Verity, le expliqué sin pelos en la lengua, cómo era el muchacho con el que quería casarse. Descubrí que él no había intentado engañarla. Se lo había contado todo. Sus problemas con la policía y su comportamiento con las otras chicas. Le había prometido que el matrimonio sería el punto de partida de una nueva vida, que estaba dispuesto a pasar página y a cambiar. Le advertí a Verity que eso no pasaría, que las personas no cambian, que sólo tienen la intención de hacerlo. Creo que Verity lo sabía tan  bien como yo. Admitió que lo sabía. Me dijo: “Sé cómo es Michael. Sé que siempre será como ahora, pero le quiero. Quizá pueda ayudarle o quizá no, pero debo correr el riesgo”.
 Le diré una cosa, miss Marple. He casado a muchos jóvenes, he visto hundirse sus matrimonios, pero también he visto muchos que han salido adelante. Sé cuándo una pareja está enamorada de verdad. Y no me refiero sólo a sentirse atraídos sexualmente. Hoy se habla mucho del sexo, se le presta demasiada atención. No quiero decir que haya nada malo en el sexo, eso es una tontería, pero el sexo no puede reemplazar el amor; lo acompaña, pero no puede triunfar en solitario. Amar significa cumplir los votos matrimoniales para bien o para mal, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Ésos son los compromisos que asumes cuando estás enamorado y te casas. Aquellos dos se querían hasta que la muerte los separara. Aquí termina mi relato –afirmó el archidiácono-. No puedo seguir porque no sé lo que ocurrió. Sólo sé que acepté hacer lo que me pedían, que hice todos los preparativos. Fijamos un día, la hora y el lugar. Creo que sólo se me puede reprochar haber aceptado mantenerlo en secreto.
 -¿No querían que nadie lo supiera?
 -No. Verity no quería que nadie se enterara y estoy seguro de que Michael compartía el mismo deseo. Tenían miedo de que alguien se interpusiera. Creo que en el caso de Verity, además del amor, había un deseo de libertad, algo muy natural si consideramos las circunstancias de su vida. Había perdido a sus padres, había entrado en una nueva etapa de su vida, después de la muerte de éstos, a una edad en que las colegialas sienten afecto extraordinario por una persona determinada. Es un estado que no dura mucho y es una parte natural de la vida. A partir de entonces, pasas a una nueva etapa donde te das cuenta de que lo quieres en la vida es algo que te complemente: una relación entre un hombre y una mujer. Empiezas a buscar pareja, la que quieres para toda la vida. Si eres prudente, te tomas tu tiempo, tienes amigos, pero continúas esperando, como les decían las viejas niñeras a sus pupilas, que aparezca Mr. Perfecto. Clotilde Bradbury-Scott era muy buena con Verity y creo que ella la tenía en un pedestal. Tenía mucha personalidad. Era una persona inteligente, capacitada, interesante. Creo que Verity la quería de una manera casi romántica y que Clotilde llegó a quererla como si fuese su hija.
 Por lo tanto, podemos decir que Verity llegó a la madurez como una persona muy querida, que llevaba una vida interesante con estudios cuidadosamente elegidos para estimular su intelecto. Llevaba una vida feliz, pero creo que poco a poco fue consciente, aunque sin saberlo, de que necesitaba escapar para sentirse libre. Quería escapar, aunque no tenía claro el porqué o dónde. Pero lo supo después de conocer a Michael. Quería ser libre para disfrutar de una vida en la que el hombre y la mujer se unen para dar un nuevo paso en este mundo.
 Pero, al mismo tiempo, sabía que era imposible hacerle comprender sus sentimientos a Clotilde. Era consciente de que Clotilde se opondría tenazmente a toma en serio el amor que sentía por Michael. En cuanto a Clotilde, mucho me temo que tenía razón. Ahora lo comprendo. Michael no era el marido que Verity se merecía. El camino que deseaba emprender no la llevaría a una vida plena de felicidad y alegría, sino al dolor, a la desesperación y a la muerte. Verá, miss Marple, tengo un terrible sentimiento de culpa. Mis intenciones eran buenas, pero no comprendía algo que debería haber tenido muy claro.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial RBA, 2008, en traducción de Alberto Coscarelli, pp. 163-167. ISBN: 84-473-5662-1.]
 

viernes, 23 de octubre de 2020

Maribel y la extraña familia.- Miguel Mihura (1905-1977)

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Acto primero

 «Doña Paula: Les he hecho oír el precioso disco de Elvis Presley, y no sabes los elogios tan entusiastas que me han hecho de él. Todo lo que te diga es poco...
 Doña Matilde: Me alegro mucho de que les haya agradado.
 Doña Paula: Y por cierto, ¿dónde has ido a comprarlo, mi querida Matilde?
 Doña Matilde: Pues he ido a comprarlo a una tienda de la calle Fuencarral.
 Doña Paula: (Asombrada.) ¡No me digas! ¿Pero has ido hasta la calle de Fuencarral?
 Doña Matilde: Pero si vivimos en la calle de Hortaleza, mujer...
 Doña Paula: De todos modos has tenido que cruzar de acera a acera... ¡Pero qué horror, Matilde! ¡No debes hacer esas locuras! (Al matrimonio.) Yo vivo hace sesenta años en esta misma casa de la calle de Hortaleza y nunca me he atrevido a llegar hasta la calle de Fuencarral... ¡Y eso que me han hablado tanto de ella! (A doña Matilde.) ¿Cuál de las dos es más bonita? Cuéntame, cuéntame...
 Doña Matilde: Son dos estilos diferentes. No pueden compararse.
 Doña Paula: ¿Pero tiene árboles? ¿Estatuas? ¿Monumentos?
 Doña Matilde: Si he de decirte la verdad, no me he fijado bien. Sólo crucé la calle, entré en la tienda, compré a Elvis Presley y me volví a casa... Pero, a mi juicio, es más estrechita...
 Doña Paula: ¿Cuál de las dos? ¿Ésta o aquélla?
 Doña Matilde: De eso precisamente es de lo que no me acuerdo yo muy bien...
 Doña Paula: ¡Ah! Siendo así no he perdido nada con no verla... (Al matrimonio que sigue picando de las chocolatinas.) ¿Y les gustan a ustedes las chocolatinas? Son de la fábrica de mi hermana...
 Doña Matilde: Mi marido al morir me dejó la fábrica, y mi hijo ahora está al frente de ella. ¡Ah! Las famosas chocolatinas "Terrón e Hijo". Producimos poco, pero en calidad nadie nos aventaja... Ustedes mismos habrán comprobado que son verdaderamente exquisitas...
 Doña Paula: La fábrica está emplazada en un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca, a ciento y pico kilómetros de Madrid, y junto a la fábrica, en un chalet, vive mi hermana con su hijo, que a la vez es mi sobrino, y a quien también quiero bastante... Un chico verdaderamente encantador: fino, agradable, educado y amante del trabajo. Para él sólo existe su fábrica y su mamá. Su mamá y sus chocolatinas... Y ésta es toda su vida.
 Doña Matilde: Y ahora nos hemos venido a pasar una temporada aquí, a casa de mi hermana Paula, para ver si el chico encuentra novia en Madrid y por fin se casa. Porque allí, en aquella provincia, es decir, en el pueblo donde tenemos la fábrica y donde vivimos, figúrense qué clase de palurdas se pueden encontrar... Chicas anticuadas en todos los aspectos, tanto física como moralmente...
 Doña Paula: Y ya conocen ustedes nuestras ideas avanzadas. Nada de muchachas anticuadas y llenas de prejuicios, como éramos nosotras... ¡Qué horror de juventud la nuestra! Porque si yo no he salido a la calle hace sesenta años, desde que me quedé viuda, no ha sido por capricho, sino porque me daba vergüenza que me vieran todos los vecinos que estaban asomados a los balcones para criticar a las que salían...
 Doña Matilde: ¡Qué época aquella en que todo lo criticaban! ¡El sombrero, el corsé, los guantes, los zapatos!
 Doña Paula: Había un sastre en un mirador, siempre observando con un gesto soez, que me llenaba de rubor... Y después empezaron los tranvías y los automóviles, y ya me dio miedo que me atropellaran, y no salí. Y aquí lo paso tan ricamente, escuchando música de baile y escribiendo a los actores de cine de Norteamérica para que me manden autógrafos.
 Doña Matilde: Por eso, para mi hijo, yo quiero una muchacha moderna, desenvuelta, alegre y simpática que llene de alegría la fábrica de chocolatinas.
 Doña Paula: Una muchacha de las de ahora. Empleada, mecanógrafa, enfermera, hija de familia, no importa lo que sea... Rica o pobre, es igual...
 Doña Matilde: El caso es que pertenezca a esta generación maravillosa... Que tenga libertad e iniciativas...
 Doña Paula: Porque mi sobrino es tan triste, tan apocado, tan poquita cosa... Un provinciano, ésa es la palabra...
 Doña Matilde: Es como un niño, figúrense. Siempre sin separarse de mis faldas...
 Doña Paula: Pero por lo visto ya ha encontrado la pareja ideal.
 Doña Matilde: Y él solito, no crean.
 Doña Paula: Como yo no tengo relaciones sociales, porque las viejas me chinchan y las jóvenes se aburren conmigo, no he podido presentarle a nadie. Pero el niño se ha ambientado en seguida y parece ser que ha conocido a una señorita monísima, muy moderna y muy fina, y a lo mejor la trae esta tarde para presentárnosla.
 Doña Matilde: ¡Y tenemos tanta ilusión por conocerla...!
 Doña Paula: Siempre hemos odiado nuestra época y hemos admirado esta generación nueva, fuerte, sana, valiente y llena de bondad.
 Doña Matilde: ¡Qué hombres los de antes, que se morían en seguida!
 Doña Paula: A mí, el mío me duró solamente un día y medio. Nos casamos por la mañana, pasamos juntos la noche de bodas y a la mañana siguiente se murió.
Resultado de imagen de tres sombreros de copa castalia Doña Matilde: Y es que se ponían viejos en seguida. Yo tuve la suerte de que el mío me durase un mes y cinco días, a base de fomentos. Pero ya te acordarás, Paula. Tenía veintidós años y llevaba una barba larga, ya un poco canosa... Y tosía como un condenado.
 Doña Paula: Según dice mi médico, ahora también se mueren antes que las mujeres, pero no en semejante proporción.
 Doña Matilde: Yo creo que lo que les sucede es que hacer el amor les sienta mal.
 Doña Paula: Y los pobres se obstinan en hacerlo, creyendo que con ello nos complacen... ¡Pobrecillos!
 Doña Matilde: ¡Por presumir de hombres y contarlo luego en el Casino, son capaces hasta de morir!
 Doña Paula: En efecto, en efecto... (Y de repente doña Paula se dirige al matrimonio, que sigue en el mismo sitio, imperturbable, y les dice:) ¡Ah! Pero, ¿se van ustedes ya? ¡Huy! ¡Pero qué lástima!
 Doña Matilde. ¿Qué pronto, verdad?
 Doña Paula: (Se levanta.) Nada, nada, si tienen ustedes prisa no queremos detenerles más.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1987, en edición de Miguel Mihura, pp. 133-136. ISBN: 84-7039-269-7.]